Tenía que suceder; debía de ocurrírsete esa idea. ¡Enamorado de Elena
Lacante!... La cosa estaba en el aire y dentro de las verosimilitudes
románticas, y tu superior perspicacia no ha vacilado en desgarrar los
velos del porvenir ni en profetizar. Pues bien, no; nada de vaticinios.
Nadie es profeta en su familia.
Elena es agradable y las circunstancias singulares en que se me apareció
fueron conmovedoras y de una fúnebre poesía. Pero, ya te lo he dicho, mi
elección está hecha. ¿Crees tú que tengo un corazón con cajones
numerados en el que colecciono las ternuras?
Dices que desconfías de las aventuras novelescas y galantes y de los
amores que hieren como un rayo. Pero no sabes, amigo, que no se trata de
aventuras galantes ni de amores a la ligera. Nada de rayos. La que amo
es Luciana Grevillois, a la que conozco hace mucho tiempo; desde antes
de la muerte de su padre, que falleció de repente, hace tres años, en el
Observatorio, cuando estaba estudiando con su telescopio un eclipse de
luna. Todos los periódicos hablaron de esto. Era un astrónomo
distinguido, miembro de la Academia y de varias sociedades científicas.
Privado de fortuna, dejó, al morir, a su mujer y a su hija en la
situación más precaria, con una modesta viudedad a la que la
munificencia del Gobierno añadió un estanco, que Lacante les consiguió.
Las dos pobres mujeres han tenido que ingeniarse para suplir la
insuficiencia de sus recursos y se han puesto animosamente a trabajar.
La madre hace muestrarios de bordados para los almacenes, y la hija, que
tiene talento, pinta miniaturas. No son éstos antecedentes ni
procedimientos de aventureras y creo que no puede haber nada más
honroso.
Las he visto con frecuencia en casa de la Marquesa de Oreve, la gran
amiga de Lacante, que tiene un salón artístico y literario en el que
nuestro tutor es rey y pontífice, bajo los auspicios del mismo Marqués
de Oreve, un papamoscas de alto coturno. Toda esta gente debe ser
desconocida para ti, que la habrás olvidado después del tiempo que
llevas corriendo por el mundo, lejos del _boulevard_.
Las señoras de Grevillois no asisten a los jueves de Lacante, pero
forman parte del círculo habitual de la Marquesa Leontina de Oreve. Allí
se ve también a miss Carolina Godwin, poetisa lírica muy apreciada en
Inglaterra, no muy joven y nada linda, aunque gusta a algunos por sus
monadas de pájaro asustado y por una especie de gorjeo de que se sirve
para expresar sentimientos supraterrestres e ideas de una elevación que
causa vértigos. También va Sofía Jansien, una gorda subida de color y de
potentes atractivos, cuya historia te contaré un día. Luciana brilla
entre aquellas señoras, puedes creerlo, con un fulgor que deslumbra, con
su cabellera de oro y su talle de diosa.
Admirábala yo de lejos, sin haber jamás pensado en hacerle la corte
(sabes que soy, por naturaleza, poco galante), ni siquiera en hablar con
ella de un modo particular. Hermosa y admirada como era, me parecía de
una especie diferente de la mía y, por instinto, sin intención
deliberada, me mantenía a distancia, dichoso solamente con su presencia,
como se es dichoso con un rayo de sol.
Duraba esto hacía unos años, cuando, en una tarde del último octubre,
Luciana vino a sentarse a mi lado. Me levanté al acercárseme, dispuesto
a cederle el sitio y sin pensar que se hubiese molestado por mí. Pero
ella, con un gracioso ademán, me hizo seña de que me volviera a sentar.
--Confiese usted, caballero, que no es usted curioso--me dijo sonriendo.
--¿A qué se refiere la observación?
--Hace meses y aún años que nos encontramos casi todas las semanas en
este círculo, tan reducido que es imposible que seamos completamente
extraños el uno al otro, y nunca ha tenido usted la tentación, ni aun la
más frívola y pasajera, de hablar conmigo y tratar de saber si hay en mi
alma más que una muñeca...
Y al ver que, estupefacto por aquel brusco ataque, no respondía, siguió
diciendo:
--Yo deseo hace mucho tiempo conocer el color íntimo de su mente de
usted, no de la que se muestra en plena luz en conversaciones hechas
para la galería, sino de la que se calla, de la que se reserva, de la
que sólo se entrega cuando está segura de encontrar una simpatía.
Estaba yo literalmente aturdido. Sabes que no soy inclinado a hacerme
valer. Si tengo cierta estima por mi inteligencia, prescindo por
completo de mis prendas físicas, y la atención de que era objeto por
parte de aquella radiante belleza hacíame dudar si estaba despierto o
sumido en las perfidias de un sueño.
Como convenía, me mostré conmovido por su benevolencia y hablamos
largamente. Me quedé maravillado de la razón de aquella joven, de la
madurez de su pensamiento, de la penetración, un poco desengañada, de su
inteligencia. Se ve en ella un corazón que ha sufrido y que, si no se ha
agriado, se ha empapado en las amargas aguas de la adversidad y está más
dispuesto a la lucha que a una pasiva resignación. Es una valiente, esta
Luciana, y he amado a esta valiente. Por mi parte, he creído conocer que
le había agradado.
Tomamos la costumbre de crearnos, en todos nuestros encuentros, unos
instantes de conversación íntima, y echamos de ver que estábamos
maravillosamente de acuerdo en una multitud de cuestiones de arte, de
sentimiento de la Naturaleza, de preferencias literarias, aspectos
generales de la vida, en todo, en fin. Es verdad que hay en ella
aspiraciones religiosas en las que yo no puedo seguirla; pero nada
estrecho, nada de devociones infantiles como las de nuestra amiguita
Elena Lacante. La religión es en Luciana un vuelo del alma hacia las
alturas.
Unas semanas después, me dijo, un día en que habíamos hablado con
singular confianza:
--Confiese usted que tuve razón al arriesgarme a los primeros pasos y
que estábamos hechos para entendernos. ¿Por qué se separaba usted
sistemáticamente de mí?
--Es usted demasiado hermosa y no me atrevía a aproximarme.
--¿De veras me encuentra usted hermosa?... Yo lo aprecio a usted mucho.
¿Cuál de los dos da más al otro?
--Una sola mirada de usted vale más que todo lo que hay en mí y que todo
lo que pudiera ofrecerle en cambio.
--Ofrezca usted, con todo--díjome ella sonriendo,--y me contentaré con
lo que sea.
Si en aquel momento me hubiera dicho que abriese el balcón y me arrojase
de cabeza a la calle, creo que no hubiera vacilado, hasta tal punto
estaba mi corazón fanatizado de amor por ella en aquel momento.
--Haga usted de mí lo que quiera--dije muy conmovido.
Luciana respondió:
--Lo que yo quiero es un amigo. ¿Quiere usted serlo?
--No es bastante.
Se quedó un momento silenciosa, mirándome al fondo de los ojos, y dijo
en seguida:
--¿Piensa usted en lo que pide?
--Ciertamente que pienso.
--No se apresure usted, porque acaso después le pesaría. A mí me basta
con la amistad.
--Y yo la quiero a usted toda--exclamé con ardor.
Si hubiéramos estado solos, la hubiera estrechado contra mi corazón;
pero nos rodeaban diez personas, y aunque las costumbres del salón
autorizan ciertos modales familiares y una amistad íntima, debemos por
eso mismo observar una circunspección y una reserva exterior
irreprochables.
Obtuve de ella en aquella tarde permiso para considerarla como mi
prometida y le expuse lealmente mi situación, que no es brillante. Tenía
ya en aquel momento esperanza de que Marignol me escogiese para suplirlo
en la cátedra del Colegio de Francia; pero no era más que una esperanza,
y, por otra parte, las condiciones leoninas que me impone ese avaro de
Marignol mejoran muy poco mi situación.
Luciana pareció sorprendida de que mis trabajos de crítica sean tan mal
pagados. Lo cierto es que con lo que yo gano y con lo poco que a la
pobre muchacha le producen sus miniaturas no podríamos sostener una
casa.
--Veo--me dijo con un ligero suspiro--que durante largo tiempo tendremos
que armarnos de paciencia, a no ser que alguna hada benéfica...
--Las hadas--respondí suspirando--olvidaron el darme, al nacer, entre
otros dones, el de la riqueza... y nunca lo he lamentado como hoy.
Tendremos, pues, que no contar más que con nosotros mismos y con nuestro
esfuerzo.
--Soy valiente--me dijo.
Pero conocí, sin embargo, que aquella larga perspectiva de cuidados, de
trabajos y de lucha encarnizada contra la mala fortuna, la entristecía,
como era muy natural.
Al despedirme de ella, la estreché la mano y le dije con energía:
--Siento que su cariño de usted me traerá la dicha y espero encontrarme
pronto en estado de poder asegurar a usted la dignidad de vida y la
tranquilidad de espíritu a que tiene derecho.
Luciana respondió a la presión de mi mano:
--Eso es; esperemos con paciencia el momento favorable para realizar
nuestros proyectos.
--¿No retira usted nada de lo que me ha prometido?
--No, por cierto; guardemos nuestras queridas esperanzas y tengámoslas
secretas, ¿verdad?
Hubiera yo deseado hacer mis confidencias al Cielo y a la tierra, pero
Luciana me hizo observar que la situación de una novia a largo plazo y
sin época determinada era embarazosa y algo ridícula.
Consentí, pues, en guardar para mí solo la felicidad que me tenía y me
tiene aún deslumbrado, y hasta he concebido por ello cierto nuevo grado
de consideración para mí mismo. Hay, además, dulces e incomparables
delicias en el misterio de este amor velado a las miradas profanas y que
es para nosotros un cielo de goces.
Aquí tienes, amigo mío, toda mi novela, perfectamente legítima y
honrosa. Nada hay en las de Grevillois que huela a aventuras, y como
Luciana es la belleza misma, seré con ella el más feliz de los hombres.
Perdóname que no te haya contado desde el principio todos los detalles,
pero me lo impedía mi promesa de discreción absoluta. Con un hermano,
sin embargo, se puede hacer una excepción, y no quiero que imagines
alguna aventura dudosa emprendida a la ligera. Pero no nos vendas. Y,
sobre todo, no vayas a figurarte que estoy enamorado de Elena. Si
supieras cómo se borra hasta desaparecer la pobre chica cuando la
comparo con Luciana... He tenido una prueba muy clara al volver de
Bretaña. Fui a ver a esas señoras, y en cuanto se presentó mi hermosa
prometida, sentí una impresión de luz como el que sale en pleno día de
una cueva, o de un lugar de tinieblas.
La pobre Elena, enfermiza e infeliz, me causó una especie de
enternecimiento al que contribuyeron el aparato fúnebre y la decoración
mística que rodeaban su juventud.
Pero en el entresuelo de la calle de Tournon el prestigio poético se
atenúa y se descolora y veo a esta joven tal como es: una criaturita
inofensiva y graciosa, que sería acaso linda si fuese feliz, pero que
tiene las facciones envueltas en un velo de melancolía y de temor que
empañan su brillo.
Máximo de Cosmes a su hermano.