La he visto y no ha querido decir nada, valiéndose de subterfugios y
afirmando que había querido castigarme por el abandono en que la tenía y
que había hecho mal de tomar en serio unas bromas que no merecían ese
honor.
--¿Me afirma usted, señora, que no había en sus palabras ningún doble
sentido ofensivo para mí o para mi prometida?
Sofía exclamó:
--¡Su prometida! ¿Así estamos ya? ¡Se va a divertir esa joven en la vida
conyugal si ya sospecha usted de ella!... ¡Qué chistosos son los
hombres! No me haga usted responsable de sus chifladuras, querido.
--Dispénseme usted que insista, señora. Háyalo usted querido o no, ha
conseguido alarmarme, y le suplico de nuevo que me diga si realmente no
hizo ninguna alusión desfavorable para mí o para...
--¿A usted? ¿Qué se le puede reprochar? Es usted un amable y buen
muchacho, muy loco y muy cándido.
--No sé si soy amable ni, sobre todo, si soy cándido; lo que sé es que
se trata de la tranquilidad de toda mi vida. Sea usted buena y franca...
No sabe usted nada que se pueda reprochar a Luciana, ¿verdad?
--Reprochar... reprochar... Siempre se puede reprochar algo... hasta el
ser demasiado perfecto...
--Eso no es responder... Voy a ser más preciso: lo que se podría
reprochar a una joven seria...
--¡Bah! Es usted fastidioso--exclamó con un gesto de molestia.--Este
interrogatorio me va cansando y agotaría la paciencia de un santo... No
tengo nada que decir a usted y nada le diré... ¿Qué quiere usted que yo
sepa de Luciana? ¡Es usted asombroso, palabra de honor! No estará
contento hasta que le diga horrores de la mujer con quien se va a
casar...
--Me importa, señora, conocer esos «horrores» para desenmascarar a los
calumniadores y hacerles arrepentirse...
No hay calumniadores en esta casa, señor mío. Busque usted otro terreno
para sus hazañas de galante caballero.
La hubiera estrangulado, pues conocía que estaba mintiendo y tratando de
despistarme. Su voz y su risa sonaban a falso, y su salvaje enfado no
hacía más que hundir en mi seno el aguijón de la duda... ¿De qué pueden
acusar a mi pobre Luciana? ¿Qué puede saber, sin decirlo, esta horrible
Sofía?
Después de unos minutos de silencio, empleados en dominar mi cólera, me
levanté.
--Puesto que se niega usted a hablar, acaso sabré algo más preguntando
al señor Jansien.
Sofía me miró con risueño asombro.
--¿Federico? ¿Mi marido? Es una idea original. ¡Inténtelo usted, amigo,
inténtelo!...
Tiró de la campanilla y dijo al criado:
--Ruegue usted al señor que baje al salón.
Momentos después me vi entrar un hombre gordo, subido de color, cabello
gris, bigote recio, anchas manos colgando de unos brazos rígidos y
aspecto general de mozo de carga. Era el antiguo mayordomo del
plantador; el feliz esposo de la abominable Sofía, que me presentó
diciéndole que tenía que hacerle unas preguntas.
Vi que con tal personaje no hacían falta precauciones oratorias, y le
dije:
--Tengo, caballero, que pedir a usted unos informes confidenciales,
referentes a un matrimonio...
--¿Un matrimonio?... Bueno... bien...
--Se refieren a personas a quienes la señora de Jansien favorece con su
benevolencia.
--¿Mi mujer?... La señora de Jansien favorece...
--La señora de Grevillois y su hija Luciana.
El hombre abrió los ojos con asombro.
--¿Grevillois? ¿Luciana? No las conozco...
Yo insistí:
--Su señora de usted recibe a esas personas, y creí...
--Pregunte usted a mi mujer... Yo no sé nada. Yo tengo mis amigos y ella
los suyos... Cada cual sus gustos... Ella está contenta y yo también.
Vi que no sacaría nada de aquel zopenco y me marché, perseguido por la
risa violenta de Sofía Jansien... ¡Con qué gusto la hubiera
estrangulado!
En el momento en que yo salía, me llamó:
--Veo, caballero, que me guarda usted rencor, y hace mal... En casos
como el de usted, sólo los amigos están obligados a responder... y a
ellos hay que dirigirse cuando se quiere saber alguna cosa... ¿Por qué
preguntar a los que no tienen el honor de ser de ese número?
Saludé sin responder y me fui a mi casa, donde encontré otro anónimo
como los anteriores y que los siguió a la chimenea.
¿Qué enemigos de mi dicha se ocultan así en la sombra? ¿Qué bajas
envidias ha excitado contra ella la pobre Luciana? No puedo sospechar de
Sofía Jansien. Por mucho rencor y antipatía que tenga contra ella, no
puedo creerla capaz de acciones tan bajas y despreciables...
Y, por otra parte, no puedo casarme llevando en el corazón una duda
insultante contra la que va a ser mi mujer.
Elena al Padre Jalavieux.
Estoy todavía temblando de miedo, mi buen señor cura. Mi pobre padre ha
estado muy enfermo durante dos días y dos noches, y yo he pasado
terribles angustias.
La gota iba subiendo y los médicos no ocultaban el peligro. Esta mañana
se ha puesto algo mejor y hemos vuelto a la esperanza, pero me
estremezco todavía al pensar que la muerte ha podido llevarse a mi padre
querido en ese obscuro estado de alma que lo tiene tan lejos de Dios.
Una noche en que lo estaba velando, me puse a rezar y a llorar
arrodillada al lado de la cama, creyéndole dormido. Un ligero
movimiento de la mano me indicó que despertaba, y me levanté prontamente
por miedo de disgustarlo. Fijó entonces en mí sus ojos penetrantes y me
dijo con una semisonrisa en los pobres labios quemados por la fiebre:
¿Por qué interrumpes tus oraciones cuando te miro? ¿Me tomas por un
tirano? Ruega a Dios, si eso te consuela, hija mía; pero, entonces, no
llores.
Esta vez me atreví a responder que no lloraría si fuésemos dos a rezar.
--¡Ah! Esos son otros cantares...
Se calló un rato con los ojos cerrados, y después, temiendo, sin duda,
haberme afligido, me dijo con dulzura:
--Todos dependemos, hija mía, más o menos, del medio en que hemos sido
educados y de las enseñanzas que hemos recibido. Cuando esté mejor, te
contaré mi infancia y mi juventud, y verás que si soy un incrédulo no es
enteramente por mi culpa.
Me asió la mano y me la besó varias veces, como para excusarse de ser
como es y no como yo querría que fuese.
Elena al Padre Jalavieux.