De las verdaderas minas del rey Salomón encontradas por don
Cristóbal en Panamá, cerca del Ganges, y cómo Fernando Cuevas fué á
España enviado por Ojeda, solicitando el permiso para
conquistarlas.
Antes de que el Almirante muriese en España, lo vieron Cuevas y Lucero
por última vez en Santo Domingo.
El gobernador de la isla tuvo que enviar una carabela para recogerlo en
Jamaica, donde permanecía aislado varios meses, con sus buques podridos
y una gran parte de sus tripulaciones sublevadas.
Su cuarto viaje de descubrimiento, pagado por los reyes después de
muchos titubeos y demoras con el deseo de que Colón se rehabilitase del
fracaso de su viaje anterior, resultaba una continua desdicha. Después
de haber estado frente á Santo Domingo, sin que Ovando le dejase
desembarcar, ponía su proa al Oeste, en busca del estrecho que iba á
darle acceso á las verdaderas tierras del Gran Kan y á las bocas del
Ganges.
Los elementos de la Naturaleza y sus propias dolencias se conjuraban
contra él para hacer aún más triste su última aventura de navegante
visionario. Abundaban las tempestades en su viaje; le atormentaban los
reumatismos, tenía que vivir acostado, para lo cual hizo que le
construyeran una camareta de tablas sobre la popa del navío, siguiendo
así su rumbo sin abandonar el lecho.
Cada vez se hacía más visible la perturbación de sus facultades
mentales. Hablaba con seres fantásticos que le visitaban durante la
noche para darle consejos é infundirle ánimo. Navegó de tal modo frente
al litoral de los países llamados luego Panamá, Costa Rica y Honduras, y
que él comprendía bajo el nombre general de Veragua.
Esta Veragua iba á ser la última quimera de su vida, el postrer sueño
dorado, enardecedor de sus ansias de poder y riqueza. Los naturales de
la costa, al dar informes á los enviados de Colón, hablaban de países
distantes solamente unos cuantos soles de marcha, donde los hombres iban
vestidos con largas túnicas, llevando adornos de oro en la cabeza y en
los brazos. Se referían sin duda al Yucatán y á Méjico. Tales relatos
servían para exacerbar aún más las quimeras geográficas del Almirante,
haciéndole creer que estaba en la vecindad de los países descritos por
Marco Polo. Hasta afirmó, según sus cálculos, que caminando diez
jornadas por el interior de Veragua llegaría á las riberas del Ganges y
á sus más famosas ciudades.
Las breves correrías de los suyos por las aldeas vecinas á la costa no
representaban ninguna exploración seria del país, pero como muchos
indígenas principales llevaban sobre el pecho grandes patenas de oro
que Colón llamaba «espejos», creyó ciegamente que había tropezado con
las mayores minas del mundo.
Dejó de afirmar que las de la isla Española fuesen las del rey Salomón.
Donde estas minas se hallaban verdaderamente era en el territorio de
Veragua.
Apresó cerca de la costa una canoa enorme, la más grande que había visto
hasta entonces, cubierta con una techumbre de paja tejida, muy abundante
en marineros y pasajeros y llevando un cargamento de objetos curiosos
reveladores de cierta civilización. Esta especie de nave comercial que
venía del Norte, donde vivían los hombres vestidos y con adornos de oro,
la apreció el Almirante como una primera muestra de la marina asiática
que navegaba por los estrechos y archipiélagos de las costas vastísimas
del Gran Kan.
Intentó establecer una colonia á orillas de un río que llamó Belén, pero
tuvo que abandonarla ante el empuje de los naturales, más temibles que
los indígenas de la Española, pues tiraban siempre con flechas
envenenadas. El mal estado de sus buques le obligó á retroceder,
fondeando en Jamaica, y allí se abrieron, acribillados por la «broma»,
quedando encallados en la playa como edificios de madera.
Vivió algunos meses dependiendo él y los suyos de los víveres que
quisieran proporcionarles los indígenas á cambio de chucherías, y que al
final llegaron á escasear. Llevaba con él á su bastardo Fernando, el
hijo de Beatriz Enríquez, el cual empezaba á ser adolescente, y la
presencia de este tierno compañero de aventuras aumentaba más la
angustia de su situación.
Como le había ocurrido varias veces en su vida de gobernante, la mayor
parte de su gente acabó por sublevarse contra él. Su hermano don
Bartolomé, á la cabeza de los que se mantenían fieles, sostuvo batallas
con los rebeldes, contemplando los indígenas con regocijo estas luchas
sangrientas de los blancos.
Un hombre adicto al Almirante, Diego Méndez, realizaba la más inaudita
de las hazañas para sacar á todos de este aislamiento en el que iban á
sucumbir. Embarcado en una canoa india, sin más acompañamiento que otro
blanco y varios remeros jamaicanos, navegaba leguas y leguas hasta la
isla Española, consiguiendo llegar á ella después de varias tentativas
inútiles. Iba en busca del gobernador Ovando para contarle la angustiosa
situación del Almirante, y una carabela enviada desde Santo Domingo
trajo á la capital á todos los supervivientes del cuarto viaje,
terriblemente enemistados y repitiendo en las calles de la ciudad las
querellas que los habían dividido en la costa de Jamaica.
El vecindario de Santo Domingo, que años antes había despedido á Colón
encadenado con griterías hostiles y deseos de muerte, lo respetó y hasta
lo agasajó, al verlo enfermo, con aire de vencido para siempre. Le
faltaba ya el apoyo de la quimera, que había sido siempre su mayor
fuerza. Ovando lo alojó en su propia casa, y los que años antes habían
sido sus enemigos le miraron con la conmiseración que inspira la
desgracia.
Fernando y Lucero fueron á visitarle, y el anciano, que pasaba parte del
día en la cama, atormentado por el reuma, pareció alegrarse al reconocer
á los dos antiguos pajes que le habían acompañado en su primera y más
gloriosa aventura marítima.
Otro amigo, igualmente venerable para ellos, llegó en este tiempo á
Santo Domingo, el señor Juan de la Cosa, que había andado ocupado hasta
entonces en otras navegaciones. Hablaba con franqueza de algunas de
ellas. Otras las mantenía en prudente silencio, ó las revelaba contra su
voluntad con palabras sueltas.
Cuevas, desde Santo Domingo, estaba enterado de algunas navegaciones
clandestinas, emprendidas sin permiso de los reyes. Era indispensable
para armar una expedición en los puertos de España que sus capitanes
obtuviesen una cédula real. Y como para conseguir tal privilegio eran
precisas recomendaciones y largas esperas, algunos se lanzaban al
misterio de los mares inexplorados por su cuenta y riesgo, sin decir
adónde iban, guardando después en secreto las tierras descubiertas.
Juan de la Cosa aludía con aire misterioso á ciertos viajes que no eran
los de Alonso de Ojeda, ni el suyo con el escribano Bastidas, ni tampoco
el de Alonso Niño de Moguer al país de las perlas, ni el reciente de
Vicente Yáñez Pinzón. Este hermano de Martín Alonso, que mandaba la
_Niña_ á la vuelta del primer viaje, se había lanzado otra vez al mar.
No había pensado en viajes mientras Colón tuvo el monopolio de ellos.
Los de su familia no podían oir hablar de tal hombre. Luego, al ver
abiertas las puertas del Océano, se lanzaba á él mandando una
escuadrilla de cuatro barcos que le proporcionaron rapaces usureros. Le
atraía más la gloria de descubrir tierras que la riqueza. Era el primero
en ver la constelación llamada Cruz del Sur y otras estrellas del cielo
austral, completamente nuevas para los europeos. Igualmente era el
primero en descubrir el Norte del Brasil y el mar dulce formado por el
desagüe de un gran río titulado después de las Amazonas.
Más desgraciado que Bastidas y otros que traían perlas, sólo lograba
embarcar palo campeche, y al llegar á España sus acreedores se lo
embargaban todo.
Juan de la Cosa procuraba también no mencionar cierto viaje secreto que
llevaba hecho con Américo Vespucio, más al Norte de aquella Veragua de
la que tanto hablaba Colón; pero Cuevas lo sospechó por ciertas
expresiones que se le escaparon al célebre piloto.
Otras navegaciones clandestinas debía haber realizado, á juzgar por el
estado de su fortuna.
Al hacerles justicia en España á él y á Bastidas, les habían devuelto
gran parte de lo adquirido en dicho viaje, pero indudablemente llevaban
ganado más oro en navegaciones posteriores, mantenidas en secreto.
También hacía sospechar esto el conocimiento de nuevas tierras que
figuraban en su mapa con exactitud, sin que hubiesen sido vistas hasta
entonces por ninguna de las expediciones autorizadas. Y él era un
navegante sin imaginación, atenido á la realidad de los hechos, incapaz
de edificar sobre ellos conjeturas fantásticas.
Este positivismo sereno de navegante práctico le hacía sonreir con
lástima de las fantasías del Almirante. Lo consideraba ya muy á la zaga
de todos los que iban buscando tierras en el misterio de los mares
desiertos.
--Ni ha aprendido ni ha olvidado--dijo una vez hablando con Ojeda y
Cuevas.
Y quería expresar con esto que los descubrimientos hechos por él y por
otros no habían enseñado nada nuevo á Colón, empeñado en no olvidar
aquella geografía delirante aprendida en Marco Polo y Mandeville, que le
hacía creerse siempre en Asia. Los que se limitaban á observar sin
ningún capricho imaginativo, tenían una noción más exacta de las nuevas
tierras.
Colón, poeta del mar, perturbado mentalmente por la vejez y el
exacerbamiento de sus fantasías, empezaba á saber menos que muchos
pilotos vulgares y prácticos. Además, en España eran cada vez más
numerosos los hombres de estudio que se reían del Gran Kan y todas las
quimeras asiáticas del Almirante, afirmando que las tierras descubiertas
eran un nuevo mundo. Pero don Cristóbal seguía aferrado á su ilusión,
declarando ignorantes á cuantos ponían en duda sus afirmaciones. Él
solamente podía conocer la verdad.
Juan de la Cosa sonreía igualmente al oir mencionar la superioridad
náutica del Almirante. Éste, en su inmenso orgullo, iba por el mar
creyendo ser el único que poseía el secreto de sus rumbos.
--Se imagina que sólo él tiene ojos, y todos los que le acompañan son
ciegos ó niños de la escuela.
Hablando don Cristóbal en casa de Ovando con Juan de la Cosa--pues éste
era el único piloto que él consideraba digno de atención--, se había
jactado de guardar secreto el rumbo á la riquísima Veragua. Nadie mas
que él sabría volver allá. Para ello había decomisado y roto todos los
apuntes y papeles de diversas especies que había visto en manos de
pilotos ó marineros. Y La Cosa sabía que Porras y otros compañeros de
dicha navegación habían ido escribiendo con toda facilidad rumbos
iguales al del Almirante.
De cada uno de sus viajes traía el Almirante una ilusión dorada y
triunfadora, siendo siempre la última la mejor.
--Al volver á España del primer viaje--seguía diciendo el célebre
piloto--veníamos de descubrir Cipango la de los «tejados de oro». El
segundo viaje sirvió para descubrir que Cuba era tierra firme, la punta
donde empieza ó acaba Asia, según vamos á ella ó venimos. En el tercero
no fuí, pero según cuenta don Cristóbal, anduvo cerca del Paraíso
terrenal, vió uno de los ríos que bajan de él, y ahora, en el cuarto,
descubre las verdaderas minas del rey Salomón y sólo se detiene á unas
cuantas jornadas del Ganges. Todo puede resultar cierto, si tal es la
voluntad de Dios; pero yo me contento con que resulten tan abundantes
como él dice los espejos de oro que llevan las gentes de su Veragua, y
con que las minas de aquella tierra den más metal que las de aquí, sin
importarme un ardite que sean ó no sean las de Salomón.
Partía el Almirante para España reanimado físicamente por el descanso en
Santo Domingo, y su imaginación volvía á recobrar la misma pujanza de
antes, al sentirse menos enfermo.
Este sembrador de doradas quimeras, al marcharse de la isla, dejaba á
sus espaldas un desdoble del fantasma brillante de Veragua, último
compañero de los contados días que le quedaban por vivir. Todos en Santo
Domingo empezaron á hablar del «país de los espejos de oro», inmediato á
las naciones de la India, donde los hombres iban vestidos y tenían
buques. Hasta los más recelosos ó prudentes comenzaban á sentirse
arrastrados por el encanto de Veragua, el antiguo Quersoneso Áureo,
donde el oro podía encontrarse á montones, sin necesidad de trabajo para
recogerlo. Era la ilusión del primer viaje, que el visionario volvía á
reproducir antes de su muerte.
Cuando llegó á Santo Domingo la noticia de su defunción, Ojeda andaba
preocupado mucho tiempo por el deseo de ir á Veragua. Alguien debía
conquistar esta tierra de oro, y él sabía, como muchos, que el rey don
Fernando no miraba bien á los ambiciosos é inquietos Colones,
especialmente después de su atrevida conducta en el gobierno de la
Española.
Un sentimiento de vanidad herida y de celos hacía más penosa la mala
situación de Ojeda en Santo Domingo. Con el gobernador Ovando había
llegado á la isla su camarada de juventud Diego de Nicuesa. Era, como
él, pequeño de cuerpo pero ágil y forzudo, maestro en toda clase de
suertes de equitación y de esgrima, y muy osado en sus empresas, aunque
más prudente y lento en prepararlas que el Caballero de la Virgen.
Tenía sobre éste la ventaja de ser gran tañedor de vihuela y cantar con
voz excelente toda clase de romances, lo que le valía en ciertas
ocasiones el verse preferido por las damas. Rico además por su familia,
esto le daba una gran superioridad sobre su amigo, simple aventurero
heroico.
Tales divergencias habían acabado por enemistarlos. Ojeda, en su retiro
de Santo Domingo, era muy considerado entre los hombres de espada á
causa de sus aventuras, pero los ricos le menospreciaban por ser pobre,
y sufría el tormento de ver á Nicuesa figurando entre los próceres más
importantes de la colonia, amigo del gobernador y recibiendo de éste
toda clase de mercedes.
Acaudalado en su tierra, Nicuesa, al llegar á Santo Domingo, se había
enriquecido aún más en pocos años, pues su dinero y el apoyo de Ovando
le permitían realizar fructíferas adquisiciones. Tal era el prestigio de
su nombre y su fortuna, que los vecinos de Santo Domingo lo enviaban á
España como diputado suyo, para que gestionase la resolución favorable
de varios asuntos de la colonia.
Ojeda visitaba con frecuencia á Juan de la Cosa, instalado en la mejor
calle de Santo Domingo, en una de las casas de piedra edificadas por su
antiguo camarada el piloto Roldán. Vivía como rico, no pensando por el
momento en nuevos viajes. Además, estaba seguro--mostrando en ello
cierta vanidad profesional--de que todos los que intentasen nuevas
expediciones se verían obligados á buscar la colaboración de Juan de la
Cosa.
El vehemente Ojeda tenía un poder irresistible de persuasión sobre este
personaje sesudo, y no tardó en sacarlo de su dulce quietismo. Quería el
Caballero de la Virgen ir á la conquista de Veragua, pasando de ella á
los otros países donde iban los indios vestidos.
La reina doña Isabel había muerto poco antes que Colón, y el rey don
Fernando, preocupado con sus guerras en Nápoles y en la frontera
francesa, dejaba los asuntos de los nuevos países en manos de Fonseca,
ahora obispo de Burgos. Este severo personaje, monopolizador de las
cosas del mar, había protegido siempre á don Alonso, sonriendo con
expresión paternal al oir el relato de sus osadías heroicas. Juan de la
Cosa, que era rico, podía ir á España en su nombre para hablar al
célebre obispo y que éste consiguiese del rey, para ellos dos, el
privilegio de conquistar Veragua y otros países de Tierra Firme. El
prestigio marino de La Cosa ayudaría también á conseguir este favor
real.
Acabó por sentir el piloto las mismas ansias é inquietudes de su amigo,
procurando acelerar su viaje á España. Los amigos que Nicuesa tenía en
la isla daban por seguro que éste aprovecharía su estancia allá para
solicitar la misma merced, y su influencia era grande en la corte por
haberse educado en casa del Almirante de Castilla, tío del rey.
Le pareció á Ojeda que no era bastante el apoyo de su protector el
obispo y la gestión personal del célebre piloto cántabro.
Cuevas se mostraba igualmente deslumbrado por la visión de Veragua.
Despertaban en él sus antiguos entusiasmos de conquistador. En aquella
tierra de oro podía encontrar una fortuna más enorme y rápida que la de
un agricultor colonial luchando monótonamente con el suelo. Y por una
reversión de sentimiento á la que se ven expuestos muchas veces los
seres nerviosos é imaginativos, Lucero, que se expresaba siempre con tan
prudentes razones al abominar de la riqueza buscada en las minas,
prefiriendo la tranquila y modesta prosperidad de la agricultura, sintió
de pronto el deslumbramiento de Veragua. Le fué imposible escapar á una
obsesión sentida por casi todos los habitantes de la colonia.
En alguna parte debían encontrarse aquellas riquezas tan anunciadas y
buscadas desde doce años antes. ¿Cómo podía equivocarse don Cristóbal,
tan venerado por ella?...
El Caballero de la Virgen, rápido siempre en la concepción y
ensanchamiento de sus planes, dió un compañero á Juan de la Cosa.
Fernando Cuevas debía ir con él á España.
Se acordó del doctor Acosta, tantas veces nombrado por este matrimonio
joven que recibía de él cartas y hasta dinero. Había salvado al rey
cuando le hirieron mortalmente en Barcelona, y era tenido por éste como
uno de los hombres de su reino más dignos de ser escuchados á la hora
del consejo. Su palabra, después de la del obispo Fonseca, resultaría
decisiva.
Ojeda tenía además al físico Acosta por muy rico y esperaba hacer de él
uno de los socios mercantiles de su futura empresa, por imaginarse que
allá en España el descubrimiento de Veragua habría causado igual emoción
que en Santo Domingo.
Consiguió Cuevas sin dificultad que su mujer aceptara el viaje. Duraría
un año cuando más. Sus protectores de allá iban á conseguir fácilmente
la licencia real. Durante este tiempo dejaría abandonados sus trabajos
en las tierras de la cacica, y Lucero, con Alonsico, viviría en su
chacra inmediata á Santo Domingo.
Para ella, que había pasado por tan arriesgados trances, tenía poca
importancia quedar sola en esta ciudad de aventureros y mujeres de
costumbres libres. La vida se había regularizado últimamente con la
llegada de familias enteras, que iban imponiendo sanas costumbres.
Además, quedaba en Santo Domingo don Alonso con su india Isabel, y el
valeroso hidalgo resultaba un protector temible para la gente mala.
Cuando meses después desembarcaron en Cádiz el señor Juan de la Cosa y
Fernando Cuevas, diéronse cuenta de la enorme disparidad entre el
ambiente que les había rodeado hasta entonces y el de la metrópoli en
que se iban adentrando. Todos se acordaban de la reina Isabel,
lamentando su fallecimiento. De Colón no se acordaba nadie.
Sólo al llegar á Sevilla y pasar luego á Córdoba, encontraron algunos
que hacían memoria del difunto Almirante. Todo lo del descubrimiento de
Veragua, «la tierra de los espejos de oro» y las minas inagotables de
Salomón, había hecho reir una vez más á la gente. Eran tres los fracasos
sucesivos, después de aquellas absurdas ilusiones que había hecho nacer
á la vuelta de su primer viaje. Iban de un lado á otro, por todo el
país, con aspecto de náufragos, los que habían vuelto de allá, enfermos
y descorazonados.
Hombres de estudio y otros expertos en la vida marítima se ocupaban de
Colón, pero era para comentar incrédulamente su quimera asiática y su
geografía delirante que le habían acompañado hasta el último momento,
como si le fuese imposible vivir sin ellas.
El rey Fernando, ya viudo, lo había recibido en sus últimos días con la
conmiseración respetuosa que inspira un hombre de genio perturbado,
quimerático y en plena decadencia. El monarca sonreía finamente para
ocultar su asombro cuando Colón le pedía buques por quinta vez para ir
en busca del Gran Kan y del Ganges. ¿No había perdido aún bastantes?...
Esta exigencia costosa llegaba en el momento que más preocupado se
sentía por la próxima llegada á España de su yerno el flamenco don
Felipe, enemigo suyo, y de su hija doña Juana, loca de amor, que sólo
hacía lo que le mandaba su esposo. Además, debía pensar en sus guerras
diplomáticas y militares, para las que no tenía nunca suficiente dinero.
En medio de la indiferencia pública, era el rey el único que trataba con
atención al viejo Almirante, en memoria de su esposa, y porque todo
hombre que se considera desgraciado en sus asuntos trata instintivamente
con benevolencia á otro más infeliz y más viejo.
Prometíale don Fernando ocuparse más adelante de su quinta expedición,
cuando tuviese dinero, y para regalo de su persona le proporcionaba
todas las comodidades que podía darle.
Estaba prohibido en aquel tiempo, con severísimas penas, que ningún
hombre viajase en mula, pues el suave paso de esta montura era motivo de
que los varones olvidasen el cabalgar en caballos. Las mulas sólo podían
emplearlas las mujeres y los clérigos, y el rey dió un decreto
autorizando á don Cristóbal Colón para que fuese el único hombre que
ciñendo espada pudiese viajar montado en dicho animal.
No era rico el Almirante, porque las minas de la isla Española, que él
había reputado en los primeros momentos como del rey Salomón, no daban
aún considerables productos, y resultaba por tanto poco cuantiosa la
parte que le correspondía á él. Unos años con otros, el valor del oro
enviado á España sólo representaba unos cuarenta mil duros de la moneda
actual. Pero no obstante la relativa mediocridad de su fortuna, vivía
como un prócer de los de entonces, demostrando su alta posición con el
número de domésticos que le acompañaban á todas partes.
La muerte le sorprendía en Valladolid, con un séquito de siete criados,
cuando iba en busca del rey don Fernando, cada vez más triste por las
inquietudes domésticas que le daban su yerno y su hija, así como por la
animadversión de la nobleza castellana, que le iba á hacer abandonar la
corona de Castilla, volviéndose á su reino de Aragón.
Al hablar Cuevas con el doctor Acosta, le contó éste algunos detalles de
la muerte de Maestre Cristóbal, su antiguo protegido.
En su último testamento se acordaba al fin de Beatriz Enríquez,
mostrando arrepentimiento por su ingratitud con ella, pero se limitaba á
encargar á sus hijos que no la olvidasen, sin darle ninguna otra cosa de
provecho.
Recordó Cuevas muchas veces, en el resto de su vida, lo que dijo Acosta
sobre la ingratitud característica de todos los Colones. Sólo les
merecían atención los que eran de su tribu y de su sangre.
Años después había de encontrar en Santo Domingo á Diego Méndez, el que
realizó el estupendo viaje en una débil canoa de Jamaica á Santo Domingo
para salvar al Almirante. Fué también uno de los siete que acompañaban á
don Cristóbal al morir en Valladolid, y lo recomendó igualmente á sus
hijos. Cuando el mayor de éstos, don Diego Colón, gobernó como virrey en
Santo Domingo, no pudo conseguir Méndez de él ningún empleo mediano.
Con Juan de la Cosa, que acompañó varias veces á Cuevas en sus visitas
al doctor Acosta, hablaba éste de la geografía delirante de Colón y sus
enormes errores científicos.
Había muerto en la creencia de haber descubierto Asia por el Occidente.
En sus últimos días había escrito al Papa, jactándose de haber explorado
trescientas leguas de costas asiáticas y muchas islas, entre las cuales
estaba Cipango.
--Creía el mundo--continuó Acosta--mucho más pequeño que es, y que los
mares sólo ocupan una séptima parte de su superficie. Para él era
ignorante todo el que pusiera en duda que esas tierras de las que vienen
vuesas mercedes pertenecen á Asia... Los que sabemos, por Ptolomeo y
otros, el verdadero volumen de nuestro mundo y que los mares ocupan la
mayor parte de su esfera, nos opusimos siempre á sus delirios. Pero han
surgido inesperadamente esas tierras nuevas, que todavía no sabemos lo
que son, tierras que él ignoraba... y nosotros también.
Se interrumpió un momento Acosta, y después de mover la cabeza con
cierto desaliento, continuó:
--¡Quién sabe si algún día el vulgo hará de este visionario de pocas
letras un hombre de saber inmenso, aislado en medio de la ignorancia de
su época, y á nosotros, los pocos que teníamos un conocimiento más
aproximado á la realidad, nos presentarán como unos asnos!...
Siguió hablando á Juan de la Cosa de la opinión de las gentes doctas de
Europa sobre los últimos descubrimientos del Almirante fallecido.
Sólo su primer viaje había interesado. Los otros eran seguidos de
relatos tan llenos de inexactitudes fantásticas, que el mundo docto los
consideraba cada vez con menos atención. No describía los países vistos
por él como debe hacerlo un explorador. Los iba amoldando á los libros
que llevaba leídos y á su geografía quimérica de Asia.
Así podía explicarse su muerte en medio de la general indiferencia y el
olvido que empezaba á gravitar sobre su memoria.
Acosta no creía en las riquezas de Veragua, como tampoco que Cuba fuese
la punta extrema de Asia y el gran río visto por Colón bajase del
Paraíso. Se extrañaba de que un cosmógrafo práctico como Juan de la Cosa
arriesgase su fortuna en redescubrir las minas del rey Salomón,
encontradas por el Almirante en Veragua: las mismas que, según
testimonio hecho de Colón, «dieron al rey David tres mil quintales de
oro de las Indias, dejándolos éste en herencia á Salomón para ayuda de
las obras del Templo».
El célebre piloto iba á perder su fortuna en tal negocio.
--Yo--continuó el doctor--no pienso arriesgar un maravedí en él, á pesar
de mi interés por Fernandillo y su mujer. Me limitaré á hablar al rey
para conseguir la licencia necesaria. Allá vuesas mercedes, que por ser
de oficio marineros ó soldados gustan de tales aventuras.
Cambiando el curso de su conversación habló de Américo Vespucio, á quien
llamaban en Sevilla Mérigo Vespuche, y que vagaba por dicha ciudad
después de sus viajes, habiendo escrito un relato de ellos.
Era para el doctor un imaginativo, semejante á Colón, como una copia
puede parecerse al original.
--Se atribuye en sus conversaciones las hazañas de los demás--siguió
diciendo--. Habla como si hubiese ido de capitán en viajes donde sólo
figuró como aprendiz de piloto. Vuesa merced, señor Juan de la Cosa, que
fué maestro suyo y le llevó por primera vez al mar, debe saber algo de
esto.
Como si tuviese el don de profecía, volvió el doctor á mover la cabeza,
lo mismo que al hablar de la suerte futura de Colón, y dijo con acento
triste:
--¡Quién puede saber la suerte que tendrán esas relaciones de Vespuche
cuando las dé á la estampa!...
Pero estaba lejos de imaginarse que los relatos del discípulo de Juan de
la Cosa, tan disparatados geográficamente como las epístolas de Colón,
aunque faltos de la poesía ingenua y natural de éste, al ser impresos
por una pequeña sociedad académica en Saint-Dié, cerca de los Vosgos,
como prefacio de una nueva edición de Ptolomeo, servirían para que á
las nuevas tierras, que el Almirante don Cristóbal creyó siempre Asia,
les diesen el nombre de Vespucio, aceptando el mundo con facilidad el
título de América.
Tan olvidado estaba ya el hombre que había muerto en Valladolid,
buscando inútilmente al Gran Kan.