IV

Donde el orgulloso héroe escribe un libro que no se publicó nunca,

y toma sus disposiciones para que le pisen eternamente todos los

habitantes de Santo Domingo.

Amaba Ojeda con preferencia las horas de la noche, por ser las de mayor

soledad, aislándose durante ellas del trato con los hombres. Cada día

iba en aumento su aversión hacia los antiguos compañeros de aventuras,

odiándolos igualmente por su indiferencia ó por las conmiseraciones que

tenían con él.

La necesidad de buscar dinero le obligaba en las horas diurnas á ir á

Santo Domingo, tomando una actitud altiva y algunas veces provocadora al

ver de lejos á sus amigos de otro tiempo que venían hacia él.

La noche representaba el descanso en fresca soledad, el momento propicio

para la mágica evocación del pasado. Y en el pobre bohío, que era toda

su fortuna, escribía horas y horas, relatando las hazañas de su pasado:

sus duelos, sus navegaciones, sus guerras, primero con los moros, luego

con los indios de esta parte del Asia, cuya verdadera identidad no

habían determinado aún cosmógrafos y navegantes.

Aunque no fuese de grandes letras, había leído en su mocedad muchos

libros de historia, prestados por su primo el inquisidor y otros hombres

doctos. Conocía los _Comentarios_ de César y otras obras de famosos

capitanes que al retirarse de sus guerras procuraron describirlas con la

pluma.

Su infortunado compañero Juan de la Cosa y otros nautas españoles se

habían dejado absorber enteramente por la acción, realizando grandes

hechos, sin cuidarse de fijarlos por medio de la escritura, dejando al

azar el que otros los relatasen. Sólo aquel mercader florentino de

Sevilla, Américo Vespucio, que él había llevado en su primer viaje como

aprendiz de piloto, se preocupaba de escribir cuanto tenía visto y

cuanto le contaban, dándolo por visto igualmente, y su nombre empezaba á

sonar en el viejo mundo.

Hacía esfuerzos el infortunado Caballero de la Virgen para reunir y

coordinar los recuerdos de su corta y tumultuosa vida, quedando con la

frente en alto, fija su mirada de águila en el techo de paja de su

vivienda, del cual caían muchas veces sanguinarios insectos tropicales.

Al mismo tiempo mordía distraídamente las barbas de su pluma, una de las

plumas de ave que le proporcionaban sus amigos los frailes del convento

de San Francisco, recién construído en la ciudad.

Su familia cobriza contemplaba en silencio las meditaciones y escrituras

del temible «jefe blanco».

Isabel, después de haber preparado la mísera cena, sentábase en el suelo

de tierra apisonada, con los codos en las rodillas y la mandíbula

inferior apoyada en ambas manos, fijos sus ojos de brasa en este

guerrero cuya audacia había admirado tantas veces desde lejos, durante

los combates, y que era á la vez su amante y su amo.

Tres muchachos de diversa estatura, sentados también en el suelo,

abarcando sus rodillas con ambos brazos, le miraban igualmente con un

silencio admirativo.

Iban medio desnudos; sus carnes parecían brillar en la penumbra con

cierta fosforescencia; sus ojos enigmáticos y misteriosos tenían la

dulce fijeza de las bestezuelas tímidas.

Una india y tres cachorros mestizos era todo lo que poseía, al final de

una existencia tan abundante en altibajos de la fortuna, el famoso

hidalgo don Alonso de Ojeda. ¡Y á los veinte años creíase destinado á

ser en las nuevas tierras descubiertas uno de los reyes feudatarios del

Gran Kan!

Su familia cobriza le rodeaba á todas horas, pronta á servirle y

obedecerle. Gracias á esta mujer de otra raza, conseguía comer los más

de los días. Y sin embargo, ¡se consideraba tan lejos de todos ellos!...

En los primeros años de su amancebamiento, estos hijos mestizos, carne

de su carne, le habían interesado por el encanto de animalillo humilde y

gracioso que posee todo niño de las razas que el blanco considera

inferiores. Al crecer, sus retoños cobrizos parecían apartarse de él.

Se mostraban cada vez menos comunicativos, más supeditados y obedientes,

con un respeto excesivo por este padre de origen superior, más temido

que amado.

Su pobreza creciente parecía afear á Isabel. Ya no era la india de

miembros redondos y frescos, piel suave y sonrisa de brillante marfil.

Nada quedaba en ella de la esclava amorosa que había recogido en un

puerto de aquel país bautizado por él con el nombre de Venezuela. El

trabajo y las penalidades la habían hecho seca, musculosa, con un aire

hombruno de bestia de trabajo.

Su nombre y su presencia entristecían muchas veces á don Alonso. Veía á

la otra Isabel, fantasma de luminosa transparencia que se paseaba por

las lejanas avenidas del jardín de su juventud.

El apartamiento medroso y el excesivo respeto que mostraba su familia

ilegítima servía para que la olvidase completamente teniéndola muchas

veces á pocos pasos de él, sentada en el suelo, en torno á su rústica

mesa. Y la madre y los hijos, mientras el héroe movía su pluma con los

ojos fijos en el papel, iba siguiendo su obra desde lejos, en religioso

silencio.

Admiraban tal vez la misteriosa operación de trazar signos negros sobre

una hoja blanca. Consideraban esto, á pesar de haberlo visto tantas

veces, como un arte mágico de profundo misterio.

Cuando el hidalgo estaba ausente, su concubina, al dedicarse á la

limpieza del interior del bohío, cuidaba de no tocar este manojo de

papeles escritos por su temible señor. El cuaderno parecía reinar sobre

la mesa como un fetiche que esparcía en torno efluvios irresistibles. Y

su veneración se la transmitía con gritos y golpes á los tres hijos,

cuando en la ignorancia de sus pocos años pretendían manosear el grueso

cuaderno.

En sus excursiones por la ciudad, encontró varias veces don Alonso á su

antiguo protegido Cuevas. No había hecho éste contra él otra cosa que

negarse, por indicación de su mujer, á arriesgar la propia fortuna en un

nuevo viaje á Tierra Firme. Los hechos venían demostrando la oportunidad

de dicha negativa; pero Ojeda era incapaz de admitir una opinión

contraria á la suya, y esto hizo que mirase á Cuevas poco menos que como

un enemigo.

La desgracia agriaba su carácter, haciéndole injusto en sus juicios. No

amaba á nadie; no podía creer ya en la gratitud y la amistad. Cierta

envidia inconsciente le impulsaba á odiar á cuantos parecían felices.

Algunas veces, olvidando la negativa de Cuevas, mostraba animadversión

contra él, simplemente porque parecía satisfecho de su modesta fortuna,

porque estaba rodeado de una familia de su propia raza, muy distinta á

la otra que él encontraba todas las noches al volver á su bohío.

Cuando Fernando, enterado de la situación cada vez más mísera del héroe,

insinuaba tímidamente generosas ofertas para socorrerle ó le proponía

que fuese á vivir con ellos en el campo, don Alonso tornaba á ser el

altivo caballero, gobernador por el rey de la provincia de Nueva

Andalucía.

--Mis negocios van cada vez mejor--contestaba con arrogancia--. Mis

amigos, en la corte, trabajan para que se me haga justicia, y no tardará

en llegar una cédula real exigiendo que se me den barcos y hombres para

volver á mi gobierno.

Le irritaban las noticias que de tarde en tarde iban llegando á Santo

Domingo sobre los progresos de aquel Balboa «el Esgrimidor», al que él

no había querido admitir en su expedición.

El voto particular le había hecho jefe de Castilla del Oro. Ahora la

gobernación de Ojeda y la de Nicuesa formaban una sola, y los esfuerzos

de ambos sólo iban á servir, finalmente, para la prosperidad de este

aventurero que había salido al encuentro de la gloria oculto en un

tonel.

Otras veces aceptaba don Alonso, con una resignación pesimista, su

tremendo fracaso. Había venido á países de la extrema Asia demasiado

pronto, á la hora de los navegantes, de los descubridores, cuando aún no

había llegado el momento oportuno para las conquistas tierra adentro, y

él era un hombre de espada y no de mar.

A sus amigos de rango inferior, que él consideraba como discípulos, iba

á tocarles el instante propicio á la gloria y la riqueza. Balboa, tan

menospreciado por él, se engrandecía en unas tierras que eran suyas y

del no menos desgraciado Nicuesa. Tal vez algunos de sus admiradores de

otro tiempo, aquel Hernando Cortés, que estaba ahora en la conquista de

Cuba con Diego Velázquez, ó aquel Francisco Pizarro, su teniente en San

Sebastián, que se había quedado allá siguiendo á Balboa, acabarían por

obtener el oro y la fama que él había soñado á los veinte años, hablando

con Colón el viejo sobre las tierras del Gran Kan.

Al verle Cuevas, de tarde en tarde, se daba cuenta de los estragos que

causaban en su organismo la miseria y las enfermedades. El veneno del

flechazo tan bárbaramente curado iba emponzoñando su sangre. Cada vez

cojeaba más al andar. Su rostro enjuto tenía una amarillez cadavérica.

Su mirada, siempre imperiosa, parecía aún más arrogante por el brillo de

la fiebre.

Después de sus rápidos encuentros con él, se acordaba Fernando de los

leones que los reyes de España se hacían traer de África para tenerlos

enjaulados en sus jardines. Algunos de estos animales, majestuosos y

fieros, enfermaban de tristeza, y avergonzados de su esclavitud, se

dejaban morir, pero de espaldas á los hombres, rechazando alimentos y

cuidados, mirando obstinadamente al rincón más obscuro de su encierro,

hasta que una mañana los encontraban sin vida... Así iba á terminar el

famoso Caballero de la Virgen.

No admitía auxilios de los hombres de espada. Respondía con sarcasmo á

los que le aconsejaban que fuese á impetrar el apoyo de Colón el mozo,

gobernador de la isla. Con tranquila petulancia hablaba de próximas

rehabilitaciones, que hacían sonreir á sus oyentes. Pero estas sonrisas

sólo eran á espaldas del antiguo gobernador de Nueva Andalucía, más

agriado y peleador que nunca, pronto á desenvainar su espada sin tener

en cuenta el número de los enemigos, como si desease morir matando.

La única amistad tranquila y duradera que aún quedaba en su existencia

era la de los frailes del convento de San Francisco. Algunos de ellos

habían ido en sus expediciones. Otros guardaban memoria de sus hazañas,

desde el tiempo de Caonabo, recuerdo verdaderamente extraordinario en

una colonia adonde llegaban con tanta frecuencia noticias de atrevidas

navegaciones y heroicas aventuras.

Conociendo su orgullo y enterados al mismo tiempo de su miseria, los

frailes le invitaban con diversos pretextos á que compartiese la comida

de ellos, dándole unas veces alimentos del país, convidándole otras á un

banquete extraordinario cuando llegaban naves de España trayendo víveres

de allá.

De repente, el altivo caballero parecía adivinar la limosna disimulada

de los frailes y dejaba de frecuentar el convento, necesitando éstos ir

en su busca ó inventar nuevos pretextos para que reanudase sus visitas.

La alegre paz del monasterio recién construído, la fresca soledad de su

huerto en el que crecían los primeros naranjos traídos de Europa, el

trato afable de estos franciscanos, héroes á su modo, que seguían á los

conquistadores en sus avances para predicar el cristianismo, muriendo

como los otros bajo el golpe de la macana ó atravesados por la flecha

«con hierba», fueron ejerciendo una seductora atracción en el fatigado

caudillo.

Sintió de pronto el ansia mística de muchos hombres de aquella época,

osados pecadores y duros guerreros, que acababan haciéndose frailes.

Su concubina india y sus bastardos cobrizos no representaban ningún

obstáculo para él. Las exigencias de la religión sólo le parecían

válidas para los blancos. Podía dejar sin ningún remordimiento á esta

familia ocasional. Dios no le exigiría cuentas por tal acto.

Pasaba el día entero en el convento, unas veces rezando en la iglesia,

paseando otras por el claustro al lado de estos frailes que parecían

haber adivinado sus intenciones, y con palabras insinuantes y sonrisas

de dulce confraternidad le impulsaban á continuar avanzando por el mismo

sendero que habían seguido ellos años antes.

Con un brusco cambio de opinión reconoció el desgraciado caudillo la

imposibilidad en que estaba de ser fraile. Para dedicarse completamente

á Dios, debía abandonar algo más precioso y ligado á su existencia que

esta familia exótica. Tendría que abandonar su espada, aquella espada

que pendía de uno de sus flancos desde los primeros tiempos de su

mocedad, la espada que le seguía á todas partes, desde la guerra contra

los moros granadinos.

Era un sacrificio más allá de su abnegación. Después de tantos

infortunios, renunciar á su espada le parecía el más grande é

irresistible que podía caer sobre él. ¡Antes morir!...

Y como si le asustase la posibilidad de que un Alonso de Ojeda pudiese

vivir sin llevar un acero al costado, tomó su espada, que estaba

pendiente de la rústica silla en que escribía, y la besó repetidas

veces. Parecía pedir perdón á su fiel compañera. La besaba como el

enamorado extrema sus caricias á la amante, viendo en ello una

penitencia por fugitivos propósitos de infidelidad.

Cada vez pensaba más en la muerte, presintiéndola cerca. La miraba de

frente como á una antigua amiga, inoportuna, pero familiar, incapaz de

infundirle espanto.

Sus desgracias las apreciaba ahora con orgullo, creyéndose más grande

cuanto mayor fuese la incomprensión y la ingratitud de las gentes. Ya

que no podía servir á Dios como religioso, acataría sus designios con

una resignación y una humildad semejantes á la de los santos.

En vano sus amigos los frailes intentaban animar al caballero, cuando

éste les hablaba de su próxima muerte:

--Vuestra señoría va á vivir aún muchos años, señor gobernador.

Era una satisfacción para el olvidado héroe oirse llamar gobernador y

señoría por estos hombres de Dios, cuidadosos de proporcionarle dicho

consuelo moral.

No creyendo en palabras halagadoras para su salud, seguía hablando de su

próxima muerte. Deseaba que le enterrasen en la iglesia del convento,

colocando sobre su féretro una losa de piedra con una inscripción que

dijese: «Aquí yace Alonso de Ojeda, el Desgraciado».

Luego pensó que la póstuma afirmación de sus desventuras era un alarde

de vanidad, una protesta orgullosa contra el Destino, perpetuándose á

través de los siglos. Dios no podía ver con buenos ojos tal soberbia.

Era necesario humillarse más, mucho más, ante el misterio de sus

designios.

No pudo seguir sus visitas al convento de San Francisco. Una mañana le

fué imposible abandonar su mísero lecho. La pierna herida se había

paralizado. Sus fuerzas le abandonaban rápidamente. Esta debilidad se

agrandó todavía más por una manía del héroe infortunado.

No quiso comer. La alimentación de él y de los suyos había sido precaria

en los últimos tiempos. Muchos días, la india Isabel trabajaba en las

casas ricas de Santo Domingo para que don Alonso, al volver á su bohío,

hallase algo que comer. Cuando le faltaba trabajo iba en busca de los

contadísimos amigos que aún le quedaban á Ojeda, á pesar de su altivez y

su carácter agriado, pidiéndoles secretamente unos puñados de maíz, un

cesto de cazabe, con el que se mantenían su señor, sus hijos y ella en

último término.

--Que no lo sepa «el jefe blanco»--decía la india con expresión medrosa.

El infortunado capitán sólo podía admitir á sabiendas la caridad de los

frailes, y aun ésta le impulsaba á huir muchas veces, cuando la

consideraba demasiado franca.

Otras veces Isabel buscaba á Lucero y á su esposo, cuando éstos vivían

en la huerta próxima á la ciudad, y una extraordinaria abundancia

alegraba por varios días el bohío del olvidado conquistador.

Al quedar ahora inmóvil en su lecho, los frailes de San Francisco le

enviaban diariamente un cesto de vituallas, alegando la circunstancia de

su enfermedad; pero el doliente caballero se negaba á comer.

--Debo morir de hambre--le oyó decir Isabel en uno de los delirios de su

fiebre--, lo mismo que Nicuesa murió en el mar. ¡Que nuestro destino se

cumpla!

Había dado orden á su manceba india de no recibir la visita de ninguno

de sus antiguos compañeros, y Cuevas, conocedor de dicha voluntad, se

abstuvo de entrar en el bohío.

Unas veces quedaba fuera de él, esperando noticias. Otros días, uno de

los pequeños mestizos de Ojeda iba hasta la huerta, en busca de Lucero,

para dar noticias de su padre «el jefe blanco» y llevarse al mismo

tiempo un cesto de hortalizas.

Cuevas y su esposa adivinaron que don Alonso había muerto al ver entrar

una mañana en su casa á la india Isabel. Lo había hallado, una hora

antes, frío é inmóvil en su casa, con el rostro vuelto hacia la pared.

--Lo mismo que un león--pensó Fernando.

En la vivienda del muerto encontró á los frailes de San Francisco que

amortajaban el cadáver del héroe para llevarlo á su iglesia. Entre los

papeles escritos por don Alonso acababan de descubrir uno referente á su

enterramiento, y los franciscanos pensaban cumplir con exactitud sus

disposiciones.

Había encontrado la verdadera fórmula de humildad para su sepultura.

Nada de nombres, de títulos, ni de alardes de su infortunio. Llamarse

desgraciado era una vanidad. Resultaba mejor irse de la vida en modesto

silencio, olvidando el propio nombre, sumiéndose en la nada. Una losa de

piedra sin ninguna inscripción cubriría su cadáver.

Y el hidalgo provocativo y reñidor, que tantas veces había derramado la

sangre ajena, incapaz de sufrir el más remoto propósito de ofensa,

jactancioso y amenazante hasta en las peores horas de desgracia,

disponía que su cuerpo fuese enterrado en la puerta de la iglesia de San

Francisco, como una humilde expiación de su pasado orgullo.

«Para que todos--decía el papel--los que entren en la iglesia, grandes ó

pequeños, se vean obligados á pisar los restos de este gran pecador.»

V

Del pavoroso encuentro que tuvo Fernando Cuevas un anochecer en las

ruinas de Isabela, y lo que profetizó viendo la prosperidad de sus

trabajos y la vigorosa audacia de su hijo.

Quiso tomar Cuevas bajo su protección á la familia de don Alonso, y los

tres pequeños mestizos empezaron á pasar días enteros en su huerta,

siguiendo al vigoroso Alonsico en sus juegos belicosos y obedeciéndole

cual si fuesen servidores suyos.

La india Isabel veía con agradecimiento esta protección á sus hijos. Le

gustaba además tenerlos fuera de su vivienda, á causa de sus audacias y

gritos. Desde que había desaparecido «el jefe blanco», los tres

mostraban un atrevimiento ruidoso de esclavos en libertad. Ya no temían

á nadie dentro del bohío. Y para convencerse de su triunfo habían roto

en menudos pedazos aquel cuaderno de su padre en el que trazaba signos

misteriosos todas las noches.

Así acababan los _Comentarios_ de los primeros descubrimientos del Nuevo

Mundo, las Memorias del infortunado héroe. Cuevas aún pudo ver algunos

pedacitos de papel revoloteando cerca del bohío.

La india se negó á abandonar aquella vivienda donde había pasado los

últimos años con su admirado señor. Le parecía que el héroe aún estaba

vivo si ella continuaba habitando la casa. Sólo al salir de allí se

convencía de que el guerrero invencible había muerto verdaderamente.

Con un estoicismo propio de su raza, no había llorado ante el cadáver de

don Alonso. Sus ojos, agrandados por el asombro, mantuviéronse secos de

lágrimas. Lo único que su impasibilidad misteriosa dejaba adivinar era

un asombro inmenso, cual si hubiese creído hasta entonces que el

caudillo cristiano era invulnerable para la muerte.

En vano Lucero, con una curiosidad femenil, pretendía hacerla hablar

para darse cuenta de hasta dónde llegaban los afectos de esta mujer

perteneciente á otra raza. Mostrábase la india parca en palabras. Movía

la cabeza tristemente, y al fin, acosada por las preguntas de la

española, se limitaba á decir en su lenguaje conciso:

--Jefe blanco está en el cielo con su Virgen. Yo iré á buscarle

pronto... Tú cuidarás de mis hijos.

No necesitaba Cuevas esta última recomendación para preocuparse de la

compañera de su famoso capitán, así como de su prole cobriza.

Se había dedicado á desenmarañar la herencia del héroe infortunado,

tratando para ello con todos los abogados y escribanos venidos á Santo

Domingo, desde el otro lado del mar, como una banda de aves de presa.

También había visitado al joven Almirante, aunque él y Lucero sentíanse

dolidos por la falta de memoria y la indiferencia de este personaje, al

que conocieron niño y pobre en el convento de la Rábida. Nunca había

hecho nada por ellos. No gustaba de que le recordasen las miserias de su

niñez.

Gracias á su tenacidad, consiguió Fernando conocer la fortuna dejada por

don Alonso con más exactitud que éste, siempre endeudado, y que tan

imprudentemente esparcía las riquezas cuando llegaban á sus manos.

No había que contar con el producto de las seis leguas de terreno en la

costa Sur de la isla Española que le habían concedido los reyes. Estas

tierras hacía años que las habían embargado sus acreedores por

cantidades de poca importancia, y resultaba inútil el intento de

arrancarlas á los usureros que las poseían.

En sus averiguaciones incesantes llegó á conocer la existencia de otras

tierras en la costa Norte de la isla, cerca de la antigua ciudad de

Isabela, que le habían sido dadas á Ojeda cuando era capitán á las

órdenes de don Cristóbal Colón, y cuya propiedad olvidó poco después.

Creyó necesario Cuevas emprender un viaje al Norte de la isla. Eran

ochenta leguas las que debía hacer por malos caminos y alojándose en

aldeas indígenas. Pero toda la isla estaba en paz después de la dureza

con que el comendador Ovando había castigado las últimas insurrecciones

de los caciques, y un español podía ir de un lado á otro completamente

solo, con sus armas y su perro, sin temor á sufrir agresiones de los

naturales.

Emprendió el viaje Fernando con un compatriota que le ayudaba en sus

cultivos. Iban montados en caballejos ágiles y sobrios, nacidos en la

isla, hijos de los corceles españoles, que se habían multiplicado en las

fértiles llanuras con asombrosa prolificidad, por ser menor el consumo

de estas bestias de trabajo que el de los animales destinados á la

alimentación.

Llevaban ambos buenas ballestas para dedicarse á la caza durante su

viaje. Las armas de fuego portátiles eran todavía pesadas é inseguras.

Estos cañones de mano, cuyo tiro era muy lento y costoso, no podían

compararse con la rápida y segura ballesta.

Se alojaron en las aldeas de varios caciques pacíficos, quienes les

recibieron con exageradas muestras de sumisión, llegando finalmente á la

provincia del antiguo reyezuelo Guanacarí, en cuyas costas había visto

Cuevas fundarse el trágico pueblo de Navidad, durante el primer viaje de

Colón, y un año después la ciudad de Isabela.

Más de quince años habían transcurrido desde que él y Lucero abandonaron

esta parte de la isla para trasladarse á la nueva ciudad de Santo

Domingo. Recordaba aún las particularidades topográficas de esta costa,

en la que se habían creado los dos primeros centros de población

europea, y guiándose por datos copiados de una escritura de Santo

Domingo, pudo encontrar los terrenos pertenecientes á don Alonso de

Ojeda por donación del rey de España.

No eran gran cosa: campos pantanosos en las inmediaciones de un río, y

sus partes más altas estaban cubiertas de bosque bravo, de un descuaje

largo y costoso. ¿Qué blancos podían venir á cultivar estos terrenos,

tan lejanos de la nueva capital de la isla?...

Una soledad fúnebre pesaba sobre la misma región que los primeros

navegantes españoles habían considerado como un paraíso. Hasta los

indios parecían haber huído de las antiguas tierras gobernadas por

Guanacarí. Cuevas, en sus correrías por ellas, sólo encontró unos

cuantos españoles, que tenían sin duda especial interés en mantenerse

lejos de las autoridades de Santo Domingo, y vivían lo mismo que los

indígenas, cultivando el suelo allí donde lo encontraban limpio de

árboles y malezas. También eran contadísimos los indios que aún

permanecían fieles á esta tierra, labrada por sus ascendientes.

Tan limitada población manteníase siempre á distancia de las ruinas de

Isabela, creyéndolas pobladas de pavorosos fantasmas.

Afirmaban algunos haber escuchado alaridos horrorosos de muchedumbres

invisibles. Otros juraban haber visto de noche «luces del otro mundo»,

indudablemente las almas de los muchos cientos de españoles muertos de

hambre y de enfermedades en la infortunada ciudad.

No dando oído Cuevas á tales supersticiones, cruzó varias veces el

recinto de aquella Isabela que había visto surgir del suelo y en la que

fué su hijo el primero de los nacidos.

Aún existía la muralla rústica para librarse de los ataques de Caonabo,

pero desportillada por el desplome de sus bloques en algunos sitios,

cubierta en otros lugares de plantas parásitas, que le daban el aspecto

de una alta cerca vegetal.

La fecundidad silvestre del Trópico había cubierto igualmente de follaje

las ruinas de los edificios. Mantenían aún las casas de piedra sus

paredes verticales, limpias de techo ó simplemente con los travesaños de

sus vigas rústicas. Los bohíos desaparecidos revelaban su antigua

existencia por haberse trocado sus soportes en árboles de raras formas

al enroscarse á su maderaje el serpenteo verde y florido de las lianas.

El trazado de las calles era visible. Todas se habían convertido en

prados de líneas regulares, caminándose por ellas con hierba hasta las

rodillas.

Reconoció Cuevas el solar de su antigua vivienda é igualmente las ruinas

de las casas del Almirante y otros personajes de la colonia, pero

procuró no pisar su interior, cubierto de escombros. La serpiente, de

instintos domésticos, prefiere siempre para alojarse las ruinas de las

viviendas humanas á los escondrijos de la selva.

En esta soledad de pueblo abandonado, los gritos de los papagayos y

otras aves refugiadas en las ruinas, y el correteo bullicioso de las

bandas de monos, explicaron á Cuevas aquellos gritos horripilantes que

se imaginaban oir los supersticiosos vecinos de las cercanías.

Un interés de cazador impulsó al español á visitar con frecuencia las

ruinas de Isabela, más aún que su curiosidad de evocar el pasado.

Abundaban los cerdos salvajes en estas tierras solitarias, descendientes

de los que habían traído los españoles en su segundo viaje, y que la

vida libre de la selva multiplicaba asombrosamente.

Todos los días, Cuevas y su camarada disparaban sus ballestas en las

cercanías de Isabela, trayendo á hombros, pendiente de un palo, uno de

estos animales silvestres, de los que sólo comían las partes más

apreciadas, dejando abandonado el resto á los indígenas.

Esta cacería segura y abundante, que ya no era posible realizar en el

Sur de la isla, donde se había aglomerado el núcleo de la colonización,

hacía que Cuevas, muy aficionado á esta clase de montería, fuese

retardando la vuelta á su casa.

Un atardecer, cuando ya había decidido irse á la mañana siguiente á

Santo Domingo, en el camino sintió el deseo de contemplar por última vez

las muertas calles de Isabela.

El miedo á caer enfermo de fiebres le impulsaba igualmente á abandonar

cuanto antes estas tierras. Lo mismo que la mayor parte de los españoles

que habían muerto en aquella ciudad, empezaba á sentir el escalofrío de

la terciana, dolencia esparcida en la atmósfera por los encharcamientos

del río inmediato y por el ambiente pesado y sin renovación dentro de un

anillo de bosques.

Su fiebre naciente le hizo recordar á todos los compatriotas que había

conocido allí, diez y seis años antes, y cuyos huesos estaban bajo

aquella tierra que iba pisando, vestida por exuberante capa vegetal.

Se había quedado el compañero en el mísero pueblecito donde se alojaban,

vigilando, junto á una hoguera, el voltear del último cerdo cazado

aquella mañana. Uno de los perros de Cuevas marchó tras él, creyendo que

iba de nuevo á la caza, pero á la vista del muro de piedra de Isabela

quedó inmóvil, con las orejas erguidas, dejando pasar adelante á su amo,

y empezó á aullar lúgubremente.

Fernando, con la ballesta al hombro, atravesó una brecha de la muralla

que en otro tiempo había servido de puerta, continuando su avance por lo

que fué en sus mocedades calle Mayor. Apenas anduvo por ella lo

necesario para distinguir las ruinas de la iglesia, sintióse asombrado

viendo cómo venían hacia él dos hileras de hombres, á modo de los

frailes cuando van del convento á cantar en la iglesia, marchando uno

tras otro.

Parecían gente noble, hidalgos de «capa prieta», como llamaban en la

colonia á los españoles que habían sido de la corte y, abandonando su

bienestar en la tierra natal, pasaban al Nuevo Mundo, en busca de

mayores riquezas. Todos iban bien vestidos, ceñidas sus espadas,

rebozados en ricas capas y con tocas de viaje de las que se habían usado

en España en tiempo de los difuntos Reyes Católicos. Ahora sabía Cuevas,

por los recién llegados á la isla, que las modas habían cambiado en el

viejo mundo, dejándose crecer la barba los señores, no llevando ya

rasurado el rostro, como sus padres y como estos desconocidos que venían

hacia él.

Quedó absorto Cuevas ante las dos filas de gente inesperada, no

ocurriéndosele ni una sola vez echar mano á su ballesta. Indudablemente

eran españoles que habían desembarcado en la bahía inmediata, donde

anclaron los buques de la segunda flota de Colón. Además, aunque no

llegaba á distinguir bien los rostros de ellos, medio ocultos por el

rebozo de sus capas y el ala de sus tocas, tenía el presentimiento de

que eran gente amiga, vista por él otras veces.

Lo extraño del caso fué que los primeros de la procesión habían llegado

ya junto á él, y seguían luego adelante, como si no le viesen,

descortesía que le obligó á hablar.

--¿Cómo ha podido aportar aquí--dijo--gente tan nueva y ataviada, sin

que nadie lo haya sabido en la isla?... ¡Dios guarde á vuesas mercedes,

señores hidalgos de las dos ringleras!

Y se quitó cortésmente su gorra para saludar, sin que la procesión de

desconocidos respondiese verbalmente á su saludo. Pero todos á un mismo

tiempo se llevaron la diestra á sus birretes y sombreros para contestar

á su cortesía, y Cuevas vió con terror que al descubrirse llevaban

dentro de las tocas sus cráneos completamente blancos, quedando

descabezados y desapareciendo después instantáneamente.

Esta desaparición apenas llegó á presenciarla Cuevas, pues, tembloroso é

invocando á la Virgen, echó á correr, viéndose al poco rato fuera de la

ciudad, al lado de su perro, que seguía aullando con las orejas

enhiestas y los ojos fijos en las ruinas.

Aquella noche, mientras se negaba á tomar los bocados que le ofrecía su

compañero, reflexionó sobre esta visión, temblándole el cuerpo, no

obstante el calor de la fogata que había servido para preparar la cena.

No dudaba de lo que había visto. Sus antiguos convecinos de la Isabela

habían salido de sus tumbas para saludarle. En aquel país completamente

nuevo, habitado hasta poco antes por una humanidad sin historia,

empezaba á crearse la leyenda. La muerte daba nacimiento á la tradición.

Aquella tierra era ya tan española, después de diez y seis años, como la

península situada al otro lado del Océano. Los que estaban enterrados en

Isabela y otros lugares de la isla resultaban más numerosos que los

españoles vivientes... Y Cuevas, que--como todos sus contemporáneos--no

poseía ideas precisas sobre las tierras descubiertas y dudaba aún de si

eran Asia ó pertenecían á un mundo nuevo, tuvo sin embargo un justo

presentimiento del porvenir.

La procesión de espectros de esta ciudad en ruinas iba á repetirse en

toda una cara de nuestro planeta, á ambos lados de la línea ecuatorial,

desde las frías alturas donde crece el abeto á las colinas templadas

donde florece el naranjo y las llanuras tórridas cubiertas de bananos.

Las nevadas cúspides de la más larga de las cordilleras de la tierra,

las costas del Atlántico y del Pacífico, los ríos que no tienen límites

á la vista, cual si fuesen mares, las selvas nacidas en los primeros

tiempos de la vida vegetal, los valles paradisíacos del Trópico, los

lagos de hierba de las sabanas, los desiertos pintarrajeados por las

tintas minerales, todo un mundo iba á quedar completamente descubierto

en menos de medio siglo y á obtener una nueva personalidad histórica,

gracias á los miles y miles de esqueletos, semejantes á los de esta

procesión crepuscular, que fecundarían sus entrañas. No iba á existir un

rincón de las nuevas tierras, alto ó bajo, húmedo ó seco, yermo ó

selvático, que no guardase, como marca heráldica, una osamenta española.

Al volver Cuevas á su casa de Santo Domingo, enfermo de fiebre, vió en

ella á los tres hijos de Ojeda con el aire reposado y tranquilo del que

se halla en vivienda propia.

Lucero se apresuró á contarle la muerte de la india Isabel. Una tarde la

había visto llegar á la huerta con la misma tranquilidad enigmática que

en los días anteriores.

--El jefe blanco me llama--dijo--, y debo obedecerle. Guarda á mis

pequeños. No deben seguirme en el gran viaje.

Como Lucero la creía algo loca después de la muerte de don Alonso, la

dejó partir sin ninguna inquietud. Todos los indios eran dados á

embelecos y gustaban de atraer el interés hacia sus personas con

invenciones y cuentos.

A la mañana siguiente, cuando iban á su iglesia los frailes de San

Francisco, encontraron á una mujer tendida de bruces sobre la losa sin

nombre que cubría la sepultura de don Alonso. Al reconocer á su manceba

india, la ordenaron en vano repetidas veces que se levantase y no

profanara la casa de Dios con alardes de dolor antirreligioso. Cuando al

fin tocaron su cuerpo frío, se convencieron de que estaba muerta. Nadie

podía saber cómo había logrado entrar de noche en la iglesia y qué

veneno sutil le sirvió para morir sobre la sepultura de su señor «el

jefe blanco».

Después de este episodio, la vida siguió transcurriendo pacíficamente

para Lucero y su esposo.

Se enriquecían con lentitud, pero sin altibajos de la suerte, ignorando

los retrocesos violentos que sufrían en su existencia los aventureros

heroicos al ir en busca del oro.

El buen sentido comercial de la judía conversa puso freno muchas veces á

las ambiciones repentinas de su esposo.

Al mirar Cuevas su espada colgada de la pared, sentíase avergonzado de

su prosperidad de colono. Creíase semejante á las vacas y caballos que

engordaban en las fértiles praderas, con una pelambre lustrosa,

reveladora de su perfecto bienestar animal.

Llegaban noticias exageradas y asombrosas de Tierra Firme, de aquella

colonia de Darién gobernada por Balboa. El oro se cogía con redes, según

afirmación de los que venían de allá.

--Déjalos que pesquen--decía Lucero--. Si verdaderamente cogen el oro

con redes, una parte será para nosotros. Fabriquemos pan de maíz y carne

de tocino para los que van en busca del oro. Lo más seguro y ganancioso

en estas nuevas tierras es cultivarlas. El oro se agotará alguna vez, y

este nuevo mundo en que estamos dará siempre pan y carne. Sólo serán

verdaderamente ricos los que trabajen la tierra.

Y Cuevas pasó la edad madura y llegó á viejo, oyendo hablar de las

hazañas de Hernán Cortés en el Imperio de Méjico y la extraordinaria

aventura de Francisco Pizarro en la tierra del oro, llamada Perú.

Los había conocido lo mismo que él, simples protegidos de su capitán don

Alonso de Ojeda, y eran ahora marqueses por el rey, gobernando además

como verdaderos monarcas la herencia de los emperadores vencidos por

ellos: Estados más grandes que España. ¡Y él no era mas que un labrador

colonial, abundante en bienes materiales y pobre en dinero, como ocurre

siempre en las sociedades primitivas, agrícolas y pastoriles!...

Su orgullo y su nobleza se cifraban en ser él y Lucero los únicos que

habían quedado en la isla, del primer viaje de descubrimiento.

Ambos esposos admiraban la audacia de su hijo Alonso, en el que parecían

revivir las condiciones heroicas de su infortunado padrino. Su

independencia de carácter resultaba algunas veces insolente.

--Yo soy nacido en esta tierra--dijo una vez á sus padres--, y vosotros

vinisteis de muy lejos para apoderaros de lo que no era vuestro.

Era el criollo que empezaba á erguirse frente á sus progenitores

europeos.

Los tres hijos de Ojeda le obedecían con más facilidad que á los dueños

de la casa. Alonso los incitaba en sus juegos contra los otros hijos de

blanco venidos de España.

--Nosotros valemos más--decía con orgullo á los tres Ojeda mestizos--.

Nacimos aquí, y estos hambrientos vienen á quitarnos lo nuestro.

Sonreía el padre tristemente al comentar con su esposa la independencia

agresiva de su hijo.

--Así lo quiere Dios--dijo un día con aire profético--. El amor en la

familia va siempre hacia abajo, como el agua de los ríos. Los padres se

sacrifican por los hijos, y éstos, á su vez, hacen lo mismo con los

hijos que tienen. De España vinimos para trabajar, para construir un

mundo nuevo, rabiando y muriendo muchas veces como animales. Lo que

hacemos ahora tal vez dure siglos, y después llegará un día en que los

hijos de nuestros hijos nos echarán tranquilamente de la casa que

levantamos para ellos á costa de tantos sufrimientos, de tanta sangre...

«Fontana Rosa»

Mentón (Alpes Marítimos)

El Caballero de la Virgen · 第 27 / 36 题