14 de septiembre.

Ayer, domingo, fui a almorzar a la «Villa Sol» y a ponerme a la

disposición de Elena para la visita proyectada a la Briffarde. Lautrec

almorzó también en casa de Lacante y se ofreció a acompañarnos al campo

Quemado. Luciana, fiel a su promesa, llegó en el momento en que íbamos a

ponernos en marcha. Salimos, pues, los cuatro, dando escolta alegremente

a un voluminoso cesto lleno de provisiones, con el que cargábamos

alternativamente Lautrec y yo.

El tiempo estaba radiante y el calor nos hubiera parecido insoportable

si hubiéramos tenido que ir a descubierto por una carretera. Pero

atravesamos, por el contrario, un ancho trozo de bosque lleno de quintas

con sus jardines floridos, sobre los que notaba el tibio perfume de las

resedas, de los heliotropos y de las rosas.

El paseo era delicioso, a pesar del peso del cesto, que nos aserraba el

brazo a Gerardo y a mí, torpes para llevarlo a causa de nuestra

inexperiencia. Yo propuse aligerarlo haciendo una meriendilla a expensas

del contenido, pero esta idea práctica fue acogida con una explosión de

indignado desprecio, y las jóvenes, exaltadas, se apoderaron

valerosamente del cesto y lo llevaron durante unos cien pasos, después

de lo cual volvieron hacia nosotros miradas suplicantes y se dejaron

convencer de que debían desistir de su hazaña.

Por fin llegamos.

He aquí el campo Quemado y la miserable cueva en cuyo umbral dos niños

llenos de harapos se revuelcan en el polvo como perrillos alegres.

Entramos. Un olor fétido y sofocante se nos coge a la garganta y me

basta una mirada para convencerme de que a la enferma le quedan pocas

horas de vida.

La imaginación no puede concebir un marco más siniestro para el drama de

la muerte: un camastro en una choza; ni eso siquiera, un montón de

trapos sórdidos en una cabaña abandonada, podrida y agrietada, en la

que, por lástima, se ha dejado instalarse a aquella desgraciada con sus

crías, abortos demacrados, medio desnudos, sucios, enmarañados y

rabiosos como animales hambrientos que se disputan un hueso. Por fuera,

el dulce sol de septiembre, un aroma de hojas maduras, que una ligera

brisa trae del bosque, y el puro incienso que exhalan los campos hacia

un cielo azul pálido... Dentro, un aliento pestilente de fiebre, un

hedor de roña inveterada, exhalaciones rancias, y, en una cama

indescriptible, entre trapos sucios que apenas lo cubren, un esqueleto

lívido, de arrecido sudor y en el que sólo brillan dos ojos ardientes,

feroces, atrevidos, desesperados, dos ojos en cuyo fondo se leen todos

los terrores de la muerte y todas las ambiciones de la vida.

Es la Briffarde.

La moribunda pasea por nosotros la espantada interrogación de sus ojos y

los fija después en Elena, a la que mira un rato sin decir palabra, ya

porque al pronto no la ha conocido, ya porque necesitase reunir sus

fuerzas para hablar.

--Ya está usted ahí--dijo en voz baja y bronca.--Creí que no vendría

usted.

--Lo había prometido.

--Se dicen esas cosas... y después... si te vi no me acuerdo.

Su voz se debilitó y murmuró, con cólera, sílabas incomprensibles. En

seguida exclamó con aliento ahogado:

--Los pequeños... tienen hambre... No hay qué comer... Yo no puedo

trabajar.

--No, pobre mujer, está usted todavía muy débil--dijo Elena con

dulzura.--He traído para ellos pan y carne, y para usted caldo y vino.

Al mismo tiempo sacó las provisiones del cesto.

--Y aquí tiene usted un poco de dinero--añadió abriendo el portamonedas.

--¡Venga, venga el dinero!--exclamó la enferma, abriendo con ademán de

fiera las largas y huesudas manos sacudidas por un calofrío...--¡El

dinero! ¡El dinero!

No se calmó hasta que sintió en la mano dos monedas de plata, sobre las

cuales se crisparon sus dedos; y, como si el esfuerzo la hubiese

aniquilado, sus párpados se cerraron y su aliento anheloso se suspendió

un instante.

A todo esto, la hija mayor de la Briffarde, pálida muchachona de unos

doce años, estaba repartiendo entre sus hermanos el pan, la carne y unos

cuantos coscorrones destinados a reprimir la indiscreta avidez de su

apetito, todo esto en medio de un ruido infernal de gritos y llantos.

--Salgamos--me dijo Luciana, sofocada por el hedor de aquella cueva y

estremecida de repugnancia. Yo hice seña a Elena de que se acercase.

--Esta mujer se está muriendo--le dije muy bajo.

Elena me miró con espanto y palideció.

--Todavía no, ¿verdad? Todavía no...

Y su voz me suplicaba como si hubiera dependido de mí el prolongar

aquella vida expirante.

--Estoy seguro de que le quedan pocos instantes de vida. Si quiere usted

evitar el cruel espectáculo de su agonía, no se esté usted aquí.

--¡Oh! no, no es eso lo que temo...

Se aproximó a la moribunda, le cogió la mano, aquella mano a la que una

avaricia suprema tenía fuertemente apretada sobre las dos monedas, y la

acarició dulcemente.

--¡Pobre mujer! La encuentro a usted hoy muy débil... Los niños deben de

fatigarla...

--¡Oh! sí, los arrastrados... Siempre gritando, disputando y

pegándose... No puedo con ellos... Mejor estaría en el hospital... pero

dejarlos solos...

La voz de Elena continuó con gran dulzura:

--Podríamos colocarlos en alguna parte mientras esté usted enferma...

¿Dónde quiere usted que los metamos? Dígame lo que desea.

La mujer se quedó un rato sin responder, con los ojos fijos y el oído en

tensión, como si tratase de penetrar el sentido de las palabras de

Elena.

--¿Colocarlos? ¿Los chicos?... ¡Ah! sí, sí quiero... Las niñas con las

monjas... de la Celle... Debe de costar caro... Los dos pequeños al

Asilo, o en casa del padre Boussel, en Auteuil... ¿Sabe usted?

Elena prometió ocuparse de todo aquello, y yo admiré la ingeniosa gracia

de aquel corazón de quince años tratando de arrancar a una madre, sin

que ella lo sospechase, su última voluntad sobre los que iba a dejar

huérfanos.

Me estaba ahogando en aquel aire pestilente y salí a reunirme con

Luciana y Gerardo. Como ellos, aspiré con delicia el poco de aire puro

que caía de las alturas del bosque al campo Quemado.

Elena, mientras tanto, seguía inclinada sobre aquel semicadáver, cuyo

pecho huesudo estaba sacudido por un hipo siniestro. Había echado un

poco de vino en una taza desportillada, y con el brazo alrededor del

cuerpo de la Briffarde, estaba humedeciendo sus secos labios.

La mujer aceptaba aquellos cuidados como había aceptado las limosnas,

sin dar las gracias y como cosa debida.

Los niños se habían diseminado por el campo, adonde los había enviado

Luciana a cortar amapolas.

No quedaba en la choza más que la hija mayor, sentada en una piedra que

servía de mesa y de banco. Sus ojos, pálidos y sin expresión, nos

miraban obstinadamente a través de los mechones de cabello y detallaban

de pies a cabeza el traje de Luciana, indiferentes, al parecer, al

gemido casi continuo de la moribunda.

En el silencio de la choza, llegaba hasta nosotros la voz de Elena:

--¿Vienen alguna vez a visitarla a usted las hermanas de la Celle?

--Cuando tienen tiempo... muy de tarde en tarde...

--¿Y el señor cura, viene alguna vez?

La mujer exclamó duramente:

--¿El cura?... No, por cierto... A ese ni lo conozco.

--Estoy segura de que vendría si usted quisiera verlo.

--¿Para qué?--Hizo un movimiento brusco de protesta y cayó pesadamente,

sin poder incorporarse.--¿Qué iba a hacer aquí el cura?... No quiero

sotanas ni hombres negros a mi alrededor.

Elena respondió con voz temblorosa:

--Pues le diría a usted cosas consoladoras y palabras dulces y buenas.

--¡Palabras!... ¿De qué sirven las palabras y las frases?... Lo que yo

necesito es que me curen... y el cura no puede hacerlo... El cura no es

Dios...

--No es Dios, pero se dirige a Él y le reza...

--¡Oraciones!... Simplezas... Eso es lo que saben hacer... Hay quien los

quiere; pero no... Si hay un Dios, tendrá otra cosa que hacer que

ocuparse de mí, según parece... Puede jactarse de haberme hecho dura la

vida, el tal Dios... ¿Por qué hay pobres como yo y ricos que no carecen

de nada? Cuando oigo a los chicos aullar de hambre, ¿cree usted que

tengo ganas de dar las gracias a ese Dios?

La moribunda se incorporó entonces, desgreñada, medio desnuda, con los

hombros de esqueleto descubiertos, y sus ojos despedían llamas mientras

sus labios, contraídos, se retorcían en una mueca espantosa. Elena

retrocedió instintivamente.

--Dígale usted que deje a esa mujer agonizar en paz--murmuró Luciana a

mi oído.--Hace mal en atormentarla así.

Yo también pensaba que Elena hacía mal. Sus esfuerzos por despertar la

conciencia de la moribunda, por conmover su corazón e inspirarle mejores

sentimientos, me parecían a la vez crueles y patéticos. ¿Para qué

perturbar a aquella miserable bestia humana en su lucha suprema contra

la disgregación? ¿Para qué exponerse a hacerla ver el negro abismo en el

que estaba ya medio caída?

Me aproximé a Elena y traté de llevármela.

--Venga usted--le dije,--y deje a esta mujer agonizar en paz. Vámonos.

La muchacha hizo un movimiento para seguirme; pero una fuerza, mayor que

toda repugnancia y que todo consejo, la aproximó al camastro y triunfó

de la repugnancia y del horror que, por un instante, la había dominado.

Puso otra vez la mano en la de la moribunda, humedecida por un sudor

glacial, y le dijo tiernamente:

--¡Cuánto sufre usted! Quisiera, antes de marcharme, que rogásemos

juntas a Dios, pues yo creo en Él y lo amo.

La mujer dejó ver una risa sarcástica, y aquella risa, cortada por el

hipo de la muerte, resultó horrible.

--Usted lo ama porque tiene razones para ello... ¡Yo, no!

--Siempre tenemos razones para amar a nuestro padre, y Dios lo es para

los que le ruegan, para los que tienen confianza en Él, y le piden

perdón por sus faltas... ¿Quién será el que no lo haya ofendido mil

veces? Una sola palabra de arrepentimiento puede obtenernos su perdón...

Usted lo sabe, ¿verdad? pues se lo han enseñado en el catecismo...

--Allá, en tiempos... sí, como a los demás.

--Entonces creía usted en Dios...

--Es posible... Cuando una es joven cree todo lo que le cuentan... pero

después todo varía... Ya no creo en nada... Esas son historias para

divertir a los pobres.

Volvió los ojos irritados hacia la puerta, en la que estábamos apoyados

Gerardo y yo, y dijo:

--Oiga usted; pregunte a esos señores si van a misa.

--¡Yo sí voy!--dijo Gerardo.

--¿Y a confesarse?... ¡Bah! Eso es bueno para los desgraciados... para

cerrarles la boca cuando la miseria les hace gritar demasiado fuerte...

Dios, los curas y los ricos, se entienden muy bien... Yo no quiero

cura... no quiero... He jurado que ninguno se acercaría a mí... y quiero

cumplir mi promesa...

--¿A quién ha hecho usted tal promesa, pobre mujer?

--¿A quién?...

Estúvose un buen rato sin responder y dijo después bruscamente:

--El que me hizo jurar eso fue el padre de mi hijo más pequeño.

--¿Y dónde está el padre?--preguntó cándidamente Elena.

--- ¿Dónde está?... ¡Qué sé yo!... Se marchó hace muchos meses... Desde

entonces estoy enferma...

Su palabra, entrecortada por las sofocaciones, se iba haciendo

incomprensible.

--¿No guarda usted rencor al padre de ese niño? Dígame que le perdona.

--Hay veces que si lo atrapara por mi cuenta, al miserable...

Intentó un gesto de amenaza, pero no pudo levantar la mano, que se

crispó bajo los harapos que la cubrían en parte.

Después siguió diciendo con voz vacilante:

--Otras veces... otras veces...

Y parecía buscar penosamente los jirones de su pensamiento fugitivo.

--Otras veces--dijo dulcemente Elena, inclinada hacia los fétidos

harapos,--recuerda usted el tiempo en que se le enseñaba esta hermosa

oración: «Dios mío, perdónanos, como nosotros perdonamos a los que nos

han ofendido.»

La Briffarde volvió hacia ella aquellos ojos que se apagaban, y sus

facciones contraídas tomaron una expresión de paz. Sus labios resecos se

entreabrieron, y, como un soplo, dejaron pasar la palabra: «Perdón...»

Desde las profundidades del pecho subió a la garganta un estertor que se

detuvo de repente. En aquellos ojos, ya fijos, aparecieron dos lágrimas

sin rebosar de los párpados y se reabsorbieron lentamente, como el agua

en una tierra árida.

Me aproximé a Elena y la así la mano.

--¡Se acabó!--dije.--Ahora venga usted.

--Hay que cerrarle los ojos--respondió Gerardo, que estaba a mi lado y

cumplió ese piadoso deber.

Elena se levantó sin resistencia y me siguió.

En el campo se oía reír a los niños pequeños, que estaban jugando al

escondite, mientras el mayor se pegaba con otro chico de su edad.

--¡Vámonos pronto!--exclamó Luciana estremeciéndose.--¡Es horrible la

muerte!...

Elena me miraba indecisa.

--Los niños... ¿Qué hacemos? ¿Dejarlos solos con su madre muerta?

--Voy a avisar a los vecinos. Espéreme usted.

Luciana, impaciente por dejar aquel fúnebre lugar, vino conmigo hasta la

casa más próxima, donde había dos mujeres trabajando junto a una ventana

abierta.

--Por fin se ha muerto--dijo una de ellas cuando le noticié la muerte de

la Briffarde.

--No se ha perdido mucho--respondió la otra; una morenilla bastante

fresca.

--Con todo, caballero, la muerte es siempre alguna cosa, ¿no es verdad?

Creí que debía apoyar ese sencillo sentimiento y añadí que aquella

muerte era triste a causa de los niños.

--¡Bah! Para el socorro y los buenos consejos que les daba--respondió

la morena,--puede que sea mejor que esté donde está.

--No se les puede dejar solos con el cadáver--indiqué yo.

--Claro está que no... Allá voy... Tú, Aniceta, corre a la Celle y

advierte a la hermana y al cura, para el entierro. Bueno es que esos

chicos vean a su madre pasar por la iglesia antes de irse a la tierra.

La buena mujer puso en orden las calcetas que estaba zurciendo, me

siguió y no dejó de hablarme de las fechorías de la pobre Briffarde.

--No tenía nada de buena... Sin los chiquillos, que pedían limosna por

los caminos, todos se hubieran muerto de hambre, porque usted comprende

que la caridad de los vecinos no basta para tapar tantas bocas...

Además, la tal Briffarde no tenía nada de cómoda... Una salvaje,

caballero, una leona... Las monjas de la Celle casi no podían con

ella...

Y yo iba pensando en el cándido apostolado de Elena y en su paciente

dulzura, que había triunfado al fin de la rudeza de aquella miserable

criatura y de su desesperada impenitencia. Una palabra de misericordia y

de ruego había encontrado el camino de su corazón, enternecido su último

suspiro y desarmado un poco su áspero y furioso rencor.

No era, acaso, el arrepentimiento lo que se había despertado en su alma,

sino una turbación precursora; y la miserable pecadora no habría

comparecido con la blasfemia en los labios y la ira en el corazón ante

el Juez infalible en quien Elena tiene fe.

Fuera de la fúnebre choza, y sentados juntos en un haz de leña verde,

recogido por los chicos en el bosque, estaban Elena y Gerardo hablando

en voz baja.

En el campo habían cesado los gritos y los juegos y remaba un trágico

silencio.

En el interior, los muchachos, agrupados en un rincón, estaban llorando

con llamadas monótonas y, en cierto modo, mecánicas: «Mamá... mamá...»

entrecortadas por sollozos en los que la conmoción nerviosa, el asombro

y el terror tenían tanta parte como el desconsuelo. La mayor habíase

sentado de nuevo en la piedra y tenía en la falda al más pequeño, al que

daba golpes intermitentes para hacerle estarse quieto. Un niño de tres o

cuatro años había cogido el resto del pan blanco llevado por Elena y lo

estaba babeando concienzudamente al tratar de morderlo sin partir; pero

el mayor lo vio e interrumpió su cantinela llorosa para quitárselo, y

reforzó vigorosamente este acto de justicia con un coscorrón en la

cabeza del delincuente, después de lo cual secó el zoquete con un jirón

que le colgaba de la manga.

En esto entró la amable vecina, echó una ojeada al descarnado esqueleto

cuyas angulosas formas dejaban adivinar los trapos que la cubrían. La

cara parecía como fundida y achicada, pues la nariz afilada y las sienes

hundidas dibujaban duramente sus líneas, y los párpados cerrados le

daban una expresión de augusta calma y revelaban una belleza

desaparecida hacía mucho tiempo.

--¡Esta mujer no tenía treinta y cinco años, caballero!... ¡Vea usted lo

que queda de ella!... ¡Vamos! A callar--exclamó volviéndose hacia los

chicos;--no se debe hacer ruido al lado de los muertos... Y además, por

mucho que la llaméis, no ha de volver... Arregladme todos esos

trapajos... Y tú, Eudosia, que eres la mayor, lava la cara a tus

hermanos, para que no estén asquerosos cuando venga el cura.

Luciana me suplicó que nos fuésemos, alterada de nerviosa impaciencia

por escaparse de aquella atmósfera de muerte.

--Es tarde, y su padre de usted estará inquieto--dije a Elena, que se

levantó en seguida.

La última mirada a la difunta, unas cuantas palabras dulces a los niños,

con promesa de volver a verlos, y hétenos en marcha por la creciente

sombra que invade el camino.

Gerardo iba al lado de Elena e inclinaba graciosamente la cabeza hacia

atrás, como para verla andar.

Y Luciana, cuya alegría iba renaciendo a medida que nos alejábamos del

campo Quemado, le preguntó riendo:

--¿Qué busca usted en la espalda de Elena?

--Quiero ver si le brotan las alas.

Elena, muy absorta en sus pensamientos, no oyó nada de esto.

Y Luciana siguió diciendo a media voz:

--Me parece un poco formalista, este ángel... Su implacable caridad me

ha dado calofríos... ¿Le gustaría a usted, cuando estuviera luchando con

una enfermedad, que vinieran a decirle con la mejor intención del

mundo?: «Hermano, hay que morir; ha llegado la hora...» ¿Le gustaría a

usted que le presentasen, ante los ojos alucinados por la fiebre, el

espectro espantoso de la muerte en el fondo de un negro agujero?

--¿Por qué no, si la voz que me advertía era dulce y el corazón tierno?

--Pues yo pido que me dejen morir con la ilusión de la vida.

--Y yo--exclamé--pido que deje usted a un lado esos crespones fúnebres y

esos trágicos deseos para gozar en paz de su juventud y de la fiesta de

esta hermosa noche que nos ofrece la benévola Naturaleza...

¡Qué bonita estaba Luciana y qué resplandeciente de vida, en la

radiación oblicua del sol al esconderse detrás de la movible cortina de

los bosques! Había como un nimbo de oro en torno de su frente. Los

pájaros revoloteaban cantando su canción de la tarde, y poco a poco se

iban desvaneciendo las impresiones siniestras que traíamos del campo

Quemado. Como entrábamos en lo más espeso del bosque y el sendero era

allí estrecho, dejé a Gerardo que se adelantase con Elena y retuve

detrás a Luciana. ¿Fue aquella visión de la muerte lo que había rozado

nuestras vidas? ¿Fue la dulzura embriagadora de la resplandeciente

Naturaleza lo que dio un impulso más fuerte a la avidez de vivir y de

ser feliz que yace en nosotros? Lo cierto es que sentí un extremado

enternecimiento al ver a mi lado a aquella hermosa criatura en todo el

esplendor de la juventud, de la gracia y de la fuerza, y que debía ser

mía. Rodeé con el brazo su talle, y, teniéndola muy cerca, le dije

bajito:

--¿Me ama usted?... ¡Yo la adoro!...

No sé qué la preocupaba e ignoro si me oyó, pues no se dignó

responderme... Después de largo rato de distracción, acabó por decir:

--¿Me ha hablado usted?... ¿Qué me decía?

El encanto estaba roto. Retiré el brazo, me separé de ella y respondí:

--¿Yo? nada... Usted sueña... ¿Qué puedo tener que decirle?

--Me pareció... ¡Vaya! ¡Ya está usted enfadado!

--Nada de eso... Usted es linda, el tiempo hermoso y el bosque está

perfumado, ¿qué más puedo yo pedir?

Mirábala yo de reojo, de vez en cuando, y la veía andar, tiesa y

orgullosa, sin volver ni una vez la cabeza hacia mí, y con los ojos

fijos en la joven pareja que iba delante de nosotros y que parecía

hablar con animación. Pensé entonces que, al verlos tan interesados el

uno por el otro, comparaba tristemente su entusiasmo con nuestro

silencio de enfado, y este pensamiento me conmovió.

--Querida Luciana... he debido comprender que esta expedición la ha

puesto a usted nerviosa y que su rigor no era más que un efecto del

cansancio... No he debido guardarle a usted rencor...

--Luego, quiere usted decir que me lo guardaba usted--respondió en tono

más dulce, pero con cierta expresión de aburrimiento.--La verdad es que

este paseo me ha hecho daño y que no me falta nada para llorar.

Y su voz temblaba, en efecto, lo que acabó de enternecerme.

--Luciana mía--exclamé,--si la he disgustado a usted, le pido perdón...

Y, sobre todo, no llore, pues no podría resistir sus lágrimas, y no sé

qué me impediría colgarme de la rama más alta de ese roble.

--Excelente medio de arreglar de una vez nuestras querellas--dijo

Luciana riendo.

Después se adelantó hasta alcanzar a Elena y a Gerardo, y añadió en voz

alta:

--Señor Lautrec, usted, que es alto, ¿quiere alcanzarme esa rama de

madreselva?

Gerardo se volvió al oír su nombre y se apresuró a cortar y ofrecer a

Luciana la rama de madreselva que estaba enredada en el mismo árbol en

que había yo dicho que podría ahorcarme.

--¿Es para darme un disgusto para lo que ha recurrido usted a Gerardo a

fin de que le diese esa flor?--pregunté a Luciana.

--Ha sido para ofrecérsela a usted, caballero--respondió poniéndomela en

el ojal.

Su mal humor parecía disipado y Luciana sonreía embriagándome con su

mirada y con el ligero aliento de sus labios. Besé aquellos finos dedos

que me condecoraban con tanta gracia, y se firmó la paz.

Sin embargo, me ha quedado de aquel día un vago e inquieto malestar.

¿Qué hay en Luciana que no puedo definir?... De los rincones

inexplorados de su alma surgen, a veces, como relámpagos, unos rayos

fugitivos que me dejan vislumbrar su misterio, y se apagan después sin

que se haya determinado nada preciso. De esos resplandores furtivos en

el alma impenetrable de mi amada me queda un temor lleno de atractivo y

como un deslumbramiento doloroso.

Elena al Padre Jalavieux.

Septiembre.

Otra vez ya, mi buen señor cura. Debe usted de pensar que me doy

demasiada importancia y que invado un poco su descanso. Pero ¿es mía

toda la culpa? ¿No me anima mucho la bondad de usted?

Hoy le escribo teniendo en el corazón un gran peso de cuidados y de

emociones.

Mi padre acaba de estar muy enfermo, señor cura. La otra mañana se puso

de repente muy pálido, su vista se quedó fija y turbia y perdió el

conocimiento. Durante unos minutos, que me parecieron siglos, estuvo

como muerto, caído en su butaca, inerte e insensible a nuestros cuidados

y a los gritos de doña Polidora... En esos instantes han pasado por mi

mente horribles pensamientos...

Cuando por fin abrió los ojos y me vio toda temblorosa a su lado, sus

pobres labios azulados se esforzaron por sonreír, y sus primeras

palabras fueron para darme una broma, lo que prueba que su espíritu no

se había extraviado muy lejos de nosotros y que había vuelto, con el

primer aliento, a entrar en sus moradas de costumbre: «¿Me creías ya

muerto, juzgado y condenado, mi querida devota?... Ea, no te

entristezcas; otra vez será.»

Esperaba tranquilizarme con ese tono jocoso, pero en su cara, pálida y

un poco contraída era tan doloroso el esfuerzo para sonreír, que no pude

contener las lágrimas.

Mi padre me alargó la mano, torpe y pesada, y me dijo con una especie de

melancólico asombro:

--Pero, entonces, ¿me quieres?...

¡Lo dudaba, después de las bondades que tiene para mí continuamente!

Cubrí de besos aquella mano que estrechaba la mía con una presión

todavía muy débil, y le respondí desde el fondo de mi corazón:

--¿A quién he de querer en este mundo sino a ti?

Creí leer en sus facciones el paso fugitivo de un ligero

enternecimiento; pero después, y a medida que se disipaban rápidamente

las nubes del síncope, se volvía a encender la malicia de la mirada en

sus pupilas todavía turbias, y me dijo en su tono ordinario:

--¿Que a quién habéis de querer?... ¡Vaya, vaya! señorita Elena, ¿es

usted sincera?... Creí que ese corazoncito era más pronto en

conmoverse... y esperaba...

--¿Qué, papá?

Su viva y penetrante mirada me traspasó, en cierto modo, de parte a

parte, y escudriñó todos los repliegues de mi alma antes de responder:

--Si esos ojos mintieren, habría que desistir de la verdad... Ya

hablaremos de esto otro día, hijita. En este momento, lo mejor que puedo

hacer es descansar... Sobre todo, no te agites; la muerte es poca cosa,

¿sabes? Un síncope como éste, un poco más largo, y ya estaba... No hay

que formarse espantajos...

¡Ay!... Yo también pensaba lo mismo: un síncope un poco más largo sería

la muerte, y temblaba de espanto pensando en el despertar, en el temible

despertar en la otra vida...

Y no me atreví a decir nada.

Me faltó el valor y me callé cobardemente.

¿Por qué no está usted a mi lado, querido señor cura, para acallar mi

remordimiento y aconsejar a mi buena aunque incierta voluntad, tan

fácilmente extraviada en mis pensamientos?

Me siento tan débil, tan desarmada ante un hombre como mi padre, que ha

vivido, estudiado y reflexionado tanto...

Creo que el lenguaje humano no tiene palabras para demostrar los

misterios, y el pensamiento de poner mi ignorancia enfrente de la

sabiduría y la ciencia de mi padre me parece un orgullo insoportable.

Y, sin embargo, ¿es bastante rezar en el secreto de mi corazón? ¿Es

bastante? Dígamelo usted, mi buen señor cura.

Máximo a su hermano.

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