IV

En el que se habla de los héroes de las Cuatro Calles y de cómo la

animosa Lucero acometió espada en mano al intrépido Ojeda,

haciéndole derramar sangre y lágrimas.

En Santo Domingo, el lugar más frecuentado por el vecindario era uno que

recibía el nombre de las Cuatro Calles, por servir de cruce á las dos

arterias más importantes de la ciudad. El gobernador Ovando se había

preocupado mucho de las obras de ensanche y embellecimiento, y al

sucederle en 1508 el segundo Almirante don Diego Colón, que había

heredado de su padre don Cristóbal el virreinato de las Indias, empezó

Santo Domingo á adquirir mayor importancia.

Sus habitantes afirmaban orgullosos que no había ningún pueblo en España

mejor construído, á excepción de la muy noble ciudad de Barcelona, y que

su catedral, todavía sin acabar, iba á ser tan magnífica como las de

Europa. Abundaban los veneros de hermosa piedra en las cercanías. Las

construcciones del primer momento habían sido de adobes ó de madera, con

techos de ramaje. Luego, la gran abundancia de materiales y el haber

aprendido los indios á dar ayuda á los albañiles venidos de Europa

aumentó rápidamente las casas de piedra.

El río, navegable y muy hondo, tenía á un lado la ciudad y al otro

campos de labranza y jardines, con muchos naranjos, cañafístulas y

grupos de frutales, traídos de Europa. Las calles, bien ordenadas y

anchas, daban por uno de sus extremos al río y por el otro á hermosas

praderas.

Anclaban las naves junto á las casas construídas á orilla del río. Los

buques más grandes, llamados de dos gavias, podían fondear tan cerca,

que muchas veces no necesitaban de barcas para su descarga, y por una

plancha de madera iban echando fardos y toneles. Una fortaleza defendía

el puerto.

Dentro de la ciudad algunos colonos enriquecidos construían vastos

edificios, diciendo vanidosamente que el rey de España, cuando viajaba

por sus Estados, se contentaría con encontrar un alojamiento semejante.

Las vacas traídas por los españoles se habían reproducido tan

prolíficamente, que algunas naves empezaban á cargar cueros para

llevarlos á España. También las primeras yeguas procedentes de Andalucía

multiplicaron prodigiosamente la tropa caballar. Una parte del ganado

vacuno y de cerda se había hecho salvaje, perdiéndose en los bosques.

Muchos perros y gatos llegados de España en estado doméstico corrían ya

los montes como animales bravos.

El vecindario de Santo Domingo iba resultando demasiado grande para la

vida tranquila de la colonia, no por su número, sino por la calidad

especial de sus individuos. Ovando había traído con él una cantidad

considerable de hombres de guerra, hidalgos sin otra fortuna que su

espada, ansiosos de aventuras y riquezas. Cada flota aportaba nuevos

soldados, y toda esta corriente de energía iba quedándose estancada en

la capital, no sabiendo el gobernador cómo dar expansión á una gente tan

levantisca.

Ya habían terminado las guerras en el interior de la isla. Todos los

caciques estaban sometidos. Los hidalgos de Santo Domingo faltos de

bienes deseaban que se emprendiesen nuevas expediciones de

descubrimiento, pero escaseaba el dinero para organizarlas. Además, el

virrey don Diego Colón ponía obstáculos á la iniciativa de los

conquistadores, exigiendo que todo lo que descubrieran fuese para él,

por ser hijo y heredero de Colón. Los que acudían á España necesitaban

años enteros y poderosos apoyos para obtener licencia de unos reyes

preocupados especialmente por el curso de su política en Europa.

Abundaban en la isla Española segundones de familias nobles, así como

caballeros de las Órdenes militares de Calatrava y Alcántara, viviendo

confundidos con otros hidalgos pobres que se consideraban no menos

nobles, aunque se veían más necesitados que ellos.

La única diferencia verdadera entre esta gente orgullosa, poco sufrida,

pronta á sacar la espada y que se creía tan noble como el rey, no

reconociendo á éste otra superioridad que la de tener más dinero que

ellos, consistía en la separación natural que se establece siempre entre

ricos y pobres.

Los que habían hecho fortuna en la isla procuraban vivir en sus tierras

ó se mantenían en altivo aislamiento, dentro de su casa de piedra, en

Santo Domingo, tratándose únicamente con sus iguales y con el virrey.

Los pobres se juntaban en las Cuatro Calles para hablar de sus lances de

guerra en Europa ó de sus viajes con don Cristóbal Colón, al que

llamaban el Almirante viejo para distinguirlo de su hijo, el Almirante

mozo. También recordaban sus viajes guerreros ó puramente comerciales

con Ojeda y con Bastidas.

Muchos de estos futuros conquistadores iban á cuerpo gentil, con una

mano en la empuñadura de la espada y sin capa, á pesar de que esta

prenda era inevitable en aquellos tiempos, lo mismo en invierno que en

verano, para ocultar roeduras y remiendos en el jubón y las calzas.

Todos estos respetables hidalgos «se habían comido las capas», como

ellos decían para expresar que las empeñaron ó vendieron, necesitados de

obtener algún dinero para mantenerse. Otros más francos, al recordar sus

perdidas capas, confesaban que «se las habían bebido».

El osado capitán don Alonso de Ojeda se mostraba todos los días en las

Cuatro Calles, hablando á esta gente crédula, vanidosa y temible con una

familiaridad que los enorgullecía. Era casi tan pobre como ellos, y sin

embargo, siempre encontraba el medio de favorecerles con pequeños

préstamos. Se sabía además con qué prodigalidad derramaba el oro, en sus

momentos prósperos.

Era el héroe de las nuevas tierras. Todos recitaban de memoria sus

aventuras, agrandadas por el entusiasmo. Su astucia para aprisionar á

Caonabo era contada como una hazaña de romance.

Comentaban sus habilidades de esgrimidor, la agilidad y la fuerza de su

pequeño cuerpo, en el que parecía imposible que cupiese un vigor tan

incansable. Aquel jinete, antiguo estudiante en Salamanca, que le había

acompañado en su visita á la reina Anacaona, al ponderar sus cualidades

se valía de un lenguaje homérico, y aplicándole un apodo, como lo llevan

todos los personajes de la _Ilíada_ y la _Odisea_, le llamaba siempre

don Alonso «el de los pies ligeros».

Esta popularidad sincera y desinteresada aún se hizo más intensa cuando

circuló por Santo Domingo la noticia de que el señor Juan de la Cosa y

Fernando Cuevas estaban en España gestionando para Ojeda una licencia

real que le permitiría emprender la conquista de Veragua, «la tierra de

los espejos de oro».

Sabían que era asunto largo de conseguir, mas para estos hombres

acostumbrados á moverse en un mundo desconocido y misterioso, el tiempo

y la distancia no tenían el mismo valor que para las gentes del viejo

mundo. Esperarían, y mientras llegaba el momento de que don Alonso

levantase bandera, todos le rodeaban, saludándole como futuro capitán,

procurando cada uno conseguir por su parte que le hiciese su teniente.

Entre estos soldados audaces, destinados en su mayor parte á una muerte

obscura, y de cuya masa surgieron igualmente conquistadores afortunados

de vastísimos Imperios, unos pocos merecían la especial predilección de

Ojeda, el cual, teniendo solamente treinta años, era mirado como maestro

por otros que le superaban en edad.

Trataba amigablemente á Diego Velázquez, buen soldado, aunque

corpulento en demasía, y á otro campanudo en el hablar y de aparatosos

ademanes llamado Pánfilo de Narváez. Los dos admiraban á Ojeda

desinteresadamente, pues el virrey Colón el mozo proyectaba enviarlos á

la conquista de Cuba, todavía inexplorada.

Un joven de tez blanca, ojos alegres y barba rubia, extremeño, nacido en

Medellín, placía especialmente á don Alonso por su facilidad para

improvisar versos, su propensión á hablar de amoríos, y una prontitud de

ingenio que le permitía salir de las situaciones más difíciles. Había

estudiado en Salamanca, teniendo que marcharse de España por haberle

sorprendido las gentes de Medellín cuando iba á visitar de noche á una

mujer casada, cayéndose de la tapia por cuyo filo iba avanzando. Este

estudiante poeta era tan hábil en tañer la vihuela como en el manejo de

la espada. Le llamaban Fernando Cortés, y sus amigos desfiguraban su

nombre de pila diciéndole unas veces Hernando y otras Hernán.

Había venido á la Española en la misma flota que trajo al comendador

Ovando, y como éste también era de Extremadura, le había protegido,

dándole algunas tierras y varios indios. Ahora, con la llegada del

virrey Colón, la suerte de Hernán Cortés había cambiado, y no veía otro

protector que aquel don Alonso, maestro de todos ellos.

--Señor capitán--decía--, cuente con este soldado para su entrada en la

Veragua. No allá, sino al infierno iré gustoso con su señoría.

Otro extremeño, algo más viejo, taciturno y de menos palabras, era

mirado con igual simpatía por Ojeda. Llamábase Francisco Pizarro y había

venido á la Española en una expedición posterior á la de Ovando.

Tenía cinco ó seis años más que don Alonso, y esto le hacía figurar

entre los más viejos de aquella juventud aventurera, ávida de gloria.

Ello no impedía que la admiración le hiciese respetar á don Alonso como

si fuese su padre ó un hermano mayor. Dicho sentimiento le impulsó á

revelar toda su historia, desde sus primeras conversaciones con el

Caballero de la Virgen.

Se creía tan noble como el que más, pero su nacimiento era ilegítimo, lo

cual, en aquellos tiempos de bastardos encumbrados á las más altas

situaciones no constituía un defecto irremediable. Su padre, que se

había negado siempre á legitimarlo, era hombre de guerra, el capitán

Gonzalo Pizarro, al que sus convecinos de Trujillo apodaban «el Romano»,

á causa de haber pasado la mayor parte de su vida peleando en Italia á

las órdenes del Gran Capitán, luego de militar igualmente bajo las

banderas de César Borgia, hijo del último Papa. Su madre, una mujer

humilde, llamada Catalina, había sido criada de un convento de monjas de

Trujillo, y el capitán la hizo suya en una de sus rápidas visitas á la

tierra natal.

Huérfano de madre y abandonado de su padre, había guardado cerdos en los

campos de Extremadura. No sabía leer ni escribir á causa de este

abandono, pero mostraba un gran talento natural para las cosas de la

guerra y el mando de los hombres. Había hecho á pie un viaje á Italia

para ser soldado cerca de su padre y guardaba prudente silencio sobre su

vida allá. Tal vez «el Romano», al que otros apodaban también «el Largo»

por su alta estatura, había rechazado á este hijo que se presentaba

inoportunamente.

--Y aquí estoy, don Alonso--terminaba diciendo con grave sencillez--; y

si su señoría necesita gente leal, sin voces ni bravatas, que no conozca

el miedo ni eche el pie atrás nunca, yo soy su hombre.

Fuera de este mundo de aventureros, altivos de carácter, bravos y

quisquillosos, malhallados con su pobreza, atraídos por el peligro y la

muerte, que ya se habían comido y bebido sus capas, Ojeda tenía un

admirador, con el que hablaba frecuentemente.

Era el licenciado Martín Fernández de Enciso, que ocupaba una de las

nuevas casas de piedra, pasando por ser el abogado más hábil y opulento

de Santo Domingo. En pocos años había ganado dos mil castellanos de

oro, ó sea unos doce mil duros, cantidad considerable para aquel tiempo

de dinero escaso. Tal era la afición de los españoles á pleitear entre

ellos, en una colonia naciente, donde todavía faltaban muchas cosas

elementales para la vida.

Este abogado joven y de carácter intrépido mostrábase tan aficionado á

la espada como la mayoría de sus clientes. Un descontento de su posición

actual, enfermedad secreta de la mayoría de los hombres, amargaba su

bienestar. Influenciado por el ambiente de la ciudad, soñaba con ser

conquistador de tierras misteriosas, abundantes en oro. Por eso gustaba

de un frecuente trato con Ojeda, escuchando admirativamente sus osadas

aventuras.

Don Alonso, por su parte, cuidábase de ir excitando los heroicos anhelos

del legista. Pronto á utilizar, como todos los capitanes de guerra,

cuantos recursos encontrase á su alcance, pensaba en los dos mil

castellanos de oro del abogado, para emplearlos en su futura empresa.

Aparte de su tertulia bulliciosa en las Cuatro Calles y de sus pláticas

con el licenciado Enciso, procuraba el heroico hidalgo visitar con

alguna frecuencia á la esposa de Fernando Cuevas en su huerta de las

afueras de la ciudad.

Las costumbres habían empezado á transformarse en Santo Domingo con la

llegada de un gran número de damas procedentes de España. La esposa del

virrey don Diego Colón era doña María Enríquez, sobrina del duque de

Alba y parienta igualmente del rey don Fernando el Católico. El antiguo

«hombre de la capa raída» había conseguido que su hijo se casase con una

doncella de la más alta nobleza española, perteneciente á la familia

real, sin cesar por esto de quejarse, hasta la hora de su muerte, de

ingratitud y abandono.

La virreina empezó á establecer en Santo Domingo una pequeña corte.

Había traído con ella varias doncellas, nobles y pobres, para casarlas

con los colonos de mejor fortuna. Santo Domingo, que había sido hasta

entonces una especie de campamento, adoptó las costumbres de Sevilla y

otras ciudades españolas. Los hombres se cuidaban ahora más de sus

trajes, y hacían memoria de los saludos y otros gestos de urbanidad

usados años antes en la lejana patria, cuando aún no los habían

rustificado la guerra y las navegaciones en este mundo hostil al blanco.

De día, los hidalgos más acomodados, llevando la capa al brazo y una

mano en la empuñadura de la espada, quitábanse con la diestra la gorra

adornada de plumas para saludar en las orillas del río á las damitas

venidas con la virreina. De noche, las vihuelas sonaban en las calles, y

estas serenatas amorosas poblaban de susurros y risas las rejas de las

casas, terminadas por una cruz de hierro.

Don Alonso sólo permanecía en su pobre vivienda á las horas de dormir y

de comer, como si evitase la presencia de la fiel india Isabel y de los

pequeños mestizos que le había dado.

Siempre que le era posible, se dirigía á la casa de Lucero para hacer

acto de presencia en ella, deseoso de que la esposa de su fiel amigo se

diese cuenta de que no vivía olvidada y podía contar con su protección.

En realidad, Lucero se bastaba á sí misma, acostumbrada desde diez y

seis años antes á los peligros é incertidumbres de una vida de aventuras

en las tierras nuevas.

Sin más compañía que la de su hijo, que ya empezaba á ser un mancebillo

audaz y valeroso como su padre, vivía fuera de la ciudad tan segura como

si estuviese alojada en las Cuatro Calles.

Al irse Fernando, le había dejado su broquel, su espada de guerra, su

lanza y una ballesta, con la que se amaestraba como tirador el inquieto

Alonsico. Además, Lucero guardaba un puñal de los tiempos en que había

vivido en las minas, entre frecuentes alarmas causadas por la

aproximación de indios sublevados. Por eso sonreía cuando don Alonso, al

visitarla por las tardes, intentaba hacerla confesar que su relativa

soledad le inspiraba miedo algunas veces.

No había conocido un solo momento de pavor. Dirigía las labores de su

huerta, ejecutadas por cuatro indios «encomendados» á Cuevas. Los

mandaba con voces y ademanes varoniles. Algunas veces, para mayor

comodidad en sus trabajos é imponer más respeto á los indígenas,

vestíase de hombre, con las mismas ropas que había usado cuando

acompañaba á su marido por el interior de la isla. Era una hembra de los

primeros tiempos de la colonización, una habitante de la ciudad de

Isabela, de fúnebre memoria, donde morían los españoles á centenares.

Se ruborizó instintivamente el primer día que don Alonso la sorprendió

vestida de este modo, marchando por su huerta. Luego le recibió muchas

veces en traje de hombre, sin emoción alguna, recordando que otros

muchos la habían visto así. Como la vida de la colonia empezaba á

modificarse con la llegada de las damitas de la virreina, ella tenía

cierto orgullo en recordar que era de los tiempos duros y heroicos y

había vivido sitiada por hambre en el fuerte de Santo Tomás.

El intrépido Ojeda apenas alcanzaba con su cabeza á los hombros de esta

amazona joven. Su cuerpo esbelto, no muy vigoroso en apariencia, poseía

una fuerza nerviosa, puesta á prueba muchas veces.

En los últimos años, Lucero y don Alonso sólo se habían visto de tarde

en tarde, en presencia de Cuevas y otros amigos. El asedio que les había

hecho sufrir Caonabo, cuando ella daba aún su pecho á Alonsico, era el

período en que se vieron con más frecuencia.

Ojeda mostraba cada vez mayor afición á sus conversaciones vespertinas

con la esposa de su amigo. Finalmente acabó por visitarla todos los

días, haciendo de esto una obligación que parecía dar á su existencia

nuevo interés.

Hablaban en la huerta, sentados al pie de un árbol, de los dos emisarios

que habían ido á España para gestionar la magna empresa de la conquista

de Veragua, haciendo comentarios, incesantemente renovados, sobre varias

cartas que habían llegado de allá, en dos carabelas diferentes, hablando

Juan de la Cosa y Fernando Cuevas de sus grandes esperanzas.

Otras veces se ocupaban de los progresos de la colonia, de las nuevas

plantaciones de caña de azúcar traída de Andalucía ó Canarias, y de los

molinos para triturarla que iban estableciendo los vecinos ricos.

Conversaban igualmente sobre el desarrollo prodigioso de los ganados y

el desenvolvimiento de las plantas traídas de Europa, unas agrandadas

considerablemente en poco tiempo, otras macilentas ó muertas por no

poder adaptarse al nuevo medio.

Invariablemente, tales conversaciones acababan por orientarse hacia el

oro y los lugares misteriosos en que se amontonaba, lejos de aquella

isla. ¿Qué podían importarles animales y plantas como base de riqueza en

un mundo donde, según las ideas que el Almirante viejo había sostenido

hasta el momento de su muerte, existían las minas del rey Salomón y el

estrecho del Quersoneso Áureo, camino abierto para llegar en pocas

jornadas á las verdaderas tierras del Gran Kan?...

Mientras su madre y su padrino hablaban de esto bajo la sombra azulada y

movediza de un árbol, en la tarde calurosa, cargada de perfumes

vegetales y zumbidos de insectos, Alonsico, aburrido del grave diálogo y

ansioso de acción, corría por la huerta disparando pedradas á los

pájaros ó conversaba con los trabajadores indios, cuyo lenguaje estaba

más en armonía con su inteligencia naciente.

Don Alonso parecía influenciado, cada vez más, por las conversaciones á

solas con esta mujer de hermosura enérgica y miembros femeniles por sus

contornos, y varoniles por su fortaleza. Unas veces le recibía con

sayas, como las señoras de la ciudad, otras con calza y coleto de ante,

á lo soldado, teniendo aún las manos húmedas por las faenas domésticas.

Empezó Ojeda á lamentarse de la soledad en que estaba, dando al olvido

por el momento sus empresas y sus ambiciones. Reconocía de pronto el

gran fracaso de su existencia. Había ido de un lado á otro, empujado por

su energía exuberante, como uno de aquellos huracanes que caían de vez

en cuando sobre la isla trastornándolo todo. Era el famoso Alonso de

Ojeda conocido en el nuevo mundo y en el viejo por todos los que

admiraban las hazañas intrépidas; pero no había sabido crearse una casa

y un amor, ni encontrar una mujer que le sirviese de apoyo y consuelo,

como Fernando Cuevas.

Lucero, al oir esto, habló inmediatamente de la india Isabel, y Ojeda

pareció indignarse, acogiendo tal recuerdo casi como una burla.

El duro hombre de guerra era sincero al formular su quejumbrosa

protesta. Su voz tenía un lejano temblor de emoción, y sus ojos de

pájaro de combate brillaban amortiguados por un empañamiento

lacrimoso...

Verse tan celebrado por sus hazañas, haber empezado su renombre en la

guerra de Granada cuando aún era adolescente, llevar hechos tantos

viajes atrevidos á las nuevas tierras, ser el primero que empezó á

navegar por su cuenta en busca del Gran Kan, rivalizando con el

Almirante viejo, y por todo resultado encontrarse pobre en una ciudad

naciente, ocupando un bohío como un cacique sin importancia, teniendo

por único amor el de una india recién cristianizada, que de pronto, con

inesperadas reversiones, volvía á mostrar los gustos bárbaros de sus

salvajes ascendientes. ¡Qué miseria!...

Como si necesitase comunicar á Lucero todas las angustias secretas de su

alma para inspirarle mayor interés, siguió hablando de su vida con esta

Isabel que le seguía á todas partes, mostrando una lealtad más de animal

domesticado que de hembra enamorada.

Muchas veces sentía la necesidad de engañarse á sí mismo, embelleciendo

su vida íntima. Después de sus placeres voluptuosos, puramente

bestiales, Isabel gustaba de permanecer tendida en el suelo, sin el

estorbo de las ropas europeas, con la cabeza en las rodillas de Ojeda,

contemplándolo de abajo arriba con la veneración del devoto que adora á

un ídolo omnipotente. Y él dejaba caer su mirada sobre este rostro,

entornando sus párpados para que su visión fuese más interior que

exterior.

«Isabel... Isabel...», decía con voz muy queda; y este nombre que él le

había impuesto en el bautismo, como si fuese una palabra mágica, iba

cambiando el rostro de la india.

La veía rubia, con los ojos azules. Una sonrisa tranquila y majestuosa

dilataba su boca, que parecía respirar bondad. Era la reina doña Isabel,

su primer amor de adolescente, un amor respetuoso, caballeresco, que

había sido el ideal común de muchos de los paladines sitiadores de

Granada, ansiosos de distinguirse ante la regia señora de sus ilusiones.

«Isabel... Isabel...», volvía á repetir, y la cabeza rubia cambiaba de

color. Ahora la cabellera de oro ceniciento tomaba una tonalidad más

obscura. Los ojos azules pasaban á ser negros. El rostro majestuoso de

la gran señora, algo maduro, tornábase extremadamente juvenil, con la

ácida frescura de los frutos primaverales y las flores en capullo.

Veía ahora á Isabel Herboso lo mismo que cuando la tuvo en sus brazos al

fugarse juntos á Sevilla, antes de que un padre áspero la llevase á la

muerte sin saberlo encerrándola en un convento.

Inclinábase para besarla con una ternura melancólica. Era su segundo

amor que resucitaba para acompañarle en este mundo nuevo. Mas al poner

su rostro junto al de la aparición borrábanse las facciones adoradas,

triunfando la realidad. No podía ocultar entonces su desaliento,

acabando por repeler á la india Isabel, que le sonreía con una

supeditación animal, mostrando sus dientes agudos; y ésta lloraba

finalmente al verse maltratada sin motivo.

Su vida era trágica. Parecía existir en torno á él algo misterioso que

iba entenebreciéndola en sus avances. La suerte le había dotado de

mejores condiciones que á la mayoría de los hombres. Otros, con menos

motivo, llegaban á ser reyes. Y él, en sus momentos de pesimismo, se

imaginaba destinado á morir pobre, tal vez de hambre, como le había

predicho cierta gitana, allá en Andalucía, cuando aún era mancebo.

La creencia en la fatalidad de su destino le hacía acordarse de

Anacaona, la hermosa reina Flor de Oro. Había pasado por su vida

rápidamente; sus amores con ella habían durado breves días; sólo

representaban un agradable y vago recuerdo; pero el Destino le había

deparado el tormento moral de ver á este cuerpo adorable marchando hacia

la horca, sin que él pudiese hacer nada para salvarle.

Lucero, siempre que don Alonso exponía las tristezas de su situación,

tomaba aires de madre de familia, de matrona que vive al margen de los

apasionamientos juveniles, y ha renunciado al amor para dedicarse en

absoluto á su hogar.

--No piense más en eso, don Alonso--decía--. Que Dios le ayude en lo de

Veragua y recoja el oro á montones. Luego verá cómo las señoronas más

altas de España lo buscan para casarse. Mire, si no, cómo el Almirante

mozo, por ser hijo del otro con el que vinimos á esta isla, es marido de

doña María, parienta del rey.

Pero esta serenidad de hembra fuerte que mostraba Lucero, atrevida en el

habla y prudente y fiel en sus afectos maritales, no impedía la

existencia dentro de ella de una inquietud creciente.

Empezó á desear que don Alonso repitiese con menos frecuencia sus

visitas. Veía en sus ojos una expresión inquietante. No ignoraba la

violencia con que sentía los deseos este hombre intrépido y acometedor.

Su astucia femenil fué adivinando en torno á ella los cercos, cada vez

más estrechos, de una voluntad que pretendía envolverla.

En cada una de sus visitas Ojeda hablaba menos, quedando en largo

silencio, que á ella le parecía amenazante, mientras el héroe bajaba los

ojos, como si riñesen en su interior interminable batalla los escrúpulos

y los apetitos.

Se presentaba á horas inesperadas, cual si buscase sorprenderla á solas.

Sentíase tranquila cuando su hijo estaba en la casa, pero Alonsico

mostrábase entusiasmado por las lecciones de un viejo colono, amigo de

su padre, que le llevaba todos los días á un bosque algo lejano para

darle lecciones en el manejo de la ballesta, tirando contra loros y

monos.

La animosa Lucero creyó ver en esto una maquinación oculta de don

Alonso; pero como su hijo se negaba á obedecerla, siguiendo siempre á su

viejo maestro, se resignó á hacer frente al peligro ella sola.

Procuraba no recibir á su visitante en plena huerta, lejos de la casa,

como si la sombra de los árboles, el río, el lejano mar, el canto de los

pájaros y el murmullo de las hojas fuesen favorables á los malos

pensamientos de Ojeda. Le hacía sentarse siempre á la entrada de su

modesta vivienda, en un lugar desde el cual eran visibles un crucifijo

colgado en la pared, así como la espada, el escudo y otras armas del

ausente. Todo esto devolvería la razón al caballero, extraviado por sus

malas pasiones.

Lo que temía la esposa de Cuevas, dudando al mismo tiempo de que pudiera

ser, ocurrió una tarde con rapidez brutal, lo mismo que el choque,

cuerpo á cuerpo, en una riña que surge inesperadamente.

Don Alonso habló con desesperación. Se daba cuenta ahora de que había

amado siempre á Lucero, desde que la vió llegar á su carraca en el

puerto de Cádiz, desde que se privó muchas veces de comer, en el fuerte

de Santo Tomás, para que ella no sufriese hambre. Ahora era cuando se

convencía de dicho amor. La había mirado en aquel tiempo ya lejano con

equivocada indiferencia, como si fuese un muchacho aventurero. Además,

su próxima maternidad le infundía respeto.

La única mujer digna de un caudillo como él era Lucero, con ánimo fuerte

para seguirle en sus más arriesgadas aventuras, con un cuerpo de amazona

que podía dar al amor la áspera voluptuosidad del choque entre dos

grandes fuerzas encontradas.

Y de pronto se arrojó sobre ella con una pasión agresiva, los ojos

extraviados por el deseo, los brazos y manos temblorosos de pasión.

Lucero, con su agilidad varonil, saltó hacia el interior de la casa,

librándose de la acometida. Le brillaban los ojos de cólera. Se

enronqueció su voz, lo mismo que le había ocurrido cierta vez, al lado

de Cuevas, defendiéndose ambos de una turba de indígenas armados.

--¡Una villanía!... ¡Una acción de indio salvaje!--dijo con palabras

entrecortadas por la emoción--. ¿Y es vuesa merced, don Alonso, quien

hace eso?...

Había tirado con mano rápida de la espada de su esposo, colgada del

muro, sacándola de su vaina con tal violencia, que todas las armas

inmediatas se bambolearon y vinieron al suelo.

Sin importarle herir á Ojeda, deseándolo tal vez en la ceguedad de su

cólera, extendió el brazo, apoyando la punta de su arma en el pecho de

aquel hombre que la acosaba.

Quedaron los dos inmóviles un instante. Ella parecía mucho más alta,

erguida á impulsos de su cólera, empezando á mirar con cierta

superioridad á este macho enfurecido, que era de menos estatura y al que

pretendía dominar con su espada.

La asombrosa agilidad del héroe «de los pies ligeros» cambió la

situación.

La mujer dejó de verle frente á ella, y casi en el mismo momento, la

presión de una mano semejante á una esposa de acero sobre la muñeca de

su diestra la obligó á soltar su arma.

Inmediatamente se sintió estrechada por unos brazos varoniles, duros,

envolventes, inquietos, como si fuesen de metal vivo.

Resistióse desesperada á esta presión doblegante. Reconoció su próximo

vencimiento, y la convicción de que iba á caer contra su voluntad

aumentó aún más su cólera.

Recibió en su boca un beso de Ojeda, y ella contestó á la caricia

mordiéndole el rostro hasta hacerle sangre. Esta herida aumentó la

agresividad del asaltante, zarandeándola como si fuese un enemigo, hasta

doblegarla bajo el peso de su cuerpo.

Iba á caer al suelo, y comprendiendo la inutilidad de su defensa contra

un enemigo ágil y vigoroso que acabaría por dominarla, apeló á la voz.

Era inútil gritar pidiendo socorro; nadie la oiría. Sus indios estaban

muy lejos, trabajando en la huerta, y sus dos criadas indígenas lavaban

ropa en un arroyo de las inmediaciones. Pero habló por instinto,

presintiendo que la palabra podía ser su única arma en aquel momento.

Entre los estertores angustiados de su defensa llamó al respetable Juan

de la Cosa, pidió protección á su Fernando, como si pudiesen presentarse

á su voz.

Estos dos nombres, repetidos varias veces, tuvieron la virtud de aflojar

las ligaduras musculosas que inmovilizaban á la joven madre, y al fin se

incorporó, repeliendo aquel cuerpo hostil que empezaba á gravitar sobre

ella con menos pesadumbre.

Después de erguirse, continuó hablando:

--¿Y vuesa señoría se cree caballero?... ¡Venir á robarle su mujer, por

la fuerza, á un amigo que siempre estuvo pronto á dar su vida por la

amistad, y que ha ido allá lejos para trabajar por su grandeza!... ¿No

se afrenta al pensar qué dirá de tan mala acción la Virgen que le

protege?...

Quedaron los dos inmóviles, frente á frente, separados por breves pasos.

Ojeda tenía ahora los brazos caídos y la cabeza inclinada sobre el

pecho, mirando al suelo, mientras corría por su rostro un hilillo de

sangre. Los nombres de sus amigos ausentes y la evocación de aquella

Virgen de la que se titulaba caballero le habían devuelto una

tranquilidad avergonzada y tímida. Parecía un beodo recién despertado de

su delirio alcohólico por un medicamento enérgico.

Tal era su aspecto, que Lucero, olvidando su cólera, le miró finalmente

con una conmiseración simpática.

--Váyase, don Alonso--dijo--. Por suerte estamos solos y creeré siempre

que lo que acaba de pasar no ha ocurrido nunca. Por mí ya está olvidado.

El Caballero de la Virgen fué retrocediendo poco á poco hacia la puerta.

Luego volvió con una rapidez impulsiva, cual si fuese á repetir su

agresión.

Lucero no se movió. Sentíase tranquilizada, como si adivinase sus

pensamientos.

Vió cómo don Alonso se inclinaba ante ella, acabando por poner una

rodilla en el suelo, al mismo tiempo que buscaba una de sus manos.

La besó tres veces, mojándola al mismo tiempo con la sangre que brotaba

de su rostro y con lágrimas.

No dijo nada, pero Lucero adivinó el significado de estos besos, que

resonaban en sus oídos cual si fuesen palabras:

--¡Gracias! ¡gracias!...

El intrépido hidalgo, vehemente y tornadizo en sus pasiones, agradecía

ahora la resistencia desesperada de ella, sus llamamientos, que le

habían impedido cometer una acción infame contra su mejor hermano de

armas.

V

El desafío de los dos gobernadores, y cómo Ojeda partió finalmente

á la conquista de las tierras de oro en Asia, no sin prometer antes

á gritos que cortaría la cabeza á sus rivales.

Casi anclaron á un mismo tiempo en el puerto de Santo Domingo las dos

pequeñas flotas--llamadas «armadillas» por los españoles--que iban á la

conquista de las famosas tierras del oro cerca del Ganges.

El primero en llegar fué Juan de la Cosa con dos carabelas nada más.

Había tenido que hacer verdaderos milagros de economía para adquirir en

Portugal estos dos buques, por ser él hasta el presente único

capitalista importante de tal empresa.

--Mi bolsa--decía el honrado marino--no está repleta, y Ojeda, mi

asociado, tiene la suya completamente vacía.

En el primer momento, don Alonso no pudo ocultar su decepción escuchando

á Juan de la Cosa y Fernando Cuevas, recién desembarcados. Luego se dijo

que otras veces había acometido empresas de igual riesgo con medios más

escasos, y acabó por aceptar entusiasmado lo que él llamaba «mi

armada».

En los dos buques venían doscientos aventureros, entusiasmados por los

relatos de la prodigiosa Veragua, cuyas riquezas empezaban á ser

propaladas exageradamente en las ciudades españolas. Eran gente novel en

la vida colonial, no habituados aún á sus alimentos y sus enfermedades,

pero bravos todos ellos, habiendo peleado los más en las guerras del

viejo mundo, lo que les valió el ser acogidos con simpatía por su futuro

jefe. Estos bisoños servirían de acompañamiento al grupo de guerreros

veteranos de la colonia entre los cuales figuraban Pizarro y Cortés.

Su entusiasmo volvió á decaer cuando sus dos representantes en España

fueron contando el resultado de sus gestiones y lo mucho que habían

tenido que luchar con Diego de Nicuesa, rico por su familia, con amigos

adinerados, y protegido por un tío del rey, que le había educado en su

casa.

Don Fernando el Católico, acosado por las recomendaciones de sus

cortesanos á favor de uno y otro solicitante, se resolvía al final por

favorecer á los dos á la vez, repartiendo entre Ojeda y Nicuesa la

llamada Tierra Firme, que habían explorado casi á un mismo tiempo

Bastidas, Colón y Juan de la Cosa.

Daba á los dos caudillos toda clase de dignidades, poderes y honores,

pero ni buques ni dinero. Todo el apoyo real consistía en despachos y

títulos. Dividía Tierra Firme, á lo largo del llamado Darién--años

después istmo de Panamá--, en dos provincias, con una línea de

demarcación que atravesaba el golfo de Urabá. A la parte del Este, que

se extendía hasta el cabo de la Vela, dábale el rey el nombre de Nueva

Andalucía--costas actuales de Colombia--, confiándola á Alonso de Ojeda.

Su adversario Nicuesa recibía la gobernación de Castilla del

Oro--modernas repúblicas de Panamá, Costa Rica y una parte de

Honduras--, ó sea lo que Colón había comprendido bajo el título general

de Veragua. Cada uno de los gobernadores debía levantar dos fortalezas

en su distrito, y por espacio de diez años disfrutaría los productos de

las minas que descubriese.

Mostró Ojeda mayor desaliento al ver que Nicuesa se había llevado la

famosa Veragua; pero La Cosa, primer explorador de Urabá y otras costas

de la flamante Nueva Andalucía supo reanimarlo infundiéndole la certeza

de que también en dicha gobernación abundaba el oro. No le fué esto

difícil, pues el heroico aventurero estaba pronto siempre á la ilusión y

la esperanza, contando además con meterse en las tierras de su vecino,

si es que las suyas no resultaban bastante productivas.

Fué más durable y honda su mala impresión cuando la flota de Nicuesa

entró pocos días después en el puerto. Traía cuatro naves grandes y dos

bergantines, provistos en abundancia de víveres y con todos los útiles

necesarios para un viaje de descubrimiento.

Nicuesa había podido alistar en España mucha más gente que los enviados

de Ojeda, y para colmo de su fortuna, mientras las dos carabelas de La

Cosa venían directamente á Santo Domingo, deteníase él en una de las

islas Caribes, aprisionando cien indígenas, que esperaba vender en el

mercado de Santo Domingo á muy buen precio, por ser los indios caribes

más duros para el trabajo que los flojos é indolentes de Haití.

Hizo esfuerzos el Caballero de la Virgen para ocultar su ira al ver el

diferente aspecto que ofrecían ambas armadillas: la de Nicuesa,

compuesta de seis buques, meciéndose con cierta majestad ante las

curiosas miradas de los vecinos de Santo Domingo, mientras que sus dos

carabelas aún parecían más inferiores comparadas con las naves vecinas.

Pronto se dió cuenta de que la gente aventurera de las Cuatro Calles se

apartaba de él para ir en busca de Nicuesa. Los más vocingleros y

propensos á la insubordinación se apresuraron á ofrecerse al gobernador

de Castilla del Oro, que podía pagar con largueza á sus hombres.

Sin embargo, los más valerosos soldados de la colonia permanecían fieles

á don Alonso. El grave Francisco Pizarro saludaba siempre al gobernador

de Nueva Andalucía con palabras de ruda lealtad.

--No olvide vuestra señoría que soy su hombre y le seguiré hasta el

infierno si es preciso.

El alegre y galanteador Hernando Cortés no creía necesario hacer nuevas

declaraciones. Continuaba siendo amigo del valeroso Caballero de la

Virgen y sólo quería ir con él.

Llegaron á ser unos cien los aventureros residentes en Santo Domingo que

preferían seguir á Ojeda pobre, que buscar la protección de Nicuesa el

rico. Hasta se permitió don Alonso no aceptar en su expedición á hombres

útiles pero que le eran antipáticos. En vano Juan de la Cosa, que había

recibido en España el título de Alguacil mayor de la Nueva Andalucía é

iba á ser vicegobernador de dicha provincia, instó á su amigo para que

admitiese á cierto hidalgo que conocía desde años antes, por haber

figurado en la expedición organizada por Bastidas.

Llamábase Vasco Núñez de Balboa y era de Jerez de los Caballeros en

Extremadura. Sus amigos le apodaban «el Esgrimidor», por su habilidad en

el manejo de la espada y tal vez por haberse mantenido en ciertos

momentos de su existencia azarosa dando lecciones de esgrima.

Al naufragar la expedición de Bastidas en las costas de la isla

Española, dividiéndose los tripulantes en tres partidas para correr las

setenta leguas que les separaban de la ciudad de Santo Domingo, había

ido Balboa en el grupo mandado por Juan de la Cosa, apreciando éste sus

habilidades para improvisar recursos y su raro don de animar á las

gentes con un optimismo heroico.

Luego se había quedado en Santo Domingo dedicándose á la agricultura,

pues este esgrimidor, tan propenso á las aventuras belicosas, sentía al

mismo tiempo la atracción de la tierra virgen y las delicias triunfantes

del que realiza los primeros cultivos.

Sus empresas de labriego resultaban aún más desgraciadas que sus

primeras aventuras como marinero y soldado. Los ciclones, muy frecuentes

en los últimos años, y el mal éxito de ciertas cosechas intentadas con

semillas de Europa, rebeldes al nuevo ambiente, arruinaban á Balboa, que

había tomado unos pequeños campos en el naciente pueblo de Salvatierra,

cerca de Santo Domingo.

Los usureros le perseguían por deudas, y desalentado de su lucha con la

tierra, quería volver otra vez á las aventuras del descubrimiento. Como

prefería á los capitanes por sus hazañas y no por su riqueza, tenía

empeño en ir con don Alonso de Ojeda á la Nueva Andalucía.

El gobernador hizo un gesto negativo apenas oyó el nombre de Balboa. Lo

había visto algunas veces en las Cuatro Calles cuando venía á la ciudad,

buscando el trato con sus antiguos compañeros de armas. Se mostraba

cortés y pronto á la admiración con el antiguo raptor de Caonabo, pero

Ojeda correspondía mal á tales muestras de afecto. Adivinaba en «el

Esgrimidor» un carácter igual al suyo. Allá donde fuese acabaría por ser

el primero, ó moriría si no llegaba á conseguirlo.

--Su apadrinado no me place--dijo con un tono de resolución que hizo

desistir á Juan de la Cosa--. No quiero en mi compañía hombres de su

laya.

Y ya no hablaron más de Balboa.

El dinero era lo que preocupaba más á Ojeda en aquellos momentos.

Necesitaba fingir que lo tenía en abundancia, para que no riesen de él

sus enemigos, y al mismo tiempo debía buscarlo secretamente. Sin un

nuevo aporte de capital resultaba imposible la salida de la expedición.

Marchó ahora decididamente en busca del bachiller Martín Fernández de

Enciso, y le propuso que fuese asociado suyo en esta expedición

invirtiendo en ella sus dos mil castellanos de oro. Él le entregaría una

parte de lo que produjesen las minas, y usando los poderes que le había

conferido el rey, estaba dispuesto igualmente á darle el título de

Alcalde mayor de la Nueva Andalucía.

El abogado, que siempre había tenido que luchar con jueces, sintióse

envanecido por la posibilidad de ser el primer juez de un vastísimo

territorio, viendo blancos y cobrizos sometidos á sus fallos. Todavía le

halagaban más las aventuras de la exploración por países vírgenes, el

estudio directo de mares y tierras nunca vistas hasta entonces por los

europeos. Tan aficionado al estudio como á las aventuras belicosas,

pocos años después, al volver á España, fué el primero que escribió una

Geografía de la América conocida entonces, é igualmente el primer _Arte

de navegar_ entre los dos mundos, á través del Océano.

Aceptó el bachiller Enciso su asociación con Ojeda y Juan de la Cosa,

entregándoles todo el dinero que había ganado defendiendo pleitos; pero

aun después de recibir este auxilio, sintióse don Alonso molestado por

la preponderancia de Nicuesa; y como ambos eran de carácter altanero, y

al mismo tiempo muy activos é inquietos, sostenían frecuentes

discusiones sobre la interpretación de los privilegios dados por el rey

comprendiéndolos en el mismo decreto.

Fernando Cuevas esperaba todos los días una reyerta de estos dos

capitanes que habían sido amigos en su primera juventud.

--Hombres de su condición--decía Cuevas--, y que además son rivales, no

pueden vivir mucho tiempo en una ciudad tan reducida como Santo Domingo

sin que acaben por pelearse.

El rey les había concedido la isla de Jamaica como posesión común en la

que podrían abastecerse, pero ambos gobernadores empezaron á disputar,

queriendo la mejor parte de dicha isla. Además, la demarcación de sus

dos gobernaciones era vaga y cada uno quería incluir la provincia de

Darién en sus dominios.

Nicuesa, que había sido cortesano, tenía el don de la palabra. Sagaz y

ceremonioso, pudiendo dominar en todo momento la violencia de su

carácter, procedía de tal modo en las discusiones, que dejaba perplejo á

Ojeda ante sus argumentos y conseguía finalmente que las gentes riesen

de éste. Viéndose vencido de antemano don Alonso en dicho terreno, pensó

que él sabía manejar el acero mejor que la lengua, acabando por adoptar,

como solución lógica, un desafío á espada con Nicuesa.

Buscó á Fernando Cuevas y á Francisco Pizarro para que fuesen en su

nombre á retar al gobernador de Castilla del Oro.

--Es mejor que nos matemos--dijo á sus enviados--, y el que quede con

vida que se lo lleve todo.

Antes de que fuesen á ver á Nicuesa les recomendó mucho que de ningún

modo se enterase el señor Juan de la Cosa, por ser hombre demasiado

razonable, aficionado á las soluciones pacíficas y enemigo de duelos.

Don Diego de Nicuesa sintió cierto asombro ante la inesperada

proposición de su rival. Era tan valiente como Ojeda, pero tenía una

noción más aproximada de la oportunidad en palabras y actos, y reconoció

la locura que significaba el tal desafío.

Burlándose en sus adentros de la impetuosidad de su adversario, propuso

públicamente á los enviados de Ojeda que, como preliminar del duelo y

para que ambos luchasen por algo positivo, debía cada uno depositar

cinco mil castellanos de oro, que servirían de premio al que venciese.

Como la mayoría de los aventureros en Santo Domingo era favorable á

Nicuesa, encontró muy oportuna tal proposición, apoyándola en los

corrillos de las Cuatro Calles, y tal como esperaba Nicuesa, resultó un

golpe anonadador para su orgulloso antagonista.

Cinco mil castellanos de oro representaban más de treinta mil duros, una

fortuna considerable para aquellos tiempos, y Ojeda, que ya no tenía

dinero y era demasiado vanidoso para confesarlo, no supo qué contestar.

Al fin optó por una resolución propia de su carácter.

--Yo lo buscaré personalmente--dijo á Pizarro y á Cuevas--y le daré de

pescozones como á un villano, hasta que saque su espada.

Por suerte, el sesudo La Cosa se había enterado del reto. Aunque era

hombre tan valeroso como los otros, había perdido la temeridad de la

juventud y creyó oportuna su mediación entre los dos exaltados

gobernadores.

Yendo de uno á otro, consiguió al fin el marino que ambos se conformasen

con que el río Darién ó Atrato fuese la línea divisoria de sus

respectivos gobiernos.

La partición de la isla de Jamaica no pudo arreglarla igualmente, por

haberse inmiscuído en el asunto el Almirante don Diego Colón. Se

mostraba resentido éste á causa de las distribuciones hechas por el rey

de las tierras de Veragua, que él creía pertenecientes á su familia por

los privilegios heredados de su padre don Cristóbal.

Seguía creyendo, con arreglo á las capitulaciones hechas en Santa Fe,

que nadie más que los Colones, ó los que ellos delegasen, podían ir en

busca de las tierras del Gran Kan. Además, don Fernando el Católico,

caso de querer hacer una expedición á Tierra Firme, debía confiarla á su

tío don Bartolomé Colón, que había estado allá é intentado fundar la

colonia de Belén, durante el cuarto viaje del Almirante viejo.

Mas el rey de España no deseaba nuevos tratos con la familia Colón,

recordando que el primer Almirante había intentado, según dijeron

muchos, declararse independiente en Santo Domingo con el auxilio de los

genoveses. Igualmente existía una poderosa razón económica para su

negativa. Los Colones exigían constantemente que la corona pagase los

gastos de sus viajes, y Fernando el Católico, siempre apurado de dinero

por sus guerras en Nápoles y en la frontera francesa, prefería dar

privilegios y títulos, que nada le costaban, á capitanes y marinos

prontos á intentar los descubrimientos por su propia cuenta.

Como la isla de Jamaica estaba cerca, el joven Almirante empezó por

apoderarse de ella, mientras enviaba á España una carta explicando la

razón de tal acto. Rebelándose contra las disposiciones del privilegio

real á favor de Ojeda y Nicuesa, envió al más valiente de sus capitanes,

llamado Juan de Esquivel, para que con setenta hombres tomase posesión

de Jamaica y la conservase sometida al gobierno de Santo Domingo.

Ojeda sólo tuvo conocimiento de esta decisión del Almirante en el

momento de embarcarse. Diego Colón temía su impetuosidad mucho más que

la diplomacia de Nicuesa, y deseaba verle cuanto antes lejos de Santo

Domingo. Por esto dió toda clase de facilidades para la salida de la

modesta armadilla mandada por Juan de la Cosa.

Iban en ella las dos carabelas traídas de España y un par de pequeños

bergantines, adquiridos en Santo Domingo, llevando en junto unos

trescientos hombres.

Francisco Pizarro era uno de los tenientes de don Alonso. Cuevas, sin

ningún cargo fijo, iba al lado del gobernador, como amigo de confianza.

Hernán Cortés no había podido embarcarse en el último momento. Semanas

antes, yendo de caza por la isla, había rodado una piedra sobre él,

hiriéndole en una rodilla, y la hinchazón le privaba de moverse.

Prometió reunirse con Ojeda cuando saliese de Santo Domingo, algún

tiempo después, el refuerzo que estaba organizando el bachiller Enciso.

El prudente La Cosa había creído mejor escalonar la expedición en dos

partes, para recibir víveres frescos y gente nueva cuando ya tuviesen su

colonia establecida en un sitio favorable del golfo de Urabá.

Sin su herida, Hernán Cortés hubiese partido en una expedición donde

murieron los más de los hombres, y caso de salvarse, como Pizarro,

habría permanecido, lo mismo que éste, largos años en el Darién y en

Panamá, retrasándose varios lustros la conquista de Méjico ó siendo

otros capitanes los que la realizasen.

Lucero se quedó en su huerta, y por estar más habituada á las cosas de

la isla, parecía ejercer cierta autoridad sobre las familias de los que

habían partido en la expedición. La esposa y las hijas de Juan de la

Cosa, recién instaladas en Santo Domingo, buscaban el apoyo y consejo de

esta animosa compatriota.

La india Isabel dejó sus bastardos mestizos en la huerta de Cuevas;

Lucero cuidaría de mantenerlos mientras ella seguía á su hombre en esta

peligrosa cacería del oro á lo largo de las costas de Tierra Firme.

El gobernador de Nueva Andalucía, al enterarse en el muelle de madera de

Santo Domingo, cuando iba á saltar en su batel, de que el Almirante

mozo había quitado el dominio de Jamaica á él y á Nicuesa, montó en

cólera de tal modo que empezó á dar gritos, desafiando el poder del

virrey, prometiendo que iría á dicha isla para posesionarse de ella tan

pronto hubiese arreglado lo más urgente de su gobernación.

--Juro por la Virgen--dijo dentro ya de su barca y extendiendo una mano

para apoyar su juramento--que si llego á encontrar en Jamaica al capitán

Juan de Esquivel, le cortaré la cabeza.

Los que le oían, conociendo su carácter, no dudaron de la realización de

tal bravata.

--Y así lo hará--decían todos.

La armadilla, bajo la dirección de Juan de la Cosa, se alejó con rumbo á

Occidente, todas sus velas desplegadas.

La de Nicuesa tardó algunos días en zarpar. El gobernador de Castilla

del Oro mostrábase más tranquilo después de haberse alejado su rival.

El haberle tocado la famosa Veragua en el reparto de las dos

gobernaciones hacía que los más quisieran ir con él, resultando tan

considerable el número de los que se alistaban, que hubo de comprar otro

buque para transportarlos.

Generoso y dilapidador como su rival Ojeda, había gastado tanto, que se

encontraba ya envuelto en deudas, no obstante su riqueza. Y como muchos

de sus acreedores conocían la mala voluntad del Almirante para esta

expedición, procuraron captarse su benevolencia oponiendo obstáculos á

Nicuesa.

Todos quisieron cobrar antes de que partiese. Mientras tanto, iba

embarcándose su gente, más de setecientos hombres, bien escogidos y bien

armados.

Llevaba varias yeguas de vientre, lo mismo que había hecho Ojeda, por

ser el ganado caballar el que se reproducía con más rapidez en las

nuevas tierras. Su teniente era Lope de Olano, designación inoportuna,

por haber sido este hombre uno de los más bullangueros y desleales en

las revueltas ocurridas en la isla.

Toda la armada de Nicuesa zarpó del río de Santo Domingo saliendo al

mar, menos un buque que esperaba en la boca del puerto á que el

gobernador resolviese los obstáculos que le creaban á última hora

ciertos personajes de la ciudad, movidos ocultamente por don Diego

Colón.

En el momento que iba á saltar á su barca para ir á juntarse con su

armada, se vió arrestado por varios alguaciles, que le llevaron ante el

Alcalde mayor, á instancias de cierto vecino que exigía la devolución de

un préstamo de quinientos ducados. Debía pagar al contado ó ir á la

cárcel.

En vano el desgraciado caballero protestó diciendo que le era imposible

pagar con tal urgencia, y que le arruinaban, estorbando al mismo tiempo

el servicio del rey al impedirle que se uniese á su expedición.

El Alcalde mayor permaneció sordo é inflexible, sabiendo que con su

crueldad daba gusto al Almirante; pero un hombre de ley modesto fué más

generoso que el alto magistrado, y mostró al mismo tiempo mayor interés

por los descubrimientos españoles.

Fué éste un escribano público que presenciaba la escena, sintiéndose

conmovido por el noble de Nicuesa. Al verle derramar lágrimas de varonil

desesperación, el escribano se levantó, avanzando hacia el juez.

--No puedo ver--dijo--á un caballero tan completo reducido á tal estado.

Yo pagaré su deuda.

El gobernador de Castilla del Oro le miró sorprendido, creyendo haber

oído mal. Desapareció el escribano, volviendo poco después con una

taleguilla repleta de monedas para pagar por él.

Al verse libre Nicuesa, abrazó á su inesperado salvador, prometiendo

resarcirle con creces de este préstamo desinteresado. Iba á la

prodigiosa Veragua, al Quersoneso Áureo de los antiguos. Él le daría

cuanto oro desease.

Y corrió á embarcarse, antes de que Colón el mozo le disparase otro

acreedor pidiendo el arresto de su persona.

El Caballero de la Virgen · 第 21 / 36 题