8 de octubre.

Ayer, día de la comida semanal en casa de Lacante, llegó Kisseler

reventando de gozo. Acababa de saber una fea historia de uno de nuestros

hombres políticos más visibles, favorito del Ministerio y en condiciones

de ser ministro de un día a otro. Naturalmente, todos se esfuerzan por

echar tierra al escándalo, y lo lograrán: testigos sobornados, supresión

parcial del sumario, jueces bien elegidos, nada se omitirá para

conseguir que se evite el proceso. Desde el punto de vista político,

pues, las consecuencias serán nulas, por el momento al menos. Pero los

detalles son curiosos e irresistiblemente cómicos para un cínico como

este diablo de Kisseler.

Apenas entró, estando todos ya a la mesa, pues, según costumbre, llegaba

tarde, empezó a contar la cosa con una gracia, con una mímica y con un

lujo de detalles verdaderamente chistosos.

Desde las primeras palabras, Lacante le mostró con una seña a Elena,

sentada enfrente de él, y Kisseler afirmó que sería prudente y que

velaría su relato. Lo veló, en efecto, pero con un velo tan extrañamente

plegado, que no hacía más que añadir un incentivo más a la brutal

aventura.

Yo no podía menos de mirar a Elena, tan joven, tan inocente, entre todos

aquellos hombres excitados y retorcidos de risa. Éramos siete, sin

contar la Marquesa de Oreve.

Luciana y su madre no habían venido, afortunadamente, y Elena parecía

entre nosotros como una hermosa azucena surgiendo de un lodazal. De vez

en cuando dirigía a su padre una seña de amistad con un ligero gesto que

quería decir claramente: «¡Qué fastidioso es ver reír a los demás cuando

no se sabe de qué se ríen!»

¡Cuánto le agradecía yo el que no comprendiese, y cómo me felicitaba por

la ausencia de Luciana, que, más madura en la atmósfera parisiense,

hubiera ciertamente comprendido! Creo que en este caso hubiera tirado a

Kisseler por la ventana...

Cuando todos se marcharon y Elena se metió en su cuarto, me quedé

fumando un cigarro con Lacante para esperar la hora del tren.

Lacante estaba preocupado y tocaba el tambor nerviosamente con los

dedos en la mesa. Por fin dio un suspiro y dijo:

--Tendré que separarme de mis amigos o de mi hija.

Y después de una pausa añadió:

--Es duro, a mi edad, romper con unas amistades de cuarenta años.

--Kisseler es incorregible e incomprensible, es verdad... Los demás

tienen más tacto.

--¿Cree usted eso?... Hay discusiones de ciencia y de filosofía que

ofrecen iguales o mayores peligros que las enormidades de Kisseler para

un entendimiento joven y cándido como el de Elena. ¿Le parece a usted

que ha comprendido ni una palabra de toda esa grosera historia?... Como

si la hubieran contado en chino. Mientras que la sequedad de la duda que

se introduce en esa tierna naturaleza substituye a la cándida fe que es

su fuerza y su gracia...

Y Lacante levantó las manos y las dejó caer, como si viese ya

pulverizado todo el edificio de fuerza mística.

--Admito--dijo,--que Elena no entiende las obscenidades de Kisseler,

pero así como el oído se acostumbra a los sonidos de una lengua

extranjera y acaba por comprender su significación, ¿no teme usted

que?...

--¿Que sepa pronto más de lo necesario? Sí, sin duda.

--Es verdad--dije no sin malicia,--que le he oído a usted en otro tiempo

expresar la opinión de que no es prudente dejar a las jóvenes en la

ignorancia de las necesidades de la vida y que los padres asumen así una

gran responsabilidad cuando llega el momento de elegir su destino.

--Aquellas eran teorías y frases de solterón--dijo moviendo la

cabeza.--Solamente sabe el precio de la pureza el que ha podido penetrar

hasta el fondo el alma de una virgen. Toda iniciación que no sea la del

amor es un sacrilegio. Sí, sólo el amor tiene derecho a revelar los

misterios...

Reflexionó unos instantes y siguió diciendo:

--Habría que casar a Elena. Podría ciertamente sacrificarle Kisseler y

mucho más; pero soy viejo, amigo mío, y he recibido hace poco una dura

advertencia, y debo asegurar el porvenir de esa pobre niña. Tiene

algunos bienes, a los que se añadirán después los míos; es bonita y

tiene bastantes cualidades para que no le falten los partidos.

--Es deliciosa--exclamé.

Lacante fijó en mí sus ojillos grises y penetrantes y yo bajé la cabeza.

Después siguió diciendo:

--Sí, ¿verdad? Más de uno lo juzga así, y cuando yo declare mis

intenciones ya sé quiénes se pondrán en la fila... Pero solamente Elena

decidirá.

Se levantó pausadamente (noto que se va entorpeciendo) y se apoyó en mi

brazo para entrar en su cuarto.

Al estrecharme la mano, me dijo:

--Esta niña merece ser dichosa.

--Lo será--respondí maquinalmente.

Me dirigió entonces una seña amistosa y me dijo:

--Gracias, hijo mío.

¿Aplicábase esta frase al apoyo de mi brazo o a mi frase trivial sobre

la dicha de Elena? Me quedé en la duda y esta duda me ha turbado.

Durante todo el camino he ido repitiéndome los términos empleados por

Lacante en esta conversación y los de mis respuestas. ¿Debía revelar a

Lacante mis compromisos con Luciana, a pesar de mi promesa de no

decírselo a nadie? ¿Por qué debía hacerlo así?... Por temor de que a

Lacante se le haya puesto en la cabeza darme su hija. Pero, si no piensa

en tal cosa y me he engañado, ¿no sería tan ridículo como impertinente

el tomarle la delantera y hacerle comprender que he adivinado su

intención y que no debe contar conmigo? Por otra parte, ¿no ha dicho que

solamente Elena elegiría?

Este último pensamiento ha calmado considerablemente mis escrúpulos,

pues no tengo ningún motivo para creer que Elena decidirá nunca en mi

favor, sino todo lo contrario.

Este Lautrec me parece muy solícito para con ella (lo está, eso sí, con

todas las mujeres); es joven, elegante, rico, y como tiene pretensiones

literarias que Lacante puede favorecer, bien pudiera ocurrir que por ese

lado hubiera un desenlace muy dichoso...

Pero, es raro, la idea de ver a Lautrec convertido en el hijo de la

casa, en la de Lacante, me oprime el corazón... No puedo, sin embargo,

casarme al mismo tiempo con Luciana y con Elena, la morena y la rubia...

Estoy loco y me voy a la cama.

Buenas noches, querido hermano...

Elena al Padre Jalavieux.

Octubre.

He leído, releído y meditado su carta de usted, mi buen señor cura, a

fin de hacer entrar en mí el espíritu que la ha dictado y que quiero que

sea mi regla de conducta: «No discutir jamás las cuestiones de fe...»

¡Cómo me agrada esto! La paz, la modestia del silencio... «Afirmar

valientemente mi fe cuando se presente la ocasión, sin tratar de

imponérsela a los demás.» También esto me gusta extraordinariamente.

Pero, señor cura, «hacer amar la fe haciendo amar en mí las virtudes que

le debo...» ¡Señor! ¡Virtudes! Yo, tan débil, y que no tengo más que

instintos ora buenos, ora malos y casi siempre infinitamente medianos...

Eso es mostrarme con el dedo toda mi impotencia. Me conozco bien y sé

que cedo al primer movimiento y que no pienso en resistir hasta que el

mal está hecho. También lo sabe usted que me conoce mejor que yo misma,

puesto que es más imparcial.

Esto me recuerda una de la mayores humillaciones de mi vida, un día en

que mi pobre tía me sorprendió encaramada en una silla delante de la

chimenea del comedor, con la nariz pegada al tremó, que tenía reflejos

verdes, para verme más de cerca. Mi tía se indignó enormemente y me

llevó, toda temblorosa, hasta la sacristía, donde estaba usted

escribiendo en un gran librote. Le contó a usted mi crimen y creo que

habló de propensiones hereditarias, palabras que oía yo por primera vez

y que me dieron un miedo atroz, pues me creí atacada de alguna

enfermedad mortal. Recuerdo qué bueno fue usted, señor cura, y cuánto le

quise desde aquel día. «Mi querida señora, le dijo usted; hay un

precepto de la Sabiduría, que dice: Conócete a ti mismo. Elena ha

empezado el inventario por el exterior; después llegará a lo principal.»

Y me dio usted un cachetito en la mejilla. Era yo muy niña, pues tenía

seis años; pero siento aún en el carrillo la dulzura de aquel cachetito

consolador.

Mi padre está ahora mejor y ha vuelto a todas sus costumbres de trabajo,

a sus estudios y a sus lecturas.

He ganado en esta crisis, que tanto me atormentó, una intimidad más

estrecha con él; me permite que le lea y encuentra que lo hago bien y

con inteligencia. Observe usted esto, señor cura; mi padre, que sabe lo

que se dice, asegura que leo con inteligencia. En otro tiempo me acusaba

usted de leer a escape y sin enterarme de lo que leía... Pero era que

(ahora puedo decirlo) los libros de edificación, las meditaciones, los

sermones y las controversias, me aburrían cruelmente. No me gustaba nada

más que la vida de los santos, con tal que no fuesen muy largas ni

atestadas de notas. Me parece que, en esas hermosas historias de almas

enamoradas de lo divino, la precisión pedantesca y el exceso de

documentos son un contrasentido, o en todo caso, una torpe maniobra que

nos sujeta a la tierra cuando quisiéramos remontar el vuelo y subir a lo

más alto. Espero que no se escandalizará usted y que me perdonará la

ligereza y el mal gusto de mi entendimiento.

Mi padre lleva su bondad hasta tomarme por su secretaria, y entonces

escribo al dictado u hojeo los libros necesarios para su trabajo y le

marco o le copio los párrafos que necesita. Y no puede usted figurarse

lo agradable y gloriosa que encuentro así la vida.

Lo mejor de todo es que, ahora, hablamos con más frecuencia y más

íntimamente, y que cada día lo quiero más.

Elena al Padre Jalavieux.

Hace un momento, después de dos largas horas de trabajo a la sombra del

único árbol del jardín, entre las matas de rosales, y a pesar del

vientecillo que levantaba las hojas de mi libro, mi padre se ha

recostado en su butaca, después de sujetar cuidadosamente las cuartillas

cubiertas de su fina letra, y me ha mirado con sonrisa de aprobación.

--Esto es lo que se llama una hija trabajadora y buena... Capaz serías

de estarte trabajando hasta perder las fuerzas, sin pedir gracia.

Yo no estaba cansada y así se lo dije, y añadí que era muy feliz

figurándome que le ayudaba un poco.

--Sí que me ayudas y que me facilitas la tarea. Me extraña el ver que,

sin confusión ni ruido, te has hecho este trabajo de investigaciones

que no tiene nada de seductor y que exige, después de todo, sagacidad y

atención.

Yo estaba contentísima, como usted comprende, señor cura.

Mi padre siguió diciendo:

--Las mujeres son, verdaderamente, criaturas asombrosas, dotadas de una

facultad de asimilación y de una finura de intuición que suplen a lo que

ignoran. Ven a darme un beso, pequeña encantadora. No te figuras lo que

te admiro a veces sin que lo parezca. Tu vida es muy grave para una

muchacha de tu edad.

Me apresuré a ir a besarlo, y después me senté en la hierba a sus

pies... Mi padre se puso a acariciarme el cabello, un poco pensativo.

Y yo, que nunca he sido acariciada, me sentía feliz, en aquella tarde de

sol, entre el perfume de las resedas y de los heliotropos.

--De pronto me dijo:

--¿A quién haces tú tus confidencias?... No siempre es a mí...

--¿Mis confidencias?...

--Sí, tus ideas... tus reflexiones... tus sentimientos secretos... ¿A

quién se los dices?... ¿Es a doña Polidora?

--¡Dios mío! no, papá. No comprendo bien lo que tú entiendes por...

Mi padre hizo un gesto de impaciencia.

--Vamos a ver... Hace seis meses que vives a mi lado, rodeada de hombres

de talento y de valía... y todos empeñados en agradarte. Es imposible

que no haya uno que te guste más que los demás... Sé franca...

--Desde luego, el que me gusta menos es el señor Kisseler.

--Procedamos, si quieres, por eliminación. ¿Qué piensas de Gerardo

Lautrec?

--Lo encuentro fino, ingenioso, amable...

--¿Es a él a quien prefieres?

--¡Oh! no...

Me interrumpí, no sabiendo realmente si decía la verdad.

--Entonces es Máximo... a no ser que el doctor...

--No, no, por cierto.

--Bueno--dijo mi padre radiante,--entonces la palma es de Máximo...

--Te aseguro, querido papá, que no lo sé y que nunca me he preguntado

semejante cosa. Mi único pensamiento, que ha absorbido todos los demás,

ha sido no serte molesta, no disgustarte y tratar de hacerme querer un

poco. Todo lo demás me es igual.

Mi padre me atrajo hacia sí y me besó tiernamente.

--¡Pobre hija mía! Dios sabe, si existe, que lo has logrado bien.

A pesar de la exquisita dulzura de sus palabras, a pesar de sus

caricias, me pareció que una larga y acerada aguja había penetrado en mi

corazón, y en medio de mi alegría, pasó por mí un calofrío de espanto.

«¡Dios sabe, si existe!» No puedo acostumbrarme a esa forma irónica de

la duda, habitual en mi padre. Acaso no es más que un vicio de su mente,

contraído hace largo tiempo y que se manifiesta mecánicamente.

No quise hacerle ver que me había entristecido y traté de responderle

con buen humor.

--La prueba de que Dios existe es que tú eres bueno...

--¿Eso crees? ¿Es eso una prueba?... ¿Cómo te arreglas para verlo así?

--Eres bueno y Dios me ha dado un padre como tú.

--¡Ah! Vamos; sales del paso con un madrigal... Pero piensa que lo que

Dios te ha dado, puede quitártelo.

Me estremecí, y él, que lo vio, siguió diciendo con dulzura y

estrechándome contra su pecho:

--La experiencia prueba, hija mía, que todo lo que vive tiene que morir,

y no he de escaparme yo de la ley. Por eso te preguntaba hace un

momento, no por malicia ni por curiosidad, sino porque desearía

vivamente que entre los jóvenes, distinguidos por diversos títulos, que

me rodean, hubiese alguno bastante dichoso para agradarte y al que

pudiera yo confiar el cuidado de tu porvenir.

--¡Me dices cosas crueles!--exclamé.

--¿Qué tiene de cruel el que desee tener dos hijos en vez de uno?... Tu

matrimonio, tontina, no apresuraría mi fin sino todo lo contrario, pues

me daría una tranquilidad de espíritu preciosa a mi edad. Hay que ver

las cosas con calma y buen sentido. El matrimonio es la verdadera

vocación de la mujer, y no veo nada de espantoso en que una guapa

muchacha se case con un buen mozo de su gusto... ¿Qué dice de esto la

señorita?

Al decir esto me estaba pellizcando amistosamente una oreja y moviéndola

para despertar mi atención.

--Es que, hasta ahora, no tengo gana de casarme... ¡Soy tan feliz a tu

lado!

--Frase clásica de dama joven. Todas las muchachas, tarde o temprano,

tienen gana de casarse y si tú no la tienes todavía es que estás un poco

atrasada para tu edad. ¡Diecisiete años! ¡Ahí es nada!... Un monstruo...

de una bonita especie, lo confieso...

--Pues bien, papá, elige tú...

--Perfectamente... Elijo a Kisseler...

--¡Kisseler!

Mi espanto le hizo reír de buena gana.

--Eso le enseñará a usted, señorita, a reflexionar antes de hablar.

--Creí que elegirías otro.

--¿Cuál? ¿A quién harías de buen grado el precioso don de tu personilla?

--Ya lo pensaré, papá. Veo que contigo no hay que andarse en bromas.

Pero ¿quién me dice que el feliz elegido no será recalcitrante?

--Eso, pequeña, es asunto vuestro. No puedo darte ni garantía ni

consejos. Creo que esas cosas se arreglan de un modo amistoso y que tú

estás hecha de un modo que hará fáciles los arreglos.

--¡Amor propio de autor!--pensé tristemente.

--Ahora--dijo mi padre,--trabajemos una hora más y te dejaré en

libertad.

Estaba yo distraída, mi pensamiento divagaba y tenía gana de llorar. Mi

padre echó de ver esta languidez desusada, y me despidió.

Puse en orden los papeles y me levanté prestamente.

--¡Cómo! Hija desnaturalizada, ¿te vas sin darme un beso? ¿Me tienes

rencor?

--Sí--respondí apretándole la cabeza con las manos y besándole en la

calva;--sí, porque veo que tienes prisa de desembarazarte de mí.

Mi padre dio un golpe en la mesa con mucha furia.

--Faltas a la verdad a sabiendas... ¡Vete de aquí o te tiro mi

Aristóteles a la cabeza!

Y blandía el librote con fingida cólera.

Eché a correr y me refugié en el bosque vecino, un lindo bosque de

senderos tortuosos y sombríos, en los que me interné con gran necesidad

de estar sola.

Aquella prisa por casarme me entristecía.

A pesar de toda la bondad de mi padre, temo que mi vida, bruscamente

incrustada en la suya, sea para él un estorbo y una carga dura de

soportar.

Aquel temor se mezclaba con otro más cruel, el de que mi padre sintiese

acaso más comprometida su salud de lo que quería dejar ver.

¡Cómo! Siempre está presente la muerte; en todas las vueltas del camino,

en las horas más serenas de la mañana como en el ocaso de la vida,

aparece con su misterio y su terrible silencio.

En aquel bosque de vivificantes aromas y de follajes enrojecidos por el

otoño, pasé, señor cura, unos momentos crueles.

Después, la calma fue viniendo poco a poco al recordar las pruebas de

ternura de mi padre y la necesidad cada vez mayor que parece tener de mi

presencia.

Me convencí, porque lo necesitaba mucho, de que las seguridades del

médico sobre la fuerte constitución de mi padre eran enteramente

sinceras y de que podía tener confianza.

Y entonces se impuso a mi reflexión la idea del matrimonio en sí misma.

Casarme; elegir un ser para entregarme a él y que sea mi dueño; dar de

una vez y para toda la vida el corazón, es cosa grave...

Además, hay que agradar, hacerse amar... ¡Qué trabajo de Hércules, Dios

mío! ¿Cómo se arregla una para hacerse amar? ¿Por dónde se empieza? ¡Si

usted cree, señor cura, que estas cuestiones son fáciles de resolver!...

Mi padre no parece que las encuentra la menor dificultad, pero es por su

infatuación paternal.

Y luego, ¿a quién quisiera yo agradar? El señor Lautrec tiene ideas que

se aproximan a las mías, o que, al menos, no las contradicen

violentamente. Es muy agradable y, sin decir jamás piropos triviales,

sabe hacer halagüeñas sus atenciones. Pero hay en él algo que se opone a

la idea del matrimonio. Parece que va por la vida como un viajero que

está dando la vuelta al mundo, sin fijarse en parte alguna, sensible a

las bellezas del camino, vibrante, entusiasta, apto para comprenderlo

todo, para deslumbrar, para gozar, para pescar al vuelo y saborear las

más finas y las más fuertes sensaciones. Amar debe ser otra cosa. Me

parece que el amor debe tener menos superficies para concentrarse más.

Debe ser humilde, puesto que implora, y altivo también, puesto que es

fuerte. No veo en el señor Lautrec ni esa humilde ternura ni ese robusto

orgullo. Y, en todo caso, no soy yo quien podría inspirárselos. Me

parece muy fascinado por la bellísima Luciana, que es tan a propósito

para gustarle. Hay, ciertamente, entre ellos un atractivo. Borremos,

pues, de la lista, a don Gerardo Lautrec.

Tengo cariño y agradecimiento por el doctor Muret, que me cuidó con

tanto celo y bondad cuando estuve mala. Mi padre lo estima mucho, y

puede una acostumbrarse a su fealdad que es interesante. Sin embargo, su

aire de solemne importancia me da siempre gana de reírme en sus barbas,

y esta es una mala disposición para casarse. Además, tiene siempre en la

mano aquel dichoso libro de apuntes y saca el reloj cada minuto, lo que

es también un poco fastidioso.

Kisseler... No quiero pensar siquiera en él, porque lo detesto de pies a

cabeza.

No queda ya más que Máximo, el candidato de mi padre. Tiene una dulzura

tranquila y fuerte que inspira confianza; su sonrisa es agradable y

benévola; sus maneras, sencillas y naturales. No trata de brillar ni de

forzar la atención y me gusta su cara pensativa. Da gana de leer en el

secreto de aquel corazón tan bien cerrado. Tiene hermosos ojos, cuya

mirada, a veces, conmueve y penetra. Y, además, es muy adicto a mi

padre...

Pero yo no puedo, sin embargo, ir a decirle: «Por el amor de papá,

cásese usted conmigo, caballero.» Tendría que ocurrírsele a él solito.

Máximo a su hermano.

Es verdad, soy culpable. Hace siglos que no te escribo y me acuso de

ello todos los días sin tener nunca valor para tomar la pluma.

Y es que, la verdad, no comprendo ya ni a los demás ni a mí mismo, y

nada hay que desanime tanto como no poder poner en claro los propios

sentimientos y encontrarlos ilógicos, contradictorios y miserables.

Estoy más humillado de lo que puedo decir por este lío de conciencia.

Tú sabes si adoro a Luciana por su belleza soberbia, por su naturaleza

independiente y franca y por su modo de conquistarme, pues fue ella la

que me conquistó con la confesión espontánea de una preferencia que yo

no sospechaba.

La amo, y, sin embargo, me siento cambiado para con ella o más bien, mi

amor ha tomado una forma inquieta y dolorosa. No dudo de ella, pero no

me entrego ya con la misma serena confianza. A pesar mío, la observo, la

analizo, y no encuentro ya sus cualidades tan indiscutibles. Hallo una

discordancia entre la hermosa franqueza que usó conmigo el primer día y

la excesiva prudencia que impone a nuestras relaciones en la pequeña

sociedad que nos rodea.

Cuando así se lo hago observar amablemente, me responde riendo:

--Está jurado y no hay que hablar más del asunto.

Y añade en tono de broma:

--¿Quiere usted que, dentro de diez años, al vernos todavía novios, nos

abrumen a chistes nuestros amigos?

--¡Diez años, Luciana!... es imposible...

--¿Por qué es imposible? El viejo Marignol, como usted le llama, tiene

sesenta y ocho años; nada le impide llegar a setenta y ocho como muchos

de sus colegas, e interceptarnos todo ese tiempo el camino de la

iglesia.

La discreción que me impone me es penosa para con Lacante, que es para

mí más que un amigo; pero ella me responde que si Lacante es mi tutor,

la Marquesa de Oreve es su protectora y habría las mismas razones para

hacerle la confidencia.

Y entonces, adiós secreto y vienen todos los inconvenientes de una

espera interminable.

Hay otra cosa que me alarma en Luciana. Creo haberte dicho que me ha

escrito algunas veces y me ha autorizado a responderle a la lista del

correo. Esos misterios no son muy de mi gusto, aunque no haya nada más

inocente, puesto que la señora de Grevillois conoce nuestros compromisos

y los aprueba. A Luciana, por el contrario, le divierte esta novela, y

lo que me preocupa es el tono de esa correspondencia, la ternura

exaltada de las cartas de Luciana y el contraste de esa ternura con la

corrección casi fría de nuestras conversaciones. ¿Será que, cuando

estamos juntos, una delicadeza pudorosa detiene en sus labios las

expresiones vivas? Quisiera creerlo. ¿Será que tema mis temeridades?

Hará mal. Respeto mucho en ella a la mujer que será mía para que tenga

nada que temer. Sea como quiera, me produce cierto malestar esa

disparidad entre la palabra y su expresión escrita. Sospecho que está

más prendada del amor que de su prometido. Me figuro que cede a la

inocente e inconsciente retórica de un alma romántica enamorada de los

bellos períodos y de las frases cadenciosas, y esto me produce una

especie de impaciencia despechada que me hace responder con frialdad y

casi en tono burlesco.

Si crees que la amo menos, te engañas. Su presencia me produce siempre

la misma turbación deliciosa, y su belleza me encanta. Si supieras la

gracia de aquel talle de divina y esbelta elegancia, el atractivo de

aquellos labios húmedos y rojos y la potencia de aquellos ojos, tan

pronto chispeantes de luz como tenebrosos y obscuros, bajo el misterio

de las largas pestañas... ¡Qué seducción hasta en sus caprichos, pues

los tiene! Tiene también desigualdades de humor, y, de repente, accesos

de un encanto imprevisto y de una humildad encantadora.

¡Pobre Luciana! ¿Por qué soy tan severo... y tan injusto acaso con ella?

Ayer, cuando llegué a casa de la Marquesa de Oreve, estaba Luciana en el

jardín con un libro abierto en la falda. Gerardo Lautrec, que estaba

sentado a su lado en una silla de tijera, se levantó al verme subir la

escalinata. Luciana me ofreció distraídamente la mano y continuó en

seguida la conversación interrumpida a mi llegada.

--¿De modo que querría usted estar ya lejos de Francia?

--Adoro a mi país, pero francamente, pasarse la vida en oscilar desde el

Luxemburgo al parque Monceau es un poco monótono.

--Usted piensa--díjele riendo,--que el bosque de Bolonia es insuficiente

como selva virgen.

--Eso puede llevar muy lejos--repuso Luciana.

--¡Bah! El mundo es tan pequeño... Pronto se le da la vuelta.

--¿Qué es lo que usted llama pronto?

--Dos o tres años...

--¿Y encuentra usted que es poco? Eso prueba que no deja usted detrás

ningún pesar.

--Siempre se dejan pesares... aunque no sea más que el de los sueños no

realizados.

--Los sueños son humo y no valen un pesar...

--Todo lo contrario... Hay sueños deslumbradores... tan inaccesibles,

por desgracia, como el Himalaya... Eso se los lleva uno consigo...

--Para perderlos por el camino.

Ambos se reían y yo me figuré, sabe Dios por qué, que la risa de Luciana

era nerviosa y falsa, y cátame triste para toda la noche. ¿Estoy, pues,

celoso? Ciertamente, Luciana es coqueta y le gusta agradar y ser

alabada. ¿Por qué acusarla? Es bella y lo natural es que goce del éxito

de su belleza. ¿Y qué me importa, puesto que su corazón es mío y estoy

seguro de su rectitud y de su ternura? Lo demás es polvo que el viento

disipa.

Elena al Padre Jalavieux.

Estoy asistiendo a una bonita novela que espero terminará por una boda

entre Luciana Grevillois y el señor Lautrec. Es visible lo que se gustan

mutuamente y no me ocurre qué podría impedirles casarse. Luciana no

tiene fortuna, pero creo que él tiene bastante para dos. Lautrec había

anunciado que iba a hacer un viaje de unos cuantos años, pero, de

repente, ha dejado de hablar de ello, y el otro día me respondió a una

pregunta que le dirigí sobre este asunto:

--Tiempo tengo. Haré ciertamente ese viaje, pero la fecha no es segura,

pues depende de circunstancias ajenas a mi voluntad.

Creo que esas circunstancias ajenas a su voluntad son el consentimiento

de Luciana, y lo creo más al ver que me dejó para ir a afilar los

lápices a aquella linda persona, que estaba dibujando, y que los dos se

pusieron a hablar en voz baja de cosas indiferentes, pero en ese tono

confidencial que indicaba claramente que sólo esperaban que yo me fuese

para cambiar de asunto. Lo comprendí y me marché a casa para saladar a

la Marquesa de Oreve.

La señora de Grevillois, que estaba al lado de la ventana trabajando

activamente en su bordado, me interpeló al pasar para reprocharme

graciosamente que dejase sola a Luciana. Me previno que la Marquesa

estaba de mal humor y que no había querido colocarse para su retrato, y

añadió dando un suspiro:

--No sé qué va a pasar con la tal pintura; mi pobre hija la ha vuelto a

empezar dos veces sin conseguir dar gusto a la de Oreve... Es

fastidioso. Y ya sabe usted que Luciana tiene poca paciencia... De esto

nacen violencias penosas y temo que resulte un poco de frialdad entre la

Marquesa y nosotras. Véala usted, querida amiga, y trate de disponerla

mejor en favor del retrato... Y si Luciana le habla a usted de sus

dificultades, procure apaciguarla.

--No me hablará, querida señora. Tengo yo muy poca importancia para que

se confíe a mí.

--No lo crea usted. Puede usted serle muy útil. No se sabe el bien que

puede hacer una palabra dicha con oportunidad.

La Marquesa estaba en su saloncillo, echada en un sofá y con una bata

rosa que estaba lejos de rejuvenecerla. Sus ricillos, muy lacios, le

caían por un lado, y los postizos, mal arreglados al color del cabello,

tenían un lamentable aspecto de negligencia. Me ofreció una mano

lánguida y me dijo:

--Buenos días, hija mía; siéntese un instante y deme noticias de su

padre. ¿Está mejor? ¿Vendrá a comer esta tarde? Dígale usted que quiero

absolutamente verlo... Necesito su filosofía para restaurar la mía, que

está muy decaída... Tengo contrariedades que me asesinan. ¿Ha visto

usted mi retrato? Ahí lo tiene usted, en esa mesa; quítele el papel de

seda y contemple ese horror... ¿Qué dice usted de eso? Yo creí que esa

joven tenía talento, o, a falta de talento, ingenio... Pero nada, no

tiene nada... Esto es tan torpe como feo... sin elegancia, sin

expresión, sin poesía...

Contemplé la miniatura y la verdad es que no se parecía al modelo.

--Los ojos son hermosos--me atreví a decir.

--¡Unas puertas cocheras! Ocupan la mitad de la cara... ¡Eso, unos

ojos!... No tienen vida ni llama; son negros y estúpidos como bocas de

horno... Yo tengo los ojos grandes, es verdad, pero no desmesurados. Es

preciso que, en una cara, esté todo proporcionado. Además, yo no tengo

esa fisonomía de una legua; mi óvalo es más bien un poco corto. Parece

que se ha propuesto desfigurarme.

--Me parece--dije tímidamente--que había hecho un boceto un poco mejor.

--¿El primero? No, querida; era igualmente feo en otro género. Había

exagerado en un sentido opuesto... Una cara de luna llena, boca común y

conjunto de una vulgaridad repugnante. Jamás consentiré en reconocerme

en los pintarrajos fantásticos de la señorita Grevillois. Renuncio a

ello.

Mientras hablaba, la estaba yo mirando, y compadecía con todo mi corazón

a la pobre Luciana, obligada a hacer un lindo retrato de tal cara.

La Marquesa siguió diciendo:

--No puedo despedir a esas señoras de un momento a otro, como a criadas;

tienen derecho a miramientos y las haré estarse aquí hasta final de

verano, como estaba convenido. Pero rogaré a Luciana que no se ocupe de

mí.

--¿No teme usted que se ofenda?

--Yo doraré la píldora... e inventaré pretextos. Además, está muy

ocupada con sus coqueteos para pensar en otra cosa... Mire usted allí a

Lautrec, a su lado. Se diría que está a sus pies... No sé, realmente, lo

que tiene para embrujarlos así.

--Es muy guapa.

--Sí, no es fea... Hay, sin embargo, otras que valen lo que ella...

Usted misma, querida.

--¡Oh! señora...

--Vale usted lo mismo, en un género más delicado. Máximo dijo el otro

día que tiene usted un delicioso tipo de virgen. Y Kisseler añadió: «Una

virgen que haría condenarse a todos los santos.»

No se escandalice usted, querido señor cura; en este país se habla de

todo así, en broma.

La Marquesa se reía y se extasiaba por el ingenio de Kisseler y por sus

graciosas salidas. Yo estaba encarnada como una puesta de sol, y muy

contenta, lo confieso, al saber que Máximo me encuentra bonita.

¡Quisiera tanto gustarle!

El mal humor de la Marquesa se ha ido disipando poco a poco y ha acabado

por convenir en que la presencia de Luciana en su casa es un gran

atractivo para los amigos.

--Lautrec no hubiera venido a pedirme de almorzar esta mañana si hubiera

estado yo sola--dijo en tono melancólico.

Y, al ver que yo iniciaba un gesto de política protesta, continuó:

--La juventud atrae a la juventud... No digo yo que, en mis tiempos...

En fin, esos tiempos han pasado, bien lo sabe usted, aunque su buena

educación le impida decirlo... A la edad de usted, una persona de...

de...--Buscaba un número de años verosímil, y no encontrándolo a su

gusto, acabó de este modo:--una mujer de mi edad me parecía un ser

antidiluviano... enteramente inútil en este mundo... Después, las ideas

se ensanchan... Yo hago justicia los encantos de la juventud, aunque

prefiero un poco más de seriedad y de madurez... No olvide usted decir a

su padre que cuento con él para comer. Usted lo acompañará

necesariamente.

Cuando me retiraba, me volvió a llamar:

--- No tema usted por Luciana; no le diré nada desagradable, aunque

retiraré mi cabeza de entre sus manos crueles. Hasta muy pronto, hija

mía.

En el jardín seguía el señor Lautrec afilando lápices a Luciana, que ya

no dibujaba.

La de Grevillois, en la ventana, clavaba asiduamente la aguja en el

cañamazo.

Las avispas zumbaban en los espliegos y el sol reía en mi corazón; era

feliz y pensaba cómo se aclara el porvenir y cómo se despeja y se allana

ante mí la vida, todo esto porque sé que no disgusto a Máximo.

¿No es curioso, señor cura, el ver qué poca cosa nos transforma y

transforma con nosotros todo lo que nos rodea?

Pasé por detrás del banco en que estaban hablando Luciana y Gerardo, y

como me ocultaban los arbustos, no sospecharon que estaba yo tan cerca

ni que sus palabras, escasas y lentas, llegaban hasta mí.

Luciana decía:

--Yo no tengo confianza.

Y él respondió:

--Sin embargo, pruebe usted...

Las palabras eran insignificantes, pero la entonación era tan íntima,

tan penetrante y tan dulce, que temí ser indiscreta y me escapé de allí.

Y en mi precipitación por poco dejo caer al Marqués de Oreve, que se

estaba paseando con un librote debajo del brazo y aspecto de

preocupación.

--Figúrese usted--me dijo poniéndome una mano en el hombro para

contener mi impulso--que no puedo encontrar el vínculo de parentesco

entre los Olmutz y los La Fribourgére...

--¿Desea usted saberlo?

--Ciertamente... Pero es humillante preguntar a esa gente, porque parece

que ignora uno la gramática. Los La Fribourgére son nobleza de toga, y

de toga muy corta... Mientras que los Olmutz, ¡diablo! esos son otra

cosa; nobleza de espada. Su casa remonta al siglo XII, tachada solamente

por un matrimonio desigual a mediados del XIV.

Evidentemente--dije con convicción;--un parentesco así es honroso.

Y después de excusarme diciendo que mi padre me esperaba, separé

vivamente el hombro de su larga y blanca mano y me eché a correr.

Es tan corta la distancia entre la «Villa del Lys» y la nuestra, que mi

padre me permite ir y venir sin escolta, y yo no abuso, se lo aseguro a

usted, señor cura.

Aquel día, sin embargo, hubiera querido dar un rodeo para saborear mi

contento, pero esos excesos no están en el programa e invité a mi

alegría a no salirse del camino recto.

¿Y sabe usted, señor cura, por qué estaba yo tan alegre?... Porque

Máximo de Cosmes ha dicho que soy bonita... ¡Qué horrible vanidad!

Y por mucho que trato de ruborizarme de vergüenza, la verdad es que

estoy contenta.

¡Impenitencia final!

Elena al Padre Jalavieux.

Tiene usted mucha razón, mi buen señor cura, y su sermón ha venido muy a

propósito para poner un poco de aplomo en mi cabeza y un poco de

prudencia en mi corazón.

«No basta ser bonita, me dice usted, para ser amada; los hombres tratan

de encontrar cualidades más sólidas y de un orden más elevado en la que

será la madre de sus hijos... Y, después, nada prueba que el corazón de

don Máximo esté libre.»

Es verdad; jamás me he preguntado si el corazón de Máximo está libre.

Siempre me parece que también los demás empiezan su vida, que sus ojos

se han abierto al mismo tiempo que los míos y que en ellos, como en mí,

todo el pasado es una página en blanco.

Máximo, sin embargo, no es joven. ¡Veintinueve años; casi treinta! Es

más que probable que no haya esperado a conocerme para fijar su

corazón.

Y aquí me tiene usted desazonada de mis ilusiones. Era muy dulce el

pensamiento de pasar mi vida entre mi padre y él. ¡Son tan buenos los

dos y se entienden tan bien para mimarme!... Casi no hay día en que

Máximo no me envíe o me traiga algunas pruebas de su recuerdo: un libro,

un dibujo de bordado, un ramo de violetas... pequeñeces, pero

afectuosamente ofrecidas.

No tengo experiencia, pero dudo que un novio pudiera ser más amable.

¡Sus maneras conmigo son tan graves y tan dulces, y me agradan tanto!...

Hay, sin embargo, una especie de violencia, casi de frialdad, que se

interpone a veces entre él y yo y parece helar en sus labios las

palabras cariñosas. Y ya esto, aun antes de la advertencia de usted,

señor cura, me había dado qué pensar.

Hace unos días, me dolía la cabeza después de un largo paseo al sol, y

no quise comer. Mi padre se alarmó y dijo que iba a llamar al médico,

pero le supliqué que no lo hiciese, segura de que aquella simple jaqueca

no resistiría a una noche de sueño. Así estaba convenido cuando llegó

Máximo. En cuanto me vio echada en el sofá de la sala, su cara se alteró

y, en voz conmovida, reprobó a mi padre el haber cedido a mi capricho no

llamando a Muret. Quise protestar, y me dijo bruscamente: «No crea usted

que vamos a consultar sus antojos cuando se trata de su vida...» Dio

media vuelta y, sin querer fiarse de nadie, corrió él mismo a

telegrafiar al doctor, que no tardó en venir y se rió de nosotros.

--Mi padre y Máximo tienen la culpa de que se haya usted molestado--le

dije.--De este modo, cuando otra vez le llamen a usted, no vendrá.

--Vendré lo mismo; pero me tomaré tiempo para comer.

Mi padre se lo llevó en seguida e hizo que le sirvieran una cena.

Me quedé sola, cerré los ojos para que descansase mi dolorida cabeza, y

me quedé dormida. Cuando desperté era de noche, y por la ventana abierta

oía la voz de mi padre en el jardín y el ruido de sus pasos algo pesados

sobre la arena. No sé qué ligero ruido, un suspiro acaso, me hizo volver

la cabeza, y, en la obscuridad, adiviné, más que vi, a Máximo a mi lado.

Cuando vio que estaba despierta, me apoyó dulcemente la mano en la

frente y me dijo:

--¿Le duele a usted aún?

--Casi nada; pero ¿por qué está usted ahí en la obscuridad, en vez de

pasearse con mi padre y el médico?

--¿La contrarío a usted?

--Siento que no goce usted de esta hermosa noche.

--El tiempo me ha resultado agradable de este modo.

--¿Ha dormido usted también?

--No... He estado repasando mis recuerdos. Me acordaba de nuestro viaje;

cuando la traje a usted de Quimper a París. Estaba usted dormida y

gruesas lágrimas permanecían inmóviles en sus mejillas, mientras grandes

suspiros espasmódicos la agitaban de vez en cuando, como los de una niña

castigada. ¡Era usted tan débil y tan pequeña! Y yo sentía que no lo

fuera usted más... un nene al que hubiera podido acunar en mis rodillas

para consolarlo.

--Y me cubrió usted con su manta; no lo he olvidado... ¡Qué bueno fue

usted! Es verdad que lo es usted siempre...

En seguida cambió de tono y me dijo con una especie de dureza:

--Todo aquello pasó. Ha crecido usted, se ha hecho una guapa joven y ya

no siento deseo alguno de hacer de nodriza.

Se levantó y cerró la ventana, por creer que la noche estaba fresca.

Y se marchó.

Pienso algunas veces si estará enamorado de Luciana, tan bella y tan

inteligente. Sin embargo, más bien parece que se evitan.

Pero queda lo desconocido, tan tenebroso, tan inmenso, tan lleno de

misterios...

Máximo a su hermano.

Amar es vencer · 第 24 / 37 题