23 de diciembre.

Lacante está muy en peligro. La gota amenaza subir al corazón y vivimos

en una perpetua alarma.

Ayer me hizo llamar y me dijo:

--No se engañe usted, amigo mío, sobre lo que voy a pedirle, pues no es

nada que pueda restringir su libertad ni un modo indirecto de

encadenarlo. Estoy muy malo, lo sé, y no me disimulo el rápido desenlace

de mi enfermedad, cuya marcha es demasiado conocida para poder

equivocarse. Tengo, pues, que prever con firmeza mi próxima

desaparición... No se aflija usted, amigo mío... Harto sabe usted que

este accidente de la muerte es inevitable y que lamentarse por esa ley

de la Naturaleza es tan vano como lo sería el llorar diariamente cuando

viene la noche. He cumplido sesenta y ocho años, he pasado del término

medio de las vidas humanas, y no tengo derecho a quejarme. Si estuviese

solo en el mundo, encontraría muy oportuno el despedirme de él antes de

sufrir una disminución notable de mis facultades; pero tengo a esta

pobre niña, esta rosa de invierno brotada en un tronco viejo y carcomido

y que ha embalsado mis últimos días. Muerto yo, se queda sin familia y

muy joven aún para vivir sola con un ama de gobierno. Podría confiársela

a la Marquesa de Oreve, que aceptaría el legado, pero hay

incompatibilidad de costumbres y de principios entre la Marquesa y

Elena, y yo quiero que mi hija siga siendo lo que es, una alma

excelentemente recta y un corazón puro. Me gusta también que sea

religiosa, pues el creer en lo ideal es una gracia en las mujeres, y

Dios es, después de todo, la concepción más alta del ideal. Además, la

religión es una fuerza y Elena tendrá necesidad de ella... He pensado en

un convento; pero, después de la libertad y la dulzura de la vida de

familia, el convento es un refugio demasiado austero. He aquí, pues, lo

que quiero pedir a usted: ¿Cree usted que su hermano y su amable señora

consentirían en recoger y querer a mi huerfanita, en aconsejarla y

guiarla en la elección de un marido y en reemplazar, en fin, a los

padres que ha perdido? Respóndame usted con toda franqueza, amigo mío.

A pesar de la emoción que me oprimía la garganta, respondí sin vacilar

que aceptaría esa misión. No me ha ocurrido un solo instante dudar de tu

bondad ni de la de Marta. Sin embargo, para tranquilizar a Lacante,

envíame en seguida una aceptación formal.

Elena al Padre Javalieux.

Amar es vencer · 第 34 / 37 题