Lacante está muy en peligro. La gota amenaza subir al corazón y vivimos
en una perpetua alarma.
Ayer me hizo llamar y me dijo:
--No se engañe usted, amigo mío, sobre lo que voy a pedirle, pues no es
nada que pueda restringir su libertad ni un modo indirecto de
encadenarlo. Estoy muy malo, lo sé, y no me disimulo el rápido desenlace
de mi enfermedad, cuya marcha es demasiado conocida para poder
equivocarse. Tengo, pues, que prever con firmeza mi próxima
desaparición... No se aflija usted, amigo mío... Harto sabe usted que
este accidente de la muerte es inevitable y que lamentarse por esa ley
de la Naturaleza es tan vano como lo sería el llorar diariamente cuando
viene la noche. He cumplido sesenta y ocho años, he pasado del término
medio de las vidas humanas, y no tengo derecho a quejarme. Si estuviese
solo en el mundo, encontraría muy oportuno el despedirme de él antes de
sufrir una disminución notable de mis facultades; pero tengo a esta
pobre niña, esta rosa de invierno brotada en un tronco viejo y carcomido
y que ha embalsado mis últimos días. Muerto yo, se queda sin familia y
muy joven aún para vivir sola con un ama de gobierno. Podría confiársela
a la Marquesa de Oreve, que aceptaría el legado, pero hay
incompatibilidad de costumbres y de principios entre la Marquesa y
Elena, y yo quiero que mi hija siga siendo lo que es, una alma
excelentemente recta y un corazón puro. Me gusta también que sea
religiosa, pues el creer en lo ideal es una gracia en las mujeres, y
Dios es, después de todo, la concepción más alta del ideal. Además, la
religión es una fuerza y Elena tendrá necesidad de ella... He pensado en
un convento; pero, después de la libertad y la dulzura de la vida de
familia, el convento es un refugio demasiado austero. He aquí, pues, lo
que quiero pedir a usted: ¿Cree usted que su hermano y su amable señora
consentirían en recoger y querer a mi huerfanita, en aconsejarla y
guiarla en la elección de un marido y en reemplazar, en fin, a los
padres que ha perdido? Respóndame usted con toda franqueza, amigo mío.
A pesar de la emoción que me oprimía la garganta, respondí sin vacilar
que aceptaría esa misión. No me ha ocurrido un solo instante dudar de tu
bondad ni de la de Marta. Sin embargo, para tranquilizar a Lacante,
envíame en seguida una aceptación formal.
Elena al Padre Javalieux.