I
Donde Colón descubre el Paraíso terrenal, es llevado con cadenas á
España, y muere en la horca la reina Flor de Oro.
Seis años transcurrieron antes de que Fernando y Lucero volviesen á ver
á don Alonso de Ojeda.
Fué este período de su vida el más abundante en cambios de domicilio y
de oficio, y al mismo tiempo el de menos provecho. El Adelantado don
Bartolomé Colón los protegía algunas veces, recordando que habían
acompañado á su hermano en el primer viaje; pero tal apoyo sólo servía
para que el antiguo paje Andújar y su mujer viviesen un poco más
desahogadamente que muchos otros recién llegados á la isla.
La ansiada riqueza revoloteaba diariamente ante sus ojos, sin dejarse
nunca capturar. Cuevas veía cada vez más oro, pero no era para él. La
juventud de los dos parecía relegarlos á una situación secundaria,
teniendo siempre delante otros más favorecidos.
Habían acabado los españoles de abandonar la malsana ciudad de Isabela,
dejando enterrados en sus alrededores muchos centenares de compatriotas.
Surgía á orillas del río Ozama, en las tierras de la cacica, que era
ahora esposa de Miguel Díaz, la ciudad de Santo Domingo. Cuevas, por ser
de los primeros pobladores de la isla, obtenía un solar cerca del río y
levantaba en él una casa indígena, semejante á la de Isabela. Varios
indios mansos «encomendados» á él, por obra de una esclavitud
disimulada, trabajaban en provecho suyo, constituyendo lo más importante
de su naciente riqueza. Poseía igualmente unos campos en las
inmediaciones de la ciudad, que le proporcionaban el cazabe y otras
raíces del país para su alimentación.
Vivían con más desahogo que en Isabela. Los cereales y las legumbres de
Europa se desarrollaban rápidamente en este suelo opulento. Había ya en
las praderas caballos y vacas. En los montes formaban manadas los cerdos
descendientes de aquellas ocho puercas que Cuevas había visto embarcar
en Canarias pocos años antes. Una prosperidad material, grosera y
primitiva, hermoseaba la existencia de los colonos.
Ya no sufrían las terribles hambres de Isabela, teniendo que alimentarse
solamente con aquella especie de conejillos llamados hutías y con
perrillos mudos. Estos gozques, privados de ladrido, empezaban á
extinguirse. Los mismos que los habían devorado por primera vez con
repugnancia los buscaban ahora tenazmente, atraídos por su escasez.
Años adelante, Cuevas, como otros de los primeros colonos, al verse ya
viejo, recordó muchas veces á los españoles nuevos en la isla este
animal, completamente desaparecido. Vacas, cerdos, pavos y pollos,
engordados suculentamente en las ricas praderas, parecían sin valor para
ellos. El recuerdo de los perrillos mudos les hacía expresarse con
goloso entusiasmo. «Aquello era lo bueno. Lástima que ya no quede ni
rastro.» Los tales perrillos, asados sobre las ascuas de una hoguera en
pleno bosque, representaban la juventud.
Fernando tuvo que ausentarse largas temporadas de su nueva casa de Santo
Domingo para trabajar en las minas. El Adelantado necesitaba allá
hombres de confianza que evitasen los robos de los blancos y la pereza
de los trabajadores indígenas. Habían venido de España gentes
experimentadas en el laboreo de las minas, y los indios tenían que
someterse á un trabajo regular.
Cuevas pasó mucho tiempo como veedor de las minas del rey Salomón,
tomando nota de las cantidades de metal que se extraían, custodiando
éstas en el bohío que le servía de vivienda, y llevándolas hasta el
depósito real, establecido en Santo Domingo.
Cuando muchos años después oyó hablar de las enormes cantidades de oro
obtenidas en Méjico y el Perú, dióse cuenta de que la producción
aurífera de la Española era poca cosa; pero en el tiempo de su juventud
las minas del rey Salomón merecían su título por ser la primera riqueza
positiva encontrada en las tierras del Gran Kan, y justificaban el
título bíblico de Ofir que el Almirante había dado á la isla.
La prodigiosa fuerza de aquella tierra, transmitida á plantas y
animales, parecía haber acelerado igualmente el desarrollo de los dos
jóvenes. Cuevas era ahora un hombrón vigoroso, grande de estatura. Una
barba luenga empezaba á esparcirse sobre su pecho, dando á su juventud
una serenidad autoritaria de hombre madurado en toda clase de aventuras.
Lucero se había robustecido igualmente. Manteníase esbelta, mas con el
cuerpo duro y fuerte, notándose bajo la delicadeza femenina de su piel
el vigoroso andamiaje de un esqueleto revestido de músculos enjutos,
pronto á vibrar con ágil dinamismo.
Como había conseguido librarse de las mortandades del primer momento de
la colonización, su facilidad racial para toda clase de adaptaciones
hizo de ella, en pocos años, una mujer fuerte. Al verla, Fernando apenas
si lograba acordarse del paje Lucero, tímido y delicado. Era una
verdadera compañera de conquistador.
Algunas veces volvía á vestir ropas varoniles para acompañar á su
marido, como si fuese un soldado más, en las excursiones por el
interior. Sólo al volver á su bohío y su huerta en Santo Domingo
recobraba las sayas mujeriles. En las minas gustaba de vestir á lo
hombre, compartiendo las preocupaciones de su marido. Únicamente se
acordaba de que era madre cuando Alonsico, que ya tenía varios años,
cometía alguna diablura capitaneando á los chicuelos indios, que le
obedecían en todo, por su condición de blanco.
Aunque no conocían aún la deseada riqueza, su existencia era tranquila y
abundante. Por desgracia, sus plácidos goces los veían perturbados
frecuentemente á causa de las rivalidades que dividían á los españoles.
Cuevas procuraba mantenerse alejado de unos y de otros, mas esto no
impedía que sufriese en muchas ocasiones las consecuencias de la guerra
civil.
El Almirante había salido de España en un tercer viaje, y al llegar á
los mares antillanos enviaba una parte de su flota á Santo Domingo,
siguiendo él la navegación con los buques restantes hasta dar con el
Imperio del Gran Kan y el estrecho del Quersoneso Áureo.
En Santo Domingo surgía la rebelión contra su hermano. Un protegido del
Almirante, llamado Roldán, hombre iletrado pero enérgico y con más
condiciones de mando que los Colones, se sublevaba contra don Bartolomé,
poniéndolo repetidas veces en una situación angustiosa. Al mismo tiempo,
el Adelantado tenía que hacer guerra á los caciques del interior, que
habían vuelto á sublevarse, consiguiendo al fin dominarlos.
Llegaba el Almirante á la isla en Agosto de 1498, y ambos hermanos se
abrazaban después de una separación que había durado dos años y medio.
Cuevas y su mujer, al ver desembarcar á don Cristóbal, notaron los
estragos que empezaban á causar en su organismo la edad y las
enfermedades.
Agravábase en él aquella manía mística que había hecho creer á Lucero,
durante el primer viaje, que su amo hablaba á solas con Dios.
En este tercer viaje había tenido frecuentes visiones. Se le aparecían
en el alcázar de su barco personajes celestiales, ó el mismo Dios, para
darle consejos é infundirle ánimo en las horas de desaliento.
Había explorado las costas de Asia en una extensión de muchas leguas,
encontrando el golfo de Paria, abundante en perlas, de las que traía
varias libras. Tan considerable era tal riqueza, que á una de las islas
vecina á la costa la había dado el título de Margarita, por ser este
nombre sinónimo de perla.
No hallaba por ninguna parte vestigios que demostrasen la vecindad del
Gran Kan, pero en cambio había encontrado el emplazamiento exacto del
Paraíso terrenal y hecho el descubrimiento de que la tierra «no es
redonda, como creen muchos, sino en forma de pera ó de pecho de mujer»,
estando en su cúspide ó pezón el jardín edénico donde vivieron Adán y
Eva.
Las grandes corrientes del golfo de Paria le hacían creer que el mar era
pendiente en dicho sitio y había que remontar su cuesta, viendo en ello
una demostración de que la tierra no es exactamente redonda, sino con
una enorme altura terminal.
También había observado que el mar era dulce en un espacio de muchas
leguas: la corriente del río Orinoco, que penetra considerablemente en
el Océano. Y Colón reconoció en este río enorme uno de los cuatro que
bajan de la cúspide del Paraíso para regar toda la tierra... Esta
convicción de hallarse próximo á la montaña en cuya cumbre florece el
Edén de nuestros primeros padres le afirmó una vez más en su certeza de
que estaba costeando una parte de Asia, ya que para todos los autores el
Paraíso está en dicha parte del mundo.
El mal estado de sus buques y la escasez de víveres le obligaron
finalmente á tornar á la Española. Deseaba conocer la nueva ciudad de
Santo Domingo, estaba satisfecho de los descubrimientos que llevaba
realizados, y tenía prisa en describirlos con su pluma á los reyes.
Su presencia en la Española sirvió para restablecer las buenas
relaciones entre el Adelantado y Roldán, pasando este último á ser otra
vez defensor de Colón, luego de haber capitaneado á todos los españoles
descontentos de él, que eran los más.
Algunos meses después, Fernando Cuevas se enteró con gran contento, lo
mismo que muchos amigos suyos, de que don Alonso de Ojeda, mandando
cuatro buques, había anclado al Occidente de la isla.
Por obra del relativo aislamiento en que vivía la colonia, los más de
sus habitantes sólo se enteraban de lo ocurrido en su país con enorme
retraso. Los reyes habían comprendido que era absurdo conservar á Colón
el monopolio de hacer viajes de descubrimiento. Muchos navegantes
españoles, inferiores á él en imaginación pero con un sentido más
práctico para observar la realidad, solicitaban incesantemente el
permiso real para realizar á su costa nuevos viajes.
Ninguno creía ya en el Gran Kan, ni tampoco que las nuevas tierras
fuesen de Asia. Colón era el único que se mantenía aferrado á su
geografía fantástica. Este hombre, que ocho años antes pasaba por un
innovador, era ahora el más atrasado y tenaz en los viejos errores.
Los aspirantes á descubrir sólo pedían una licencia y no dinero,
mientras que Colón hacía siempre sus viajes á costa de los reyes. Éstos,
por espíritu de economía y por satisfacer á los solicitantes, habían
resuelto al fin dejar libre el Océano á los que quisiesen buscar nuevas
tierras, suprimiendo el egoísta y absurdo privilegio.
Cuevas y Lucero se enteraron de que el primero en partir había sido
Ojeda, llevando como piloto mayor á su amigo Juan de la Cosa, y como
navegante teórico, que hacía su aprendizaje, á aquel empleado florentino
del rico mercader de Sevilla Juanoto Berardi, al que llamaban todos
Américo Vespucio, españolizando su nombre de Amerigo Vespucci. Los
cuatro navíos habían fondeado en el Occidente de la Española sólo para
cortar palo campeche, llamado palo de brasa ó «brasil» por su color
rojo, y llevarlo á España, siendo este cargamento el único resultado
comercial del viaje.
Circulaban por Santo Domingo cuantas noticias habían dado sus
tripulaciones al desembarcar, poniéndose en relación con los contados
españoles que habitaban dicha costa.
Su viaje había sido agitado é interesante, pero sin ganancias. Sostenían
grandes combates en las islas pobladas de caribes y en las mismas costas
de Tierra Firme, frente á las cuales había pasado semanas antes el
almirante don Cristóbal.
Sonreía Cuevas al escuchar tales noticias. Mandando don Alonso la
expedición, era natural que hubiese abundado en batallas.
Cruzaban el mar dulce formado por el desagüe del Orinoco, y ni Juan de
la Cosa ni su discípulo Vespucio eran capaces de descubrir que procedía
del Paraíso. Luego Ojeda, navegando siempre hacia Occidente, entraba en
una especie de golfo cerrado, mar interior, en el que iba encontrando
poblaciones con calles de agua y grupos de edificios sobre pilotes, lo
que les hacía recordar á Venecia. Y don Alonso daba á este país el
nombre de pequeña Venecia ó Venezuela, que años adelante había de
ensancharse, siendo el de toda una nación.
Se alarmó Colón al saber la llegada á su isla de este nuevo navegante.
Conocía la audacia de su antiguo capitán y los nuevos sentimientos de
éste hacia él. Todos los descontentos de la isla, abandonados por
Roldán, se enardecieron al conocer la llegada de don Alonso, viendo en
él á su futuro caudillo.
Ojeda, por su parte, al hablar con los pocos españoles que encontró en
la costa, se fué expresando con animosidad contra don Cristóbal,
haciendo saber su descrédito en España, cada vez más grande, y
mostrándose dispuesto á apoyar con sus hombres toda empresa que tuviese
por objeto arrojar á los Colones de la Española.
Corrió Roldán con la gente que pudo reunir á aquella costa lejana para
evitar el desembarco de Ojeda. Éste, después de varias semanas de
maliciosas relaciones con Roldán, en las que cada uno procuraba engañar
al otro, acabó por levar anclas y se volvió á España, pues el estado de
sus buques y la escasez de provisiones le aconsejaron de pronto tal
determinación.
Luego que se alejó don Alonso vió Cuevas completamente perturbada otra
vez la tranquilidad de la isla. Fué ahora el amor quien dió al traste
con la paz que había creado el Almirante entendiéndose con Roldán.
Fernando volvió á oir á todas horas el nombre de la bella Anacaona, la
reina Flor de Oro, que vivía desde años antes en Jaragua, al lado de su
hermano el cacique Behechio.
La hija de Anacaona, habida con su difunto esposo Caonabo, estaba en
todo el desarrollo de una pubertad que es siempre temprana en las
hembras indígenas. Muy admirada por su belleza, tenía las mismas
aficiones de su madre por músicas y «aeritos», mostrándose siempre en
público vestida de flores.
Un hidalgo joven de ilustre familia, llamado don Hernando de Guevara,
buen mozo y de modales distinguidos, fué á vivir en Jaragua, desterrado
de Santo Domingo por Colón á causa de sus pendencias de espadachín y su
conducta disoluta de mujeriego. Su propósito era embarcarse en los
buques de Ojeda, pero llegó á la costa lejana cuando éstos ya habían
partido, quedándose en los dominios de Anacaona, que lo recibió con
mucha afabilidad, como á todos los blancos.
Guevara y la hija de la reina Flor de Oro se amaron inmediatamente y el
hidalgo quiso casarse con ella. Pero el astuto y violento Roldán también
estaba enamorado de la virgen india y empezó á molestar á Guevara,
ordenándole que se marchase de allí cuanto antes. Era pariente el joven
español de Adrián de Mujica, uno de los tenientes más activos de Roldán,
y los dos antiguos camaradas empezaron á tratarse con creciente
enemistad.
Roldán despojó á Guevara de sus perros y halcones para la caza y acabó
por arrestarlo dentro de la mansión de Anacaona, en presencia de su
futura esposa. Mujica se sublevó entonces contra Roldán, y todos los
antiguos partidarios de éste tomaron las armas.
Reprodújose la antigua rebelión de Roldán, ahora contra él; mas como era
hombre acostumbrado á conspiraciones, supo estorbar á tiempo la de sus
antiguos camaradas ayudado por Colón y por su hermano, que aprovecharon
esta circunstancia para vengarse de sus enemigos personales.
Mujica, con sus principales amigos, fué sorprendido y llevado preso al
fuerte de la Concepción. El Almirante, para aterrar á los otros
conspiradores, dispuso su muerte inmediata, ordenando que lo colgasen
del asta de la bandera del fuerte, después de confesarlo. Y como Mujica
dilatase mucho su confesión, pidiendo hacer nuevas declaraciones, para
ganar tiempo, mandó Colón que lo matasen arrojándolo de las murallas
abajo.
El Adelantado don Bartolomé rivalizaba con su hermano en actividad para
el castigo. Llevaba un sacerdote con él, para que confesase sin perder
tiempo á muchos de los españoles que prendía, ahorcándolos luego en el
lugar mismo. Otros los metía en la fortaleza de Santo Domingo, llegando
á tener diez y siete de ellos en una mazmorra subterránea, á modo de
pozo, en espera de la horca.
Cuevas manteníase aparte de esta lucha, reconociendo en su interior que,
como ocurre muchas veces, los dos bandos tenían razón y los dos
igualmente eran culpables.
Los españoles se resistían á obedecer á estos Colones, imperiosos,
faltos de condiciones de mando, sin generosidad alguna y con una
rapacidad que acababa por alejar de ellos á las gentes. Muchos de los
rebeldes habían cometido faltas, pero los Colones agravaban la mala
situación atormentándolos por medio del hambre, quitándoles las raciones
de víveres que les correspondían, por haberlos enviado los reyes para
todos, sin hacer ninguna excepción.
Además, el Almirante y su hermano se guardaban el oro de las minas hacía
ya dos años, negándose á repartir á los colonos la parte á que tenían
derecho por su trabajo. Y no había que olvidar su calidad de
extranjeros, aunque no se sabía en realidad de dónde eran, pues las
gentes diferían al hablar de su origen.
En esta situación, cuando los Colones, guiados por Roldán, despeñaban ó
ahorcaban á los españoles enemigos suyos, y otros de la misma clase
huían viendo abortada su conspiración, Cuevas, que estaba entonces en
Santo Domingo, vió anclar en la desembocadura del Ozama dos carabelas,
procedentes de España.
Venía en una de ellas, como enviado de los reyes, don Francisco de
Bobadilla, comendador de una de las órdenes militares y funcionario
importante de la casa real.
En los últimos tiempos la impopularidad de Colón y su familia había
tomado en España tales proporciones, que los reyes consideraban
necesario enviar un funcionario de su corte á la isla Española, con
plenos poderes, para averiguar lo ocurrido é impedir la continuación de
los abusos. Todo buque que regresaba de las nuevas tierras sólo traía
enfermos y desesperados, con la cara «color de oro», como se decía
irónicamente aludiendo á su enfermiza amarillez. Gritaban contra Colón y
los de su familia, contando las medidas arbitrarias y violentas que
habían tomado contra los españoles, más propias de un buque que de una
colonia.
Hasta los mayores amigos del Almirante empezaban á reconocer que éste
era de excelentes condiciones para el mar, pero no debía descender del
alcázar de su buque, pues en tierra resultaba el más inoportuno y
desorientado de los gobernantes. Su condición de extranjero servía
igualmente para que supusieran en él deseos de proclamarse soberano
independiente ó de vender á otra nación unas tierras que tanta sangre y
dinero costaban á España.
Un día, estando los reyes en Granada, viéronse rodeados al salir de la
Alhambra de muchos hombres que acababan de llegar de las Indias, todos
enfermos y quejumbrosos, profiriendo denuestos contra el Almirante. Los
dos hijos de Colón, Diego y Fernando, que por ser pajes de los reyes
estaban presentes, tuvieron que ocultarse, tales eran los gritos y
amenazas de estas gentes llegadas de los dominios de su padre. Apodaban
á los dos muchachos «los mosquitillos», por ser hijos del hombre que
había chupado su sangre como un insecto insaciable, según ellos decían
en sus pintorescas y desesperadas expresiones.
Venía Bobadilla predispuesto contra los Colones, y su llegada á Santo
Domingo no pudo resultar más fatal para éstos. Al entrar en el río las
carabelas del comendador, vió éste en cada orilla una horca con dos
españoles recientemente ejecutados. Siete más habían sido ahorcados
aquella misma semana, y otros, en número mayor, aguardaban sumidos en un
pozo que el Almirante ó el Adelantado decretasen su última hora.
Al enterarse de la llegada de este enviado real, todos los enemigos de
los Colones cobraron ánimos, mostrándose agresivos. Muchos partidarios
del Almirante declararon ahora á gritos que nunca habían creído en él.
Otros, incapaces de imitar tal felonía, se preparaban á huir.
Colón estaba ausente, velando por la tranquilidad de la Vega Real
después de la ejecución de Mujica. Su hermano don Bartolomé andaba por
Jaragua con Roldán ahorcando españoles. Para mayor desgracia de don
Cristóbal, había quedado de gobernador en Santo Domingo el clerical don
Diego, quien con una torpeza propia de su menguado entendimiento intentó
no reconocer á Bobadilla, poniendo reparos á los documentos de los reyes
que presentaba acreditando su misión. Hasta intentó resistirse con las
armas, haciendo un llamamiento secreto á los protegidos de su hermano
para atacar todos juntos á Bobadilla.
Cuevas fué de los solicitados por él, pero todos se mostraban flojos y
cohibidos por el entusiástico movimiento de opinión que había despertado
Bobadilla con su presencia. Miguel Díaz, esposo de la cacica Catalina,
que era gobernador de la fortaleza, se negó á entregar ésta al enviado
de los reyes, mas no encontró quien se pusiera á sus órdenes para
defenderla. Y el comendador, al frente del vecindario de Santo Domingo,
penetró sin resistencia en la fortaleza, poniendo en libertad á los
presos que esperaban el momento de ser ahorcados.
Volvió Colón lentamente á Santo Domingo, lo mismo que años antes al
llegar Juan Aguado, el otro emisario de los reyes. Circulaba por la
ciudad la noticia de que había pedido el Almirante á los caciques de la
Vega Real que armasen á su gente y le ayudasen para expulsar á
Bobadilla, rebelándose de este modo contra las órdenes de los reyes.
A medida que los Colones tardaban á someterse montaba en cólera
Bobadilla, extremando sus procedimientos dictatoriales. Durante los dos
años que estuvo luego gobernando á Santo Domingo, pudo apreciar Cuevas
el carácter de este personaje. Era hombre de honradas costumbres,
propenso á equivocarse por la violencia de su temperamento, pero incapaz
de dejarse sobornar, íntegro en sus resoluciones y poco apegado al
dinero. Su carácter altivo no permitía que nadie pusiera en duda la
autoridad ejercida por él.
Al ignaro don Diego Colón, que intentó acogerlo con desprecio, le puso
grillos en los pies, primera medida que se empleaba entonces con todo
preso, fuese quien fuese, para tenerlo más seguro. Aherrojar á un
detenido era la primera disposición de los jueces, y bastaba ser llevado
en Europa á una cárcel, aunque sólo fuera por pocos días, para sentir
inmediatamente en manos y pies las argollas de hierro.
Cuando al fin se presentó Colón en la ciudad, Bobadilla dió orden
también de que le pusieran cadenas y lo llevasen á una carabela, y lo
mismo hizo, pasados algunos días, con su hermano don Bartolomé,
instalándolo en otro buque.
Nadie protestó de estas resoluciones del nuevo gobernador. El pueblo las
aplaudía. Los vecinos de más importancia, que por haber navegado con
don Cristóbal estaban acostumbrados á reverenciar su persona, vieron
todo esto con un sentimiento de compasión, pero silenciosamente. Uno que
había sido cocinero del Almirante le remachó los hierros de los pies con
verdadera alegría.
Dentro de las carabelas se vió tratado Colón con respeto. Al partir los
buques, la muchedumbre aglomerada en la orilla del río le despidió con
insultos y maldiciones, expresando su deseo de no verle más.
Andrés Martín, capitán de la carabela que le llevaba, apenas salida ésta
al mar intentó quitarle los hierros de los pies, pero Colón, extremado
en sus resoluciones, quiso guardar los grillos, viendo en ellos una
prueba material de la ingratitud de los reyes con él.
Cuevas había sabido después que, á pesar de tal jactancia, se presentaba
á la reina Isabel humilde como un reo que pide indulto, y no con la
altivez del que se considera víctima de una injusticia. Muchas
acusaciones de sus enemigos eran apasionadas y falsas, pero le era
imposible explicar sus violencias como gobernante, sus crueldades en el
reparto de víveres, y sobre todo por qué razón él y sus hermanos
guardaban tanto tiempo almacenado el oro de las minas, sin dar su parte
á los que trabajaban en ellas.
Los reyes le perdonaban públicamente, diciendo que «más bien querían
verle enmendado que castigado», y para que se justificase y recobrara su
prestigio, le costeaban un cuarto y último viaje en busca del Imperio
del Gran Kan, pues se mostraba ahora más seguro que nunca de encontrar
el estrecho del Quersoneso Áureo, llegando hasta las bocas del Ganges.
El gobierno de Bobadilla era para Cuevas un período de recuerdo poco
grato. Veíase alejado de las minas del rey Salomón. Ya no le protegían
los Colones, si es que merecía tal nombre el leve apoyo que le
dispensaba el Adelantado. Su juventud, su carácter prudente y los buenos
consejos de Lucero, que le mantenían alejado de las contiendas de la
colonia, fueron librándole de las persecuciones sufridas por otros
amigos fieles del Almirante.
Se limitó á vivir en su casa de Santo Domingo del producto de sus
tierras. Estaba seguro de que Colón y sus hermanos no volverían más á la
colonia.
Pensaba con frecuencia en don Alonso, su amigable protector y el más
admirado de sus señores. Esperaba algunas veces verle llegar á la isla.
En otras ocasiones dudaba de ello.
Llegaban hasta Santo Domingo los ecos de viajes emprendidos por nuevos
descubridores. Tal vez Ojeda navegaba en aquel momento por tierras
lejanas, realizando fabulosas ganancias. ¡Y él, hombre de espada, se
veía trabajando como labriego en las afueras de una ciudad naciente!...
Bobadilla, que sólo gobernaba con título provisional, se vió reemplazado
por otro gobernador en propiedad, don Nicolás de Ovando, personaje
importante que llegó á Santo Domingo con la flota mayor que hasta
entonces se había visto en aquellos mares.
Se componía de treinta navíos que llevaban más de mil quinientas
personas. Muchos de los pasajeros eran caballeros principales y traían
con ellos á sus familias. Por primera vez desembarcaban en la colonia
mujeres casadas, con autorización pública del gobierno. Iba á empezar la
verdadera vida de la pequeña ciudad, que hasta entonces había sido á
modo de un campamento.
Ovando, semejante á Bobadilla y á muchos hombres de su época, era noble
de carácter, pero orgulloso y altivo en sus resoluciones, mostrando una
generosidad caballeresca con los de raza blanca y tratando como seres
inferiores é irracionales á los indígenas.
Los abusos y crueldades de los españoles acababan por impulsar á la
guerra á los naturales del país que aún eran capaces de oponer
resistencia. Para prevenir la sublevación invitaba Ovando traidoramente
á una fiesta en el campo á los principales caciques, y los exterminaba á
todos.
Anacaona, acusada de haber intervenido en los preparativos de una
sublevación general, era cargada de cadenas y conducida á Santo Domingo.
El gobernador la condenaba finalmente á morir en la horca, y los
habitantes de la ciudad acudían en masa á presenciar el suplicio de la
reina Flor de Oro.
Todos los llegados con Ovando, que eran ahora la mayoría del vecindario,
sólo sabían de la fiereza de Caonabo y la hermosura de Anacaona por los
relatos de los colonos antiguos. Fernando era de los pocos que conocía
á la famosa reina.
Lucero no la había visto nunca, y con femenil curiosidad quiso
presenciar sus últimos momentos. Una ejecución equivalía en aquellos
tiempos á una fiesta pública, aun en las naciones más civilizadas.
Fernando tuvo que acompañarla, evocando en su memoria la escena de
aquella tarde, con su voluptuosa tentación y su valeroso sacrificio, que
Lucero no conocería nunca.
Vió pasar á la soberana india con las manos esposadas como Caonabo, casi
desnuda, sin guirnaldas de flores, llevando un simple delantal de
algodón arrollado á sus caderas. Parecía joven á pesar de los años
transcurridos, con una juventud incesantemente renovada, sin inviernos,
sin hojas secas, como los jardines eternamente primaverales del trópico.
Iba á la muerte sin la serenidad estoica de los de su raza, mas no por
eso con miedo. Avanzaba ligeramente, con pie seguro, sin deseo de
prolongar su existencia algunos instantes más... pero no ocultaba su
tristeza. Sus ojos de animal dulce tenían el brillo cristalino de las
lágrimas.
¡Morir ella, que amaba tanto las cosas hermosas de la vida!... ¡Y morir
por voluntad de aquellos hombres blancos á los que había admirado
siempre!...
Tal vez pensaba, frente á la horca, en aquel joven señor de los
centauros, vestido de luz, cuyo pecho brillaba como los ríos y los lagos
á las horas de sol. De estar él presente, no la habría dejado morir.
Y no podía imaginarse que el héroe luminoso como un astro estaba á pocos
pasos de ella, perdido en la muchedumbre que presenciaba su muerte.
Su aspecto era ahora distinto; algo avejentado por la amargura de las
decepciones, sin su arrogancia de «jefe blanco».
Minutos después, Cuevas la vió en alto, por encima de las cabezas del
populacho, con la mandíbula inferior clavada en el pecho, la luenga
cabellera caída sobre el rostro, balanceándose al final de una soga que
la unía al extremo de un madero saliente cruzado sobre otro madero
vertical.
¡Pobre reina Flor de Oro!