Donde se cuenta lo que hicieron Cuevas y don Alonso en una visita á la
bella reina Flor de Oro
La prisión de Caonabo generalizó en toda la isla la hostilidad contra
los españoles.
Uno de los hermanos de dicho cacique, llamado Manicaotex, igualmente
osado en las operaciones de guerra, se entendió con los demás reyezuelos
de Haití, organizando un ataque general contra los blancos. La hermosa
Anacaona (nombre que en lengua del país significaba Flor de Oro), esposa
del prisionero, influyó con su hermano Behechio, soberano de los ricos
territorios de Jaragua, los más poblados de la isla, para que entrase en
dicha coalición. El astuto y flojo Guanacarí fué el único que se mantuvo
amigo de los españoles, informando á Colón de los preparativos de los
otros caciques y ofreciéndose como aliado, aunque sus servicios no
podían ser de gran importancia en caso de guerra.
Durante la enfermedad del Almirante cuidó Alonso de la defensa de
Isabela y del fuerte de Santo Tomás, por conocer el terreno y el
carácter de los enemigos mejor que don Bartolomé, el hermano de Colón.
Cuatro buques habían llegado de España cargados de provisiones,
volviéndose allá al poco tiempo con una remesa de esclavos indios,
enviada por el Almirante para que los vendiesen en el mercado de
Sevilla. Los víveres de refresco vigorizaron á los habitantes de la
ciudad, haciendo recobrar la salud á muchos enfermos. También Colón se
sintió restablecido, y como recibía continuas noticias de que los
caciques aliados estaban aglomerando fuerzas enormes en la Vega Real, á
dos días de marcha de Isabela, con la intención de asaltar la ciudad,
resolvió tomar la ofensiva, combatiendo á los enemigos en sus propios
territorios.
Sólo pudo reunir unos doscientos infantes, marchando como vanguardia los
veinte jinetes capitaneados por Ojeda. Sus armas de fuego consistían en
las llamadas espingardas, especie de cañones de mano que se apoyaban en
una horquilla de hierro ó eran montados sobre ruedas. Tenían los blancos
la ventaja de sus corazas y sus escudos, que compensaba lo exiguo de su
número; pero de todos modos, la victoria no era fácil--caso de tener los
enemigos el coraje y el tesón de Caonabo--, por resultar su número
enormísimo.
Otra nueva arma, usada algunas veces en Europa, había sido organizada
por Colón. Los cristianos llevaban con ellos una jauría de perros
amaestrados para la guerra, mastines feroces, comprados á los pastores
de las montañas de Andalucía, que resultaban para los indios tan
asombrosos como los caballos. En su isla, lo mismo que en Cuba, sólo
existían unos gozques, pequeños y mansos, con la particularidad de ser
mudos, animales que en breve iban á escasear y desaparecer, pues los
españoles, en sus hambres continuas, acabaron por comérselos todos,
reputándolos como manjar exquisito. Los perros de presa atacaban
ferozmente á los indios, cuyos cuerpos no ofrecían ningún obstáculo á
sus dentelladas. Al ver á un hombre desnudo, lanzábanse sobre él,
derribándolo para despedazarlo con sus colmillos.
Salió el pequeño ejército de Isabela en Marzo de 1495, avanzando hacia
el interior en una marcha lenta de diez leguas diarias, pues los
obstáculos del terreno no permitían mayor celeridad. Otra vez subieron
el llamado Paso de los Hidalgos, viendo á sus pies la vasta llanura de
la Vega Real. Pero ahora todas sus poblaciones eran á modo de
campamentos enemigos, y al son de bocinas y caracolas se iban juntando
huestes de hombres desnudos, llegados de todos los extremos de la isla.
La imaginación hiperbólica de algunos españoles aumentaba todavía el
número de los enemigos.
--Muchos aseguran que pasan de cien mil--dijo Cuevas, que cabalgaba al
lado de don Alonso, á la vanguardia del pequeño ejército.
El belicoso hidalgo alzó los hombros.
--Aunque sean más de un cuento[B], monta lo mismo.
Para él, ya no representaban peligro alguno estas muchedumbres desnudas
que arrojaban sus flechas y dardos con gran vocerío, avanzando
osadamente, y al sentir el primer empuje de los cristianos abandonaban
sus armas, huyendo despavoridas.
Era imposible, en realidad, calcular su número. Se mostraban por todas
partes, dando alaridos y disparando sus armas arrojadizas, para
ocultarse inmediatamente en las arboledas próximas. Parecían
entusiasmados por la enormidad numérica de sus tropas. Creían llegado el
momento de exterminar á los blancos con esta alianza general,
imaginándose que después ya no llegarían nuevas expediciones.
También se veían, por su parte, en la imposibilidad de calcular la
cantidad de invasores. Su aritmética sólo llegaba al número 10, y á
partir de aquí colocaban aparte un grano de maíz por cada guerrero,
juzgando la importancia de un ejército por el montón que formaban los
granos.
Una nube de espías iba siguiendo á través de las espesuras ó de roca en
roca el avance del ejército de Colón, y estos informadores volvían á
presencia del hermano de Caonabo y los reyezuelos aliados, presentando
nada más que un puñadito de maíz que representaba la suma total de los
enemigos. Esto era motivo de risa para los jefes indios, que no podían
comprender la osadía de los blancos, dispuestos á arrostrar en tan
escaso número una multitud innumerable.
Atacó Colón á los indígenas en las inmediaciones del lugar donde se
edificó después la ciudad de Santiago de los Caballeros. La infantería,
al mando de don Bartolomé Colón, avanzó en diversas direcciones, siempre
al amparo de las arboledas, con mucho estruendo de trompetas y tambores,
descargando sus armas de fuego. Estos relámpagos y truenos que esparcían
la muerte iniciaron la confusión en la muchedumbre cobriza.
Inmediatamente Alonso de Ojeda y sus jinetes cargaron á todo galope,
penetrando con la lanza horizontal en la masa de hombres, que empezaron
á desbandarse y á huir.
Corrían los perros de presa entre los caballos, saltando á las gargantas
de los indígenas para arrastrarlos por el suelo, haciéndolos pedazos.
Hasta se imaginaban los indios en su ignorancia que los caballos eran
igualmente mordedores y ávidos de sangre humana.
Lanzando lamentos se refugiaron muchos grupos de guerreros cobrizos en
las alturas inmediatas, y desde allí daban alaridos, pidiendo perdón y
achacando su rebeldía á los caciques. La confederación de éstos quedaba
disuelta. Cada uno de ellos huyó á su territorio, seguido del resto de
sus gentes, procurando por separado restablecer sus buenas relaciones
con los invasores.
Aprovechó Colón este desaliento general para organizar la tributación de
los vencidos, preocupado siempre de encontrar oro. Muchos de los
caciques se ofrecían á darle algodón ó maíz, sometiendo para esto á
cultivo extensos territorios, yermos hasta entonces; pero lo que deseaba
el Almirante era verles trabajar las minas y los lavaderos de oro en los
ríos.
Ojeda, con unos cuantos jinetes nada más, iba audazmente por el interior
de la isla, imponiendo á los caciques las exigencias de su jefe. Estos
áureos tributos no eran, en realidad, de enorme importancia, pero la
producción de oro resultaba escasa en aquella tierra por la flojedad de
los indígenas para el trabajo. Las cantidades recogidas por los blancos
en el primer momento procedían de los depósitos que se habían ido
formando en las familias. Los reyezuelos importantes tuvieron que
entregar cada tres meses una calabaza llena de granos de oro. Los jefes
de familia debían dar el polvo áureo que cupiera en un cascabel.
Reía Ojeda de estas medidas al hablar con sus compañeros.
--Los cascabeles que buscaban tanto, cuando llegamos aquí, son ahora la
medida de su servidumbre.
El atrevido hidalgo recibió un día á una mensajera de Anacaona, india
algo vieja que había vivido en Isabela con los blancos al fundarse dicha
ciudad, aprendiendo cierto número de sus palabras. Tal vez había servido
de espía á Caonabo, volviendo después al servicio de su esposa favorita.
Anacaona, que residía aún en los dominios de su marido, deseaba servir
de intermediaria para restablecer la paz entre su cuñado Manicaotex y
los blancos. Luego--según dijo la india intérprete--pensaba retirarse á
las hermosas tierras de Jaragua, donde había nacido, y que eran
gobernadas por su hermano Behechio. Explicó la vieja por qué razón su
señora había preferido dirigirse al «Pequeño jefe blanco», mejor que al
viejo _Guamiquina_ que gobernaba en Isabela. Sentía una admiración de
mujer vehemente ante las hazañas de este joven señor de los centauros,
siempre vestido de luz, que brillaba como las aguas de ríos y lagunas
bajo el sol, y unas veces era hombre, marchando con sus pies como los
demás, y otras se acoplaba á su caballo, formando una sola bestia
divina.
No le guardaba rencor por la prisión de Caonabo. Admiraba su astucia con
un entusiasmo de soberana india. Además, la vieja mensajera daba á
entender con gestos, más que con sus palabras, que la bella Anacaona tal
vez se consideraba más dichosa en su nueva situación, libre para siempre
del caribe Caonabo, al que había tenido que entregarse á la fuerza. Era
bárbaro, predispuesto á la violencia, interesándose frecuentemente por
las hembras que robaba á los otros caciques. Ella gustaba de tratarse
con músicos é improvisadores de aquellas canciones de la isla llamadas
«aeritos», y estaba convencida de que el aislamiento respetuoso en que
la dejaba Caonabo lo debía únicamente al hecho de ser hermana del
reyezuelo de Jaragua, que podía vengarla en caso de ofensa.
Esperaba Anacaona al grupo de guerreros blancos en uno de los mejores
pueblos de los dominios de su esposo. Su cuñado estaba lejos, después de
la derrota sufrida en la Vega Real. El «Pequeño jefe blanco» sólo
hablaría con ella. Según dejó entrever la enviada, sentía un ansia
femenil por contemplar de cerca á estos guerreros venidos del cielo, de
los que todos hablaban y que ella sólo había entrevisto de lejos y
fugazmente.
Algunos de los compañeros de don Alonso temieron que tal invitación
fuese una estratagema inventada por la esposa y el cuñado de Caonabo
para vengar la prisión de éste, apoderándose de Ojeda; pero el joven
capitán, siempre atraído por el peligro, mostró aún más empeño en acudir
á dicho llamamiento desde que los otros supusieron que ocultaba una
celada.
Los jinetes no eran mas que ocho, por andar los otros corriendo la Vega
Real para la cobranza de los primeros tributos, y en tan escaso número
emprendieron el viaje, guiados por la vieja india y un pelotón de
hombres cobrizos venidos con ella.
En dos jornadas llegaron al pueblo donde les esperaba Anacaona, ocupando
sus mejores bohíos. Ojeda se alojó en uno de ellos, al borde de una
explanada que servía de plaza, y Cuevas fué á vivir con él, en su
calidad de escudero y confidente.
No tardaron en convencerse de que ningún peligro inmediato les
amenazaba. La mayoría de los habitantes de aquel pueblo eran mujeres y
niños. Los hombres debían estar con el hermano de Caonabo ó temían
presentarse á los guerreros celestiales, después del desastroso combate
en la Vega Real, donde tantos de su raza habían perecido.
Fué al día siguiente de su llegada cuando Anacaona vino á verles,
procurando rodearse de toda la pompa bárbara é ingenua usada por los
reyezuelos de la isla, y que ella había modificado con arreglo á sus
gustos suaves.
Alonso de Ojeda ya no tuvo que hacer vanos esfuerzos para conocerla,
como le había ocurrido meses antes, al ir á la población donde residía
Caonabo. Ahora era Anacaona la que venía en su busca, como una de
aquellas reinas de países salvajes enamoradas de paladines andantes, tal
como él lo había leído en novelas caballerescas.
Ojeda y Fernando, de pie bajo el sombrajo de su bohío y teniendo en
torno á los otros seis camaradas, la vieron acercarse llevada en andas
por varios indígenas. Abrían la marcha cuatro músicos bárbaros soplando
en caracolas nacaradas ó en bocinas de una especie de papiro, de las que
colgaban cuerdecitas de colores rematadas por conchas. Venían después
más hombres, agitando ramas de palmera y otras hojas largas á guisa de
abanicos, para alejar á los insectos de la persona de la reina.
Cuatro indígenas forzudos traían á hombros unas andas cubiertas de
hierbas olorosas, y sobre ellas iba sentada Anacaona, moviendo
lentamente una especie de abanico hecho de plumas de colores, insignia
de su alto rango. Cerraba el séquito un grupo de mujeres de Jaragua, las
más famosas de la isla por su hermosura, las cuales seguían siempre á
esta soberana, nacida en su mismo país.
Los blancos, vestidos con calzas de diversos colores y el pecho
acorazado despidiendo luz, contemplaron con cierta emoción á todas estas
hembras de epidermis menos obscura que las otras mujeres de la isla, y
que en este momento les parecían tan blancas como las de España. Todas
iban adornadas con pinturas y tatuajes, incluso la misma reina. En torno
á la redondez de sus muslos, pechos y brazos se extendían dibujos
circulares. No llevaban mas que un corto delantal de algodón teñido, que
ocultaba su sexo por delante, dejando completamente desnudo el lado
opuesto.
Ostentaba Anacaona su cabellera negra, partida en dos crenchas y
brillante de olorosos jugos vegetales, una corona de flores rojas y
blancas, é igualmente traía arrolladas á sus brazos y piernas ajorcas y
brazaletes floridos, que le envolvían en una atmósfera de fresco
perfume. Las mujeres de su cortejo llevaban sobre platos de fibras
tejidas montoncitos de granos de oro ó hutías muertas, adornadas con
flores, maíz tostado y todas las raíces empleadas por los indígenas en
su alimentación, presentes que iban á utilizarse después en el banquete
con que la reina obsequiaba á sus huéspedes.
Cuevas miró con admiración á Anacaona, de la que tanto había oído
hablar. Semejante á la mayoría de los españoles desembarcados en las
nuevas tierras, sentía un respeto instintivo hacia los indígenas que las
gobernaban. Todos, al otro lado del mar, habían sido educados en un
respeto supersticioso á los reyes, considerándolos seres distintos por
su esencia á los demás hombres, y esta veneración perduraba en el mundo
nuevo, transmitiéndose parte de ella á los soberanos indios. Eran
capaces de atropellarlos y matarlos si les estorbaban, pero esto no
impedía que normalmente los respetasen, viendo en todo cacique un
reyezuelo.
Anacaona era para Cuevas «la reina», y sus compañeros de armas pensaban
como él. El mismo Ojeda sintióse impresionado por el porte majestuoso de
la bella salvaje. Los ojos de estos europeos, acostumbrados ya á los
rasgos fisonómicos de las indígenas y á su epidermis cobriza, admiraron
de buena fe la hermosura de Anacaona y de las mujeres de su cortejo. Uno
de los jinetes españoles, que había sido estudiante en Salamanca antes
de dedicarse á las armas, las comparó con las ninfas que surgían de los
bosques para recibir á los héroes de los poemas antiguos. Anacaona le
parecía la majestuosa Juno, bajada del Olimpo para saludar a ciertos
paladines de los relatos homéricos.
Sintió una gran turbación Cuevas al notar que los ojos de la reina,
después de ir pasando sobre Ojeda y sus compañeros, venían á inmovilizar
en él una mirada insistente. Eran de cejas oblicuas, párpados largos y
demasiado juntos, córneas húmedas y obscuras pupilas. Su mirar suave
recordaba la expresión de algunos animales mansos.
La desnudez de la reina, que en otras hembras indígenas le parecía
bestial y repugnante, despertó en su interior una inquietud excitadora
de los sentidos. Se ruborizó ligeramente el mancebo y apartó su vista de
Anacaona, pareciéndole insolente seguir cruzando sus miradas con las de
una reina.
Ojeda y los otros jinetes, aunque muy jóvenes, eran mayores que Cuevas.
Esta diferencia de pocos años marcaba la importante separación que
existe entre una juventud casi adolescente y otras juventudes ya
sazonadas. La vida colonial, con sus rudezas y faltas de reposo, había
hecho que estos mancebos españoles olvidasen en las nuevas tierras las
costumbres observadas en su patria, dejándose crecer las barbas y el
cabello. Además, se iba difundiendo entonces en Europa la moda de no
rasurarse, implantada por los humanistas, admiradores de la antigüedad
griega.
Don Alonso, que sólo tenia veintiún años, llevaba cubierto parte del
rostro por una barba rizosa. Los otros jinetes eran igualmente barbudos.
Sólo Fernando Cuevas tenía el rostro lampiño, con un ligerísimo bozo
sobre el labio superior, semejante al aterciopelamiento de las frutas
que empiezan á madurar.
Había crecido mucho desde que estaba en la isla, como si esta tierra
virgen, pletórica de energías concentradas, que reproducía agigantados
todos los frutos en plazos cortísimos, influyese también en el
desarrollo de su estatura. Con la coraza cubriendo su pecho, la gola
férrea, que le obligaba á mantener erguida su enérgica cabeza, y las dos
manos apoyadas en la cruz de su espada, aquel compañero de armas
aficionado á las Letras lo había comparado muchas veces con un San Jorge
muy joven que había visto en la vidriera de una catedral, descansando
después de haber dado muerte al dragón, tendido á sus pies.
Se detuvo el séquito regio ante el grupo de europeos, y Anacaona bajó
de sus andas para ver de más cerca al «Pequeño jefe blanco», hablándole
con lentitud, sin dejar de mover aquel abanico de plumas colorinescas
que Cuevas comparaba con un cetro.
El obstáculo del lenguaje se interpuso entre estas mujeres desnudas,
adornadas con aros de flores, y los ocho españoles vestidos de hierro.
La vieja intérprete, con sus palabras balbuceantes, llegó á explicar lo
que decía Anacaona. Deseaba vivir en paz con el _Guamiquina_ y todos los
blancos de la nueva ciudad crecida junto al mar. Daría lo que pidiesen
en nombre de Caonabo y del hermano de éste, que iba á sucederle en el
gobierno. Ella quería retirase á Jaragua, al lado de su hermano el
reyezuelo de estas tierras lejanas, situadas en el extremo occidental de
la isla, y procuraría que Behechio se sometiese igualmente á los
españoles, á pesar de que ninguno de éstos había pisado todavía dicha
región. Los invencibles guerreros venidos de _Turey_ podían disponer de
todo lo del pueblo como si fuese suyo.
--Anacaona... reina... quiere... estéis contentos.
La vieja india calló después de estas palabras finales, preocupándose de
vigilar cómo los portadores de las andas, en las que había vuelto á
sentarse la desnuda reina, las levantaban en alto suavemente, y el
cortejo se alejó con iguales sones de trompas y caracolas, agitándose en
lo alto las hojas y ramas que servían de abanicos, y moviéndose
lentamente, como un ave multicolor, el manojo de plumas con que se
refrescaba el rostro la beldad coronada de flores.
La comida de los ocho españoles fué muy abundante en pescados de río,
hutías asadas, raíces nutritivas y frutas gustosas. Además, Cuevas y los
pocos que ya estaban acostumbrados á los alimentos del país, comieron
los lomos de una iguana, reptil con patas, de aspecto repugnante, cuya
carne blanca comparaban con la de la gallina, encontrándola algunos
superior.
Fuéronse á dormir la siesta en sus chozas una parte de estos compañeros
de armas; otros á vigilar los caballos que estaban pastando en unas
praderas inmediatas al río, y don Alonso quedó solo con Fernando.
El joven capitán estaba aún conmovido por la aparición de Anacaona, y
hablaba de ella continuamente, llamándola Flor de Oro, y recordando todo
lo que había averiguado sobre su persona.
Resultaba difícil conocer la edad de esta belleza indígena, pues los
indios contaban mal, enredándose siempre en sus cálculos. Ojeda opinaba
que no debía tener más allá de veintiocho años. Caonabo la había hecho
su esposa cuando aún era considerada como una tierna virgen en este país
donde las mujeres llegaban á la nubilidad tras breve niñez. De su
matrimonio tenía una hija única que sólo debía contar unos diez años.
Anacaona era joven, y los enemigos de Caonabo contaban infidelidades
maritales de ella para vengarse así de la brutalidad del heroico caribe.
Bien mirado, dichas infidelidades, de ser ciertas, no tenían el mismo
valor que entre los cristianos. Los caciques vivían en incesante
poligamia, renovando á cada guerra el personal de su harén, y las
mujeres, por su parte, no conocían otro obstáculo moral que el del
miedo, siendo de otros hombres con voluntaria sumisión apenas tenían
oportunidad para entregarse. Aquellas gentes no parecían dar valor á la
fidelidad matrimonial ni considerar el adulterio delito extraordinario.
--Todos son ladrones--siguió diciendo Ojeda--. Tú sabes que para evitar
robos le corté las orejas á un cacique poco después que llegamos á la
Española, pero el ejemplo ha resultado huero. Necesitan robar, y lo
mismo se hurtan las hembras que las cosas.
Luego hacía elogios del carácter de Anacaona, absteniéndose de mencionar
sus cualidades físicas, por lo mismo que aún tenía presente en su
memoria todos los detalles plásticos de aquella beldad desnuda. Alababa
sus gustos delicados, su predilección por las flores y los perfumes, su
voz melancólica para entonar «aeritos» compuestos por ella, y una
afición á lo maravilloso, que le hacía admirar á los guerreros blancos,
aun reconociendo que iban á ser los opresores de su raza.
Esta tarde no habló á Cuevas, como otras veces, melancólicamente, de la
lejana doña Isabelita y de sus esperanzas de casarse con ella al volver
á España. Sólo pensó en Anacaona, dándole el nombre de «reina»
voluntariamente, como galante homenaje.
Hallábanse los dos tendidos en sus hamacas, y Ojeda hablaba con
creciente lentitud, soñoliento por la influencia de aquella hora,
silenciosa y cálida.
--Muy bella la reina india--siguió diciendo con los ojos ya
entornados--. Y no me mira mal después de lo que yo hice con Caonabo...
Tendré que devolverle la visita, tal vez hoy mismo, cuando caiga el sol,
y entonces... entonces...
Cuevas notó que se había dormido, y él cerró igualmente los ojos,
dejándose rodar por la blanda y obscura pendiente del sueño.
Despertó de pronto, no pudiendo atinar si sólo habían transcurrido unos
momentos ó una hora entera. El rectángulo de luz solar que entraba por
la puerta de la choza había oblicuado un poco sobre el suelo.
Una cabeza asomaba cautelosamente al borde de dicha puerta, invitándole
á salir con sus movimientos oscilantes y maliciosos guiños de ojos.
Reconoció á la vieja indígena que les había servido de intérprete.
Sin saber por qué, bajó de su hamaca con precaución, procurando no hacer
ruido. Don Alonso seguía durmiendo, y él llegó hasta la entrada de
puntillas, para no turbar su sueño.
Sintió en una oreja el aliento de la indígena y sus palabras semejantes
á un susurro entrecortado.
--Reina quiere verte... Tiré piedrecita para despertarte... ¡Ven!
Y Cuevas, con la misma inconsciencia que le había hecho saltar de la
hamaca, volvió al interior del bohío, tomando su espada y su casco para
seguir á la indígena. Era una precaución instintiva de soldado en país
inseguro. Además, su respeto natural á las jerarquías le hacía
preocuparse de su buen aspecto. Anacaona era de raza inferior é
ignorante de las verdades del cristianismo, mas no por esto dejaba de
creerla una soberana.
Siguió á la indígena por veredas turtuosas que eran las calles de esta
población, donde chozas y empalizadas se habían levantado al capricho de
sus constructores. El sol se mantenía alto, el calor era bochornoso, y
sólo rasgaba el silencio de aquella hora soñolienta el continuo zumbido
de los insectos. Celebró Cuevas haberse despojado de su coraza antes de
comer, dejándola en el bohío lo mismo que su rodela. La soledad en que
estaba el pueblo á dicha hora alejaba de él toda sospecha de peligro.
Lo entró la india por la abertura de una empalizada, atravesaron otras
que limitaban varios terrenos á modo de corrales, y penetraron
finalmente en uno de aquellos bohíos enormes, redondos y de techo
cónico, semejantes á los alfanaques ó grandes tiendas de los campamentos
cristianos.
Parpadeó Fernando para acostumbrar sus ojos á la penumbra de una
habitación cerrada. Un fuerte perfume de flores saturó su olfato, unido
á otro más suave de carne femenil ungida de bálsamos silvestres y
refrescada por frecuentes baños.
Al mirar en torno de él vió que había desaparecido la vieja, y fué
distinguiendo á corta distancia un cuerpo blanco tendido en el suelo.
Habituados sus ojos á la luz verdosa que penetraba por dos aberturas de
la techumbre, después de filtrarse entre el ramaje de un árbol
gigantesco, fué reconociendo que este cuerpo era el de una mujer, con un
codo hundido en un lecho de plantas odoríferas y la cabeza apoyada en
una mano.
Los ojos de la reina Anacaona estaban fijos en él con la misma expresión
de horas antes. Quiso decir algo y desistió de ello inmediatamente. Era
inútil. La vieja ya no estaba allí para servir de intérprete. A pesar de
esto, la reina empezó á hablarle, empleando al mismo tiempo los
expresivos gestos de los indígenas de clase elevada, caciques ó
hechiceros, asombrosamente expertos en el lenguaje mímico.
Le indicó que se sentase en el suelo cerca de ella, y el joven, que se
había quitado el casco para saludarla, se apresuró á obedecer.
¿Qué podía desear la famosa Anacaona?... ¿Dudaría del «Pequeño jefe
blanco», queriendo emplearlo á él como intermediario para entenderse con
el Almirante?... ¿Por qué se había ausentado aquella mujer que podía
servirles de intérprete?... Estas suposiciones y dudas de Fernando se
disolvieron apenas nacidas.
Estaba sentado en el suelo, á corta distancia de la beldad india. Ésta
había renovado sus adornos de flores; todas sus guirnaldas eran frescas,
pero los perfumes vegetales quedaron anulados repentinamente para él.
Era otro el olor que le envolvía, con un mareo semejante al de la
embriaguez. ¡Aquella carne de suave color de canela, que parecía
respirar como un jardín y era más blanca en la penumbra tentadora de
este lugar cerrado y misterioso!... Por los orificios del techo, junto
con la luz verde y temblona filtrada por el follaje, descendía el
voluptuoso arrullo de unas tórtolas silvestres que se acariciaban en la
copa del árbol coloso.
Fernando creyó ver una nueva Anacaona. Los ojos de ella le miraban lo
mismo que en la mañana, fijos y dominadores, con una seguridad femenil
que se creía irresistible; pero eran menos majestuosos, más humildes y
tiernos. Además, la reina sonreía. Sus labios abultados, de un rojo
obscuro, habitualmente unidos por un gesto de majestad salvaje, se
abrían ahora ingenuamente, como la boca de cualquiera de aquellas ninfas
de Jaragua que formaban su cortejo, dejando brillar en la sombra el
resplandor nacarado de una dentadura sana y fuerte.
Al mismo tiempo que Anacaona sonreía, notábase en ella cierta
preocupación, como si se esforzase mentalmente por recordar algo que
escapaba á su memoria. Luego se aclaró su rostro con una expresión
infantil y triunfante. Ya había alcanzado al rebelde y fugitivo
recuerdo.
--Beso... beso...--repitió entre risas de niña.
Era la palabra que le había enseñado la vieja, conocedora de los usos de
los hombres blancos.
Como todos los de su raza, ignoraba este uso de las gentes venidas del
cielo, que necesitan juntar sus bocas como gesto preliminar de las
mayores voluptuosidades que guarda la vida.
Había reído de dicha caricia, nueva para ella, aprendiendo la palabra
que la expresaba. Quería repetirla con aquel joven _turey_ que horas
antes había surgido ante sus ojos como una aparición celeste, entre sus
compañeros más rudos y de aspecto temible.
--Beso... beso...
Y uniendo ella la acción á la palabra, sintió Fernando sobre su boca los
labios carnosos y frescos de Flor de Oro.
En su sorpresa creyóse el mancebo casi absorbido por la succión de una
bestia feroz, acariciante y perfumada, propia de aquel mundo nuevo y
misterioso. Para completar esta ilusión, dos tentáculos se arrollaron en
torno á su cuello, pero eran redondos, tibios, de satinada epidermis y
olían á intensos jazmines nunca vistos por los hombres de su raza.
Los brazos de la reina lo apretaban, al mismo tiempo que las gruesas
valvas de su boca, sensual y fresca, insistían en sus caricias
absorbentes, como si pretendiesen sacar sangre de los labios de él.
Intentó defenderse, respetuoso y desesperado al mismo tiempo, pero sus
manos, al repeler el busto femenil medio levantado sobre el lecho de
hierbas floridas, se posaron en dos globos cuyo contacto hizo estremecer
al mancebo de la cabeza al centro de su organismo.
En esta penumbra no se veían los adornos pintados de la beldad indígena.
Toda ella era blanca, y había prescindido del corto delantal de algodón
con que se mostraba en público.
El pobre mancebo la reconocía en aquel momento muy superior á las
mujeres del viejo mundo. No había en ella el menor rastro de los lejanos
hedores animales que flotaban en muchas ocasiones tras el revoloteo de
las luengas faldas cristianas. Este cuerpo desnudo se sumía diariamente
tres veces en cristalinos arroyos, lo mismo que las mujeres de su
séquito. Una simple vestidura de flores incensantemente renovada había
acabado por saturar su piel, como si todo su cuerpo fuese un jardín
hecho carne.
Los diez y ocho años del mancebo levantáronse pujantes, con pasional
agresividad. Se encabritó como un caballo salvaje herido por el látigo,
olvidando lo que le rodeaba y quién era. Su deseo tomó un carácter
ofensivo. Apretó las firmes redondeces que tenía entre sus dedos como si
quisiera estrujarlas, casi mordió aquella boca que pretendía absorberle
con sus caricias. Su pasión tenía algo de la cólera belicosa con que
repartía furiosos golpes en los combates. Necesitaba luchar con aquel
cuerpo que se enroscaba al suyo hasta llegar á vencerlo, y esto le hizo
sentir la necesidad de librarse del estorbo de su espada, ceñida aún á
su costado.
Ella, como si adivinase sus deseos, aflojó los anillos del doble
enroscamiento de sus brazos y sus piernas, y el mancebo, al incorporarse
y no respirar de tan cerca aquel perfume carnal, olvidó repentinamente á
la hermosa reina.
Vió en cambio con su imaginación el interior de un bohío pequeño y
pobre, con la luz del sol entrando libremente por las aberturas de sus
puertas y ventanucos. Una mujer menos alta que Anacaona, sin perfumes,
con cierta palidez enfermiza, rastro de pasadas enfermedades y
alimentaciones incompletas, tenía sus ojos vagos puestos en el infinito,
como si no pudiera hacer otra cosa que seguir con su pensamiento á un
ausente.
Tenía uno de sus pechos al aire, y con sus dos manecitas puestas en el
hinchado globo, un pequeñuelo chupaba y chupaba, adormeciéndose en esta
glotonería plácida que había cortado sus llantos caprichosos. ¡Su
Lucero!... ¡Su Alonsico!... Tal vez á aquellas horas su mujer temblaba y
rezaba, suponiéndolo en peligro de muerte. ¡Y él...!
Casi trató á la perfumada beldad como á uno de aquellos guerreros
cobrizos con los que se había batido en diversos encuentros. Repelió el
desnudo cuerpo con un brutal empujón que lo hizo rodar sobre el lecho
florido hasta la pared. Y recogiendo su casco del suelo, huyó á tientas,
hasta salir de la casa por una puerta distinta, encontrada casualmente.
Fué vagando por el pueblo, que aún estaba solitario, como media hora
antes. No encontró quien pudiera servirle de guía. Luego de marchar
inútilmente hasta salir fuera de la población, volvió sobre sus pasos,
hallando al fin, después de nuevas desorientaciones, el bohío que les
servía de alojamiento á don Alonso y á él.
Encontró vacía la hamaca de su capitán, é inútilmente lo buscó por las
inmediaciones de la casa. Tal vez el ardiente deseo que Anacaona le
había inspirado aquella mañana era la causa de su ausencia. El atrevido
hidalgo procedía en su vida osadamente, lo mismo que en sus operaciones
de guerra.
Pasó la tarde el joven á la puerta del bohío, sin ver llegar á su
capitán. Los otros camaradas, que vagaban por el pueblo en busca tal vez
de aquellas mujeres compañeras de Anacaona, preguntaban por Ojeda al
pasar ante Fernando. Nadie lo había visto.
La frescura del atardecer impulsó al pensativo mancebo á salir de su
casa. Ya se sentía tranquilo, después de una calma reflexiva de varias
horas. Mostrábase orgulloso de su sacrificio, de la energía brutal con
que había rechazado la tentación.
Dirigió sus pasos hacia el río inmediato, atraído por su frescura, pero
cerca de él volvió atrás, internándose de nuevo en el pueblo. Había
reconocido marchando lentamente por una pradera á don Alonso y á la
reina Anacaona. También vió cómo se besaban. La beldad india repetía con
Ojeda este gesto, cuyas primicias habían sido para él. Detrás de los
dos, y á cierta distancia, iba la vieja india con cierto aire protector.
Entrada ya la noche, volvió Ojeda á su bohío. A la luz de una antorcha
atada á uno de los postes del sombrajo vió su rostro ojeroso, pálido,
con un estiramiento en las facciones que denotaba cansancio.
Estando ya Cuevas acostado en su hamaca, don Alonso, de espaldas á él,
juntó las manos é inclinó la cabeza ante el pequeño cuadro de la Virgen
que había colgado del poste central sostenedor de la techumbre del
bohío.
Rezaba en voz queda, con una expresión humilde. Adivinó Fernando que
imploraba perdón por lo que había hecho aquella tarde: perdón á la
Virgen, su protectora; perdón á la mujer amada, en la que había dejado
de pensar algún tiempo, y que le esperaba siempre al otro lado del
Océano.
Su oración era sincera. En su alma compleja amalgamábase la osadía cruel
del hombre de guerra con una credulidad religiosa igual á la de un niño.
Cuevas tuvo la certeza de que había poseído á la mujer de Caonabo con la
violencia de un conquistador, sin consultar su voluntad,
sorprendiéndola, lo mismo que en una población tomada por asalto. Y la
esposa del guerrero indio había acabado por aceptar con entusiasmo á
este otro guerrero, más poderoso é invencible, que saciaba su femenil
curiosidad, ansiosa de conocer cómo eran las caricias de los hijos del
cielo.
Ahora el hidalgo, siguiendo las complicaciones de su fanatismo heroico,
pedía perdón á su Virgen y á su dama por tan monstruosa infidelidad. El
cansancio de la hartura hacía aún mayor su arrepentimiento.
Antes de dormirse, su alma religiosa encontró una excusa á su pecado.
Anacaona no era una criatura de Dios. Nunca había sido bautizada. La
Virgen y doña Isabelita debían perdonarle. Su falta era leve, por
haberla cometido con una criatura irracional, ignorante de las verdades
divinas.
V
Donde se cuenta el descubrimiento de las minas del rey Salomón, la
vuelta á España del Caballero de la Virgen, y cómo lloró en una
iglesia escuchando al sacristán.
Cuatro naves procedentes de España fondearon ante Isabela con admirable
oportunidad. Traían nuevos cargamentos de víveres para la colonia y otra
vez reinaba en ésta el hambre, produciendo numerosas víctimas.
Obligados á trabajar para los extranjeros, los indígenas del interior
habían adoptado la más desesperada de las resoluciones. Flojos é
indolentes por naturaleza para toda labor continua y eficaz,
consideraban la peor de las esclavitudes tener que trabajar unos cuantos
días cada tres meses para pagar el tributo impuesto por el _Guamiquina_
de la ciudad vecina al mar. Habían buscado voluntariamente granos de oro
para los blancos al ver con qué satisfacción acogían este regalo los
hijos del cielo; pero desde el momento que dicha busca se convertía en
obligación, la consideraron intolerable.
Parcos en la comida, acostumbrados á conseguirla con rápidas y
superficiales labores del suelo, empezaron á quejarse en sus lamentosos
cánticos de tener que cultivar la tierra de un modo regular para las
cosechas periódicas que les exigían sus nuevos amos. Muchos de ellos
preguntaban á los españoles cuándo pensaban volverse á _Turey_,
esperando ver todos los días los bosques flotantes que los habían
traído, extender otra vez al viento su blanco follaje, alejándose para
siempre. Pero en lugar de esto, nuevos bosques flotantes y más hijos de
_Turey_ iban llegando á la isla, y en señal de posesión interminable,
creyendo de poca duración los bohíos, arrancaban piedras á las montañas
para construirse sólidas cavernas, pues esto les parecían las casas y
también los fortines, cada vez más numerosos en el interior de la isla.
Convencidos de que los blancos nunca se volverían á _Turey_
voluntariamente, decidieron expulsarlos valiéndose del hambre. Huyeron
de los valles fértiles para refugiarse en los montes, después de talar
los campos y quemar las cosechas almacenadas. Así los blancos no
tendrían maíz y las raíces alimenticias de aquella tierra que habían
adoptado para su nutrición.
Reapareció otra vez el hambre en Isabela y los fuertes, pero de todos
modos los europeos conseguían mantenerse, gracias á la cruel limitación
de las raciones y á los aportes de algunos buques españoles que iban
llegando de tarde en tarde.
El piloto Juan de la Cosa, buen conocedor de personas y cosas, movía la
cabeza negativamente al comentar esta decisión de los indios,
inútilmente heroica.
--No conocen--decía--la propiedad de los españoles, que cuanto más
hambrientos mayor tesón tienen y más duros se muestran para sufrir ellos
y hacer sufrir á los demás.
Eran los indígenas quienes experimentaban los efectos más desastrosos de
su propia conducta. Para no ser alcanzados por las guarniciones del
interior, que cazaban á los indios con el propósito de obligarles á
trabajar los campos, se habían refugiado en los lugares más áridos y
desiertos de la isla, donde sólo se encontraba alimento, en épocas
ordinarias, para pequeños grupos errantes. Las muchedumbres fugitivas
morían de inanición en su aislamiento. Enfermedades contagiosas,
engendradas por el hambre, aumentaban el estrago general, y al fin los
supervivientes descendieron á los valles, á pescar en sus ríos, á cazar
en sus arboledas y á cultivar la tierra, aceptando humildemente la nueva
servidumbre.
Después de esta cruel experiencia, tan escarmentados quedaban de su
intento de rebelión, que un cristiano completamente solo podía viajar
por toda la isla sin peligro alguno, llevándole los mismos indios á
cuestas, de un lugar á otro, para que no se fatigase.
En medio de la miseria provocada por la fuga de los indios, habían
llegado las cuatro carabelas, siendo acogidas con entusiasmo por los
famélicos españoles. Algo más que víveres traía esta flota. Venía en
ella, como enviado regio, un antiguo caballerizo de los reyes, Juan
Aguado, para examinar sobre el terreno si eran ciertas las quejas
formuladas ante la corte por el padre Boil, el caudillo Margarit y otros
fugitivos de la colonia.
En Isabela habían quedado muchísimos que pensaban de igual modo,
quejándose de la absorbente autoridad de Colón, el duro carácter de su
hermano don Bartolomé y el fervor excesivo por la grandeza de su familia
que mostraba el ignaro don Diego. Protestaban del mal reparto de
comestibles que hacían los Colones todas las quincenas, favoreciendo á
los que se mostraban ciegamente partidarios de ellos y castigando con
mermas ó una supresión absoluta de raciones á los que se permitían
criticar los actos del gobernador.
--Los reyes--clamaban estos descontentos--envían comestibles de España
para todos. Son Sus Altezas quienes los pagan, cuidándose de nuestra
salud, y los Colones no deben hacernos morir lentamente de hambre,
disponiendo de lo que no es suyo.
El Almirante, que estaba en el interior de la isla, volvió sin prisas á
Isabela. Deseaba hablar con Aguado y temía al mismo tiempo avistarse con
él. Todos los descontentos de la colonia mostrábanse enardecidos por la
presencia del enviado real.
Había venido Aguado solamente con el encargo de adquirir informes, mas
el ambiente hostil para Colón le hizo extralimitarse en sus funciones,
tomando aires de juez. También los jefes indígenas se reunían en casa
del hermano de Caonabo, enviando desde allí una queja contra Colón, al
que atribuían lo que era resultado de sus defectos, y también la obra
aparte de sus subordinados.
Cuando Aguado hablaba ya de volverse á España y sus cuatro naves estaban
listas para zarpar, descargó sobre Haití un ciclón propio de los
trópicos, arrasando gran parte de la isla. Los indígenas no recordaban
haber visto nada semejante. Bosques enteros fueron descuajados por el
huracán. Los naturales corrían á refugiarse en las cavernas viendo
desaparecer sus chozas en un instante. Tres de los buques anclados en
Isabela se fueron á pique instantáneamente, perdiéndose con ellos todos
sus tripulantes. Otros se hicieron pedazos, ó llevados por las olas,
penetraron á enormes distancias tierra adentro.
Esta horrible tempestad aterró á los indígenas tanto como á los blancos.
Unos creían que la habían enviado sus propios dioses ó espíritus
protectores para indicar á los hijos de _Turey_ que debían marcharse.
Otros imaginaban que eran los mismos blancos quienes habían ordenado al
aire, al agua y á la tierra que se agitasen con tan horrorosas
perturbaciones para alterar la vida apacible de la isla, exterminando á
sus antiguos habitantes.
El único buque que se mantuvo á flote fué la carabela _Santa Clara_, ó
sea la antigua _Niña_ del primer viaje de descubrimiento, buque pequeño,
de vida durísima, que había de realizar aún numerosos viajes á las
nuevas tierras, mientras otros barcos más flamantes y poderosos
naufragaban, y que acabó muchos años después en una de sus travesías
del Océano por hundirse de puro viejo, haciendo agua á través de los
numerosos remiendos de su casco.
Dió órdenes el Almirante de que se reparasen las averías de la _Niña_ y
se construyese otra carabela con los restos de las destrozadas, á la que
puso el nombre de _Santa Cruz_. Deseaba volver á España con Aguado,
temiendo los informes que daría éste á la corte. Necesitaba defenderse
con su elocuencia imaginativa, hablando una vez más de la proximidad de
las tierras del Gran Kan que no había llegado á ver, pero que
indudablemente estaban muy cerca. Lo temible para Colón era no poder
llevar más muestras de la riqueza asiática que unos cuantos adornos
áureos tomados á los caciques de la isla y las eternas carátulas de
huesecillos de pescado con orejas y narices de chapa delgadísima de oro.
Afortunadamente para él, mientras esperaba que las dos naves estuviesen
reparadas, fueron descubiertas las minas más importantes de la Española.
Fernando Cuevas conocía el origen de este descubrimiento, tan
interesante como un relato novelesco. Un joven aragonés llamado Miguel
Díaz era gran amigo suyo desde que vinieron juntos en la carraca mandada
por don Alonso de Ojeda. Figuraba entre los de á pie, combatiendo en la
hueste mandada por don Bartolomé Colón. Gustaba de ruidos y pendencias,
y Cuevas evitó por esto un trato frecuente con él, pues en su calidad de
hombre casado prefería vivir pacíficamente. Una noche se peleó Miguel
Díaz con otro grupo de españoles en Isabela, hiriendo gravemente á uno
de ellos, y seguido de cinco amigos suyos, igualmente comprometidos,
huyó de la colonia. Vagando por la isla llegaron á un pueblecito indio
en la costa Sur, cerca de la desembocadura del río Ozama, donde había de
levantarse luego la ciudad de Santo Domingo.
Dicho territorio estaba gobernado por una cacica, que al poco tiempo se
enamoró de Díaz, llevándolo á vivir con ella públicamente y haciéndole
compartir su autoridad sobre la tribu. Pero el joven aragonés sentía la
nostalgia de su lengua y sus compatriotas, deseando volver á la colonia
y temiendo al mismo tiempo el castigo que le impondrían por su delito.
La enamorada india, para evitar que se marchase y atraer á los españoles
á la parte Sur de la isla, dió conocimiento á Díaz de ciertas minas muy
ricas existentes en la vecindad.
Después de convencerse el mancebo de la existencia del oro y observar la
fertilidad del país, la hermosura del río y la seguridad del puerto
natural en que desembocaba, volvió á Isabela, distante unas cincuenta
leguas. Al llegar supo que su adversario estaba ya restablecido de su
herida, y animado por ello se presentó á Colón, relatando sus
descubrimientos.
Vió el Almirante en todo esto una influencia providencial para que
pudiera justificarse al volver á España. Su hermano don Bartolomé,
guiado por Díaz y al frente de una partida de españoles, atravesó la
isla en busca del pequeño territorio gobernado por la apasionada
cacica. Encontraron oro más profusamente que en ninguna otra parte de
Haití, incluso la famosa provincia de Cibao. Las corrientes de agua
abundaban en granos auríferos. En las montañas observaron profundas
excavaciones, siendo interpretadas como indicios de que se habían
explotado las minas en otros tiempos. Además, el lugar era más sano para
la fundación de una ciudad que el suelo de Isabela, siempre húmedo y
favorable á las fiebres.
Miguel Díaz quedó perdonado, pasando á ser favorito de los Colones.
Cuevas iba á conocerle algún tiempo después alcaide de la fortaleza de
Santo Domingo, cuando don Bartolomé Colón fundó dicha ciudad, y casado
con la cacica, de la que tuvo varios hijos, bautizándola antes con el
nombre de Catalina.
Al oir Colón el relato de su hermano y enterarse de que las minas
abundaban en antiguas excavaciones, su geografía delirante resucitó,
encontrando nuevos puntos de apoyo. No se había equivocado al afirmar
que esta isla, llamada por él Española, era el antiguo Ofir.
--Creo, hermano--dijo--, que hemos descubierto las minas de donde sacaba
oro el rey Salomón para edificar el templo de Jerusalén. Sus buques,
pasando por el golfo de Persia y Taprobana, llegaban á esta isla, que se
halla enfrente de la punta de Asia, ó sea el promontorio que las gentes
de aquí llaman Cuba.
Como ya estaban reparadas las dos carabelas, se apresuró Colón á
embarcarse. Le era necesario perder de vista á Juan Aguado, que le
trataba con petulancia. Cada uno ocuparía distinto buque. Además, debía
sacar de la colonia todos los descontentos que deseaban marcharse de
ella.
Sólo iban á quedar en Isabela quinientos blancos. Doscientos veinte se
volvían á España. El resto, varios centenares, había perecido en pocos
meses.
Entregó el gobierno de la isla á don Bartolomé, al que había conferido
el título de Adelantado, ordenando que en caso de morir le sucediese su
hermano don Diego.
Ojeda también se volvía á España, desengañado como los otros, habiendo
perdido su fe en el Almirante.
--Donde estén los Colones--decía--todo es para ellos y nada queda para
los demás. Les ofende tener amigos; sólo admiten servidores. Si vuelvo á
estas tierras de Asia, será por mi cuenta.
Cuevas y Lucero no quisieron seguirle. ¿Qué podían hacer en el viejo
mundo?... Los más de sus amigos, al embarcarse, huían del hambre
próxima, de las enfermedades. Veían en la patria lejana la abundancia y
la felicidad, por mísera que fuera allá su existencia, mientras que
ellos dos se verían siempre favorecidos en la colonia, dentro de la
escasez general.
Como habían figurado en el primer viaje, esto les daba cierta jerarquía
sobre los otros. El Almirante no olvidaba á su antiguo paje Lucero, de
tan novelesca historia, y los demás Colones los favorecían á los dos,
como protegidos de su familia. Cuevas sentíase además impresionado por
la buena suerte de su amigo Díaz. Él había venido á las islas asiáticas
en busca de un éxito semejante. ¿Por qué iba á tener menos ventura que
su camarada?...
--Mi gusto sería seguir á vuesa merced, don Alonso--dijo á su capitán--,
pero tengo mujer y un hijo y creo preferible quedarme; sobre todo, ahora
que se han descubierto las minas del rey Salomón. Además, espero que
pronto volveremos á verle por aquí.
Ojeda asintió. Nunca había pensado desistir de su empresa en las tierras
del Gran Kan. Pero cuando regresase á ellas sería por su cuenta, sin que
nadie le mandase, capitaneando gente propia, por creerse con más
cualidades para ello que el Adelantado don Bartolomé, el cual los
trataba á todos como subalternos.
Salieron el 10 de Marzo las dos carabelas para España, cargadísimas de
gente. Esta pareja de buques pequeños llevaba, además de sus
tripulaciones y numerosos cautivos indios, más de doscientos pasajeros
fugitivos de la colonia. La miseria y desaliento de tales gentes sólo
era comparable con las exageradas ilusiones que les habían acompañado al
emprender el viaje, dos años antes, á las ricas Indias, vecinas al
Ganges, que Colón creía haber descubierto.
Para exacerbar aún más sus males, esta navegación de vuelta resultó
larguísima. Duró tres meses, por haberse empeñado el Almirante en poner
desde el principio su rumbo á Oriente, en vez de tomar el rumbo Norte,
como á la vuelta de su primer viaje, teniendo que sufrir continuamente
vientos contrarios ó las calmas del trópico.
Llegaron á escasear de tal modo las provisiones, que muchos hablaban ya
de la conveniencia de dar muerte á los cautivos indios, para mantenerse
con su carne. Otros menos feroces se limitaban á proponer que los
arrojasen al agua, para librarse de bocas inútiles.
En el curso de esta penosa travesía murió Caonabo, el «Señor de la casa
dorada», que el Almirante quería mostrar á los reyes españoles. Una
profunda melancolía se había apoderado de él al verse humillado, siendo
esto la principal causa de su muerte. El poderoso guerrero, del que
hablaban los blancos con admiración en los primeros tiempos creyéndole
rey de Cipango «la de los tejados de oro», acabó siendo arrojado al mar
como un animal muerto.
Cuando las dos carabelas fondearon en la bahía de Cádiz, después de tan
duro viaje, vió inmediatamente Colón que la impopularidad salía á su
encuentro.
Recordaban todos sus estupendas promesas al emprender el segundo viaje
en busca del Gran Kan. Iba á traer sus buques repletos hasta las
escotillas de oro y especias preciosas. Y los españoles sólo vieron un
desfile de gente miserable, marineros y colonos extenuados por las
enfermedades, amarillentos por el hambre, color que recordaba de un modo
trágico el resplandor igualmente amarillo de un oro quimérico que nunca
habían logrado encontrar.
Habló mucho Colón, intentando por medio de su oratoria vehemente
reanimar aquel entusiasmo que lo había saludado á la vuelta de su primer
viaje, pero los oyentes sonreían, mirándose entre ellos, ó movían sus
cabezas con expresión incrédula. Ya no le escuchaban como en Barcelona
al explicar su primera expedición. El nombre del Gran Kan era acogido
con risas.
Inútilmente relató su exploración de las costas de Cuba, diciendo que
esta tierra firme se hallaba cerca del Quersoneso Áureo de los antiguos
y era el límite avanzado de las más ricas comarcas de Asia. En vano se
jactó de haber descubierto las ricas minas del rey Salomón en la isla
Española, que era el antiguo Ofir. Todos escuchaban los esplendores de
su geografía fantástica con incrédulo sarcasmo.
Como era naturalmente elocuente y poseía un raro arte para comunicar sus
ilusiones á los demás, lograba algunas veces fascinar, como en otros
tiempos, á sus oyentes; pero bastaba que éstos viesen ó escuchasen
después á cualquiera de los hombres vueltos de allá, para considerar
ilusorias todas las afirmaciones del Almirante.
Los reyes no le abandonaban. Había recibido de ellos, al llegar á Cádiz,
una carta invitándolo á ir á verlos luego que descansase. Mas la opinión
pública mostrábase enemiga, ó lo que el Almirante consideraba peor,
indiferente é incrédula para sus empresas. Se había extinguido el
interés por el Gran Kan.
Hombre de gran vehemencia en la expresión de sus alegrías y sus
decepciones, reflejaba Colón exteriormente el estado de su ánimo. En vez
de mostrarse con ropas de almirante y espada de oro, como á la vuelta de
su primer viaje, iba vestido á modo de fraile, con una especie de hábito
franciscano y una cuerda de nudos pendiente de la cintura y se había
dejado crecer la barba.
Deseaba desarmar con estas muestras de humildad y abatimiento á las
gentes que, bajo la influencia de los que volvían de allá, mostrábanse
hostiles á su persona. Buscando nuevos amparos pasó una temporada en el
monasterio de Guadalupe, el más famoso de entonces, cuya comunidad vivía
en frecuente trato con los reyes. Allí bautizó á algunos de sus indios y
cumplió los votos que había hecho á la mencionada Virgen.
Al mismo tiempo, el navegante, que se había vestido de fraile para
excitar la conmiseración pública, mostraba los mismos gustos teatrales
de antes, igual afición á organizar pompas, para deslumbramiento de las
multitudes.
Al ir camino de Burgos, donde estaban los reyes, hacía formar en
procesión á todos sus acompañantes, indios y blancos, para que se viese,
exageradamente agrandado, el oro traído de allá.
Ponía al frente de su comitiva á todos los indios prisioneros, ataviados
con sus galas de guerra, y detrás á un hermano menor de Caonabo que
tenía treinta años y á un sobrino de aquél que no pasaba de diez. Al
entrar en los pueblos hacía que le colocasen al hermano de Caonabo un
collar y una cadena maciza de oro, presentándolo como el legítimo rey
del aurífero país de Cibao. Esta cadena, que pesaba unos seiscientos
castellanos (cantidad equivalente á 3.200 dólares actuales), era lo
mejor que había traído de su expedición. A causa de esto, apenas salían
de un pueblo se apresuraba el Almirante á quitar la cadena al hermano de
Caonabo, guardándola en su propio equipaje. El resto de la comitiva
mostraba máscaras indias ó imágenes de algodón y madera con rostros
fantásticos de animales, que la muchedumbre tomaba por representaciones
del demonio.
Don Alonso de Ojeda se había separado fríamente del Almirante al llegar
á Cádiz. También él empezaba á dudar de la exactitud de sus afirmaciones
geográficas, y aun en el caso de que encontrase finalmente al Gran Kan,
los resultados de tan magnífica aventura serían para los Colones, gente
ávida, capaz de disputar hasta las migajas á cuantos les siguiesen. Y se
despidieron para no verse más.
El valeroso hidalgo se fué á Sevilla á saludar á su protector el
arcediano Fonseca, que ya era obispo y seguía ocupándose en la
organización de las expediciones á las nuevas tierras.
Fonseca, que siempre había vivido en malas relaciones con Colón, oyó con
interés lo que Ojeda fué contando de allá, aunque el joven capitán no se
mostraba tan extremadamente hostil contra el Almirante como los otros
que habían vuelto desesperados de la remota colonia.
Le fué imposible á don Alonso permanecer más de dos días en Sevilla y se
marchó, asegurando á su protector una pronta vuelta así que arreglase
ciertos asuntos que le esperaban en Córdoba.
Desde su desembarco había buscado inútilmente noticias de doña Isabel.
Encontró quien le hablase del licenciado Herboso, por ser jurisconsulto
de fama, al servicio de los reyes. Seguía viviendo en Córdoba, y los que
le habían visto últimamente comentaban su prematura vejez, atribuyéndola
á una enfermedad misteriosa que lo iba royendo interiormente. De su hija
doña Isabel únicamente sabían que estaba recluída por su padre en un
convento. Esto era frecuente en aquellos tiempos de extremada devoción y
no excitaba la curiosidad de nadie.
Al llegar á Córdoba, como necesitaba pasar inadvertido, evitó el dar
aviso de su presencia á los amigos que le quedaban en la ciudad. Un
soldado enfermizo le servía de escudero desde que salió de la isla
Española, y con él fué á alojarse en el Mesón de los Tres Reyes Magos.
Mostróse contrariado al saber que su dueño Buenosvinos había muerto un
año antes. El mesón pertenecía ahora á otras gentes desconocidas para
él, á las que no quiso dar su nombre.
Empezaba á atardecer, y don Alonso juzgó oportuno aguardar la llegada de
la noche para ir en busca de sus amigos. Pero como nadie conocía aún su
presencia en Córdoba, aprovechó esta circunstancia para pasear un poco
por las callejuelas inmediatas al gran convento donde vivía desde dos
años antes doña Isabel Herboso.
Este paseo significaba una decisión absurda, digna de un enamorado. De
nada podía servirle. Isabel estaba encerrada en un edificio enorme, con
numerosos claustros y extenso huerto.
La vida monástica era entonces de disciplina floja y más libre que en
épocas posteriores. Monjas y novicias se asomaban á las rejas para
hablar por señas con galanes que paseaban la calle ó cambiar cartas con
ellos por medio de un hilo; pero no era fácil que el azar le deparase la
fortuna de que la hermosa novicia estuviese detrás de la celosía de una
de las ventanas, esperándolo, como si una voz misteriosa le hubiese
avisado su llegada.
Inútilmente paseó por las diversas callejuelas que circundaban la enorme
masa del convento. No alcanzó á ver en las esquinas á ninguno de
aquellos hidalgos desocupados y platónicos á los que apodaba la gente
«galanes de monjas», ni columbró silueta alguna detrás de las celosías.
Se le ocurrió meterse en la iglesia del convento con la esperanza de
encontrar un sacristán locuaz al que iría arrancando informes sobre la
novicia. ¿Quién sabe si hasta podría servirle de intermediario?...
Regresaba pobre de su viaje, con arreglo á las ilusiones que había
concebido antes de emprenderlo, pero su fortuna era mayor que cuando
vagaba ante las rejas del caserón de Herboso.
Un mercader genovés establecido en Sevilla le había dado una bolsa llena
de monedas de oro llamadas «castellanos», á cambio de varias pepitas
auríferas de las que había recogido en sus expediciones por el interior
de la Española, y aún dejaba guardados en poder de dicho comerciante más
pedazos del precioso metal. Naturalmente generoso en sus dádivas, estaba
convencido de que acabaría por encontrar un amigo dentro del convento.
Al entrar en la iglesia de las monjas, la sorpresa casi le hizo dar un
paso atrás, llevando instintivamente su diestra á la empuñadura de su
espada. Un hombre había tropezado con él al salir del templo, y este
hombre era el licenciado Herboso, el mayor de sus enemigos.
Luego experimentó una emoción no menor al fijarse en el aspecto humilde
y desalentado del gran legista. Apenas si mostró asombro el áspero
Herboso al reconocer á Ojeda, y eso que ignoraba completamente su
llegada á Córdoba.
Le miró con ojos tristes, enrojecidos, lacrimosos. Pareció vacilar sobre
sus pies por obra de un instinto que le impulsaba hacia el joven, como
si quisiera caer en sus brazos y apoyar su cabeza en uno de sus hombros.
Pero en el duro jurisconsulto no podían durar mucho estas efusiones de
su dolor y siguió adelante, lanzando á Ojeda una última mirada, triste,
fraternal, que parecía quedar entre los dos como un hilo unidor de sus
destinos.
Un criado viejo y otro joven acompañaban al licenciado Herboso con la
atenta solicitud que inspira un enfermo. Mientras uno empujaba la
cancela de la iglesia, su compañero ofrecía el apoyo de uno de sus
brazos al avejentado personaje, para evitar que sus pies vacilantes
tropezaran en el umbral.
Tan miserable era su aspecto, que acabó por inspirar compasión á Ojeda,
mientras lo seguía con sus ojos.
Luego, en el interior de la iglesia encontró el informador que venía
buscando.
Un castellano de oro deslizado en la diestra de un sacristán hizo que
éste hablase con rápida verbosidad, dando noticias que obligaron al
intrépido Ojeda á apoyar su espalda en una pilastra del templo, mientras
se llevaba las manos á la frente y le temblaban las piernas.
El licenciado venía de visitar á su hija. Ninguna tarde dejaba de
hacerlo.
Doña Isabel Herboso estaba ahora en la iglesia. Un mes antes había
bajado de las celdas del convento á una de las capillas, quedando en
ella para siempre.
Y don Alonso se dió cuenta de que aquel cuerpo adorado se hallaba á
pocos pasos de él y empezaba á consumirse bajo una losa blanca adornada
con una breve inscripción, que no pudieron descifrar sus ojos, turbios y
cegados por el agolpamiento de las lágrimas.