En el que se ve la creciente miseria del olvidado gobernador de
Nueva Andalucía, y cómo se fué enterando de las aventuras de sus
discípulos y los progresos de un tal Balboa, salido de un tonel.
Empezó á notar don Alonso en torno á su persona el apartamiento y la
desconfianza que acompañan á todos los héroes considerados en
decadencia.
Quiso comprar un barco y alistar gente para ir á su ciudad de San
Sebastián, mas todos sus esfuerzos resultaron infructuosos. La gente
huía de él como de un hombre marcado por la mala suerte.
Las desgracias de su colonia eran ya sabidas por los vecinos de Santo
Domingo y las exageraban en sus comentarios. Don Diego Colón parecía
aprobar la creciente impopularidad del héroe. Había sido enemigo de su
padre, el primer Almirante, durante los últimos años de la vida de éste,
y se expresaba con crudeza contra todos los de la familia Colón. Acaso
esperaba que don Alonso le visitase para implorar su apoyo y ser capitán
á sus órdenes, pero Ojeda, cada vez más altivo, según se aceleraba su
decadencia, era incapaz de pedir amparo ni de servir á nadie. Durante el
resto de su existencia sólo podía ser un heroico jefe de aventureros
valerosos, y de no conseguirlo, prefería morir.
La creciente ingratitud de los hombres le atormentaba, agriando su
carácter. Se había visto admirado por todos al aprisionar á Caonabo y al
mandar luego armadillas que descubrían nuevas tierras, en rivalidad con
Colón el viejo. Un año antes sentíase capaz de desafiar al virrey en
pleno muelle de Santo Domingo y amenazar á Esquivel, uno de sus
capitanes, con el descabezamiento. Y todos celebraban sus arrogancias,
creyendo que la fortuna le acompañaría siempre y no existía obstáculo
capaz de cortar sus avances. Ahora, con los bruscos saltos de la opinión
popular, le creían un desgraciado, sin porvenir alguno, perseguido por
una constante fatalidad.
Todo lo que decía, por racional que fuese, lo consideraban quimérico.
Los ricos de Santo Domingo huían de él, temiendo que les pidiese dinero
para sus empresas. Se acordaban del bachiller Enciso, al que todos
creían perdido para siempre. El gobierno de Nueva Andalucía empezaba á
provocar risas cuando alguien hablaba de él en los corrillos de las
Cuatro Calles.
Algunas veces, don Alonso, enfurecido contra el ambiente hostil que le
rodeaba, pretendía salir de la isla Española, fuese como fuese. Su
compañerismo le impulsaba igualmente á reunirse con Enciso y el fiel
Pizarro. Tal vez su presencia salvaría, como en otras ocasiones, la
colonia de San Sebastián. Pero por más que descendía al puerto de Santo
Domingo en busca de capitanes y maestres de naves que se dejasen
convencer por sus razonamientos, no encontraba uno que arrostrase la
aventura de tomar á bordo al gobernador de Nueva Andalucía, llevándole
gratuitamente á sus dominios.
La superstición de aquel pequeño mundo de aventureros contribuía también
al descrédito de Ojeda. Marinos y soldados daban por seguro que Enciso
había muerto en el mar y no quedaba ya vivo un español en aquella tierra
de San Sebastián, donde los indios tiraban con flechas «de hierba».
Igualmente debían haber perecido Nicuesa y los ochocientos hombres que
fueron con él á la conquista de la prodigiosa Veragua, tan alabada por
Colón, y cuyo nuevo título de Castilla del Oro resultaba para muchos de
una ironía lúgubre.
Empezaba á comentarse en Santo Domingo la profecía de un fraile que
aconsejó á muchos que no se embarcasen con Nicuesa por haber
pronosticado el cielo claramente la pérdida de dicho capitán. Todos se
acordaban de que días antes de salir la expedición de Ojeda y poco
después la de Nicuesa, había aparecido en el cielo un cometa en forma de
espada, signo de muerte indudable, según los astrólogos de entonces.
--Pero yo--decía don Alonso, indignado por tales patrañas--me di á la
vela casi al mismo tiempo que Nicuesa, y sin embargo, he vuelto á Santo
Domingo. ¿Por qué razón no puede volver el gobernador de Castilla del
Oro?...
Callaban las gentes, por ser cosa peligrosa entablar discusiones con
don Alonso, pronto siempre á tirar de la espada, pero sonreían con una
expresión cuyo significado adivinaba el héroe. Estas sonrisas
significaban que si Ojeda había vuelto nadie sabía aún cuál iba á ser el
final de su existencia y si dicho final estaba próximo.
Acabó por evitar el trato con sus antiguos conocidos. Sólo de tarde en
tarde se le veía en el centro de la ciudad, envuelto orgullosamente en
su capa--para ocultar tal vez los desperfectos de su traje--, la espada
rabitiesa, los ojos retadores, la nariz afilada como el pico de un ave
de presa, no decidiéndose á saludar á las gentes hasta que éstas lo
habían saludado antes con reverente apresuramiento.
Seguía hablando con desprecio del joven virrey, y esto aumentaba la
deserción de sus antiguos amigos, deseosos de mantenerse en buenas
relaciones con la suprema autoridad.
Hasta Fernando Cuevas parecía apartarse de él un poco. Continuaba
admirándolo; pero su esposa, con el egoísmo clarividente de toda dueña
de casa, temía que esta veneración por el héroe redundase en perjuicio
de la familia.
--Tu don Alonso--dijo Lucero--va á dejarnos pobres como las ratas si le
atiendes. Ya te he dicho que no hay más oro seguro que el que se saca
vendiendo tocinos y pan, quietos en nuestros campos.
No se equivocaba la esposa prudente. Ojeda, en su desesperación, había
insinuado á Cuevas varias veces la conveniencia de vender sus huertas y
aquellas tierras del interior, en las cuales cifraba tantas esperanzas.
También podían empeñarlas, pues no eran prestamistas lo que faltaba en
Santo Domingo. Todos los vecinos ricos ejercían dicha industria.
Con el dinero que él sacase podrían comprar un pequeño bergantín, el más
barato que encontrasen en el puerto. Después de la navegación con
Talavera y su cuadrilla, él y Fernando podían embarcarse, sin reparo
alguno, en cualquier buque, y así volverían á las tierras de su
gobierno, donde tal vez Enciso y sus antiguos compañeros arrostraban la
flecha envenenada, pero conseguían reunir enormes cantidades de oro.
Balbuceó Cuevas, no atreviéndose á contestar negativamente á su antiguo
protector y deseando al mismo tiempo obedecer á su esposa.
Cuando don Alonso se dió cuenta de que era Lucero quien le había
aconsejado que no aceptase, ya no insistió más. Siempre se mostraba algo
cohibido en presencia de ella, como si sus recuerdos le avergonzasen...
Y durante algunos meses Cuevas dejó de ver al héroe desgraciado.
Empezaban él y su esposa á ocuparse seriamente del desmonte de las
tierras heredadas de la cacica y pasaban los más de los días alejados de
la ciudad. Cuevas no podía olvidar, sin embargo, á los compañeros que
había dejado á la otra banda del mar Caribe, á un lado y á otro del río
Darién, en las dos gobernaciones de Ojeda y Nicuesa.
Tardó mucho tiempo en conocer, con todos sus detalles, la trágica
historia de esta colonización. Las noticias iban llegando á Santo
Domingo fragmentariamente, cuando alguna carabela volvía de allá, casi
deshecha, trayendo restos de las dos expediciones.
Otras noticias circulaban, gracias á una transmisión misteriosa, sin que
nadie supiese ciertamente quién las había traído.
Siendo ya de edad madura, el rico colono Fernando Cuevas contaba á los
aventureros jóvenes que partían para las guerras de Méjico y el Perú la
trágica crónica de las dos primeras expediciones á Tierra Firme.
Nicuesa, al separarse de Ojeda, navegaba hacia el Oeste, en busca de su
aurífera Veragua. Para explorar mejor las costas de su gobierno
embarcábase con setenta hombres en una pequeña carabela, ordenando que
su segundo, Lope de Olano, le siguiese con dos bergantines, igualmente
ligeros, mientras las naves de mayor calado navegaban mar adentro,
evitando bancos y escollos. Una tempestad obligaba á Nicuesa á apartarse
de tierra para que su barco no encallase, suponiendo que le seguiría su
segundo Olano, por ser una maniobra lógica. Pero Olano se había
mantenido toda la noche cerca de tierra, al abrigo de una pequeña isla,
y al amanecer, en vez de seguir el rumbo de su jefe, retrocedió para
fondear en la boca del río Lagarto, llamado después Chagres--el río del
istmo de Panamá--, donde se le incorporaron todos los buques grandes.
Allí hizo circular entre las tripulaciones la noticia del naufragio de
Nicuesa, proclamándose á sí mismo gobernador, como lugarteniente del
difunto.
Mientras tanto, Nicuesa, que había pasado dos días en alta mar capeando
la tempestad, volvió á la costa en busca de Olano, y para aguardar á
éste y el resto de su flota, ancló en la desembocadura de un río,
crecido enormemente por las lluvias torrenciales. Al bajar las aguas
rápidamente á su nivel, la nave encalló con tal violencia, que su casco
se deshizo, salvándose á nado los tripulantes.
Esto les obligó á seguir marchando por tierra, siempre al Occidente, en
busca de las riquezas de aquella Veragua tan ensalzadas por Colón.
Atravesaron pantanos de légamo y playas cuya arena quemaba á las horas
del sol. Tuvieron que alimentarse de raíces y moluscos. Los ríos eran
numerosos y con las aguas muy crecidas por la lluvia. Habían salvado un
bote de la carabela naufragada, y gracias á él pudieron atravesar estas
corrientes caudalosas. Los indígenas de Veragua los iban siguiendo por
el lindero de los bosques inmediatos á la costa. Admirables flecheros,
se entretenían en tomarlos de blanco, cazándolos desde lejos.
Esta expedición de Nicuesa, en la que tanto dinero se había gastado, era
la más ostentosa, la mejor armada y bien vestida de todas las conocidas
hasta entonces. El gobernador tenía un paje favorito, uniformado con
gran lujo. Su sombrero blanco y los alegres colores de su traje daban á
este doncel el aspecto de un hermoso pájaro. Un exterior tan brillante
atrajo la atención de los indios, y uno de ellos le disparó un flechazo
tan certero, que el pobre adolescente quedó muerto á los pies de
Nicuesa.
Al llegar á la punta de una bahía que se internaba tierra adentro,
creyeron preferible no seguir su contorno y que la gente se embarcase
por turno en el batel para ir por mar á la punta opuesta. Así se
evitaban una marcha inútil, despistando á los arqueros que venían
acosándolos. Al cerrar la noche, el grupo de náufragos se encontró
instalado en la punta opuesta, y como habían alternado todos en el
manejo del remo, era tal su fatiga, que determinaron pasar allí mismo la
noche.
Dos terribles sorpresas les aguardaban al despertar. El bote, su única
esperanza, había desaparecido y con él cuatro hombres de la expedición.
Empezaron á correr los náufragos de un lado á otro, dando voces,
creyendo ser escuchados por los desaparecidos. Y estas correrías les
hicieron saber que lo que ellos creían punta de bahía era una isla.
Subiéndose á las rocas más altas vieron mar por todas partes. Una vasta
extensión de agua les separaba de la tierra firme. Nicuesa y sus
compañeros se habían encerrado sin saberlo en una isla desierta, sobre
un mar siempre solitario.
Cuatro de sus hombres habían cometido la inaudita traición de huir con
el único bote. Iban todos á morir sin que nadie conociese su esfuerzo.
Tal vez pasados muchos años otra expedición de españoles, atraída por la
casualidad á esta isla sin importancia, descubriría varias docenas de
esqueletos, quedando en la duda de si eran restos de indígenas ó
blancos.
La desesperación hizo aullar como fieras á algunos, mientras otros se
hincaban de rodillas y elevaban las manos al cielo pidiendo auxilio á
Dios. El hambre y la sed les obligó finalmente á moverse. Sólo
encontraron algunos mariscos en las rocas y tuvieron que beber agua
salobre en los charcos de las marismas.
Nicuesa, tan enérgico como Ojeda, aunque de carácter más reposado y
dulce, alentó á sus hombres para salir de tal situación. Sin más
instrumentos que sus cuchillos y espadas, consiguió que construyesen una
balsa con troncos de árboles para cruzar el amplio estrecho que les
separaba de la costa. Como no tenían remos, algunos que eran diestros en
la natación se propusieron empujarla nadando, pero tal era su debilidad
después de tantas privaciones y tan violentas las corrientes, que
tuvieron que abandonar la balsa, arrastrada por las olas, volviendo á la
isla.
El tenaz Nicuesa mandó hacer nuevas balsas, pero siempre con mal
resultado. Y así pasaron semanas y semanas, muriendo todos los días
varios de ellos: unos de hambre y sed, otros de tristeza y
desesperación.
Los cuatro marineros que habían huido en el bote para evitarse el hambre
retrocedieron á remo hacia el lugar donde se imaginaban que estaría la
flota, y después de muchas penalidades conseguían encontrarla en el río
Belén, donde Colón había pretendido establecer la primera colonia de
Tierra Firme y Olano intentaba ahora fundar un pueblo y un fuerte.
Los relatos de los cuatro desertores conmovieron á las tripulaciones, y
Olano, contra su voluntad, tuvo que enviar un bergantín á la isla donde
estaba Nicuesa, abrazándose llorando los náufragos que habían seguido al
gobernador y los marineros de este buque que venía en su auxilio.
Llevaba el bergantín una buena provisión de dátiles de coco y otros
frutos recogidos á lo largo de la costa, y Nicuesa tuvo que imponer su
autoridad para que sus compañeros no muriesen de un atracón; con tal
ansia famélica se arrojaron sobre dichos frutos. Igualmente bebieron con
deleite el agua dulce del buque, y abandonaron la isla, dejando en ella
numerosas tumbas.
Llegó Nicuesa á Belén, mostrando una justa indignación contra Olano,
queriendo juzgarle como traidor, así como á otros que consideraba sus
cómplices; pero al fin tuvo que atender las súplicas de sus gentes,
deseosas de clemencia y olvido en un estado angustioso, y decidió dejar
para más adelante el castigarlos.
Se hallaba el grueso de la expedición casi tan mal en su reciente
colonia de Belén como Nicuesa con sus náufragos en la isla desierta. Los
indígenas de los alrededores, que tanto habían hecho sufrir á Colón y á
su hermano don Bartolomé durante la breve existencia del primer
establecimiento, atacaban con mortífera tenacidad á la nueva expedición
de blancos. El hambre hacía estragos, y cada salida de la guarnición en
busca de víveres costaba la vida á varios españoles. De los ochocientos
hombres que se habían embarcado en Santo Domingo meses antes, sólo
quedaban cuatrocientos, y la mayor parte de ellos tan demacrados por las
privaciones que parecían cadáveres que se moviesen.
El hambre hizo retrogradar á estos hombres de raza blanca y cristianos
al canibalismo de los tiempos prehistóricos. Treinta españoles, al
alejarse un poco de Belén para buscar víveres, encontraban el cadáver de
un indio en estado casi de putrefacción y se lo comían, pereciendo horas
después de haber devorado tan horrible alimento. Nicuesa se veía
obligado á ahorcar á otros de sus soldados que habían rematado á un
compañero agonizante para comérselo más pronto.
Tuvo que huir del triste río de Belén, y siguiendo las indicaciones de
un marinero que había acompañado á Colón en su cuarto y último viaje,
buscaron en la costa del istmo un puerto tan hermoso y seguro, que el
Almirante lo había titulado Puerto Bello. Dicho marinero daba como señas
la existencia de una fuente de agua muy fresca al pie de un árbol
corpulento y la de un ancla medio enterrada en la arena. El árbol, la
fuente y el ancla de Puerto Bello fueron encontrados al saltar á tierra,
pero los indios de los alrededores los acosaron á flechazos y tuvieron
que reembarcarse, dejando algunos muertos.
Buscaron entonces otro lugar á siete leguas de allí, indicado por el
marinero que había ido en el último viaje de Colón, y que éste llamó
Puerto de los Bastimentos á causa de que los indios le proporcionaron
víveres.
Al saltar á tierra y no ver enemigos, Nicuesa dijo con satisfacción:
--Detengámonos aquí, en nombre de Dios.
Y sus acompañantes, con la superstición que inspiran siempre
contrariedades y desgracias, tomaron las últimas palabras como un
augurio favorable, dando á dicho lugar el título de Nombre de Dios.
Tomó posesión de la tierra el gobernador de Castilla del Oro con todas
las ceremonias propias del caso, sacando la espada para cortar hierbas y
trazando cruces en la corteza de los árboles. Luego, sin hacer caso de
la debilidad de su mermada gente, levantó una fortaleza de estacas para
resistir los ataques de los indígenas, pues lo mismo que en Belén, todos
los indios de las inmediaciones empezaron á hostilizarles.
Al poco tiempo la situación de Nombre de Dios resultaba tan insostenible
como lo había sido la de la abandonada colonia de Belén. El hambre era
también semejante. Los salvajes destruían los cultivos plantados por los
españoles.
Agotadas las provisiones de Santo Domingo, se consideraba gran ventura
encontrar una serpiente para comérsela. También servían de alimento
pedazos de caimán chamuscados en las brasas.
Envió Nicuesa una carabela á la Española para que trajese pan y tocino,
y no volvió nunca. Tantos eran los enfermos y de tal modo la muerte
mermaba las filas, que algunas noches no había gente disponible para
velar en las estacadas de Nombre de Dios. Todas las heridas resultaban
mortales, por la miseria y la falta de medicamentos.
Necesitaba Nicuesa mostrarse cruel para sostener la disciplina de su
gente. Un día, al pasar revista á los defensores de Nombre de Dios, vió
que de los ochocientos hombres salidos de Santo Domingo, no había mas
que cien espectros humanos. Ellos y el gobernador de Castilla del Oro,
heredero de la quimera dorada de Colón, no tenían ya esperanza alguna.
Sólo les quedaba el deseo de que la muerte llegase cuanto antes.
Fernando Cuevas recordaba como una segunda historia paralela lo que
estaba ocurriendo al mismo tiempo en Tierra Firme á otro grupo de
españoles, situados á una distancia de pocas leguas, é ignorando
mutuamente, unos y otros, sus miserias.
El bachiller Enciso, al salir de Santo Domingo para socorrer á Ojeda,
había experimentado la sorpresa que Cuevas y su mujer supusieron tantas
veces en sus comentarios nocturnos.
Cuando el buque perdió de vista la ciudad de Santo Domingo, tuvo el
bachiller la sorpresa y la admiración de ver surgir de un tonel, como si
fuese un aparecido, á Balboa «el Esgrimidor». Se indignó al darse cuenta
de este engaño, que consideraba una ofensa á su perspicacia, é insultó
al fugitivo, anunciándole que iba á dejarlo abandonado en la primera
isla desierta que encontrase. Pero el aspecto de Balboa, sus palabras
animosas y el hecho de conocer, como ninguno de los que iban en el
buque, las particularidades de las costas hacia donde navegaban, por
haber figurado nueve años antes en el viaje de Bastidas y Juan de la
Cosa, acabaron por amansar á Enciso, aceptando á este hombre, agregado á
la expedición de tan extraña manera.
Fondeaba el buque en la bahía donde habían muerto á Juan de la Cosa. La
terrible venganza con que Ojeda y Nicuesa habían castigado á los
indígenas hizo que éstos, después de algunos intentos de hostilidad,
acabaran por entenderse con la nueva expedición de blancos. El bachiller
Enciso era hábil para tratar á las gentes, y valiéndose de uno de sus
hombres que conocía la lengua de los indígenas, acabó por vivir en paz
con éstos.
Iba ya á zarpar de este puerto que había resultado tan terrible para
Ojeda cuando vió con asombro cómo llegaba un bergantín tripulado por
blancos. Era caso rarísimo y digno de admiración encontrar un buque en
estos mares siempre desiertos.
Al entrar el bergantín reconoció Enciso inmediatamente á sus tripulantes
como gentes de la expedición de Ojeda. Dado á las sospechas, como hombre
ducho en actuaciones de justicia, los supuso en seguida desertores que
habían abandonado á don Alonso, del cual no tenía noticia alguna desde
que lo despidió en Santo Domingo. Luego tuvo que tratar á los recién
llegados con menos severidad, y puso término á sus expresiones
amenazantes cuando el jefe del bergantín le enseñó sus papeles, entre
ellos un nombramiento hecho por Ojeda á favor de Francisco Pizarro,
dejándole como teniente gobernador en San Sebastián durante su ausencia.
El pequeño bergantín contenía los restos de la abandonada ciudad, y el
hombre que mostraba los papeles era el mismo Pizarro.
Después de salir Ojeda de su colonia en el buque de los piratas, el
tenaz Pizarro continuó la defensa de la población durante cincuenta
días, como lo había estipulado con su jefe. Transcurrido dicho plazo, y
considerando imposible prolongar la defensa, dispuso el embarque de la
gente.
Aún quedaban setenta hombres de los varios centenares que salieron de
Santo Domingo con Ojeda, y como los dos bergantines eran pequeños para
contener tanta gente, Pizarro adoptó la más dura de las resoluciones á
impulsos de la necesidad. Esperaría para embarcarse que el hambre, las
enfermedades y las flechas envenenadas de los indígenas fueran
disminuyendo el número de sus compatriotas, lo que consiguió en pocos
días, pues la mortandad iba en aumento.
Habían conservado cuatro yeguas, con la esperanza de que diesen crías, y
porque era necesario tener alguna caballería para asustar y desbandar á
los indios en casos de gran aprieto. Mataron y salaron las cuatro
yeguas, llevándose además cuanto podía servirles de alimento.
Un bergantín lo mandaba Pizarro, otro un compañero suyo llamado
Valenzuela. Apenas salidas las dos pequeñas embarcaciones del puerto de
San Sebastián, estalló una espantosa borrasca. Los del bergantín de
Pizarro vieron de pronto cómo se iba á pique el de Valenzuela con toda
su tripulación, oyendo los gritos mortales de sus camaradas, sin poder
socorrerlos. Algunos marineros afirmaban haber visto una ballena enorme
ú otro monstruo marino elevando su lomo sobre las olas y dando un
coletazo tan formidable, que el pobre barco se deshacía, sumergiéndose
en pocos minutos.
Después de correr el temporal, Francisco Pizarro, que se preparaba para
más altos destinos en esta terrible aventura de hambres y matanzas,
conseguía llegar al puerto de la futura Cartagena, en busca de
provisiones, encontrándose allí con la nave del bachiller Enciso.
El deseo de Pizarro y su gente era continuar el viaje á Santo Domingo en
aquella débil embarcación. Preferían los riesgos del mar á volver á San
Sebastián, de tan horrible recuerdo. No lo entendía así el bachiller
Enciso. Por algo había sido nombrado Alcalde mayor de Nueva Andalucía y
arrostraba su fortuna en aquella empresa. Necesitaba ejercer su
autoridad, y declaró que si el gobernador Ojeda se había ido á Santo
Domingo, él haría sus veces mientras no regresase, obligando á Pizarro á
retroceder al sitio de sus recientes desgracias con todos sus
destrozados compañeros.
Al llegar frente á San Sebastián, el infortunio salió al encuentro de
Enciso, lo mismo que había buscado á Ojeda. Su nave chocó con una roca,
y él y su tripulación, á costa de grandes fatigas, consiguieron
refugiarse en el pequeño bergantín de Pizarro.
Sólo pudieron salvar un poco de galletas y de queso, con algunas armas.
El bachiller había comprado para la colonia caballos, yeguas, cerdos y
otros muchos víveres. Todo desapareció bajo las olas, perdiéndose en
pocos minutos cuanto el abogado había adquirido en largos años de
pleitear.
Para colmo de desgracias, cuando saltaron á tierra, sólo vieron las
ruinas carbonizadas de la ciudad de San Sebastián. Los indios, al
marcharse los últimos españoles, habían incendiado casas y fortalezas.
Hubo que guerrear diariamente con los arqueros de flecha envenenada para
avanzar tierra adentro, recolectando raíces comestibles y dando caza á
ciertos animales parecidos al jabalí.
Las emboscadas de los salvajes y los efectos de las flechas ponzoñosas
desalentaron de nuevo á los expedicionarios. El mismo Enciso, tan
ansioso de gobernar, no sabía qué hacer, mostrándose predispuesto al
abandono de esta Nueva Andalucía, que hasta entonces sólo había sido un
cementerio de blancos.
En este momento angustioso intervenía Vasco Núñez de Balboa, el deudor
fugitivo que Enciso quería abandonar en una isla desierta.
Conocía todos los lugares de esta costa por haberlos visto nueve años
antes con Rodrigo de Bastidas. Se acordaba de que al otro lado del golfo
de Urabá, á orillas del río que los naturales llamaban Darién, había un
pueblo indio cuyos habitantes poseían grandes cantidades de oro y
provisiones abundantísimas. Eran tan guerreros como los de San
Sebastián, pero ignoraban el arte de envenenar sus flechas. Él guiaría á
sus compañeros hasta esta tierra de promisión. Y en el pequeño bergantín
de Pizarro volvieron á embarcarse los más vigorosos, haciendo vela hacia
el río Darién para apoderarse de la mencionada población india que
Enciso pensaba hacer capital de su gobierno.
El cacique del país, llamado Cemaco, lo recibió al frente de más de
quinientos guerreros, y el bachiller convertido en capitán se dió cuenta
de que el combate iba á resultar empeñado y de éxito incierto.
El pequeño bergantín no podía realizar nuevos viajes para traer de Santo
Domingo más hombres. Cerrado el camino del mar, era necesario
establecerse á orillas del Darién ó morir. Como Enciso y muchos de sus
soldados eran andaluces, y los más habían vivido en Sevilla, ofrecieron
á Nuestra Señora de la Antigua, cuya imagen es adorada en dicha ciudad,
el dar su nombre á la futura colonia. Y creyéndose protegidos por la
mencionada Virgen, arremetieron con tal empuje contra la gente de
Cemaco, que ésta, después de una lucha tenaz, huyó, dejando muchos
muertos.
Enciso, abogado y autor de estudios geográficos, se vió convertido en
general victorioso, apoderándose del pueblo, cuyas casas registró y
saqueó, recogiendo muchos víveres, mucho algodón y gran cantidad de
brazaletes y otras joyas de oro, cuyo valor fué calculado en diez mil
castellanos, ó sea más de sesenta y cinco mil duros.
Jamás el infortunado Ojeda consiguió un botín de tanta importancia. Sus
compañeros tampoco habían conocido nunca tal golpe de fortuna en una
tierra de miserias y desastres. El pueblo fué llamado desde entonces
Santa María de la Antigua del Darién, y luego concretamente Darién,
primera ciudad verdaderamente estable que iba á existir en Tierra Firme.
Empezó Enciso á titularse Alcalde mayor de Nueva Andalucía y
lugarteniente del gobernador Ojeda, pero un prestigio popular fué
levantándose frente á él.
Balboa, llamado simplemente Vasco Núñez por sus compañeros de armas,
gozaba de un aprecio general por sus cualidades de soldado y por
haberlos conducido á este lugar donde acababan de obtener su primera
victoria fructífera.
Era tan atrevido como Ojeda, inteligente y asombrosamente pródigo, dando
con facilidad á sus compañeros cuanto poseía. Guardaba rencor al
bachiller por los castigos que había querido imponerle cuando salió del
tonel, y tanto por ambición como por el antiguo odio, se propuso
sucederle en el mando.
Ágil de entendimiento y abundante y convincente en sus palabras, supo
atacar al abogado convertido en gobernador en su propio terreno,
valiéndose de leyes y añagazas de curial.
Según el convenio entre Ojeda y Nicuesa, sus gobernaciones quedaban
separadas en el golfo de Urabá por el río Darién, y por estar el pueblo
de Darién al Oeste de dicho río, pertenecía á Nicuesa. Balboa hizo ver
con esto que Enciso, titulándose Alcalde mayor y lugarteniente de Ojeda,
no era mas que un intruso, pues la ciudad de Darién quedaba fuera de
Nueva Andalucía. Y como la mayor parte de los españoles sentíanse
descontentos de Enciso á causa de su excesiva autoridad, Balboa lo hizo
deponer por los más osados, constituyéndose la nueva colonia, con
arreglo al régimen municipal de la Edad Media española, en una pequeña
república, obediente al lejanísimo rey de España, pero con gobierno
autónomo.
Votaron todos los soldados, eligiendo á tres de sus compañeros con el
nombre de alcaldes. El que obtuvo más votos fué Vasco Núñez de Balboa, y
después otros dos, Zamudio y Valdivia.
Luego, las necesidades militares aconsejaron que hubiese un solo jefe.
Unos aclamaban á Balboa, y los envidiosos de su naciente gloria, así
como los escasos partidarios de Enciso, hablaban de Nicuesa, ya que
estaban en su territorio.
En medio de estas luchas llegó á Santa María de la Antigua una armadilla
mandada por Rodrigo de Colmenares, que exploraba la costa en busca de
Nicuesa.
Como este Colmenares era gran amigo del gobernador de Castilla del Oro,
convenció á los colonos de que debían someterse á la autoridad de
Nicuesa por estar en su territorio, y se brindó á conducir en sus
buques á dos enviados de la naciente ciudad, para que ofreciesen el
mando al desgraciado caballero.
Estaba Nicuesa con los restos de su gente casi próximo á morir en su
ciudad de Nombre de Dios, cuando se presentó inesperadamente la flotilla
de Colmenares. Éste le traía la noticia de que los restos de la
expedición de Ojeda habían fundado, en el territorio de Castilla del
Oro, una ciudad importante, pues tal les parecía á todos Santa María de
la Antigua, á causa de la abundancia encontrada en ella.
Diego de Nicuesa se parecía á Ojeda en su gran facilidad para olvidar
las desgracias y recobrar su altivo orgullo de jefe. Con los víveres de
la flotilla improvisó un banquete en aquel fuerte de Nombre de Dios,
testigo de tantas miserias. Quería obsequiar como un príncipe á los
enviados del municipio de Darién.
Excitado por los buenos manjares, se expresó como en los tiempos que
pertenecía á la corte de España. Prometió su protección á los que le
escuchaban y los alarmó al mismo tiempo, anunciando despojos y castigos
cuando tomase posesión de la ciudad de Darién. Además--y esto fué lo
peor--, al enterarse de que el oro del cacique Cemaco había sido
repartido entre los conquistadores de la ciudad, afirmó que al llegar él
exigiría que le entregasen dicho oro, para hacer nuevo reparto.
Al mismo tiempo, Lope de Olano y otros, á quienes Nicuesa tenía presos
por haberle abandonado en la costa de Veragua, hablaban secretamente á
los dos comisionados de Darién, convenciéndoles del error que cometían
al llevarlo á su nueva ciudad. Era, según ellos, avaro y cruel y pensaba
arrebatarles el bienestar de que gozaban.
Los dos enviados procuraron volverse á Darién antes que Nicuesa, y así
pudieron informar á sus convecinos de lo que se proponía el nuevo
gobernador, levantando una gritería de impopularidad contra él.
Balboa, hábil político, que había fingido conformarse, poco antes, con
el movimiento de opinión favorable á Nicuesa, aprovechó esta
circunstancia favorable para él excitando á todos contra el gobernador,
y cuando éste llegó ante la ciudad, la muchedumbre se opuso á que
desembarcase, exigiendo que se volviera á Nombre de Dios.
Tal miedo sentía Nicuesa de volver á su colonia, que suplicó ser
recibido en la próspera Santa María de la Antigua, si no de jefe, como
simple soldado; mas sus ruegos resultaron inútiles, y cuando se atrevió
á saltar á tierra, vióse perseguido, prisionero y juzgado por un
tribunal popular.
Balboa, que iba á sucederle como jefe por el voto de todos, apiadado de
su desgracia, intentó salvarle, pero la muchedumbre mostróse inexorable
en el cumplimiento de la sentencia. Según ésta, podía el infortunado
Nicuesa volverse á Santo Domingo, pero en el peor de los buques de la
colonia, mísero bergantín carcomido por la broma, y con escasos
víveres.
Diez y siete partidarios fieles se prestaron á seguirle en su desgracia.
El 1.º de Marzo de 1511, el gobernador de Castilla del Oro se lanzaba á
los peligros del Océano en el más inaceptable de los barcos. Y nadie
supo más de él. Tragóse el mar Caribe la destartalada nave, guardando
para siempre el misterio de cómo ocurrió tal desgracia.
En la ciudad de Santo Domingo se dió por cierto el naufragio de Nicuesa
al llegar, meses después, la noticia de su embarque forzoso.
Don Alonso de Ojeda habló de este trágico suceso á sus amigos, cada vez
más escasos, con una expresión fríamente resignada.
--Siendo mozos los dos--dijo--y viviendo en España, á él le anunciaron
que iba á morir en el mar y á mí que moriría de hambre.
Pronto olvidó dicho suceso. ¿Qué podía importarle una muerte más?... Él
había vivido siempre en familiaridad con la muerte.
Otros episodios de la vida colonial ocupaban su atención.
Al enterarse el virrey de que vivían en Jamaica el pirata Talavera y los
restos de su cuadrilla, enviaba un buque con un destacamento de soldados
para que los trajesen á Santo Domingo. Iban á juzgarlos por el robo del
buque del genovés y la muerte de algunos de sus tripulantes.
El Juez mayor de la isla hizo comparecer á don Alonso de Ojeda como
testigo de las fechorías de Bernardino de Talavera, primer pirata que se
había conocido en el Nuevo Mundo.
Se abstuvo el desgraciado caballero de relatar lo que estos forajidos le
habían hecho sufrir.
--De todos modos--dijo á sus amigos--, que hable yo ó no hable contra
ellos, recibirán el castigo que merecen. Me inspiran compasión, pensando
en lo mucho que sufrieron para salvarse de aquella ciénaga de Cuba.
Nunca se verá en el mundo padecer tanto unos hombres para acabar
muriendo en la horca.
Talavera y los suyos fueron ajusticiados. Quedaban aún en la ciudad
amigos de ellos, aventureros de la peor especie, que con el deseo de
rehabilitar su memoria los describían como unos inocentes, atribuyendo
su sentencia á las acusaciones de Ojeda. Algunos de éstos sentíanse
ofendidos por la altivez con que don Alonso repelía sus aproximaciones é
intentos de familiaridad en las Cuatro Calles. Además le veían cada vez
más enfermo, arrastrando un poco la pierna herida, minado interiormente
por el veneno de aquel flechazo tan bárbaramente curado. ¿Por qué no
matar á este hombre famoso en otros tiempos por su valor y su ligereza
de manos?...
Ya no le creían el combatiente ágil que hería siempre y al que nadie
había podido hacer sangre. Después del flechazo y de verse abandonado
por aquella protección sobrenatural que le sacaba incólume de los
combates, todos podían atreverse con él... Y una noche, cuando volvía
desde el centro de la ciudad al bohío que habitaba con la india Isabel y
sus tres pequeños mestizos, se vió atacado por más de una docena de
dichos individuos.
Aún guardaba su antigua agilidad, y antes de que le rodeasen, hiriéndole
á la vez de frente y por la espalda, dió un salto para apoyarse en una
tapia y tiró de su espada.
La chusma traidora creyó que el triste y desalentado héroe se desdoblaba
como en los tiempos de su juventud. Se imaginaron todos ellos tener
enfrente á varios don Alonso de Ojeda: cuatro, ocho, doce enemigos... Y
cuando empezaron á retroceder, heridos ó apaleados por aquella espada
múltiple, don Alonso siguió tras ellos un gran trecho, acuchillando por
detrás á los menos ligeros.
Esta fué la última victoria del Caballero de la Virgen.
Limpiando luego su espada, sucia de sangre, en las hojas de un árbol,
siguió adelante hasta su bohío, se quitó la capa, encendió una lámpara
rústica, cuya mecha estaba empapada en aceite de coco, y tomando una
pluma de ave empezó á escribir en un gran cuaderno de papel, la mitad de
cuyas páginas estaban ya cubiertas de rojizas líneas.
Don Alonso, para entretener sus soledades, se había hecho escritor.