Ayer, domingo, fui a almorzar a la «Villa Sol» y a ponerme a la
disposición de Elena para la visita proyectada a la Briffarde. Lautrec
almorzó también en casa de Lacante y se ofreció a acompañarnos al campo
Quemado. Luciana, fiel a su promesa, llegó en el momento en que íbamos a
ponernos en marcha. Salimos, pues, los cuatro, dando escolta alegremente
a un voluminoso cesto lleno de provisiones, con el que cargábamos
alternativamente Lautrec y yo.
El tiempo estaba radiante y el calor nos hubiera parecido insoportable
si hubiéramos tenido que ir a descubierto por una carretera. Pero
atravesamos, por el contrario, un ancho trozo de bosque lleno de quintas
con sus jardines floridos, sobre los que notaba el tibio perfume de las
resedas, de los heliotropos y de las rosas.
El paseo era delicioso, a pesar del peso del cesto, que nos aserraba el
brazo a Gerardo y a mí, torpes para llevarlo a causa de nuestra
inexperiencia. Yo propuse aligerarlo haciendo una meriendilla a expensas
del contenido, pero esta idea práctica fue acogida con una explosión de
indignado desprecio, y las jóvenes, exaltadas, se apoderaron
valerosamente del cesto y lo llevaron durante unos cien pasos, después
de lo cual volvieron hacia nosotros miradas suplicantes y se dejaron
convencer de que debían desistir de su hazaña.
Por fin llegamos.
He aquí el campo Quemado y la miserable cueva en cuyo umbral dos niños
llenos de harapos se revuelcan en el polvo como perrillos alegres.
Entramos. Un olor fétido y sofocante se nos coge a la garganta y me
basta una mirada para convencerme de que a la enferma le quedan pocas
horas de vida.
La imaginación no puede concebir un marco más siniestro para el drama de
la muerte: un camastro en una choza; ni eso siquiera, un montón de
trapos sórdidos en una cabaña abandonada, podrida y agrietada, en la
que, por lástima, se ha dejado instalarse a aquella desgraciada con sus
crías, abortos demacrados, medio desnudos, sucios, enmarañados y
rabiosos como animales hambrientos que se disputan un hueso. Por fuera,
el dulce sol de septiembre, un aroma de hojas maduras, que una ligera
brisa trae del bosque, y el puro incienso que exhalan los campos hacia
un cielo azul pálido... Dentro, un aliento pestilente de fiebre, un
hedor de roña inveterada, exhalaciones rancias, y, en una cama
indescriptible, entre trapos sucios que apenas lo cubren, un esqueleto
lívido, de arrecido sudor y en el que sólo brillan dos ojos ardientes,
feroces, atrevidos, desesperados, dos ojos en cuyo fondo se leen todos
los terrores de la muerte y todas las ambiciones de la vida.
Es la Briffarde.
La moribunda pasea por nosotros la espantada interrogación de sus ojos y
los fija después en Elena, a la que mira un rato sin decir palabra, ya
porque al pronto no la ha conocido, ya porque necesitase reunir sus
fuerzas para hablar.
--Ya está usted ahí--dijo en voz baja y bronca.--Creí que no vendría
usted.
--Lo había prometido.
--Se dicen esas cosas... y después... si te vi no me acuerdo.
Su voz se debilitó y murmuró, con cólera, sílabas incomprensibles. En
seguida exclamó con aliento ahogado:
--Los pequeños... tienen hambre... No hay qué comer... Yo no puedo
trabajar.
--No, pobre mujer, está usted todavía muy débil--dijo Elena con
dulzura.--He traído para ellos pan y carne, y para usted caldo y vino.
Al mismo tiempo sacó las provisiones del cesto.
--Y aquí tiene usted un poco de dinero--añadió abriendo el portamonedas.
--¡Venga, venga el dinero!--exclamó la enferma, abriendo con ademán de
fiera las largas y huesudas manos sacudidas por un calofrío...--¡El
dinero! ¡El dinero!
No se calmó hasta que sintió en la mano dos monedas de plata, sobre las
cuales se crisparon sus dedos; y, como si el esfuerzo la hubiese
aniquilado, sus párpados se cerraron y su aliento anheloso se suspendió
un instante.
A todo esto, la hija mayor de la Briffarde, pálida muchachona de unos
doce años, estaba repartiendo entre sus hermanos el pan, la carne y unos
cuantos coscorrones destinados a reprimir la indiscreta avidez de su
apetito, todo esto en medio de un ruido infernal de gritos y llantos.
--Salgamos--me dijo Luciana, sofocada por el hedor de aquella cueva y
estremecida de repugnancia. Yo hice seña a Elena de que se acercase.
--Esta mujer se está muriendo--le dije muy bajo.
Elena me miró con espanto y palideció.
--Todavía no, ¿verdad? Todavía no...
Y su voz me suplicaba como si hubiera dependido de mí el prolongar
aquella vida expirante.
--Estoy seguro de que le quedan pocos instantes de vida. Si quiere usted
evitar el cruel espectáculo de su agonía, no se esté usted aquí.
--¡Oh! no, no es eso lo que temo...
Se aproximó a la moribunda, le cogió la mano, aquella mano a la que una
avaricia suprema tenía fuertemente apretada sobre las dos monedas, y la
acarició dulcemente.
--¡Pobre mujer! La encuentro a usted hoy muy débil... Los niños deben de
fatigarla...
--¡Oh! sí, los arrastrados... Siempre gritando, disputando y
pegándose... No puedo con ellos... Mejor estaría en el hospital... pero
dejarlos solos...
La voz de Elena continuó con gran dulzura:
--Podríamos colocarlos en alguna parte mientras esté usted enferma...
¿Dónde quiere usted que los metamos? Dígame lo que desea.
La mujer se quedó un rato sin responder, con los ojos fijos y el oído en
tensión, como si tratase de penetrar el sentido de las palabras de
Elena.
--¿Colocarlos? ¿Los chicos?... ¡Ah! sí, sí quiero... Las niñas con las
monjas... de la Celle... Debe de costar caro... Los dos pequeños al
Asilo, o en casa del padre Boussel, en Auteuil... ¿Sabe usted?
Elena prometió ocuparse de todo aquello, y yo admiré la ingeniosa gracia
de aquel corazón de quince años tratando de arrancar a una madre, sin
que ella lo sospechase, su última voluntad sobre los que iba a dejar
huérfanos.
Me estaba ahogando en aquel aire pestilente y salí a reunirme con
Luciana y Gerardo. Como ellos, aspiré con delicia el poco de aire puro
que caía de las alturas del bosque al campo Quemado.
Elena, mientras tanto, seguía inclinada sobre aquel semicadáver, cuyo
pecho huesudo estaba sacudido por un hipo siniestro. Había echado un
poco de vino en una taza desportillada, y con el brazo alrededor del
cuerpo de la Briffarde, estaba humedeciendo sus secos labios.
La mujer aceptaba aquellos cuidados como había aceptado las limosnas,
sin dar las gracias y como cosa debida.
Los niños se habían diseminado por el campo, adonde los había enviado
Luciana a cortar amapolas.
No quedaba en la choza más que la hija mayor, sentada en una piedra que
servía de mesa y de banco. Sus ojos, pálidos y sin expresión, nos
miraban obstinadamente a través de los mechones de cabello y detallaban
de pies a cabeza el traje de Luciana, indiferentes, al parecer, al
gemido casi continuo de la moribunda.
En el silencio de la choza, llegaba hasta nosotros la voz de Elena:
--¿Vienen alguna vez a visitarla a usted las hermanas de la Celle?
--Cuando tienen tiempo... muy de tarde en tarde...
--¿Y el señor cura, viene alguna vez?
La mujer exclamó duramente:
--¿El cura?... No, por cierto... A ese ni lo conozco.
--Estoy segura de que vendría si usted quisiera verlo.
--¿Para qué?--Hizo un movimiento brusco de protesta y cayó pesadamente,
sin poder incorporarse.--¿Qué iba a hacer aquí el cura?... No quiero
sotanas ni hombres negros a mi alrededor.
Elena respondió con voz temblorosa:
--Pues le diría a usted cosas consoladoras y palabras dulces y buenas.
--¡Palabras!... ¿De qué sirven las palabras y las frases?... Lo que yo
necesito es que me curen... y el cura no puede hacerlo... El cura no es
Dios...
--No es Dios, pero se dirige a Él y le reza...
--¡Oraciones!... Simplezas... Eso es lo que saben hacer... Hay quien los
quiere; pero no... Si hay un Dios, tendrá otra cosa que hacer que
ocuparse de mí, según parece... Puede jactarse de haberme hecho dura la
vida, el tal Dios... ¿Por qué hay pobres como yo y ricos que no carecen
de nada? Cuando oigo a los chicos aullar de hambre, ¿cree usted que
tengo ganas de dar las gracias a ese Dios?
La moribunda se incorporó entonces, desgreñada, medio desnuda, con los
hombros de esqueleto descubiertos, y sus ojos despedían llamas mientras
sus labios, contraídos, se retorcían en una mueca espantosa. Elena
retrocedió instintivamente.
--Dígale usted que deje a esa mujer agonizar en paz--murmuró Luciana a
mi oído.--Hace mal en atormentarla así.
Yo también pensaba que Elena hacía mal. Sus esfuerzos por despertar la
conciencia de la moribunda, por conmover su corazón e inspirarle mejores
sentimientos, me parecían a la vez crueles y patéticos. ¿Para qué
perturbar a aquella miserable bestia humana en su lucha suprema contra
la disgregación? ¿Para qué exponerse a hacerla ver el negro abismo en el
que estaba ya medio caída?
Me aproximé a Elena y traté de llevármela.
--Venga usted--le dije,--y deje a esta mujer agonizar en paz. Vámonos.
La muchacha hizo un movimiento para seguirme; pero una fuerza, mayor que
toda repugnancia y que todo consejo, la aproximó al camastro y triunfó
de la repugnancia y del horror que, por un instante, la había dominado.
Puso otra vez la mano en la de la moribunda, humedecida por un sudor
glacial, y le dijo tiernamente:
--¡Cuánto sufre usted! Quisiera, antes de marcharme, que rogásemos
juntas a Dios, pues yo creo en Él y lo amo.
La mujer dejó ver una risa sarcástica, y aquella risa, cortada por el
hipo de la muerte, resultó horrible.
--Usted lo ama porque tiene razones para ello... ¡Yo, no!
--Siempre tenemos razones para amar a nuestro padre, y Dios lo es para
los que le ruegan, para los que tienen confianza en Él, y le piden
perdón por sus faltas... ¿Quién será el que no lo haya ofendido mil
veces? Una sola palabra de arrepentimiento puede obtenernos su perdón...
Usted lo sabe, ¿verdad? pues se lo han enseñado en el catecismo...
--Allá, en tiempos... sí, como a los demás.
--Entonces creía usted en Dios...
--Es posible... Cuando una es joven cree todo lo que le cuentan... pero
después todo varía... Ya no creo en nada... Esas son historias para
divertir a los pobres.
Volvió los ojos irritados hacia la puerta, en la que estábamos apoyados
Gerardo y yo, y dijo:
--Oiga usted; pregunte a esos señores si van a misa.
--¡Yo sí voy!--dijo Gerardo.
--¿Y a confesarse?... ¡Bah! Eso es bueno para los desgraciados... para
cerrarles la boca cuando la miseria les hace gritar demasiado fuerte...
Dios, los curas y los ricos, se entienden muy bien... Yo no quiero
cura... no quiero... He jurado que ninguno se acercaría a mí... y quiero
cumplir mi promesa...
--¿A quién ha hecho usted tal promesa, pobre mujer?
--¿A quién?...
Estúvose un buen rato sin responder y dijo después bruscamente:
--El que me hizo jurar eso fue el padre de mi hijo más pequeño.
--¿Y dónde está el padre?--preguntó cándidamente Elena.
--- ¿Dónde está?... ¡Qué sé yo!... Se marchó hace muchos meses... Desde
entonces estoy enferma...
Su palabra, entrecortada por las sofocaciones, se iba haciendo
incomprensible.
--¿No guarda usted rencor al padre de ese niño? Dígame que le perdona.
--Hay veces que si lo atrapara por mi cuenta, al miserable...
Intentó un gesto de amenaza, pero no pudo levantar la mano, que se
crispó bajo los harapos que la cubrían en parte.
Después siguió diciendo con voz vacilante:
--Otras veces... otras veces...
Y parecía buscar penosamente los jirones de su pensamiento fugitivo.
--Otras veces--dijo dulcemente Elena, inclinada hacia los fétidos
harapos,--recuerda usted el tiempo en que se le enseñaba esta hermosa
oración: «Dios mío, perdónanos, como nosotros perdonamos a los que nos
han ofendido.»
La Briffarde volvió hacia ella aquellos ojos que se apagaban, y sus
facciones contraídas tomaron una expresión de paz. Sus labios resecos se
entreabrieron, y, como un soplo, dejaron pasar la palabra: «Perdón...»
Desde las profundidades del pecho subió a la garganta un estertor que se
detuvo de repente. En aquellos ojos, ya fijos, aparecieron dos lágrimas
sin rebosar de los párpados y se reabsorbieron lentamente, como el agua
en una tierra árida.
Me aproximé a Elena y la así la mano.
--¡Se acabó!--dije.--Ahora venga usted.
--Hay que cerrarle los ojos--respondió Gerardo, que estaba a mi lado y
cumplió ese piadoso deber.
Elena se levantó sin resistencia y me siguió.
En el campo se oía reír a los niños pequeños, que estaban jugando al
escondite, mientras el mayor se pegaba con otro chico de su edad.
--¡Vámonos pronto!--exclamó Luciana estremeciéndose.--¡Es horrible la
muerte!...
Elena me miraba indecisa.
--Los niños... ¿Qué hacemos? ¿Dejarlos solos con su madre muerta?
--Voy a avisar a los vecinos. Espéreme usted.
Luciana, impaciente por dejar aquel fúnebre lugar, vino conmigo hasta la
casa más próxima, donde había dos mujeres trabajando junto a una ventana
abierta.
--Por fin se ha muerto--dijo una de ellas cuando le noticié la muerte de
la Briffarde.
--No se ha perdido mucho--respondió la otra; una morenilla bastante
fresca.
--Con todo, caballero, la muerte es siempre alguna cosa, ¿no es verdad?
Creí que debía apoyar ese sencillo sentimiento y añadí que aquella
muerte era triste a causa de los niños.
--¡Bah! Para el socorro y los buenos consejos que les daba--respondió
la morena,--puede que sea mejor que esté donde está.
--No se les puede dejar solos con el cadáver--indiqué yo.
--Claro está que no... Allá voy... Tú, Aniceta, corre a la Celle y
advierte a la hermana y al cura, para el entierro. Bueno es que esos
chicos vean a su madre pasar por la iglesia antes de irse a la tierra.
La buena mujer puso en orden las calcetas que estaba zurciendo, me
siguió y no dejó de hablarme de las fechorías de la pobre Briffarde.
--No tenía nada de buena... Sin los chiquillos, que pedían limosna por
los caminos, todos se hubieran muerto de hambre, porque usted comprende
que la caridad de los vecinos no basta para tapar tantas bocas...
Además, la tal Briffarde no tenía nada de cómoda... Una salvaje,
caballero, una leona... Las monjas de la Celle casi no podían con
ella...
Y yo iba pensando en el cándido apostolado de Elena y en su paciente
dulzura, que había triunfado al fin de la rudeza de aquella miserable
criatura y de su desesperada impenitencia. Una palabra de misericordia y
de ruego había encontrado el camino de su corazón, enternecido su último
suspiro y desarmado un poco su áspero y furioso rencor.
No era, acaso, el arrepentimiento lo que se había despertado en su alma,
sino una turbación precursora; y la miserable pecadora no habría
comparecido con la blasfemia en los labios y la ira en el corazón ante
el Juez infalible en quien Elena tiene fe.
Fuera de la fúnebre choza, y sentados juntos en un haz de leña verde,
recogido por los chicos en el bosque, estaban Elena y Gerardo hablando
en voz baja.
En el campo habían cesado los gritos y los juegos y remaba un trágico
silencio.
En el interior, los muchachos, agrupados en un rincón, estaban llorando
con llamadas monótonas y, en cierto modo, mecánicas: «Mamá... mamá...»
entrecortadas por sollozos en los que la conmoción nerviosa, el asombro
y el terror tenían tanta parte como el desconsuelo. La mayor habíase
sentado de nuevo en la piedra y tenía en la falda al más pequeño, al que
daba golpes intermitentes para hacerle estarse quieto. Un niño de tres o
cuatro años había cogido el resto del pan blanco llevado por Elena y lo
estaba babeando concienzudamente al tratar de morderlo sin partir; pero
el mayor lo vio e interrumpió su cantinela llorosa para quitárselo, y
reforzó vigorosamente este acto de justicia con un coscorrón en la
cabeza del delincuente, después de lo cual secó el zoquete con un jirón
que le colgaba de la manga.
En esto entró la amable vecina, echó una ojeada al descarnado esqueleto
cuyas angulosas formas dejaban adivinar los trapos que la cubrían. La
cara parecía como fundida y achicada, pues la nariz afilada y las sienes
hundidas dibujaban duramente sus líneas, y los párpados cerrados le
daban una expresión de augusta calma y revelaban una belleza
desaparecida hacía mucho tiempo.
--¡Esta mujer no tenía treinta y cinco años, caballero!... ¡Vea usted lo
que queda de ella!... ¡Vamos! A callar--exclamó volviéndose hacia los
chicos;--no se debe hacer ruido al lado de los muertos... Y además, por
mucho que la llaméis, no ha de volver... Arregladme todos esos
trapajos... Y tú, Eudosia, que eres la mayor, lava la cara a tus
hermanos, para que no estén asquerosos cuando venga el cura.
Luciana me suplicó que nos fuésemos, alterada de nerviosa impaciencia
por escaparse de aquella atmósfera de muerte.
--Es tarde, y su padre de usted estará inquieto--dije a Elena, que se
levantó en seguida.
La última mirada a la difunta, unas cuantas palabras dulces a los niños,
con promesa de volver a verlos, y hétenos en marcha por la creciente
sombra que invade el camino.
Gerardo iba al lado de Elena e inclinaba graciosamente la cabeza hacia
atrás, como para verla andar.
Y Luciana, cuya alegría iba renaciendo a medida que nos alejábamos del
campo Quemado, le preguntó riendo:
--¿Qué busca usted en la espalda de Elena?
--Quiero ver si le brotan las alas.
Elena, muy absorta en sus pensamientos, no oyó nada de esto.
Y Luciana siguió diciendo a media voz:
--Me parece un poco formalista, este ángel... Su implacable caridad me
ha dado calofríos... ¿Le gustaría a usted, cuando estuviera luchando con
una enfermedad, que vinieran a decirle con la mejor intención del
mundo?: «Hermano, hay que morir; ha llegado la hora...» ¿Le gustaría a
usted que le presentasen, ante los ojos alucinados por la fiebre, el
espectro espantoso de la muerte en el fondo de un negro agujero?
--¿Por qué no, si la voz que me advertía era dulce y el corazón tierno?
--Pues yo pido que me dejen morir con la ilusión de la vida.
--Y yo--exclamé--pido que deje usted a un lado esos crespones fúnebres y
esos trágicos deseos para gozar en paz de su juventud y de la fiesta de
esta hermosa noche que nos ofrece la benévola Naturaleza...
¡Qué bonita estaba Luciana y qué resplandeciente de vida, en la
radiación oblicua del sol al esconderse detrás de la movible cortina de
los bosques! Había como un nimbo de oro en torno de su frente. Los
pájaros revoloteaban cantando su canción de la tarde, y poco a poco se
iban desvaneciendo las impresiones siniestras que traíamos del campo
Quemado. Como entrábamos en lo más espeso del bosque y el sendero era
allí estrecho, dejé a Gerardo que se adelantase con Elena y retuve
detrás a Luciana. ¿Fue aquella visión de la muerte lo que había rozado
nuestras vidas? ¿Fue la dulzura embriagadora de la resplandeciente
Naturaleza lo que dio un impulso más fuerte a la avidez de vivir y de
ser feliz que yace en nosotros? Lo cierto es que sentí un extremado
enternecimiento al ver a mi lado a aquella hermosa criatura en todo el
esplendor de la juventud, de la gracia y de la fuerza, y que debía ser
mía. Rodeé con el brazo su talle, y, teniéndola muy cerca, le dije
bajito:
--¿Me ama usted?... ¡Yo la adoro!...
No sé qué la preocupaba e ignoro si me oyó, pues no se dignó
responderme... Después de largo rato de distracción, acabó por decir:
--¿Me ha hablado usted?... ¿Qué me decía?
El encanto estaba roto. Retiré el brazo, me separé de ella y respondí:
--¿Yo? nada... Usted sueña... ¿Qué puedo tener que decirle?
--Me pareció... ¡Vaya! ¡Ya está usted enfadado!
--Nada de eso... Usted es linda, el tiempo hermoso y el bosque está
perfumado, ¿qué más puedo yo pedir?
Mirábala yo de reojo, de vez en cuando, y la veía andar, tiesa y
orgullosa, sin volver ni una vez la cabeza hacia mí, y con los ojos
fijos en la joven pareja que iba delante de nosotros y que parecía
hablar con animación. Pensé entonces que, al verlos tan interesados el
uno por el otro, comparaba tristemente su entusiasmo con nuestro
silencio de enfado, y este pensamiento me conmovió.
--Querida Luciana... he debido comprender que esta expedición la ha
puesto a usted nerviosa y que su rigor no era más que un efecto del
cansancio... No he debido guardarle a usted rencor...
--Luego, quiere usted decir que me lo guardaba usted--respondió en tono
más dulce, pero con cierta expresión de aburrimiento.--La verdad es que
este paseo me ha hecho daño y que no me falta nada para llorar.
Y su voz temblaba, en efecto, lo que acabó de enternecerme.
--Luciana mía--exclamé,--si la he disgustado a usted, le pido perdón...
Y, sobre todo, no llore, pues no podría resistir sus lágrimas, y no sé
qué me impediría colgarme de la rama más alta de ese roble.
--Excelente medio de arreglar de una vez nuestras querellas--dijo
Luciana riendo.
Después se adelantó hasta alcanzar a Elena y a Gerardo, y añadió en voz
alta:
--Señor Lautrec, usted, que es alto, ¿quiere alcanzarme esa rama de
madreselva?
Gerardo se volvió al oír su nombre y se apresuró a cortar y ofrecer a
Luciana la rama de madreselva que estaba enredada en el mismo árbol en
que había yo dicho que podría ahorcarme.
--¿Es para darme un disgusto para lo que ha recurrido usted a Gerardo a
fin de que le diese esa flor?--pregunté a Luciana.
--Ha sido para ofrecérsela a usted, caballero--respondió poniéndomela en
el ojal.
Su mal humor parecía disipado y Luciana sonreía embriagándome con su
mirada y con el ligero aliento de sus labios. Besé aquellos finos dedos
que me condecoraban con tanta gracia, y se firmó la paz.
Sin embargo, me ha quedado de aquel día un vago e inquieto malestar.
¿Qué hay en Luciana que no puedo definir?... De los rincones
inexplorados de su alma surgen, a veces, como relámpagos, unos rayos
fugitivos que me dejan vislumbrar su misterio, y se apagan después sin
que se haya determinado nada preciso. De esos resplandores furtivos en
el alma impenetrable de mi amada me queda un temor lleno de atractivo y
como un deslumbramiento doloroso.
Elena al Padre Jalavieux.
Septiembre.
Otra vez ya, mi buen señor cura. Debe usted de pensar que me doy
demasiada importancia y que invado un poco su descanso. Pero ¿es mía
toda la culpa? ¿No me anima mucho la bondad de usted?
Hoy le escribo teniendo en el corazón un gran peso de cuidados y de
emociones.
Mi padre acaba de estar muy enfermo, señor cura. La otra mañana se puso
de repente muy pálido, su vista se quedó fija y turbia y perdió el
conocimiento. Durante unos minutos, que me parecieron siglos, estuvo
como muerto, caído en su butaca, inerte e insensible a nuestros cuidados
y a los gritos de doña Polidora... En esos instantes han pasado por mi
mente horribles pensamientos...
Cuando por fin abrió los ojos y me vio toda temblorosa a su lado, sus
pobres labios azulados se esforzaron por sonreír, y sus primeras
palabras fueron para darme una broma, lo que prueba que su espíritu no
se había extraviado muy lejos de nosotros y que había vuelto, con el
primer aliento, a entrar en sus moradas de costumbre: «¿Me creías ya
muerto, juzgado y condenado, mi querida devota?... Ea, no te
entristezcas; otra vez será.»
Esperaba tranquilizarme con ese tono jocoso, pero en su cara, pálida y
un poco contraída era tan doloroso el esfuerzo para sonreír, que no pude
contener las lágrimas.
Mi padre me alargó la mano, torpe y pesada, y me dijo con una especie de
melancólico asombro:
--Pero, entonces, ¿me quieres?...
¡Lo dudaba, después de las bondades que tiene para mí continuamente!
Cubrí de besos aquella mano que estrechaba la mía con una presión
todavía muy débil, y le respondí desde el fondo de mi corazón:
--¿A quién he de querer en este mundo sino a ti?
Creí leer en sus facciones el paso fugitivo de un ligero
enternecimiento; pero después, y a medida que se disipaban rápidamente
las nubes del síncope, se volvía a encender la malicia de la mirada en
sus pupilas todavía turbias, y me dijo en su tono ordinario:
--¿Que a quién habéis de querer?... ¡Vaya, vaya! señorita Elena, ¿es
usted sincera?... Creí que ese corazoncito era más pronto en
conmoverse... y esperaba...
--¿Qué, papá?
Su viva y penetrante mirada me traspasó, en cierto modo, de parte a
parte, y escudriñó todos los repliegues de mi alma antes de responder:
--Si esos ojos mintieren, habría que desistir de la verdad... Ya
hablaremos de esto otro día, hijita. En este momento, lo mejor que puedo
hacer es descansar... Sobre todo, no te agites; la muerte es poca cosa,
¿sabes? Un síncope como éste, un poco más largo, y ya estaba... No hay
que formarse espantajos...
¡Ay!... Yo también pensaba lo mismo: un síncope un poco más largo sería
la muerte, y temblaba de espanto pensando en el despertar, en el temible
despertar en la otra vida...
Y no me atreví a decir nada.
Me faltó el valor y me callé cobardemente.
¿Por qué no está usted a mi lado, querido señor cura, para acallar mi
remordimiento y aconsejar a mi buena aunque incierta voluntad, tan
fácilmente extraviada en mis pensamientos?
Me siento tan débil, tan desarmada ante un hombre como mi padre, que ha
vivido, estudiado y reflexionado tanto...
Creo que el lenguaje humano no tiene palabras para demostrar los
misterios, y el pensamiento de poner mi ignorancia enfrente de la
sabiduría y la ciencia de mi padre me parece un orgullo insoportable.
Y, sin embargo, ¿es bastante rezar en el secreto de mi corazón? ¿Es
bastante? Dígamelo usted, mi buen señor cura.
Máximo a su hermano.