Lacante acaba de pasar una crisis que nos ha asustado un poco. Hace dos
días recibí un telegrama de Elena advirtiéndome que su padre estaba
enfermo y rogándome que llevase un médico.
Correr a casa de Muret y llevármelo a la «Villa Sol», fue cuestión de
una hora.
Cuando llegamos, la crisis había terminado y encontramos a Lacante
acostado por orden de su hija y bromeando agradablemente.
El doctor no encontró nada alarmante por el momento y prescribió un
régimen que Lacante no seguirá, por desgracia.
Cuando Muret se marchó, después de haber ordenado un reposo absoluto y
elogiando mucho a Elena por su sangre fría y por la prudencia de sus
cuidados, fui a buscarla al jardinito, donde estaba sentada en el
sillón habitual de su padre, a la sombra del tilo y en una postura un
poco caída. Sus ojos hundidos y su palidez atestiguaban su emoción. A
pesar de la expresión de tristeza que la envolvía por entero, los rayos
del sol que se filtraban por el ramaje, ponían un nimbo de oro en torno
de aquella fisonomía cándida y doliente.
Corté unas violetas y se las di con palabras de ánimo, a las que ella
respondió con una débil sonrisa.
Me senté al lado suyo, penetrado de compasión. ¡La comprendía, la
adivinaba tan bien!... ¿No había visto, hacía poco tiempo, al lado de la
cama de la mendiga, a aquella criatura delicada, tan pronto confundida
por una mirada, tan propensa a turbarse, tan tierna, desplegar una
energía moral y una firmeza que llegaron a parecerme hasta duras, para
arrancar a una pecadora al peligro de una muerte inconsciente, que
hubiera sido para su fe la muerte sin perdón, la muerte eterna? Por muy
extraño que yo fuese a sus creencias, la había comprendido y había
admirado su fe robusta y activa y aquel imperioso sentimiento del deber
que podía más que sus timideces y hasta que su compasión.
Y entonces también la adivinaba.
Comprendía su sufrimiento y su espanto al ver a su padre inanimado, y mi
piedad por aquel débil corazón de niña, estaba impregnada de ternura.
¿Por qué el aspecto de la muerte predispone el corazón a esos
enternecimientos? ¿Será que buscamos por instinto un refugio contra el
aniquilamiento final? ¿Será que las fibras más profundas del ser se
conmueven a la vez y vibran al unísono al contacto de la formidable
enemiga?
Tenía yo un deseo apasionado de decir a Elena:
--Te he comprendido, alma piadosa y tierna. Por descreído que yo sea a
los ojos de tu fe, he sentido y comprendo tu divina caridad. Nuestras
inteligencias son diferentes y las influencias que han presidido a
nuestro desarrollo han sido opuestas; hay, sin embargo, un punto en el
que nos entenderemos siempre, y es el amor a la pobre humanidad,
condenada al dolor y a la muerte.
Mientras yo me dirigía este monólogo, Elena mordisqueaba las violetas
que yo le había dado y nuestros pensamientos se encontraban.
--¿Usted no cree?--me preguntó tristemente.
--Creo, por el contrario, en muchas cosas hermosas... en la bondad... en
la ciencia... en la...
Elena me interrumpió:
--Hay un nombre que lo resume todo, ¿y no lo dice usted?
--Es que quisiera comprender...
--¿Comprenderlo todo?--me preguntó.--¿Es eso posible? ¿Cree usted que
todo se puede explicar?
Yo no quería ni afligirla ni discutir.
--No--respondí;--las cosas de la fe, no. A esas se llega por el corazón.
--¡Oh! ¡Cuánta razón tiene usted!--exclamó con mirada brillante.
--Ya ve usted que no estamos lejos de entendernos--dije sonriendo.--Si
usted quisiera que hablásemos así algunas veces, acabaríamos por ser de
la misma opinión.
--Sí... usted me enseñaría a pensar...
--¡Oh! Para eso aténgase usted a su catecismo, Elena... He lamentado
muchas veces que esté usted aquí expuesta a oír discursos que hieren sus
creencias... Si alguna palabra mía lo ha hecho alguna vez, pido a usted
de todo corazón que me perdone. Me acusaría siempre de haber cambiado en
algo las ideas que le han hecho a usted ser lo que es.
Recordé que su padre dijo un día lo mismo delante de mí.
Elena sonrió y dijo:
--No tema usted; lo que ha entrado una vez en el corazón ya no sale.
Máximo a su hermano.