He corrido una porción de conventos. Nunca había visto tantas monjas,
mujeres amables, en resumidas cuentas, con una dignidad sencilla y una
urbanidad púdica que tienen gran encanto.
Después de muchas comparaciones y reflexiones, creo que vamos a
decidirnos a meterla en la Casa de Sión, que es la que parece más
propia para ella. Los estudios no son allí malos y la admisión de
pensionistas se hace con menos pretensiones aristocráticas que en el
Sagrado Corazón, por ejemplo.
Elena, por otra parte, está delicada desde ayer, y el médico ha
aconsejado que se le haga guardar cama. Es, sin duda, la consecuencia
del cambio de aire y de vida.
Su existencia no es alegre, siempre sola con Polidora... y el diablo
sabe qué es lo que Polidora podrá decirle en aquel cuarto lóbrego de un
entresuelo, cuya ventana da a un patio, rodeado por todas partes de
casas de cinco pisos.
He propuesto que se le haga pasear por París, antes de enjaularla entre
las rejas de Sión; pero hay que esperar que esté vestida decentemente y
libertada para siempre de aquellas galas enmohecidas en un armario, y
que llevaba, sin duda, la señorita de Boivic hace treinta años.
Máximo de Cosmes a su hermano.