La de Grevillois y su hija se han instalado en la «Villa del Lys», y
Luciana ha bosquejado ya el retrato de la «patrona,» como llamamos a la
Marquesa. Creo que está muy parecido, demasiado casi, y preveo que a
Luciana le costará trabajo contentar a su modelo. La Marquesa ha
manifestado ya cierta discreta indignación ante el boceto.
«Sobre todo, hija mía, cuide usted de no engordarme exageradamente...
Sin criticar a usted, creo que me da las proporciones de una nodriza...
Creo también (y usted me dispensará, ¿verdad? esta pequeña coquetería)
que me hace usted la cara demasiado ancha y demasiado corta... Además,
los ojos no están parecidos... Siempre me han dicho que son lo mejor que
tengo... Pero usted corregirá todo esto cuando revise mañana su obra...
Hace falta tiempo para acostumbrarse al modelo y sólo se ve exactamente
a la larga...»
Luciana estaba un poco nerviosa y traté de calmarla como pude durante un
corto paseo que hicimos solos para ir a la «Villa Sol». El tiempo estaba
hermoso y de una suavidad encantadora. Vagos y finos perfumes
embalsamaban el aire, penetraban en los sentidos y ablandaban el
corazón, que parecía fundirse en el pecho con una sensación de
desvanecerse y de evaporarse en el éter... Era aquello delicioso y
hubiera yo querido que Luciana participase de mi encanto, pero seguía
nerviosa y despechada.
--Es estúpido--decía--el ser pobre y depender de la primer tonta que se
presente... Porque tiene dinero y lo paga, cree tener derecho para
decírselo a una todo, a no ahorrarle humillaciones ni críticas, a
exasperarla con sus consejos de idiota y a aplastarla bajo la enorme y
pesada superioridad de su fortuna... Juventud, ingenio, talento,
belleza, todo, absolutamente todo, es juzgado, medido y pesado
desdeñosamente por cualquier imbécil encaramado en sus sacos de pesos,
desde donde dominan a la despreciada multitud de los pobres diablos de
uno y otro sexo...
Mi pobre Luciana tenía los hermosos ojos llenos de lágrimas de cólera
mientras lanzaba sus imprecaciones con risa nerviosa y un calor de
despecho que denunciaba su humillación.
Yo sufría por ella y tanto como ella, pero le contesté con dulzura y
logré hacerle comprender que su resentimiento era excesivo y hasta
injusto, pues, al fin, la vanidad de la Marquesa de Oreve no hace daño a
nadie más que a ella misma y en modo alguno al artista que la pinta como
es. La superioridad del dinero no existe realmente más que para aquellos
que la reconocen, e indignarse por ella es un modo de reconocerla.
Seamos, pues, orgullosos y permanezcamos libres de todo sentimiento de
envidia, de adulación y de cólera, le dije besando sus bonitas manos.
Luciana sonrió débilmente.
--Habla usted como un sabio--me dijo,--pero la cordura es difícil, se lo
juro, cuando hay que habérselas con la suficiencia presuntuosa. Quisiera
tener esa hermosa filosofía; pero carezco de fuerza de alma, lo
confieso, y tengo rencor a la Marquesa por ser rica, única cualidad que
es indiscutible. Todo puede ser puesto en duda, la belleza, el mérito,
hasta la juventud, puesto que no se tiene en el mundo más que la edad
que se representa y los sabios artificios de una mujer de cuarenta años
hácenla asemejarse a otra de veinticinco. Solamente la fortuna se pesa y
se mide y sólo las cifras tienen una realidad inflexible.
--Lo que se cuenta, se mide o se pesa--contesté;--no vale nada al lado
de una sola gota de infinito...
Luciana dejó ver su bella y seductora sonrisa y respondió:
--Lo veo a usted venir: el amor es infinito, ¿verdad?
--Lo es el mío, ciertamente.
--Diga usted el nuestro, Máximo.
Mi amada recobró su alegría y su gracia seductora, Íbamos lentamente por
los frondosos senderos del bosque y habíamos olvidado el objeto de
nuestro paseo, cuando vimos venir a nuestro encuentro, muy lejos aún, a
Elena con Polidora, que no nos habían visto y se detenían de vez en
cuando para cortar flores.
--Ahí tiene usted al retoño de Lacante en su elemento--dijo Luciana con
un dejo de desdén.
--¿No le gusta a usted, Elena?
--¿Qué quiere usted que le diga? Apenas la conozco... No es más que una
chiquilla...
--Si usted quisiera ocuparse de ella con un poco de indulgencia, la
sociedad de usted podría serle muy provechosa.
Luciana hizo un gesto que no fue de entusiasmo.
--No sabría qué decirle... Es imposible encontrar dos naturalezas más
opuestas que la de la hija de Lacante y la mía. No sabe nada de lo que a
mí me interesa... No sabe nada de nada, por otra parte... Me extraña
mucho que pueda usted hablar con ella más de diez minutos.
--Pues yo la encuentro encantadora... y rara.
--Rara, ciertamente, pues ese tipo no se encuentra más que en las selvas
vírgenes o en las estepas de Bretaña. Que es encantadora... me lo ha
dicho usted varias veces...
--Aseguro a usted que me complacería mucho procurando trabar amistad con
ella... Ya sabe usted lo que es Lacante para mí.
--¡Hacerme amiga suya!--exclamó.--Enséñeme usted entonces por dónde hay
que tomarla.
Estábamos ya muy cerca de Elena, quien nos conoció y nos saludó con un
gran ramo que traía en la mano.
--¿De dónde viene usted?--le pregunté.--¿De una santa peregrinación, de
una iglesia, de una capilla?
--No acierta usted... He pasado el tiempo de un modo más profano... Vea
usted mi cosecha.
Y nos enseñó el ramo.
Polidora, tomando un aspecto de importancia, empezó a decir con algún
retintín:
--Venimos de...
Elena se volvió vivamente hacia ella.
--No diga usted nada, Polidora; se lo ruego... Hay que enseñar a don
Máximo a no ser curioso.
--Tendré que contar, ciertamente, su fechoría de usted a su señor
padre--respondió el ama de gobierno.--Nada me impedirá cumplir con mi
deber.
Elena respondió con dulzura:
--Hará usted bien.
Y dirigiéndose a Luciana, le preguntó si le gustaban las flores e hízole
admirar las que formaban su ramo...
Mientras tanto hice hablar a Polidora, que muy engallada y con gesto
desdeñoso, iba detrás como para separar sistemáticamente su causa de la
de Elena. Era evidente que había discordia entre ellas, y como la vieja
estaba deseando charlar, no esperó a que yo la preguntase.
--¡Dios mío! No es que esta muchacha sea mala, ¡oh! no; pero es
imprudente. Ha sido criada como una salvaje en un país donde no hay
civilización... Habla a todo el mundo y hace conocimiento con el primero
que se presenta.
--¡Cómo!--exclamé.--Pues parece más bien tímida y más inclinada a
callarse que a hablar.
--Sí, aquí, en la buena sociedad... porque conoce que no está en su
centro ni a la altura necesaria. Pero en los caminos, no pasa un mendigo
ni una paleta sin que arme conversación con ellos. No tiene malicia, ni
desconfianza, ni sentimiento alguno de las conveniencias... Por más que
le digo: «¡Eso no se hace!» ya está hecho cuando yo hablo... El otro día
iba un pobre hombre tirando, con su perro, de una carretilla cargada de
chirimbolos, y con la lengua fuera al subir un repecho. Vuelvo la cabeza
y ¿qué es lo que veo? La señorita, que iba empujando por detrás con
todas sus fuerzas y que siguió así hasta lo alto de la cuesta, por más
que le dije. Además le dio todo el dinero que llevaba... No es por el
dinero, pues me gusta que las jóvenes tengan la mano abierta, pero las
conveniencias...
--¿Y hoy... ha empujado algún otro carro?
--¡Mucho peor!... Figúrese usted que ayer vinieron dos chicos a mendigar
a la puerta, y la señorita les dio pan y unos centavos y les hizo
hablar. No dije nada, porque su padre estaba allí y lo permitía... Pero
hete aquí que esta mañana pide ir a paseo, y en cuanto estamos fuera me
dice muy amablemente: «Querida doña Polidora, quisiera ir hacia la
Celle-Saint-Cloud, a ver la madre de los dos niños que vinieron ayer;
está enferma, tiene muchos hijos, carece de recursos, y qué sé yo
cuántas cosas más.» Parecía al oiría, que no había otras miserias en la
tierra... «¿Cómo se llama?» le dije. «La Briffarde; vive en el campo
Quemado... Vamos allá, ¿verdad? ¿Quiere usted, mi querida doña
Polidora?» Porque es mimosa como ninguna, la chiquilla. En fin, le dije:
«Vamos,» no queriendo contrariarla. Echamos a andar preguntando el
camino de vez en cuando, y por último llegamos a la Celle. «El campo
Quemado, me dijo un segador, está allá, en lo bajo del camino. ¿Qué va
usted buscando en el campo Quemado? No hay por allí nada bueno.»
«Buscamos a una familia de pobres que vive allí.» «Entonces allí la
encontrarán ustedes. La mala semilla se encuentra en todas partes.» El
tono en que me dijo esto me dio qué pensar. Veo a dos pasos unas mujeres
trabajando junto a una puerta, me acerco y pregunto: «¿Vive por aquí la
Briffarde?» No tardé mucho en oír más de lo que quería: una perdida, una
arrastrada, con toda clase de vicios y miserias. Intento entonces
marcharme más que a paso y llevarme a la señorita; pero, que si quieres;
ya se había echado a correr sin volver la cabeza y estaba en la
perrera, porque no merece otro nombre el agujero en que vive esa mujer
con sus crías. Naturalmente, tuve que seguirla y aún tengo levantado el
estómago del hedor y de la podredumbre en que se revolcaban aquellos
chiquillos y de los guiñapos infectos que servían de cama a la madre.
--¿Pero estaba verdaderamente enferma? ¿No habían mentido los niños?
--Lo estaba y mucho, según creo. Habían dicho la verdad. Los chicos se
echaron como lobos sobre las provisiones que llevábamos. ¡Buen día
tuvieron, los desgraciados! La madre trató de comer; pero no pudo... Lo
que es esa no tiene para mucho tiempo. Pero ¿cree usted, caballero, que
es el sitio de la señorita Elena la casa de una mujer así?... Ya sé, ya
sé; la caridad... Pero también existen las conveniencias...