Te envío, puesto que lo deseas, la fotografía de Luciana, y añado la de
Elena, a la que te alegrarás de conocer. Una y otra son de un parecido
perfecto y podrás, si esto te divierte, sacar tus horóscopos
psicológicos como si las estuvieses viendo a ellas mismas. Lo que la
fotografía no puede reproducir es el brillo deslumbrador de la tez, del
cabello, de los ojos de Luciana. Es hermosa, maravillosamente hermosa...
¡Ah! querido; el hombre es un animal estúpido. Hace unos días creí que
el corazón de Luciana se apartaba de mí, y caí en el marasmo de la
desesperación. El horrible pensamiento de un rompimiento me perseguía, y
vivía en las angustias de los más negros celos. Hoy todo está
apaciguado. Luciana es dulce, cuidadosa de no disgustarme... y no estoy
tranquilo.
Me atormento y la torturo con mil quimeras y quejas inmotivadas...
Algunas veces me pregunto si no es mi libertad la que echo de menos. Me
parezco a esos niños que lloran y patalean por tener un tambor, y en
cuanto lo tienen, les falta tiempo para reventarlo para ver lo que hay
dentro. Lo cierto es que mi dicha no da ya el alegre sonido que yo
esperaba.
Estoy perdiendo el tiempo en gemir en vez de hacer mi maleta, pues salgo
de viaje dentro de un momento. He prometido dar una conferencia en el
Círculo Artístico de Amberes y aprovecharé la ocasión para pasear mi
elocuencia por Gante, Bruselas y Malinas, donde estoy invitado. Es un
viaje de ocho días que me distraerá y traerá unos cuantos pesos a mi
bolsa hospitalaria.
Todo el mundo se va; además, Lautrec ha fijado su partida para la semana
próxima, lo que me tranquiliza. Deploro dar al asunto la menor
importancia, y, sin embargo, prefiero saber que está lejos.
Luciana también sale dentro de unos días, con su madre, para Ruán, donde
hay una exposición de pinturas. Supongo que procurará volver a París al
mismo tiempo que yo.
Tengo abajo el coche.
Te contaré mi viaje en la próxima carta. Adiós.
Elena al Padre Jalavieux.