Y la tal Polidora se llenaba la boca con esto de «las conveniencias.»

Pensé, sin embargo, como ella, que no sería prudente dejar que Elena

volviese a aquel antro, donde podía tener malos encuentros para su

inocencia.

Hablaré de esto con Lacante, pues no me atrevería a iniciar con ella la

cuestión. Un alma inocente es como las alas de una mariposa, a las que

no se osa tocar por miedo de hacer caer el fino polvillo de oro y azul

que nada puede reemplazar después. La pureza de un alma virgen realiza

la idea que yo me formo de lo divino, es decir, de algo primordial,

superior a todo conocimiento, antagónico con la ciencia misma, en una

palabra, sublime. Da tristeza el pensar que un día se atentará contra la

divina ignorancia. Querría uno colocar para siempre a la joven inocente

en un altar, como esas celestiales vírgenes de los Primitivos cuyo

colorido deslumbrador y cuya cándida gracia llegan intactos hasta

nosotros desde el fondo de los siglos cristianos. Elena tiene el sereno

candor de aquellas vírgenes. ¿No te gusta, como a mí, esa valentía y esa

misericordia para con la pecadora?

En la «Villa Sol» encontramos a Lacante esperándonos sentado a la sombra

del único tilo, y Polidora le contó sin tomar aliento la aventura de la

Briffarde y le rogó que prohibiese a Elena volver a casa de aquella

mujer de mala vida.

Elena estaba extraordinariamente desolada.

--Pero, ¿y los hijos, papá, qué mal han hecho? ¡Si los hubieseis visto

devorar el pan y la carne! Tienen hambre y están hechos jirones... ¡Y la

madre está tan enferma! No creo que tenga cura.

--Seguramente que no--exclamó Polidora.--Todo lo que se haga por ella

será como no hacer nada.

--Papá, te lo ruego; permíteme al menos que les envíe algún socorro.

--Pero tú quieres arruinarme--dijo Lacante sonriendo y acariciando el

cabello de su hija, que estaba arrodillada a su lado en la hierba.

--¿Quieres, verdad?--le dijo Elena besándole la mano.--Estoy segura de

que doña Polidora consentirá en volver al campo Quemado.

Pero Polidora, muy ofendida y roja de indignación, declaró secamente que

lo que no estaba bien para la señorita no lo estaba para ella y que, por

otra parte, no tenía afición ninguna a visitar perdidas.

¿Comprendes a la joven y dulce virtud de Polidora temblando por su

pureza?

Elena, muy confusa por haber ocasionado tal algarada, me echó una mirada

cuya angustia comprendí en seguida, y me propuse ser el mensajero de su

caridad.

Lacante dijo entonces que permitía a Elena volver, acompañada por mí...

--¡Y por mí!--se apresuró a decir Luciana.

Se convino en que iríamos los tres el domingo próximo, y Elena,

radiante, nos dio las gracias a Luciana y a mí como si le hubiéramos

hecho un rico regalo.

Elena al Padre Jalavieux.

Septiembre.

Me pregunta usted, señor cura, si tengo amigas y cómo son... Todavía no

he encontrado ninguna a mi gusto.

Tengo, sin embargo, por vecina a una joven muy guapa, inteligente y

artista. La veo con frecuencia, casi todos los días, desde que vivimos

en la «Villa Sol». Viene a buscarme, sola o acompañada, para que demos

un paseo por los bosques, y creo que la aburro, mientras que ella me

intimida, lo que hace que apenas cambiemos palabras y menos aún

pensamientos. Encuentra que soy ignorante, lo que es mucha verdad, y que

tengo un entendimiento estrecho y limitado, lo que podrá ser cierto sin

que yo me dé cuenta de ello. Naturalmente, no me lo dice así en mi cara,

porque es muy fina; pero en varias ocasiones en que no se trataba

directamente de mí, le he oído expresarse duramente contra las personas

demasiado devotas y cuyas prácticas diarias empequeñecen la religión.

Sabe usted, sin embargo, señor cura, con cuánta facilidad se cae en la

indiferencia cuando se descuida el rezar todos los días. Dios se vuelve

entonces como extraño, no se oye ya su voz en el fondo de la conciencia,

no se sabe lo que nos manda ni lo que nos prohíbe y, en ese silencio de

la voz interior, se flota al azar del humor y de las circunstancias.

Hace un momento, Luciana, así se llama, me ha preguntado de repente,

después de andar juntas un gran rato sin decir palabra, si no sentía a

Dios presente en el aire puro y libre de los campos, en las frescas

enramadas del bosque, en el brillo chispeante del sol y hasta en la

delicada pequeñez de los musgos y de las flores lo mismo que en la

iglesia.

Le respondí que, en efecto, nada me hace más sensible la presencia de

Dios que las inocentes bellezas de la Naturaleza.

--Entonces, ¿por qué le gusta a usted tanto ir a las iglesias?

--Porque allí es donde se realizan los misterios.

Me miró con una especie de asombro y no insistió.

Luciana es creyente, tiene el alma religiosa y habla noblemente de Dios

y de las cosas divinas, que ella saborea como artista, más sensible,

acaso, al sentimiento un poco vago de lo divino que a una fe precisa y

determinada. Piensa que los dogmas estorban al impulso del alma hacia

Dios, cuando, por el contrario, son para ella un punto de apoyo sólido

que nos impide extraviarnos del camino recto; y porque así se lo digo me

encuentra el entendimiento estrecho y limitado. Siento cernerse su

desdén sobre mi cabeza y esto me produce una timidez que me cuesta

trabajo dominar.

Su madre, la señora Grevillois, es una persona dulce, siempre cansada y

sin aliento. Es muy piadosa, pero no del mismo modo que su hija, a la

que sólo el respeto impide juzgar a su madre como a mí. Esta excelente

persona pasa los días enteros sentada en una butaca junto a la ventana,

con un bastidor de tapicería en las rodillas, y, casi sin levantar los

ojos, clava la aguja en el cañamazo con una regularidad apacible y

mecánica que da sueño. Es viuda, no tiene fortuna y creo que trabaja

para ganar dinero. De todas las mujeres que me rodean, ella es la que me

inspira más simpatía. Es la única que no se ríe con los chistes del

señor Kisseler, un escultor amigo de mi padre, cuyo ingenio hace gracia

a todo el mundo. Este señor me disgusta y me parece grosero, acaso

porque no le comprendo, pues da a las palabras más sencillas, en

apariencia, un sentido particular que hace reír a los hombres y

ruborizarse a las señoras, sin perjuicio de reírse también. La de

Grevillois permanece seria y con una expresión de placidez, como si no

oyera lo que se dice. A la Marquesa de Oreve, por el contrario, le

divierten extraordinariamente las ocurrencias del señor Kisseler y, si

está callado, lo que es raro, no deja de incitarlo: «Kisseler está

triste esta noche... Se conoce que no le inspiramos.»

Y esto basta para inflamar la pólvora. Mi padre dice muchas veces a la

de Oreve:

--No lo provoque usted, señora, porque tenemos aquí muchachas esta

noche.

Pero ella responde tranquilamente:

--No se apure usted; hay gracias de estado para las jóvenes y no

entienden más que lo que deben entender. ¿Verdad, señoritas? Todo es

puro para los puros.

Y el señor Kisseler se dispara.

La otra noche tuvo la ocurrencia de parodiar las ceremonias de la

Iglesia, el modo de andar, las actitudes y genuflexiones del sacerdote

en el altar. Al mismo tiempo murmuraba sílabas raras e incomprensibles,

con inflexiones de voz cómicas, resoplidos grotescos y contorsiones

extáticas y devotas. Estaba tan gracioso que, a pesar de la repugnancia

que me inspiraba aquella farsa burlesca que era una profanación, no

podía guardar mi seriedad ante aquella cara mofletuda, aquella nariz

arremangada y aquellas muecas de compunción. La risa me retozaba en los

labios, y puedo asegurar a usted, señor cura, que contra mi voluntad.

Por la noche, antes de volverse a París en el último tren, esos señores

quisieron acompañarnos, a mi padre y a mi, a la «Villa Sol». Mi padre,

un poco molestado de la gota, iba apoyado en el brazo de don Máximo. El

señor Kisseler revoloteaba y mosconeaba alrededor de nosotros como un

gran saltamontes aturdido, y don Gerardo Lautrec iba a mi lado,

explicándome como poeta, las bellezas del claro-obscuro, mientras se

levantaba en el horizonte una fina luna nueva. Este señor Lautrec es una

persona muy agradable, alto, esbelto y rubio. Tiene unos ojos muy

brillantes y muy rápidos, con los que parece que recorre el horizonte

entero de una ojeada, y creo que su ingenio tiene la misma prontitud que

su mirada.

Iba yo muy entretenida con lo que me decía, pero escuchándolo sin

responder, intimidada por sus brillantes ojos, que se posaban a veces en

mí como un relámpago, y avergonzada por la necedad de mi silencio,

cuando el señor Kisseler vino involuntariamente en ayuda de mi torpeza.

En una de sus piruetas, puso el pie en falso sobre una piedra, tropezó y

se quedó bonitamente sentado en el camino, con el sombrero por un lado y

el bastón por el otro. Sin turbarse absolutamente nada, sacó

tranquilamente el pañuelo y se puso a enjugarse la frente con expresión

satisfecha, como si el sueño de su vida se hubiera realizado al

encontrarse allí gozando de un reposo definitivo. La carcajada fue

general, pues la flema del señor Kisseler en tal aventura resultó

irremisiblemente cómica. Fueron necesarias las instancias de sus amigos,

que temían perder el tren, para decidirlo a levantarse del polvo donde

estaba sentado y que le cubría la ropa. No fue floja tarea la de

sacudírsela para ponerlo presentable.

Máximo a su Hermano.

Amar es vencer · 第 21 / 37 题