nosotros, porque, como ves, su figura es bella, y hay en su mirada un
misterio de encanto y en su voz una dulzura que llega al corazón y le
conmueve como si contara una historia triste. ¿No es esto bastante para
enamorar a cualquier mujer? No dirás que no te he advertido. Corre y
separa a tu hija de ese hombre, y no la permitas que baile con él ni que
vuelva a escucharle en su vida.
POLICHINELA. ¿Y dices que es tu amo y así le sirves?
CRISPÍN. ¿Lo extrañas? ¿Te olvidas ya de cuando fuiste criado? Yo aun no
pienso asesinarle.
POLICHINELA. Dices bien; un amo es siempre odioso. Y en servirme a mí,
¿qué interés es el tuyo?
CRISPÍN. Llegar a buen puerto, como llegamos tantas veces remando
juntos. Entonces tú me decías alguna vez: Tú que eres fuerte rema por
mí... En esta galera de ahora eres tú más fuerte que yo; rema por mí,
por el fiel amigo de entonces, que la vida es muy pesada galera y yo
llevo remado[70.1] mucho. (_Vase por la segunda derecha._)
ESCENA VIII
EL SEÑOR POLICHINELA, DOÑA SIRENA, la SEÑORA de POLICHINELA, RISELA y
LAURA, que salen por la primera derecha.
LAURA. Sólo doña Sirena sabe ofrecer fiestas semejantes.
RISELA. Y la de esta noche excedió a todas.
SIRENA. La presencia de tan singular caballero fue un nuevo atractivo.
POLICHINELA. ¿Y Silvia? ¿Dónde quedó Silvia? ¿Cómo dejaste a nuestra
hija?
SIRENA. Callad, señor Polichinela, que vuestra hija se halla en
excelente compañía, y en mi casa siempre estará segura.
RISELA. No hubo atenciones más que para ella.
LAURA. Para ella es todo el agrado.
RISELA. Y todos los suspiros.
POLICHINELA. ¿De quién? ¿De ese caballero misterioso? Pues no me
contenta. Y ahora mismo...
SIRENA. ¡Pero señor Polichinela...!
POLICHINELA. ¡Dejadme, dejadme! Yo sé lo que me hago.[71.1] (_Vase por
la primera derecha._)
SIRENA. ¿Qué le ocurre? ¿Qué destemplanza es ésta?
SEÑORA DE POLICHINELA. ¿Veis qué hombre? ¡Capaz será de una grosería con
el caballero! ¡Que ha de casar a su hija con algún mercader u hombre de
baja estofa! ¡Que ha de hacerla desgraciada para toda la vida!
SIRENA. ¡Eso no!..., que sois su madre, y algo ha de valer vuestra
autoridad...
SEÑORA DE POLICHINELA. ¡Ved! Sin duda dijo alguna impertinencia, y el
caballero ya deja la mano de Silvia, y se retira cabizbajo.
LAURA. Y el señor Polichinela parece reprender a vuestra hija...
SIRENA. ¡Vamos, vamos! Que no puede consentirse tanta tiranía.
RISELA. Ahora vemos, señora Polichinela, que con todas vuestras riquezas
no sois menos desgraciada.
SEÑORA DE POLICHINELA. No lo sabéis, que algunas veces llegó hasta
golpearme.
LAURA. ¿Qué decís? ¿Y fuisteis mujer para consentirlo?
SEÑORA DE POLICHINELA. Luego cree componerlo con traerme algún regalo.
SIRENA. ¡Menos mal! Que hay maridos que no lo componen con nada. (_Vanse
todas por la primera derecha._)
ESCENA IX
LEANDRO y CRISPÍN, que salen por la segunda derecha.
CRISPÍN. ¿Qué tristeza, qué abatimiento es ése? ¡Con mayor alegría pensé
hallarte!
LEANDRO. Hasta ahora no me vi perdido; hasta ahora no me importó menos
perderme.[72.1] Huyamos, Crispín; huyamos de esta ciudad antes de que
nadie pueda descubrirnos y vengan a saber lo que somos.
CRISPÍN. Si huyéramos, es cuando todos lo sabrían y cuando muchos
corrieran hasta detenernos y hacernos volver a nuestro pesar, que no
parece bien ausentarnos con tanta descortesía, sin despedirnos de gente
tan atenta.
LEANDRO. No te burles, Crispín, que estoy desesperado.
CRISPÍN. ¡Así eres! Cuando nuestras esperanzas llevan mejor camino.
LEANDRO. ¿Qué puedo esperar? Quisiste que fingiera un amor, y mal sabré
fingirlo.
CRISPÍN. ¿Por qué?
LEANDRO. Porque amo, amo con toda verdad y con toda mi alma.
CRISPÍN. ¿A Silvia? ¿Y de eso te lamentas?
LEANDRO. ¡Nunca pensé que pudiera amarse de este modo! ¡Nunca pensé que
yo pudiera amar! En mi vida errante por todos los caminos, no fui
siquiera el que siempre pasa, sino el que siempre huye, enemiga la
tierra, enemigos los hombres, enemiga la luz del sol. La fruta del
camino, hurtada, no ofrecida, dejó acaso en mis labios algún sabor de
amores, y alguna vez, después de muchos días azarosos, en el descanso de
una noche, la serenidad del cielo me hizo soñar con algo que fuera[72.2]
en mi vida como aquel cielo de la noche que traía a mi alma el reposo
de su serenidad. Y así esta noche en el encanto de la fiesta... me
pareció que era un descanso en mi vida... y soñaba... ¡He soñado! Pero
mañana será otra vez la huida azarosa, será la Justicia que nos
persigue... y no quiero que me halle aquí, donde está ella, donde ella
pueda avergonzarse de haberme visto.
CRISPÍN. Yo creí ver que eras acogido con agrado... Y no fui yo solo en
advertirlo. Doña Sirena y nuestros buenos amigos el Capitán y el Poeta
le hicieron de ti los mayores elogios. A su excelente madre, la señora
Polichinela, que sólo sueña emparentar con un noble, le pareciste el
yerno de sus ilusiones. En cuanto al señor Polichinela...
LEANDRO. Sospecha de nosotros..., nos conoce...
CRISPÍN. Sí; al señor Polichinela no es fácil engañarle como a un hombre
vulgar. A un zorro viejo como él hay que engañarle con lealtad. Por eso
me pareció el mejor medio prevenirle de todo.
LEANDRO. ¿Cómo?
CRISPÍN. Sí; él me conoce de antiguo... Al decirle que tú eres mi amo
supuso, con razón, que el amo sería digno del criado. Y yo, por
corresponder a su confianza, le advertí que de ningún modo consintiera
que hablaras con su hija.
LEANDRO. ¿Eso hiciste? ¿Y qué puedo esperar?
CRISPÍN. ¡Necio eres! Que el señor Polichinela ponga todo su empeño en
que no vuelvas a ver a su hija.
LEANDRO. ¡No lo entiendo!
CRISPÍN. Y que de este modo sea nuestro mejor aliado, porque bastará que
él se oponga, para que su mujer le lleve la contraria y su hija se
enamore de ti más locamente. Tú no sabes lo que es una joven, hija de
un padre rico, criada en el mayor regalo, cuando ve por primera vez en
su vida que algo se opone a su voluntad. Estoy seguro de que esta misma
noche, antes de terminar la fiesta, consigue burlar la vigilancia de su
padre para hablar todavía contigo.
LEANDRO. ¿Pero no ves que nada me importa del señor Polichinela ni del
mundo entero? Que es a ella, sólo a ella, a quien yo no quiero parecer
indigno y despreciable..., a quien yo no quiero mentir.
CRISPÍN. ¡Bah! ¡Deja locuras! No es posible retroceder. Piensa en la
suerte que nos espera si vacilamos en seguir adelante. ¿Que te has
enamorado? Ese amor verdadero nos servirá mejor que si fuera fingido.
Tal vez de otro modo hubieras querido ir demasiado de prisa; y si la
osadía y la insolencia convienen para todo, sólo en amor sienta bien a
los hombres algo de timidez. La timidez del hombre hace ser más
atrevidas a las mujeres. Y si lo dudas, aquí tienes a la inocente
Silvia, que llega con el mayor sigilo y sólo espera para acercarse a ti
que[74.1] yo me retire o me esconda.
LEANDRO. ¿Silvia dices?
CRISPÍN. ¡Chito! ¡Que pudiera espantarse! Y cuando esté a tu lado, mucha
discreción..., pocas palabras, pocas... Adora, contempla, admira, y deja
que hable por ti el encanto de esta noche azul, propicia a los amores, y
esa música que apaga sus sones entre la arboleda y llega como triste de
la alegría de la fiesta.
LEANDRO. No te burles, Crispín; no te burles de este amor que será mi
muerte.
CRISPÍN. ¿Por qué he de burlarme? Yo sé bien que no conviene siempre
rastrear. Alguna vez hay que volar por el cielo para mejor dominar la
tierra. Vuela tú ahora; yo sigo[75.1] arrastrándome. ¡El mundo será
nuestro! (_Vase por la segunda izquierda._)
ESCENA ÚLTIMA
LEANDRO y SILVIA, que sale por la primera derecha. Al final, CRISPÍN
LEANDRO. ¡Silvia!
SILVIA. ¿Sois vos? Perdonad; no creí hallaros aquí.
LEANDRO. Huí de la fiesta. Su alegría me entristece.
SILVIA. ¿También a vos?
LEANDRO. ¿También decís? ¡También os entristece la alegría!...
SILVIA. Mi padre se ha enojado conmigo. ¡Nunca me habló de ese modo! Y
con vos también estuvo desatento. ¿Le perdonáis?
LEANDRO. Sí; lo perdono todo. Pero no le enojéis por mi causa. Volved a
la fiesta, que han de buscaros; y si os hallaran aquí a mi lado...
SILVIA. Tenéis razón. Pero volved vos también. ¿Por qué habéis de estar
triste?
LEANDRO. No; yo saldré sin que nadie lo advierta... Debo ir muy lejos.
SILVIA. ¿Qué decís? ¿No os trajeron asuntos de importancia a esta
ciudad? ¿No debíais permanecer aquí mucho tiempo?
LEANDRO. ¡No, no! ¡Ni un día más! ¡Ni un día más!
SILVIA. Entonces... ¿Me habéis mentido?
LEANDOR. ¡Mentir! No... No digáis que he mentido... No; ésta es la única
verdad de mi vida... ¡Este sueño que no debe tener despertar! (_Se oye
a lo lejos la música de una canción hasta que cae el telón._)
SILVIA. Es Arlequín que canta... ¿Qué os sucede? ¿Lloráis? ¿Es la música
la que os hace llorar? ¿Por qué no decirme[76.1] vuestra tristeza?
LEANDRO. ¿Mi tristeza? Ya la dice esa canción. Escuchadla.
SILVIA. Desde aquí sólo la música se percibe; las palabras se pierden.
¿No la sabéis? Es una canción al silencio de la noche, y se llama _El
reino de las almas_. ¿No la sabéis?
LEANDRO. Decidla.
SILVIA.
La noche amorosa, sobre los amantes
tiende de su cielo el dosel nupcial.
La noche ha prendido sus claros diamantes
en el terciopelo de un cielo estival.
El jardín en sombra no tiene colores,
y es en el misterio de su obscuridad
susurro el follaje, aroma las flores
y amor... un deseo dulce de llorar.
La voz que suspira, y la voz que canta
y la voz que dice palabras de amor,
impiedad parecen en la noche santa
como una blasfemia entre una oración.
¡Alma del silencio, que yo reverencio,
tiene tu silencio la inefable voz
de los que murieron amando en silencio;
de los que callaron muriendo de amor;
de los que en la vida por amarnos mucho
tal vez no supieron su amor expresar!
¿No es la voz acaso que en la noche escucho
y cuando amor dice, dice eternidad?
¡Madre de mi alma! ¿No es luz de tus ojos
la luz de esa estrella
que como una lágrima de amor infinito
en la noche tiembla?
¡Dile a la que hoy amo que yo no amé nunca
más que a ti en la tierra,
y desde que has muerto sólo me ha besado
la luz de esa estrella!
LEANDRO.
¡Madre de mi alma! Yo no he amado nunca
más que a ti en la tierra,
y desde que has muerto sólo me ha besado
la luz de esa estrella.
(_Quedan en silencio, abrazados y mirándose._)
CRISPÍN. (_Que aparece por la segunda izquierda. Aparte._)
¡Noche, poesía, locuras de amante!...
¡Todo ha de servirnos en esta ocasión!
¡El triunfo es seguro! ¡Valor y adelante!
¿Quién podrá vencernos si es nuestro el amor?
(_Silvia y Leandro, abrazados, se dirigen muy despacio a la primera
derecha. Crispín los sigue sin ser visto por ellos. El telón va bajando
muy despacio._)
ACTO SEGUNDO
CUADRO TERCERO
Sala en casa de Leandro
ESCENA PRIMERA
CRISPÍN, el CAPITÁN, ARLEQUÍN. Salen por la segunda derecha, o sea el
pasillo.
CRISPÍN. Entrad, caballeros, y sentaos con toda comodidad. Diré que os
sirvan algo... ¡Hola! ¡Eh! ¡Hola!
CAPITÁN. De ningún modo. No aceptamos nada.
ARLEQUÍN. Sólo venimos a ofrecernos a tu señor, después de lo que hemos
sabido.
CAPITÁN. ¡Increíble traición, que no quedará sin castigar! ¡Yo te
aseguro que si el señor Polichinela se pone al alcance de mi mano...!
ARLEQUÍN. ¡Ventaja de los poetas! Yo siempre le tendré al alcance de mis
versos... ¡Oh! La tremenda sátira que pienso dedicarle... ¡Viejo dañino,
viejo malvado!
CAPITÁN. ¿Y dices que tu amo no fue siquiera herido?
CRISPÍN. Pero pudo ser muerto. ¡Figuraos! ¡Una docena de espadachines
asaltándole de improviso! Gracias a su valor, a su destreza, a mis
voces...
ARLEQUÍN. ¿Y ello sucedió anoche, cuando tu señor hablaba con Silvia por
la tapia de su jardín?
CRISPÍN. Ya mi señor había tenido aviso...; pero ya le conocéis: no es
hombre para intimidarse por nada.
CAPITÁN. Pero debió advertirnos...
ARLEQUÍN. Debió advertir al señor Capitán. Él le hubiera acompañado
gustoso.
CRISPÍN. Ya conocéis a mi señor. Él solo se basta.
CAPITÁN. ¿Y dices que por fin conseguiste atrapar por el cuello a uno de
los malandrines, que confesó que todo estaba preparado por el señor
Polichinela para deshacerse de tu amo?...
CRISPÍN. ¿Y quién sino él podía tener interés en ello? Su hija ama a mi
señor; él trata de casarla a su gusto; mi señor estorba sus planes, y el
señor Polichinela supo toda su vida cómo suprimir estorbos. ¿No enviudó
dos veces en poco tiempo? ¿No heredó en menos a todos sus parientes,
viejos y jóvenes? Todos lo saben, nadie dirá que le calumnio... ¡Ah! La
riqueza del señor Polichinela es un insulto a la humanidad y a la
justicia. Sólo entre gente sin honor puede triunfar impune un hombre
como el señor Polichinela.
ARLEQUÍN. Dices bien. Y yo en mi sátira he de decir todo eso... Claro
que sin nombrarle, porque la poesía no debe permitirse tanta licencia.
CRISPÍN. ¡Bastante le importará a él de vuestra sátira!
CAPITÁN. Dejadme, dejadme a mí, que como[79.1] él se ponga al alcance de
mi mano... Pero bien sé que él no vendrá a buscarme.
CRISPÍN. Ni mi señor consentiría que se ofendiera al señor Polichinela.
A pesar de todo, es el padre de Silvia. Lo que importa es que todos
sepan en la ciudad cómo mi amo estuvo a punto de ser asesinado; cómo no
puede consentirse que ese viejo zorro contraríe la voluntad y el corazón
de su hija.
ARLEQUÍN. No puede consentirse; el amor está sobre todo.
CRISPÍN. Y si mi amo fuera algún ruin sujeto... Pero, decidme: ¿no es el
señor Polichinela el que debía enorgullecerse de que mi señor se haya
dignado enamorarse de su hija y aceptarle por suegro? ¡Mi señor, que a
tantas doncellas de linaje excelso ha despreciado, y por quien más de
cuatro princesas hicieron cuatro mil locuras!... Pero ¿quién llega?
(_Mirando hacia la segunda derecha._) ¡Ah, Colombina! ¡Adelante,
graciosa Colombina, no hayas[80.1] temor! (_Sale Colombina._) Todos
somos amigos, y nuestra mutua amistad te defiende de nuestra unánime
admiración.
ESCENA II
DICHOS y COLOMBINA, que sale por la segunda derecha, o sea el
pasillo.
COLOMBINA. Doña Sirena me envía a saber de tu señor. Apenas rayaba el
día, vino Silvia a nuestra casa, y refirió a mi señora todo lo sucedido.
Dice que no volverá a casa de su padre, ni saldrá de casa de mi señora
más que para ser la esposa del señor Leandro.
CRISPÍN. ¿Eso dice? ¡Oh, noble joven! ¡Oh, corazón amante!
ARLEQUÍN. ¡Qué epitalamio pienso componer a sus bodas!
COLOMBINA. Silvia cree que Leandro está malherido... Desde su balcón oyó
ruido de espadas, tus voces en demanda de auxilio. Después cayó sin
sentido, y así la hallaron al amanecer. Decidme lo que sea[80.2] del
señor Leandro, pues muere de angustia hasta saberlo, y mi señora también
quedó en cuidado.
CRISPÍN. Dile que mi señor pudo salvarse, porque amor le guardaba; dile
que sólo de amor muere con incurable herida... Dile... (_Viendo venir a
Leandro._) ¡Ah! Pero aquí llega él mismo, que te dirá cuanto yo pudiera
decirte.
ESCENA III
DICHOS y LEANDRO, que sale por la primera derecha.
CAPITÁN. (_Abrazándole._) ¡Amigo mío!
ARLEQUÍN. (_Abrazándole._) ¡Amigo y señor!
COLOMBINA. ¡Ah, señor Leandro! ¡Que estáis salvo! ¡Qué alegría!
LEANDRO. ¿Cómo supisteis?
COLOMBINA. En toda la ciudad no se habla de otra cosa; por las calles se
reúne la gente en corrillos, y todos murmuran y claman contra el señor
Polichinela.
LEANDRO. ¿Qué decís?
CAPITÁN. ¡Y si algo volviera a intentar contra vos...!
ARLEQUÍN. ¿Y si aún quisiera oponerse a vuestros amores?
COLOMBINA. Todo sería inútil. Silvia está en casa de mi señora, y sólo
saldrá de allí para ser vuestra esposa...
LEANDRO. ¿Silvia en vuestra casa? Y su padre...
COLOMBINA. El señor Polichinela hará muy bien en ocultarse.
CAPITÁN. ¡Creyó que a tanto podría atreverse con su riqueza insolente!
ARLEQUÍN. Pudo atreverse a todo, pero no al amor...
COLOMBINA. ¡Pretender asesinaros tan villanamente!
CRISPÍN. ¡Doce espadachines, doce..., yo los conté!
LEANDRO. Yo sólo pude distinguir a tres o cuatro.
CRISPÍN. Mi señor concluirá por deciros que no fue tanto el riesgo, por
no hacer mérito de su serenidad y de su valor... ¡Pero yo lo vi! Doce
eran, doce, armados hasta los dientes, decididos a todo. ¡Imposible me
parece que escapara con vida!
COLOMBINA. Corro a tranquilizar a Silvia y a mi señora.
CRISPÍN. Escucha, Colombina. A Silvia, ¿no fuera mejor no
tranquilizarla?...
COLOMBINA. Déjalo a cargo de mi señora. Silvia cree a estas horas que tu
señor está moribundo, y aunque doña Sirena finge contenerla..., no
tardará en venir aquí sin reparar en nada.
CRISPÍN. Mucho fuera que tu señora no hubiera pensado en todo.
CAPITÁN. Vamos también, pues ya en nada podemos aquí serviros. Lo que
ahora conviene es sostener la indignación de las gentes contra el señor
Polichinela.
ARLEQUÍN. Apedrearemos su casa... Levantaremos a toda la ciudad en
contra suya... Sepa que si hasta hoy nadie se atrevió contra él, hoy
todos juntos nos atrevemos; sepa que hay un espíritu y una conciencia en
la multitud.
COLOMBINA. Él mismo tendrá que venir a rogaros que toméis a su hija por
esposa.
CRISPÍN. Sí, sí; corred, amigos. Ved que la vida de mi señor no está
segura... El que una vez quiso asesinarle, no se detendrá por nada.
CAPITÁN. No temas... ¡Amigo mío!
ARLEQUÍN. ¡Amigo y señor!
COLOMBINA. ¡Señor Leandro!
LEANDRO. Gracias a todos, amigos míos, amigos leales. (_Se van todos,
menos Leandro y Crispín, por la segunda derecha._)
ESCENA IV
LEANDRO y CRISPÍN
LEANDRO. ¿Qué es esto, Crispín? ¿Qué pretendes? ¿Hasta dónde has de
llevarme con tus enredos? ¿Piensas que lo creí? Tú pagaste a los
espadachines; todo fue invención tuya. ¡Mal hubiera podido valerme
contra todos si ellos no vinieran de burla!
CRISPÍN. ¿Y serás capaz de reñirme, cuando así anticipo el logro de tus
esperanzas?
LEANDRO. No, Crispín, no. ¡Bien sabes que no! Amo a Silvia y no lograré
su amor con engaños, suceda lo que suceda.
CRISPÍN. Bien sabes lo que ha de sucederte... ¡Si amar es resignarse a
perder lo que se ama por sutilezas de conciencia... que Silvia misma no
ha de agradecerte!...
LEANDRO. ¿Qué dices? ¡Si ella supiera quién soy!
CRISPÍN. Y cuando lo sepa, ya no serás el que fuiste: serás su esposo,
su enamorado esposo, todo lo enamorado y lo fiel y lo noble que tú
quieras y ella pueda desear[83.1]... Una vez dueño de su amor... y de su
dote, ¿no serás el más perfecto caballero? Tú no eres como el señor
Polichinela, que con todo su dinero que tantos lujos le permite, aun no
se ha permitido el lujo de ser honrado... En él es naturaleza la
truhanería; pero en ti, en ti fue sólo necesidad... Y aun si no me
hubieras tenido a tu lado, ya te hubieras dejado morir de hambre de puro
escrupuloso. ¡Ah! ¿Crees que si yo hubiera hallado en ti otro hombre me
hubiera contentado con dedicarte a enamorar?... No; te hubiera dedicado
a la política, y, no el dinero del señor Polichinela, el mundo hubiera
sido nuestro... Pero no eres ambicioso, te contentas con ser feliz...
LEANDRO. ¿Pero no viste que mal podía serlo? Si hubiera mentido para ser
amado y ser rico de este modo, hubiera sido porque yo no amaba, y mal
podía ser feliz. Y si amo, ¿cómo puedo mentir?
CRISPÍN. Pues no mientas. Ama, ama con todo tu corazón, inmensamente.
Pero defiende tu amor sobre todo. En amor no es mentir callar lo que
puede hacernos perder la estimación del ser amado.
LEANDRO. Ésas sí que son sutilezas, Crispín.
CRISPÍN. Que tú debiste hallar antes si tu amor fuera como dices. Amor
es todo sutilezas y la mayor de todas no es engañar a los demás, sino
engañarse a sí mismo.
LEANDRO. Yo no puedo engañarme, Crispín. No soy de esos hombres que
cuando venden su conciencia se creen en el caso de vender también su
entendimiento.
CRISPÍN. Por eso dije que no servías para la política. Y bien dices. Que
el entendimiento es la conciencia de la verdad, y el que llega a
perderla entre las mentiras de su vida, es como si se perdiera a sí
propio, porque ya nunca volverá a encontrarse ni a conocerse, y él mismo
vendrá a ser otra mentira.
LEANDRO. ¿Dónde aprendiste tanto, Crispín?
CRISPÍN. Medité algún tiempo en galeras, donde esta conciencia de mi
entendimiento me acusó más de torpe[84.1] que de pícaro. Con más
picardía y menos torpeza, en vez de remar en ellas pude haber llegado a
mandarlas. Por eso juré no volver en mi vida. Piensa de qué no seré
capaz ahora que por tu causa me veo a punto de quebrantar mi juramento.
LEANDRO. ¿Qué dices?
CRISPÍN. Que nuestra situación es ya insostenible, que hemos apurado
nuestro crédito, y las gentes ya empiezan a pedir algo efectivo. El
Hostelero, que nos albergó con toda esplendidez por muchos días,
esperando que recibieras tus libranzas. El señor Pantalón, que fiado en
el crédito del Hostelero, nos proporcionó cuanto fue preciso para
instalarnos con suntuosidad en esta casa... Mercaderes de todo género,
que no dudaron en proveernos de todo, deslumbrados por tanta grandeza.
Doña Sirena misma, que tan buenos oficios nos ha prestado en tus
amores... Todos han esperado lo razonable, y sería injusto pretender más
de ellos, ni quejarse de tan amable gente... ¡Con letras de oro quedará
grabado en mi corazón el nombre de esta insigne ciudad, que desde ahora
declaro por mi madre adoptiva! A más de esto..., ¿olvidas que de otras
partes habrán salido y andarán en busca nuestra? ¿Piensas que las
hazañas de Mantua y de Florencia son para olvidarlas?[85.1] ¿Recuerdas
el famoso proceso de Bolonia?[85.2]... ¡Tres mil doscientos folios
sumaba cuando nos ausentamos alarmados de verle crecer tan sin tino!
¿Qué no habrá aumentado bajo la pluma de aquel gran doctor jurista que
la había tomado por su cuenta? ¡Qué de considerandos y de
resultandos[85.3] de que no resultará cosa buena! ¿Y aun dudas? ¿Y aun
me reprendes porque di la batalla que puede decidir en un día de nuestra
suerte?
LEANDRO. ¡Huyamos!
CRISPÍN. ¡No! ¡Basta de huir a la desesperada! Hoy ha de fijarse nuestra
fortuna... Te di el amor, dame tú la vida.
LEANDRO. ¿Pero cómo salvarnos? ¿Qué puedo yo hacer? Dime.
CRISPÍN. Nada ya. Basta con aceptar lo que los demás han de
ofrecernos... Piensa que hemos creado muchos intereses y es interés de
todos el salvarnos.
ESCENA V
DICHOS y DOÑA SIRENA, que sale por la segunda derecha, o sea el
pasillo.
SIRENA. ¿Dais licencia, señor Leandro?
LEANDRO. ¡Doña Sirena! ¿Vos en mi casa?
SIRENA. Ya veis a lo que me expongo. A tantas lenguas maldicientes. ¡Yo
en casa de un caballero, joven, apuesto!...
CRISPÍN. Mi señor sabría hacer callar a los maldicientes si alguno se
atreviera a poner sospecha en vuestra fama.
SIRENA. ¿Tu señor? No me fío. ¡Los hombres son tan jactanciosos! Pero en
nada reparo por serviros. ¿Qué me decís, señor, que anoche quisieron
daros muerte? No se habla de otra cosa... ¡Y Silvia! ¡Pobre niña!
¡Cuánto os ama! ¡Quisiera saber qué hicisteis para enamorarla de ese
modo!
CRISPÍN. Mi señor sabe que todo lo debe a vuestra amistad.
SIRENA. No diré yo que no me deba mucho..., que siempre hablé de él como
yo no debía, sin conocerle lo bastante... A mucho me atreví por amor
vuestro. Si ahora faltarais a vuestras promesas...
CRISPÍN. ¿Dudáis de mi señor? ¿No tenéis cédula firmada de su mano?...
SIRENA. ¡Buena mano y buen nombre! ¿Pensáis que todos no nos conocemos?
Yo sé confiar y sé que el señor Leandro cumplirá como debe. Pero si
vierais que hoy es un día aciago para mí, y por lograr hoy una mitad de
lo que se me ha ofrecido perdería gustosa la otra mitad...
CRISPÍN. ¿Hoy decís?
SIRENA. ¡Día de tribulaciones! Para que nada falte, veinte años hace hoy
también que perdí a mi segundo marido, que fue el primero, el único amor
de mi vida.
CRISPÍN. Dicho sea en elogio del primero.
SIRENA. El primero me fue impuesto por mi padre. Yo no le amaba, y a
pesar de ello supe serle fiel.
CRISPÍN. ¿Qué no sabréis vos, doña Sirena?
SIRENA. Pero dejemos los recuerdos, que todo lo entristecen. Hablemos de
esperanzas. ¿Sabéis que Silvia quiso venir conmigo?
LEANDRO. ¿Aquí, a esta casa?
SIRENA. ¿Qué os parece? ¿Qué diría el señor Polichinela? ¡Con toda la
ciudad soliviantada contra él, fuerza le sería casaros!
LEANDRO. No, no; impedidla que venga.
CRISPÍN. ¡Chits! Comprenderéis que mi señor no dice lo que siente.
SIRENA. Lo comprendo... ¿Qué no daría él por ver a Silvia a su lado,
para no separarse nunca de ella?
CRISPÍN. ¿Qué daría? ¡No lo sabéis!
SIRENA. Por eso lo pregunto.
CRISPÍN. ¡Ah, doña Sirena!... Si mi señor es hoy esposo de Silvia, hoy
mismo cumplirá lo que os prometió.
SIRENA. ¿Y si no lo fuera?
CRISPÍN. Entonces... lo habréis perdido todo. Ved lo que os conviene.