Donde aparece la india Isabel, y Lucero se entera al fin cuál es la
verdadera riqueza del Nuevo Mundo
A fines del año 1500, cuando aún era Bobadilla gobernador de Santo
Domingo, vieron Cuevas y Lucero entrar en su casa al señor Juan de la
Cosa.
Tenía el mal aspecto de un hombre que acaba de sufrir grandes
penalidades. Fernando, al escuchar sus primeras palabras, recordó
inmediatamente algo que se venía diciendo en la ciudad desde días antes.
Tres pequeñas partidas de aventureros avanzaban á través de la Española
comerciando con los naturales sin permiso del gobernador, y se añadía
que cada uno de estos grupos llevaba un cofre lleno de oro y perlas. El
célebre navegante era jefe de uno de estos grupos, y los tres estaban
compuestos de náufragos que habían perdido sus buques en una costa
lejana de la isla, viéndose obligados á comerciar con los indios para
obtener de este modo víveres y seguir su marcha hasta Santo Domingo.
Después de su viaje como piloto mayor con Alonso de Ojeda, llevando á
sus órdenes á Américo Vespucio, habíase dejado tentar La Cosa por las
proposiciones de un escribano del barrio de Triana, en Sevilla, llamado
Rodrigo de Bastidas, el cual deseaba meterse á descubridor, enardecido
por los relatos de cuantos volvían de las nuevas tierras. Este escribano
no era un hombre sedentario, entrado en edad y de gustos pacíficos, como
parecía indicarlo su profesión. Estaba en plena juventud, y allá en su
barrio de Sevilla veíase celebrado como muy diestro en el manejo de la
espada, gran guitarrista y aficionado á los amoríos.
Sus astucias y agudezas profesionales sabía adaptarlas á su nueva vida
de descubridor. Empezaba buscando como consejero al más prestigioso de
los pilotos de entonces, el señor Juan de la Cosa, que, después del
viaje improductivo de Ojeda, vivía cerca de Cádiz, en Puerto de Santa
María, trazando el primer mapa del Nuevo Mundo.
Una asombrosa buena suerte acompañaba al gallardo tabelión metido á
navegante. Su viaje era el primero que producía riquezas. Navegaban él y
La Cosa frente á Tierra Firme desde el cabo de la Vela, adonde había
llegado Ojeda, hasta el puerto de Nombre de Dios.
Bastidas se distinguía de Colón y de los demás exploradores por sus
buenas maneras, su carácter acomodaticio y el modo discreto con que
sabía tratar á los naturales. Esto le permitió comerciar pacíficamente,
adquiriendo una cantidad considerable de oro y perlas. Era
verdaderamente la primera expedición comercial, dirigida por un marino
reposado y pacífico como Juan de la Cosa y un capitalista acostumbrado
á tratar los negocios con un gracejo andaluz, allá en su notaría del
barrio de Triana.
Cuando ya tenían tres cofres llenos de oro y perlas, y veían en
lontananza nuevos provechos, que harían de ellos los mayores ricos de
las nuevas tierras, su asombrosa prosperidad se derrumbó de golpe. El
fondo de sus buques estaba agujereado por la terrible «broma», roedor
abundante en las aguas del trópico, del que los navegantes españoles
sólo empezaban á tener una ligera idea.
Juan de la Cosa, á costa de muchas dificultades, conseguía llevar los
dos buques desde Tierra Firme á la isla Española; pero una vez en ésta,
los cascos acababan por abrirse y se iban á pique, luego que Bastidas y
su gente consiguieron salvar lo más precioso que llevaban á bordo.
Para no morir de hambre se distribuían los náufragos en tres partidas, y
por senderos distintos dirigíanse á Santo Domingo, pues el país no
ofrecía víveres para viajar tanta gente junta. Bastidas, al llegar el
día antes á Santo Domingo, había explicado al gobernador Bobadilla la
necesidad de comerciar con los naturales para proporcionarse alimentos y
guías; pero tal justificación le valió de poco, pues le formaron
proceso, quedando bajo embargo los tres cofres llenos de materias
preciosas.
El intrépido piloto no conocía á la mayor parte del vecindario de Santo
Domingo, y había ido en busca de aquel matrimonio joven, cuya casa
frecuentó tanto en la ahora abandonada ciudad de Isabela.
Cerca de año y medio permanecieron Bastidas y su piloto mayor en Santo
Domingo, esperando que los enviasen á España con el tesoro embargado
para defender su causa ante los reyes, y en este tiempo Cuevas y su
mujer se fueron enterando de todo lo que el navegante sabía de Ojeda.
Guardaba mal recuerdo del viaje hecho con él por ser el más improductivo
de cuantos llevaba realizados. Habían descubierto la tierra titulada
Venezuela y otra más al Noroeste, siguiendo la costa de la llamada
Tierra Firme, pero siempre entre combates, pues allá donde iba don
Alonso abundaban los golpes y corría sangre.
Tal era su humor guerrero, que apenas recibía en las naves la visita de
los indígenas, necesitaba disparar su artillería para que se
convenciesen de su poder, y toda la gente cobriza, hombres y mujeres, al
escuchar los truenos de las bombardas, se echaban de cabeza al mar «como
las ranas de un estanque cuando cae una piedra», según expresión de
Américo Vespucio.
Unos comerciantes de Sevilla habían facilitado á Ojeda los cuatro buques
y hecho todos los gastos necesarios, imaginándose que el intrépido
capitán traería grandes riquezas; pero éste había navegado sin encontrar
otra cosa que guanines de oro de escaso valor, semejantes á los traídos
por Colón en el primer viaje.
Desesperado don Alonso y queriendo llevar á sus consocios algo de
provecho, anclaba en la parte occidental de la Española para cortar palo
campeche; pero Roldán, enviado por el Almirante, le impedía realizar
dicho acopio. Quedaba reducido á vagar por las islas contiguas cazando
caribes para venderlos como esclavos en Sevilla, pero no obstante este
negocio cruel, que en aquel entonces parecía corriente, el resultado
económico de la expedición resultaba tan mezquino, que luego de
cubiertos los gastos sólo quedaban quinientos ducados para repartir
entre más de cincuenta hombres.
El sesudo piloto ya no sabía más de Ojeda. Al verlo por última vez en
Sevilla preparaba otra expedición, apoyado por algunos particulares de
dicha ciudad, los cuales deseaban ir con él aprovechando su intrepidez y
la experiencia adquirida en anteriores viajes, pero reservándose la
parte comercial para obtener mayores provechos.
La Cosa había encontrado poco agradable la compañía de estos asociados,
prefiriendo seguir con el escribano Bastidas, de carácter alegre y
siempre respetuoso ante sus indicaciones náuticas.
Un detalle de la vida de don Alonso, sin importancia para el respetable
piloto, interesó mucho á Cuevas. Su antiguo capitán iba ahora á todas
partes con una india de Venezuela.
Se acordaba La Cosa de las mujeres de una de aquellas poblaciones
lacustres que había conocido en su viaje con don Alonso. Eran altas,
esbeltas, de color más claro que las hembras de otras tribus. Algunas
habían querido quedarse por su propia voluntad en los buques de los
hombres blancos, y una de ellas se interesaba especialmente por el jefe
de la expedición. Ojeda se la había llevado finalmente á España, aunque
al principio no mostraba por ella gran interés.
--Era su manceba--continuó el piloto--. La trataba lo mismo que los
otros camaradas á sus indias; pero la última vez que le vi en España
parecía agradecido al interés que ella le demostró, siguiéndole á todas
partes, obediente y fiel como un animalejo. En Sevilla hizo que la
bautizasen, dándole el nombre de Isabel.
Cuevas y Lucero se acordaron inmediatamente de doña Isabel Herboso, cuya
muerte les había contado igualmente Juan de la Cosa. Ojeda, á pesar del
tiempo transcurrido, no olvidaba esta desgracia.
--Antes, cuando el Almirante nos hablaba de los vastos Estados del Gran
Kan--dijo el marino con una expresión ligeramente irónica--, Ojeda
quería conquistar tesoros y hasta un reino. Muerta doña Isabelita, yo
creo que sólo desea emprender viajes para que éstos le entretengan,
haciéndole pensar en los otros más que en sí propio. Le gusta mandar,
que todos le obedezcan, y cuando llega la hora de repartir las
ganancias, cede lo suyo á los camaradas. Se disputa por todo, menos por
el dinero. Todavía lleva con él su cuadrito de la Virgen, pero afirma
que esta imagen no hace mas que guardarle la vida. Era doña Isabelita la
que, según él, le proporcionaba la fortuna, y empieza á creer que
siempre será pobre. Indudablemente dice esto porque, desaparecida la
joven dama, el oro no tiene para él otra utilidad que el derramarlo á
manos llenas entre la gente inferior.
Cuando Bobadilla emprendió su viaje de regreso, luego de entregar á
Ovando el gobierno de la isla, Bastidas y Juan de la Cosa fueron metidos
en un buque, casi como presos, para que respondiesen en España de las
inculpaciones que les hacían.
Presenció Cuevas la repentina tempestad que echó á pique, frente á Santo
Domingo, la mayor parte de la flota próxima á partir. Un día antes había
llegado Colón con cuatro buques, para realizar su cuarto y último viaje
de descubrimiento. Los reyes le habían ordenado que no tocara en Santo
Domingo, queriendo evitar de este modo nuevos motines, por saber que la
gente de allá le era adversa; mas el Almirante, con una agresividad
senil, pretextó averías sufridas en su viaje desde España, para fondear
frente á Santo Domingo.
Quería que le viesen sus enemigos mandando una nueva flota costeada por
los reyes, luego de haber salido de allí, dos años antes, con grillos en
los pies. El nuevo gobernador Ovando le prohibió enérgicamente que
entrase en el puerto, conociendo la intención provocativa del Almirante
y el odio que aún sentían contra él gran parte de los vecinos de la
ciudad.
Experto en los mares tropicales más que la mayoría de los capitanes de
los buques que hacían su primer viaje á las nuevas tierras, avisó Colón
á Ovando, de acuerdo con sus observaciones del mar y del cielo, la
proximidad de uno de aquellos ciclones que azotaban de tarde en tarde la
isla. Su consejo fué desoído, y horas después la tormenta hizo naufragar
la mayor parte de la flota.
Sólo se salvaban los barcos de Colón, que habían buscado oportunamente
un refugio, y los del gobernador, mandados por navegantes que llevaban
ya efectuados varios viajes. La carabela en que iban Bastidas y Juan de
la Cosa, con el tesoro embargado, se salvaba sin ninguna avería, gracias
á las indicaciones del famoso piloto.
El buque del comendador Bobadilla naufragó casi instantáneamente,
pereciendo éste y todos sus compañeros. Perdíase para siempre el proceso
de Colón que Bobadilla llevaba á bordo, en el que se consignaban todos
los abusos y delitos que motivaron su prisión. Desaparecía igualmente en
dicho naufragio la mayor pepita de oro que se había encontrado hasta
entonces en las nuevas tierras, la cual pesaba muchas libras y era del
tamaño de un pan de Castilla.
Cuevas, con algunos de los españoles que trabajaban en las minas del rey
Salomón, había bajado al puerto para acompañar esta muestra de riqueza
enviada á España.
Empezaban á sentir todos ellos cierto orgullo patriótico, considerando
la isla como si fuese su tierra natal, celebrando como propias las
riquezas de este suelo que acababan por disfrutar otros. Recordaba aún
el banquete celebrado en las minas para despedir á este pedazo de oro,
antes de entregarlo al gobernador. Había sido invitado por sus antiguos
camaradas los mineros, comiendo todos un cerdo asado, servido en platos
de oro.
Estos españoles de las minas retrogradaban, sin darse cuenta, hacia la
vida primitiva, sin más traje que una camiseta y unos calzoncillos de
algodón, distinguiéndose únicamente de los indios por tener una espada y
una rodela. Intentaban embellecer instintivamente su vida casi salvaje
con inesperadas y groseras suntuosidades. La parte de oro que les tocaba
como remuneración de su trabajo la empleaban en hacerse platos y jarros
semejantes á los de los reyes de Europa. Con ellos comían y bebían,
echando migajas ó huesos á los servidores indígenas acurrucados á sus
pies, lo mismo que animales domésticos.
En el mes de Septiembre de 1502, después de partir Juan de la Cosa,
experimentaron Cuevas y Lucero una sorpresa aún mayor que al ver entrar
en su casa al célebre piloto.
Un español de los que habían vivido en Isabela dió noticia á Fernando de
que su antiguo capitán don Alonso se hallaba en Santo Domingo desde el
día anterior, pero en la cárcel.
Corrió á verle Cuevas, seguido de un servidor indio que llevaba sobre su
cabeza un cesto con los mejores víveres que Lucero había podido reunir.
Lo vió encerrado en el casucho que servía de prisión, y sus guardianes
más bien parecían criados suyos, por el respeto con que hablaban á este
héroe, célebre por su intrepidez.
Tenía el mismo aspecto que años antes, pequeño de cuerpo, bien
proporcionado, ágil en sus movimientos, con cierta vibración en los
ademanes que revelaba una fuerza reprimida pugnando por expandirse. Ya
tenía treinta años, pero guardaba la ligereza y la inconsciencia audaz
de su mocedad heroica.
Volvía de su segundo viaje de descubrimiento, aprisionado y robado por
sus consocios. A los pocos días, el juez principal de la isla lo dejaba
en libertad, pero sometido á su vigilancia y á las consecuencias del
proceso.
Fué enterándose Cuevas, en sus continuas conversaciones con él, de los
episodios de este segundo viaje, más desgraciado aún que el anterior.
El obispo Fonseca le había protegido en España una vez más. Sus hazañas
le hacían popular en los puertos españoles, especialmente en Sevilla,
donde se juntaban todos los aventureros ganosos de ir á las nuevas
tierras.
En consideración á sus servicios pasados y á los que podía prestar, le
daban los reyes seis leguas de terreno en la parte Sur de la isla
Española y el gobierno de la provincia de Coquibacoa, que había
descubierto en Tierra Firme durante su primer viaje, autorizándole para
equipar á sus expensas una flota que no pasase de diez buques. Falto de
capital y temeroso de la usura de los comerciantes que tanto había
pesado sobre él en su viaje anterior, buscó el apoyo de particulares,
siendo sus socios cierto Vergara, mayordomo de un canónigo rico de
Sevilla, y otro llamado Ocampo. Estos copartícipes sólo aportaban á
última hora lo preciso para armar cuatro carabelas, embarcándose en
éstas la gente más brava y aventurera que había entonces en Sevilla.
Muchos de sus hombres habían figurado en anteriores viajes á las nuevas
tierras.
Una expedición con estas gentes acostumbradas á maltratar al indio y con
capitalistas mediocres ansiosos de adquirir riquezas, fuese como fuese,
sólo podía originar batallas y robos allá donde tocase, teniendo como
final la insubordinación y el desorden. Al desembarcar en Cumaná
saqueaban las aldeas indígenas, y contraviniendo las órdenes de Ojeda,
mataban á varios habitantes, llevándose cautivos á otros. Vergara y
Ocampo se reservaban las mujeres, dando libertad á las viejas y las
feas, y exigían rescate por las jóvenes que reclamaban sus maridos.
Ojeda no tomaba de este saqueo mas que una simple hamaca de algodón. La
india Isabel le seguía. Habiendo recogido un poco de oro continuaron
adelante, hasta encontrar en la provincia de Citarme á un español de la
expedición de Bastidas que había desertado tres meses antes, quedándose
allí entre los indios, cuyo idioma acababa de aprender.
Sostenía Ojeda frecuentes combates con los naturales, emprendía la
construcción de un pueblo y de una fortaleza, pero la falta de víveres y
la pobreza del país hacían que su gente fuese perdiendo la disciplina.
El oro recogido en las correrías estaba depositado en una caja fuerte,
cuyas dos llaves guardaba Ojeda, con gran disgusto de sus socios. Éstos
sublevaban á la gente contra él y acabaron por sorprenderle mientras
dormía, cargándolo de cadenas antes de conducirle á bordo de uno de los
buques.
Así salió don Alonso de la provincia que debía gobernar y de la primera
población fundada por él con el nombre de Santa Cruz.
En la misma carabela en que iba el gobernador preso se embarcaban
igualmente sus dos consocios con la caja origen del litigio. Su plan era
acusarle ante las autoridades de Santo Domingo, ya que el estado del
buque no les permitía continuar hasta España.
Llegaron á la parte occidental de la isla Española, anclando á cierta
distancia de la costa. Ojeda, confiando en su fuerza y su agilidad, se
escurrió por un costado del buque, durante la noche, hasta hundirse en
el agua, y trató de nadar hacia la orilla. Los brazos los tenía libres,
pero sus pies estaban sujetos con grillos y cadenas, y el peso de tanto
hierro le iba sumergiendo.
Tuvo que pedir socorro, al mismo tiempo que la india Isabel daba gritos
adivinando su peligro. Los enemigos echaron un bote al agua, y el
intrépido gobernador tuvo que pasar por la vergüenza de volver medio
ahogado al poder de sus desleales compañeros. Lo desembarcaban
finalmente, poniéndolo á disposición del gobernador de Santo Domingo, y
ellos, mientras tanto, abrían la caja fuerte, objeto de tantas
querellas, repartiéndose su contenido.
Cuevas vió á la india Isabel en la prisión, al lado de su amante. Iba
vestida á usanza española, con mantilla y amplias faldas. Estas ricas
galas habían sido compradas en Sevilla al organizarse la expedición.
Cuando Ojeda podía disponer de dinero, lo gastaba descuidadamente, con
arreglo á su pródigo carácter. Las ropas de rica calidad ya estaban muy
ajadas por los azares de aquel viaje aventurero.
Al verse ahora en una tierra semejante á la suya, la india iba
prescindiendo paulatinamente de las diversas prendas de su vestimenta
europea, y un año después la veía Lucero semejante á las otras indígenas
del país, casadas ó amancebadas con españoles, que sólo llevaban sobre
su desnudez tradicional alguna saya vieja que denotase su clase,
superior á la de las otras indias sin trato con blancos.
Encontraba Cuevas en Isabel cierta semejanza con la reina Flor de Oro.
Era una Anacaona más joven, menos lánguida y sin su porte majestuoso;
una compañera de aventurero heroico, dispuesta á atravesar las selvas
sirviendo á su hombre de guía, lo mismo que á guisotear y limpiar sus
armas durante las horas larguísimas y monótonas pasadas en el alcázar de
popa de una carabela.
Como todas las hembras de pueblos primitivos, empezaba á marchitarse en
plena juventud. No debía estar más allá de los veinte años y tenía ya un
aspecto matronil, anunciador de rápido y prematuro agotamiento.
Ojeda fué á instalarse con su concubina india en una casucha de las
afueras de Santo Domingo que le proporcionaron Cuevas y otros camaradas
de su vida trabajosa en Isabela.
Mostrábase insensible á los sucesos que se desarrollaban en Santo
Domingo. No le importaba la vida de esta colonia, en la que sólo podía
figurar como simple habitante. Él era de los que fundaban ciudades;
había nacido para mandar y no para obedecer. Si vivía allí, era en
espera de que le hiciesen justicia, sosteniendo un pleito larguísimo
para que le devolviesen lo suyo.
Mostrábase preocupado por los incidentes de este pleito, como si se
moviese entre las mallas de una red interminable. En Santo Domingo,
jueces, abogados y escribanos empezaban á ser los personajes más
importantes.
--Media ciudad--decía Cuevas--pleitea con la otra media.
Minero, poseedor de la tierra ó navegante, no había blanco que no se
creyese despojado é iniciase un pleito contra otro compatriota.
Ojeda, que era pobre, tenía muchos envidiosos de su fama heroica y se
había hecho muchos enemigos por las arrogancias de su carácter
pendenciero. De pronto se vió condenado por el juez mayor de la isla á
perder todo lo adquirido en su viaje y además lo declaraba deudor á la
corona, por afirmar sus adversarios que se había quedado con la parte
correspondiente á los reyes.
Apeló á los tribunales de España, pidiendo al mismo tiempo apoyo á su
protector Fonseca, y gracias á este último pudo conseguir que le
hicieran justicia. Mas las costas que debió pagar por el proceso fueron
tan enormes, que consumían todo lo que le adeudaban sus socios y el
contenido de la caja de caudales.
Quedó su nombre limpio de toda acusación, pero se consideraba más pobre
que antes de emprender su primer viaje, dudando ya de poder salir de
Santo Domingo al frente de una nueva expedición. Surgía de manos de la
justicia triunfante, pero completamente arruinado.
Cuando aún esperaba que el Consejo real le hiciese justicia, se detuvo
casualmente una mañana en la plaza mayor de Santo Domingo, atraído por
la presencia de una multitud.
Vió pasar á la reina Anacaona camino de la horca, y él, que estaba
avezado á matanzas, no pudo presenciar esta ejecución, abominando
interiormente de las crueldades inútiles de Ovando y la muerte
innecesaria de esta mujer.
No había en su protesta compasiva nada de amor. Los días pasados con
Flor de Oro eran un vago recuerdo en su memoria.
El amor había retrocedido á último término en el tumulto de sus deseos.
Quería riqueza para repartirla á manos llenas, y sobre todo autoridad,
por el áspero deleite que proporciona el poder. Lo único que le
preocupaba en su situación actual era verse desconocido ú olvidado en
aquella isla cuyo interior había sido el primero en explorar.
Se habituó Cuevas á la presencia de su antiguo capitán. Sin dejar de
admirarle, lo veía como si fuese otro desde que le inspiraba compasión.
Estaba acostumbrado á sus hazañas heroicas, no á sus desgracias.
Sus propios asuntos empezaron á mantenerle algo alejado de Ojeda. La
riqueza parecía venir ahora hacia él y Lucero, no rápida y deslumbrante
como surgía de las minas para otros, sino lenta, modesta, con un avance
monótono pero firme, como la iban conociendo los españoles de gustos
pacíficos dedicados al cultivo de la tierra.
Una vieja india, viuda de un pequeño cacique del interior, había
conocido á Lucero cuando vivían los dos en las minas, mostrando por ella
una admiración semejante á la que sienten los esclavos por un dueño de
origen superior. Su fortuna significaba poca cosa en un país donde los
blancos recibían mercedes reales de terreno calculadas por días de
marcha. Lo que había heredado del cacique sólo eran dos leguas, pero á
orillas de un río y de tierra feracísima. El bachiller Enciso, abogado
de Santo Domingo, al que conocía Cuevas por su amistad con Ojeda, se
encargó de legalizar los títulos de propiedad de la vieja cacica,
convertida al cristianismo.
Lucero sabía que el deseo de la indígena era dejar su fortuna á ellos
dos y á su hijo Alonsico, por el que mostraba un afecto comparable al de
una vieja nodriza. El bachiller Enciso había arreglado ya todo lo
referente á la herencia, y Fernando miraba dichas tierras como suyas,
lamentando tener que cultivarlas poco á poco, por la escasez de sus
medios.
Había conseguido que el nuevo gobernador Ovando y luego los frailes de
San Jerónimo, que sucedieron á éste en el gobierno de la isla, le
entregasen cierto número de indios, tratándolos con bondad para que le
ayudasen en sus trabajos. Pero el indígena resultaba flojo en las
labores, y sólo por obra del miedo podía conseguirse que diese un mayor
rendimiento.
Empezaban á establecerse en la isla los primeros trapiches de azúcar,
venerables antecesores de los que después fueron llamados «ingenios».
Los conquistadores trasladaban á este mundo nuevo la caña azucarada de
origen asiático que siglos antes habían aclimatado los moros en España.
Un fraile, al desembarcar en Santo Domingo, buscó á Cuevas para
entregarle una carta que le habían dado en Córdoba y una pequeña bolsa
llena de monedas de oro. El doctor Acosta se acordaba de Lucero y de su
hijo.
Este dinero sirvió á Cuevas para el desarrollo de su empresa agrícola, y
ocupado en ella dejó de ver meses y meses á su antiguo capitán.
Vivía éste malhumorado en su casucha con la india Isabel, de la que ya
tenía dos hijos. Algunas veces obtenía dinero tomándolo á préstamo sobre
aquellas leguas de tierra que le habían dado los reyes; otras jugando
con los aventureros que volvían de las minas del interior ó de algún
viaje clandestino de descubrimiento.
Se mostraba constantemente descuidado y manirroto, volviendo en seguida
á ser pobre. Altivo y orgulloso en su trato con los espadachines,
siempre abundantes en la colonia, sostenía con ellos frecuentes
pendencias, y como siempre, era él quien hacía sangre y salía ileso.
Fernando dejó de verle mucho tiempo, y le dijeron que había salido con
un grupo de desesperados tan intrépidos como él, en un barco viejo y con
escasos víveres, para intentar por segunda vez la fundación de Santa
Cruz en aquella provincia de Tierra Firme cuyo gobierno le habían dado
los reyes.
Al poco tiempo volvió derrotado y triste, con sólo unos pocos de sus
compañeros. Todos los demás habían perecido en las tierras de su ingrata
gobernación.
Lucero, con el espíritu conservador innato en la mujer, mostrábase cada
vez más enemiga de aventuras y heroísmos.
--Que vayan otros--decía á su marido--en busca del oro. Nosotros
procuremos que la tierra mantenga nuestros cerdos, nuestras vacas, y nos
dé maíz y cazabe. Que don Alonso y los de su especie busquen nuevas
minas. Les venderemos la comida para sus viajes, y Dios hará que al
final trabajen para nosotros, sin que nos movamos de nuestra casa.
Aprobaba el marido la cordura de estas palabras, haciendo callar al
héroe ansioso de aventuras, peligros y grandezas que llevaba dentro de
él. Su diario y pacífico combate con la tierra parecía adormecerle.
Admiró finalmente la sabiduría de su esposa. Ojeda continuaba
inspirándole respeto, mas ahora le parecía perteneciente á otra clase de
hombres, dignos de ser admirados desde lejos, sin seguirlos nunca.
Y viviendo los dos esposos en tan pacíficas y mansas aspiraciones llegó
á Santo Domingo la noticia de que, meses antes, el 20 de Mayo de 1506,
había muerto en Valladolid el Almirante don Cristóbal Colón.