4 de diciembre.

La he visto; todo es verdad... Estoy anonadado.

La encontré en aquella salita tan modesta, tan triste, a la que llega la

luz por encima de los tejados vecinos, en aquella callejuela estrecha y

húmeda. Estaba pintando una miniatura de un niño, cuya fotografía tenía

delante. Siempre la veré así, con el pincel en la mano, vestida con una

bata obscura, y coronada por su espléndida cabellera de oro, de la que

un pálido sol de diciembre arrancaba reflejos tristes.

Al oír abrirse la puerta volvió la cabeza y sonrió... Y aquella sonrisa

me traspasó el corazón, pensando en lo que tenía que decirle.

--¿Tan de mañana?... Buenos días--me dijo alegremente.--Muy mal aviada

estoy para recibir a usted.

Echóse por los hombros, para ocultar lo raído del traje, un chal de

brillantes rayas que había dejado caer, e inclinándose graciosamente, me

dio la mano.

Se la oprimí y la oprimí contra mis labios tratando de reanimar mi

valor, mientras ella, siempre sonriente, me miraba, esperando la

explicación de mi visita a aquella hora.

--Luciana--dije muy bajo,--¿es verdad que ha ido usted sola a buscar a

Lautrec a su casa de la calle de Jena?

Mi prometida se puso tan pálida, que hasta los labios resultaron

descoloridos; y al mismo tiempo una horrible sensación de frío corría

por mis venas, mis dientes crujían y me parecía que el sol acababa de

apagarse.

--Le juro a usted que nunca he visto a Gerardo Lautrec en su casa.

Su voz estaba cambiada y su respiración era anhelosa.

--¿Por qué niega usted? La vieron a usted entrar.

--¿Quién me vio? ¿Quién se atreve a decir eso?

--La de Jansien... Iba a ver a su abogado, Lehoux, que vive en la misma

casa que Lautrec, y ha visto a usted, a usted, Luciana, entrar en casa

de ese hombre, donde era usted, sin duda, esperada, puesto que allí se

quedó.

--Es un error... Lautrec no estaba en casa... No hice más que dejarle un

recado...

--Un recado... ¿de quién?

Luciana vaciló.

--Tenía que pedirle una cosa...

--¿Y estaba usted obligada a ir sola a pedírsela?

--Hice mal... muy mal... Pero juro a usted por mi salvación eterna que

Lautrec no estaba en casa y que no lo vi.

--Sin embargo, usted entró... ¿para esperarlo?

--No; para escribir mi petición en la antesala.

--¿Qué tenía usted que pedirle tan importante?

Luciana hizo un gesto de irritación y de cansancio.

--¿Para qué preguntarme?... Si duda usted de mí, es inútil...

--¿Por qué no decir la verdad, si es inocente?

--Lo es, pero usted no lo creería.

--¿Cómo no ve usted que no pido más que creerla, que tengo sed de su

inocencia y de verla justificada ante todo el mundo como lo está de

antemano para mí? Pero, por Dios, Luciana, sea usted franca.

Su cara se contrajo con una expresión de sufrimiento; y después levantó

la cabeza y dijo con resolución.

--Pues bien, lo seré... y usted será inexorable; lo conozco... Fui a

casa del señor Lautrec a reclamar unas cartas que había tenido la

imprudencia de escribirle...

--Muchas imprudencias son esas para una mujer que va a casarse,

Luciana... ¿Qué decían esas cartas? ¿Estaba su madre de usted enterada

de esa correspondencia?

--Si lo hubiera estado no hubiera yo ido en secreto a reclamarlas.

Lautrec se marchaba al día siguiente y no podía resignarme a dejárselas.

--¿Qué decían esas cartas?

--Frases de novela... esas tonterías sentimentales, sin sinceridad, que

divierten a la frivolidad de las mujeres... ¡Qué castigada estoy por

aquella pueril vanidad!...

--¿Las tiene Lautrec?

--No... Me las ha devuelto.

--¿No dice usted que no estaba en su casa?

--Así es la verdad... Me las envió por una persona segura.

--¿Puedo saber el nombre de esa persona?

--¿Para qué?... Eso importa poco...

--Me importa mucho, al contrario, saber quién ha intervenido en un

episodio tan lamentable para mí.

--Pues bien, puede usted preguntarla y sabrá que no miento: es Elena

Lacante.

--¡Elena!

No pude contener un grito. En medio de mi pena, de mi ternura humillada

y del sombrío abatimiento en que me sumían las confesiones de Luciana,

brotó de mí un relámpago de alegría.

¡Elena, al menos, es inocente y pura! ¿Hay, pues, mujeres leales, fieles

y sin artificios y falsedades?

--Su sorpresa de usted me prueba--dijo Luciana,--que Elena ha guardado

el secreto... Quiero hacerle justicia a su vez... Las cartas que usted

vio que Lautrec le entregaba, eran las mías.

--¿Las tiene usted?

--Las he quemado... así como las respuestas.

--¡Ah! Naturalmente, él también escribía a usted... a la lista del

correo, como me hacía usted escribirle... Es lamentable, Luciana, que

haya usted destruido esa interesante correspondencia, que hubiera podido

indicar el grado más o menos excusable de su ligereza... ¿Por qué las ha

quemado usted?

--No merecían mejor suerte.

--¿Eran cartas de amor?

--Las suyas, sí... yo respondía en otro tono.

--¿Y encuentra usted legítimo y natural, usted la prometida de otro,

sostener con el señor Lautrec un cambio de cartas galantes? Si me

hubiese usted amado, siquiera un poco, le hubiera bastado una palabra

para impedirlo.

--Olvida usted que nuestro compromiso era secreto y que mi libertad

aparente autorizaba a Lautrec para tratar de agradarme.

--Por eso no lo acuso a él, sino a usted... ¿Cómo le ha permitido usted

hablarle de su amor y escribirle, cuando el honor exigía que le hiciera

callar a la primera palabra?

--Es verdad... He hecho mal, y lo siento amargamente... Piense usted,

sin embargo, que nuestro porvenir era incierto y nuestro casamiento una

eventualidad lejana.

--Es decir, que dejaba usted una puerta abierta a su impaciencia y a su

indiferencia seca y cruel... ¿Cree usted, Luciana, que me es fácil

perdonar eso? ¿Será posible?

Luciana respondió en tono resuelto.

--¡No!... Aunque me perdonase usted, no podría olvidar... Y yo tampoco

olvidaría mi falta ni la dureza de sus reproches. Conservaría un

sentimiento indeleble, al mismo tiempo de creerme obligada por su

clemencia. Renuncio a esa doble carga.

--¿Entonces?--pregunté anhelante de emoción.

También ella estaba conmovida, y en sus ojos brillaban las lágrimas. Su

voz se debilitó y me dijo muy bajo:

--Creo que nos hemos engañado... No soy yo la mujer que le conviene a

usted... y acaso no es usted tampoco como yo había creído...

--¡Luciana!...

Mi corazón se partía en el momento de perderla, y comprendía, sin

embargo, que decía la verdad.

Y esto era lo más amargo de todo.

Luciana se levantó lentamente.

--Olvide usted que me ha amado. Yo me acordaré siempre... y ese recuerdo

será el más dulce de mi vida pasada...

Me hizo con la mano una seña de adiós, y salió de la sala.

Yo no la retuve...

En el comedor, me encontré al salir con la de Grevillois, que estaba

poniendo su modesta mesa.

--¿Qué ocurre?--exclamó al ver mi cara descompuesta.

--Luciana se lo dirá a usted.

Besé con respeto aquella mano laboriosa y arrugada y pasé aquel umbral

que no veré más, dejando detrás de mí los sueños febriles de un año y

las ruinas de mi tardía juventud.

Ya estoy libre... pero solo...

Elena al Padre Jalavieux.

Lo imposible sucede algunas veces, señor cura.

Mi padre me ha llamado hace un momento y en cuanto le he visto, he

conocido que no estaba satisfecho.

--Ven aquí--me dijo,--y dame cuenta de tu conducta. ¿Por qué me has

mentido?

--¿En qué, papá?

--Me has afirmado que no sabías nada de las fechorías de Luciana, a

pesar de que estabas perfectamente informada, con pruebas, y has dejado

a Máximo, un amigo, caer sin socorro en el lazo que le tendía esa

casquivana.

--Papá, se había confiado a mí y yo le había jurado el secreto.

--Has hecho mal, muy mal. Una joven que quiere y respeta a su padre no

tiene secretos para él.

--He deplorado amargamente mi imprudencia, pero, una vez cometida la

falta, ¿podía yo hacer traición a la que se había entregado a mí con

toda confianza?

--Se había entregado... por interés; por hacerte sacar las castañas del

fuego, tontilla.

--No pensé en eso al verla tan desolada, tan infeliz. Y después no he

creído que debía cometer un perjurio.

Mi padre dijo, ahuecando la voz:

--¡Oh! ¡Hermosos sentimientos!... Habría que preguntarte, sin embargo,

si la fidelidad a tu palabra debía poder más que el respeto a la verdad.

--Me lo he preguntado con angustia, papá... Y, en la duda de lo que

debía hacer, he tomado el partido que más trabajo me costaba. He temido

que el decir la verdad estuviese demasiado conforme con mis... deseos.

No pude continuar y bajé la cabeza.

Mi padre se agitó en su sillón, creyendo que estaba yo llorando, y dijo:

--Ahora lágrimas; el argumento supremo de las mujeres. ¡No llores, voto

va!

Se quitó el gorro y lo lanzó al otro extremo de la habitación. Después

se dulcificó.

--Tráeme el gorro y no tomes ese aire desesperado... Vamos, ven acá...

Algo hay de bueno, después de todo, en esa cabecita. ¿Dices que temías,

hablando, ceder a algún deseo secreto? ¿Es ese tu pensamiento?

Responde... ¿Es que amas a Máximo?

Yo estaba como una acusada, con la cabeza baja, y no tenía valor para

responder.

Mi padre continuó:

--Lo sospechaba... lo amas. ¿Dónde está el mal? Hablemos un poco...

--Pero él no me ama a mí--murmuré tristemente.

--¡Déjame hablar, qué diablo! Si lo amas, sabrás sin pena que su

matrimonio se ha roto.

--¿Completamente?

--Completamente. La misma Luciana le ha confesado la historia y lo ha

dispensado de sus juramentos.

--¿Y él ha consentido?

--Sin resistencia, y debe estimarse muy dichoso. Es evidente que esa

joven corría dos liebres a la vez y que lo reservaba como plato de

segunda mesa.

--Sin embargo, estoy segura de que él la ama todavía... ¡Es tan hermosa

y tan seductora!

--¡Bah!... En todo caso, Máximo no piensa como un amigo nuestro, que la

belleza es una virtud que dispensa de las otras... Por el momento, el

pobre parece un gato escapado de la caldera... y tiene un saludable

temor de la mujer... lo que es el principio de la sabiduría... Dejemos

hacer al tiempo... Entretanto, lo tendremos más a nuestro lado, ya que

se ha desembarazado de esa muchacha.

¿No admira usted, señor cura, cómo me he librado, sin hacer nada para

ello, de ese secreto que tanto me pesaba?

Elena al Padre Jalavieux.

Mi padre lleva muchos días enfermo y con alternativas que nunca le

llevan a la convalecencia. Estoy angustiada.

Hoy, cuando salía de mi cuarto para ir a instalarme al lado de mi padre,

me he encontrado con Máximo. Le dí la mano, y él la retuvo en las suyas

y me dijo en tono de reproche:

--¿Por qué huye usted de mí? Hace un mes que no encuentro medio de

hablarla.

--Ya sabe usted que el cuidado de mi padre ocupa todo mi tiempo.

--¿Está solo en este momento?

--Están con él los Marqueses de Oreve.

--Entonces no hay sitio para mí y debo marcharme, a no ser que usted

tenga la indulgencia de hacerme quedar.

--Quédese, se lo ruego.

Se sentó al lado del escritorio, y yo en la sillita baja que siempre

ocupo junto al sillón de mi padre.

--Hoy hace un mes, sufrí una gran decepción; ya sabe usted lo que quiero

decir y en qué forma brutal se hizo la luz. Hubiera sido menos cruel

para mí el oír la verdad de su boca de usted.

--¡Era imposible!

--No discuto sus razones, Elena; aunque sospecho que fue su indiferencia

de usted lo que les dio tanta fuerza.

Me callé y no revelé ni por una seña mis verdaderos sentimientos.

--Si hablo de esto--continuó,--puede usted creer que no es para que

lamente mi suerte, que es más bien grotesca.

--¿Por qué?

--Porque es ridículo ser engañado.

--¿Cómo no serlo cuando se ama?

Máximo respondió tristemente:

--¿Quién sabe si no empieza uno por engañarse a sí mismo?... Pero no he

querido hablar con usted para disertar sobre psicología sentimental,

sino para pedirle perdón.

--¿Ha sospechado usted de mí, verdad?--dije sonriendo.--Así debía ser,

pues las apariencias estaban contra mí.

--Y le importaba a usted poco, confiéselo.

--No tan poco, puesto que tuve una gran pena. Pero el ser inocente me

consolaba.

--Es usted, sencillamente, un ángel. Elena, esto es lo que quería

decirle.

No pude menos de echarme a reír.

--Hace usted mal de reírse de un pobre diablo escaso de hipérboles...

¿Me guarda usted rencor?

--¿Por ser escaso de hipérboles?

--Por haber sospechado de usted.

--Le había a usted perdonado antes de estar justificada, y no tengo

mérito ahora mostrándome magnánima... ¿Quiere usted entrar a ver a mi

padre?

Máximo se levantó.

--Voy a ahuyentar a los de Oreve...

No los ahuyentó, y mi padre estaba muy fatigado por la noche, a causa de

las visitas que había recibido.

Pero él dice que lo distraen de sus dolores.

Máximo a su hermano.

Amar es vencer · 第 33 / 37 题