Hemos vuelto a París, mi buen señor cura. Unas cuantas borrascas de
lluvia y de viento nos han hecho temer por la salud de mi padre, y hemos
dejado la «Villa Sol» a la que el sol no visitaba ya casi nunca.
He tenido la sorpresa de encontrar en el mismo piso de nuestra casa un
encantador cuartito decorado para mí de un modo precioso. Máximo ha sido
el encargado de arreglarlo y quien lo ha escogido todo, y no puede usted
figurarse qué fresco, qué lindo y de qué buen gusto es. Mi cuarto tiene
dos ventanas a un jardinillo rodeado de altas tapias, cuya fealdad está
cubierta por un tapiz de hiedra.
Estoy muy contenta de no tener ya como único punto de vista el sombrío
patio en que crece la hierba entre las losas. Sobre el jardinillo hay
un gran cuadro de cielo, en el que se presentó la luna a festejarme el
día de nuestra llegada. Al lado de la alcoba hay una piececita con un
estante de libros y un piano; aquel es mi salón, y un poco más lejos
otra pieza más grande en la que duerme doña Polidora. Le respondo a
usted de que estoy bien guardada, pues la buena señora no me mima,
furiosa como está por el ascendiente que voy tomando en la casa.
Trabajo mucho con mi padre, y además, me hace tomar lecciones de música
y de inglés; no será culpa suya si no llego a ser una mujer como es
debido.
Sería completamente feliz si la salud de mi querido padre fuese más
sólida; pero padece mucho de la gota y hay momentos en que me desespera
el no poder aliviarlo.
Todas nuestras costumbres de verano han sido cambiadas. La Marquesa de
Oreve está todavía en Vaucresson por unos días; Máximo se ha marchado
ayer a Bélgica para dar unas conferencias, y el señor Lautrec se va muy
pronto a no sé qué lejanas regiones, en las que parece que se estará dos
o tres años. Lo echaremos de menos, porque es amable y alegre. La de
Grevillois y su hija han vuelto a su cuartito de la calle de Verneuil.
Hace un momento ha llegado el señor Kisseler a darnos la bienvenida y
nos ha hecho saber la grave enfermedad de un sabio, el señor Marignol,
profesor del Colegio de Francia y del que Máximo es suplente. No quiero
mal a ese señor, al que no conozco; pero es viejo, y si su salud lo
obligase a jubilarse, se aseguraría el porvenir de Máximo y nos
alegraríamos por él.
Máximo a su hermano.
Gante, 3 de noviembre.
Mis dos primeras conferencias han salido muy bien; he recogido no pocos
aplausos y, lo que es mejor, he tenido un auditorio numeroso y
entusiasta. Será una debilidad, pero lo cierto es que los aplausos, no
sólo cosquillean agradablemente el amor propio del orador, sino le dan
ingenio, animación y elocuencia; son como un trampolín desde el que se
lanza uno con un aumento de vigor.
Esta mañana, al abrir un periódico de Francia, he leído la muerte casi
repentina de Marignol. ¡Pobre hombre! No puedo decir que lo siento, y me
engañaría a mí mismo si me apiadase mucho por su defunción. Era viejo,
más viejo que su edad, y su misión estaba cumplida. No había estado
tierno conmigo y me interceptaba el camino con una arrogancia que lo
hacía poco amable. Por otra parte, hay que acabar muriéndose; es un
accidente que nos está reservado a todos, y no son acaso los que ya lo
han sufrido los más dignos de compasión. Sin embargo, ese accidente de
la muerte es tan definitivo e irreparable, que el placer de ver mi
porvenir asegurado ha sido menos vivo de lo que yo esperaba, y he
sentido una especie de remordimiento por haber deseado tanto esa plaza,
aunque hubiera preferido, seguramente, obtenerla por el abandono
voluntario del que la poseía.
Al fin han desaparecido los obstáculos entre Luciana y yo. El camino
está allanado, pues no veo a nadie en línea para disputarme el puesto.
Cuando yo vuelva fijaremos la fecha de la boda y la anunciaremos a
nuestros amigos, a Lacante ante todo, y esto enturbia un poco mi
alegría. Se va a quedar sorprendido y su sorpresa será para mí una
acusación, pues le debía más confianza. ¿Por qué no le he hecho
vislumbrar, al menos, mis proyectos? ¿Me habrá quitado el valor de
hablar su deseo, vagamente indicado, de darme a Elena en matrimonio?
Eso, precisamente, hubiera debido obligarme.
La verdad es que nunca se ha expresado claramente sobre este asunto y
que es ridículo hasta la impertinencia renunciar un honor que nadie le
ofrece a uno. Me digo esto para justificarme y no lo logro. Lo cierto
es que he retrocedido cobardemente ante lo que me era penoso decir, he
contado con la casualidad para salir del paso, y me encuentro ahora en
un apuro cruel. Y si fuera cierto lo que supone Luciana; si Elena
hubiera podido equivocarse sobre los sentimientos que me inspira, habría
yo cometido una mala acción... Por fortuna no lo creo, y esto me
tranquiliza.
Mientras paseaba hace poco este caso de conciencia bajo las bóvedas de
la gran Catedral de Amberes, al caer la tarde, me parecía ver a Elena
tal como se me apareció en Quimper, en un rayo de luna, como una
criatura fantástica, como un ser de pura espiritualidad. Cuando estoy
lejos de ella, así es como la veo y así habrá atravesado mi vida.
Y no puedo impedirme una tristeza de cólera y de indignación al pensar
que nunca seré nada para ella y que otro se apoderará un día de aquella
inocencia y de aquella dulzura. Es insensato, egoísta e ingrato, tener
tal pensamiento y no poder arrojarlo de mi mente. Empiezo a creer que no
estoy criado para el matrimonio y que soy una especie de anfibio hecho
como ellos para flotar entre dos aguas sin hacer pie jamás en tierra
firme.
Me maldigo y me injurio de despecho por ser como soy y no poder ser de
otra manera.
No valía la pena que se muriese Marignol, puesto que no me produce
ningún contento.
Elena al Padre Jalavieux.
Me ocurre una gran aventura, en la que me he comprometido un poco a la
ligera y sin saber cómo saldré. He aquí la historia, señor cura.
Ayer noche comimos en casa de la Marquesa de Oreve con las señoras de
Grevillois, la de Jansien y unos cuantos hombres, entre los cuales
estaba Gerardo Lautrec. Tratábase, justamente, de una comida de
despedida antes de su gran expedición a través del mundo.
Se hablaba de Oriente, de las razas asiáticas, de costumbres, de trajes
y de otras cosas relacionadas con el viaje de don Gerardo, cuando, de
pronto, la de Jansien da un ruidoso suspiro y exclama:
--¿Dónde estará usted mañana a esta hora?... Muy lejos ya.
Lautrec se echó a reír y respondió:
--No tan lejos como usted cree. Retardo mi viaje veinticuatro horas para
estrechar la mano a Máximo de Cosmes, que llega mañana con todos los
laureles de Bélgica.
--¡Tanta amistad!... Confiese usted que es un pretexto.
--Nada de eso, señora. Soy muy amigo de Máximo, y además, tengo que
pedirle un servicio... Quiero poner en sus manos un depósito que, para
mí, tiene importancia, pues son mis papeles más preciosos.
--¿A él?--exclamó Luciana.--¿Por qué a él?
Había algo tan raro en el sonido de su voz, que no pude menos de
mirarla. Sus ojos brillaban con un extraño fulgor, pero, en un momento
la llama que los iluminaba se apagó y Luciana volvió a caer en la
inmovilidad un poco triste y altanera que había guardado hasta entonces.
Lautrec respondió:
--Confío esos papeles a Máximo, porque es mi amigo y el más caballero
que conozco. Si muero, estoy seguro de que ejecutará escrupulosamente
mis voluntades, ya para publicar lo que le parezca digno de ello, ya
para quemar lo que no deba ser leído.
Al decir esto miraba a Luciana, que le había preguntado; pero ella
parecía pensar en otra cosa y seguía indiferente y pensativa.
Mi padre dijo, aprobando a Lautrec:
--Máximo es la lealtad misma, y además, discreto como una tumba. Se le
pueden confiar los encargos más importantes con la certeza de que serán
ejecutados en conciencia.
--Yo--dijo Sofía Jansien en tono ruidoso y duro--no conozco más que un
confidente discreto, el fuego. ¡Ja, ja, ja!
Esta señora tiene un modo de reír que rompe los vidrios.
Lautrec continuó:
--Sí, cuando uno muere, lo que posee más secreto debe ser entregado al
fuego. Mientras se conserva un soplo de vida se quieren conservar los
frágiles vestigios de los días dichosos, de los goces que se han
disfrutado y aquellos a que no se ha renunciado todavía... Nadie quiere
sacrificar el pasado ni el porvenir.
Sus rápidas miradas, que siempre solicitan la aprobación de los
presentes, se detuvieron en Luciana, pero ésta no levantó los ojos y
Gerardo no pudo leer en el mármol impasible de aquellas lindas
facciones, fijas en una inmovilidad absoluta y altanera.
Aquella actitud contrastaba de tal modo con su habitual solicitud para
mirarle, responderle y sonreírle, que no podía menos de notarse la
diferencia. Supuse que se refugiaba en aquella insensibilidad aparente
por orgullo y para no denunciar su pena por la partida de Lautrec.
En el momento un poco tumultuoso de las despedidas, al separarnos
después de la velada, mi padre invitó a todos a venir esta noche a casa
a festejar el regreso de Máximo. Todos aceptaron menos la señora
Jansien, que estaba ya comprometida, y las de Grevillois, que tienen que
estar en Ruán mañana por la tarde y no vuelven hasta dentro de dos
días.
Luciana, envuelta en un abrigo obscuro cuyo capuchón le velaba en parte
la cara, estaba hablando, en un rincón del recibimiento, con Lautrec, en
voz baja y animada. Su madre, pronta a salir, la llamó, y le oí decir:
--¡Oh! eso, señor Lautrec, nunca... nunca más.
Y se separó de él.
--Adiós, entonces... por mucho tiempo.
Dióle Lautrec la mano, y Luciana dejó caer en ella la suya como a su
pesar.
Al salir, pasó a mi lado y me dijo precipitadamente:
--Vaya usted a verme mañana temprano, se lo ruego... Me hará usted un
gran servicio... Ya sabe usted que salimos a las nueve.
Vacilé, extrañada, pero ella me tomó la mano, me la apretó con fuerza y
me dijo:
--¡Si usted supiera!... Vaya usted; se lo suplico.
Su madre la estaba llamando en la escalera, y Luciana añadió, mirándome
ardientemente:
--¿Irá usted? Hágalo por mí, Elena.
Se lo prometí, y esta mañana obtuve de mi padre permiso para ir a
despedirme de ella. Estaba escribiendo y consintió sin hacerme
preguntas.
Salí, pues, con la señora Schwartz, una señora que viene todas las
mañanas para acompañarme a la iglesia y a mis clases y que, al mismo
tiempo, me enseña el alemán.
Serían apenas las ocho cuando llegué a la calle de Verneuil. Me abrió
la puerta la señora de Grevillois y pareció muy sorprendida al verme.
--¿Luciana?--me dijo titubeando.--No sé si podrá recibirla a usted, hija
mía, nos vamos ahora mismo.
Antes de que yo respondiera que venía a ruego de Luciana, apareció ésta.
--Entre usted--me dijo vivamente;--me alegro mucho de verla.
Y dirigiéndose a su madre para prevenir toda objeción, añadió:
--Estoy absolutamente lista y ya he tomado el té. Mientras lo tomas tú y
acabas de vestirte, puedo hablar un momento con Elena. Tengo que
enseñarle unas pinturas que no conoce.
La de Grevillois hizo entrar a la señora Schwartz en el comedor y yo
seguí a Luciana a su cuarto, un cuartito muy modesto con ventana a un
patio estrecho que parece un pozo. Por fortuna, como viven en el último
piso, reciben la luz por encima de los tejados próximos.
Me ofreció la única silla, muy usada y no muy sólida, y se sentó ella en
la cama, sin cortinas y cubierta con una colcha de flores azules muy
descoloridas.
Estos detalles se fijaron en mi mente por el contraste entre aquellas
cosas miserables y la espléndida belleza y el brillo de juventud de
aquella a quien servían de marco.
Luciana estaba muy pálida y sus ojos irritados indicaban un largo
insomnio.
Me tomó la mano, la conservó en la suya, cuyo calor me quemaba a través
de mi guante, y me dijo:
--Gracias por haber venido... Es usted buena, Elena, y se puede fiar en
usted, ¿no es verdad?
Sus ojos me miraban como si buscasen mi alma en el fondo de los míos.
--Si pido a usted un servicio... un gran servicio que sólo usted puede
prestarme, ¿querrá usted?
--Ciertamente, si puedo hacerlo... y...
--¿Y qué?...
--Y si no hace falta para ello faltar a ningún deber.
Por sus labios pasó y se desvaneció la sombra de una sonrisa no exenta
de lástima.
--Si fuera preciso--dijo--faltar a algún deber, no se lo pediría a
usted... Me dirijo a usted precisamente porque la tengo en particular
estima, porque sé que es usted leal y piadosa y porque usted cree en la
santidad de un juramento... ¡Oh! no tenga usted miedo--añadió adivinando
que la solemnidad de la palabra juramento me había alarmado;--sólo se
trata de mí, de mí sola, de una cosa de la que depende mi porvenir...
--¿Un matrimonio?
--Casi...
Vaciló y dijo penosamente:
--Un matrimonio fracasado...
--Y que usted siente--respondí, conmovida por su palidez y empozando a
presentir una parte de la verdad.
--Sí, lo siento... No se puede menos de tomar cariño...
Se interrumpió y dijo después:
--Me guardará usted el secreto, ¿verdad? ¿Lo promete usted? Esas cosas
son penosas... como usted comprende.
--Comprendo...
--¿Me promete usted el secreto?...
--Se lo prometo...
--Un secreto inviolable... un secreto de confesión...
--Excepto para mi confesor--dije pensando en usted, mi bueno y piadoso
consejero.
Luciana reflexionó un instante.
--Excepto para ese, si usted juzga útil hablarle de ello.
--Tiene usted mi promesa; pero si tan penoso le es confiarse a mí, ¿para
qué decirme más?
--Es preciso... ¿No le he dicho que tengo que pedirle un gran servicio?
Luciana se ponía encarnada y pálida alternativamente.
--¿Ha reparado usted--me dijo al fin--que el señor Lautrec me hacía el
amor?
--Era difícil no repararlo.
--¿Ha pensado usted que podría casarse conmigo?
--Me ha ocurrido esa idea, pero no con gran seguridad. El señor Lautrec,
no sé por qué, no me parecía maduro para el matrimonio...
--Tenía usted razón y le juzgaba con más acierto que yo... Yo me dejé
enredar por sus palabras halagüeñas, por su ternura superficial y por
sus vanas y vagas protestas... Me había gustado... ¿Cómo lo encuentra
usted?
--Muy agradable.
--Su persona, sus gustos, su ingenio, su posición... su fortuna, hermosa
sin ser colosal, sus relaciones, todo él me agradaba... y tuve la
debilidad de escribirle...
--Es lamentable... pero él es un hombre honrado y no abusará de esa
confianza.
--Así lo creo... estoy cierta... Mis imprudentes cartas están seguras en
sus manos... Pero se marcha y él mismo no se disimula los peligros que
lo esperan.
Se estremeció y su voz se volvió débil.
--Si no volviese, ¿qué sería de esas cartas?
--Ya oyó usted ayer que confía sus papeles a Máximo; esas cartas están,
sin duda, comprendidas en ellos.
--El señor Cosmes conoce mi letra...
--Pero las cartas deben de estar metidas en un sobre...
--¿Qué sé yo? Además un sobre puede abrirse, romperse... Basta una
casualidad que ocurre siempre en estos casos.
--Aunque así fuese, Máximo no abusaría del secreto que descubriese.
--¡Ah! No comprende usted--exclamó con desesperación.--¿Y la
humillación, y la vergüenza? ¿No es eso nada para usted? ¿Cómo pensar
en eso sin morir? Tal idea me da fiebre...
Temblaba y estaba agitada por grandes calofríos.
--Es preciso absolutamente que yo tenga esas cartas.
--¿Se las ha pedido usted al señor Lautrec?
--Sí, sin duda; y se ha negado a dármelas.
--Es abominable, odioso...
--No, no crea usted en ninguna brutalidad de su parte... Al contrario;
protestó de su cariño, de su abnegación... Quiere conservar mis cartas
por ternura, y acaso porque sabe vivir... Ayer todavía se atrevió a
pedirme que continuásemos esa correspondencia.
--¿Está usted segura--dije vacilando,--de que no piensa en el
matrimonio?
--Jamás se ha pronunciado esa palabra entre nosotros... Había yo creído,
loca de mí, que el amor... los sentimientos de admiración apasionada y
de entusiasta simpatía que él expresaba, lo conducirían a eso... Me
escribió... y le respondí... Esta es la imprudencia que hoy expío con
crueles agonías... más crueles de lo que usted puede pensar.
Pareció dudar si me diría una cosa, que por fin no se atrevió a
confiarme.
--Elena, he contado con usted para recobrar esas cartas.
--¡Conmigo! ¿Qué puedo yo hacer?... Creo que si usted hubiera
insistido...
--He insistido--respondió nerviosamente.--He hecho más... he ido a su
casa a pedírselas.
--¡Oh! Luciana...
--Sí, una mañana dí ese paso insensato e inútil, sin saberlo mi madre.
No estaba en su casa y me comprometí en vano. No pude hacer más que
escribirle dos palabras, que le dejé bajo sobre en la antesala. Le
suplicaba que llevase anoche a casa de la Marquesa esa prueba de mi
locura, y que la depositase en un rincón de la biblioteca, donde la
hubiera yo sacado sin que nadie lo notase.
La fatalidad ha querido que su criado no le diese mi esquela.
--¿No puede enviárselas a usted... por el mismo procedimiento que
empleaba para escribirle?
--Podría, pero asegura que no puede pasarse sin una amistad tan querida
y excepcional; me suplica que confíe en su prudencia y en su honor, y,
sin comprometerse a nada, habla del porvenir con palabras tiernas... y
vagas. Lo conozco bien... y no me fío de él ni de nadie... excepto de
usted, Elena... La he visto a usted dulce, compasiva y valerosa, al lado
de una miserable pecadora, la Briffarde... y he creído que tendría usted
piedad de mi angustia.
--¿Qué puedo hacer?--dije tristemente.
--Esta noche va usted a ver a Gerardo, Elena, y le pedirá, le exigirá
que le entregue esas cartas... Aquí tiene usted dos letras para él, que
he preparado y que autorizan su intervención. Con usted, no podrá salir
del paso con frases de novela. La credulidad, la confianza que le he
mostrado, me impiden hablarle alto... No puedo, a pesar de todo, pedirle
que se case conmigo si él no lo desea o si no encuentra que soy un buen
partido para su ambición.
--Luciana--le dije turbada en extremo.--Temo no poder cumplir una misión
tan delicada; no sabe usted lo tímida que soy.
--Su bondad de usted la inspirará.
Me asió apasionadamente ambas manos, pues la de Grevillois acababa de
abrir la puerta para recordar a su hija que era hora de salir.
--Probaré--dije muy bajo a Luciana cuando vino a abrazarme.
La de Grevillois y la señora Schwartz estaban de pie esperando que
acabase nuestra despedida.
Las miradas de Luciana me imploraban y me daban las gracias al mismo
tiempo, mientras leía yo en ellas no sé qué sombrío y trágico que me
espantaba.
--¿Qué me oculta?--me pregunté.
Tenía el presentimiento de que no me lo había dicho todo.
La buena señora de Grevillois, entretanto, me colmaba de cumplidos y de
excusas por verse obligada a despedirme.
Ya con la puerta abierta, Luciana afirmó la voz y me dijo:
--Hasta muy pronto... Si ve usted esta noche al señor Lautrec, dígale
que le deseo buen viaje... Y no olvide usted decir a Máximo que mi madre
y yo sentimos mucho no estar con ustedes para darle la bienvenida. Pero
Ruán no nos ha consultado para la apertura de su exposición.
--No olvidaré nada...
Me atrajo hacia ella, me besó y me dijo al oído:
--Gracias... el secreto, ¿verdad?
--Eso, sí, puedo prometerlo.
--Deme usted también un beso, hija mía--exclamó la de Grevillois.
Y lo hice de corazón.
¡Compadezco tanto a esta madre tan llena de ternura y de abnegación, y
que no tiene la confianza de su hija!
Ahora, señor cura, estoy sola en mi cuartito, mientras mi padre ha ido a
la Academia. Y sin dejar de cuidarme de los preparativos de la comida,
me estremezco al pensar lo que tengo que decir esta noche al señor
Lautrec.
El mismo día, 12 de la noche.
He vencido, mi buen señor cura, y estoy muy contenta por Luciana sin
estar muy orgullosa por mi diplomacia, pues la verdad es que no he
tenido mucho mérito. Voy a contarle a usted cómo ha pasado.
Déjeme usted decirle ante todo que, hace un momento, cuando acababa yo
de escribir, ha llegado Máximo. ¡Qué placer el volverlo a ver! Me ha
dado las dos manos con efusión, y después, vuelto ya mi padre, se ha
dirigido exclusivamente a él para contarle el éxito de sus conferencias
y todos los detalles del viaje.
Mi padre le ha dicho que había visto al ministro y que su nombramiento
para el Colegio de Francia está firmado y próximo a aparecer en el
_Diario Oficial_.
Máximo ha dado las gracias con calor a mi padre; pero no ha parecido tan
encantado como yo esperaba. Así somos, ¿verdad? Cuando obtenemos las
cosas deseadas, no nos causan todo el placer que esperábamos de ellas;
el deseo, sin duda, las ha descontado de antemano.
A todo esto no se me iban de la cabeza las recomendaciones de Luciana y
he debido de aderezar con ellas el _pudding_ que he confeccionado con
mis propias manos.
Al primer campanillazo mi corazón se puso a latir tan fuerte, que me
quedé como petrificada en la silla. Eran los Marqueses de Oreve, que
notaron en seguida mi turbación.
--¿Está usted mala?--me preguntaron al mismo tiempo.
--¿Elena?--preguntó mi padre.--Ha estado alegre todo el día como un
pájaro de primavera.
Nuevo campanillazo y nuevo ahogo.
Decididamente, no he venido al mundo para las negociaciones delicadas.
Esta vez era Kisseler, y detrás de él, Lautrec.
No sé con qué expresión lo he recibido, pero sí que fue bastante
singular para que, en varias ocasiones, me mirase sonriendo. No pude
menos de hacer la observación en voz alta:
--¿Qué tengo hoy de extraordinario?
Lautrec respondió:
--Estoy observándolo.
--¡Ay, señor cura! No puede usted imaginar qué fastidioso es tener una
cara en la que se lee todo, y sobre todo lo que se quiere ocultar. Yo
estaba como en ascuas.
¿Cómo llamar aparte a Lautrec sin llamar la atención? ¿Cómo hacerle tan
grave revelación delante de todo el mundo? Por fortuna, Máximo y el
doctor no habían venido y me acordé, como una idea luminosa, de un viaje
a las Indias, ilustrado con bonitos grabados, que había hojeado hacía
unos días. Me acerqué al señor Lautrec, le hablé con entusiasmo de los
maravillosos palacios y de las ruinas gigantescas, que me habían
chocado, y le inspiré el deseo de ver el libro.
Me siguió a la biblioteca, pero también al Marqués de Oreve se le antojó
ver las estampas... Mi combinación iba a fallar, cuando quiso el Cielo
que la Marquesa se enredase en la genealogía de los Coburgo. El Marqués
volvió en seguida pies atrás, y Lautrec y yo nos quedamos solos en la
biblioteca, cuya puerta abierta nos dejaba expuestos a todas las
invasiones. No había, pues, tiempo que perder.
--He inventado un pretexto para traerlo a usted aquí--dije
valientemente, y entregué a Lautrec la esquela de Luciana. Él le echó
una ojeada y se puso encarnado.
--¡Cómo! ¿Usted su confidente? Es inverosímil e inaudito.
--Esa reclamación me parece natural y justa--dije sin responder a su
asombro.
--Entonces, ¿es serio? ¿Quiere sus cartas?
--¿Lo dudaba usted?
--Sí, lo confieso. Creí que se trataba de una pequeña habilidad de
coquetería para saber el precio que yo atribuía a sus cartas, que son,
en efecto, encantadoras.
--Me las entregará usted, ¿verdad?
--¿Ha manifestado Luciana alguna duda sobre mi lealtad?--preguntó con
voz alterada.
--Ninguna... Pero se marcha usted para mucho tiempo... va usted lejos...
y es permitida la inquietud...
--¡Qué locura!... Además, no tengo ya esas cartas... están con otros
papeles en una maleta cerrada que he confiado a Máximo...
--Recóbrelas usted y démelas.
--¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Cómo? Me marcho a las seis de la mañana.
Reflexioné un instante y dije:
--Máximo vive cerca de aquí, en la calle de Conde... Puede usted ir y
volver en menos de media hora.
--Será preciso entonces que prevenga a Máximo, porque tiene la llave de
la maleta y no sé dónde la ha puesto.
--Hágalo usted, se lo ruego, sin denunciar a Luciana.
--Naturalmente... ¿Por quién me toma usted? Pondré un pretexto... Unos
papeles que he metido allí por error... ¡Es fastidioso! Siempre se
tienen molestias con las mujeres atacadas por el furor de escribir...
Estaba violento y nervioso.
--¿Cómo podré dárselas a usted esta noche?
--¿Es voluminoso?
--No mucho; unas veinte hojas en un sobre.
--Entonces busque usted un momento favorable para poner el sobre en este
libro, y hágame una seña para que yo lo busque en seguida y no caiga en
otras manos...
Estaba yo ruborizada y temblorosa por tener que recurrir a semejantes
astucias, y casi me despreciaba al ver que se me ocurrían como si el
alma invisible de Luciana me las inspirase.
Nuestro coloquio, por otra parte, no había pasado inadvertido, pues se
trataba de ir a comer y mi padre me interpelaba:
--¿Pero qué es esto, Elena? Una dueña de casa que olvida sus deberes
para charlar...
--Es ese zalamero de Lautrec, que hace de las suyas--dijo irónicamente
Kisseler, que no pierde ocasión de decir despropósitos.
Acepté más que de prisa el brazo que el Marqués de Oreve me presentaba,
arqueado en forma de guirnalda.
Cuando pasé al lado de Máximo, que acababa de llegar, me echó una mirada
severa que me intimidó. Pero como tenía conciencia de no haber hecho
nada malo, no quise atormentarme.
Después de comer, Lautrec se llevó a Máximo a un rincón para concertarse
con él y en seguida cogió un cigarro y salió. Su ausencia no fue larga.
Cuando volvió, le dijo Máximo:
--¿Lo ha encontrado usted?
--Sí, tengo lo que necesito.
Y añadió:
--He vuelto a poner la llave en su sitio.
Después se puso a hablar con un grupo de amigos que habían venido en su
ausencia.
Yo no le perdía de vista. En un momento dado entró en la biblioteca,
estuvo allí unos segundos y salió echándome una mirada que quería decir:
ya está. Estaba yo entonces en gran conversación con la Marquesa de
Oreve, que me estaba confiando sus sentimientos íntimos, y aquella
psicología tenía trazas de durar mucho tiempo, porque parecía gustarle.
No podía yo interrumpirla ni dejarla y tenía la frente bañada en un
sudor de impaciencia al pensar que cualquiera podía entrar en la
biblioteca, hojear el libro y dar con el sobre misterioso, cuya
presencia sería difícil de explicar. Dudo que mis respuestas a la
Marquesa le dieran una alta idea de mi inteligencia.
La llegada del té me arrancó de aquel suplicio.
Cuando todo el mundo estuvo servido, me escurrí hacia la biblioteca, me
fui derecha al librote, ligeramente entreabierto por el espesor del
paquete, tomé el sobre lacrado y, dando un suspiro de alivio, me le metí
en el bolsillo con grandes precauciones para no romper algún sello de
lacre.
Levanté la cabeza y me encontré con Máximo, que me estaba mirando en
silencio. En la especie de asombro indignado que expresaba su cara,
comprendí que me había visto perfectamente meterme el sobre en el
bolsillo.
--¿Qué preciosos papeles son esos, Elena, que guarda con tanto misterio?
Estaba yo como la grana y traté de responder riendo:
--La curiosidad es un pecado de mujer; los sabios lo han dicho.
--¿Es una carta?
--Aunque así fuese...
--¿Una carta para usted?
--No--respondí con voz un poco vacilante.
Máximo me miró fijamente como reflexionando. Después dijo de pronto:
--¿Son cartas de usted que se le devuelven?
Esta vez respondí con resolución:
--Menos todavía.
Máximo me cortaba el paso con insistencia y yo temía que, a fuerza de
preguntas, me hiciese hablar más de lo que debía.
--No me pregunte usted, porque no sabrá nada.
Traté de tomar un tono de broma, pero me sentía, torpe, intimidada y mis
carrillos ardían. Máximo me miraba con una expresión severa que me daba
mucha pena y que poco a poco fue tomando un tinte de tristeza.
--¿Secretos, Elena?
--¿Por qué no?
Y, dando un golpe de ciego, añadí:
--¿No tiene usted ninguno para mí, Máximo?
Sin responderme, dio media vuelta.
--Está bien; cada cual tiene los suyos y yo no tengo ningún derecho para
preguntar los de usted.
Se volvió a la sala y no me dirigió la palabra en toda la noche. Cuando
se marchó le ofrecí la mano, pero fingió no verlo y se contentó con
saludarme fríamente.
Y vea usted cómo he vencido a mi costa, señor cura, y cómo, por hacer un
servicio, me encuentro regañada con el hombre a quien más quiero en el
mundo, después que a mi padre.
¡Con tal de que Máximo no vaya a contárselo!... Si mi padre me pregunta,
¿qué le voy a responder? He prometido a Luciana un secreto inviolable...
Ahora es cuando veo mi imprudencia y el mal que de ella puede resultar.
¿Por qué el bien que he querido hacer se vuelve contra mí como un
castigo? Consuéleme usted, mi buen señor cura, y aconséjeme. Su pobre
hija espiritual está agobiada de temores y de penas y perseguida de
negros presentimientos.
Máximo a su hermano.