Los sucesos han marchado desde mi última carta, querido hermano; mi boda
está fijada para el 31 de diciembre. Mi vida de soltero acabará con el
año. ¿Lo siento acaso? No me lo pregunto, ocupado como estoy por las
emociones del presente.
Habrás visto en los periódicos mi nombramiento oficial para el Colegio
de Francia. He aquí una etapa recorrida con facilidad y presteza,
gracias al apoyo del buen Lacante, a quien debo la poca notoriedad que
me ha valido este favor.
Como recompensa por su constante afecto y por los servicios que me ha
prestado, he ido a darle parte de mi casamiento, y no puedes figurarte
con qué flaqueza de valor y de alma he cumplido ese ingrato deber. Me
parecía que iba a cometer un parricidio.
A mis primeras palabras, su cara risueña y cordial se contrajo y tomó
una expresión que nunca olvidaré, en la que se leían la sorpresa, la
pena y muchos reproches.
Me escuchó en silencio, dejándome enredarme en mis frases y sin ayudarme
con una palabra en mi penoso discurso. Le conté, lo mejor que pude y con
entera sinceridad, mi historia, desde el primer paso de Luciana y
nuestros compromisos recíprocos, que datan de un año, es decir (y así lo
ha comprendido), anteriores a la aparición de Elena entre nosotros.
Su expresión rígida, tan poco adecuada a su fisonomía fina y sonriente,
se fue dulcificando poco a poco. Suspiró profundamente y me dijo con un
poco de tristeza:
--Me creía muy amigo de usted para que me tuviera tanto tiempo privado
de sus confidencias.
Balbucí unas excusas sobre la incertidumbre de mi porvenir y sobre los
obstáculos que hubieran podido eternizar mi noviazgo. Lacante movió la
cabeza sin replicar, y siguió diciendo:
--Deseo de todo corazón que ese matrimonio le haga a usted feliz. Acaso
hubiera deseado para usted una esposa cuyos gustos estuviesen más en
relación con su fortuna. Sin embargo, si, como espero, Luciana es una
mujer de corazón, sabrá sacrificar sus gustos en la medida necesaria.
En seguida me preguntó qué asunto iba yo a elegir para mi curso de este
año, marcando así que la cuestión de mi matrimonio le parecía agotada.
Iba a exponerle mis ideas sobre este asunto y a pedirle consejos, cuando
entró Elena muy sonriente y más bonita que nunca.
--Aquí tenemos a mi hijita,--dijo Lacante atrayéndola hacia él y con una
inflexión de ternura que me conmovió. Parecía que quería preservarla de
algún peligro. La misma Elena lo notó y le miró con un poco de alarma.
--¿Estás malo, papá?
--¿Malo?... No, por cierto; estoy muy bien... ¿Decía usted, Máximo?...
Había yo perdido el hilo de mis ideas y se lo confesé cándidamente.
Lacante suspiró, y dirigiéndose a Elena, que se había sentado a su lado
en una silla baja, le dijo:
--No te extrañe la turbación de Máximo, pues tiene la mente muy lejos
del Colegio de Francia... Viene a participarnos su casamiento con
Luciana Grevillois.
--¡Luciana!...
Elena dijo ese nombre como un grito. Nunca he visto más profunda
alteración de un semblante; la sangre abandonó sus mejillas y sus
labios temblaron. Me miró fijamente con ojos dilatados y replicó:
--¿Es con Luciana con quien se casa usted?
--Cuando la conozca usted mejor, espero que querrá hacerla partícipe de
la benévola afección que siempre me ha mostrado.
--¡Oh! La conozco ya bien... mejor de lo que usted cree...
Dijo esto Elena con fría aspereza y volviendo la cara, para ocultarme,
sin duda, sentimientos que la ruborizaban.
La emoción contenida de Lacante me había dado pena, pero la de Elena me
dejó indiferente. Cualquiera que fuese la causa, sabía yo que su corazón
no entraba en ella para nada. Un singular incidente, ha cambiado en
aversión decidida la atracción casi irresistible que me llevaba hacia
ella y con la que luchaba en el secreto de mi conciencia. Durante mis
querellas con Luciana había yo llegado a preguntarme si la sencillez de
Elena, su modestia, su seriedad y hasta el fervor de su cándida
devoción, convendrían mejor a mi vida laboriosa que la belleza brillante
de Luciana. Sí, en vanas ocasiones, ahora puedo confesarlo, ha flotado
entre Luciana y yo una sombra de pesar que me indisponía con ella. Ahora
sé a qué tenerme y soy justo con mi prometida.
He descubierto que Elena, la inocente, la cándida, no es más que una
mentirosilla muy inconsecuente, y que sus grandes ojos de tan recta y
pura mirada y su puro perfil de inmaculada virgen, son una excelente
máscara para ocultar las intrigas de una muchacha mal educada.
Figúrate que, una noche, la sorprendí guardándose en el bolsillo unas
cartas que había depositado Lautrec en un escondite convenido. No pudo
negar, pues el delito era flagrante, y salió del paso con audacia y
bromeando sin explicar nada.
Esta intriga no me extraña y apenas me indigna por parte de Lautrec.
Pero ella, Elena, ¿por qué recurre a esas maniobras clandestinas, engaña
la confianza de su padre y se compromete con un hombre a quien apenas
conoce, cuando podría escogerle en pleno día si él ha sabido agradarla?
La cosa es fea, vil e instintivamente perversa.
¡Fíese usted de los místicos éxtasis en el fondo de las viejas
catedrales!
He tenido un instante la intención de denunciarla a su padre; pero he
renunciado a esta misión eminentemente ingrata. Lacante hubiera podido
decirme: «¿A usted qué le importa?» Y, en efecto, ¿qué me importa,
después de todo? Lacante es un poco responsable de lo que ocurre, porque
no vigila a su hija, deja a su lado a esa Polidora de escasa moralidad y
tiene a esta niña inexperta en un círculo corruptor y corrompido. Lo
asombroso hubiera sido que hubiese continuado inocente.
Desde aquella fatal noche mis relaciones con Elena han cambiado por
completo. La evito y le muestro una gran frialdad; y ella lo conoce y
sabe que no me engaña y que la juzgo como merece. Por eso su estupor al
saber mi matrimonio, su palidez y el visible temblor de sus labios me
extrañaron, pero me dejaron frío. Hasta afecté mirarla con indiferencia
agresiva que decía claramente: «Si creías endosarme algún día tus
inconsecuencias, te engañabas, bonita niña. No soy hombre de hacerme el
restaurador de las virtudes desportilladas.»
¡De quién fiarse, Señor!...
Elena al Padre Jalavieux.
Tengo una gran pena, mi buen señor cura. ¡Máximo de Cosmes se casa con
Luciana Grevillois! Él mismo se lo ha dicho a mi padre, cuyos proyectos
han sido así reducidos a polvo.
Y yo he echado de ver, al saber la noticia, que quiero a Máximo más de
lo que pensaba. Me parece que la vida se ha derrumbado a mi alrededor y
que ando por el vacío, hiriéndome en los escombros.
Lo más cruel es que, desde el momento en que me vio coger las cartas de
Lautrec, me juzga severamente, me cree culpable, y no puedo
desengañarlo...
¡Qué imprudente he sido al encargarme del secreto de otra! ¡Cómo me
arrepiento de esta fatal condescendencia y del movimiento de lástima que
me impulsó a ello!
Mi padre está un poco triste y preocupado, aunque se esfuerza por no
dejarlo ver. Estaba acostumbrado a la idea de que Máximo sería su hijo,
él mismo me lo ha confesado. Cuando Máximo nos dejó después de
anunciarnos su casamiento, nos quedamos los dos unos instantes sin
hablar. Después, mi padre me puso la mano en la cabeza y me preguntó si
me sorprendía aquel matrimonio.
--Un poco--dije en el tono más tranquilo que pude.
--A mí también me ha sorprendido. Me había figurado que, dentro de algún
tiempo, sería dichoso convirtiéndose en mi hijo... Le hubiera confiado
sin temor a mi Elena... porque es un hermoso corazón y lo estimo mucho.
¿Qué piensas de su elección?
--No sé si Luciana lo hará muy feliz--dije fluctuando entre la violenta
antipatía que sentía en aquel momento por Luciana y el miedo de dejarla
adivinar.
Mi padre me contó que el compromiso de Máximo con Luciana data de un
año, e insistió con bondad en ese punto, dándome a entender que, en
aquel momento, Máximo no me conocía. ¡Pobre padre! Le cuesta trabajo
comprender que se pueda preferir a Luciana, y acaso creía que mi amor
propio sufría más que el suyo.
Y se engañaba, porque no es eso lo que me hace sufrir. Lo que me
preocupaba entonces era el asombro de que Luciana, comprometida con
Máximo, hubiera tratado de casarse con Lautrec. Hay en esto un misterio.
Yo no he soñado que ha seguido con él una correspondencia secreta, que
me ha encargado de rescatar, aun a riesgo de comprometerme. No lo
hubiera hecho, sin duda, si hubiera podido sospechar mi cariño a Máximo
y presentir lo que yo sentiría ser mal juzgada por él por su causa.
Tampoco podía saber que yo me dejaría caer en el garlito. Evidentemente,
no tiene ella la culpa de todo esto. Y, sin embargo, me hace daño verla;
su presencia es para mí un suplicio.
En cuanto volvió se apresuró a venir a casa, impaciente por conocer el
resultado de mi diplomacia. Pero justamente aquel día una sucesión de
visitas se interpuso entre nosotras y no pude hablarle en secreto, ni,
mucho menos, entregarle sus cartas. La segunda intentona no fue más
dichosa, pues había yo salido. Hasta ayer no pude llevármela a mi
cuarto, mientras su madre se quedaba con mi padre, y, confieso mi
debilidad, señor cura, no pude reprimir un movimiento de repulsión
cuando me dio la mano.
--¿De modo que ha vencido usted?--me dijo en seguida.--¿Tiene usted mis
cartas?
--Aquí están.
Abrí mi cajón y le entregué el sobre cuidadosamente lacrado y en el que
estaban escritas estas palabras: «Para quemarlo.» Luciana le abrió,
contó los pliegos, y dijo:
--Están todas... ¡Qué amable ha sido usted!... ¿Le costó trabajo
obtenerlas?
--Ninguno... La dificultad estuvo en entregármelas aquella misma noche
sin que nadie lo notase.
--¿Y lo logró?
--No por completo... Máximo lo vio.
--¡Máximo!...
Luciana pronunció este nombre con voz alterada.
--Tranquilícese usted--dije un poco amargamente,--todo su desprecio cayó
sobre mí. Creyó que las cartas me pertenecían.
Luciana no pudo contener un suspiro de alivio.
--¡Pobre Elena!--dijo con embarazo.--Estoy desolada por la contrariedad
que le causo a usted.
--Es algo más que una contrariedad--respondí un poco secamente.
Ella me miró, como para penetrar el fondo de mi pensamiento, y replicó:
--Estoy desolada... pero perdóneme usted mi abominable egoísmo. Es una
dicha que sus sospechas hayan recaído en otra, porque yo me voy a casar
con Máximo.
--Lo sé.
Me temblaban las manos y los labios, y mis nervios, en intolerable
tensión, me dejaban apenas fuerza para hablar.
Luciana continuó:
--Sí... me he decidido... Hace mucho tiempo que Máximo había pedido mi
mano... y yo vacilaba... La abominable conducta de Lautrec me ha hecho
ver el valor de cada uno.
--Cuento con usted--dije con voz ahogada,--para justificarme con Máximo.
Quiero tener su estima.
Luciana pareció apurada y balbució:
--Sí... sin duda... lo haré... Buscaré una ocasión y lo explicaré todo
de un modo verosímil... Confíe usted en mí y guarde el secreto... Me lo
ha jurado usted.
--No lo olvido.
Necesitaba todas mis fuerzas para contenerme y para contener los
movimientos de aversión que me sacudían los nervios.
Sé que hacía mal, pues no debo odiar ni despreciar a nadie... Pero
sufría mucho para ser buena.
Luciana volvió a darme las gracias y a besarme, pero sus caricias me
eran odiosas.
¡Oh! señor cura, regáñeme usted, si quiere; muéstreme mi deber; pero,
sobre todo, consuéleme. Usted, que sabe el bien y el mal de mi vida y de
mi alma, deme valor y un poco de su piedad.
Máximo a su hermano.
Dices que no comprendes cómo esa Elena, que te había pintado tan piadosa
y cándida, se ha dejado arrastrar a una intriga más o menos galante. No
te falta nada para decir que la calumnio. ¡Como si las apariencias no
fuesen con frecuencia engañadoras! ¡Como si el corazón de las mujeres no
fuese desde la cuna un abismo de misteriosa perversidad y de instintiva
perfidia!
Y el alma de las devotas, sábelo, es la peor de todas, porque unen a la
perversidad de sus instintos, y hasta el desorden de su conducta, la
hipocresía de una virtud con que se engañan a sí mismas... Tienen tan
altas aspiraciones, que se creen todavía llevadas por los ángeles cuando
arrastran ya los pies por el fango de los caminos.
No hablemos más de Elena. Ha matado en mí la fe en la inocencia y en
todo lo que es puro y verdadero. Esa niña, con sus ojos de madona y su
sonrisa infantil, ha cometido un asesinato moral.
No quiero pensar más que en Luciana, que, dentro de seis semanas, será
mi mujer. Está muy alegre y su humor es igual, dulce y tierno desde que
todo está decidido, y yo le agradezco que sea dichosa, porque eso alivia
no sé qué malestar que arrastro conmigo hace ya mucho tiempo, como el
que no está dentro de su vocación. Creo que la mía hubiera sido hacerme
cartujo y pasarme la vida entre cuatro paredes descifrando manuscritos,
pues la verdad es que detesto la vida que hago, las relaciones, las
vanidades, la vanagloria del éxito, el placer, y, sobre todo, a las
mujeres, desde la primera a la última; no exceptúo más que a Luciana...
con mil trabajos. Hay momentos en que, aun a su lado, me ocurren
pensamientos malos, desconfianzas y duros sarcasmos.
Y la culpa es de Elena. Había imaginado en ella tal ideal de adorable
bondad, de ingenua ternura, de sencillez y de rectitud, que, despojado
de ese ideal, me encuentro como aplastado en el suelo, como caído de un
campanario, aturdido, quebrantado, incapaz de remontar el vuelo hacia
las alturas y condenado a arrastrar mis miembros dislocados y mi
espinazo roto por el polvo nauseabundo de la vida vulgar.
Termino con esta hermosa imagen para irme a cumplir mis deberes de novio
feliz. ¡Qué comedia es la vida!
Máximo a su hermano.
Así, pues, se vuelve usted irónico, señor hermano, y me hace observar
con malicia que mi última carta está llena de imprecaciones contra
Elena, mientras que Luciana ocupa en ella muy poco lugar...
¿Qué quieres deducir de ello? La verdad es que la cólera, la indignación
y todos los sentimientos dolorosos, favorecen la elocuencia más que la
dicha. ¿Desde cuándo se narra la felicidad? ¿Puedo describirte al
detalle las perfecciones de mi prometida, la riqueza de su talle, la
nobleza de su hermosura, ni el encanto atrayente de aquella boca, que
parece llamar al beso que rehusa la altivez de la mirada? ¿Te diré
cuántas veces he besado sus largos dedos de uñas duras y brillantes? ¿Te
contaré nuestras querellas (existen y tengo que confesar que vienen de
mí) seguidas de una paz frágil? Me estoy volviendo gruñón y saltarín
como una cabra, y temo que nuestro matrimonio no sea un modelo de
armonía.
En otro tiempo, ¿te acuerdas? era yo bueno, tenía compasión de todo lo
que vive y sufre y hubiera sido incapaz de causar la más ligera pena a
una criatura humana. Pero me han enseñado que hay que defenderse y estar
en guardia, y que lo seguro en este mundo es dar los primeros golpes.
Siento que me estoy volviendo todo lo malo que es necesario.
Después de muchos días de no ver a Elena, ayer la encontré en casa de la
Marquesa de Oreve. Cuando me acerqué a ella para saludarla, me dio la
mano con una mirada de tan suplicante dulzura y con una sonrisa tan
triste, que todos mis malos sentimientos vacilaron. ¡Qué poder hubiera
podido ejercer sobre mí si hubiera sido tal como yo la imaginaba, si me
hubiera amado y las circunstancias nos hubieran unido a tiempo!
Había a su lado una silla vacía y me senté en ella, obedeciendo a una
fuerza más poderosa que mi voluntad; pero como no teníamos nada que
decirnos, no atreviéndonos a iniciar ningún asunto íntimo y personal, no
hicimos más que cambiar reflexiones tontas sobre los que nos rodeaban,
sobre el tiempo y sobre las revistas de la quincena, todo ello
interrumpido por torpes silencios. No me atrevía a levantarme; una
indulgencia repentina y tierna me tenía clavado en aquella silla al lado
de la suya, y sólo temía que el fastidio de aquella estúpida
conversación o un detalle imprevisto le hicieran levantarse a ella. A
pesar de mis secretos resentimientos, había vuelto a ceder al encanto
de su dulzura, de la cándida gracia que emana de ella como un perfume y
de la alegría un poco melancólica de reanudar nuestra fraternal amistad.
Luciana estaba impaciente al verme tanto tiempo al lado de Elena, y
varias veces había sorprendido sus miradas fijas en nosotros como si
quisiera adivinar lo que decíamos.
Por fin se aproximó, acercó una silla y nos pidió con expresión
sonriente permiso para terciar en la conversación.
--¡Bah! Para lo que decíamos... Elena no está inspirada, y yo he dado
prueba de buena voluntad sin resultado.
--No sin resultado... No puede usted figurarse el placer que me ha
producido...
Elena dijo aquello con una triste gravedad que quitaba toda trivialidad
al cumplido.
Luciana preguntó:
--¿De qué hablaban ustedes?
--Decíamos que el verde será el color de moda de este invierno... Si lo
duda usted, mire a la de Jansien.
Luciana se echó a reír.
--Es verdad; parece una pradera.
Y Kisseler que se había acercado, añadió:
--No le falta nada; ni la campanilla al cuello.
--Le falta el pastor--replicó Luciana.
Elena estaba distraída y me pareció que acogía, con frialdad las frases
cariñosas de Luciana, que estuvo, contra su costumbre, pródiga de
ellas.
¿Sería la ausencia de Lautrec lo que la tenía tan preocupada? Así lo
pensé y sentí renacer todas mis prevenciones.
Lacante, que estaba algo delicado y andaba con dificultad, se retiró
temprano con su hija. Y disponíame yo a seguir su ejemplo, cuando Sofía
Jansien salió al paso.
--No tiene usted la menor atención para las antiguas amigas--me dijo
haciendo monadas.--Apenas me ha saludado usted esta noche, y su bella
Luciana lo guarda tan severamente, que no se le ve a usted por ninguna
parte... Ni siquiera me ha anunciado usted su boda.
Le recordé que había intentado en vano encontrarla en su casa y que la
había escrito para participarle el casamiento.
--Sí, la estricta urbanidad y nada más. Pero yo hubiera querido otra
cosa...
--¿Qué, señora?
--Un poco más de interés en hablarme de sus proyectos... antes de que
fuesen definitivos... Le hubiera a usted dicho, acaso, cosas...
interesantes.
--Siempre es tiempo de decirlas.
--No, no... ya no es tiempo... No hay más que inclinarse ante las
declaraciones oficiales... Pero hace usted mal en tratarme como a una
cantidad despreciable, se lo aseguro.
--Nada más lejos de mi pensamiento. ¿Qué me hubiera usted dicho,
señora, antes de las declaraciones oficiales?
--Le hubiera dado a usted acaso algunas indicaciones útiles... con
arreglo a ciertas observaciones... ¿Quién sabe? Puede que hubiera podido
hacerle a usted su horóscopo y el de Luciana...
--No sabía que era usted nigromántica; de otro modo, hubiera recurrido
ciertamente a sus luces sobrenaturales...
--¡Ah! ¡Ah! Es usted irónico... se burla usted... Yo no soy, sin
embargo, una visionaria, amigo mío, y lo que veo lo veo bien.
--¿Y qué ve usted?
--Una guapa muchacha y un buen mozo. Nada más, por el momento.
--Sin embargo... parece que... Dígnese usted decirme qué significan sus
ingeniosas insinuaciones.
--Nada absolutamente, amigo mío; no tengo nada que decir a usted ya...
Siento solamente que no me haya usted hablado antes de sus proyectos. Me
ha tenido usted muy olvidada estos últimos tiempos.
La insté inútilmente y no pude sacar nada más.
Estoy cierto, sin embargo, de que tenía en la mente alguna maldad contra
mí o contra Luciana... probablemente contra Luciana, que es demasiado
hermosa para no suscitar muchas envidias.
Creo que no hay para qué atormentarse por los dichos de esa aturdida de
Sofía Jansien; y, con todo, aquella conversación me ha preocupado.
Elena al Padre Jalavieux.
Doña Polidora ha venido esta mañana a decirme que mi padre me llamaba, y
he corrido alegremente a su despacho, pues los momentos más felices del
día son los que paso a su lado.
Máximo estaba con él y los dos tenían un aspecto grave. En seguida me
eché a temblar sin saber por qué, por instinto, solamente porque tengo
el corazón como aplastado por el secreto que llevo en él y por mis
culpas para con mi padre. Me senté en un taburete al lado de su butaca y
esperé interrogándole con la mirada.
--Es muy joven--dijo mi padre dirigiéndose a Máximo,--es una niña.
Había en sus palabras una tierna piedad que parecía abogar por mi.
Máximo respondió:
--Es joven en años, pero la creo muy adelantada para su edad.
Su voz dura me hirió tanto como la mordaz ironía de sus palabras, cuyo
sentido yo sólo comprendía.
Pensaba en las fatales cartas que me había visto ocultar. ¡Oh! ¡Con qué
ganas le hubiera arrojado al rostro la verdad! ¡Cómo le hubiera dicho
que guardase sus desprecios para la que los merece! Pero la traición es
cosa vil y baja. Más vale callar y sufrir. Mi padre se había sonreído,
sin sospechar la crueldad de Máximo.
--Querida--me dijo alegremente,--se trata de un matrimonio. No tomes ese
aspecto horrorizado, puesto que nada habrá de hacerse contra tu
voluntad. El partido que se presenta, sin ser excepcionalmente
brillante, es muy conveniente y ofrece serias garantías. Un muchacho
bien educado, inteligente, de conducta irreprochable... Máximo, que lo
conoce bien...
No pude contener una exclamación y observé a Máximo, que me estaba
mirando con expresión provocadora.
--Sí--continuó mi padre,--Máximo ha consentido en encargarse de
presentar la demanda de su compañero de colegio, Gastón de Givors, y de
hacer valer sus ventajas, que no son de desdeñar.
--Veamos las ventajas--dije fríamente, dirigiéndome a Máximo.
--Hay que saber ante todo si Gastón de Givors no la disgusta a usted.
--No lo conozco.
--Dispense usted, Elena, pero debe conocerlo, porque ha venido aquí
varias veces y hasta han hablado ustedes.
--Es posible, pero no he reparado en él. Viene aquí mucha gente y el
señor de Givors se ha perdido en la multitud.
Mi padre intervino:
--Si haces un esfuerzo, verás cómo te acuerdas... Un oficial de la
Escuela de Guerra, pequeño, moreno...
Y al ver que yo decía que no con la cabeza, pues no tenía recuerdo
alguno ni empeño en tenerlo, Máximo dijo con maldad:
--Creo que Elena prefiere los rubios...--por alusión a Lautrec que es
rubio y alto.
Aquel ataque me irritó.
--Tiene usted razón--dije,--prefiero los rubios. Puede usted decírselo a
su candidato.
--¡Vamos! Elena--exclamó mi padre,--eres demasiado razonable para que te
fijes, tratándose de tal cuestión, en el pelo de la bestia.
Nos echamos a reír y esto hizo menos violenta la situación.
--La cosa es seria, querida, y ya que Máximo sostiene tan mal la causa
de su amigo, voy a encargarme yo de hacerlo.
Mi padre empezó entonces la enumeración de las cualidades del señor de
Givors, de sus ventajas de familia, de su posición y sus esperanzas.
Yo lo escuché dócilmente, pero sin disimular mi indiferencia.
Mi padre lo echó de ver y me dijo:
--No parece que te interesa gran cosa lo que te estoy contando... Se
trata de ti, sin embargo... Di lo que piensas.
Máximo dijo a su vez:
--Mi pobre amigo Givors, enamorado de usted, se pone a sus pies, en mi
persona, para solicitar una respuesta favorable... ¿Qué debo decirle?
--Empiece usted por felicitarlo por la elección de su
embajador--respondí con una amargura que me era imposible contener.--Si
me decido a ese matrimonio, será ciertamente por la intervención de
usted, Máximo...
--¿Pensaría usted acaso rehusar?--dijo un poco conmovido.
Mi padre no me dejó responder.
--Espera un poco, hija mía. Mi deber me obliga a insistir en la demanda
del señor de Givors, que merece gran consideración... Si así no fuera,
Máximo no se hubiera encargado de esta misión... que tan mal temple,
dicho sea de paso... Pero piensa que había para ti en esa misión grandes
probabilidades de dicha...
Me volví hacia Máximo y le pregunté:
--¿Es verdad?
Él me respondió en tono poco seguro:
--¿Puede usted dudarlo?
--Entonces, ¿me aconseja usted que acepte?
--¡No!... es decir... no puedo aceptar tal responsabilidad. Someto a
usted el deseo de un amigo y afirmo que no sé nada de él que no sea
honroso... Pero ¿quién se ha de atrever a garantizar la perfecta armonía
de las naturalezas, de los caracteres, de las almas?...
--Tiene usted miedo por él, ¿verdad?
Nuestras miradas se cruzaron y creí leer en el fondo de la suya menos
desprecio que pena.
--¿Qué respondo a Givors?--dijo por fin.
Mi padre vino en mi ayuda:
--No se puede, realmente, exigir de Elena una respuesta inmediata.
Dejémosle tiempo para reflexionar...
Así están las cosas, pero yo no reflexiono, señor cura, pues estoy
decidida a no casarme en este momento. Hay en mi corazón demasiadas
tempestades y no se debe comprometer la vida bajo la influencia de una
borrasca.
Hace poco tiempo que vivo con mi padre y quiero gozar de su presencia y
de su ternura.
Así se lo he dicho, y aunque ha tratado de combatir mis argumentos, he
visto que mi decisión no lo contrariaba y que, acaso, tendría un pesar
al ver disolverse ya nuestra dulce vida común.
Máximo a su hermano.
Me ocurre una cosa infinitamente desagradable.
Esta mañana encontré en mi mesa, entre otras cartas, una sin firma y de
letra visiblemente desfigurada, concebida en estos términos:
«Va usted a adornar su casa con una obra de hermosa apariencia, pero que
ha sido ya leída y estropeada por otro. Sépalo.»
Hace un momento me han entregado otra en caracteres de imprenta, que se
expresa con más claridad:
«Un amigo, que se interesa por usted, se cree en el deber de advertirle
que está usted burlado por una coqueta. Al buen entendedor...»
La denuncia es tan formal como cobarde. Esos bajos ataques no merecen
más que desprecios y he echado al fuego los dos papeles infames...
Sin embargo, relacionándolos con las insinuaciones de esa mala peste de
Sofía Jansien, tienen algo de alarmante. Por lo menos prueban la
existencia, alrededor de mi pobre Luciana, de enemistades que no
retroceden ante nada. Pero sé por dónde buscar esclarecimientos. Preciso
será que la Jansien me explique sus frases ambiguas y sus reticencias.
Estoy indignado, me siento infeliz, y justamente, voy, dentro de un
momento, a presentarme ante el público en el Colegio de Francia.
¡Bonita preparación para una lección de apertura! Me arde la cabeza.
El mismo día, 6 de la tarde.
No quiero cerrar esta carta sin decirte que mi lección ha salido muy
bien a pesar de mis disgustos y del cansancio de mi cerebro.
Una vez en mi cátedra, ante cientos de cabezas, de ojos y oídos
dirigidos hacia mí, el sentimiento del deber profesional, y más aún el
temor de fracasar miserablemente, han triunfado del desorden de mis
ideas. Me he hecho violencia, me he serenado, y he dado la carrera sin
vacilar hasta saltar victoriosamente el último foso.
En cuanto entré en la sala vi, en primera fila, a Luciana con su madre,
y su vista me hizo daño a pesar de la sonrisa afectuosa que me
dirigió... ¡Pobre muchacha! No lejos de ella estaba Sofía Jansien
gesticulando y agitando un alto penacho multicolor. ¡De qué buena gana
los hubiera puesto en la puerta, a ella y su penacho!
Todos nuestros amigos estaban allí: los Marqueses de Oreve, Lacante,
Kisseler, hasta el doctor Muret, que había hecho hueco entre dos
consultas para darme esa prueba de amistad. Antes de hablar los había
visto a todos, menos a Elena, y ya la acusaba por su indiferencia cuando
la vi detrás de su padre, desde donde me miraba atentamente, creyendo,
sin duda, no ser vista.
Después de uno o dos minutos, empleados en colocar en la cátedra mis
libros y unas cuantas notas de que me había provisto prudentemente, y
durante los cuales me esforcé por poner en orden mis ideas, empecé
bastante penosamente el elogio de mi predecesor, lo que no era materia
fácil tratándose del pobre hombre al que sucedo. Mi triste exordio fue
saludado por unos cuantos aplausos, que más se dirigían al difunto que a
su panegirista.
Desde este momento desapareció toda cortedad y, libre ya de las
trivialidades de encargo, entré valientemente en el asunto, que se me
presentó claro en la ilación lógica de sus deducciones, e hice mi
discurso con esa especie de soltura del que sabe lo que quiere decir y
encuentra la expresión justa para decirlo.
A la salida recibí numerosas felicitaciones de todos los amigos y de
muchos desconocidos. Luciana estaba radiante y se unía a mí, muy
orgullosa, como si ya le perteneciera mi éxito, y esa cándida vanidad me
complacía, a pesar del veneno de la víbora anónima que sentía correr por
mis venas. Acaso no disimulé bien, pues me pareció inquieta en el
momento de separarnos.
--Está usted cansado--me dijo,--y esta noche hablaremos mejor. Irá
usted, ¿verdad?
--Trataré de ir.
Su cara se ensombreció.
--¿Qué puede impedírselo? ¿Una invitación? ¿Un placer?
--No hay placer para mí sin usted, Luciana. Esta noche iré, aunque sea
tarde. Quiero hablar con Lacante, que no ha podido decirme más que dos
palabras a la salida de la lección. Tengo necesidad de sus consejos, de
sus observaciones y de su fino espíritu crítico...
Y he corrido a casa de Sofía Jansien, a la que había anunciado mi
visita. Pero había salido, dejándome una excusa y citándome para mañana.
La noche me va a parecer larga. Esa mujer presiente el objeto de mi
visita y retrocede todo lo posible. Preciso será que hable, sin embargo,
y yo sabré obligarla.
Máximo a su hermano.