Ayer, día de la comida semanal en casa de Lacante, llegó Kisseler
reventando de gozo. Acababa de saber una fea historia de uno de nuestros
hombres políticos más visibles, favorito del Ministerio y en condiciones
de ser ministro de un día a otro. Naturalmente, todos se esfuerzan por
echar tierra al escándalo, y lo lograrán: testigos sobornados, supresión
parcial del sumario, jueces bien elegidos, nada se omitirá para
conseguir que se evite el proceso. Desde el punto de vista político,
pues, las consecuencias serán nulas, por el momento al menos. Pero los
detalles son curiosos e irresistiblemente cómicos para un cínico como
este diablo de Kisseler.
Apenas entró, estando todos ya a la mesa, pues, según costumbre, llegaba
tarde, empezó a contar la cosa con una gracia, con una mímica y con un
lujo de detalles verdaderamente chistosos.
Desde las primeras palabras, Lacante le mostró con una seña a Elena,
sentada enfrente de él, y Kisseler afirmó que sería prudente y que
velaría su relato. Lo veló, en efecto, pero con un velo tan extrañamente
plegado, que no hacía más que añadir un incentivo más a la brutal
aventura.
Yo no podía menos de mirar a Elena, tan joven, tan inocente, entre todos
aquellos hombres excitados y retorcidos de risa. Éramos siete, sin
contar la Marquesa de Oreve.
Luciana y su madre no habían venido, afortunadamente, y Elena parecía
entre nosotros como una hermosa azucena surgiendo de un lodazal. De vez
en cuando dirigía a su padre una seña de amistad con un ligero gesto que
quería decir claramente: «¡Qué fastidioso es ver reír a los demás cuando
no se sabe de qué se ríen!»
¡Cuánto le agradecía yo el que no comprendiese, y cómo me felicitaba por
la ausencia de Luciana, que, más madura en la atmósfera parisiense,
hubiera ciertamente comprendido! Creo que en este caso hubiera tirado a
Kisseler por la ventana...
Cuando todos se marcharon y Elena se metió en su cuarto, me quedé
fumando un cigarro con Lacante para esperar la hora del tren.
Lacante estaba preocupado y tocaba el tambor nerviosamente con los
dedos en la mesa. Por fin dio un suspiro y dijo:
--Tendré que separarme de mis amigos o de mi hija.
Y después de una pausa añadió:
--Es duro, a mi edad, romper con unas amistades de cuarenta años.
--Kisseler es incorregible e incomprensible, es verdad... Los demás
tienen más tacto.
--¿Cree usted eso?... Hay discusiones de ciencia y de filosofía que
ofrecen iguales o mayores peligros que las enormidades de Kisseler para
un entendimiento joven y cándido como el de Elena. ¿Le parece a usted
que ha comprendido ni una palabra de toda esa grosera historia?... Como
si la hubieran contado en chino. Mientras que la sequedad de la duda que
se introduce en esa tierna naturaleza substituye a la cándida fe que es
su fuerza y su gracia...
Y Lacante levantó las manos y las dejó caer, como si viese ya
pulverizado todo el edificio de fuerza mística.
--Admito--dijo,--que Elena no entiende las obscenidades de Kisseler,
pero así como el oído se acostumbra a los sonidos de una lengua
extranjera y acaba por comprender su significación, ¿no teme usted
que?...
--¿Que sepa pronto más de lo necesario? Sí, sin duda.
--Es verdad--dije no sin malicia,--que le he oído a usted en otro tiempo
expresar la opinión de que no es prudente dejar a las jóvenes en la
ignorancia de las necesidades de la vida y que los padres asumen así una
gran responsabilidad cuando llega el momento de elegir su destino.
--Aquellas eran teorías y frases de solterón--dijo moviendo la
cabeza.--Solamente sabe el precio de la pureza el que ha podido penetrar
hasta el fondo el alma de una virgen. Toda iniciación que no sea la del
amor es un sacrilegio. Sí, sólo el amor tiene derecho a revelar los
misterios...
Reflexionó unos instantes y siguió diciendo:
--Habría que casar a Elena. Podría ciertamente sacrificarle Kisseler y
mucho más; pero soy viejo, amigo mío, y he recibido hace poco una dura
advertencia, y debo asegurar el porvenir de esa pobre niña. Tiene
algunos bienes, a los que se añadirán después los míos; es bonita y
tiene bastantes cualidades para que no le falten los partidos.
--Es deliciosa--exclamé.
Lacante fijó en mí sus ojillos grises y penetrantes y yo bajé la cabeza.
Después siguió diciendo:
--Sí, ¿verdad? Más de uno lo juzga así, y cuando yo declare mis
intenciones ya sé quiénes se pondrán en la fila... Pero solamente Elena
decidirá.
Se levantó pausadamente (noto que se va entorpeciendo) y se apoyó en mi
brazo para entrar en su cuarto.
Al estrecharme la mano, me dijo:
--Esta niña merece ser dichosa.
--Lo será--respondí maquinalmente.
Me dirigió entonces una seña amistosa y me dijo:
--Gracias, hijo mío.
¿Aplicábase esta frase al apoyo de mi brazo o a mi frase trivial sobre
la dicha de Elena? Me quedé en la duda y esta duda me ha turbado.
Durante todo el camino he ido repitiéndome los términos empleados por
Lacante en esta conversación y los de mis respuestas. ¿Debía revelar a
Lacante mis compromisos con Luciana, a pesar de mi promesa de no
decírselo a nadie? ¿Por qué debía hacerlo así?... Por temor de que a
Lacante se le haya puesto en la cabeza darme su hija. Pero, si no piensa
en tal cosa y me he engañado, ¿no sería tan ridículo como impertinente
el tomarle la delantera y hacerle comprender que he adivinado su
intención y que no debe contar conmigo? Por otra parte, ¿no ha dicho que
solamente Elena elegiría?
Este último pensamiento ha calmado considerablemente mis escrúpulos,
pues no tengo ningún motivo para creer que Elena decidirá nunca en mi
favor, sino todo lo contrario.
Este Lautrec me parece muy solícito para con ella (lo está, eso sí, con
todas las mujeres); es joven, elegante, rico, y como tiene pretensiones
literarias que Lacante puede favorecer, bien pudiera ocurrir que por ese
lado hubiera un desenlace muy dichoso...
Pero, es raro, la idea de ver a Lautrec convertido en el hijo de la
casa, en la de Lacante, me oprime el corazón... No puedo, sin embargo,
casarme al mismo tiempo con Luciana y con Elena, la morena y la rubia...
Estoy loco y me voy a la cama.
Buenas noches, querido hermano...
Elena al Padre Jalavieux.
Octubre.
He leído, releído y meditado su carta de usted, mi buen señor cura, a
fin de hacer entrar en mí el espíritu que la ha dictado y que quiero que
sea mi regla de conducta: «No discutir jamás las cuestiones de fe...»
¡Cómo me agrada esto! La paz, la modestia del silencio... «Afirmar
valientemente mi fe cuando se presente la ocasión, sin tratar de
imponérsela a los demás.» También esto me gusta extraordinariamente.
Pero, señor cura, «hacer amar la fe haciendo amar en mí las virtudes que
le debo...» ¡Señor! ¡Virtudes! Yo, tan débil, y que no tengo más que
instintos ora buenos, ora malos y casi siempre infinitamente medianos...
Eso es mostrarme con el dedo toda mi impotencia. Me conozco bien y sé
que cedo al primer movimiento y que no pienso en resistir hasta que el
mal está hecho. También lo sabe usted que me conoce mejor que yo misma,
puesto que es más imparcial.
Esto me recuerda una de la mayores humillaciones de mi vida, un día en
que mi pobre tía me sorprendió encaramada en una silla delante de la
chimenea del comedor, con la nariz pegada al tremó, que tenía reflejos
verdes, para verme más de cerca. Mi tía se indignó enormemente y me
llevó, toda temblorosa, hasta la sacristía, donde estaba usted
escribiendo en un gran librote. Le contó a usted mi crimen y creo que
habló de propensiones hereditarias, palabras que oía yo por primera vez
y que me dieron un miedo atroz, pues me creí atacada de alguna
enfermedad mortal. Recuerdo qué bueno fue usted, señor cura, y cuánto le
quise desde aquel día. «Mi querida señora, le dijo usted; hay un
precepto de la Sabiduría, que dice: Conócete a ti mismo. Elena ha
empezado el inventario por el exterior; después llegará a lo principal.»
Y me dio usted un cachetito en la mejilla. Era yo muy niña, pues tenía
seis años; pero siento aún en el carrillo la dulzura de aquel cachetito
consolador.
Mi padre está ahora mejor y ha vuelto a todas sus costumbres de trabajo,
a sus estudios y a sus lecturas.
He ganado en esta crisis, que tanto me atormentó, una intimidad más
estrecha con él; me permite que le lea y encuentra que lo hago bien y
con inteligencia. Observe usted esto, señor cura; mi padre, que sabe lo
que se dice, asegura que leo con inteligencia. En otro tiempo me acusaba
usted de leer a escape y sin enterarme de lo que leía... Pero era que
(ahora puedo decirlo) los libros de edificación, las meditaciones, los
sermones y las controversias, me aburrían cruelmente. No me gustaba nada
más que la vida de los santos, con tal que no fuesen muy largas ni
atestadas de notas. Me parece que, en esas hermosas historias de almas
enamoradas de lo divino, la precisión pedantesca y el exceso de
documentos son un contrasentido, o en todo caso, una torpe maniobra que
nos sujeta a la tierra cuando quisiéramos remontar el vuelo y subir a lo
más alto. Espero que no se escandalizará usted y que me perdonará la
ligereza y el mal gusto de mi entendimiento.
Mi padre lleva su bondad hasta tomarme por su secretaria, y entonces
escribo al dictado u hojeo los libros necesarios para su trabajo y le
marco o le copio los párrafos que necesita. Y no puede usted figurarse
lo agradable y gloriosa que encuentro así la vida.
Lo mejor de todo es que, ahora, hablamos con más frecuencia y más
íntimamente, y que cada día lo quiero más.
Elena al Padre Jalavieux.
Hace un momento, después de dos largas horas de trabajo a la sombra del
único árbol del jardín, entre las matas de rosales, y a pesar del
vientecillo que levantaba las hojas de mi libro, mi padre se ha
recostado en su butaca, después de sujetar cuidadosamente las cuartillas
cubiertas de su fina letra, y me ha mirado con sonrisa de aprobación.
--Esto es lo que se llama una hija trabajadora y buena... Capaz serías
de estarte trabajando hasta perder las fuerzas, sin pedir gracia.
Yo no estaba cansada y así se lo dije, y añadí que era muy feliz
figurándome que le ayudaba un poco.
--Sí que me ayudas y que me facilitas la tarea. Me extraña el ver que,
sin confusión ni ruido, te has hecho este trabajo de investigaciones
que no tiene nada de seductor y que exige, después de todo, sagacidad y
atención.
Yo estaba contentísima, como usted comprende, señor cura.
Mi padre siguió diciendo:
--Las mujeres son, verdaderamente, criaturas asombrosas, dotadas de una
facultad de asimilación y de una finura de intuición que suplen a lo que
ignoran. Ven a darme un beso, pequeña encantadora. No te figuras lo que
te admiro a veces sin que lo parezca. Tu vida es muy grave para una
muchacha de tu edad.
Me apresuré a ir a besarlo, y después me senté en la hierba a sus
pies... Mi padre se puso a acariciarme el cabello, un poco pensativo.
Y yo, que nunca he sido acariciada, me sentía feliz, en aquella tarde de
sol, entre el perfume de las resedas y de los heliotropos.
--De pronto me dijo:
--¿A quién haces tú tus confidencias?... No siempre es a mí...
--¿Mis confidencias?...
--Sí, tus ideas... tus reflexiones... tus sentimientos secretos... ¿A
quién se los dices?... ¿Es a doña Polidora?
--¡Dios mío! no, papá. No comprendo bien lo que tú entiendes por...
Mi padre hizo un gesto de impaciencia.
--Vamos a ver... Hace seis meses que vives a mi lado, rodeada de hombres
de talento y de valía... y todos empeñados en agradarte. Es imposible
que no haya uno que te guste más que los demás... Sé franca...
--Desde luego, el que me gusta menos es el señor Kisseler.
--Procedamos, si quieres, por eliminación. ¿Qué piensas de Gerardo
Lautrec?
--Lo encuentro fino, ingenioso, amable...
--¿Es a él a quien prefieres?
--¡Oh! no...
Me interrumpí, no sabiendo realmente si decía la verdad.
--Entonces es Máximo... a no ser que el doctor...
--No, no, por cierto.
--Bueno--dijo mi padre radiante,--entonces la palma es de Máximo...
--Te aseguro, querido papá, que no lo sé y que nunca me he preguntado
semejante cosa. Mi único pensamiento, que ha absorbido todos los demás,
ha sido no serte molesta, no disgustarte y tratar de hacerme querer un
poco. Todo lo demás me es igual.
Mi padre me atrajo hacia sí y me besó tiernamente.
--¡Pobre hija mía! Dios sabe, si existe, que lo has logrado bien.
A pesar de la exquisita dulzura de sus palabras, a pesar de sus
caricias, me pareció que una larga y acerada aguja había penetrado en mi
corazón, y en medio de mi alegría, pasó por mí un calofrío de espanto.
«¡Dios sabe, si existe!» No puedo acostumbrarme a esa forma irónica de
la duda, habitual en mi padre. Acaso no es más que un vicio de su mente,
contraído hace largo tiempo y que se manifiesta mecánicamente.
No quise hacerle ver que me había entristecido y traté de responderle
con buen humor.
--La prueba de que Dios existe es que tú eres bueno...
--¿Eso crees? ¿Es eso una prueba?... ¿Cómo te arreglas para verlo así?
--Eres bueno y Dios me ha dado un padre como tú.
--¡Ah! Vamos; sales del paso con un madrigal... Pero piensa que lo que
Dios te ha dado, puede quitártelo.
Me estremecí, y él, que lo vio, siguió diciendo con dulzura y
estrechándome contra su pecho:
--La experiencia prueba, hija mía, que todo lo que vive tiene que morir,
y no he de escaparme yo de la ley. Por eso te preguntaba hace un
momento, no por malicia ni por curiosidad, sino porque desearía
vivamente que entre los jóvenes, distinguidos por diversos títulos, que
me rodean, hubiese alguno bastante dichoso para agradarte y al que
pudiera yo confiar el cuidado de tu porvenir.
--¡Me dices cosas crueles!--exclamé.
--¿Qué tiene de cruel el que desee tener dos hijos en vez de uno?... Tu
matrimonio, tontina, no apresuraría mi fin sino todo lo contrario, pues
me daría una tranquilidad de espíritu preciosa a mi edad. Hay que ver
las cosas con calma y buen sentido. El matrimonio es la verdadera
vocación de la mujer, y no veo nada de espantoso en que una guapa
muchacha se case con un buen mozo de su gusto... ¿Qué dice de esto la
señorita?
Al decir esto me estaba pellizcando amistosamente una oreja y moviéndola
para despertar mi atención.
--Es que, hasta ahora, no tengo gana de casarme... ¡Soy tan feliz a tu
lado!
--Frase clásica de dama joven. Todas las muchachas, tarde o temprano,
tienen gana de casarse y si tú no la tienes todavía es que estás un poco
atrasada para tu edad. ¡Diecisiete años! ¡Ahí es nada!... Un monstruo...
de una bonita especie, lo confieso...
--Pues bien, papá, elige tú...
--Perfectamente... Elijo a Kisseler...
--¡Kisseler!
Mi espanto le hizo reír de buena gana.
--Eso le enseñará a usted, señorita, a reflexionar antes de hablar.
--Creí que elegirías otro.
--¿Cuál? ¿A quién harías de buen grado el precioso don de tu personilla?
--Ya lo pensaré, papá. Veo que contigo no hay que andarse en bromas.
Pero ¿quién me dice que el feliz elegido no será recalcitrante?
--Eso, pequeña, es asunto vuestro. No puedo darte ni garantía ni
consejos. Creo que esas cosas se arreglan de un modo amistoso y que tú
estás hecha de un modo que hará fáciles los arreglos.
--¡Amor propio de autor!--pensé tristemente.
--Ahora--dijo mi padre,--trabajemos una hora más y te dejaré en
libertad.
Estaba yo distraída, mi pensamiento divagaba y tenía gana de llorar. Mi
padre echó de ver esta languidez desusada, y me despidió.
Puse en orden los papeles y me levanté prestamente.
--¡Cómo! Hija desnaturalizada, ¿te vas sin darme un beso? ¿Me tienes
rencor?
--Sí--respondí apretándole la cabeza con las manos y besándole en la
calva;--sí, porque veo que tienes prisa de desembarazarte de mí.
Mi padre dio un golpe en la mesa con mucha furia.
--Faltas a la verdad a sabiendas... ¡Vete de aquí o te tiro mi
Aristóteles a la cabeza!
Y blandía el librote con fingida cólera.
Eché a correr y me refugié en el bosque vecino, un lindo bosque de
senderos tortuosos y sombríos, en los que me interné con gran necesidad
de estar sola.
Aquella prisa por casarme me entristecía.
A pesar de toda la bondad de mi padre, temo que mi vida, bruscamente
incrustada en la suya, sea para él un estorbo y una carga dura de
soportar.
Aquel temor se mezclaba con otro más cruel, el de que mi padre sintiese
acaso más comprometida su salud de lo que quería dejar ver.
¡Cómo! Siempre está presente la muerte; en todas las vueltas del camino,
en las horas más serenas de la mañana como en el ocaso de la vida,
aparece con su misterio y su terrible silencio.
En aquel bosque de vivificantes aromas y de follajes enrojecidos por el
otoño, pasé, señor cura, unos momentos crueles.
Después, la calma fue viniendo poco a poco al recordar las pruebas de
ternura de mi padre y la necesidad cada vez mayor que parece tener de mi
presencia.
Me convencí, porque lo necesitaba mucho, de que las seguridades del
médico sobre la fuerte constitución de mi padre eran enteramente
sinceras y de que podía tener confianza.
Y entonces se impuso a mi reflexión la idea del matrimonio en sí misma.
Casarme; elegir un ser para entregarme a él y que sea mi dueño; dar de
una vez y para toda la vida el corazón, es cosa grave...
Además, hay que agradar, hacerse amar... ¡Qué trabajo de Hércules, Dios
mío! ¿Cómo se arregla una para hacerse amar? ¿Por dónde se empieza? ¡Si
usted cree, señor cura, que estas cuestiones son fáciles de resolver!...
Mi padre no parece que las encuentra la menor dificultad, pero es por su
infatuación paternal.
Y luego, ¿a quién quisiera yo agradar? El señor Lautrec tiene ideas que
se aproximan a las mías, o que, al menos, no las contradicen
violentamente. Es muy agradable y, sin decir jamás piropos triviales,
sabe hacer halagüeñas sus atenciones. Pero hay en él algo que se opone a
la idea del matrimonio. Parece que va por la vida como un viajero que
está dando la vuelta al mundo, sin fijarse en parte alguna, sensible a
las bellezas del camino, vibrante, entusiasta, apto para comprenderlo
todo, para deslumbrar, para gozar, para pescar al vuelo y saborear las
más finas y las más fuertes sensaciones. Amar debe ser otra cosa. Me
parece que el amor debe tener menos superficies para concentrarse más.
Debe ser humilde, puesto que implora, y altivo también, puesto que es
fuerte. No veo en el señor Lautrec ni esa humilde ternura ni ese robusto
orgullo. Y, en todo caso, no soy yo quien podría inspirárselos. Me
parece muy fascinado por la bellísima Luciana, que es tan a propósito
para gustarle. Hay, ciertamente, entre ellos un atractivo. Borremos,
pues, de la lista, a don Gerardo Lautrec.
Tengo cariño y agradecimiento por el doctor Muret, que me cuidó con
tanto celo y bondad cuando estuve mala. Mi padre lo estima mucho, y
puede una acostumbrarse a su fealdad que es interesante. Sin embargo, su
aire de solemne importancia me da siempre gana de reírme en sus barbas,
y esta es una mala disposición para casarse. Además, tiene siempre en la
mano aquel dichoso libro de apuntes y saca el reloj cada minuto, lo que
es también un poco fastidioso.
Kisseler... No quiero pensar siquiera en él, porque lo detesto de pies a
cabeza.
No queda ya más que Máximo, el candidato de mi padre. Tiene una dulzura
tranquila y fuerte que inspira confianza; su sonrisa es agradable y
benévola; sus maneras, sencillas y naturales. No trata de brillar ni de
forzar la atención y me gusta su cara pensativa. Da gana de leer en el
secreto de aquel corazón tan bien cerrado. Tiene hermosos ojos, cuya
mirada, a veces, conmueve y penetra. Y, además, es muy adicto a mi
padre...
Pero yo no puedo, sin embargo, ir a decirle: «Por el amor de papá,
cásese usted conmigo, caballero.» Tendría que ocurrírsele a él solito.
Máximo a su hermano.
Es verdad, soy culpable. Hace siglos que no te escribo y me acuso de
ello todos los días sin tener nunca valor para tomar la pluma.
Y es que, la verdad, no comprendo ya ni a los demás ni a mí mismo, y
nada hay que desanime tanto como no poder poner en claro los propios
sentimientos y encontrarlos ilógicos, contradictorios y miserables.
Estoy más humillado de lo que puedo decir por este lío de conciencia.
Tú sabes si adoro a Luciana por su belleza soberbia, por su naturaleza
independiente y franca y por su modo de conquistarme, pues fue ella la
que me conquistó con la confesión espontánea de una preferencia que yo
no sospechaba.
La amo, y, sin embargo, me siento cambiado para con ella o más bien, mi
amor ha tomado una forma inquieta y dolorosa. No dudo de ella, pero no
me entrego ya con la misma serena confianza. A pesar mío, la observo, la
analizo, y no encuentro ya sus cualidades tan indiscutibles. Hallo una
discordancia entre la hermosa franqueza que usó conmigo el primer día y
la excesiva prudencia que impone a nuestras relaciones en la pequeña
sociedad que nos rodea.
Cuando así se lo hago observar amablemente, me responde riendo:
--Está jurado y no hay que hablar más del asunto.
Y añade en tono de broma:
--¿Quiere usted que, dentro de diez años, al vernos todavía novios, nos
abrumen a chistes nuestros amigos?
--¡Diez años, Luciana!... es imposible...
--¿Por qué es imposible? El viejo Marignol, como usted le llama, tiene
sesenta y ocho años; nada le impide llegar a setenta y ocho como muchos
de sus colegas, e interceptarnos todo ese tiempo el camino de la
iglesia.
La discreción que me impone me es penosa para con Lacante, que es para
mí más que un amigo; pero ella me responde que si Lacante es mi tutor,
la Marquesa de Oreve es su protectora y habría las mismas razones para
hacerle la confidencia.
Y entonces, adiós secreto y vienen todos los inconvenientes de una
espera interminable.
Hay otra cosa que me alarma en Luciana. Creo haberte dicho que me ha
escrito algunas veces y me ha autorizado a responderle a la lista del
correo. Esos misterios no son muy de mi gusto, aunque no haya nada más
inocente, puesto que la señora de Grevillois conoce nuestros compromisos
y los aprueba. A Luciana, por el contrario, le divierte esta novela, y
lo que me preocupa es el tono de esa correspondencia, la ternura
exaltada de las cartas de Luciana y el contraste de esa ternura con la
corrección casi fría de nuestras conversaciones. ¿Será que, cuando
estamos juntos, una delicadeza pudorosa detiene en sus labios las
expresiones vivas? Quisiera creerlo. ¿Será que tema mis temeridades?
Hará mal. Respeto mucho en ella a la mujer que será mía para que tenga
nada que temer. Sea como quiera, me produce cierto malestar esa
disparidad entre la palabra y su expresión escrita. Sospecho que está
más prendada del amor que de su prometido. Me figuro que cede a la
inocente e inconsciente retórica de un alma romántica enamorada de los
bellos períodos y de las frases cadenciosas, y esto me produce una
especie de impaciencia despechada que me hace responder con frialdad y
casi en tono burlesco.
Si crees que la amo menos, te engañas. Su presencia me produce siempre
la misma turbación deliciosa, y su belleza me encanta. Si supieras la
gracia de aquel talle de divina y esbelta elegancia, el atractivo de
aquellos labios húmedos y rojos y la potencia de aquellos ojos, tan
pronto chispeantes de luz como tenebrosos y obscuros, bajo el misterio
de las largas pestañas... ¡Qué seducción hasta en sus caprichos, pues
los tiene! Tiene también desigualdades de humor, y, de repente, accesos
de un encanto imprevisto y de una humildad encantadora.
¡Pobre Luciana! ¿Por qué soy tan severo... y tan injusto acaso con ella?
Ayer, cuando llegué a casa de la Marquesa de Oreve, estaba Luciana en el
jardín con un libro abierto en la falda. Gerardo Lautrec, que estaba
sentado a su lado en una silla de tijera, se levantó al verme subir la
escalinata. Luciana me ofreció distraídamente la mano y continuó en
seguida la conversación interrumpida a mi llegada.
--¿De modo que querría usted estar ya lejos de Francia?
--Adoro a mi país, pero francamente, pasarse la vida en oscilar desde el
Luxemburgo al parque Monceau es un poco monótono.
--Usted piensa--díjele riendo,--que el bosque de Bolonia es insuficiente
como selva virgen.
--Eso puede llevar muy lejos--repuso Luciana.
--¡Bah! El mundo es tan pequeño... Pronto se le da la vuelta.
--¿Qué es lo que usted llama pronto?
--Dos o tres años...
--¿Y encuentra usted que es poco? Eso prueba que no deja usted detrás
ningún pesar.
--Siempre se dejan pesares... aunque no sea más que el de los sueños no
realizados.
--Los sueños son humo y no valen un pesar...
--Todo lo contrario... Hay sueños deslumbradores... tan inaccesibles,
por desgracia, como el Himalaya... Eso se los lleva uno consigo...
--Para perderlos por el camino.
Ambos se reían y yo me figuré, sabe Dios por qué, que la risa de Luciana
era nerviosa y falsa, y cátame triste para toda la noche. ¿Estoy, pues,
celoso? Ciertamente, Luciana es coqueta y le gusta agradar y ser
alabada. ¿Por qué acusarla? Es bella y lo natural es que goce del éxito
de su belleza. ¿Y qué me importa, puesto que su corazón es mío y estoy
seguro de su rectitud y de su ternura? Lo demás es polvo que el viento
disipa.
Elena al Padre Jalavieux.
Estoy asistiendo a una bonita novela que espero terminará por una boda
entre Luciana Grevillois y el señor Lautrec. Es visible lo que se gustan
mutuamente y no me ocurre qué podría impedirles casarse. Luciana no
tiene fortuna, pero creo que él tiene bastante para dos. Lautrec había
anunciado que iba a hacer un viaje de unos cuantos años, pero, de
repente, ha dejado de hablar de ello, y el otro día me respondió a una
pregunta que le dirigí sobre este asunto:
--Tiempo tengo. Haré ciertamente ese viaje, pero la fecha no es segura,
pues depende de circunstancias ajenas a mi voluntad.
Creo que esas circunstancias ajenas a su voluntad son el consentimiento
de Luciana, y lo creo más al ver que me dejó para ir a afilar los
lápices a aquella linda persona, que estaba dibujando, y que los dos se
pusieron a hablar en voz baja de cosas indiferentes, pero en ese tono
confidencial que indicaba claramente que sólo esperaban que yo me fuese
para cambiar de asunto. Lo comprendí y me marché a casa para saladar a
la Marquesa de Oreve.
La señora de Grevillois, que estaba al lado de la ventana trabajando
activamente en su bordado, me interpeló al pasar para reprocharme
graciosamente que dejase sola a Luciana. Me previno que la Marquesa
estaba de mal humor y que no había querido colocarse para su retrato, y
añadió dando un suspiro:
--No sé qué va a pasar con la tal pintura; mi pobre hija la ha vuelto a
empezar dos veces sin conseguir dar gusto a la de Oreve... Es
fastidioso. Y ya sabe usted que Luciana tiene poca paciencia... De esto
nacen violencias penosas y temo que resulte un poco de frialdad entre la
Marquesa y nosotras. Véala usted, querida amiga, y trate de disponerla
mejor en favor del retrato... Y si Luciana le habla a usted de sus
dificultades, procure apaciguarla.
--No me hablará, querida señora. Tengo yo muy poca importancia para que
se confíe a mí.
--No lo crea usted. Puede usted serle muy útil. No se sabe el bien que
puede hacer una palabra dicha con oportunidad.
La Marquesa estaba en su saloncillo, echada en un sofá y con una bata
rosa que estaba lejos de rejuvenecerla. Sus ricillos, muy lacios, le
caían por un lado, y los postizos, mal arreglados al color del cabello,
tenían un lamentable aspecto de negligencia. Me ofreció una mano
lánguida y me dijo:
--Buenos días, hija mía; siéntese un instante y deme noticias de su
padre. ¿Está mejor? ¿Vendrá a comer esta tarde? Dígale usted que quiero
absolutamente verlo... Necesito su filosofía para restaurar la mía, que
está muy decaída... Tengo contrariedades que me asesinan. ¿Ha visto
usted mi retrato? Ahí lo tiene usted, en esa mesa; quítele el papel de
seda y contemple ese horror... ¿Qué dice usted de eso? Yo creí que esa
joven tenía talento, o, a falta de talento, ingenio... Pero nada, no
tiene nada... Esto es tan torpe como feo... sin elegancia, sin
expresión, sin poesía...
Contemplé la miniatura y la verdad es que no se parecía al modelo.
--Los ojos son hermosos--me atreví a decir.
--¡Unas puertas cocheras! Ocupan la mitad de la cara... ¡Eso, unos
ojos!... No tienen vida ni llama; son negros y estúpidos como bocas de
horno... Yo tengo los ojos grandes, es verdad, pero no desmesurados. Es
preciso que, en una cara, esté todo proporcionado. Además, yo no tengo
esa fisonomía de una legua; mi óvalo es más bien un poco corto. Parece
que se ha propuesto desfigurarme.
--Me parece--dije tímidamente--que había hecho un boceto un poco mejor.
--¿El primero? No, querida; era igualmente feo en otro género. Había
exagerado en un sentido opuesto... Una cara de luna llena, boca común y
conjunto de una vulgaridad repugnante. Jamás consentiré en reconocerme
en los pintarrajos fantásticos de la señorita Grevillois. Renuncio a
ello.
Mientras hablaba, la estaba yo mirando, y compadecía con todo mi corazón
a la pobre Luciana, obligada a hacer un lindo retrato de tal cara.
La Marquesa siguió diciendo:
--No puedo despedir a esas señoras de un momento a otro, como a criadas;
tienen derecho a miramientos y las haré estarse aquí hasta final de
verano, como estaba convenido. Pero rogaré a Luciana que no se ocupe de
mí.
--¿No teme usted que se ofenda?
--Yo doraré la píldora... e inventaré pretextos. Además, está muy
ocupada con sus coqueteos para pensar en otra cosa... Mire usted allí a
Lautrec, a su lado. Se diría que está a sus pies... No sé, realmente, lo
que tiene para embrujarlos así.
--Es muy guapa.
--Sí, no es fea... Hay, sin embargo, otras que valen lo que ella...
Usted misma, querida.
--¡Oh! señora...
--Vale usted lo mismo, en un género más delicado. Máximo dijo el otro
día que tiene usted un delicioso tipo de virgen. Y Kisseler añadió: «Una
virgen que haría condenarse a todos los santos.»
No se escandalice usted, querido señor cura; en este país se habla de
todo así, en broma.
La Marquesa se reía y se extasiaba por el ingenio de Kisseler y por sus
graciosas salidas. Yo estaba encarnada como una puesta de sol, y muy
contenta, lo confieso, al saber que Máximo me encuentra bonita.
¡Quisiera tanto gustarle!
El mal humor de la Marquesa se ha ido disipando poco a poco y ha acabado
por convenir en que la presencia de Luciana en su casa es un gran
atractivo para los amigos.
--Lautrec no hubiera venido a pedirme de almorzar esta mañana si hubiera
estado yo sola--dijo en tono melancólico.
Y, al ver que yo iniciaba un gesto de política protesta, continuó:
--La juventud atrae a la juventud... No digo yo que, en mis tiempos...
En fin, esos tiempos han pasado, bien lo sabe usted, aunque su buena
educación le impida decirlo... A la edad de usted, una persona de...
de...--Buscaba un número de años verosímil, y no encontrándolo a su
gusto, acabó de este modo:--una mujer de mi edad me parecía un ser
antidiluviano... enteramente inútil en este mundo... Después, las ideas
se ensanchan... Yo hago justicia los encantos de la juventud, aunque
prefiero un poco más de seriedad y de madurez... No olvide usted decir a
su padre que cuento con él para comer. Usted lo acompañará
necesariamente.
Cuando me retiraba, me volvió a llamar:
--- No tema usted por Luciana; no le diré nada desagradable, aunque
retiraré mi cabeza de entre sus manos crueles. Hasta muy pronto, hija
mía.
En el jardín seguía el señor Lautrec afilando lápices a Luciana, que ya
no dibujaba.
La de Grevillois, en la ventana, clavaba asiduamente la aguja en el
cañamazo.
Las avispas zumbaban en los espliegos y el sol reía en mi corazón; era
feliz y pensaba cómo se aclara el porvenir y cómo se despeja y se allana
ante mí la vida, todo esto porque sé que no disgusto a Máximo.
¿No es curioso, señor cura, el ver qué poca cosa nos transforma y
transforma con nosotros todo lo que nos rodea?
Pasé por detrás del banco en que estaban hablando Luciana y Gerardo, y
como me ocultaban los arbustos, no sospecharon que estaba yo tan cerca
ni que sus palabras, escasas y lentas, llegaban hasta mí.
Luciana decía:
--Yo no tengo confianza.
Y él respondió:
--Sin embargo, pruebe usted...
Las palabras eran insignificantes, pero la entonación era tan íntima,
tan penetrante y tan dulce, que temí ser indiscreta y me escapé de allí.
Y en mi precipitación por poco dejo caer al Marqués de Oreve, que se
estaba paseando con un librote debajo del brazo y aspecto de
preocupación.
--Figúrese usted--me dijo poniéndome una mano en el hombro para
contener mi impulso--que no puedo encontrar el vínculo de parentesco
entre los Olmutz y los La Fribourgére...
--¿Desea usted saberlo?
--Ciertamente... Pero es humillante preguntar a esa gente, porque parece
que ignora uno la gramática. Los La Fribourgére son nobleza de toga, y
de toga muy corta... Mientras que los Olmutz, ¡diablo! esos son otra
cosa; nobleza de espada. Su casa remonta al siglo XII, tachada solamente
por un matrimonio desigual a mediados del XIV.
Evidentemente--dije con convicción;--un parentesco así es honroso.
Y después de excusarme diciendo que mi padre me esperaba, separé
vivamente el hombro de su larga y blanca mano y me eché a correr.
Es tan corta la distancia entre la «Villa del Lys» y la nuestra, que mi
padre me permite ir y venir sin escolta, y yo no abuso, se lo aseguro a
usted, señor cura.
Aquel día, sin embargo, hubiera querido dar un rodeo para saborear mi
contento, pero esos excesos no están en el programa e invité a mi
alegría a no salirse del camino recto.
¿Y sabe usted, señor cura, por qué estaba yo tan alegre?... Porque
Máximo de Cosmes ha dicho que soy bonita... ¡Qué horrible vanidad!
Y por mucho que trato de ruborizarme de vergüenza, la verdad es que
estoy contenta.
¡Impenitencia final!
Elena al Padre Jalavieux.
Tiene usted mucha razón, mi buen señor cura, y su sermón ha venido muy a
propósito para poner un poco de aplomo en mi cabeza y un poco de
prudencia en mi corazón.
«No basta ser bonita, me dice usted, para ser amada; los hombres tratan
de encontrar cualidades más sólidas y de un orden más elevado en la que
será la madre de sus hijos... Y, después, nada prueba que el corazón de
don Máximo esté libre.»
Es verdad; jamás me he preguntado si el corazón de Máximo está libre.
Siempre me parece que también los demás empiezan su vida, que sus ojos
se han abierto al mismo tiempo que los míos y que en ellos, como en mí,
todo el pasado es una página en blanco.
Máximo, sin embargo, no es joven. ¡Veintinueve años; casi treinta! Es
más que probable que no haya esperado a conocerme para fijar su
corazón.
Y aquí me tiene usted desazonada de mis ilusiones. Era muy dulce el
pensamiento de pasar mi vida entre mi padre y él. ¡Son tan buenos los
dos y se entienden tan bien para mimarme!... Casi no hay día en que
Máximo no me envíe o me traiga algunas pruebas de su recuerdo: un libro,
un dibujo de bordado, un ramo de violetas... pequeñeces, pero
afectuosamente ofrecidas.
No tengo experiencia, pero dudo que un novio pudiera ser más amable.
¡Sus maneras conmigo son tan graves y tan dulces, y me agradan tanto!...
Hay, sin embargo, una especie de violencia, casi de frialdad, que se
interpone a veces entre él y yo y parece helar en sus labios las
palabras cariñosas. Y ya esto, aun antes de la advertencia de usted,
señor cura, me había dado qué pensar.
Hace unos días, me dolía la cabeza después de un largo paseo al sol, y
no quise comer. Mi padre se alarmó y dijo que iba a llamar al médico,
pero le supliqué que no lo hiciese, segura de que aquella simple jaqueca
no resistiría a una noche de sueño. Así estaba convenido cuando llegó
Máximo. En cuanto me vio echada en el sofá de la sala, su cara se alteró
y, en voz conmovida, reprobó a mi padre el haber cedido a mi capricho no
llamando a Muret. Quise protestar, y me dijo bruscamente: «No crea usted
que vamos a consultar sus antojos cuando se trata de su vida...» Dio
media vuelta y, sin querer fiarse de nadie, corrió él mismo a
telegrafiar al doctor, que no tardó en venir y se rió de nosotros.
--Mi padre y Máximo tienen la culpa de que se haya usted molestado--le
dije.--De este modo, cuando otra vez le llamen a usted, no vendrá.
--Vendré lo mismo; pero me tomaré tiempo para comer.
Mi padre se lo llevó en seguida e hizo que le sirvieran una cena.
Me quedé sola, cerré los ojos para que descansase mi dolorida cabeza, y
me quedé dormida. Cuando desperté era de noche, y por la ventana abierta
oía la voz de mi padre en el jardín y el ruido de sus pasos algo pesados
sobre la arena. No sé qué ligero ruido, un suspiro acaso, me hizo volver
la cabeza, y, en la obscuridad, adiviné, más que vi, a Máximo a mi lado.
Cuando vio que estaba despierta, me apoyó dulcemente la mano en la
frente y me dijo:
--¿Le duele a usted aún?
--Casi nada; pero ¿por qué está usted ahí en la obscuridad, en vez de
pasearse con mi padre y el médico?
--¿La contrarío a usted?
--Siento que no goce usted de esta hermosa noche.
--El tiempo me ha resultado agradable de este modo.
--¿Ha dormido usted también?
--No... He estado repasando mis recuerdos. Me acordaba de nuestro viaje;
cuando la traje a usted de Quimper a París. Estaba usted dormida y
gruesas lágrimas permanecían inmóviles en sus mejillas, mientras grandes
suspiros espasmódicos la agitaban de vez en cuando, como los de una niña
castigada. ¡Era usted tan débil y tan pequeña! Y yo sentía que no lo
fuera usted más... un nene al que hubiera podido acunar en mis rodillas
para consolarlo.
--Y me cubrió usted con su manta; no lo he olvidado... ¡Qué bueno fue
usted! Es verdad que lo es usted siempre...
En seguida cambió de tono y me dijo con una especie de dureza:
--Todo aquello pasó. Ha crecido usted, se ha hecho una guapa joven y ya
no siento deseo alguno de hacer de nodriza.
Se levantó y cerró la ventana, por creer que la noche estaba fresca.
Y se marchó.
Pienso algunas veces si estará enamorado de Luciana, tan bella y tan
inteligente. Sin embargo, más bien parece que se evitan.
Pero queda lo desconocido, tan tenebroso, tan inmenso, tan lleno de
misterios...
Máximo a su hermano.