De cómo salvó su vida el Caballero de la Virgen en la más
portentosa de sus aventuras, y cómo murió hinchado de veneno el
mayor de sus amigos.
Llegó en pocos días la armadilla cerca del golfo de Urabá, fondeando en
un puerto natural donde años después fué establecida la ciudad de
Cartagena.
Juan de la Cosa conocía este puerto por haber estado en él ocho años
antes, en 1501, cuando lo descubrió Rodrigo de Bastidas, al que
acompañaba como piloto mayor.
Con una prudencia que era el resultado de atentas observaciones,
aconsejó á Ojeda que no se confiase en los indígenas de esta tierra, muy
distintos á los débiles habitantes de la mayor parte de las islas
antillanas.
--Son gente caribe y brava--siguió diciendo--; usan grandes espadas de
palo de palmera, se defienden con escudos de mimbre y cuero, y mojan las
puntas de sus flechas en un veneno muy sutil que mata casi
instantáneamente. Las hembras pelean lo mismo que los varones, siendo
diestras en disparar el arco y arrojar la azagaya.
El prudente marino no sabía que estos indios sentíanse además irritados
en aquel momento por los robos de otros navegantes blancos que habían
pasado por aquella costa, y así que vieron aproximarse los buques de la
expedición, tomaron sus armas.
El consejo de Juan de la Cosa era que Ojeda, al que amaba como si fuese
hijo suyo, abandonase tan peligrosa vecindad y fuese más lejos á fundar
su establecimiento en el golfo de Urabá, donde, según él, las gentes
eran menos feroces y no usaban flechas con «hierba». Pero el Caballero
de la Virgen no podía admitir que unos guerreros desnudos trastornasen
sus proyectos. Necesitaba además hacer esclavos cuanto antes para
mandarlos á la Española y que su venta sirviese de pago á sus
acreedores.
Éstos le habían dejado partir sin crearle obstáculos, por convenirle así
al Almirante; pero él había de pagarles para que su consocio el
bachiller Enciso pudiese completar los preparativos de la segunda
expedición.
Saltó á tierra con gran parte de sus hombres. Sólo quedaron en los
buques las gentes de mar. Juan de la Cosa era piloto y no hombre de
guerra, mas no quiso separarse del impetuoso don Alonso, y desembarcó
también para prestarle ayuda.
Cuevas, que iba al lado de su temerario protector, vió al saltar en la
playa grupos compactos de indios, de aspecto más fiero que los de las
islas, pintados de rojo y negro. Llevaban espadas de palo muy pesadas,
como las había descrito La Cosa, escudos de fibras vegetales y unas
pequeñas lanzas arrojadizas, cuya punta era un diente ó una gruesa
espina de pescado.
Miraban desde lejos, con silenciosa hostilidad, á estos hombres
extraordinarios que iban desembarcando, con el pecho y la cabeza
cubiertos de brillante acero. No huían de ellos medrosamente. Los
miraban seguros de su propio poder, y dejaron que el principal grupo se
fuese aproximando, mientras permanecían en un silencio amenazador.
Iban en la expedición tres frailes, que debían catequizar á los infieles
de la Nueva Andalucía, y uno de ellos fué el designado por el gobernador
para que leyese la fórmula.
Esta fórmula era reciente invención de los legistas que dominaban la
corte de Fernando el Católico y ciertos obispos y superiores de
monasterio, no menos influyentes.
Jurisconsultos y eclesiásticos habían sentido escrúpulos al pensar en
los pueblos desnudos y salvajes que los descubridores españoles iban
encontrando en las nuevas tierras. Estas pobres gentes, faltas de
verdadera religión, vivían en el mismo suelo de sus antepasados, y no
era legítimo someterlas á la autoridad de los reyes de España sin
explicarles antes las razones legales de ello y el indiscutible derecho
que tenían para imponerles el cristianismo.
Desorientados por la enorme distancia y el desconocimiento de la vida en
tales países, habían redactado dichos teorizantes un larguísimo
documento, ordenando que todo descubridor lo leyese á los indígenas al
tomar posesión de sus tierras, y prohibiéndoles entrar en combate sin
cumplir antes dicha ceremonia preliminar.
Don Alonso, tan respetuoso con las cosas de la religión como violento en
los actos de su vida, avanzó confiadamente hacia la muchedumbre de
indios llevando la espada envainada, como hombre de paz. Los frailes le
siguieron, y á continuación fueron avanzando Juan de la Cosa, cada vez
más inquieto, Fernando Cuevas mirando con curiosidad á todas partes, y
Pizarro con un grupo de soldados, á los que por desconfianza y previsión
había ordenado que tuviesen las armas prontas.
--Lea su reverencia la fórmula--dijo Ojeda á uno de los frailes.
Y en el amenazante silencio empezó á sonar la voz del religioso, leyendo
esta obra de juristas y teólogos con gran fervor, como si los indígenas
pudiesen entenderle.
--Yo, Alonso de Ojeda--decía--, criado de los muy altos y muy poderosos
soberanos de Castilla y de León, conquistadores de bárbaros, su
mensajero y capitán, os notifico y hago saber, del mejor modo posible,
que Dios nuestro señor, único y eterno, ha creado cielo y tierra, así
como el primer hombre y la primera mujer, de los cuales vosotros y
nosotros descendemos...
Y así seguía la fórmula, explicando los fundamentos de la fe católica,
el supremo poder de San Pedro y de sus sucesores los Papas sobre toda la
especie humana, la donación que había hecho el Pontífice romano á los
reyes de España de toda esta parte del mundo, tierras y habitantes,
intimando á cuantos oyesen el presente documento á instruirse en las
verdades de la doctrina cristiana y á reconocer la supremacía del Papa y
la soberanía del rey católico, amenazándolos, de no hacerlo así, con
todos los horrores de la guerra, la destrucción de sus viviendas y sus
campos, la esclavitud de sus mujeres é hijos.
El documento era muy largo y el fraile lo leía con solemne lentitud.
Cuevas, aunque no lo conocía, empezó á encontrarlo pesadísimo,
entreteniéndose en mirar los grupos de indígenas, que estaban á unos
cincuenta pasos.
Parecían maravillados los salvajes de esta monótona ceremonia,
presintiendo en ella algo mágico. Del interior de las arboledas vecinas
surgían gritos y bramidos de caracolas. Acallábase este estrépito cuando
las gentes cobrizas que lo causaban salían de la selva á la costa, y al
verse en terreno descubierto quedábanse en silencio, lo mismo que sus
compañeros, mientras el mago de ropa talar y cabeza medio afeitada
seguía hablando y hablando con una hoja blanca ante sus ojos.
Algunas veces el ruido que venía de los bosques era tan enorme, que el
fraile cesaba en su lectura, poniendo el gesto hosco de un predicador
que ve interrumpido su sermón.
--Siga leyendo su reverencia--ordenaba en voz baja el gobernador.
--Tanto monta que griten ó que callen; ¡para lo que entienden!--dijo
entre dientes Juan de la Cosa.
Empezó Cuevas á darse cuenta de que esta situación resultaba
insostenible, y llevó por instinto su diestra á la empuñadura de la
espada.
Nuevamente interrumpió el fraile la lectura del larguísimo documento.
Una piedra había rozado el extremo de su papel, doblándolo.
Inmediatamente varias azagayas y flechas cayeron en torno del grupo más
avanzado de los blancos, clavándose cimbreantes en la arena.
--¡No lea más, padre!--gritó el gobernador, temblando de cólera.
Y en el mismo instante estalló frente á él un fiero toque de caracolas
de guerra y el ensordecedor vocerío con que los indios acompañaban sus
acometidas.
Sintióse Ojeda dominado por la fiera voluptuosidad que experimentaba
siempre al entrar en batalla. Había desembarcado llevando pendiente del
talle el cuadrito de la Virgen, y lo miró con una ojeada rápida que
equivalía á una oración.
--¡Santiago, á ellos!
El gobernador había dado este grito con la espada en alto, corriendo
solo hacia el enemigo con osada ligereza y cubriéndose al mismo tiempo
con su escudo. El veterano Juan de la Cosa fué el primero en seguirle
con el mismo denuedo, como si hubiese deseado esta batalla.
Los demás soldados cargaron con igual furia sobre los salvajes,
arrollándolos y obligándoles á huir, después de un choque que hizo
rodar á muchos enemigos por el suelo, enrojeciendo con su sangre la
arena de la playa. Otros quedaron prisioneros, y sobre los cuerpos de
vivos y muertos se encontraron numerosas planchas de oro, aunque de
inferior calidad.
Entusiasmado por este triunfo, quiso Ojeda seguir tierra adentro,
obligando á que le sirviesen de guías algunos prisioneros. Juan de la
Cosa repitió sus consejos prudentes. Ya había visto su amigo con qué
denuedo se batían estos bárbaros. Ir á buscarles en medio de los bosques
representaba una imprudencia mortal. Pero el gobernador, desoyéndole,
había empezado su marcha arboleda adentro, y el leal navegante, que no
le abandonaba nunca, le siguió espada en mano, aunque con gesto triste,
presintiendo que tal vez marchaban todos hacia la muerte.
Después de avanzar largo tiempo por la selva llegaron á una planicie con
abundantes chozas, donde les esperaba nueva muchedumbre de indígenas,
con clavas, lanzas, arcos flecheros y escudos.
Otra vez dió don Alonso su grito de guerra, y cargaron los españoles,
dispersándose los indígenas después del choque sangriento. Ocho de estos
salvajes se guarecían en una gran choza y como héroes de epopeya
deseaban morir antes que volver la espalda á tan poderosos enemigos.
Eran hábiles arqueros, y como tiraban con flechas envenenadas, los
españoles no se atrevían á acercarse á la temible vivienda.
Gritó indignado Ojeda, insultando á sus hombres:
--¿No os da vergüenza que ocho salvajes desnudos os mantengan á raya?
Uno de los más veteranos, excitado por tales invectivas, se lanzó por
entre las flechas para romper la puerta de la choza, pero una de estas
saetas ponzoñosas le atravesó el pecho, cayendo muerto instantáneamente.
Furioso don Alonso, hizo echar leños encendidos sobre el techo del
bohío, todo él de hierbas secas, y las llamas consumieron en poco tiempo
la rústica vivienda y los ocho héroes cobrizos.
Setenta indígenas habían quedado prisioneros en el combate, excelente
mercancía para ser vendida en Santo Domingo, por ser los naturales de
este país grandes de cuerpo, duros de miembros y sufridos para toda
clase de trabajos. Servirían para alivio de gastos al bachiller Enciso.
Y como la guarda de este botín de carne humana era importante, la confió
á Cuevas, volviéndose éste con Pizarro y unos cuantos hombres adonde
aguardaban las naves. La india Isabel también regresó á la playa con la
tropa de esclavos. Llegado el momento de pelear, nadie consideraba
necesarios sus servicios como intérprete. Además, la india parecía
asombrada y medrosa, como un animal dulce que olfatea el peligro.
Después de registrar el grupo de cabañas, Juan de la Cosa, que no quería
separarse un momento de Ojeda, le dió otra vez el consejo de que
volviesen á los buques. Empezaba á caer la tarde. Él conocía las
costumbres de los indios, y estaba seguro de que iban á aprovechar la
llegada de la noche y las fragosidades del terreno para concentrarse y
atacarles con mayor éxito.
No quiso oirlo don Alonso, tentado por la esperanza de hacer más
esclavos y conseguir nuevos objetos de oro, aunque fuesen de baja ley, y
siguió su encarnizada persecución de los fugitivos, siempre bosque
adentro. Persistía en él la excitación de un combate terminado demasiado
pronto, deseando reanudar la lucha con el enemigo.
Empezaba á obscurecer cuando llegaron á un pueblo llamado Yurbaco,
completamente abandonado. Sus habitantes habían huido á las espesuras,
llevándose todo lo de sus casas.
Confiados los españoles en el terror que debían sentir los indígenas
después de los dos choques tan mortales para ellos, se diseminaron para
registrar las viviendas, muchas de ellas esparcidas en el bosque,
separadas unas de otras por espesas arboledas.
Juan de la Cosa se mostraba cada vez más inquieto, presintiendo la
proximidad del peligro, y repentinamente vió realizados sus temores.
Cayó sobre ellos una masa de indios armados y vociferantes, más densa y
numerosa que las que habían visto en los anteriores encuentros. Surgían
por todas partes grupos de guerreros indígenas, aullando sus gritos de
guerra, haciendo sonar caracolas y bocinas, y los dispersos españoles
trataron inútilmente de juntarse para una resistencia común.
Los sorprendieron y rodearon en pequeños grupos, unos en el interior de
las casas, otros en el campo libre, pero teniendo en torno macizos de
árboles á cuyas copas trepaban los indígenas para flecharlos desde lo
alto. Tuvieron los invasores que pelear á la defensiva, con el valor de
la desesperación, sin que les valieran ya sus cascos y corazas. Mataban
sin descanso, y sobre los enemigos caídos avanzaban otros y otros con la
audacia de una segura victoria.
El acero de sus armas defensivas se abollaba ó rompía bajo el golpe
brutal de las clavas y las espadas de madera dura. Silbaban en torno de
ellos nubes de flechas con puntas y coronillas de hierba empapadas en
mortal veneno.
No obstante su obcecada confianza, Ojeda había sido el primero en
percatarse de la gravedad del ataque, reuniendo con su habitual
prontitud unos cuantos soldados para defenderse al abrigo de una
empalizada. Las flechas iban disminuyendo rápidamente el número de sus
hombres, y Ojeda sólo se libraba de ellas gracias á su agilidad y su
astuta inventiva para combatir. La pequeñez de su cuerpo le permitía
ofrecer menos blanco que los otros á la flecha envenenada de los
enemigos, y él extremaba aún la exigüidad de su estatura marchando sobre
las rodillas, cubierto con su escudo.
Así iba de un lado á otro, asombrosamente ligero, destripando con su
espada á todos los combatientes indios que se ponían á su alcance.
Mientras tanto, sus compañeros caían para morir, retorciéndose como
reptiles partidos, á causa de las horrorosas convulsiones producidas por
el veneno de las flechas.
Cuando don Alonso se veía ya casi solo, llegó Juan de la Cosa con
algunos españoles que había conseguido reunir. El destino del valeroso y
prudente navegante era ayudar á Ojeda con un afecto paternal hasta en
sus últimos momentos.
Se situó junto á la puerta de la empalizada, haciendo retroceder con sus
golpes á los guerreros más audaces. En la lucha cuerpo á cuerpo, el
célebre piloto, que era muy forzudo á pesar de sus años, llevaba ventaja
sobre los salvajes, pero las flechas envenenadas hicieron caer á muchos
de sus hombres y él mismo empezó á recibir mortales heridas.
No obstante su temeridad, se dió cuenta don Alonso de que esta situación
resultaba insostenible y era preciso salir de ella. Gritó á su amigo La
Cosa para hacerle saber que debían abrirse paso, fuese como fuese, é
inició la salida arrojándose con una agilidad de felino en medio de los
combatientes, repartiendo cuchilladas á un lado y á otro con tal
rapidez, que los indios le dejaron paso franco, desapareciendo en un
instante.
Juan de la Cosa quiso seguirle, pero no tenía su agilidad juvenil y
estaba además acribillado de heridas. Con el resto de los españoles se
refugió en una choza é hizo que arrancasen la techumbre para que los de
fuera no pudieran prenderle fuego. De este modo pudo defenderse hasta
bien entrada la noche, cuando todos sus compañeros habían perecido,
menos uno.
Empezó á sentir el efecto del veneno de sus numerosas heridas. La espada
se le caía de las manos, sus rodillas se doblaban. Iba á morir, y
llamando á su lado al único de los españoles que aún vivía, le dijo con
voz desfalleciente:
--Hermano, ya que Dios os ha protegido hasta ahora, salid y corred, y si
encontráis á Alonso de Ojeda, contadle mi muerte.
Este español fué el único que consiguió escapar con vida de los setenta
que habían seguido al Caballero de la Virgen en su temeraria expedición;
y cuando, un día después, avanzando á rastras por el interior de los
bosques, con largas esperas y ocultamientos, consiguió llegar á la
playa, encontrándose con una partida de exploradores españoles, éstos
quedaron aterrados por las noticias del desastre.
Cuevas y los otros amigos de Ojeda habían empezado á sentirse inquietos
desde la mañana siguiente al avance de su jefe tierra adentro. Nada
sabían de él ni de sus compañeros. Algunos grupos que intentaban
internarse en el bosque retrocedían al oir los aullidos de los salvajes
acompañados por sus caracolas y tambores de madera.
Los trompeteros de las naves hacían sonar sus instrumentos en los
linderos del bosque, pero tales llamamientos se perdían en un silencio
inquietante ó eran contestados por la gritería triunfal de los
indígenas.
Otros grupos de tripulantes corrían la costa en barcas, disparando sus
armas de fuego, mas dicho estrépito era absorbido por una calma
silenciosa que á los expedicionarios, ya desalentados, les parecía
fúnebre.
Después de escuchar el relato del único fugitivo, todos dieron por
muerto á don Alonso. Indudablemente había caído en medio del bosque,
envenenado por las flechas, lo mismo que Juan de la Cosa. Les parecía
imposible que, de vivir este caudillo extraordinario, no hubiese llegado
ya adonde le aguardaban las naves.
La india Isabel era la única que se negaba á creerle muerto. Seguía á
las pequeñas partidas que registraban la costa y los linderos del
bosque, con rostro impasible, procurando ocultar sus emociones. Cuando
los portadores de trompetas se cansaban de hacer sonar sus instrumentos
y los arcabuceros creían innecesario consumir más pólvora, Isabel
lanzaba un grito estridente, semejante á los aullidos que se oían
lejísimos, en el interior del bosque. Era un grito aprendido de niña en
su tribu, que le había servido muchas veces, durante el segundo viaje de
Ojeda, para reunirse con éste en sus exploraciones tierra adentro.
--Si vive me conocerá al oirme--dijo á Cuevas, que marchaba á su lado.
Dos días después, como si no confiase ya en su llamamiento, gritaba
poco. En cambio se detenía muchas veces para husmear el aire, cual si
encontrase en él algo que le sirviese de rastro.
Cuevas, con seis españoles y la india, se había alejado, siguiendo la
costa, y un pequeño cabo ocultaba á sus espaldas los cuatro buques al
ancla.
Era una playa salvaje, teniendo enfrente un mar solitario.
--¡Allí, allí!--gritó la india, señalando el bosque acuático que cubría
una marisma.
Esta arboleda era de mangles, que crecen en el agua y cuyas raíces
buscan el aire, entrelazándose sobre la líquida superficie.
Avanzó Isabel resueltamente sobre la maraña de las raíces, separando las
ramas entrecruzadas. Iba delante con la seguridad y el ímpetu de un
perro de caza, y de pronto gritó con expresión de triunfo, al mismo
tiempo que Cuevas y los otros veían una especie de sombra tendida entre
dos mangles, en la penumbra húmeda y verdosa.
El espectro llevaba vestimenta á la española, y todos gritaron también
de asombro y alegría al reconocer á don Alonso de Ojeda.
Parecía un cadáver lívido tendido sobre la raigambre superacuática,
conservando el escudo pendiente de un hombro, la espada en una mano y el
cuadrito de la Virgen fijo en la cintura, tal como le había rendido el
cansancio.
Abrió los ojos al sentir las caricias de Isabel y las voces de sus
amigos. Luego volvió á cerrarlos sin poder articular una palabra, pues
el hambre y la fatiga le tenían como muerto.
Hizo Cuevas que lo transportasen á la playa y buscó leña seca para
encender una fogata. Era preciso ante todo calentarlo, pues el frío y
la humedad de su escondite lo tenían yerto. Mientras tanto, algunos de
los hombres examinaban la rodela, que habían descolgado de su espalda,
encontrando en ella señales de unos trescientos flechazos.
Cuando tomó algún alimento y pudo beber vino, empezó á hablar.
Nunca sintió Cuevas una admiración tan grande por el vigor de su
capitán.
--Si no fuese tan robusto, aunque chico de cuerpo--dijo á sus hombres--,
ya habría perecido hace dos días.
Se había abierto paso por en medio de sus enemigos, lanzándose á través
de los bosques, primeramente en dirección opuesta al mar, sabiendo que
los indios no le buscarían por esta parte.
Así había pasado la primera noche, y luego cambiaba de dirección, dando
un rodeo para salir al mar. No era empresa fácil guiarse en el
enmarañamiento de la selva, teniendo sobre su cabeza bóvedas de ramaje
apretado que le impedían ver las estrellas, sirviéndole únicamente de
norte el oir ó no oir los aullidos de los salvajes celebrando su
victoria.
Se ocultaba durante el día, reanudando su camino al cerrar la noche.
Marchaba á ciegas junto á los precipicios, abriéndose paso á cuchilladas
entre las lianas.
Gritaban sobre su cabeza monos y loros, asustados por la presencia de un
hombre que no olía como los del país. Entre sus piernas se deslizaban
grandes serpientes á las que había despertado, y tenía que defenderse
de ellas partiéndolas de un revés de su espada.
Con frecuencia se creía próximo á morir, y en su desesperación
atormentábale el recuerdo de su paternal amigo Juan de la Cosa y el
aturdimiento con que había desoído sus consejos. El único sostén de su
férrea voluntad era conservar el cuadrito de la Virgen pendiente de su
cinturón. Nuestra Señora haría un milagro para salvarle, como otras
veces.
Al salir finalmente al mar sólo encontró una extensión oceánica
completamente desierta, como si nunca hubiesen pasado por ella las naves
de los blancos.
Los altozanos de un promontorio próximo le impedían ver sus buques, y le
era imposible ir más allá de dicho obstáculo, que ocultaba parte del
horizonte marítimo.
No podía caminar más; sus piernas se doblaban, el suelo parecía tirar de
él. Y necesitando tenderse, buscó con instintiva precaución el refugio
de aquel manglar, para que los salvajes no le sorprendieran durante el
sueño.
Presintió que este sueño iba á ser el de la muerte. El hambre había
agotado sus fuerzas; el frío inmovilizaba sus miembros. Empezó á perder
la noción de lo que le rodeaba, pidiendo mentalmente por última vez
auxilio á la Virgen.
Un recuerdo tenaz de su primera juventud surgió varias veces en esta
silenciosa agonía. Se acordó de aquella gitana de España que,
examinando su mano, había hecho la predicción de que moriría de hambre.
Iba á llegar este final de su existencia que tantas veces le hizo reir
por lo ilógico.
--Pero gracias á la protección de la Virgen--terminó diciendo--, he
salido ileso de esta tremenda aventura.
Y todos los que le escuchaban consideraron indiscutible dicha
protección, mientras volvían sus miradas al escudo del héroe,
acribillado por las huellas de tantos flechazos, todos ellos venenosos.
Momentos después se convenció Fernando Cuevas de que la vida real, casi
siempre monótona y de aventuras lentas y muy espaciadas, ofrece de
pronto coincidencias é inesperados encuentros que tan sólo se ven en los
relatos novelescos.
Estaban él y sus hombres conversando con el heroico capitán y
ofreciéndole nuevos alimentos y tragos de vino para que se reanimase con
más rapidez, cuando vieron poblarse aquel océano solitario de varios
buques que venían siguiendo la costa y avanzaban hacia la anclada
armadilla de don Alonso, visible para ellos por navegar mar afuera y no
ocultársela el pequeño promontorio.
La vista de esta flota hizo recobrar sus fuerzas á Ojeda más aún que lo
que llevaba comido y bebido. Sus ojos reconocieron inmediatamente las
naves de Nicuesa, y esto le afectó de tal modo, que estuvo á punto de
derramar lágrimas, pero eran de cólera, viéndose desarmado y á merced de
un rival á quien tanto había ofendido.
Recordó el duelo que había propuesto á Nicuesa y las muchas amenazas que
llevaba proferidas contra él.
--Me busca--dijo--, quiere vengarse de mí, y lleva razón en ello. Lo
malo es que yo no puedo defenderme.
Inmediatamente sus inventivas de caudillo le sugirieron el modo de salir
de este peligro, y dió orden á Cuevas para que volviese con los otros á
bordo de sus naves y le dejase solo en la playa, sin revelar á nadie, ni
aun á los amigos más íntimos, dónde se hallaba oculto.
Él seguiría allí hasta que Nicuesa se marchase. Estaba dispuesto á hacer
frente á todas las partidas de indios que apareciesen en este lado de la
costa. Isabel podría traerle ocultamente algún alimento, si es que su
adversario tardaba en irse.
Así que ancló la armadilla de Nicuesa al lado de los barcos de Ojeda, lo
primero que hizo dicho caballero fué pasar á la nave capitana para
enterarse de la suerte del gobernador de Nueva Andalucía.
Pizarro y otros allegados á Ojeda dijeron de buena fe que ignoraban lo
que le había ocurrido á éste y que hasta le creían muerto, por haberse
abstenido Cuevas de comunicarle su descubrimiento en el manglar.
Al ver que Nicuesa lamentaba con verdadera sinceridad la desgracia de su
antiguo amigo, Cuevas llamó aparte al gobernador de Castilla del Oro,
pidiéndole que le diese su palabra de no atacar á Ojeda si vivía aún,
ni aprovechar sus desgracias para vengarse de las disputas en Santo
Domingo.
Nicuesa, que era de carácter noble y generoso, casi se irritó al oir tal
súplica.
--Busque vuesa merced á su jefe y tráigamelo, si aún vive--dijo--, que
yo empeño mi palabra no sólo de olvidar lo que ya pasó, sino también de
ayudarle como á un hermano.
Y cuando Ojeda, dolorido aún por su fuga á través de los bosques y los
desfallecimientos del hambre, volvió á su buque, presentándose á
Nicuesa, éste abrió los brazos para estrechar en ellos á su amigo de la
mocedad y á su enemigo de los últimos años.
--No es de caballeros--dijo--, sino de almas bajas, recordar pasadas
desavenencias cuando nos necesitamos el uno al otro. Disponga vuesa
señoría de mí como si fuese vuestro hermano. Yo y mi gente le seguiremos
dondequiera, hasta que la muerte de Juan de la Cosa y demás compañeros
quede vengada.
Cuevas admiró en silencio la caballerosidad de Nicuesa y la mansedumbre
cristiana con que sabía dar olvido á las ofensas.
A pesar de que era igual en sentimientos á los dos caudillos, tuvo, por
breves instantes, una vislumbre de la dualidad inexplicable de carácter
de todos los hombres férreos que durante medio siglo iban á conquistar
las nuevas tierras. Mostrábanse siempre entre ellos caballerescos y
generosos. Eran crueles en sus rencores, y luego, de una mansedumbre
cristiana para perdonarse si es que no se habían matado antes. Sus
durezas las reservaban para los indios, humanidad inferior y falta de
«razón», según las ideas de la época, que sólo merecía interés por parte
de algunos frailes de espíritu evangélico.
Dos hombres de guerra como Ojeda y Nicuesa consideraban imprescindible
una pronta venganza, é inmediatamente desembarcaron con cuatrocientos
hombres de á pie y unos cuantos jinetes.
Nada les importaba que empezase á anochecer. Las sombras favorecerían la
sorpresa del enemigo.
Ojeda recordaba el camino seguido días antes en su imprudente avance, y
cerca de medianoche llegaron al pueblecito de Yurbaco, de infausta
memoria.
La expedición se dividió en dos columnas, extendiéndose ambas en un
movimiento envolvente para que nadie pudiese escapar.
Dormían los indígenas vencedores con un descuido impropio de la astucia
de su raza. Habían matado á los blancos más valerosos, y los otros,
refugiados en los buques, no se atrevían en sus desembarcos á penetrar
en el bosque. Nadie podía venir á sorprenderles.
En vano las numerosas bandas de loros que poblaban los árboles,
asustados por el avance nocturno de tantos hombres extraños, empezaron á
gritar con estrépito ensordecedor. Los indios que despertaban volvían á
reanudar su sueño, sin salirse de sus hamacas.
De pronto, los que aún estaban despiertos vieron ensangrentarse la noche
con los resplandores de un vasto incendio. Sus casas empezaban á arder.
Intentaron los guerreros cobrizos, envanecidos por su triunfo hasta poco
antes, lanzarse fuera de sus viviendas, armados á toda prisa, pero
encontraban en la puerta á los blancos vengativos, que relucían como
divinidades infernales al reflejarse en sus corazas y cascos el rojo
inquieto de las llamas.
Los que pretendían salir eran hechos pedazos, y los que retrocedían al
interior de su vivienda se abrasaban. Las mujeres y los niños, viendo
por primera vez caballos y á la luz de un incendio, los creían monstruos
peores que los hombres blancos, y huían dando alaridos para caer en las
llamas.
No pensaron los invasores en hacer prisioneros por ganancia, ni menos en
dar cuartel por piedad. Se acordaban de la muerte de sus setenta
compañeros, y su indignación aún subió de punto cuando encontraron el
cadáver del señor Juan de la Cosa atado á un árbol, desnudo, y tan
hinchado y negruzco, por efecto del veneno, que costó gran trabajo
reconocerlo.
Numerosas flechas temblaban aún hundidas entre sus costillas. Tal vez
había servido de blanco á los tiradores de la tribu, después de muerto.
Mientras unos soldados registraban las ruinas humeantes en busca de
objetos de valor, otros descubrían entre los árboles nuevos cadáveres de
compañeros atados á postes é hinchados por las flechas envenenadas.
Tal era el horror que sintieron todos ellos de permanecer allí, que se
negaron á descansar en aquel sitio, apresurando el momento de volverse á
las naves.
Nicuesa ganó en esta expedición más que Ojeda, pues sus gentes reunieron
durante el saqueo del pueblo mucho oro y otros objetos de valor.
Los dos gobernadores de Tierra Firme se despidieron al día siguiente,
continuando Nicuesa su viaje á Veragua «la de los espejos de oro».
Ambos se abrazaron como hermanos, para no verse más. Ellos y la mayor
parte de sus hombres estaban ya marcados por la muerte como presa
inmediata.