II

Donde Ojeda es á la fuerza capitán de piratas, abandona para

siempre á su Virgen, y pasan sus compañeros por las más horrendas

aventuras, para acabar en la horca.

Obedeció Talavera, intimidado por la autoridad natural de aquel hombre

acostumbrado al mando, y bajó de la popa para confundirse con sus

camaradas.

Aquel día no pasó nada más, por mostrarse todos interesados en que don

Alonso, que era á bordo el único enterado del arte de navegar, colocase

bien el velamen y enderezase el rumbo; pero á la mañana siguiente

ocurrió lo que esperaba Cuevas.

Bernardino de Talavera, soliviantado por los suyos, subió al alcázar de

popa que Ojeda se había reservado como vivienda propia. Quería mandar en

la nave lo mismo que don Alonso, ó tal vez más, por ser él quien la

había traído. No pudo, sin embargo, continuar, quedando cortada su

reclamación por el impetuoso gobernador de Nueva Andalucía.

--Lo que tú has hecho es robarla--gritó tuteándole--; pero hay un medio

de zanjar el pleito inmediatamente. Desenvaina, y el que quede con vida

que sea el jefe.

Desnudó en seguida su espada, marchando contra Talavera, que hizo lo

mismo. Pero el pirata sabía que estaban á sus espaldas los setenta

hombres compañeros de su criminal aventura.

En un momento don Alonso y Cuevas se vieron envueltos por esta manga de

enemigos, sin espacio para moverse, abrumados por el número, y tuvieron

que ceder, perdiendo sus espadas.

Inmediatamente les pusieron cadenas á los dos y los encerraron debajo de

las habitaciones del alcázar de popa, en una obscura camareta cuyo único

respiradero era la reja que servía de puerta.

No perdió Ojeda su agresivo orgullo al verse encerrado y á merced de

aquella gente; antes al contrario, sus voces subieron de punto, y cada

vez que se aproximaba á la reja alguno de los tripulantes, lo acogía con

insultos.

--¡Traidores! ¡ladrones!--gritaba--. A todos vosotros os desafío, uno á

uno, ó dos, ó cuatro á la vez, como queráis. Decidle á Talaverilla que

venga. Seguramente no osará ponerse ante mis ojos.

Y no se equivocaba don Alonso. Tal era su renombre de valiente, que

todos aquellos forajidos se alejaban en seguida de la reja,

influenciados por la admiración que siempre les había inspirado el

héroe. Talavera, objeto de sus continuos insultos, había tomado el

partido de callar y permanecer invisible, conservando encerrado al

temible caballero mientras durase el viaje.

Don Alonso y Cuevas no conversaban con otra persona que el encargado del

fogón de la nave, quien les traía su comida, igual á la de los otros.

Pasados cuatro días, esta tranquila navegación se vió cortada por una

gran tempestad. Talavera y su gente, que no eran marinos é ignoraban

absolutamente los peligros de los mares tropicales, perdieron en seguida

su arrogancia, no sabiendo qué hacer. Sólo se les ocurrió amainar la

mayor parte de las velas, dejando la nave casi á palo seco; pero las

corrientes eran impetuosas y temían ser llevados por ellas contra

ocultos escollos.

Muchos de los forajidos, recordando lo experto que era don Alonso en las

cosas del mar, é impulsados por el pánico, fueron á suplicarle en su

encierro que tomase el mando del buque, poniéndole en el acto en

libertad. Lo mismo hicieron con Cuevas, considerado igualmente como

hábil nauta, por haber figurado en el primer viaje de descubrimiento.

Ojeda y su protegido se encargaron de la dirección de la nave,

convenciéndose poco después de que sus esfuerzos iban á resultar

inútiles para llegar á la isla Española. Durante su prisión, la

impericia de sus enemigos, las corrientes encontradas y el huracán

habían inclinado el rumbo hacia Occidente, y les sería imposible, en

medio de la tormenta, enderezarle otra vez á Santo Domingo.

Flotó muchos días la nave, como un tapón de corcho, á merced de las

corrientes del golfo, siendo continuo el peligro de irse á pique á causa

del mal estado del casco. Cuba era la tierra más próxima, y Ojeda

dirigió finalmente su rumbo á la parte Sur de dicha isla.

Al tocar el buque en una playa desierta se abrió, no pudiendo resistir

más golpes la trabazón de sus maderos, y los tripulantes tuvieron que

abandonarlo, trasladando á tierra cuantos víveres pudieron llevarse á

cuestas.

Cuba estaba aún en estado salvaje. Sólo dos años antes habían bojado

completamente sus costas los marinos españoles, demostrando para siempre

que era una isla, como marcaba Juan de la Cosa en su mapa y como lo

habían asegurado los indígenas desde el primer momento, no la punta

oriental de Asia, como afirmaba Colón. Su interior permanecía

inexplorado, y para este grupo de náufragos, faltos de recursos,

representaba la más peligrosa de las empresas meterse isla adentro, á

través de los bosques, hasta las montañas que veían desde la playa.

En el primer momento, al pisar tierra, todos aquellos bandoleros se

resistieron á obedecer á don Alonso. Ya no era indispensable para que

dirigiese la nave. Talavera intentó recobrar su autoridad de jefe de

partida. Ojeda y Cuevas iban á verse otra vez presos y maltratados. Mas

no tardaron en convencerse de que los peligros que les esperaban en esta

tierra salvaje eran tan grandes como los riesgos del mar, y necesitaban

un jefe intrépido y experimentado como el famoso Caballero de la Virgen.

Muchas de las tribus cubanas eran pacíficas, sin otra preocupación que

el cultivo de los campos; pero numerosos indígenas de Haití, huyendo de

la esclavitud que les imponían los blancos en su isla, se habían

refugiado en Cuba, y apenas veían desembarcar algún grupo de marineros

españoles para hacer agua ó leña, se apresuraban á atacarlo, creyendo

que venían para darles caza y llevarles cautivos adonde estaban sus

antiguos amos. Su odio á los blancos lo habían transmitido á los

habitantes de Cuba, y apenas intentaron los de Talavera una marcha

tierra adentro, viéronse recibidos á flechazos.

Después de aquel fracaso se apresuraron á devolver sus armas á Ojeda y

Cuevas, reconociendo á don Alonso por jefe, y le siguieron en su marcha

hacia el Este.

Tenía Ojeda la inaudita pretensión de caminar toda la isla hasta su

extremo oriental para ir desde ella en canoa á la inmediata isla

Española, atravesando á continuación gran parte de esta última hasta

entrar en la ciudad de Santo Domingo. Menos don Alonso y Cuevas, todos

sabían que al final de tal viaje de meses y meses, lleno de peligros,

les esperaba la horca, y sin embargo, lo emprendieron como si fuesen en

busca de la felicidad. Tanto era su deseo de volver á la vida

civilizada.

El hábil capitán se dió cuenta de que con aquellos hombres no podía

atacar á ninguna tribu de costumbres guerreras, y se propuso evitar la

entrada en las poblaciones. Los guió siempre por el litoral, atravesando

anchas y desiertas llanuras, llamadas sabanas, y bosques que llegaban

hasta el mar. Esta marcha por la costa Sur de Cuba, completamente

desconocida de todos ellos, sin más víveres que los que podían llevar á

cuestas, se desenvolvió bien durante los primeros días. Luego fué

notando Ojeda con inquietud que los bosques se retiraban del mar, y las

sabanas cubiertas de hierbas y plantas trepadoras perdían dureza bajo

sus pies, transformándose gradualmente en pantanos.

El suelo, cada vez más blando y resbaladizo, parecía huir de sus pies,

hundiéndose los caminantes hasta la rodilla en un lodo infecto.

--Esto no puede ser muy largo--gritaba Ojeda para animar á su gente--.

¡Adelante, por Santiago!... Ya veo la tierra firme.

Creía de buena fe ver á lo lejos praderas de suelo duro, iguales á las

que habían dejado atrás, pero su verde engañoso sólo cubría un barro

temblón y profundo.

Después de ocho días de marcha se convencieron de que estaban metidos en

una interminable marisma, marchando siempre con agua hasta la cintura.

Para que su situación fuese más angustiosa, el agua era salobre, lo que

les hacía sentir con mayor intensidad el rabioso tormento de la sed.

De tarde en tarde el líquido parecía menos salado, bebiéndolo todos con

avidez. Era que un río descendía desde las alturas del interior,

perdiéndose en la ciénaga, sin desembocadura directa al mar. Su

corriente abría en el barro un cauce profundísimo, los caminantes

perdían pie instantáneamente, y los que no sabían nadar se ahogaban, sin

que sus compañeros pudiesen auxiliarles.

Cada jornada iba marcando la desaparición de varios hombres.

Economizaban las raciones sacadas del buque--pan de cazabe y queso--,

aprovechando las raíces que podían encontrar; pero esta alimentación,

deficiente en el curso de una marcha siempre por el agua, iba aumentando

el número de las víctimas.

Cuando les acometía el sueño ó sentíanse abrumados por la fatiga, se

acostaban en las raíces entrelazadas de los manglares, sobre la

superficie acuática. Durante estos descansos, Ojeda y Cuevas contaban

silenciosamente el número de hombres que les rodeaba, cada vez menor. El

continuo peligro y la proximidad de la muerte hacían á todos cruelmente

egoístas.

--¡Hermanos, á mí! ¡La Virgen me proteja!--gritaba á sus espaldas una

voz angustiosa.

Era un hombre que se hundía repentinamente en el cieno. Poco después ya

no podía gritar, por llenársele de agua la boca. A continuación su

cabellera flotaba sobre la líquida superficie como una planta

acuática... Y desaparecía para siempre.

Todos eran sordos; nadie volvía la cabeza. Los más fuertes sólo conocían

un deseo: marchar y marchar, cuanto les fuese posible, para salir de

esta marisma en la que llevaban avanzando quince días, siendo ya locura

el pensar en retroceder.

Cada día el agua era más profunda y el suelo menos firme. Las raíces

comestibles escaseaban y el pan de cazabe lo había corrompido la

humedad.

El jefe era el único que conservaba su energía, marchando el primero

para indicar el camino. Ágil nadador, librábase todos los días de la

muerte, y conseguía con sus indicaciones que se fuese salvando de los

peores pasos aquella expedición, cada vez más mermada y miserable.

Admiró Cuevas como nunca las energías de este hombre extraordinario.

Algunas veces, entregándose á la desesperación, se negaba á seguir

adelante. Quería morir. Pero la voz del jefe reanimaba su voluntad.

--¡Acuérdate de tu mujer y de Alonsico!... Un hombre, mientras vive, no

debe desesperar del auxilio de Dios.

Habían perdido casi todas sus armas en esta marcha por el agua y el

fango. Sólo unos cuantos conservaban las espadas, empleándolas como

bastones.

Ojeda llevaba en su mochila la pequeña imagen de la Virgen, y cuando

hacían alto en algún bosque acuático de manglares, sacaba el cuadrito,

lo colocaba entre las ramas y se inclinaba ante él, rezando en voz alta

para implorar el auxilio de su protectora. Cuevas hacía lo mismo; y

terminadas las oraciones, le decía don Alonso con acento de excusa:

--¡En qué mal paso te metiste, Fernando, por tu empeño en seguir mi

suerte!...

Como imploraba con frecuencia el amparo de la Virgen, aquella mala gente

que le seguía, obedeciéndole á la fuerza, lo imitó por impulso

supersticioso, rezando todos finalmente con verdadera devoción ante la

tablita pintada en Flandes y comprada por un obispo español.

Propenso don Alonso al misticismo y á las intervenciones sobrenaturales,

buscó una explicación de esta dura prueba á que le sometía su

protectora. Llevaban ya veinticinco días marchando por el agua y el

barro, siempre hundidos hasta el pecho, ó teniendo que nadar y agarrarse

á los mangles para no verse sorbidos por el légamo. Esta marisma no iba

á terminar nunca. La desesperación sugirió á Ojeda que todo ello era

advertencia de la Virgen, fatigada de que él la llevase de un lado á

otro, por tierras extrañas y á través de los mayores peligros.

--Yo os prometo, Señora--dijo á gritos el héroe--, que si nos sacáis con

vida de tanta agua y tanta tembladera, os erigiremos una capilla en el

primer pueblo de indios adonde lleguemos, y allí os dejaré para que

seáis adorada por los gentiles.

Cuevas, que murió de viejo, nunca pudo borrar de su memoria este largo y

horrible viaje á través de las ciénagas de Cuba. Hablando años después

en Santo Domingo con fray Bartolomé de las Casas, el célebre obispo,

defensor de los indios, que se ocupaba en escribir la historia de la

conquista de las nuevas tierras, éste le dijo así:

--Los padecimientos de los españoles en el Nuevo Mundo exceden á los que

han sufrido los hombres de todas las naciones; pero los de Ojeda y las

gentes que ibais con él superan á los demás.

Emplearon treinta días para atravesar esta marisma, de unas treinta

leguas de extensión. Los bejucos, raíces y lianas eran á veces tan

espesos, que necesitaban un día para hacer menos de una legua de camino,

pero los mismos obstáculos les servían para mantenerse sobre el agua y

el suelo movedizo.

En los últimos días de marcha la mortandad fué aumentando. Era tal el

hambre y la fatiga, que muchos se dejaban caer para ahogarse

voluntariamente. Otros, no pudiendo avanzar más, sentábanse sobre las

raíces de un manglar cerrando los ojos:

--¡Dejadme, hermanos! No os ocupéis de mí.

Y esperaban inmóviles la llegada de la muerte. Su recomendación era

inútil. Nadie pensaba en ellos.

Ojeda, con los más ágiles y vigorosos, continuaba avanzando á través de

los obstáculos, hasta que al fin, pasados treinta días, sintieron bajo

sus pies una tierra cada vez más firme. Luego marcharon por un sendero

seco, llegando finalmente á una aldea india, en cuyas inmediaciones se

tumbaron, no pudiendo ir más adelante, como si su energía les hubiese

abandonado al verse en lugar seguro.

El cacique, llamado Cueybas, era hombre de paz, lo mismo que sus

súbditos, mostrando asombro todos al saber que estos hombres blancos

habían atravesado de un extremo á otro aquella marisma donde sólo se

aventuraban ellos en casos de inevitable necesidad.

Los destrozados viajeros fueron conducidos á las cabañas, dándoles

abundantemente de comer y beber, mientras el cacique ordenaba que otros

de su tribu registrasen las marismas para traer á hombros á los

españoles que encontrasen aún con vida.

Cuando repuesta su energía hizo Ojeda recuento de su gente, vió que de

setenta y dos hombres que habían desembarcado un mes antes, sólo

quedaban treinta y cinco, figurando entre éstos Bernardino de Talavera.

Al restablecerse completamente de sus fatigas, quiso don Alonso cumplir

su voto á la Virgen. Le causaba honda pena separarse del milagroso

cuadro, pues atribuía al mencionado voto el que la imagen le hubiese

sacado finalmente de tantos peligros.

Tuvo varias entrevistas con el cacique, explicándole como pudo, gracias

á las palabras aprendidas en Haití y á la intervención de Cuevas, más

ducho en la lengua indígena, los misterios de la religión católica y lo

que era la madre de Dios.

El indio lo acogía todo con movimientos respetuosos de cabeza. Lo que

más le entusiasmaba era lo belleza del ídolo de los blancos y los

brillantes colores que el pintor flamenco había fijado para siempre

sobre la pequeña tabla.

Con unas mantas de algodón tejido arregló Ojeda una capilla en la choza

del cacique, colocando la imagen sobre una mesa, á guisa de altar.

Pasaron dos semanas más, durante las cuales fueron recobrando fuerzas

los tristes expedicionarios, pudiendo al fin reanudar su marcha.

Cuando el Caballero de la Virgen se arrodilló por última vez ante su

imagen, empezó á sollozar. Iba á separarse para siempre de su protectora

de tantos años. ¡Quién podía saber lo que le reservaba el porvenir al

alejarse de esta imagen que le había mantenido incólume á través de

tantos desafíos y guerras!...

Cuevas tuvo que infundirle ánimos y tirar de él para que se decidiese á

abandonar su Virgen.

Mucho tiempo después, el padre Las Casas, al viajar por Cuba, encontraba

aún en el pueblecito del cacique Cueybas la capilla hecha por Ojeda y su

cuadro de la Virgen. El célebre religioso decía misa ante ella, é

inquieto el cacique al ver que deseaba apropiarse la imagen del «pequeño

jefe blanco», sustituyéndola con otra mejor, la ocultaba en el bosque y

nadie volvía á verla.

Una partida de indios proporcionada por Cueybas guió ahora á Ojeda á

través de los desiertos, llevando además todos los de la expedición

abundantes víveres en sus mochilas.

Así llegaron á un lugar de la costa Sur de Cuba, que era el más próximo

á la isla de Jamaica. En este territorio, llamado Macaca, el cacique, al

que había sido recomendado por Cueybas, dió la noticia á don Alonso de

que una partida de españoles se había establecido en dicha isla al mando

de un capitán llamado Juan de Esquivel.

Resucitó en la memoria de don Alonso su vida y sus rivalidades en Santo

Domingo. Este Esquivel era el capitán que había enviado el virrey don

Diego Colón para que se posesionase de Jamaica á viva fuerza, y al que

juró él cortarle la cabeza.

--Veo, Fernando--dijo con melancolía, al recibir tal noticia--, que mi

destino es tener que humillarme ante las personas que ofendí.

Recordó su desafío á Nicuesa, que meses después lo salvaba de la muerte

en la terrible jornada donde pereció Juan de la Cosa. Ahora tenía que

pedir auxilio al hombre que había jurado decapitar si se posesionaba de

Jamaica. Gracias á dicha toma de posesión, él y sus acompañantes iban á

salir de Cuba, que ya les iba pareciendo un encierro del que nunca

podrían salvarse.

El cacique de Macaca proporcionó una canoa con algunos indios, y en tan

débil é inestable embarcación fué Fernando Cuevas, acompañado de un tal

Pedro de Ordaz, para avisar á Esquivel.

Esta peligrosa travesía de veinte leguas, en una embarcación rústica, á

través del Océano solitario, casi era comparable á la que algunos años

antes había hecho Diego Méndez, yendo en canoa desde Jamaica á Santo

Domingo, para sacar á Colón del desgraciado final de su cuarto y último

viaje.

Apenas se enteró el capitán Esquivel de la triste suerte de Ojeda, al

que se imaginaba rico y victorioso en su gobernación de Nueva Andalucía,

despachó una carabela á la costa Sur de Cuba para que trajese al

desgraciado héroe y sus forzosos compañeros.

La entrevista de los dos enemigos fué cordial. Ojeda, que había jurado

de buena fe cortar la cabeza á Esquivel, lo saludó con naturalidad--como

si hubiesen sido siempre grandes amigos--al poner sus pies en tierra de

Jamaica.

--Juan de Esquivel, mis remos ya no reman--dijo después de saludarlo--.

Haga vuesa merced de mí lo que quiera.

Y Esquivel le abrazó, llevándole á su casa y ofreciéndole cuanto tenía.

--Los dos somos caballeros--dijo á Ojeda--y nos hemos visto en mejor

situación que aquí. Los hombres bien nacidos sabemos entendernos

noblemente, olvidando todo resentimiento anterior.

Admiró Cuevas la generosidad de ambos hidalgos, reconociendo una vez más

que sus compañeros de armas rivalizaban en grandeza de alma y

sacrificio, pero siempre entre ellos, mostrándose implacables y crueles

cuando trataban con otros que no fuesen de su raza.

Como tenía prisa Ojeda en volver á Santo Domingo para enviar socorro á

Pizarro y la guarnición de San Sebastián, aceptó inmediatamente la

carabela que Juan de Esquivel puso á su disposición.

Bernardino de Talavera y los restos de su cuadrilla se quedaban en

Jamaica, retardando la vuelta á Santo Domingo. Ahora que estaban en

tierra de españoles pensaban con miedo en el Juez mayor de la isla

Española y en el proceso abierto por el robo de la nave del genovés.

Temían igualmente que, al recobrar Ojeda su prestigio de gobernador de

Nueva Andalucía, les exigiese cuentas por los atrevimientos que se

habían permitido con él. Pero este último cuidado lo perdieron cuando

don Alonso se embarcó con Cuevas para ir á Santo Domingo.

--¡Que Dios te proteja, Talaverilla!--dijo al pirata--. No creas que

olvido tus injurias, pero soy incapaz de vengarlas traidoramente

denunciándote á la justicia. Si sales con bien de lo del robo del buque

y yo estoy menos ocupado que ahora con lo de mi gobierno, ya nos veremos

unos minutos á solas y harás conocimiento con mi espada.

Apenas llegó la carabela á Santo Domingo, el primer cuidado de don

Alonso fué preguntar por el bachiller Enciso. Le contestaron que pocos

días antes había salido con rumbo á la colonia de San Sebastián,

llevando abundantes provisiones, armas y hombres.

Había persistido entre la gente de Santo Domingo el deslumbramiento

causado por aquel envío de oro y de esclavos, que dió origen á la

expedición pirática de Talavera. Todos los hombres de espada ansiosos de

aventuras y riquezas querían alistarse para ir con Enciso al gobierno

del que era Alcalde mayor.

El virrey don Diego Colón tenía que intervenir para limitar el número de

los expedicionarios. Todos los que estaban procesados por deudas y

amenazados de prisión buscaban escapar de la isla y reunirse con Ojeda.

Una guardia puesta por el virrey en la nave de Enciso iba examinando la

identidad de cada uno de los expedicionarios. Cuando dicho buque salió á

alta mar, fué acompañado á gran distancia por una carabela armada, para

impedir que se embarcasen algunos de dichos fugitivos valiéndose de

lanchas.

Quedó inactivo Ojeda muchos días, esperando noticias de su asociado el

bachiller. Indudablemente, así que llegase Enciso á San Sebastián

enviaría su buque á Santo Domingo para que el gobernador de Nueva

Andalucía pudiese volver á sus tierras. Pero como transcurriesen semanas

y semanas sin que la nave volviese ni llegase á Santo Domingo la menor

noticia de Enciso, empezó la gente á afirmar que la expedición había

naufragado á consecuencia de uno de los varios temporales recientes.

Fernando Cuevas volvió á su huerta, siendo acogido por las exclamaciones

de asombro y lástima que lanzaron Lucero y su hijo.

Las penalidades sufridas en la defensa de San Sebastián y en las

ciénagas de Cuba lo habían aviejado. Al verse entre su familia y en la

comodidad de su vivienda, se percató por primera vez de lo mucho que

había sufrido.

Su mujer y Alonsico escucharon en reflexivo silencio el largo relato de

tantas aventuras intrépidas y desgraciadas. El buen sentido de la judía

conversa resumió esta historia heroica en un comentario de carácter

práctico.

--Si don Alonso vuelve allá--dijo--, no le sigas. Quédese eso del oro

para los que no tienen mujer como tú, ni tierras que labrar. Pongamos

ahinco en el cultivo de nuestros campos. Acabemos el desmonte de las

tierras vecinas al río, que tenemos olvidadas. Nuestra verdadera mina es

fabricar pan y carne para los que van á Tierra Firme en busca de oro, y

los que marcharán luego, ya que cada vez llegan de España más ilusos.

Deseaba que su marido se fuese apartando de aquellos hombres aficionados

á la guerra, desdeñosos de la muerte, que parecían mostrarse más

arrogantes según caían sobre ellos las miserias con peso abrumador.

Luego contó á Fernando todo lo que ella había hecho para favorecer á un

amigo de éste, mal mirado, no sabía con qué motivo, por don Alonso de

Ojeda.

Como dicho hombre estaba perseguido á causa de sus deudas, le había sido

imposible conseguir que Enciso lo alistase en su expedición. Por miedo á

indisponerse con el virrey no admitía el bachiller deudores ni sometidos

á proceso. Además, estaba enterado de que su consocio el gobernador de

Nueva Andalucía miraba mal á este solicitante.

--Entonces el pobre acudió á mí--siguió diciendo Lucero--, y como es

amigo tuyo, aunque don Alonso no lo aprecia, quise ayudarle.

El hombre se había encerrado en un tonel, y para hacer más creíble su

estratagema, rociaba de vez en cuando las paredes interiores con un poco

de su provisión de agua. De este modo, las gotas que salían por entre

las duelas no dejaban duda alguna de que era un tonel lleno de agua

destinado al barco de Enciso. Así había podido salir de Santo Domingo, á

pesar de las precauciones del virrey.

Cuando la nave estuviese en alta mar, este viajero ignorado de todos se

proponía saltar una tapa del tonel, ofreciendo de nuevo sus servicios

al asociado de Ojeda.

Rió Cuevas la historia, y al ver al día siguiente á su heroico

protector, le dijo con cierta timidez, por tratarse de un hombre mal

visto por don Alonso:

--¿Se acuerda su señoría de aquel á quien apodaban en las Cuatro Calles

«el Esgrimidor», un tal Vasco Núñez de Balboa, que cultivaba tierras en

el pueblecito de Durango, estaba entrampado hasta los ojos y no sabía

cómo librarse de sus acreedores, que iban á encerrarle en la cárcel?...

Pues se ha ido con el bachiller, sin que éste lo supiera, metido en un

tonel.

El Caballero de la Virgen · 第 25 / 36 题