Continuación de mi aventura. Estoy hace tres días en Quimper y no sé
todavía cuándo podré marcharme.
He atravesado la Bretaña de un tirón y me gusta su aspecto áspero y
recogido. Algún día volveré para conocerla más íntimamente.
Llegué a Quimper anteayer, a la caída de la tarde, y después de haberme
hecho llevar al mejor hotel de la ciudad, lo que no quiere decir que sea
bueno, me he dirigido a la casa de la señorita de Boivic, un edificio
situado en las cercanías de la Catedral y de aspecto austero y triste,
que hace menos sorprendente el encontrar en ella muertos que vivos, una
criada en traje rústico y cofia bretona me introdujo en un vasto salón
herméticamente cerrado y débilmente alumbrado. Allí me esperaba la dueña
de la casa en su ataúd clavado y entre cuatro cirios. Cerca de ella
había una religiosa pasando las cuentas de un rosario. La religiosa me
entregó una rama de boj mojada en agua bendita, y yo sacudí gravemente
unas cuantas gotas, en señal de bienvenida, sobre el ataúd forrado de
lana blanca.
Un desagradable olor de moho, mezclado con el de la cera quemada, se me
agarró a la garganta, mientras la luz de los cuatro cirios temblaba en
la vasta obscuridad como al soplo de invisibles fantasmas.
No sé qué fúnebre impresión se apoderó de mí... Y como, por otra parte,
no tenía nada que decir a la muerta, me apresuré a marcharme.
Era muy tarde para ir a casa del notario y me fui a dar un paseo
solitario por la ciudad, que no es muy grande. Atraviésala un riachuelo
encajonado entre dos muelles de granito, por los que me paseé un buen
rato, y, para terminar con las curiosidades de la localidad, entré en la
Catedral, cuyo ábside, por un capricho del arquitecto, según dicen, está
un poco inclinado a la derecha. La piedad de la gente del país quiere
ver en esto la imagen de la cabeza inclinada de Cristo agonizante.
Estamos aquí en el país de las leyendas y de las candideces místicas.
Era ya tarde y la iglesia estaba obscura. La lámpara del santuario hacía
más sensibles las tinieblas en que se perdía su vacilante claridad. A la
puerta de la sacristía, un farolillo encendido proyectaba vagos
resplandores en una de las naves. El resto del edificio estaba sumido en
la obscuridad, y apenas caía de las altas vidrieras la claridad
suficiente para impedirme tropezar en los anchos pilares. Encontraba yo
una especie de voluptuosidad severa en errar por aquel gran santuario
vacío, repleto de los llantos, de los gemidos y de las plegarias de las
generaciones muertas, y allí me estaba apoyado en un pilar, con los ojos
vagos y la mente más vaga todavía, saboreando impresiones de una poética
melancolía, cuando un rayo de luna, surgiendo de uno de los rosetones
del crucero, atravesó el espesor de las tinieblas y trazó en ellas un
surco de luz pálida y temblorosa que hizo aparecer la sublime altura de
la bóveda y destacarse las esbeltas columnas de pesados capiteles
esculpidos... Fue un efecto de incomparable belleza.
Pero creí ser juguete de una aparición fantástica cuando, al bajar los
ojos, vi destacarse sobre la obscuridad, iluminado por el rayo de luna,
un perfil puro y divino; así me lo pareció al menos en aquella
fosforescente claridad, una cara inmóvil hasta el punto de hacerme dudar
si era la estatua de alguna tumba: tan obstinadamente fijos en lo alto
estaban sus ojos, como absortos en ardiente contemplación.
No me atrevía a moverme por miedo de que se desvaneciese la aparición,
pero un ruido de llaves, del lado de la sacristía, deshizo el encanto.
En un instante, la figura desapareció, tan de prisa, que no pude
percibir ninguno de sus movimientos. Pareció que las tinieblas se habían
abierto y vuéltose a cerrar detrás de ella.
Me apresuré a salir al pórtico para verla; pero se me había adelantado y
por la calle, mal alumbrada, vi una figura negra e indistinta que
parecía correr, hasta tal punto era rápida su marcha. La seguí, y, sin
gran sorpresa, pues un presentimiento me lo había advertido, la vi
entrar en casa de la señorita de Boivic.
Era la hija de Lacante, a la que acababa de sorprender en sus devociones
de la tarde.
Como estaba muy cansado, me fui al hotel y tuve exquisitos sueños de una
pureza de arcángel, hasta el punto de hacerme sentir el tener que
levantarme de mi mala cama de posada cuando por la mañana tuve que
hacerlo para asistir al entierro. Sabía que el notario había llenado
todas las formalidades y que mi papel en la ceremonia consistía en ir a
la cabeza del cortejo y en dar las gracias a los asistentes en nombre de
la familia.
Me vestí, pues, de negro, como lo requerían las circunstancias y me fui
a la casa mortuoria en unas disposiciones muy poco fúnebres, mal que
pesara a la pobre solterona. Convendrás en que no estaba yo obligado a
un duelo muy profundo. Todo mi cuidado consistía en desempeñar
dignamente un papel nuevo para mí y en no escandalizar a aquella buena
gente de Quimper con alguna involuntaria irreverencia.
También tenía, como comprenderás, una viva curiosidad por ver de cerca y
a buena luz a mi fugitiva aparición de la Catedral.
La mañana estaba hermosa y serena. Los pájaros revoloteaban con alegres
gorjeos y, detrás de una tapia orlada de yedra, oíanse voces de niños
que reían y disputaban entre confusos pataleos y llamadas guerreras. Las
mujeres pasaban con su cesto de provisiones al brazo. Un carpintero,
delante de su banco, cepillaba unas tablas, cuyas olorosas virutas se
rizaban alrededor. En la esquina de la calle unos albañiles estaban
aserrando piedras con estridente ruido. Todo vivía y se agitaba en sus
necesidades o sus placeres acostumbrados como si la señorita de Boivic
no estuviese, allí cerca, clavada entre cuatro tablas bajo el inmaculado
sudario de las vírgenes.
Las campanas de la Catedral doblaban pesadamente con ecos plañideros y
entrecortados de silencios, como suspiros de agonía. Pero sólo las
campanas lloraban en aquella mañana llena de sol y vida. Escuchábalas yo
sin emoción alguna y me daban ganas de decirles: «Sí, sí; ha muerto...
Todo muere, y ha hecho como los demás, lo más tarde que ha podido, la
venerable dama. Pero no es esta una razón para lamentarnos y perder el
tiempo de ser felices. Cada cual a su vez; la nuestra es de vivir.»
Sin embargo, cuando pasé el umbral de aquel gran salón herméticamente
cerrado, en el que ardían los cirios hacía dos días, y respiré el olor
frío de las altas vigas saturadas de vejez, sentí un malestar de
tristeza y como repugnancia por una vida que conduce a la infalible
muerte.
Empezaron a llegar amigos y parientes que yo no conocía y a quienes
expliqué la ausencia de Lacante. Pero, a todo esto, no veía a la hija, y
salí a informarme de lo que había sido de ella.
--¿Pregunta usted por la señorita Elena?... No sé si podrá bajar. ¡Ha
llorado tanto, la pobre!... Casi tiene fiebre.
--¡Pobre joven! ¿Quería mucho a su tía?
--Ya ve usted... No tenía a nadie más que a ella para querer... puesto
que a su padre no lo conoce y su madre y su abuela han muerto.
--Estoy encargado de llevar a la señorita Elena al lado de su
padre--dije prontamente para destruir en el ánimo de aquella mujer la
mala idea que tenía de Lacante.
--Sí, eso la consolará acaso, si su padre es un poco bueno para ella.
¡No ha sido muy mimada, la infeliz!
La llegada de nuevos invitados me obligó a volver al salón.
En seguida llegaron los sepultureros.
Cuando el convoy iba a ponerse en marcha, vi aparecer por una puerta
lateral, entre un rumor de sollozos, a la hija de Lacante, con un
inmenso sombrero de crespón y un denso velo que la aplastaba y le hacía
parecer tan pequeña como si tuviese apenas doce años.
Escapándose de entre las manos de una criada que se esforzaba por
retenerla, se echó de rodillas al lado del ataúd y lo estrechó en sus
brazos en un movimiento apasionado, como si la muerta pudiera sentir
todavía su presión, y ocultó la llorosa cara entre los pliegues del paño
mortuorio.
Su rasgo fue tan espontáneo, su dolor tan verdadero, tan profundo su
olvido de todo lo que la rodeaba, que mi corazón se oprimió de dolor y
los ojos de algunos se llenaron de lágrimas.
La criada y los amigos se esforzaban por levantarla y llevársela; pero
ella se agarraba al ataúd con sus manitas crispadas, y el tiempo urgía.
Me aproximé, y en el tono más dulce y compasivo que me fue posible, pero
con firmeza, le rogué que no interrumpiera la ceremonia, por respeto
hacia aquella a quien lloraba.
Al sonido extraño de mi voz levantó la cabeza, y, a través del espeso
velo negro húmedo y arrugado, vi una cara hinchada y enrojecida por las
lágrimas, indescriptible de puro descompuesta, y dos grandes ojos negros
que parecían preguntarme: «¿Quién es usted?... ¿Cómo se atreve?...»
--En nombre de su padre, ruego a usted que domine su dolor.
La joven bajó la cabeza, se levantó lentamente y, apoyada en el brazo de
una señora que parecía de su intimidad, siguió el cortejo y asistió con
valor a toda la ceremonia, hasta la inhumación en el panteón de familia.
No la volví a ver. Me dijeron que estaba enferma y que había tenido que
acostarse.
He recibido cita, para la apertura del testamento, del notario y de las
personas designadas por la muerta como ejecutores testamentarios. La
reunión se verificará mañana.
Máximo de Cosmes a su hermano.
Excepto unas mandas a los pobres, a ciertas obras de beneficencia y a
los criados, la señorita de Boivic deja toda su fortuna, unos cuarenta
mil pesos, a su sobrina Elena Lacante.
Así, pues, todo está bien. Nada de discusiones ni pleitos. Por esta vez
no utilizaré los retazos de conocimientos variados que he sacado de los
manuales de Derecho.
El testamento ha sido leído por el notario en presencia de Elena, como
ayer velada y encapuchada con su gran sombrero y tan menuda y pequeñita
con sus ropas de viuda, que inspiraba profunda piedad.
Pero no queda nada de la ideal aparición de la primera tarde en la
Catedral bajo el fantástico rayo de luna. Su figura no es ya la de una
santa o una madona poética y extasiada. No hay delante de mí más que una
pobre niña temerosa, desolada y casi agreste. Me evita cuanto puede,
huye en cuanto me ve y retarda todo lo posible la conversación que le he
pedido. Preciso es que convenga con ella lo concerniente a su partida.
No puedo estarme eternamente en Quimper, y he hecho rogar a Elena que me
reciba en seguida; a las cuatro.
El mismo día a las siete de la tarde.
Por fin la he visto de cerca.
Me estaba esperando en el gran salón en que ayer reposaba su tía. Se
habían quitado las colgaduras fúnebres y abierto de par en par las
ventanas, pero aquel salón conservaba, sin embargo, un aspecto
singularmente glacial y solemne, con sus ensambladuras sucias y
desnudas, sus sillas y butacas metódicamente alineadas junto a las
paredes y su mesa redonda con tabla de mármol, que, en el vacío de la
vasta pieza, parecía un velador de niño, olvidado allí por descuido.
En el extremo del salón y acurrucada en un gran sillón de terciopelo de
Utrecht de un amarillo ajado, estaba Elena Lacante.
Esperó para levantarse a que estuviese yo muy cerca de ella, y se estuvo
tiesa delante de mí, sin ofrecerme la mano y mirándome furtivamente a
través de las largas pestañas negras de sus párpados medio cerrados.
La saludé con mi expresión más amable y le pregunté si estaba muy
cansada por las emociones que había sufrido.
--¿Cansada?... No, no lo estoy... Soy muy desgraciada.
Acentuó estas palabras con voz baja y apasionada y labios temblorosos.
Sus manos, finas y un poco flacas, que la joven frotaba una con otra en
un ademán de cortedad infantil, temblaban también. Y a las pocas
palabras de simpatía que le dirigí, respondió con la misma voz sorda y
ahogada.
--Todo lo he perdido... No tengo ya a nadie.
--¿No le queda a usted su padre?
Levantó los párpados y, olvidando su timidez, me miró de frente.
--Mi padre... ¿Está enfermo, no es verdad?
¡Qué ojos! Unos ojos gris claro, inmensos, cándidos y dulces, con
reflejos cambiantes a la espesa sombra de unas pestañas muy negras... Es
encantadora, amigo mío, esta hija de Lacante. ¿Cómo diablos se las habrá
compuesto para dotar al mundo de esa flor de poesía? Preciso es que la
madre haya puesto mucho de su parte, porque la verdad es que no
encuentro en esta muchacha nada que le recuerde con su cabezota redonda,
sus ojillos chispeantes, sus delgados labios contraídos por maliciosa
sonrisa y su ancha y corta barbilla. Elena no es alta, muy menudita, con
ademanes tímidos de pájaro dispuesto a volar. Su cara es ovalada, con
espesos rizos separados como los de la Virgen sobre una frente muy
blanca. Estaba pálida, acaso de emoción y de fatiga.
--No esté usted de pie--le dije,--y permítame sentarme a su lado.
Tenemos que hablar.
La muchacha se dejó deslizar entre los almohadones del sillón, que casi
la ocultaban, y me senté a su lado. Le expliqué que el estado de su
padre no tenía nada de alarmante, puesto que sus crisis dolorosas le
privaban de movimiento sin poner en peligro su vida. Añadí que tenía el
encargo de llevarla a su lado y que debía preparar su viaje lo más
pronto que le fuese posible.
La joven me escuchaba inmóvil, sin responder ni manifestar aprobación o
disgusto.
--¿Le causa a usted pena lo que le digo?--pregunté por fin.
La muchacha hizo un gesto de incertidumbre y murmuró en voz baja y
quebrantada que era mucho su dolor para que nada le produjera placer ni
pena.
--Pero... su padre de usted... ¿No está usted contenta porque va a su
lado?
Elena tardó en responder:
--No lo conozco... y él no me quiere.
--¿Quién le ha dicho a usted eso?--exclamé vivamente.
--Lo sé... no me ha querido nunca; ¿no es verdad?
A mi vez tardé en responder.
¿Qué podía decirle de aquel padre que no había tratado de verla en doce
años? Protesté, sin embargo, lo mejor que pude.
--Juro a usted que, al saber la muerte de la señorita de Boivic, la
mayor preocupación de su padre de usted ha sido el no poder hacerla
feliz.
La joven me miraba ardientemente y sus labios se estremecieron; pero no
dijo nada.
--¿No me cree usted?--añadí con insistencia.
Elena hizo con la cabeza un gesto indeciso y triste.
--¿Será posible--exclamé,--que alguien haya cometido la imprudente
crueldad de hablar a usted mal de su padre? ¿Qué se han atrevido a decir
a usted?
--Nada... pero me han enseñado a temerlo. Cuando no era buena, me
amenazaban con enviarme a su lado.
--¿Quién? ¿La señorita de Boivic?
--Sí... y también Marivette.
Convertido Lacante en el coco, ¿con qué alegría debe considerar esta
niña la perspectiva de ir a vivir con él?
--Le han dado a usted de él una idea muy falsa...
Traté de hacerle comprender la vida de estudio y de trabajo que hace
Lacante, sus relaciones con escritores y sabios, su casa sin mujer y lo
difícil que le hubiera sido tener a su lado y educar a una niña. Le
pinté además sus ataques de gota que le entregan a los cuidados
mercenarios de una criada.
La muchacha se conmovió.
--Yo sería de buena gana su sirviente--exclamó con pasión.--Lo cuidaré
si quiere... y le querré si me lo permite...
Creo que posee un alma ardiente y tierna.
Al preguntarle qué sentía más dejar en Quimper, me respondió:
--¡Todo! ¡Todo!
Y rompió a llorar con la cara entre las manos.
--No hay una piedra de este país, ni una flor, ni una mata, ni una cara
a que no esté unido mi corazón.
Y siguió sollozando mucho tiempo.
Su niñez, sin embargo, no ha sido muy dichosa. Su antigua criada,
Marivette, me ha contado que la Boivic era muy seca y hasta dura para su
sobrina, que nunca ha conocido caricias ni indulgencia. La muchacha, sin
embargo, tiene tan buen corazón, que siente a su tía como si nunca
hubiera tenido que sufrir su mal humor.
Nos vamos dentro de dos días.
Había yo pensado llevarme a Marivette como doncella de Elena, pero
parece que no puede ser. Esta mujer está casada y tiene hijos. Su marido
y ella quedan encargados, hasta nueva orden, de guardar la casa.
Y yo me llevo a Elena bajo mi única responsabilidad. ¿No encuentras que
esto parece un rapto?
Tengo hecha la maleta, pagada mi cuenta en la fonda y espero, no sin
impaciencia, el momento de reunirme con mi compañera de viaje. Estoy
harto de Quimper, cuyas bellezas he saboreado hasta la saciedad, y tengo
prisa por recobrar mi cuarto, mi trabajo, mis libros y a la que quiero
más que todo, a la elegida de mi corazón.
Esta mañana, después de una entrevista con el notario a quien he
encargado que arregle todos estos asuntos, paseaba yo mis ocios por las
calles próximas a la Catedral, cuando vi a Elena, a la que conocí
fácilmente por su ridículo traje, compuesto de trapos viejos de su tía,
exhumados de un armario, y que la muchacha lleva con estoica
indiferencia. La seguí, riéndome a pesar mío del extraño aspecto que la
daban aquel chal tan largo que arrastraba por el suelo y el enorme
sombrero de calesín, en el que desaparecía su delicada carita. La pobre
muchacha resultaba irresistiblemente cómica.
Entré detrás de ella en la iglesia, con cuidado para que no me viera.
Empezaba una misa en el altar de la Virgen, y Elena la oyó con un
recogimiento inaudito, sin levantar los ojos hasta el momento en que se
aproximó a comulgar. No puedes figurarte, amigo mío, el celestial candor
de aquella cara extasiada y transfigurada. Veíala de perfil; el horrible
sombrero y todas las grotescas fealdades habían desaparecido. No veía
más que la aparición del primer día y su puro y radiante perfil. Lejos
de ser un místico, soy un descreído... Pues bien, amigo mío; por un
momento, deploré no tener la sencillez y la fe de aquella niña para
conocer la sagrada embriaguez cuyo reflejo veía en aquella frente pura.
Como en un relámpago, sentí el roce de lo divino, como en uno de esos
golpes de sorpresa que ponen en conmoción nuestro sistema nervioso y le
levantan un instante, para caer después, más que nunca, en la seca
realidad.
Acabada la misa, vuelto el sacerdote a la sacristía, apagados los cirios
y dispersos los asistentes, Elena se levantó y dio la vuelta a la
iglesia deteniéndose en cada altar pare una oración o una reverencia.
Hasta la vi enviar piadosos besos a sus santos favoritos. Llegada a la
puerta, mojó los dedos en la pila de agua bendita, y como si no pudiera
resolverse a un adiós definitivo, volvió a arrodillarse en la nave para
rezar de nuevo. Por fin, dejó aquel sombrío santuario, patria de su
alma, y cuando la vi marcharse sola con aquella gran pena en su juvenil
corazón, tan pequeña, tan débil, no tenía ya gana de reírme de su traje.
¡Pobre niña! Sea la que quiera la buena voluntad de Lacante, temo que no
tenga para ella entrañas de padre. Es un estorbo en su existencia, una
carga de la que se ha librado todo el tiempo que ha podido y que le va a
resultar incómoda hasta lo ridículo. Imagina el efecto de esa hija que
le cae de improviso como una revelación que va a divertir, y casi a
escandalizar, a sus respetables colegas de la Academia... ¿Cómo va a
salir de la aventura? Es verdad que existe el convento... hasta que se
case, dice él... ¿Quién sabe? Quizá hasta la muerte... Si la mete allí,
allí se quedará.
Máximo a su hermano.