El aire parecía transmitir con estremecimientos de inquietud y extrañeza
las ondas sonoras surgidas del volteo de la campana. Era la primera vez
que esta atmósfera de una tierra cuyos habitantes nunca habían conocido
el uso de los metales repetía tales sonidos.
Fernando Cuevas hasta se imaginaba ver cómo los árboles de la selva
inmediata adquirían nueva vida, moviendo sus copas con el mismo ritmo de
esta voz de argentino timbre. Y los habitantes de la frondosidad
secular, monos y loros, saltaban asustados de rama en rama, luego de oir
largo rato, con una curiosidad silenciosa, esta nueva voz atmosférica,
más potente que todas las voces animales y vegetales de la arboleda
tropical.
El antiguo paje Andújar tenía ahora casa propia y estaba erguido ante la
puerta de ella, escuchando el campaneo que saludaba por primera vez la
salida del sol. Esta casa era un simple bohío, igual al de los
indígenas, con paredes de estacas y barro y techo cónico de hojas de
palmera. A corta distancia de tal edificio rústico se levantaban otros y
otros, en doble fila, formando una ancha calle, semejante á las de los
campamentos. El terreno no costaba nada, y todas las vías de la
población naciente eran exageradamente amplias y de horizonte despejado.
Al final de su propia calle veía alzarse Cuevas un muro de piedra. Era
la muralla recién construída de Isabela, la primera ciudad fundada por
los españoles en las islas inmediatas al Imperio del Gran Kan.
El almirante don Cristóbal Colón, predispuesto á la hipérbole, llamaba
gravemente «ciudad» á este agrupamiento de chozas, con una cerca de
piedra para defenderse de los indios bravos del interior de la isla de
Haití, ó isla Española, y le había dado el nombre de Isabela, en honor
de la reina de España.
Cuevas admiraba la prontitud maravillosa con que iba surgiendo del
suelo. Estaban en Enero de 1494. Sólo hacía cuatro meses que habían
salido de España y ya existía esta población, elevándose sobre sus
cónicos techos de paja ó de hojas la iglesia, recién construída, con una
espadaña de piedra, en la que daba vueltas la única campana traída del
otro lado del Océano.
El padre Boil, fraile catalán, nombrado vicario apostólico de las nuevas
tierras por Alejandro VI (el segundo papa Borgia), y los doce
eclesiásticos que habían hecho el viaje con él, iban á consagrar aquella
misma mañana el nuevo templo con una misa solemne.
Pensaba Fernando en otra ceremonia menos aparatosa, pero más importante
para él, que se desarrollaría á continuación: el bautizo de su hijo
Alonsico, primer blanco nacido en estas islas asiáticas, vecinas á las
Indias y á la boca del Ganges. Dentro del bohío que tenía á sus
espaldas, y que apreciaba tanto como un palacio por ser suyo, dormía
Lucero, que era madre desde unas semanas antes, y agarrado á su pecho
lloriqueaba el recién nacido, siendo su llanto para Cuevas una música
grata, comparable á la de la campana.
Pasaban rápidamente por su memoria todos los sucesos ocurridos en los
últimos meses al otro lado del Océano.
El doctor Acosta había hecho en Córdoba lo necesario para facilitar su
matrimonio con Lucero después del bautizo de ésta. Despedíase de su
mujer, que ya estaba encinta, para dirigirse á Sevilla, en busca de su
amigo y protector don Alonso de Ojeda. Lucero, que había recobrado sus
ropas femeniles, se abstenía de llantos y gestos desesperados al
despedirse de su joven esposo.
«Es una verdadera mujer de soldado», se había dicho con orgullo Cuevas,
admirando su serenidad.
En Sevilla preparaban Fonseca y el Almirante la segunda expedición para
ir en busca del Gran Kan, pero ésta debía salir del puerto de Cádiz. De
los diez y ocho buques que formaban la flota, catorce eran carabelas y
los demás carracas--los buques de mayor tonelaje de entonces--, y esto
la impedía anclar en el río Guadalquivir, esperando la orden de partida
en el puerto de Cádiz.
Se instaló Cuevas en una de las carracas, mandada por don Alonso de
Ojeda. El joven capitán no era marino, se embarcaba por primera vez,
pero tenía el mando supremo de la nave, cuidándose de dirigir su
navegación dos pilotos que estaban á sus órdenes. En este buque iban los
veinte caballos de la expedición, animales de combate que habían estado
en el asedio de Granada, y sus jinetes eran antiguos soldados de dicha
guerra.
Cuevas lamentó no poseer una de estas bestias y tener que seguir á su
admirado don Alonso como escudero de confianza, pero á pie.
--No tengas pena--dijo el joven capitán--. La guerra es para que mueran
los hombres, y apenas caiga uno de los hidalgos que están á mi mandar,
juro darte su caballo.
Dos días antes de que zarpase la flota, al volver Cuevas á su carraca,
luego de haber cumplido en Cádiz unas comisiones de su nuevo amo, tuvo
la más inesperada de las sorpresas. Vió sobre la cubierta de la nave á
una mujer joven, arrebujada en un manto para ocultar el volumen anormal
de su vientre. Era Lucero, que hablaba con don Alonso. Predispuesto éste
á aceptar todo lo que fuese audaz y extraordinario, acogía con sonrisas
y gestos aprobativos las palabras de la joven.
Se extrañó Lucero de la credulidad de su esposo al despedirse de ella en
Córdoba.
--¿Pero creíste de veras que yo podía dejar que se fuese mi hombre sin
seguirlo?
Había fingido conformidad para evitarse la oposición de su madre y del
doctor Acosta, arreglando en secreto su fuga á Cádiz. Un «cristiano
nuevo», arriero de profesión, la había acompañado hasta aquí. Además, su
próxima maternidad imponía respeto, suprimiendo las tentaciones que
podía inspirar su juventud. Y en Cádiz estaba para atravesar por segunda
vez el Océano, pero ahora vestida de mujer.
Inútilmente protestó Cuevas. A don Alonso le parecía bien lo hecho por
Lucero, y como dependía de su voluntad que ésta fuese ó no fuese en la
nave, acabó el joven por callarse. En la flota no iban legalmente mas
que hombres. Los reyes sólo habían autorizado el embarque de mil
doscientos individuos; pero teniendo en cuenta los que recibieron
autorización á última hora y los que se ocultaron en las naves para
mostrarse luego en alta mar, pasaban de mil seiscientos. También se
instalaron en los buques, con más ó menos secreto, algunas hembras de
baja extracción, que seguían disfrazadas á sus amantes, marineros ó
soldados. La única mujer de condición legítima que iba en la flota era
Lucero, con la aprobación del jefe de la nave, pero sin que lo supiera
el Almirante antes de la partida.
El 25 de Septiembre de 1493 salían los expedicionarios de Cádiz antes de
que surgiese el sol. En las Canarias habían comprado terneras, cabras y
ovejas, para aclimatar dichos animales en la isla Española, así como
gallinas y otras aves domésticas.
La carraca de Ojeda, que tenía su cubierta transformada en establo para
los caballos, embarcó ocho cerdos, que después habían de reproducirse
portentosamente en las nuevas tierras, huyendo á los montes para formar
manadas silvestres. Los físicos y herbolarios de la expedición tomaban
igualmente en las Canarias semillas de naranjas, de limones y otros
frutos, para reproducir en las nuevas islas los mismos jardines que
habían dado á las Canarias, en la antigüedad, su nombre de Hespérides.
Cuevas iba inquieto por el estado de su mujer. Sólo le faltaban contados
meses para el parto, y temía las terribles consecuencias de esta
navegación y sus privaciones. Pero el viaje fué mostrándose tan fácil y
dulce como el primero. Navegaban siempre con viento favorable; el mar
era tranquilo. Además, Ojeda los había instalado en el alcázar de popa,
cerca de él.
Vieron, como la otra vez, bancos de hierbas flotantes sobre el quieto
Océano y grandes bandas de loros y otras aves de los trópicos. La tierra
ya estaba cerca.
Como Fernando y Lucero eran los únicos en este buque que habían figurado
en el viaje anterior, se expresaban con una seguridad de expertos
navegantes, y don Alonso, así como los dos pilotos de la carraca, les
oían atentamente.
Había modificado el Almirante su rumbo del primer viaje, poniendo la
proa más al Sur. Quería ver aquellas islas pobladas de caribes de las
que hablaban con asombro los tímidos habitantes de las costas de la
Española. Así fué encontrando las pequeñas Antillas, que forman casi un
semicírculo desde el extremo oriental de Puerto Rico á la costa de
Paria, en la América del Sur, barrera de islas entre el llamado mar
Caribe y el resto del Océano.
La primera isla que surgió ante sus ojos la llamó Colón la Dominica, por
ser domingo; á la segunda le puso el nombre de Marigalante, como se
llamaba la nave en que iba, y á la tercera, mucho más grande, la bautizó
Guadalupe, por haber prometido á los religiosos del monasterio de la
Virgen de Guadalupe, en Extremadura, convento el más famoso de España
entonces, dar este título á alguna de las primeras tierras que
descubriese.
Todas estas islas de montañas volcánicas, cubiertas de esplendorosa
vegetación, que surgían del mar azul como altísimas pirámides de
verdura, estaban pobladas de gentes belicosas que recibían á los
expedicionarios á flechazos ó huían al interior para preparar emboscadas
y sorpresas.
Ojeda desembarcó varias veces por encargo del Almirante para combatir á
estos indígenas bravos, pero nunca quiso permitir que Cuevas le siguiese
en sus cortas expediciones. Debía atender á su esposa.
A la vuelta, él y sus hombres hablaban de los restos humanos encontrados
en las chozas de estos antropófagos. Cadáveres hechos cuartos colgaban
de los techos de las viviendas para curarse al aire, convirtiéndose en
cecina. Habían encontrado en una olla pedazos del cuerpo de un hombre
joven, mezclados con carne de gansos y de loros, asándose al fuego. Y al
mismo tiempo Ojeda describía con un entusiasmo desbordante, propio de su
carácter apasionado, las bellezas del trópico, que conocía por primera
vez, la fragancia de las flores y las gomas, los colores de los pájaros
de sedoso plumaje, los revuelos de tórtolas y palomas silvestres.
En otras islas del mar Caribe fueron sosteniendo batallas con los
naturales, asombrándose de que las mujeres indígenas peleasen lo mismo
que los hombres. Eran éstas indudablemente las amazonas de que les
habían hablado á los españoles en su primer viaje. Sus flechas
resultaban tan vigorosamente disparadas, que hirieron á varios
cristianos, atravesando las rodelas con que se cubrían.
Algunas de estas hembras, bien formadas de cuerpo y con facciones menos
irregulares que otras indígenas, fueron hechas prisioneras, y Colón, que
tan severo se había mostrado para evitar el embarque en España de
mujeres blancas, distribuyó las indias cautivas entre los capitanes de
nave que le eran más queridos. Uno de ellos, llamado Cuneo, italiano de
nación, ataba á su india con cuerdas porque se resistía á sus deseos,
declarando después de consumada la violación que la beldad cobriza se
había entregado á él con tal entusiasmo que podía dar lecciones á las
cortesanas más expertas de Europa.
Las costumbres de entonces no veían nada de extraordinario en estas
violencias. La guerra lo justificaba todo. Además, Colón, y con él la
mayoría de sus contemporáneos, consideraba á estos indígenas como
pertenecientes á una humanidad inferior, indigna de los miramientos
habituales entre los blancos.
Deseaban los expedicionarios dar pronto término á su viaje, pues los más
de ellos se habían embarcado por primera vez. El Almirante, por su
parte, sentíase agitado por la inquietud al pensar en el puñado de
hombres que había dejado guarneciendo la «ciudad de Navidad», como él
llamaba al pequeño fuerte de tablas levantado en las tierras de su amigo
el cacique Guanacarí.
Los que habían ido en el primer viaje recordaban como una época feliz
los días pasados en las costas de Haití, y los demás, creyendo sus
palabras, se impacientaban por llegar á una tierra de bosques
paradisíacos, abundante en oro.
Cuevas iba recordando todas las sorpresas dolorosas sufridas por los del
primer viaje al seguir ahora las costas de la Española en esta segunda
expedición. En el llamado golfo de las Flechas, donde había ocurrido la
pelea con un grupo de indios bravos, dando él una cuchillada al más
audaz de dichos indígenas, el Almirante hizo desembarcar á uno de los
mancebos indios que se había llevado á España y que devolvía á su país
cristianizado y vestido á la española, para que sirviese de intérprete.
Este indígena, cargado de regalos, bajó á tierra y ya no lo vieron más.
Sólo quedaba en la flota como traductor un joven de Guanahaní, que se
había bautizado en Barcelona, tomando el nombre de Diego Colón, el
hermano menor del Almirante, y que se mantuvo siempre fiel á los
españoles.
El 25 de Noviembre anclaban ante Montecristi, cerca de la corriente
acuática que Colón había llamado Río de Oro. Un grupo de marineros, al
explorar la costa, encontraba dos cadáveres, uno de ellos con una cuerda
de esparto español atada al cuello; pero estaban tan desfigurados, que
resultaba imposible adivinar si eran indios ó blancos.
Las dudas que empezaban á sentir muchos sobre el destino de los hombres
que se habían quedado en la Navidad se hacían cada vez más siniestras.
Cuevas, que había bajado á la playa, descubrió otros dos cadáveres ya en
descomposición, pero uno de ellos tenía barba, signo indudable de que
era el cuerpo de un blanco.
Al mismo tiempo el Almirante y otros personajes dudaban de que los
indígenas hubieran podido atacar á la guarnición de la Navidad, en vista
de la franqueza y el desembarazo con que llegaban en sus canoas hasta la
flota y subían á los buques para hacer cambios con las tripulaciones. El
27 llegaron al anochecer frente al puerto de la Navidad, manteniéndose á
una legua de tierra por miedo á las rocas en las que había naufragado la
_Santa María_ durante el primer viaje.
Como empezaba á cerrar la noche con la rapidez de los crepúsculos
tropicales, nadie pudo ver el aspecto de la costa. Impaciente Colón por
salir de dudas, mandó disparar dos cañonazos. Había dejado en el fuerte
de Navidad varias piezas de artillería, y era indudable que iban á
contestar á dicha señal. Repitió el eco á lo largo de la costa las dos
detonaciones. Luego se restableció el silencio. En vano avanzaron la
cabeza, capitanes y pilotos, en todos los buques, esperando oir algún
grito de respuesta. Ni luces, ni voces.
Cuevas y Lucero mostráronse inquietos al encontrarse frente al lugar
donde habían creído ver morir á su enemigo Pero Gutiérrez. ¡Si viviese
aún, por un capricho de la suerte, y los denunciase al Almirante!...
Lamentaban al mismo tiempo este mortal silencio de la noche tenebrosa,
indicador de que no quedaba ya ningún vestigio de la pequeña población
que habían visto nacer.
Pasaron muchas horas para las gentes de la flota, fluctuando entre la
credulidad y el desaliento. A medianoche una canoa se acercó al buque
almirante, preguntando los indios desde lejos si Colón venía en él. Y se
negaron á subir, hasta que un grumete puso una antorcha junto al rostro
del Almirante para que lo reconociesen.
Un pariente del cacique Guanacarí entró en el buque, entregando á don
Cristóbal dos máscaras con adornos de oro semejantes á las del primer
viaje. Sus declaraciones sobre la suerte de los españoles que habían
quedado en el fuerte resultaban confusas, pues el indio Diego Colón,
único intérprete, era de las Lucayas y su lengua se diferenciaba de la
de Haití. Entendió Colón que muchos de los españoles habían muerto, pero
otros estaban en el interior de la isla con sus mujeres indias, y
también que Caonabo, terrible cacique de Cibao, el «país de las montañas
de oro», había atacado á Guanacarí por ser amigo de los españoles, y
éste había sido herido en una pierna, y todavía se hallaba
convaleciente, por lo cual le había sido imposible venir en persona á
saludar al Almirante.
Colón, que tenía gran confianza en su amigo el «rey virtuoso», se mostró
casi alegre. Era indudable que muchos de los suyos habían muerto, pero
otros vivían establecidos en el interior, tal vez para estar más cerca
de las minas de oro, y debían guardar grandes cantidades de dicho metal.
La gente de todos los buques esperó la llegada de la aurora con más
ánimo. Al enterarse de que los indios habían traído regalos, creían que
á la mañana siguiente iban á renovarse todas las escenas agradables
relatadas por los del primer viaje.
Cuevas y su mujer se mostraban menos optimistas. Presentían que los
indios iban dando al Almirante, en pequeñas porciones, una terrible
noticia, y que al amanecer contemplarían los restos de una gran
catástrofe. Volvieron á su memoria las protestas de Pinzón y los amigos
de éste por haber abandonado el Almirante aquel grupo de hombres entre
inmensas muchedumbres de dudosa fidelidad y carácter tornadizo.
Salió el sol, iluminando una costa completamente desierta. Cuevas la
recordó como la había visto meses antes, con numerosos grupos de indios
en la playa, otros grupos nadando hacia las carabelas y enjambres de
canoas deslizándose incesantemente entre la flotilla y la costa.
--Ahora ni una barca, ni un hombre, ni un poco de humo entre los árboles
que revele la existencia de un bohío--dijo á Ojeda, señalando la costa
desierta.
Inquieto el Almirante por esta soledad, envió una barca á tierra, y don
Alonso, no menos ansioso de conocer este misterio, hizo lo mismo en el
batel de su nave, acompañándole Fernando como experto en el país.
Del antiguo fuerte sólo quedaban ruinas ennegrecidas por el incendio,
cajones y toneles rotos, vestidos europeos hechos harapos, últimos
vestigios de un saqueo destructor. Algunos indios que los espiaban á
través de los árboles huyeron al verse descubiertos por los españoles.
Bajó Colón á tierra al día siguiente con la esperanza de que viviesen
aún algunos de la guarnición y estuvieran ocultos en las cercanías. Hizo
disparar cañones y arcabuces para que acudiesen los fugitivos, pero un
triste silencio volvió á restablecerse después de las detonaciones.
Recordando que había dado orden á su pariente Diego de Arana para que en
caso de peligro enterrase las cantidades de oro que seguramente iba á
juntar, dispuso que se hiciesen excavaciones en las ruinas del fuerte y
se desaguase su pozo. Pero los toneles llenos de oro hasta los bordes
con que había soñado Colón no se encontraron por ninguna parte. Mientras
tanto, otros grupos de españoles, al explorar las inmediaciones,
encontraban los cadáveres de once hombres ya corrompidos, que por sus
trajes y barbas mostraban ser europeos.
Al fin se dejaron ver algunos indios que conocían contadas palabras de
español, así como los nombres de todos los que habían quedado á las
órdenes de Diego de Arana, y con la ayuda del único intérprete pudo
rehacerse la historia de la catástrofe, entre dudas, contradicciones y
vacíos inexplicables.
Cuevas se asombró al oir el nombre de Pero Gutiérrez. Unos indios lo
omitían en sus relatos; otros hablaban de él como principal causante de
lo ocurrido. ¡No había muerto del flechazo en el cuello!...
A juzgar por lo que algunos indígenas contaban de él, dicha herida no
había resultado mortal. Su soberbia le ponía en pugna con Diego de
Arana, y él y Escobedo, el otro lugarteniente, se negaban á reconocer su
autoridad superior. Poseían numerosas mujeres, pero esto no evitaba que
se sintiesen tentados por las de los otros, robándolas á padres y
esposos. Los dos abandonaban finalmente el fuerte con algunos de sus
partidarios, y atraídos por las maravillosas descripciones de las minas
de Cibao, iban en busca del rey de dicha tierra, el famoso Caonabo.
Este soberano indio, que era caribe de raza, daba muerte á Gutiérrez y á
Escobado, así como á sus acompañantes, y juntando un ejército caía
sobre el fuerte de Navidad. Sólo vivían dentro de él diez hombres, con
el gobernador Arana, en lamentable descuido, sin vigilancia alguna. Los
demás se habían instalado en los alrededores con sus mujeres. Todos
ignoraban que Gutiérrez y Escobedo, por avaricia y soberbia, habían ido
en busca de Caonabo, despertando con tal visita la agresividad del
terrible cacique. Los europeos eran exterminados antes de que pudieran
defenderse. Sólo ocho tuvieron tiempo para huir y se ahogaron en el mar.
Guanacarí y sus gentes habían intentado defender á sus huéspedes, pero
no eran hombres de guerra y con facilidad los hizo huir Caonabo.
Guanacarí quedaba herido en el combate y su ciudad reducida á cenizas.
Al día siguiente de escuchar este relato, supo Colón que Guanacarí
estaba enfermo en una aldea cercana. Uno de los capitanes españoles lo
había descubierto tendido en una hamaca y rodeado de siete de sus
mujeres. Fué en persona el Almirante á visitarlo, seguido de los
principales personajes de su flota, ricamente vestidos de sedas y
brocados ó cubiertos de armaduras de acero.
Derramó, como siempre, el «rey virtuoso» abundantes lágrimas mientras
hacía el relato de lo ocurrido en la Navidad y sus esfuerzos por
defender á los españoles. Como estaba cojo y se quejaba de agudos
dolores, ordenó Colón que lo examinase un cirujano de su flota, y al
quitarle éste las vendas no halló signos de herida, á pesar de lo cual
el cacique prorrumpía en gritos de dolor cuando le manoseaban la
pierna.
Algunos de los blancos presentían en todo esto una falsedad, teniendo á
Guanacarí por cómplice de Caonabo. El padre Boil, fraile de carácter
rudo, exhortó al Almirante para que no se dejase engañar más por este
indio embaucador. Pero Colón daba como pruebas de su lealtad el estar
quemada y en ruinas su población principal. Además, un castigo del
cacique por su perfidia podía aumentar el recelo y la fuga de los
indígenas, que trataban ahora á los «hijos del cielo» con menos
reverencia que en el primer viaje.
Guanacarí visitó al Almirante en su nao, encontrando en ella diez
mujeres indígenas que habían sido libertadas de los caribes en una de
las islas recién descubiertas. Una de ellas, que ya había sido
bautizada, tomando el nombre de Catalina, gustó mucho al cacique, que
siempre tenía un harén abundante, y, según afirmaban sus enemigos, lo
sometía muchas veces á caprichos antinaturales.
Después de esta visita se estableció una inteligencia secreta entre el
cacique, que permanecía en tierra, y las mujeres indias. Una noche, la
intrépida Catalina, cuando toda la tripulación estaba en su primer
sueño, despertó á sus compañeras, y aunque la nave almirante estaba á
tres millas de la playa y era grande el oleaje, las diez isleñas,
acostumbradas desde niñas á una diaria natación, se arrojaron al agua,
dirigiéndose hacia la obscura costa con vigoroso braceo. Dieron el grito
de alarma los vigías, salieron varios botes en persecución de las
nadadoras, bogando en dirección á una luz que brillaba en la costa y las
servía de norte, pero sólo pudieron alcanzar á cuatro de ellas,
escapando la valerosa Catalina con las cinco restantes para ocultarse en
los bosques inmediatos á la playa.
Al amanecer el día siguiente envió Colón una orden á Guanacarí para que
devolviese las fugitivas; pero sus emisarios hallaron abandonada la casa
del cacique y no encontraron un solo indio. Después de esta fuga general
todos consideraron las desiertas cercanías de la Navidad como un lugar
de mal agüero. Las negras ruinas de la fortaleza y las tumbas rústicas
que habían erigido á los cadáveres de sus compatriotas ensombrecían la
belleza de los bosques inmediatos. Cuevas y Lucero se acordaban con
frecuencia del pobre Garvey, su amigo irlandés.
Un lugar situado cerca de Montecristi, con puerto espacioso, tupidas
florestas y dos ríos abundantes en peces, fué acogido como solar
favorable para la fundación de una ciudad. Además, Colón sintióse
atraído por ciertas noticias de los indios, según las cuales, el Cibao,
tan abundoso en oro, estaba á corta distancia, extendiéndose sus
montanas casi paralelas al nuevo puerto.
Al fin pudieron desembarcar las tropas con los trabajadores y artesanos
que iban á edificar la primera ciudad. Echáronse á tierra las mercancías
que debían servir para el comercio con los naturales, los cañones y
municiones, las herramientas agrícolas, los cuadrúpedos y las aves que
habían padecido mucho durante el viaje y la caballada estabulada en la
carraca de Ojeda.
Todos se mostraban alegres al verse libres de la penosa estrechez de los
barcos, sufrida durante meses y meses, al no respirar la hediondez del
amontonamiento y percibir la fragancia de las florestas tropicales.
Cuevas había visto surgir en pocas semanas las calles y plazas de
Isabela. El templo, el almacén de provisiones y la vivienda del
Almirante eran de piedra. Las casas de los particulares, unas de madera,
otras de cañas y de tierra apisonada.
Trabajaron todos con entusiasmo en los primeros días, pensando que el
oro les esperaba más allá de los bosques, en aquellas montañas que
asomaban sus cúspides sobre la arboleda. Lo urgente era crear la ciudad.
Después irían á hacerse ricos en unas cuantas horas, ya que estaban en
Cipango.
A los pocos días se desvanecieron estos entusiasmos. Las enfermedades
propias de una violenta aclimatación y de una tierra virgen, no domada
aún por el hombre, se ensañaron en los colonizadores. No acostumbrados á
la vida del mar los más de ellos, habían padecido mucho al vivir
encerrados en los buques, alimentándose con provisiones saladas y en mal
estado por los accidentes de la navegación. Además, el clima húmedo y
cálido, la continua evaporación de los ríos, la atmósfera estancada por
las espesas arboledas, empezaron á enfermar á unos hombres acostumbrados
á moverse en otro ambiente.
Muchos de ellos habían vivido hasta entonces de hacer la guerra, sin
conocer un trabajo regular. Los de profesión manual se veían obligados á
edificar una ciudad, desmontando la tierra á toda prisa, cuando
necesitaban reposo y descanso, después de tan penoso viaje. Caían
enfermos los más, y á sus dolencias físicas iba unida la desilusión.
Tenían que llevar una existencia casi salvaje, cuando habían soñado,
hasta pocos días antes, con las ricas ciudades de Catay, viéndose
alojados en sus palacios de mármol ó cobijándose bajo las techumbres
áureas de Cipango.
Los indios de los alrededores traían oro para trocarlo, pero en pequeñas
cantidades, y era ya indudable que este metal sólo podía adquirirse con
perseverante y fatigoso trabajo.
Hasta Colón, el más optimista de todos, caía enfermo, pasando varias
semanas en cama. Y en tal situación fué cuando Lucero tuvo á su hijo,
asistida por el doctor Chanca, famoso médico de Sevilla, que había
pedido voluntariamente figurar en este segundo viaje, seducido por la
novedad del descubrimiento y por las seguridades que daba el Almirante
de topar ahora con el Imperio del Gran Kan.
Fernando Cuevas, siempre de pie á la puerta de su bohío, fluctuaba entre
la decepción y el entusiasmo, como la mayor parte de los blancos que
habían venido á establecerse en este lugar, hermoso é insalubre,
embellecido por los mayores esplendores de la Naturaleza y hostil al
mismo tiempo para los hombres no nacidos en él.
La abundancia de insectos sanguinarios hacía un infierno de sus noches.
La nigua y otros parásitos se ensañaban, con la furia de la novedad, en
los cuerpos de blanca epidermis. El joven pensaba inquieto en aquel
pequeño ser, carne de su carne, que respiraba y empezaba á abrir sus
ojos á pocos pasos de él. Necesitaba defenderlo, con precauciones
paternales, de los peligros de este ambiente hermoso y poco propicio
para los que aún no se habían adaptado á él. Igualmente debía
preocuparse de Lucero, muy animosa durante el viaje, pero quebrantada
por la maternidad al pisar la nueva tierra.
Un misterio inquietante se abría ante la imaginación de Fernando al
mirar la naciente ciudad. ¿Morirían allí todos, exterminados por el
clima adverso, ó sorprendidos, como los de la guarnición de la Navidad,
por el inesperado ataque de aquellos guerreros cobrizos que vivían
misteriosamente más allá de los bosques, en montañas lejanas, rojas como
la sangre á la salida del sol, azules á la hora del crepúsculo?...
Luego, la confianza que mostraba el invulnerable don Alonso, «el
Caballero de la Virgen», enardecía á Cuevas. Indudablemente, ya que
estaban en Cipango, según decía el Almirante, debían existir en el
interior de la isla, cerca de sus minas de oro, ricas ciudades donde un
hombre valeroso podía adquirir, gracias á su valor, considerables
riquezas.
No podía quejarse aún de su destino. Uno de aquellos veinte caballos que
admiraban y espantaban á los indígenas, como animales fabulosos, sería
suyo muy pronto. El soldado de Ojeda á quien pertenecía iba á morir de
un momento á otro, á consecuencia de un flechazo «con hierba» recibido
en una de las islas Caribes. Él iba á ser uno de los primeros que
penetraría en el interior misterioso de Cipango. ¿Qué más podía
desear?...
Seguía sonando la campana sobre su cabeza. Volaban asustadas las bandas
de loros, volviendo poco después atraídas por la curiosidad. Repetía la
atmósfera el canto de esta voz metálica con la vibración de un armonioso
y claro cristal. Sonreía la mañana con entusiasmo ingenuo y pueril,
seducida por esta nueva música.
En lo alto de los árboles se entreabrían las hojas, dejando visibles
centenares de cabezas de monos que escuchaban con grotesca gravedad.
Abajo, entre lianas y troncos, surgían otras cabezas más grandes. Eran
de indígenas del interior que llegaban arrastrándose para escuchar la
voz de esta divinidad de bronce, traída por los blancos del cielo, y que
podía hablar á enormes distancias.
Y algunos de estos indios eran de luengos cabellos y altos plumajes, con
la cara y el cuerpo pintados, llevando arco, flechas y un palo duro á
guisa de espada. Lo mismo que aquellos otros que al final del primer
viaje habían intentado cautivar al paje Andújar y á un grupo de
marineros.