De qué modo el «Pequeño jefe blanco» llegó á apoderarse del «Señor
de la casa dorada», admirándole el salvaje por su osadía y su
astucia.
Volvió el Almirante á Isabela después de varios meses de ausencia,
cuando muchos le creían ya muerto en el mar. Su hermano Bartolomé, al
que no había visto desde mucho antes de su primer viaje, ó sea cuando se
separaron en Portugal, le esperaba en la nueva ciudad.
Este hermano, de carácter enérgico, cuerpo vigoroso y muy dado á imponer
su autoridad, le iba á ser más útil que el devoto y poco inteligente don
Diego. En su fondo, Cristóbal y Bartolomé eran semejantes, pero el
primero sabía disimular la brusquedad y egoísmo de su verdadero carácter
con una dulzura estudiada, mientras el otro sólo podía expresarse
secamente y con arrogancia.
Al saber Ojeda la vuelta del Almirante, dejó el fuerte de Santo Tomás
confiado á uno de sus tenientes, y acompañado de Cuevas y su mujer
volvió á Isabela.
Ocuparon otra vez su antigua casa Fernando y Lucero, y un nuevo amigo
los visitó con frecuencia. Era el señor Juan de la Cosa, el célebre
piloto, que por tener su familia en España, como la mayor parte de los
navegantes, buscaba el trato de este matrimonio joven, comiendo muchas
veces en su vivienda.
Las provisiones venidas de España eran cada vez más escasas y malas;
pero Lucero, con su ágil adaptación al ambiente, había aprendido de
algunas mujeres indias el modo de preparar los alimentos del país.
Ella y Cuevas estaban habituados al pan de cazabe y al maíz tostado.
Eran también los primeros de la colonia que habían comido iguana,
lagarto que causaba horror á los españoles y se veía muy buscado y
apreciado por los indígenas ricos. Algunos pequeños cuadrúpedos de la
escasa fauna del país eran también utilizados al modo indígena por
Lucero y una vieja india que la ayudaba á guisotear.
Juan de la Cosa, en su calidad de primer piloto, conseguía traer del
depósito de víveres algún botellón de madera lleno de vino, lo más
buscado y precioso de la colonia. Y al final de estas comidas al aire
libre, en un terreno á espaldas del bohío, que servía de corral,
relataba los incidentes de su última navegación con el Almirante.
Sólo habían hecho un descubrimiento, el de una isla que más adelante fué
llamada Jamaica.
--Hemos pasado la mayor parte de la navegación--dijo--explorando las
costas de Cuba por el Sur, y el Almirante se muestra convencido, cada
vez más, de que es tierra firme, una punta avanzada de Asia, en cuyo
arranque espera encontrar el estrecho del Quersoneso Áureo[A]. Hasta
promete, si es que encuentra dicho estrecho al final de Cuba, seguir
adelante, dando la vuelta á la tierra, y los reyes de España tendrán la
sorpresa de verlo llegar por Oriente, luego de haber dado la vuelta al
Africa.
Iba preguntando con ansiedad á todos los indígenas de Cuba, valiéndose
de su intérprete, si tenían noticias del Gran Kan. Unos no lo entendían;
otros, con el deseo que muestra el indio de saberlo todo, pero
colocándolo siempre á gran distancia, señalaban al Occidente, hablando
de hombres que iban vestidos con largas túnicas blancas y tenían barcos.
(Se referían sin duda á los indígenas del Yucatán y de Méjico, que
conocían de fama.)
Todo esto mantenía á Colón en la quimera de que se iba aproximando á las
grandes ciudades asiáticas gobernadas por el «rey de los reyes».
Empezaban á hablar los indígenas de un rico distrito del interior
llamado Mangon, y este nombre llenaba de gozo al Almirante. Era
indudablemente Mangui, la provincia más rica de los reinos del Gran Kan.
Sus quimeras llegaban á obsesionar á sus propios marineros. Uno de éstos
volvía despavorido á las naves, dando gritos, después de una exploración
por la selva cubana. En lo más tupido de la arboleda había visto una
procesión de hombres vestidos de blanco hasta los pies, á modo de
frailes.
Ver hombres vestidos equivalía á encontrarse con apariciones fantásticas
en este mundo de gentes desnudas. En vano exploraba el Almirante la
selva tropical, esperando toparse con un grupo de enviados del poderoso
monarca asiático. Juan de la Cosa tenía la sospecha de que el crédulo
marinero, engañado por la luz difusa y el ambiente misterioso de la
selva, había tomado por frailes blancos á una especie de grullas enormes
que caminaban entre la arboleda buscando alimento.
--Nuestros tres pequeños buques--continuaba el piloto--estaban fatigados
y hacían agua. Era prudente regresar á la Española. Pero antes de volver
atrás creyó necesaria el Almirante una declaración solemne de todos
nosotros, para exhibirla luego, cuando regrese á España, combatiendo de
este modo la opinión de los navegantes y hombres de estudio que
empezaban á poner en duda su descubrimiento del Asia oriental, y hacen
la temeraria suposición de que lo encontrado por él era un mundo
enteramente nuevo.
A partir de aquí, Juan de la Cosa continuaba su relato con cierta
ironía.
Llevaba navegadas trescientas treinta y cinco leguas á lo largo de Cuba,
y le parecía imposible al Almirante que tan enorme longitud fuese de una
isla.
--Envió á los tres buques al escribano de la flota, acompañado de cuatro
testigos, para que preguntase á cuantas personas había en ellos, desde
capitanes hasta grumetes y pajes, si tenían alguna duda de que la
tierra de Cuba es continente y no isla, y que en ella empiezan las
verdaderas Indias, llegándose por sus costas á países de gentes
civilizadas, ó sea á los dominios del Gran Kan... Y todos, hasta los
pajes de escoba, hemos declarado solemnemente que Cuba no es isla y que
pertenece al Asia.
Juan de la Cosa, al decir esto, sonreía ligeramente. Cinco años después,
cuando trazó cerca de Cádiz su célebre mapa--el primero de la futura
América--, hacía figurar á Cuba como isla, mientras Colón y sus
allegados seguían creyéndola una punta oriental de Asia.
--El escribano--continuó--hizo firmar á todos los de la armada,
declarando al pie del documento que todo el que se desdiga luego,
afirmando que Cuba es isla, pagará una multa de diez mil maravedises si
es capitán ó piloto, y caso de ser marinero, grumete ó paje, recibirá
cien azotes y se le pasará un hierro ardiendo á través de la lengua.
Eran las penas corrientes entonces para los perjuros.
Lo que no sabía Juan de la Cosa era que si un grumete hubiese subido á
las gavias en el momento que el escribano iba de buque en buque pidiendo
tal declaración, habría visto el extremo occidental de Cuba, y más allá
el mar libre. Precisamente el Almirante exigía dicho testimonio cuando
le faltaban menos de un par de días de navegación para dar vuelta á la
punta terminal de la isla. Y había de vivir luego convencido hasta el
momento de su muerte de que Cuba era principio y fin del continente
asiático.
Describía Juan de la Cosa la hermosura de un enjambre de pequeñas islas,
á las que había dado Colón el nombre de Jardín de la Reina.
--Yo pedí al Almirante que continuásemos navegando, siempre al
Occidente, hasta dar con algún puerto rico y famoso de los muchos que
debe tener el Imperio del Gran Kan, pero de pronto don Cristóbal
sintióse acometido de una enfermedad que le privó de la memoria y la
vista, sumiéndolo en profundo letargo, semejante á la muerte.
El célebre piloto había tomado entonces el mando de la flotilla,
volviendo á Isabela, donde bajaron de su buque á Colón tendido en una
camilla, absolutamente insensible. Y cuando al fin había abierto los
ojos y recobrado el conocimiento, lo primero que vió junto á su lecho
fué la cara de su hermano Bartolomé. Las relativas comodidades de su
casa de piedra y el trato con este hermano, que parecía infundirle una
parte de su carácter áspero y enérgico, fueron devolviéndole su perdido
vigor.
La resistencia de Caonabo era lo que más le preocupaba. Guanacarí había
venido á ver á Colón, no obstante su inexplicable huída, para hacerle
saber que los otros caciques lo hostilizaban porque no entraba en su
confederación contra los blancos. En realidad, no quería comprometerse
con unos ni con otros, hasta ver quién vencía.
Consideraba necesario el Almirante apoderarse de Caonabo, medio seguro
de restablecer la paz en la isla, pero reconocía al mismo tiempo lo
quimérico de tal empresa. Reinaba en la parte central y montañosa de la
isla, sobre regiones de difícil acceso á causa de sus fragosos caminos,
ríos anchísimos é intrincadas selvas. Combatir á este caudillo astuto en
su propio país, donde podía armar continuas celadas, era de éxito
incierto y equivalía á buscar la derrota. Y el Almirante, retrasado en
su convalecencia por esta preocupación tenaz, hablaba continuamente de
Caonabo á sus íntimos.
Alonso de Ojeda, que ahora vivía en una casa inmediata á la de Colón y
visitaba á éste con frecuencia, mostrábase igualmente preocupado por el
belicoso cacique. Mas en él las dudas eran siempre cortas, pasando
inmediatamente del pensamiento á la acción.
Un día lo vió Cuevas á la puerta de su vivienda, hablando con cierto
misterio á Juan de la Cosa, del que se había hecho gran amigo. El
navegante de carácter reposado, poco hablador y lento en sus acciones,
admiraba con un afecto casi paternal á este héroe impetuoso, para el
cual no tenía sentido alguno la palabra «imposible» é ignoraba
completamente el miedo á la muerte.
A pesar de su parquedad verbal, no pudo contener el piloto varias
exclamaciones de asombro mientras escuchaba al audaz hidalgo. Luego don
Alonso dió una orden á Cuevas.
--Prepara el caballo y las armas para mañana. Vamos unos cuantos amigos
á hacer una visita á Caonabo.
Como Fernando era el compañero que le inspiraba mayor confianza, le
expuso su plan. Acababa de prometer al Almirante traerle al «Señor de la
casa dorada» vivo ó muerto. No sabía aún cómo podría conseguirlo, pero
había invocado, según costumbre, la protección de su dama la Virgen, y
ella arreglaría las cosas en el último instante de modo que saliera con
bien de su atrevida empresa.
--Lo primero es ir á las tierras de Caonabo, buscarlo en su misma casa.
Luego la Virgen dirá.
Al día siguiente salió el pelotón de jinetes hacia el centro de la isla.
Eran diez, jóvenes y vigorosos, con casco, armadura y fuertes lanzas.
No había olvidado Ojeda á su Virgen, y la llevaba colgando del arzón de
su silla de montar, considerándola la mejor de sus armas. Ella le
infundiría valor ó astucia, según fuese oportuno. Marcharon sesenta
leguas á través de bosques y bejucales, hasta llegar á una gran
población de bohíos donde residía Caonabo.
Los había dejado llegar hasta allí el belicoso cacique, convencido de
que tan escaso número de enemigos no podían venir en son de guerra. El
Caballero de la Virgen puso á última hora sobre su casco un vistoso
penacho y encima de su armadura una sobrevesta bordada de oro para
presentarse al cacique.
Seguido de Cuevas y dos compañeros más, avanzó hacia un sombrajo de
hojas de palmera, donde le esperaba sentado el jefe indio, tratándolo
con grandes muestras de respeto, cual si hablase á un soberano de
Europa. Valiéndose de un indígena que sabía algunas palabras de español
por haber estado en tratos con la guarnición de Santo Tomás y usando
también las breves frases de la lengua del país que había aprendido,
dijo á Caonabo que venía en amistosa embajada de parte del Almirante,
que era el _Guamiquina_ ó jefe de todos los blancos, y le traía un
regalo de incomparable valor.
Mientras tanto, Cuevas observaba al famoso cacique sentado en una
especie de trono hecho de un tronco. Era de gran estatura y con los
miembros atléticos. Llevaba pecho, brazos y piernas pintarrajeados con
dibujos de varios colores, el pelo largo, atado sobre el cogote en forma
de cola de caballo, y numerosas ristras de dientes y piedras de colores
sobre los anchos y robustos pectorales. Sus ojos oblicuos, de astuta
mirada, fingían no ver al embajador, por ser esta su costumbre. De
pronto, olvidando todo disimulo, volvía sus pupilas hacia Ojeda con
irresistible interés.
Lo había visto en los combates, alrededor del fuerte de Santo Tomás, y
admiraba sus proezas guerreras. Sentía asombro ante la destreza y
agilidad de este blanco, cualidades preciosas para un hombre como él, y
lo creía además protegido por misteriosos y omnipotentes espíritus.
Habló el cacique, manifestando á su modo, con una caballerosidad de
guerrero primitivo, que Ojeda y los suyos recibirían una cordial
hospitalidad, pudiendo vivir seguros mientras estuviesen en sus
dominios. Y los alojó á todos en uno de los bohíos principales que se
alzaban alrededor de una pradera.
Cuevas y don Alonso, desde su rústico alojamiento, seguían el ir y venir
de los personajes cobrizos que formaban la corte de Caonabo. Tres de
éstos eran hermanos del cacique, guerreros tan membrudos y fuertes como
él. Veían igualmente las deambulaciones de numerosas mujeres entre los
rústicos edificios ocupados por el cacique y su séquito. Las que eran
esposas ó concubinas distinguíanse por sus plumajes y collares, así como
por las pinturas que adornaban las redondeces de su cuerpo. Otras, menos
jóvenes y compuestas, acarreaban leña y agua ó encendían fuego,
preparando la comida.
--¿Dónde estará la hermosa Anacaona?--dijo don Alonso.
A él y á Fernando les interesaba la esposa principal de Caonabo, famosa
en toda la isla por su belleza, la dulzura y elegancia de sus gustos y
su talento natural para la música y los versos. El encanto de su persona
parecía crecer, por obra del contraste, viviendo al lado del guerrero
más bárbaro del país. Pero en todo aquel día y en los siguientes los
cristianos no vieron rastro alguno de la que ellos llamaban la «reina
india», llegando á sospechar que tal vez estaba por algún tiempo en los
dominios de su hermano, el cacique Behechio.
A la mañana siguiente, luego de haber descansado de un viaje de tres
días, habló Ojeda otra vez con este enemigo que tanto le admiraba,
empleando su influjo para persuadirlo de que debía hacer un viaje con
él á la ciudad de Isabela.
--Dile á Caonabo--ordenó al indio que le servía de traductor--que le
conviene hacerse amigo de los españoles. Dile también que si viene
conmigo, nuestro _Guamiquina_ le regalará la campana de la iglesia de
Isabela. Yo prometo que así será.
Sabía Ojeda la inmensa admiración que todos sentían en la isla por dicha
campana. Los indios realizaban viajes de días y días, desde los extremos
más lejanos de la isla, para escuchar, ocultos en los bosques, los
repiques y volteos de este vaso de metal. Y como á continuación de tales
campaneos veían á los españoles dirigirse á la iglesia, tenían la
certeza de que la campana hablaba y los blancos obedecían sus palabras.
Todo lo que en opinión de los indígenas era venido del cielo recibía el
nombre de _turey_, y la campana, por ser algo sobrenatural, era llamada
así, lo mismo que los hombres blancos.
--_Turey_, campana--decía Ojeda á Caonabo con sonrisa invitadora,
uniendo á sus palabras expresivos gestos--. Si vienes conmigo,
_Guamiquina_ te la dará.
Brillaban los ojos del caribe con una expresión de codicia y alegría.
Muchas veces había oído la campana durante sus correrías ocultas por
cerca de la ciudad de los blancos con la esperanza de sorprenderla, pero
nunca había llegado á verla. Y al enterarse de que este héroe pequeño de
cuerpo é invencible ofrecía regalársela como signo de paz, aceptó la
proposición con grandes muestras de regocijo. El intérprete, al traducir
su respuesta, causó no menos gozo á Ojeda, aunque éste procuró
disimularlo.
--El «Señor de la casa dorada» dice que mañana, al salir el sol,
partiréis juntos para visitar á tu _Guamiquina_ en su ciudad á orillas
del mar.
Al apuntar el día siguiente, Ojeda y sus nueve compañeros montaron á
caballo para escoltar al cacique y su cortejo. Poco después, vieron con
asombro formarse frente á ellos varios miles de hombres como si fuesen á
emprender una expedición guerrera, todos con arcos, flechas y espadas de
palo duro.
Preguntó Ojeda inquieto, valiéndose del intérprete, por qué Caonabo
llevaba tan gran ejército en una visita amistosa, á lo que contestó el
cacique con cierto aire altanero, repitiendo sus palabras el traductor.
--Dice Caonabo que un príncipe tan grande como él no puede ir á parte
alguna con escasa comitiva.
Don Alonso disimuló su inquietud, hablando en voz muy queda á Fernando,
que estaba junto á él.
--La astucia es la principal arma de estas gentes. ¿Quién sabe si se
está riendo de nosotros y nos acompaña para sorprender mejor á Isabela,
apoderándose del Almirante y todos los nuestros?...
Ya no podía retroceder ni retirar su promesa. Era preciso seguir el
viaje. Una parte de los escuadrones indígenas habían emprendido ya la
marcha, sirviendo de avanzada al ejército de Caonabo. El cacique, con su
astucia india, hizo señas á los centauros de hierro para que marchasen
delante, temiendo que pudiesen acometer por la espalda á él y sus
principales guerreros.
--Vamos adelante--continuó diciendo don Alonso en voz baja--, y que mi
Virgen no nos abandone. Ella me dirá, antes de que se ponga el sol, lo
que conviene hacer.
Mientras caminaban á trote corto, para mantenerse al nivel de aquellos
miles de hombres que iban á pie, siguió manifestando el hidalgo en voz
baja sus dudas y sus inquietudes. Volvíase sobre la silla para que le
oyese mejor Cuevas, que iba detrás de él.
--Se lo llevo al Almirante... pero con todo un ejército. En vez de
suprimir el peligro, lo hago aún mayor. Estaba en el centro de la isla y
lo acompaño ahora á la ciudad... Don Cristóbal desea apoderarse de su
persona, pero sin recurrir á una guerra abierta... ¿Qué haré, mi
Virgen?... ¿Qué estratagema á lo indio podré emplear?...
Acamparon al anochecer cerca del gran río que atravesaba más abajo la
Vega Real, y á la mañana siguiente, antes de reanudar la marcha, fué
Ojeda á ver á Caonabo, llevándole un juego de esposas de acero, tan
perfectamente bruñidas que parecían de plata.
--Son _turey_--dijo--, _turey_ venido de un cielo que se llama Vizcaya.
Y Cuevas, que le seguía de cerca como siempre, tuvo que esforzarse para
sofocar su risa al oir que el hidalgo, en momentos tan críticos, se
permitía bromear aludiendo al hierro de Vizcaya de que estaban hechas
las esposas.
Luego, don Alonso siguió hablando por medio del intérprete, para
explicar que estas pulseras de metal brillante las usaban los monarcas
de España en las grandes ceremonias, y por eso las había traído con él
para regalarlas á tan poderoso cacique. De tal importancia eran estos
adornos celestiales, que los reyes nunca se los ponían sin purificarse
antes; y propuso á Caonabo que fuera á bañarse en el río, y al salir del
agua lo engalanaría con ellos, dejándolo luego montar en las ancas de su
caballo. Así podría volver del río con la misma pompa de un rey de
España, á sorprender y admirar á sus súbditos.
Se mostró entusiasmado el guerrero salvaje por el brillo de dichos
adornos. Su audacia y su orgullo sintiéronse halagados además por el
hecho de cabalgar en uno de aquellos animales que sus compatriotas tanto
respetaban y temían, y que ningún indígena había montado nunca. Sin
tomar precauciones acompañó á Ojeda y sus nueve jinetes hasta la orilla
del río, llevando con él únicamente los hombres más íntimos de su
cortejo. Nada podía temer de estos diez extranjeros estando rodeado de
todo un ejército.
Cuevas, al que había hablado Ojeda antes de amanecer, asistía trémulo de
inquietud al desarrollo de esta estratagema ideada por el atrevido
hidalgo. Le parecía imposible que tanta audacia pudiese tener buen
remate. Seguramente, antes de una hora, él, don Alonso y los demás
habrían sido hechos pedazos por la muchedumbre cobriza.
Después que el cacique terminó su baño en el río, el mismo Cuevas, que
se había desmontado, lo ayudó á subir, detrás de don Alonso, á
horcajadas sobre las ancas de su corcel.
--Ahora, las esposas--ordenó brevemente Ojeda.
Y Fernando colocó las dos anillas de brillante acero en las poderosas
muñecas del atleta indio, el cual recibió como un honor esta presión
metálica que inmovilizaba sus manos.
Terminada tal operación, salió Ojeda al galope por entre los hombres
cobrizos, que veían admirados á su reyezuelo con los resplandecientes
adornos de un monarca blanco y montado en una de aquellas temibles
bestias. Cuevas había vuelto á saltar sobre la silla y galopaba con los
otros ocho, formando á modo de una escolta detrás de Caonabo, grave y
altanero por tanto honor.
Gritaban los indios de entusiasmo al ver pasar á su jefe, y al mismo
tiempo se echaban atrás, amedrentados por el trote de los corceles y
evitando su roce. El pelotón ecuestre siguió dando vueltas, cada vez más
abiertas, como si estuviesen realizando un juego, viéndose admirado en
sus evoluciones por el asombro de varios miles de guerreros.
En una de tales evoluciones se metieron en el bosque inmediato, y cuando
los ocultaron bien los árboles, don Alonso dió un grito:
--¡A mí todos!... Fernandillo, las cuerdas.
Mientras unos jinetes amenazaban al sorprendido Caonabo con las puntas
de lanzas y espadas, dispuestos á matarlo si oponía resistencia, Cuevas,
el más ligero de todos, echó pie á tierra, con varias cuerdas que le
había dado por la mañana don Alonso. El temible indio no podía mover las
manos, sujetas por las esposas, y Cuevas le ató con prontitud las
piernas por debajo del vientre del caballo, echándole además otro lazo
por la cintura, que lo unió estrechamente al cuerpo de Ojeda.
Inmediatamente espoleó éste su corcel; los demás hicieron lo mismo, y
Fernando, al verse solo, se apresuró á volver á montar, siguiéndoles en
su carrera por una pista abierta en el bosque.
Estaba asombrado de la facilidad con que se había cumplido el audaz plan
de su jefe. Pero aún tenían que vencer el mayor obstáculo, un camino de
sesenta leguas, unas veces por desiertos, otras por llanuras demasiado
habitadas, atravesando grandes poblaciones indias. Caonabo no podía
escapar, ni el sorprendido ejército que dejaban á sus espaldas tenía
medios para alcanzarlos, pero iban á atravesar los territorios de otros
caciques que podían atacarles.
Recordó siempre Cuevas, como una de las aventuras más extraordinarias de
su existencia, la vuelta á Isabela, viaje largo y trabajoso en el que
tuvieron que sufrir durante una semana mucha hambre, muchas fatigas é
insomnios, vadeando numerosos ríos, evitando los senderos más fáciles
para no entrar en las poblaciones, atravesando éstas á todo galope con
la lanza por delante cuando era inevitable pasar por ellas, prefiriendo
siempre, en caso de duda, la marcha por las selvas ó entre rocas para no
ser advertidos.
Al fin entraba el osado hidalgo triunfante en Isabela, llevando á sus
espaldas, bien atado, como si fuese un cuerpo gemelo del suyo, al
temible caudillo indígena. Se mostró asombrado Colón de la hazaña del
Caballero de la Virgen, mirando con curioso interés á este enemigo que
se mantenía sereno é impávido, cual si no pudiesen impresionarle los
accidentes de su vida, buenos ó malos.
El héroe caribe se mostró orgulloso con el Almirante, rehuyendo toda
sumisión, contestando con desdeñoso silencio á sus amenazas por haber
matado á los españoles del fuerte de Navidad. Hasta se jactó finalmente
de la destrucción de dicho fuerte y el exterminio de su guarnición,
asegurando que lo mismo habría acabado por hacer en Isabela, de no
engañarle con tanta habilidad el «Pequeño jefe blanco».
No mostraba el menor rencor á Ojeda por la estratagema que había
empleado para cautivarlo. Lo ingenioso y audaz de tal hazaña parecía
aumentar su admiración, pues en las guerras de la isla las principales
operaciones eran siempre astucias bien preparadas y ejecutadas. El
hombre que había conseguido con sólo nueve compañeros arrancarlo de en
medio de todo un ejército, llevándoselo encadenado, era un héroe.
Como el Almirante temía que se pudiese fugar un cautivo de tal
importancia, lo alojó en un cuarto de su propia casa, con las manos
sujetas por las mismas esposas deslumbrantes que habían servido para
hacerle caer en el engaño. La casa no era espaciosa, y todos podían ver
desde la puerta al cacique prisionero, teniendo que pasar forzosamente
ante él cuantos deseaban visitar al Almirante.
Cuevas tenía el encargo de estar durante el día cerca del cautivo. En
ausencia del traductor Diego Colón, él podía servir de intérprete,
gracias á su caudal de palabras indígenas que iba aumentando lentamente.
Durante esta vigilancia se veía acompañado por hombres de la colonia
faltos de ocupación urgente, que gustaban de escuchar de boca de Cuevas
los detalles de la aprehensión del cacique, mientras el héroe cobrizo
permanecía en desdeñoso silencio, las manos aherrojadas, sentado en un
pedazo de tronco que le servía de escabel.
Algunas veces, al entrar ó salir el Almirante, pasaba ante el cuarto
donde estaba preso Caonabo. Todos los españoles se levantaban en señal
de reverencia, pues don Cristóbal tenía en mucho sus dignidades y
títulos, exigiendo un escrupuloso respeto. Al pasar él, debían todos
ponerse de pie, quitándose la gorra, y así lo hacían.
Caonabo, al ver al Almirante, seguía inmóvil, y si alguna vez fijaba sus
ojos en su persona, era con expresión de menosprecio.
Un día entró Ojeda, que venía á visitar á Colón. Como era pequeño de
cuerpo é iba vestido á la ligera, sin armas ni adornos, Fernando no lo
reconoció, continuando su plática con los otros españoles; pero atrajo
su atención inmediatamente el ver que Caonabo se levantaba, haciendo una
reverencia á su modo y sonriendo al recién llegado.
--El Almirante es nuestro _Guamiquina_--le dijo Cuevas--, es el gran
jefe de todos nosotros, y don Alonso tiene que obedecerle.
Entonces el silencioso Caonabo se dignó hablar, y lo hizo con tal
expresión de orgullo heroico, que todos acabaron por comprender sus
palabras.
Nunca se habría atrevido el Almirante á ir en persona á hacerlo
prisionero en sus propias tierras. Únicamente por el valor del
_Guamiquina_ pequeño, que tenía ahora delante, y que admiraba tanto, se
veía allí cautivo.
Era Ojeda, y no Colón, quien merecía su saludo.