También esta vez tengo que excusarme por mi lentitud en escribirte; pero
tenía una repugnancia inconcebible a la pluma, al papel, a mis ideas, a
mis sentimientos, a todo, hasta a Luciana... Sí, Luciana, mi Luciana me
resultaba una carga, un dolor, un despecho constante.
Estaba celoso, y la he ofendido gravemente, como un estúpido. Ella se
irritó y hemos estado enfadados una semana entera, con motivo de ese
Gerardo, que la corteja sin ocultarse. Encontraba yo que ella aceptaba y
hasta buscaba imprudentemente sus galanteos y que se comprometía.
Hícele la observación y ella la tomó con altanería e impaciencia. La
acusé de ser una coqueta y de hacer doble juego, y ella se indignó, por
lo que cambiamos palabras crueles.
--Sospechas, reproches, escenas violentas; ¿es así como comprende usted
el amor?--me preguntó.--Si piensa usted ser un marido escamón y
tiránico, es tiempo aún de decirlo.
--Y si usted ha de ser una mujer inconsiderada y ligera, que da lo mejor
de sí misma al primero que se presenta...
Luciana me interrumpió con violencia:
--¿Qué he dado yo al señor Lautrec más que atención trivial y política
que tiene toda mujer para el hombre que se ocupa de ella? ¿Qué me
reprocha usted, fuera de una inofensiva charla? ¿Tendré que volverme
imbécil y huraña para complacerlo a usted? Si así es, no soy la mujer
que le conviene.
--Mucho lo temo.
--¿Quiere usted un rompimiento?--exclamó deteniéndose de repente y
mirándome a la cara, pues íbamos juntos por los paseos del bosque,
delante del grupo de nuestros amigos, que no podían oírnos.
Mi corazón flaqueó y no pude soportar el desafío de su mirada ni el
brillo de su belleza.
--¡Un rompimiento!--dije con emoción.--¿Cómo ha podido tal palabra
encontrar el camino de esos labios?... Demasiado sabe usted que la amo.
--Empiezo a dudarlo.
Luciana volvió a echar a andar a mi lado, pero sus miradas siguieron
irritadas y duras.
--No--respondí,--no lo duda usted. Conoce usted su poder y abusa de
él... Sabe muy bien que no puedo luchar y que nunca la he amado más que
hoy.
Tenía yo una singular necesidad de afirmar mi amor, tanto para mí mismo
como para ella. Era aquello como una especie de exorcismo contra los
malos pensamientos, las cóleras y los rencores que me torturaban hacía
algún tiempo.
Luciana me escuchaba muy grave y como ensimismada en sus pensamientos,
dudando si creer en mis protestas, o acaso interrogándose a sí misma, no
lo sé.
Por fin dijo en tono más dulce:
--Si duda usted de mí, confiéselo francamente, Máximo. La lealtad es el
primer deber del amor.
--Tiene usted razón. Y si, de igual modo, siente usted alguna vez el
habérseme prometido, tenga la sinceridad de decírmelo. Se puede perdonar
todo, menos el ser engañado.
--Le prometo a usted ser sincera. Y, ahora, no nos querellemos más. Hay
que perdonarme que me gusten los elogios y que sea sensible a las dulces
palabras. Es un defecto común a todas las mujeres.
Habíamos llegado al sitio habitual de separarnos y me fui con Lacante y
con su hija.
A pesar de haber hecho las paces con Luciana, no estaba contento. La
había encontrado dura en su defensa y fría en sus promesas. Ella, por su
parte, conservaba un secreto descontento. Y este estado de lucha sorda
ha durado una semana, durante la cual no ha cambiado su actitud con
Gerardo.
Lautrec no habla ya de viajar o parece aplazar, para una época
indeterminada, su expedición al Asia Central.
Había yo creído observar que Luciana le escuchaba por una especie de
bravata, y yo, por orgullo, fingía indiferencia y trataba de parecer
alegre y satisfecho. Tomaba parte con animación en la conversación
general e iba de cuando en cuando a buscar un poco de reposo al lado de
Elena, que es verdaderamente una deliciosa criatura, sencilla y tierna.
Si ésta da alguna vez su corazón, no será mujer de quitarlo.
Esta alma tranquila me ha salvado de la desesperación durante la semana
maldita, en la que Luciana parecía desprenderse de mí y durante la cual
me sentí profundamente sepultado en la fría sombra de los amores
difuntos. La influencia pacificadora de Elena producía en mí, más cada
día, su benéfico efecto.
A la violencia sublevada de mis ilusiones sucedía una especie de triste
resignación que embotaba y como insensibilizaba mi sufrimiento. Algunas
veces, mientras tanto había visto pesar sobre mí la mirada de Luciana
sin que expresase ni despecho ni pena, y sí, solamente, una especie de
extrañeza. Mi falso contento no la conmovía; sonreía de buena gana si
alguna frase mía le daba ocasión y me observaba con una especie de
ironía cuando yo permanecía mucho tiempo al lado de Elena.
Y aquella indiferencia me parecía una prueba de la disminución de su
amor.
Mi asombro, pues, fue grande cuando ayer, en el momento en que me
disponía a acompañar a Lacante y a su hija, la vi acercarse a mí y
decirme muy bajo, poniéndome la mano en el brazo:
--Déjelos usted marcharse solos, una vez, por casualidad. ¿No he de
tener yo nunca el favor de una conversación íntima? Reclamo mi parte del
ingenio y de la amabilidad de usted. Sentémonos en este banco, si le
parece.
--¿Qué va a ser de Lautrec?--pregunté amargamente.
--Se consolará con la Marquesa, como la niña de Lacante con su padre.
Y me señaló a la Marquesa y a Lautrec engolfados en una conversación muy
animada, mientras el Marqués de Oreve se paseaba por el terrado con
Kisseler.
Eché una mirada de pesar a Elena, que se alejaba, después de haber
vuelto la cabeza dos o tres veces para ver si yo la seguía. No sé si
Luciana lo echó de ver.
--No es pedir a usted mucho--me dijo.--Siéntese... a mi lado... unos
minutos.
--¡Al lado de usted!--exclamé con una admiración irónica.--En verdad, me
colma usted de bondades... ¿Qué pasa, pues?
Pero había ya cedido a la atracción de sus hermosos ojos y sentádome a
su lado.
Durante un rato estuvimos callados.
--Hable usted--me dijo por fin.--Cuénteme sus malos pensamientos contra
esta pobre Luciana.
--¿Para qué? Le importan a usted tan poco...
--Si me importaran poco no estaría aquí ahora esperando la inevitable
reprimenda. Tóqueme usted la mano... está temblando.
Tenía la mano helada y la guardé en la mía, aunque sin tierna presión.
--¿Por qué toma usted a juego el torturarme--le pregunté,--sabiendo que
su complacencia en tolerar la actitud comprometedora de Lautrec es
injuriosa y cruel para mí?
--Sea usted justo--exclamó.--Lautrec hace a mi lado lo mismo que usted
con la niña de Lacante... Mi coquetería no es más criminal que la de
usted.
--No hay nada entre Elena y yo; nada que no sea natural y legítimo entre
un hermano mayor y su hermana.
--Sí, naturalmente; una amistad fraternal... Así empiezan siempre esas
cosas... Es verdad que yo no puedo invocar la misma excusa. Soy
demasiado sincera para no confesar que hay en Lautrec algo más que una
amistad de hermano... y en mí algo menos.
--Reconozca usted que está enamorado.
--¿Por qué no?
--Y usted lo ha animado y hasta excitado... Le ha hecho usted perder la
cabeza.
--Nada de eso. Puedo afirmar que es enteramente dueño de sí mismo.
--Luciana--exclamé,--júreme usted que no hay nada entre ustedes.
--De buena gana, amigo mío... Pero, ¿qué llama usted «nada»? Me ha hecho
el amor, no lo niego.
--Pero usted, ¿qué ha respondido?
--Palabras sin significación... y nada más.
Y con voz incisiva, casi dura, siguió diciendo:
--¿Se figura usted que soy bastante tonta para creer en un sentimiento
serio en el señor Lautrec? ¿Cree usted que no he descubierto en seguida
la sequedad egoísta de aquella alma sin profundidad, sin nobleza,
sin?...
--¡Cuidado!--exclamé.--Habla usted de él con amargura. ¿Qué le ha hecho
a usted?
Luciana se echó a reír.
--¿No quiere usted que lo juzgue severamente? Hay que ser consecuente,
mi pobre amigo. Agrádeme o no, usted no puede hacerme un reproche igual.
Pero dejemos esta vana disputa y estas niñerías crueles que nos hacen
tanto daño. Yo no pido más que convenir en mis culpas: sus celos de
usted me hirieron y tuve a orgullo el hacerle frente... Usted, para
castigarme, no ha dejado un momento a Elena Lacante, y ha logrado
también lo que se proponía, que, a mi vez, me he vuelto celosa. Esta es
nuestra historia.
--¡Usted celosa, Luciana!... Se estima usted muy superior a las demás
para que eso sea posible.
--Pero el amor me vuelve modesta, Máximo, y yo lo amo a usted... bien lo
sabe.
¡Ah, la hechicera! Todo lo olvidé. Había vuelto a tomar su timbre de voz
encantador, un poco velado, más conmovedor que todas las palabras, y la
sonrisa de misteriosas promesas que la hacen irresistible cuando ella
quiere serlo. Todo mi rencor se había disipado y sólo vinieron a mis
labios palabras de excusa y de amor.
Escuchábame ella pensativa. Su animación y su ardor para defenderse
habían desaparecido. Los párpados caídos me ocultaban sus ojos y una
expresión de indecible tristeza ensombrecía su linda cara. La languidez
de toda su persona, de su talle inclinado, de sus manos abandonadas,
hacíala infinitamente interesante.
Tomé una de aquellas manos, inertes en la falda, y la oprimí contra mis
labios. Hizo al punto un movimiento para retirarla, pero después me la
abandonó, volvió la cabeza y me miró con expresión incierta. Sus ojos
estaban húmedos.
Por fin, dio un gran suspiro y dijo, respondiendo, sin duda, a sus
largos pensamientos:
--Entonces, ¿cuándo nos casamos?
--Cuando usted quiera--respondí sorprendido por aquella brusca pregunta.
--¿Y si quisiera ahora mismo?
--Sería el más feliz de los hombres.
--¿A pesar de mi coquetería y de... mis defectos?
--A pesar de todo, pertenezco a usted, Luciana... Mi corazón, mi vida,
todo lo que poseo es de usted... Por desgracia, lo que poseo es muy poca
cosa.
--¿Marignol sigue viviendo?
--Ciertamente... y no puedo matarlo, al miserable.
Nos echamos a reír y ella me dijo cariñosamente:
--En fin, usted me ama, y esto es lo importante...
--Sí, la amo a usted, porque la creo sincera y leal... Una sola cosa
podría separarme de usted; la falsedad y la mentira... Y eso no lo
espero... Creo en usted como en...
Buscaba un punto de comparación, pero ella no me dio tiempo para
encontrarlo.
--Gracias--dijo levantándose y estrechándome la mano.--Yo también tengo
confianza, y puesto que Marignol se obstina en no morirse y en cortarnos
los víveres, habrá que tener paciencia y seguir amándonos en el
misterio...
--¿Por qué no hemos de aclararlo un poco?
Luciana dijo con la cabeza que no.
--Si pudiéramos fijar una fecha, aunque fuese lejana, yo sería la
primera en gloriarme de su elección de usted, amigo mío... Pero piense
en el ridículo de esta novia sempiterna suspirando por el casamiento...
El ridículo es lo que más temo en el mundo...
--Yo no veo el ridículo...
Luciana hizo un gesto nervioso.
--Las mujeres lo vemos así--dijo.
--¿A qué ha venido, entonces, esa pregunta sobre la fecha de nuestro
matrimonio?
--Un trabajo de sonda--dijo riéndose.--La pobre opinión que tengo de mí
misma me hace dudar de usted, sobre todo cuando le veo ejercer sus
privilegios de hermano mayor con Elena Lacante. Temo algunas veces que
se engañe usted sobre sus sentimientos, como se engaña ella...
--¡Elena!...
Me pareció que una aguda punta entraba hasta lo más profundo de mi
corazón.
--¡Imposible!--exclamé.--Elena no puede engañarse... Jamás una palabra
mía ha podido causarle la ilusión del amor.
--Mejor para ella en ese caso--dijo Luciana con indiferencia.
He conservado una impresión penosa de esta conversación.
Me siento más estrechamente unido que nunca con Luciana. Nos hemos
explicado, perdonado y reconciliado. Me ha renovado la seguridad de su
amor y de su voluntad de ser mía. Debería ser dichoso y no lo soy.
Cuanto más la conozco, más echo de ver que los sentimientos de Luciana
no tienen aquella sencillez franca y luminosa que me conquistó al
principio. Su alma es complicada, y lo que ignoro de ella me turba y me
alarma. Cuando la tengo al lado sufro su encanto, me seduce y quedo
vencido. Ausente, trato de comprenderla, la analizo y pierdo la paz de
mi corazón... ¡Por qué, pues, es tan triste la dicha!
Máximo a su hermano.