Donde el Caballero de la Virgen descubre oro y lucha heroicamente con el
hambre
Una tarde, Alonso de Ojeda, que estaba alojado en la misma casa de
piedra ocupada por el Almirante, fué en busca de Fernando.
Don Cristóbal, todavía en cama, enfermo de fiebres y con el ánimo muy
decaído, había llamado á su joven capitán. Los buques de la flota tenían
ya echados en tierra sus cargamentos y debían volverse á España. Había
esperado el Almirante disponer de enormes cantidades de oro y especias,
acumuladas por la guarnición de la Navidad, y sólo encontró ruinas y
cadáveres. ¿Qué dirían en España los reyes y todos los que habían
acogido con júbilo la noticia de sus descubrimientos?...
--Es necesario--resolvió Colón--enviar allá algo. Estamos en Cipango y
deben existir en el interior de la isla populosas ciudades, en alguna
región más cultivada, allende las montañas elevadísimas que desde aquí
vemos. Todos los indios hablan de Cibao como lugar de oro, y el nombre
de Caonabo, que significa en nuestro romance «Señor de la casa dorada»,
demuestra la riqueza inmensa de sus Estados. Creo que sus minas no están
mas que á tres ó cuatro días de viaje, marchando hacia el interior. Id,
hijo, con algunos de vuestros hombres á explorar la tierra, antes de que
zarpen los buques, y si Dios quiere que se confirmen mis esperanzas, la
flota podrá llevar á España las nuevas de que hemos descubierto al fin
las montañas de oro de Cipango.
Y Ojeda venía á dar aviso á su protegido para que fuese de tal
expedición. Se despidió Cuevas de Lucero, asegurando que su ausencia
sólo duraría una semana. La joven estaba ya repuesta de su parto,
lánguida aún por el cansancio, pero al mismo tiempo animada por el
orgullo de su maternidad. Don Alonso había sido el padrino de su hijo,
dándole su propio nombre. Los señores más importantes de la nueva
colonia se preocupaban de ella y de su niño, por ser éste el primer
nacido en Isabela. El encargado de los víveres la hacía frecuentes
regalos. Las contadas mujerzuelas que habían seguido ocultamente á los
expedicionarios, conmovidas por una solidaridad de sexo, acudían á la
casa de la parturienta para servirla como criadas voluntarias. Luego
continuaban sus visitas, por la tolerancia bondadosa con que las acogía
Lucero, no obstante la desigualdad de sus respectivos estados sociales.
Esta vida incierta de aventuras en un mundo completamente nuevo borraba
las diferencias jerárquicas que habían subsistido hasta el momento de
desembarcar.
También Fernando notaba una transformación importante de su persona en
esta nueva existencia. Todos los jinetes mandados por Ojeda habían sido
en España jóvenes hidalgos, orgullosos de su linaje y de haber vencido á
los moros, mostrando cierta vanidad al hablar de sus parientes ricos ó
de los personajes nobles emparentados con sus familias.
En España hubiese sido Fernando Cuevas para ellos un mísero paje, hijo
de un escudero olvidado. En este mundo nuevo sentíase el joven
ensoberbecido por una tendencia igualitaria. Era hijo de un hombre de
armas que había muerto en la guerra, como los ascendientes de los otros;
no de un menestral de profesión villana, y sentíase tan hidalgo como los
demás. Únicamente la simpatía y la admiración le hacían respetar á Ojeda
como superior.
Partió á la mañana siguiente con su audaz capitán y seis de aquellos
nobles mancebos que eran ahora sus camaradas. Todos iban montados en
caballos andaluces, grandes, carnudos, de colas y crines largas, los
jaeces adornados con cascabeles, y este continuo tintineo, así como el
roce metálico de sus armaduras, daba á los ocho hombres y á sus corceles
un aspecto imponente para los indígenas. Iban á creerlos divinos
centauros, descendidos del cielo, bestias humanas, mezcla de animal y de
hombre, que unas veces se partían y otras avanzaban formando una sola
pieza.
Emprendía Ojeda alegremente esta exploración peligrosa y aventurada.
Desde muchos días antes sentíase agitado por un sentimiento agresivo de
rivalidad y celos, la molestia que siente todo hombre corajudo cuando
oye hablar con frecuencia de otro igualmente valeroso.
--Harto estoy--decía--de ese Caonabo, cacique de las montañas. Los
indios sólo hablan de él como si fuera á comérsenos. Hagamos una
algarada en sus tierras y á ver qué nos pasa.
Marcharon directamente hacia el interior, perdiendo de vista el mar. En
los dos primeros días las jornadas fueron penosas y lentas. Tuvieron que
atravesar tupidos bosques siguiendo los senderos casi borrosos que los
indios abrían con el roce de sus pies desnudos.
No encontraban á nadie. Los indígenas que osaban vivir cerca de la
colonia de los blancos huían al ver de lejos á estos hombres de hierro,
montados sobre unas bestias quiméricas que sonaban al trotar y conmovían
de vez en cuando el silencio de la arboleda con sus agudos relinchos.
En la tarde del segundo día llegaron al pie de una sierra elevada, y á
través de angostos desfiladeros alcanzaron la meseta, pasando en ella la
noche. Al salir el sol vieron á sus pies una extensa y hermosa llanura,
con grupos de árboles y abundantes pueblos, atravesada por el curso
serpenteante del río Yagui, el mismo que Colón había bautizado Río de
Oro al encontrar su desembocadura en Montecristi.
Al bajar á la planicie, penetrando en pueblos de enorme vecindario,
Ojeda y sus jinetes se vieron acogidos con una respetuosa y admirativa
hospitalidad, cual si fuesen dioses. Tuvieron que vadear muchas veces
el mismo río y otros que afluían á él, llegando á las montañas que
estaban enfrente, después de varios días de marcha por la llanura.
Ya estaban en las regiones doradas de Cibao. El temible Caonabo debía
hallarse ausente, en alguna expedición guerrera, pues no se presentó á
cortarles el paso.
Los habitantes del país iban desnudos como los otros y se hallaban en el
mismo estado de vida primitiva. En ninguna parte encontraron vestigios
de aquellas ciudades ricas y enormes que suponía Colón en el interior de
la isla. Ojeda no se desalentó al ver desmentidas de un modo tan
completo las suposiciones del Almirante.
--Ignoro si esto es Cipango ó no lo es--dijo á Cuevas--, pero oro lo hay
á manta.
La ilusión y la realidad se mezclaba ante sus ojos con deslumbrantes
espejismos. Veían relumbrar la tierra de las montañas á causa de las
partículas de oro. Los indios separaban con destreza estos pequeñísimos
granos para ofrecerlos á los temibles centauros. Otras veces las piedras
jaspeadas de metal sin ningún valor les parecían de puro oro, como le
había ocurrido al Almirante en el río inmediato á Montecristi.
De todos modos el oro verdadero resultaba abundante. Como los indios no
sentían por él gran aprecio, las corrientes acuáticas, al descender de
las montañas, habían ido depositándolo, durante siglos y siglos, en el
lecho de ríos y barrancos, y este puñado de centauros audaces eran los
primeros en explorar, aunque fuese al galope, tales yacimientos.
Encontró Ojeda en uno de los arroyos un pedazo de oro en bruto que
pesaba nueve onzas.
--Todo esto no son mas que barreduras del suelo--dijo el hidalgo,
entusiasmado--. Lo más importante está oculto en las grietas y entrañas
de la sierra, y lo iremos sacando cuando volvamos con más calma.
Como el Almirante le aguardaba impaciente para despachar los buques, y
las noticias que llevaba Ojeda eran muy gratas, se apresuró á volver á
Isabela con su gente.
Dispuesto Colón á creer las más exageradas magnificencias de aquella
tierra, se reanimó con los informes del joven capitán, tan imaginativo y
entusiasta como él. Todos los de la ciudad se enardecieron igualmente
con los relatos que iban haciendo de grupo en grupo Cuevas y los otros
jinetes.
La estación era propicia para la vuelta á España, y Colón se apresuró á
aprovecharla, quedándose sólo con cinco buques para el servicio de la
colonia y despachando los otros con rumbo á Cádiz.
Envió muestras del oro encontrado por Ojeda, así como de frutos y
plantas curiosas, y lo menguado y pobre del cargamento lo remedió con
largos escritos describiendo la hermosura de la isla y dando seguridades
de poder enviar en otro viaje buques llenos de oro y de especias. En
cambio, pedía con angustia que le remitieran cuanto antes nuevos
cargamentos de víveres.
Existían en Isabela más de mil personas no acostumbradas aún á los
manjares indios, y empezaban á escasear los alimentos procedentes de
Europa. Una gran cantidad de vino se había perdido durante el viaje por
no estar los toneles bien preparados para las altas temperaturas del
trópico. Necesitaban alimentos, medicinas, ropas, armas, y también mayor
cantidad de caballos. Y como por el momento no podía enviar Colón mucho
oro con que adquirir lo que necesitaba la colonia, propuso en su carta á
los reyes que le autorizasen para cazar indios caníbales y llevarlos á
España, donde serían vendidos como esclavos, bautizándolos antes. De
esta manera, el Tesoro real recibiría enormes ingresos, los isleños se
verían libres de sus terribles vecinos los caribes, y adquiriría la
religión grandes multitudes de adeptos, salvando sus almas á la fuerza.
La partida de la flota para España produjo en Isabela tristeza y
desaliento. Centenares de seres vieron alejarse la mayor parte de los
buques con rumbo á España, mientras ellos se quedaban en una tierra
hermosa, pero inclemente, roídos por las enfermedades, sometidos á
ración, como en una nave falta de víveres, teniendo que trabajar en
labores que los más de ellos no habían hecho nunca, improvisándose
albañiles ó labriegos, cuando habían venido como hombres de espada, con
la esperanza de conquistarse tal vez un pequeño reino.
Algunos habían vendido ó malbaratado las tierras que poseían en España
para venir á este nuevo viaje de los argonautas, creyendo asunto de
unas semanas nada más el hacerse rico en las tierras del Gran Kan... Y
empezaban á ver ante ellos un porvenir de miseria, en medio de
poblaciones desnudas y sobrias, acostumbradas á una vida sin
comodidades.
Se fué generalizando la duda sobre las afirmaciones del Almirante.
Volvían muchos á considerarlo un hablador imaginativo, como en los
tiempos que era apodado «el hombre de la capa raída». ¿Dónde estaban las
ricas ciudades de Asia, todas de mármol, con sus cortejos vestidos de
oro y sus filas de elefantes?... ¡Y pensar que muchos de ellos habían
buscado influencias en la corte para que los admitiesen en esta
expedición, y otros se ocultaron en los buques, arrostrando terribles
penalidades, para poder asistir al fabuloso reparto de riquezas que iba
á realizarse al otro lado del Océano!...
Colón se excusaba diciendo que bien había advertido en Sevilla y Cádiz,
antes de partir la flota, que la empresa no iba á ser tan cómoda como se
imaginaban las gentes, y el oro, aunque existía, costaba muchas fatigas
el adquirirlo. Esto era cierto; pero el temible imaginativo olvidaba que
meses antes, al volver de su primer viaje, había exaltado á todos con
exageradas descripciones de las inauditas riquezas que le esperaban
allá, y las muchedumbres se aferran siempre á las afirmaciones
optimistas del primer momento, olvidando las prudentes rectificaciones
llegadas después.
Cuevas empezó á darse cuenta de la animadversión creciente de los
españoles contra Colón. Él y Lucero mostraban un respeto admirativo por
el Almirante, reconociendo la exactitud de muchas de sus quejas. Pero al
mismo tiempo encontraban justas las lamentaciones de una muchedumbre
enferma, fatigada y sin ilusiones, afirmando, cada vez en tono más
fuerte, que el Almirante los había engañado.
Uno de los personajes más importantes de la colonia era Bernal Díaz de
Pisa, hombre bien visto en la corte, y que venía de contador en la
expedición. Había perdido su empleo en España creyendo de buena fe que
iba á manejar grandes riquezas en las tierras del Gran Kan, como los
tesoreros de los cuentos orientales, y su desilusión al encontrarse en
una isla salvaje se iba trocando en odio contra el Almirante.
Otro de los descontentos era un ensayador y purificador de metales
llamado Fermín Cado. También había venido con la esperanza de que iba á
examinar montañas enteras de oro, y al ver este metal solamente en
pequeñas cantidades traídas por los indios, y muchas veces de baja ley,
negaba públicamente que existiesen en la isla grandes yacimientos
auríferos.
Los descontentos formaron el plan de apoderarse de los cinco buques
anclados frente á Isabela é irse con ellos á España, llevando á los
reyes un memorial, escrito por Bernal Díaz de Pisa, en el que se
relataban todas las tristezas de la naciente colonia, exagerándolas para
que contrastasen más aún con las fantasías de Colón.
El miedo á los hombres de guerra adictos al Almirante, y la imprudencia
de los conjurados, hicieron abortar el plan. Colón metió preso á Díaz de
Pisa en uno de los buques, para enviarlo oportunamente á España, y
castigó á los demás comprometidos en una rebelión que tantas veces iba á
reproducirse durante su mando.
Como ya estaba restablecido de su enfermedad y necesitaba reanimar á su
gente, preparó una gran expedición á las montañas de Cibao. Durante su
ausencia le reemplazaría como gobernador su hermano Diego. Cuevas
apreciaba su carácter pacífico y suave, reconociendo al mismo tiempo la
imprudencia en muchas ocasiones de sus palabras, más sinceras que
oportunas. Era el menos inteligente de los Colones; iba vestido con
hábitos casi sacerdotales, y su ambición secreta era que su poderoso
hermano el Almirante consiguiese de los reyes que lo hicieran obispo.
La mayor parte de la población de Isabela marchó en esta expedición al
interior. Como Colón tenía el propósito de levantar una fortaleza cerca
de las minas, llevó con él á todos los artífices y trabajadores de la
ciudad. Sólo quedaron en ésta los hombres necesarios para guardar su
muralla de piedra.
Don Pedro Margarit, noble catalán que había ido en este segundo viaje
como jefe de las tropas, cabalgaba al lado del Almirante. Eran
cuatrocientos hombres los que formaban el grueso de la expedición,
ejército enorme en aquella tierra, dada la superioridad de sus armas.
Salieron de Isabela con las banderas desplegadas, al son de trompetas y
tambores, seguidos de una muchedumbre de indígenas que habían acudido á
presenciar este maravilloso espectáculo. En la vanguardia iba Ojeda con
todos sus jinetes.
Al llegar á la montaña, la aspereza del terreno trastornó el aspecto
bizarro de las tropas. Hubo que avanzar por estrechos desfiladeros que
impedían el paso á las cargas de municiones, víveres, herramientas y
armas. Ya no era la expedición á la ligera hecha por don Alonso y sus
compañeros. Éstos y otros que habían hecho la guerra á los moros en las
montañas de Granada se lanzaron animosamente á abrir un camino, el
primero del nuevo mundo, y Colón bautizó este paso con el título de
Puerto de los Hidalgos, para honrar á los caballeros que lo habían
hecho.
Al ver desde lo alto la hermosa llanura, la llamó Vega Real, y descendió
á sus numerosos pueblos, entrando en ellos con el mismo aparato bélico
que había salido de Isabela.
Nuevamente los indígenas volvieron á asombrarse viendo los caballos, que
eran en esta segunda irrupción más numerosos, no pudiendo contener sus
gritos cada vez que el fabuloso animal se partía, apeándose el jinete,
para volver á rehacerse en una sola pieza poco después.
Al pie de las montañas de Cibao tuvieron los españoles que enviar su
recua de mulas á Isabela, por haber consumido ya el pan y el vino. No
estaban acostumbrados aún á los alimentos de los indios, que después
fueron encontrando nutritivos y agradables.
Las montañas de Cibao eran yermas, de lúgubre aspecto, como ocurre casi
siempre en los países ricos en minas; los árboles pocos y débiles, y el
agua, muy abundante en algunos lugares, faltaba completamente en otros.
Pero los expedicionarios se consolaban encontrando abundantes granos de
oro. Los indios montañeses, viendo cómo los blancos apreciaban este
metal, se apresuraban á regalarles pequeños fragmentos que iban á buscar
en los lechos secos de los torrentes.
No quiso seguir Colón más adelante. Estaban á diez y ocho leguas de su
ciudad, y la comunicación era difícil, por tener que salvar dos cadenas
de montañas. Lo prudente era hacer un fuerte en el punto á que había
llegado, con guarnición que labrase las minas inmediatas y explorase el
resto de Cibao. Este fuerte fué construido de madera, sobre una colina
rodeada casi enteramente por un río, y con profundo foso en el lado no
resguardado por aquél.
Colón, acordándose de sus enemigos de Isabela, le dió festivamente el
nombre de Santo Tomás, porque dicho apóstol sólo podía creer lo que
viese y tocase. Ya habían visto sus gentes el oro de Cibao y lo tocaban
con sus manos.
Llegaban á bandadas los indígenas trayendo oro en polvo ó en pepitas
menudas, para darlo á cambio de un cascabel. Y como todos los cobrizos
eran naturalmente imaginativos y embelecadores, al verse escuchados con
tanta atención por estos seres de origen celeste, exageraban á porfía
sus informes, afirmando que á pocas jornadas de camino se hallaban
pedazos de oro grandes como naranjas, y otros añadían que como cabezas
de muchacho. Pero tales riquezas siempre estaban más lejos... ¡más
lejos!
Cuando Colón y su tropa volvieron á Isabela, semanas después,
encontraron á los habitantes más abatidos y enfermos que antes de su
partida. El calor y la humedad obraban prodigios en la fecundación de
los campos. A fines de Marzo, un labrador presentó ya al Almirante
espigas de trigo sembrado á fines de Enero. Prosperaban rápidamente la
caña de azúcar, traída de España, la viña y numerosas hortalizas. Pero
el sol abrasador y el suelo vaporoso desarrollaban las fiebres. Todos
estaban enfermos ó postrados. Las construcciones se paralizaban y los
cultivos quedaban interrumpidos. Los víveres traídos de España se
pudrían, y era necesario acortar las ya mermadas raciones.
Caballeros que no habían trabajado nunca é iban vestidos con lujosos
trajes tenían que suplir á los menestrales y agricultores enfermos.
Muchos de ellos no buscaban riquezas. Habían hecho el viaje á las
tierras del Gran Kan para realizar hazañas en países orientales, como
los paladines de las novelas caballerescas... ¡Y cuando soñaban con ser
héroes de epopeya, se veían convertidos en trabajadores manuales,
semejantes á los que habían considerado siempre en Europa como de un
rango inferior!...
Al mismo tiempo Colón deseaba continuar sus viajes marítimos. Se hallaba
cerca de Cuba, que era, según él, la punta avanzada de Asia. Lo mejor
para sacar á la colonia de su incierta situación era que él fuera
animosamente en busca del Gran Kan, navegando hacia Poniente. Tal vez
sólo le separaban unas cuantas singladuras de los grandes puertos de
Asia. Y dejando otra vez la ciudad bajo el gobierno de su hermano Diego,
se embarcó el 24 de Abril, llevando con él á Juan de la Cosa, el célebre
piloto, que le había seguido igualmente en este segundo viaje. Costeando
la península llamada Cuba daría indudablemente con el famoso Catay.
Para evitar las enfermedades de Isabela, asegurando al mismo tiempo su
dominio sobre la isla, ordenó que se esparciesen por el interior todas
las tropas. Alonso de Ojeda, con cincuenta hombres, debía guarnecer el
fuerte de Santo Tomás. El resto del ejército, mandado por don Pedro
Margarit, correría la provincia de Cibao y luego toda la Española. Y se
lanzó á navegar, dejando en Isabela á su hermano, que no obstante ser
extremadamente devoto, vivía en guerra abierta con el padre Boil.
Margarit, por su parte, consideró inútil el paseo militar por la isla,
prefiriendo instalarse en los pueblos de la dulce Vega Real, donde los
soldados empezaron á desmoralizarse, llevando una vida de
voluptuosidades y violencias. Hasta dejaron de formar un cuerpo compacto
y se dividieron en partidas, que corrían á su gusto el país en busca de
oro.
No podía consentir Margarit que don Diego Colón interviniese en todos
los asuntos, no obstante su reconocida impericia. En ausencia del
Almirante, él, por ser jefe de las tropas, se consideraba único
gobernador. El padre Boil, vicario apostólico, también se creía rebajado
por las intromisiones de este Colón, aprendiz de clérigo, y un día, él y
Margarit, con muchos descontentos, resolvieron volverse á España para
acusar al Almirante, demostrando á los reyes la falsedad de sus
descripciones y la poca valía de las tierras descubiertas, que nada
tenían que ver con el rico Imperio del Gran Kan.
Colón se había llevado tres carabelas: la _Niña_, que en este segundo
viaje había tomado el nombre de _Santa Clara_, y las llamadas _San Juan_
y la _Cordera_. Dejó en Isabela dos buques mayores, por ser demasiado
grandes para explorar costas y ríos, y de ellos se apoderaron los
conjurados, haciéndose á la vela para España. El primer general y el
primer nuncio apostólico en el nuevo mundo desertaban sin pensar en las
consecuencias.
Cuevas y Lucero no presenciaron las agitaciones y desórdenes que produjo
todo esto en Isabela. Estaban en el fuerte de Santo Tomás con don
Alonso, y durante un mes ignoraron lo ocurrido en la colonia.
Había accedido Ojeda á los ruegos de su protegido, que deseaba vivir
cerca de las minas. En Isabela nada tenía que hacer, y ahora que era
padre veía acrecentados sus anhelos de riqueza. Estando en Santo Tomás
exploraría las montañas de Cibao con la esperanza de adquirir mucho oro.
También Lucero, con Alonsico pegado á sus pechos, emprendió el viaje al
interior de la isla.
Esta tropa de Ojeda era la única que se mantenía disciplinada y
obediente á su jefe. Los soldados dispersos de Margarit habían esparcido
el terror con sus fechorías. Huían de ellos los indígenas cuando eran
numerosos, ó los atacaban al encontrarlos solos. Caonabo, el más temible
de los caciques de la isla, que hasta entonces se había mantenido en una
actitud defensiva, sin dejarse ver, creyó llegado el momento de
exterminar á los blancos, como había hecho con la guarnición de la
Navidad.
Ojeda seguía pensando en este enemigo, digno de medirse con él. Había
ido conociendo su historia en fuerza de preguntar á los indígenas más
importantes de las tierras sometidas.
Este aventurero caribe había venido á Haití en una expedición guerrera,
quedándose en la isla para siempre. De cuerpo atlético, irresistible en
la pelea y dotado de un instinto estratégico, se había abierto paso
inmediatamente, haciéndose proclamar reyezuelo de Cibao é inspirando
miedo á los cuatro caciques que gobernaban el resto de la isla. Sus
hombres eran los más belicosos, diferenciándose de los otros haitianos,
que amaban la paz y la vida dulce.
--Tiene muchas mujeres--dijo Ojeda á Cuevas--, lo mismo que Guanacarí y
los demás reyezuelos, pero su esposa principal, la verdadera reina, se
llama Anacaona, y dicen que es mujer hermosa, muy blanca para su raza y
de gran entendimiento. No quería casarse con este bárbaro de gustos tan
diferentes á los suyos. A ella le place la música, compone canciones de
esas que los indios llaman «aeritos»; sus gentes conocen por dónde ha
pasado á causa de los perfumes que deja su cuerpo, y dicen que no gusta
de guerras... Pero su hermano, el cacique Behechio, rey de otra parte de
esta isla, tuvo que darla como esposa á Caonabo para evitarse una
invasión de sus tierras.
Muchas veces, en la soledad de las montañas de Cibao, paseando siempre á
la vista del fuerte, olvidaba don Alonso las ambiciones que le habían
traído á estas tierras nuevas, para volver su pensamiento á España.
--¿Qué estará haciendo mi doña Isabel en estos momentos?--decía á
Cuevas.
Poco después agregaba, con una ironía amarga:
--Bien puede ser que me crea en un salón inmenso del palacio del Gran
Kan, vestido de oro y perlas, y se sienta celosa, imaginándose que el
«rey de los reyes» pretende casarme con una princesa de su familia...
¡Si ella viese la verdad!
Y volviendo su espalda al río y á la vasta pradera descubierta que se
extendía ante la fortaleza, miraba el desolado paisaje de las montañas
de Cibao.
Sus preocupaciones de hombre de guerra le hacían olvidar luego el país
lejano donde estaba doña Isabel. Le inspiraba inquietud ver cada vez más
escasos los indios que venían á hacer trueques con la guarnición.
--¡Ese Caonabo!--dijo una tarde á Cuevas--. No lo conozco, y lo veo
rondando en torno á nuestra fortaleza. Tal vez está detrás de esas
colinas esperando la noche. Va á caer sobre nosotros. Alguien me lo
avisa. Tal vez es la Virgen que tengo junto á mi cama y á la que me
encomiendo todas las noches. Acordémonos del pobre Arana y del fuerte de
Navidad. Necio es poner confianza en esta gente desnuda. Hasta los más
buenos, que vierten lágrimas á cada momento, cambian con facilidad de
opinión.
Y como si el supersticioso caballero estuviese verdaderamente avisado
por la pequeña imagen que llevaba á todas partes, aquella misma noche
cayó Caonabo sobre el fuerte.
Fué á modo de una inundación de carne cobriza, desnuda, pintarrajeada,
vociferante, que se extendió por toda la llanura inmediata al fuerte.
Había juntado el «Señor de la casa dorada» diez mil guerreros, armados
de mazas, flechas y lanzas de madera dura templada al fuego. Muchas de
estas gentes eran suyas, y el resto, de los demás reyezuelos de la isla,
á los que había coligado secretamente contra los blancos.
Habían marchado silenciosamente á través de las selvas, para caer en
plena noche sobre el fuerte de Santo Tomás, aislado en el interior de la
isla. Esperaba sorprender á su guarnición, creyéndola en completo
abandono, como los otros grupos de españoles que andaban dispersos; pero
tenía enfrente á un caudillo tan indomable como él, igualmente
despreciador de la muerte y más astuto.
Velaban los del fuerte, y al llegar la invasión de guerreros pintados y
empenachados cerca del río y el foso, surgieron de su torre de madera
los relámpagos de varios arcabuces y de un falconete, huyendo todos ante
estos truenos mortíferos.
Caonabo no podía intentar el asalto del fuerte con sus desnudos
guerreros estando advertida la guarnición. Imposible arrostrar las armas
de fuego, ni salvar bajo sus disparos el profundo foso. Se propuso tomar
la fortaleza por hambre, y desplegó su ejército en los bosques cercanos,
ocupando todos los desfiladeros para interceptar las provisiones que,
por afán de ganancia, llevaban al fuerte algunos indios.
Este asedio, que iba á durar treinta días, hizo desplegar á Ojeda toda
su actividad valerosa y su ingenio para burlar las artes del caudillo
caribe.
Fernando Cuevas sintió cierta flojedad de ánimo en los primeros días, al
pensar en Lucero y su pequeño hijo. Pero la animosa joven aceptaba, con
una adaptación propia de su raza, todos los episodios de esta vida de
aventuras, favorables ó adversos.
Muchas veces la vió Cuevas á su lado, en lo alto de la torre de madera,
vigilando la línea obscura de los bosques que ocultaban á los
sitiadores. Mientras dormía el pequeño Alonso en una habitación de
abajo, Lucero intentaba ejercitarse en el manejo de las armas de su
marido.
Reía Ojeda al escuchar cómo la joven manifestaba su voluntad de morir
matando, antes de caer en manos de aquella gente, si es que se perdía el
fuerte.
En realidad, vivía mejor que todos los defensores de Santo Tomás,
incluso el jefe. Una parte de las provisiones saladas, procedentes de la
colonia, que Ojeda iba repartiendo parcamente, era para ella, en
consideración á su calidad de madre dedicada á la lactancia.
Cuando estas provisiones empezaron á agotarse, Ojeda hizo frecuentes
salidas, combatiendo á campo raso. Cuevas, que iba siempre cerca de él,
empezó á creer que realmente era invulnerable, por obra de un poder
misterioso. Este hombre de pequeña estatura, desconocedor de la muerte,
atacaba siempre el primero, y valido de su asombrosa agilidad, combatía
contra numerosos guerreros á la vez, hiriendo ó matando sin descanso.
En algunas ocasiones eran tan terribles los golpes de clava que le
asestaban sus enemigos, que al pararlos con su escudo, la violencia del
choque le obligaba á doblar las rodillas. Pero impulsado por el resorte
de su indomable voluntad, volvía á erguirse inmediatamente, continuando
el ataque.
Casi todos los que tomaban parte en estas salidas tornaban heridos
aunque fuese de poca importancia. Alonso de Ojeda no traía nunca el
menor rasguño. Nadie lograba sacarle sangre.
Gracias á estas salidas conseguían víveres, arrebatando cuanto
encontraban en los bohíos cercanos ó en los techos de ramaje bajo los
cuales vivían los sitiadores. Caonabo, á pesar de su renombre de
guerrero invencible, procuraba no salir al paso de este héroe blanco,
cuya cabeza apenas llegaba á uno de sus hombros y que avanzaba ileso
entre espesas lluvias de flechas. Veía en él á un ser extraordinario
protegido por los espíritus.
Los más atrevidos guerreros de Caonabo fueron pereciendo en este asedio
de abundantes combates. Las fuerzas sitiadoras disminuían diariamente,
pues los indios, no acostumbrados á operaciones lentas de guerra, se
cansaban del asedio, dispersándose para volver á sus pueblos. Y al fin,
el «Señor de la casa dorada» se retiró igualmente, asombrado de las
hazañas del que él llamaba «Pequeño jefe blanco».
Cuevas aún admiró más á su protector después de las penalidades sufridas
durante el sitio.
Un indio pacífico, con la esperanza de que le regalasen alguno de los
objetos maravillosos traídos por los blancos (cascabel, pedazo de espejo
ó gorro colorado), llegó un día arrastrándose hasta el fuerte, pidiendo
ver á su jefe.
Traía dos palomas silvestres para que las comiese el valeroso «hijo del
cielo». Ojeda quiso regalarlas á la esposa de Cuevas. Esta comida fresca
reanimaría á la madre, dando un alimento más nutritivo á su pequeño.
Protestó la joven, rechazando el regalo. Ella había comido, gracias á
las últimas provisiones que le reservó don Alonso. Tal vez era la única
que había podido hacerlo en todo el fuerte, y no iba ahora, por ser
mujer, á reservarse igualmente un manjar inesperado. Bien merecía don
Alonso comer las palomas después de tantas penalidades.
Estaban en un cuarto de la torre, y varios soldados, íntimos de Ojeda,
presenciaban la disputa cortés. Observó el jefe las miradas ávidas de
sus compañeros, y acabó por decir gravemente:
--Es lástima que estos animalejos no puedan saciarnos á todos... Yo no
debo regalarme mientras los demás sufren hambre. Seamos todos iguales.
Y abriendo una ventana, dió suelta á las dos palomas, que se alejaron
con rápido vuelo.