a un soldado así, al héroe de las Peñas Rojas en los Campos Negros se le
trata de esa manera!... ¡Ah! Gran suerte fue que mi señor se hallase
presente, y que negocios de importancia le hayan traído a esta ciudad,
donde él hará que se os trate[52.4] con respeto, como merecéis... ¡Un
poeta tan alto, un tan gran capitán! (_A los Mozos._) ¡Pronto! ¿Qué
hacéis ahí como estafermos? Servidles de lo mejor que haya en vuestra
casa, y ante todo una botella del mejor vino, que mí señor quiere beber
con estos caballeros, y lo tendrá a gloria... ¿Qué hacéis ahí? ¡Pronto!
HOSTELERO. ¡Voy, voy! ¡No he librado de mala![53.1] (_Se va con los
Mozos a la hostería_.)
ARLEQUÍN. ¡Ah, señor! ¿Cómo agradeceros[53.2]...?
CAPITÁN. ¿Cómo pagaros...?
CRISPÍN. ¡Nadie hable aquí de pagar, que es palabra que ofende! Sentaos,
sentaos, que para mi señor, que a tantos príncipes y grandes ha sentado
a su mesa, será éste el mayor orgullo.
LEANDRO. Cierto.
CRISPÍN. Mi señor no es de muchas palabras; pero, como veis, esas pocas
son otras tantas sentencias llenas de sabiduría.
ARLEQUÍN. En todo muestra su grandeza.
CAPITÁN. No sabéis cómo conforta nuestro abatido espíritu hallar un gran
señor como vos, que así nos considera.
CRISPÍN. Esto no es nada, que yo sé que mi señor no se contenta con tan
poco y será capaz de llevaros consigo y colocaros en tan alto estado...
LEANDRO. (_Aparte a Crispín._) No te alargues en palabras, Crispín...
CRISPÍN. Mi señor no gusta de palabras, pero ya le conoceréis por las
obras.
HOSTELERO. (_Saliendo con los Mozos, que traen las viandas y ponen la
mesa._) Aquí está el vino... y la comida.
CRISPÍN. ¡Beban, beban y coman y no se priven de nada, que mi señor
corre con todo, y si algo os falta, no dudéis en decirlo, que mi señor
pondrá orden en ello, que el hostelero es dado a descuidarse!
HOSTELERO. No por cierto; pero comprenderéis...
CRISPÍN. No digáis palabra, que diréis una impertinencia.
CAPITÁN. ¡A vuestra salud!
LEANDRO. ¡A la vuestra, señores! ¡Por el más grande poeta y el mejor
soldado!
ARLEQUÍN. ¡Por el más noble señor!
CAPITÁN. ¡Por el más generoso!
CRISPÍN. Y yo también he de beber, aunque sea atrevimiento. Por este día
grande entre todos que juntó al más alto poeta, al más valiente capitán,
al más noble señor y al más leal criado... Y permitid que mi señor se
despida, que los negocios que le traen a esta ciudad no admiten demora.
LEANDRO. Cierto.
CRISPÍN. ¿No faltaréis a presentarle vuestros respetos cada día?
ARLEQUÍN. Y a cada hora; y he de juntar a todos los músicos y poetas de
mi amistad para festejarle con música y canciones.
CAPITÁN. Y yo he de traer a toda mi compañía con antorchas y luminarias.
LEANDRO. Ofenderéis mi modestia...
CRISPÍN. Y ahora, comed, bebed... ¡Pronto! Servid a estos señores...
(_Aparte al Capitán._) Entre nosotros..., ¿estaréis sin blanca?
CAPITÁN. ¿Qué hemos de deciros?
CRISPÍN. ¡No digáis más! (_Al Hostelero._) ¡Eh! ¡Aquí! Entregaréis a
estos caballeros cuarenta o cincuenta escudos por encargo de mi señor y
de parte suya... ¡No dejéis de cumplir sus órdenes!
HOSTELERO. ¡Descuidad! ¿Cuarenta o cincuenta, decís?
CRISPÍN. Poned sesenta... ¡Caballeros, salud!
CAPITÁN. ¡Viva el más grande caballero!
ARLEQUÍN. ¡Viva!
CRISPÍN. ¡Decid ¡viva! también vosotros, gente incivil!
HOSTELERO Y MOZOS. ¡Viva!
CRISPÍN. ¡Viva el más alto poeta y el mayor soldado!
TODOS. ¡Viva!
LEANDRO. (_Aparte a Crispín._) ¿Qué locuras son éstas, Crispín, y cómo
saldremos de ellas?
CRISPÍN. Como entramos. Ya lo ves; la poesía y las armas son nuestras...
¡Adelante! ¡Sigamos la conquista del mundo! (_Todos se hacen saludos y
reverencias, y Leandro y Crispín se van por la segunda izquierda. El
Capitán y Arlequín se disponen a comer los asados que les han preparado
el Hostelero y los Mozos que los sirven._)
Mutación
CUADRO SEGUNDO
Jardín con fachada de un pabellón, con puerta practicable en primer
término izquierda. Es de noche.
ESCENA PRIMERA
DOÑA SIRENA y COLOMBINA saliendo del pabellón.
SIRENA. ¿No hay para[55.1] perder el juicio, Colombina? ¡Que una dama se
vea[55.2] en trance tan afrentoso por gente baja y descomedida! ¿Cómo te
atreviste a volver a mi presencia con tales razones?
COLOMBINA. ¿Y no habíais de saberlo?
SIRENA. ¡Morir me estaría mejor! ¿Y todos te dijeron lo mismo?
COLOMBINA. Uno por uno y como lo oísteis... El sastre, que no os enviará
el vestido mientras no le paguéis todo lo adeudado.
SIRENA. ¡El insolente! ¡El salteador de caminos! ¡Cuando es él quien me
debe todo su crédito en esta ciudad, que hasta emplearlo yo[56.1] en el
atavío de mi persona no supo lo que era vestir damas!
COLOMBINA. Y los cocineros y los músicos y los criados todos dijeron lo
mismo; que no servirán esta noche en la fiesta si no les pagáis por
adelantado.
SIRENA. ¡Los sayones! ¡Los foragidos! ¡Cuándo se vio tanta insolencia en
gente nacida para servirnos! ¿Es que ya no se paga más que con dinero?
¿Es que ya sólo se estima el dinero en el mundo? ¡Triste de[56.2] la que
se ve como yo, sin el amparo de un marido, ni de parientes, ni de
allegados masculinos!... Que una mujer sola nada vale en el mundo por
noble y virtuosa que sea. ¡Oh, tiempos de perdición! ¡Tiempos del
Apocalipsis! ¡El Anticristo debe ser llegado![56.3]
COLOMBINA. Nunca os vi tan apocada. Os desconozco. De mayores apuros
supisteis salir adelante.
SIRENA. Eran otros tiempos, Colombina. Contaba yo entonces con mi
juventud y con mi belleza como poderosos aliados. Príncipes y grandes
señores rendíanse a mis plantas.
COLOMBINA. En cambio, no sería[56.4] tanta vuestra experiencia y
conocimiento del mundo como ahora. Y en cuanto a vuestra belleza, nunca
estuvo tan en su punto, podéis creerlo.
SIRENA. ¡Deja lisonjas! ¡Cuándo me vería yo de este modo si fuera la
doña Sirena de mis veinte![56.5]
COLOMBINA. ¿Años queréis decir?
SIRENA. ¿Pues qué pensaste? ¡Y qué diré de ti, que aun no los cumpliste
y no sabes aprovecharlo! ¡Nunca lo creyera[57.1] cuando al verme tan
sola de criada te adopté por sobrina! Si en vez de malograr tu juventud
enamorándote de ese Arlequín, ese poeta que nada puede ofrecerte sino
versos y músicas, supieras emplearte mejor, no nos veríamos en tan
triste caso.
COLOMBINA. ¿Qué queréis? Aun soy demasiado joven para resignarme a ser
amada y no corresponder. Y si he de adiestrarme en hacer padecer por mi
amor, necesito saber antes cómo se padece cuando se ama. Yo sabré
desquitarme. Aun no cumplí los veinte años. No me creáis con tan poco
juicio que piense en casarme con Arlequín.
SIRENA. No me fío de ti, que eres muy caprichosa y siempre te dejaste
llevar de la fantasía. Pero pensemos en lo que ahora importa. ¿Qué
haremos en tan gran apuro? No tardarán en acudir mis convidados, todos
personas de calidad y de importancia, y entre ellas el señor Polichinela
con su esposa y su hija, que por muchas razones me importan más que
todos. Ya sabes cómo frecuentan esta casa algunos caballeros
nobilísimos, pero, como yo, harto deslucidos en su nobleza por falta de
dinero. Para cualquiera de ellos, la hija del señor Polichinela, con su
riquísima dote y el gran caudal que ha de heredar a la muerte de su
padre, puede ser un partido muy ventajoso. Muchos son los que la
pretenden. En favor de todos ellos interpongo yo mi buena amistad con el
señor Polichinela y su esposa. Cualquiera que sea el favorecido, yo sé
que ha de corresponder con largueza a mis buenos oficios, que de todos
me hice firmar una obligación para asegurarme. Ya no me quedan otros
medios que estas mediaciones para reponer en algo mi patrimonio; si de
camino algún rico comerciante o mercader se prendara de ti..., ¿quién
sabe?..., aun podía ser esta casa lo que fue en otro tiempo. Pero si
esta noche la insolencia de esa gente trasciende, si no puedo ofrecer la
fiesta... ¡No quiero pensarlo!..., ¡que será mi ruina!
COLOMBINA. No paséis cuidado. Con qué agasajarlos no ha de faltar. Y en
cuanto a músicos y a criados, el señor Arlequín, que por algo es poeta y
para algo está enamorado de mí, sabrá improvisarlo todo. Él conoce a
muchos truhanes de buen humor que han de prestarse a todo. Ya veréis, no
faltará nada, y vuestros convidados dirán que no asistieron en su vida a
tan maravillosa fiesta.
SIRENA. ¡Ay, Colombina! Si eso fuera, ¡cuánto ganarías en mi afecto!
Corre en busca de tu poeta... No hay que perder tiempo.
COLOMBINA. ¿Mi poeta? Del otro lado de estos jardines pasea, de seguro,
aguardando una seña mía...
SIRENA. No será bien que asista a vuestra entrevista, que yo no debo
rebajarme en solicitar tales favores... A tu cargo lo dejo. ¡Que nada
falte para la fiesta, y yo sabré recompensar a todos; que esta estrechez
angustiosa de ahora no puede durar siempre... o no sería yo doña Sirena!
COLOMBINA. Todo se compondrá. Id descuidada. (_Vase doña Sirena por el
pabellón._)
ESCENA II
COLOMBINA, después CRISPÍN, que sale por la segunda derecha.
COLOMBINA. (_Dirigiéndose a la segunda derecha y llamando._) ¡Arlequín!
¡Arlequín! (_Al ver salir a Crispín._) ¡No es él!
CRISPÍN. No temáis, hermosa Colombina, amada del más soberano ingenio,
que por ser raro poeta en todo, no quiso extremar en sus versos las
ponderaciones de vuestra belleza. Si de lo vivo a lo pintado fue siempre
diferencia, es toda en esta ocasión ventaja de lo vivo, ¡con ser
tal[59.1] la pintura!
COLOMBINA. Y vos, ¿sois también poeta, o sólo cortesano y lisonjero?
CRISPÍN. Soy el mejor amigo de vuestro enamorado Arlequín, aunque sólo
de hoy le conozco, pero tales pruebas tuvo de mi amistad en tan corto
tiempo. Mi mayor deseo fue el de saludaros, y el señor Arlequín no
anduviera[59.2] tan discreto en complacerme a no fiar tanto[59.3] de mi
amistad, que sin ella, fuera ponerme a riesgo de amaros sólo con haberme
puesto en ocasión de veros.
COLOMBINA. El señor Arlequín fiaba tanto en el amor que le tengo como en
la amistad que le tenéis. No pongáis todo el mérito de vuestra parte,
que es tan necia presunción perdonar la vida a los hombres como el
corazón a las mujeres.
CRISPÍN. Ahora advierto que no sois tan peligrosa al que os ve como al
que llega a escucharos.
COLOMBINA. Permitid; pero antes de la fiesta preparada para esta noche
he de hablar con el señor Arlequín, y...
CRISPÍN. No es preciso. A eso vine, enviado de su parte y de parte de mi
señor, que os besa las manos.
COLOMBINA. ¿Y quién es vuestro señor, si puede saberse?
CRISPÍN. El más noble caballero, el más poderoso... Permitid que por
ahora calle su nombre; pronto habéis de conocerle. Mi señor desea
saludar a doña Sirena y asistir a su fiesta esta noche.
COLOMBINA. ¡La fiesta! ¿No sabéis...?
CRISPÍN. Lo sé. Mi deber es averiguarlo todo. Sé que hubo inconvenientes
que pudieron estorbarla; pero no habrá ninguno, todo está prevenido.
COLOMBINA. ¿Cómo sabéis...?
CRISPÍN. Yo os aseguro que no faltará nada. Suntuoso agasajo, luminarias
y fuegos de artificio, músicos y cantores. Será la más lucida fiesta del
mundo...
COLOMBINA. ¿Sois algún encantador por ventura?
CRISPÍN. Ya me iréis conociendo.[60.1] Sólo os diré que por algo juntó
hoy el destino a gente de tan buen entendimiento, incapaz de malograrlo
con vanos escrúpulos. Mi señor sabe que esta noche asistirá a la fiesta
el señor Polichinela, con su hija única, la hermosa Silvia, el mejor
partido de esta ciudad. Mi señor ha de enamorarla, mi señor ha de
casarse con ella y mi señor sabrá pagar como corresponde los buenos
oficios de doña Sirena y los vuestros también si os prestáis a
favorecerle.
COLOMBINA. No andáis con rodeos. Debiera ofenderme vuestro atrevimiento.
CRISPÍN. El tiempo apremia y no me dio lugar a ser comedido.
COLOMBINA. Si ha de juzgarse del amo por el criado...
CRISPÍN. No temáis. A mi amo le hallaréis el más cortés y atento
caballero. Mi desvergüenza le permite a él mostrarse vergonzoso. Duras
necesidades de la vida pueden obligar al más noble caballero a empleos
de rufián, como a la más noble dama a bajos oficios, y esta mezcla de
ruindad y nobleza en un mismo sujeto desluce con el mundo. Habilidad es
mostrar separado en dos sujetos lo que suele andar junto en uno solo.
Mi señor y yo, con ser[61.1] uno mismo, somos cada uno una parte del
otro. ¡Si así fuera siempre![61.2] Todos llevamos en nosotros un gran
señor de altivos pensamientos, capaz de todo lo grande y de todo lo
bello... Y a su lado, el servidor humilde, el de las ruines obras, el
que ha de emplearse en las bajas acciones a que obliga la vida... Todo
el arte está en separarlos de tal modo, que cuando caemos en alguna
bajeza podamos decir siempre: no fue mía, no fui yo, fue mi criado. En
la mayor miseria de nuestra vida siempre hay algo en nosotros que quiere
sentirse superior a nosotros mismos. Nos despreciaríamos demasiado si no
creyésemos valer más que nuestra vida... Ya sabéis quién es mi señor: el
de los altivos pensamientos, el de los bellos sueños. Ya sabéis quién
soy yo: el de los ruines empleos, el que siempre, muy bajo, rastrea y
socava entre toda mentira y toda indignidad y toda miseria. Sólo hay
algo en mí que me redime y me eleva a mis propios ojos. Esta lealtad de
mi servidumbre, esta lealtad que se humilla y se arrastra para que otro
pueda volar y pueda ser siempre el señor de los altivos pensamientos, el
de los bellos sueños. (_Se oye música dentro._)
COLOMBINA. ¿Qué música es ésa?
CRISPÍN. La que mi señor trae a la fiesta, con todos sus pajes y todos
sus criados y toda una corte de poetas y cantores presididos por el
señor Arlequín, y toda una legión de soldados con el Capitán al frente
escoltándole con antorchas...
COLOMBINA. ¿Quién es vuestro señor, que tanto puede? Corro a prevenir a
mi señora...
CRISPÍN. No es preciso. Ella acude.
ESCENA III
DICHOS y DOÑA SIRENA, que sale por el pabellón.
SIRENA. ¿Qué es esto? ¿Quién previno esa música? ¿Qué tropel de gente
llega a nuestra puerta?
COLOMBINA. No preguntéis nada. Sabed que hoy llegó a esta ciudad un gran
señor, y es él quien os ofrece la fiesta esta noche. Su criado os
informará de todo. Yo aun no sabré deciros si hablé con un gran loco o
con un gran bribón. De cualquier modo, os aseguro que él es un hombre
extraordinario...
SIRENA. ¿Luego no fue Arlequín...?
COLOMBINA. No preguntéis... Todo es como cosa de magia...
CRISPÍN. Doña Sirena, mi señor os pide licencia para besaros las manos.
Tan alta señora y tan noble señor no han de entender en intrigas
impropias de su condición. Por eso, antes que él llegue a saludaros yo
he de decirlo todo. Yo sé de vuestra historia mil notables sucesos que,
referidos,[62.1] me asegurarían toda vuestra confianza... Pero fuera
impertinencia puntualizarlos. Mi amo os asegura aquí (_Entregándola un
papel_) con su firma la obligación que ha de cumpliros si de vuestra
parte sabéis cumplir lo que aquí os propone.
SIRENA. ¿Qué papel y qué obligación es ésta?... (_Leyendo el papel para
sí._) ¡Cómo! ¿Cien mil escudos de presente y otros tantos a la muerte
del señor Polichinela si llega a casarse con su hija? ¿Qué insolencia es
ésta? ¿A una dama? ¿Sabéis con quién habláis? ¿Sabéis qué casa es ésta?
CRISPÍN. Doña Sirena..., ¡excusad la indignación! No hay nadie presente
que pueda importaros. Guardad ese papel junto con otros..., y no se
hable más del asunto. Mi señor no os propone nada indecoroso ni vos
consentiríais en ello... Cuanto aquí suceda será obra de la casualidad y
del amor. Fui yo, el criado, el único que tramó estas cosas indignas.
Vos sois siempre la noble dama, mi amo el noble señor, que al
encontraros esta noche en la fiesta, hablaréis de mil cosas galantes y
delicadas, mientras vuestros convidados pasean y conversan a vuestro
alrededor, con admiraciones a la hermosura de las damas, al arte de sus
galas, a la esplendidez del agasajo, a la dulzura de la música y a la
gracia de los bailarines... ¿Y quién se atreverá a decir que no es esto
todo? ¿No es así la vida, una fiesta en que la música sirve para
disimular palabras y las palabras para disimular pensamientos? Que la
música suene incesante, que la conversación se anime con alegres risas,
que la cena esté bien servida..., es todo lo que importa a los
convidados. Y ved aquí a mi señor que llega a saludaros con toda
gentileza.
ESCENA IV
DICHOS, LEANDRO, ARLEQUÍN y el CAPITÁN, que salen por la segunda
derecha.
LEANDRO. Doña Sirena, bésoos las manos.
SIRENA. Caballero...
LEANDRO. Mi criado os habrá dicho en mi nombre cuanto yo pudiera
deciros.
CRISPÍN. Mi señor, como persona grave, es de pocas palabras. Su
admiración es muda.
ARLEQUÍN. Pero sabe admirar sabiamente.
CAPITÁN. El verdadero mérito.
ARLEQUÍN. El verdadero valor.
CAPITÁN. El arte incomparable de la poesía.
ARLEQUÍN. La noble ciencia militar.
CAPITÁN. En todo muestra su grandeza.
ARLEQUÍN. Es el más noble caballero del mundo.
CAPITÁN. Mi espada siempre estará a su servicio.
ARLEQUÍN. He de consagrar a su gloria mi mejor poema.
CRISPÍN. Basta, basta, que ofenderéis su natural modestia. Vedle cómo
quisiera ocultarse y desaparecer. Es una violeta.
SIRENA. No necesita hablar quien de este modo hace hablar a todos en su
alabanza. (_Después de un saludo y reverencia se van todos por la
primera derecha. A Colombina._) ¿Qué piensas de todo esto, Colombina?
COLOMBINA. Que el caballero tiene muy gentil figura y el criado muy
gentil desvergüenza.
SIRENA. Todo puede aprovecharse. O yo no sé nada del mundo ni de los
hombres, o la fortuna se entró[64.1] hoy por mis puertas.
COLOMBINA. Pues segura es entonces la fortuna; porque del mundo sabéis
algo, y de los hombres, ¡no se diga!
SIRENA. Risela y Laura, que son las primeras en llegar...
COLOMBINA. ¿Cuándo fueron ellas las últimas en llegar a una fiesta? Os
dejo en su compañía, que yo no quiero perder de vista a nuestro
caballero... (_Vase por la primera derecha._)
ESCENA V
DOÑA SIRENA, LAURA y RISELA, que salen por la segunda derecha.
SIRENA. ¡Amigas! Ya comenzaba a dolerme de vuestra ausencia.
LAURA. ¿Pues es tan tarde?
SIRENA. Siempre lo es para veros.
RISELA. Otras dos fiestas dejamos por no faltar a vuestra casa.
LAURA. Por más que alguien nos dijo que no sería esta noche por hallaros
algo indispuesta.
SIRENA. Sólo por dejar mal a los maldicientes, aun muriendo la hubiera
tenido.
RISELA. Y nosotras nos hubiéramos muerto y no hubiéramos dejado de
asistir a ella.
LAURA. ¿No sabéis la novedad?
RISELA. No se habla de otra cosa.
LAURA. Dicen que ha llegado un personaje misterioso. Unos dicen que es
embajador secreto de Venecia o de Francia.
RISELA. Otros dicen que viene a buscar esposa para el Gran Turco.
LAURA. Aseguran que es lindo como un Adonis.
RISELA. Si nos fuera posible conocerle... Debisteis invitarle a vuestra
fiesta.
SIRENA. No fue preciso, amigas, que él mismo envió un embajador a pedir
licencia para ser recibido. Y en mi casa está y le veréis muy pronto.
LAURA. ¿Qué decís? Ved si anduvimos[65.1] acertadas en dejarlo todo por
asistir a vuestra casa.
RISELA. ¡Cuántas nos envidiarán esta noche!
LAURA. Todos rabian por conocerle.
SIRENA. Pues yo nada hice por lograrlo. Bastó que él supiera que yo
tenía fiesta en mi casa.
RISELA. Siempre fue lo mismo con vos. No llega persona importante a la
ciudad que luego no os ofrezca sus respetos.
LAURA. Ya se me tarda en verle[66.1]... Llevadnos a su presencia por
vuestra vida.
RISELA. Sí, sí, llevadnos.
SIRENA. Permitid, que llega el señor Polichinela con su familia... Pero
id sin mí; no os será difícil hallarle.
RISELA. Sí, sí; vamos, Laura.
LAURA. Vamos, Risela. Antes de que aumente la confusión y no nos sea
posible acercarnos. (_Vanse por la primera derecha._)
ESCENA VI
DOÑA SIRENA, POLICHINELA, la SEÑORA de POLICHINELA y SILVIA, que salen
por la segunda derecha.
SIRENA. ¡Oh, señor Polichinela! Ya temí que no vendríais.[66.2] Hasta
ahora no comenzó para mí la fiesta.
POLICHINELA. No fue culpa mía la tardanza. Fue de mi mujer, que entre
cuarenta vestidos no supo nunca cuál ponerse.
SEÑORA DE POLICHINELA. Si por él fuera, me presentaría de cualquier
modo... Ved cómo vengo de sofocada[66.3] por apresurarme.
SIRENA. Venís hermosa como nunca.
POLICHINELA. Pues aún no trae la mitad de sus joyas. No podría con tanto
peso.
SIRENA. ¿Y quién mejor puede ufanarse con que[66.4] su esposa ostente
el fruto de una riqueza adquirida con vuestro trabajo?
SEÑORA DE POLICHINELA. Pero ¿no es hora ya de disfrutar de ella, como yo
le digo, y de tener más nobles aspiraciones? Figuraos que ahora quiere
casar a nuestra hija con un negociante.
SIRENA. ¡Oh, señor Polichinela! Vuestra hija merece mucho más que un
negociante. No hay que pensar en eso. No debéis sacrificar su corazón
por ningún interés. ¿Qué dices tú, Silvia?
POLICHINELA. Ella preferirá algún barbilindo, que, muy a pesar mío, es
muy dada a novelas y poesía.
SILVIA. Yo haré siempre lo que mi padre ordene, sí a mi madre no le
contraría y a mí no me disgusta.
SIRENA. Eso es hablar con juicio.
SEÑORA DE POLICHINELA. Tu padre piensa que sólo el dinero vale y se
estima en el mundo.
POLICHINELA. Yo pienso que sin dinero no hay cosa que valga ni se estime
en el mundo; que es el precio de todo.
SIRENA. ¡No habléis así! ¿Y las virtudes, y el saber, y la nobleza?
POLICHINELA. Todo tiene su precio, ¿quién lo duda? Nadie mejor que yo lo
sabe, que compré mucho de todo eso, y no muy caro.
SIRENA. ¡Oh, señor Polichinela! Es humorada vuestra. Bien sabéis que el
dinero no es todo, y que si vuestra hija se enamorara de algún noble
caballero, no sería bien contrariarla. Yo sé que tenéis un sensible
corazón de padre.
POLICHINELA. Eso sí. Por mi hija sería yo capaz de todo.
SIRENA. ¿Hasta de arruinaros?
POLICHINELA. Eso no sería una prueba de cariño. Antes sería capaz de
robar, de asesinar..., de todo.
SIRENA. Ya sé que siempre sabríais rehacer vuestra fortuna. Pero la
fiesta se anima. Ven conmigo, Silvia. Para danzar téngote destinado un
caballero, que habéis[68.1] de ser la más lucida pareja... (_Se dirigen
todos a la primera derecha. Al ir a salir el señor Polichinela, Crispín,
que entra por la segunda derecha, le detiene._)
ESCENA VII
CRISPÍN y POLICHINELA
CRISPÍN. ¡Señor Polichinela! Con licencia.
POLICHINELA. ¿Quién me llama? ¿Qué me queréis?
CRISPÍN. ¿No recordáis de mí? No es extraño. El tiempo todo lo borra, y
cuando es algo enojoso lo borrado, no deja ni siquiera el borrón como
recuerdo, sino que se apresura a pintar sobre él con alegres colores,
esos alegres colores con que ocultáis al mundo vuestras jorobas.[68.2]
Señor Polichinela, cuando yo os conocí, apenas las cubrían unos
descoloridos andrajos.
POLICHINELA. ¿Y quién eres tú y dónde pudiste conocerme?
CRISPÍN. Yo era un mozuelo, tú eras ya todo un hombre. Pero ¿has
olvidado ya tantas gloriosas hazañas por esos mares,[68.3] tantas
victorias ganadas al turco, a que no poco contribuimos con nuestro
heroico esfuerzo, unidos los dos al mismo noble remo en la misma
gloriosa nave?
POLICHINELA. ¡Imprudente! ¡Calla o...!
CRISPÍN. O harás conmigo como con tu primer amo en Nápoles y con tu
primera mujer en Bolonia, y con aquel mercader judío en Venecia...
POLICHINELA. ¡Calla! ¿Quién eres tú, que tanto sabes y tanto hablas?
CRISPÍN. Soy... lo que fuiste. Y quien llegará a ser lo que eres...,
como tú llegaste. No con tanta violencia como tú, porque los tiempos son
otros y ya sólo asesinan los locos y los enamorados y cuatro pobretes
que aun asaltan a mano armada al transeúnte por calles obscuras o
caminos solitarios. ¡Carne de horca, despreciable!
POLICHINELA. ¿Y qué quieres de mí? Dinero, ¿no es eso? Ya nos veremos
más despacio. No es éste el lugar...
CRISPÍN. No tiembles por tu dinero. Sólo deseo ser tu amigo, tu aliado,
como en aquellos tiempos.
POLICHINELA. ¿Qué puedo hacer por ti?
CRISPÍN. No, ahora soy yo quien va a servirte, quien quiere obligarte
con una advertencia... (_Haciéndole que mire[69.1] a la primera
derecha._) ¿Ves allí a tu hija cómo danza con un joven caballero y cómo
sonríe ruborosa al oír sus galanterías? Ese caballero es mi amo.
POLICHINELA. ¿Tu amo? Será entonces un aventurero, un hombre de fortuna,
un bandido como...