...¿Quieres saber lo que ha sido de mi amiguita Elena Lacante?...
Celebro haber logrado interesarte por esta niña singular; una florecilla
silvestre trasplantada de aquella landa bretona, que cubre con su gran
sombra el alto campanario calado, a este hormiguero parisiense, agitado,
turbulento, escéptico, burlón y malsano, en el que los intereses, los
placeres, los teatros, los museos, todas las invenciones de la ciencia y
de la civilización, dejan tan poco espacio al recogimiento de las almas
pensativas. La florecilla silvestre por poco se muere aquí de asfixia
física y moral.
Nuestro viaje fue bueno y velé por ella con cuidados de nodriza. Reíame
para mis adentros y, sin embargo, me sentía asaltado por mil temores
quiméricos. Me parecía que aquella joven cabeza, confiada a mi guarda,
estaba amenazada de inauditas catástrofes y que el tren, que corría con
su velocidad monótona y prevista, iba a conducirnos a los abismos.
Comprendí entonces y excusé las más locas alarmas de ciertas madres, que
me habían exasperado en otro tiempo. El proteger a un ser débil,
desarmado, ignorante del peligro y que se fía de nosotros, es misión de
una terrorífica dulzura. En aquella noche de viaje comprendí los
transportes y las angustias del amor, todo ternura y todo temor; lo
comprendí viendo dormir a aquella niña casi desconocida de la que una
ironía de la suerte me hacía en aquel momento único protector. Estaba
triste, después de los primeros asombros del viaje, y, al oírla suspirar
debajo de su gran velo echado y murmurar palabras ahogadas que parecían
quejas o plegarias, la compadecía con todo mi corazón. Hubiera querido
mecerla en mis rodillas y consolarla con palabras acariciadoras como a
un niño a quien se duerme para que no sufra. Es tanta la ignorancia de
la vida y tan cándida su timidez, que daría gana de permitirse con ella
una familiaridad de hermano mayor, sin sus ojos, aquellos ojazos de
profunda gravedad, superior a sus años, que desconciertan e infunden
respeto. En el fondo de aquellos ojos de larga mirada se ve vivir un
alma, una razón ya firme y ejercitada en velar sobre sí misma; una
inteligencia que reflexiona y observa, un corazón ya dispuesto para la
ternura y el sufrimiento inocente, silencioso y solitario. Puedes, pues,
suponer que no la senté en mis rodillas y que la dejé suspirar a sus
anchas hasta que el cansancio le hizo dormirse. Sólo entonces, y con mil
precauciones para no despertarla, extendí sobre ella mi manta de viaje,
pues la noche estaba fresca.
Un señor de edad y su mujer, que viajaban con nosotros, se interesaban
mucho por la juventud de Elena, por su tristeza y por su luto riguroso.
Una vez les oí murmurar en voz baja:
--Debe ser la viuda de algún marino.
--Es demasiado joven. Más bien será una huérfana con su hermano.
--No, porque él no está de luto.
--Entonces será su novio.
Aquellas suposiciones me hacían gracia. Aquellos señores bajaron en
Versalles y Elena y yo nos quedamos solos hasta París. Iba despierta, y
como observé que me miraba de reojo a través de su velo, le dirigí
algunas palabras animadas con una sonrisa.
--Sí, he dormido--me respondió,--y usted ha debido de pasar frío. Es
usted demasiado bueno para mí.
--¿Por qué demasiado? ¿No quiere usted que seamos amigos?
--¡Soy tan poca cosa!
--No es esa la opinión de todo el mundo. ¿Sabe usted lo que pensaban
esos señores que han viajado con nosotros esta noche? Que era usted una
viuda o mi novia.
Elena se echó a reír y, por primera vez, oí su risa franca y joven, que
me la reveló como capaz de alegría y de divertirse un poco.
--¡Viuda! ¡Novia!... ¿Tengo un aspecto tan majestuoso?
--¿No le gustaría a usted estar ya prometida?
--¡Oh! no--exclamó;--sería ridículo.
Y añadió con un candor deplorable:
--Mejor podría usted ser mi padre, ¿verdad?
--No lo veo así enteramente, Elena. ¿Qué edad cree usted que tengo?
--No sé...
Y añadió vacilando:
--¿Es muy viejo mi padre?
--Tiene sesenta y dos años...
--- ¡Oh! ¡Tanto como eso!
--Y yo tengo veintinueve.
--¡Ah!
--Confiese usted que me encuentra muy viejo.
--No, muy joven.
Creo que esta muchacha no encuentra gran diferencia entre mis
veintinueve años y los sesenta y dos de Lacante... ¡Es tan grande la
distancia entre ella y yo! Esta muchacha me ha puesto en la categoría de
los característicos de teatro. Creer que apenas se ha empezado a vivir y
echar de ver que para los demás se ha pasado ya de la juventud, es un
descubrimiento que le pone a uno melancólico.
Elena miraba pasar por la ventanilla las estaciones y los pueblos con
una emoción que parecía sufrimiento.
--¿Llegamos pronto a París?--preguntaba ansiosa.
--Todavía no; yo la advertiré a usted.
--¡Ahí está París!--exclamó al ver la inmensa extensión de casas y
monumentos que surgía en el horizonte.
Y se puso muy pálida.
En la estación tomé un coche con mi compañera, que temblaba hasta el
punto de tener que sostenerla. Y, con voz ahogada, me preguntaba cada
dos pasos:
--¿Es aquí?
Ni siquiera observaba el ruido de las calles, el cruzamiento de coches,
ni la agitación de la multitud, absorbida por la idea de su padre, al
que no conocía.
En la calle de Tournon la ayudé a apearse y a subir el único tramo que
conduce a casa de Lacante.
Nuestro amigo es un madrugador, como sabes, y estaba ya levantado e
instalado en su mesa de escribir.
La señora Polidora, digna y tiesa, nos introdujo, y al ver el
extravagante traje de Elena, colgada de mi brazo, murmuró entre dientes
con impertinencia:
--¡Dios mío! ¿Qué es esto?
No fue mejor la impresión que hizo a Lacante la vista de Elena, que
estaba de pie delante de mí, cortada y confusa, esperando una palabra
de bienvenida mientras la examinaban los penetrantes ojillos de aquel
buen señor gordo y calvo, cuyos labios sinuosos se torcían en una risita
nerviosa.
--Es Elena--le dije presentándosela.
Lacante le ofreció la mano.
--Acércate, hija mía, acércate... Yo no puedo salir a recibirte.
Tenía la pierna extendida y el pie rodeado de franela.
--...Pero mi corazón va a tu encuentro; sí, mi corazón va a tu
encuentro.
Lacante dijo esto dos veces, como para convencerse bien a sí mismo.
La muchacha se arrodilló al lado de su butaca y le besó la mano, en la
que cayeron unas lágrimas.
--¿Qué tiene? ¿Qué es lo que tiene?--me preguntó Lacante agitado.
--Un poco de cansancio y mucha emoción.
--Sí, sí... ciertamente... cansancio, emoción... Es muy natural...
¡Pobre niña! Eso pasará cuando nos hayamos conocido mejor.
Le dio unos golpecitos en el hombro y mandó a la señora Polidora que la
llevase al cuarto que le había hecho preparar y que es la pieza contigua
al despacho, atestada de libros, entre los cuales se ha logrado
introducir una camita de campaña y un lavabo.
A todo esto, me estaba yo ocupando de hacer entrar los equipajes, que
acababan de llegar. Cuando volví al cuarto de Lacante me le encontré
hundido en su sillón, con las cejas fruncidas y aspecto de preocupación.
--Es un paquete, mi querido amigo, un verdadero paquete--me dijo
moviendo la cabeza con aire consternado.
Protesté diciéndole que Elena era encantadora y que la había visto mal.
--¿Cómo había de verla debajo de aquellos trapos grotescos y a través de
sus lágrimas? Detesto a las mujeres que lloran.
--Elena no está siempre llorando, y hasta tiene una risa fresca como un
manantial de agua pura. Si yo tuviera una hija desearía que fuera como
ella.
--Y devota, ¿no es verdad?
--Eso sí, lo es bastante...
--¡Vamos allá! Todo eso está muy bien, muy bien. Era lo que hacía falta
en mi casa.
Hablaba con seca ironía, dando golpecitos impacientes con las manos en
los brazos del sillón.
Yo le respondí con algo de aspereza:
--No hay que hacerle reproches; ha sido educada así.
--Sí, sin duda... sin duda... La Boivic la ha educado a su imagen; pero
lo malo es que ha muerto a la mitad de su obra... En fin, a lo hecho,
pecho. Después de todo esas mojigaterías no duran. No hay como París
para limar lo que hay de sobra de ese género en un cerebro joven.
--Pero si tiene usted la intención de meterla en un convento...
--Hasta en el convento, amigo mío... El aire ambiente penetra por las
rejas y por los claustros. Dentro de un año se quedará usted asombrado
del camino que habrá hecho... y acaso llegue usted hasta a asustarse...
Lacante se dirigía a mí como para prevenir mis objeciones. Palabra de
honor; cree que me voy a casar con su hija... ¿Y Luciana, entonces, mi
Luciana adorada, que no es devota, sino que tiene una alma alta y
generosa y una inteligencia hermana de la mía?
Mi amigo me ha hecho quedarme a almorzar, y mientras tanto hemos hablado
de Elena. Me ha rogado que me informe de diversas casas religiosas, y
después me ha dictado unas cuantas esquelas advirtiendo a nuestros
amigos que no fuesen aquella noche, que era, como jueves, la de su
recepción, con el pretexto de que le atormentaba la gota. La verdad era
que le embarazaba la presencia de Elena en aquella casa tan pequeña,
cuyas cuatro piezas están siempre abiertas. Veo que quisiera retardar la
divulgación de aquella parte secreta de su vida, de aquel matrimonio no
confesado, y acaso inconfesable, contraído según creo con una mujer de
condición inferior, y del nacimiento de aquella hija, a la que había
pensado establecer en Bretaña. Ahora va a tratar de confinarla en un
convento hasta que se case, si es que no toma allí el velo. Por muy
escéptico que sea, estoy seguro de que aceptaría con gusto esa solución,
la más cómoda y la más secreta de todas.
Sirviéronnos el almuerzo en una mesita volante, al lado del sillón del
enfermo, y aquello pareció una comidita de niños.
Elena entró, libre ya de su horrible casco y muy linda, a pesar de su
timidez, con aquel puro perfil virginal entre los pesados rizos de
cabello castaño obscuro.
Su padre se puso contento al verla así, y varias veces me hizo guiños de
satisfacción.
Pero hete aquí que, al sentarse a la mesa, la muchacha se santigua con
gravedad y recogimiento. La señora Polidora se echa a reír encogiéndose
de hombros. Lacante sonríe, mira a Elena con curiosidad y, poniendo los
dedos sobre la mano de su hija, le dice:
--Veo, hija mía, que eres piadosa y te felicito por ello; la piedad es
una fuente de goces íntimos para los que la poseen... Aquí, en París, no
se usa el hacer a cada paso manifestaciones de religión. Hay iglesias, a
las que se va a rezar públicamente, y cada cual tiene su conciencia, que
es una especie de capilla privada en la que se puede adorar a Dios «en
espíritu y en verdad,» como dice la Sagrada Escritura, sin poner a nadie
en la confidencia. No hagas más señales exteriores de fe y conténtate
con llamar en secreto la bendición de Dios sobre tus actos del día.
¿Comprendes?
La muchacha se puso encarnada y escuchó inmóvil, con los ojos bajos,
pero respondió sin vacilar y con voz firme:
--Sí, papá.
Al siguiente día otro incidente.
Era viernes, y Elena no comía. Interrogada por su padre, respondió que
tenía costumbre de ayunar.
--Pues bien, querida niña--le respondió Lacante,--tienes que perder esa
costumbre y conformarte con las mías, esto es lo justo. La obediencia es
una virtud que hará las veces de la austeridad. Estoy seguro de que no
me darás el disgusto de resistirte.
Elena sonrió y presentó el plato sin decir palabra. Lacante se puso muy
contento por aquella sumisión sin echarlas de víctima ni sombra de
enfado. Cuando llegué, lo encontré radiante.
--Es buena muchacha la tal Elenita, querido. Nada gazmoña ni rebelde.
Y me contó el episodio del día.
--¡Cuando yo decía que es una joven deliciosa!--exclamé.
Lacante arrugó la nariz y movió maliciosamente la cabeza.
--Sí, sí--dijo,--deliciosa y dócil... Se ha comido animosamente su
chuleta... pero... no ha tomado postre. ¿Qué dice usted de esto?... No
he querido contrariarla y he hecho como que no lo observaba... Pero lo
he visto y comprendido perfectamente.
--Ha sido un medio ingenioso--dije--de conciliar la obediencia con el
precepto de la mortificación cristiana.
--Sin duda, amigo mío. Así nos las devuelve la Iglesia cuando ha sido su
nodriza: de una dulzura flexible en la superficie, pero firmes en el
fondo... ¿Firmes?... Esto es lo que habría que ver después de
todo--añadió con expresión pensativa.
--¿Qué importa que quede el fondo, siempre que no haya al exterior ni
mal humor ni exigencias? Bueno es, por el contrario, que las muchachas
tengan principios; así es más probable que sean mujeres honradas.
Lacante estaba reflexionando.
--Sería interesante saber--dijo como hablando consigo mismo,--quién
podría más, si las influencias hereditarias y atávicas o las que se
ejercen en la más tierna edad por una mente extraña. Sería curioso. No
puedo yo jactarme de haberle infundido el germen de todas las virtudes,
y en cuanto a su madre, pobre criatura muy mal educada por unos padres
que no le dieron más que golpes y malos ejemplos, no sé qué pudo
transmitirle de bueno, fuera de la belleza... Esa niña tiene, sin
embargo, una expresión de rectitud y de inocencia que debe de proceder
de la educación que ha recibido...
--No sé por qué, querido maestro, se rehusa usted a sí mismo la
satisfacción de haber transmitido a su hija, con la vida, las cualidades
que hacen de usted un hombre honrado. En el maravilloso alambique de la
Naturaleza, las cualidades especiales de nuestro sexo se transforman en
las que convienen a la mujer. El sentimiento que nosotros tenemos del
honor, por ejemplo, es en ellas el pudor y la fidelidad a la fe jurada.
--Puede ser, amigo mío, puede ser... Pero esa transformación gana,
acaso, cuando es fortificada por lo que llamamos las antiguas
supersticiones, muy bien apropiadas, en suma, para la imaginación viva y
sensible de las mujeres. Para los que creen en ella con sinceridad, la
religión debe de ser punto de apoyo sólido en la lucha contra las
pasiones. Falta saber si el contraveneno sería suficiente para una
naturaleza combatida por instintos más o menos desordenados y, lo
repito, el experimento sería interesante.
--Si no se tratara de su hija de usted. Supongo que no tendrá usted la
intención de experimentar...
Lacante tomó una expresión de cólera.
--¿Quién habla de eso?--exclamó golpeando en la mesa con la regla.--¿He
dicho yo semejante cosa?... Mi hija irá al convento, que es el sitio más
propio para mantenerla en las ideas que se le han inculcado... Y no seré
yo el que trate... No diga usted tonterías, amigo.
Gruñó todavía un rato, y después, volviéndose hacia Polidora, que entró
a darle unos periódicos, la interpeló en tono de buen humor:
--Y bien, Polidora, ¿qué dice usted de mi hija?
La mujer se regodeó con aire de suficiencia y dijo no sin desdén:
--Es una joven sencilla y sin malicia, seguramente... Pero no sabe
llevar un vestido ni servirse de sus ojos...
--¡Alto ahí, Polidora! Agradeceré a usted mucho que no la enseñe esas
artes de adorno... No necesita saber más, hasta nueva orden... ¿Entiende
usted?
--Perfectamente, señor, y basta... Si el señor encuentra bien así a la
señorita... Lo que yo decía era por su bien. Me pondré guantes para
hablarla, si eso agrada al señor.
--Sí; me agrada, Polidora; y como usted es inteligente, quedo tranquilo.
Máximo a su hermano.