EMILIA. La verdad desagrada siempre... Pero no me dirás que tú solo vas

a tener más razón que todo el Ministerio... Y aunque la tuvieras...;

entre personas educadas se cede...; ellos cederán otras veces... Vas a

ponerte en ridículo... Te habrá aconsejado tu amigote Pepe..., porque tú

eres así...: mucho carácter, y luego te dejas llevar de cualquiera, del

que te aconseja con peor intención... Porque Pepe[32.1] lo que está

deseando es que dejes de ser ministro; te tiene mucha envidia.

MANUEL. ¿Pero qué tiene que ver Pepe, ni qué me aconseja?...

EMILIA. No digas[32.2]..., siempre, para todo... Hasta cuando pusimos el

comedor y tu despacho... tuvo que ser como él dijo..., una

cursilería..., el comedor modernista, que parece un café de provincia, y

tu despacho, en cambio, que parece una funeraria... Como lo de llevarte

a su sastre, que no sabe vestirte... La otra noche me fijé en el baile

de la Embajada: nadie lleva el chaleco de frac en forma de corazón, como

el que te han hecho..., ni las vueltas de raso..., y esos chalecos de

fantasía que llevas son ridículos, y ya verás cómo la toman[32.3]

contigo en las caricaturas...

MANUEL. ¡Emilia! ¡Emilia! Que mis nervios están en tensión y ya no

respondo.

EMILIA. No te faltaba más que yo pagase tus disgustos políticos. Como la

política me ha dado tantas satisfacciones...: sacrificios, molestias...

Por ti he perdido las relaciones con mis mejores amigas..., y en cambio

tengo que tratar a mucha gente que me desagrada..., a quien yo no

distingo..., que no debía de tratar..., y así en todo..., siempre

sacrificada... El verano pasado sin tomar las aguas por no dejarte solo

en Madrid, porque tú no podías salir con las dichosas Cortes..., y estas

Navidades sin poder ir a ver a mamá con los dichosos proyectos, y para

una satisfacción que podía una tener una vez..., para un capricho que

tiene una..., como si fuera un crimen..., ya es una... una intrigante,

ya exige una demasiado, ya compromete una su carrera política, su

dignidad..., ¡qué sé yo!... No te faltaba más que decir que yo te pongo

en ridículo, como la de Ruiz Gómez a su marido...; pero me lo dirás...,

me lo dirás...

MANUEL. ¡Emilia, Emilia!...

EMILIA. No, si ahora soy quien desea que presentes la dimisión... ahora

mismo, ahora mismo...; pero no vuelvas a hablarme de política ni de

carteras... Nos iremos a vivir a un pueblo, donde siquiera tenga[33.1]

tranquilidad..., lo único que yo he deseado siempre..., una casita en un

pueblo con sus gallinas y sus palomas..., eso, eso..., y nada de este

infierno, de estas intrigas... Todo antes que verte así..., todo antes

de que quieras pagar conmigo porque los demás te disgustan...

MANUEL. Esto es peor que veinte discursos de oposición... Me voy al

Congreso..., al Senado..., todo es preferible... El gabán... El

sombrero...

EMILIA. ¿Pero no llevas la dimisión?

MANUEL. No, no dimito... Sin el Ministerio no tendría pretexto para

estar tanto tiempo fuera de casa..., y cualquiera te aguantaba[33.2] en

un año... Irás a la comida, lucirás el vestido. No será la primera vez

que una falda haya decidido una crisis... ¿Estás contenta?

EMILIA. Sí, pero no te enfades... ¡Cuando veas el vestido, lo

comprenderás todo!...

MANUEL. Sí, pero al día siguiente sí que no debes leer más que la

crónica de sociedad, porque ¡lo que van a decir de mí los periódicos!

EMILIA. Los de oposición. Si hubieras dimitido lo dirían los

ministeriales... ¡Siempre han de decir!

MANUEL. ¡Y aun piden las mujeres que os concedan[34.1] el derecho a

votar, como si no gobernarais el mundo!...

EMILIA. Yo no, no pido semejante cosa... Si se presenta la proposición

puedes votar en contra.

LOS INTERESES CREADOS

COMEDIA DE POLICHINELAS EN DOS ACTOS, TRES CUADROS Y UN PRÓLOGO

Estrenada en el Teatro Lara el día 9 de diciembre de 1907

A DON RAFAEL GASSET

SU AFECTÍSIMO

JACINTO BENAVENTE

REPARTO

PERSONAJES ACTORES

DOÑA SIRENA SRA. VALVERDE

SILVIA SRTA. SUÁREZ

LA SEÑORA DE POLICHINELA » ALBA

COLOMBINA » PARDO

LAURA » TOSCANO

RISELA SRA. BELTRÁN

LEANDRO SRTA. DOMUS

CRISPÍN SR. PUGA

EL DOCTOR » RUBIO

POLICHINELA » MORA

ARLEQUÍN » BARRAYCOA

EL CAPITÁN » R. DE LA MATA

PANTALÓN » SIMÓ-RASO

EL HOSTELERO » PACHECO

EL SECRETARIO » ROMEA

MOZO 1.º DE LA HOSTERÍA » SUÁREZ (A.)

ÍDEM 2.º » ENRÍQUEZ

ALGUACILILLO 1.º » DE DIEGO

ÍDEM 2.º » SUÁREZ (A.)

La acción pasa en un país imaginario, a principios

del siglo XVII

LOS INTERESES CREADOS

ACTO PRIMERO

PRÓLOGO

Telón corto en primer término,[39.1] con puerta al foro, y en ésta

un tapiz. Recitado por el personaje CRISPÍN.

He aquí el tinglado de la antigua farsa,[39.2] la que alivió en posadas

aldeanas el cansancio de los trajinantes, la que embobó en las plazas de

humildes lugares a los simples villanos, la que juntó en ciudades

populosas a los más variados concursos, como en París sobre el Puente

Nuevo,[39.3] cuando Tabarín[39.4] desde su tablado de feria solicitaba

la atención de todo transeúnte, desde el espetado doctor que detiene un

momento su docta cabalgadura para desarrugar por un instante la frente,

siempre cargada de graves pensamientos, al escuchar algún donaire de la

alegre farsa, hasta el pícaro hampón, que allí divierte sus ocios horas

y horas, engañando al hambre con la risa, y el prelado y la dama de

calidad y el gran señor desde sus carrozas, como la moza alegre y el

soldado y el mercader y el estudiante. Gente de toda condición, que en

ningún otro lugar se hubiera reunido, comunicábase allí su regocijo,

que[39.5] muchas veces, más que de la farsa, reía el grave de ver reír

al risueño, y el sabio al bobo, y los pobretes de ver reír a los grandes

señores, ceñudos de ordinario, y los grandes de ver reír a los pobretes,

tranquilizada su conciencia con pensar: ¡también los pobres ríen!

Que[40.1] nada prende tan pronto de unas almas en otras como esta

simpatía de la risa. Alguna vez, también subió la farsa a palacios de

príncipes, altísimos señores, por humorada de sus dueños, y no fue allí

menos libre y despreocupada. Fue de todos y para todos. Del pueblo

recogió burlas y malicias y dichos sentenciosos, de esa filosofía del

pueblo, que siempre sufre, dulcificada por aquella resignación de los

humildes de entonces, que no lo esperaban todo de este mundo, y por eso

sabían reírse del mundo sin odio y sin amargura. Ilustró después su

plebeyo origen con noble ejecutoria: Lope de Rueda, Shakespeare,

Molière,[40.2] como enamorados príncipes de cuento de hadas, elevaron a

Cenicienta al más alto trono de la Poesía y del Arte. No presume de tan

gloriosa estirpe esta farsa, que por curiosidad de su espíritu inquieto

os presenta un poeta de ahora. Es una farsa _guiñolesca_,[40.3] de

asunto disparatado, sin realidad alguna. Pronto veréis cómo cuanto en

ella sucede no pudo suceder nunca, que sus personajes no son ni semejan

hombres y mujeres, sino muñecos o fantoches de cartón y trapo, con

groseros hilos, visibles a poca luz y al más corto de vista. Son las

mismas grotescas máscaras de aquella comedia del Arte[40.4]

italiano[40.5], no tan regocijadas como solían, porque han meditado

mucho en tanto tiempo. Bien conoce el autor que tan primitivo

espectáculo no es el más digno de un culto auditorio de estos tiempos;

así, de vuestra cultura tanto como de vuestra bondad se ampara. El autor

sólo pide que aniñéis cuanto sea posible vuestro espíritu. El mundo está

ya viejo y chochea; el Arte no se resigna a envejecer, y por parecer

niño finge balbuceos... Y he aquí cómo estos viejos polichinelas

pretenden hoy divertiros con sus niñerías.[40.6]

Mutación

CUADRO PRIMERO

Plaza de una ciudad. A la derecha, en primer término, fachada de

una hostería con puerta practicable y en ella un aldabón. Encima de

la puerta un letrero que diga:[41.1] «Hostería.»

ESCENA PRIMERA

LEANDRO y CRISPÍN, que salen por la segunda izquierda.

LEANDRO. Gran ciudad ha de ser ésta, Crispín; en todo se advierte su

señoría y riqueza.

CRISPÍN. Dos ciudades hay. ¡Quiera el Cielo que en la mejor hayamos

dado![41.2]

LEANDRO. ¿Dos ciudades dices, Crispín? Ya entiendo, antigua y nueva, una

de cada parte del río.

CRISPÍN. ¿Qué importa el río ni la vejez ni la novedad? Digo dos

ciudades como en toda ciudad del mundo: una para el que llega con

dinero, y otra para el que llega como nosotros.

LEANDRO. ¡Harto es haber llegado sin tropezar con la Justicia! Y bien

quisiera detenerme aquí algún tiempo, que ya me cansa tanto correr

tierras.

CRISPÍN. A mí no, que es condición de los naturales, como yo, del libre

reino de Picardía[41.3] no hacer asiento en parte alguna, si no es

forzado y en galeras, que es duro asiento.[41.4] Pero ya que sobre esta

ciudad caímos y es plaza fuerte a lo que se descubre, tracemos como

prudentes capitanes nuestro plan de batalla si hemos de conquistarla con

provecho.

LEANDRO. ¡Mal pertrechado ejército venimos!

CRISPÍN. Hombres somos, y con hombres hemos de vernos.

LEANDRO. Por todo caudal, nuestra persona. No quisiste que nos

desprendiéramos de estos vestidos, que,[42.1] malvendiéndolos,

hubiéramos podido juntar algún dinero.

CRISPÍN. ¡Antes me desprendiera yo de la piel que de un buen vestido!

Que nada importa tanto como parecer, según va el mundo, y el vestido es

lo que antes parece.

LEANDRO. ¿Qué hemos de hacer, Crispín? Que el hambre y el cansancio me

tienen abatido, y mal discurro.

CRISPÍN. Aquí no hay sino valerse del ingenio y de la desvergüenza, que

sin ella nada vale el ingenio. Lo que he pensado es que tú has de hablar

poco y desabrido,[42.2] para darte aires de persona de calidad; de vez

en cuando te permito que descargues algún golpe sobre mis costillas; a

cuantos te pregunten, responde misterioso; y cuando hables por tu

cuenta, sea con gravedad; como si sentenciaras. Eres joven, de buena

presencia; hasta ahora sólo supiste malgastar tus cualidades; ya es hora

de aprovecharse de ellas. Ponte en mis manos, que nada conviene tanto a

un hombre como llevar a su lado quien haga notar sus méritos, que en uno

mismo la modestia es necedad y la propia alabanza locura, y con las dos

se pierde para el mundo. Somos los hombres[42.3] como mercancía, que

valemos más o menos según la habilidad, del mercader que nos presenta.

Yo te aseguro que así[42.4] fueras vidrio, a mi cargo corre que pases

por diamante. Y ahora llamemos a esta hostería, que lo primero es

acampar a vista de la plaza.

LEANDRO. ¿A la hostería dices? ¿Y cómo pagaremos?

CRISPÍN. Si por tan poco te acobardas, busquemos un hospital o casa de

misericordia, o pidamos limosna, si a lo piadoso nos acogemos; y si a lo

bravo, volvamos al camino y salteemos al primer viandante; si a la

verdad de nuestros recursos nos atenemos, no son otros nuestros

recursos.

LEANDRO. Yo traigo cartas de introducción para personas de valimiento en

esta ciudad, que podrán socorrernos.

CRISPÍN. ¡Rompe luego esas cartas, y no pienses en tal bajeza!

¡Presentarnos a nadie como necesitados! ¡Buenas cartas de crédito son

ésas! Hoy te recibirán con grandes cortesías, te dirán que su casa y su

persona son tuyas, y a la segunda vez que llames a su puerta, ya te dirá

el criado que su señor no está en casa ni para en ella; y a otra visita,

ni te abrirán la puerta. Mundo es éste de toma y daca; lonja de

contratación, casa de cambio, y antes de pedir, ha de ofrecerse.

LEANDRO. ¿Y qué podré yo ofrecer si nada tengo?

CRISPÍN. ¡En qué poco te estimas! Pues qué, un hombre por sí, ¿nada

vale? Un hombre puede ser soldado, y con su valor decidir una victoria;

puede ser galán o marido, y con dulce medicina curar a alguna dama de

calidad o doncella de buen linaje que se sienta morir de melancolía;

puede ser criado de algún señor poderoso que se aficione de él y le

eleve hasta su privanza, y tantas cosas más que no he de enumerarte.

Para subir, cualquier escalón es bueno.

LEANDRO. ¿Y si aun ese escalón me falta?

CRISPÍN. Yo te ofrezco mis espaldas para encumbrarte. Tú te verás en

alto.

LEANDRO. ¿Y si los dos damos en tierra?

CRISPÍN. Que ella nos sea[44.1] leve. (_Llamando a la hostería con el

aldabón._) ¡Ah de la hostería! ¡Hola, digo! ¡Hostelero o demonio! ¿Nadie

responde? ¿Qué casa es ésta?

LEANDRO. ¿Por qué esas voces si apenas llamasteis?[44.2]

CRISPÍN. ¡Porque es ruindad hacer esperar de ese modo! (_Vuelve a llamar

más fuerte._) ¡Ah de la gente! ¡Ah de la casa! ¡Ah de todos los diablos!

HOSTELERO. (_Dentro._) ¿Quién va? ¿Qué voces y qué modos son éstos? No

hará tanto que esperan.

CRISPÍN. ¡Ya fue[44.3] mucho! Y bien nos informaron que es ésta muy ruin

posada para gente noble.

ESCENA II

DICHOS, el HOSTELERO y dos MOZOS que salen de la hostería.

HOSTELERO. (_Saliendo._) Poco a poco, que no es posada, sino hospedería,

y muy grandes señores han parado en ella.

CRISPÍN. Quisiera yo ver a ésos que llamáis[44.4] grandes señores.

Gentecilla de poco más o menos. Bien se advierte en esos mozos que no

saben conocer a las personas de calidad, y se[44.5] están ahí como

pasmarotes sin atender a nuestro servicio.

HOSTELERO. ¡Por vida que sois impertinente!

LEANDRO. Este criado mío siempre ha de extremar su celo. Buena es

vuestra posada para el poco tiempo que he de parar en ella. Disponed

luego un aposento para mí y otro para este criado, y ahorremos palabras.

HOSTELERO. Perdonad, señor; si antes hubierais hablado... Siempre los

señores han de ser más comedidos que sus criados.

CRISPÍN. Es que este buen señor mío a todo se acomoda; pero yo sé lo que

conviene a su servicio, y no he de pasar por cosa mal hecha. Conducidnos

ya al aposento.

HOSTELERO. ¿No traéis bagaje alguno?

CRISPÍN. ¿Pensáis que nuestro bagaje es hatillo de soldado o de

estudiante para traerlo a mano, ni que mi señor ha de traer aquí ocho

carros, que tras nosotros vienen, ni que aquí ha de parar sino el tiempo

preciso que conviene al secreto de los servicios que en esta ciudad le

están encomendados?...

LEANDRO. ¿No callarás? ¿Qué secreto ha de haber contigo? ¡Pues voto a...

que si alguien me descubre por tu hablar sin medida...! (_Le amenaza y

le pega con la espada._)

CRISPÍN. ¡Valedme, que[45.1] me matará! (_Corriendo._)

HOSTELERO. (_Interponiéndose entre Leandro y Crispín._) ¡Teneos, señor!

LEANDRO. Dejad que le castigue, que no hay falta para mí como el hablar

sin tino.

HOSTELERO. ¡No le castiguéis, señor!

LEANDRO. ¡Dejadme, dejadme, que no aprenderá nunca! (_Al ir a pegar a

Crispín, éste se esconde detrás del Hostelero, quien recibe los

golpes._)

CRISPÍN. (_Quejándose._)¡Ay, ay, ay!

HOSTELERO. ¡Ay, digo yo, que me dio de plano!

LEANDRO. (_A Crispín._) Ve a lo que[45.2] diste lugar; a que este

infeliz fuera el golpeado. ¡Pídele perdón!

HOSTELERO. No es menester. Yo le perdono gustoso. (_A los criados._)

¿Qué hacéis ahí parados? Disponed los aposentos donde suele parar el

embajador de Mantua y preparad comida para este caballero.

CRISPÍN. Dejad que yo les advierta de todo, que cometerán mil torpezas

y pagaré yo luego, que mi señor, como veis, no perdona falta... Soy con

vosotros,[46.1] muchachos... Y tened cuenta a quien servís, que la mayor

fortuna o la mayor desdicha os entró por las puertas. (_Entran los

criados y Crispín en la hostería._)

HOSTELERO. (_A Leandro._) ¿Y podéis decirme vuestro nombre, de dónde

venís y a qué propósito?...

LEANDRO. (_Al ver salir a Crispín de la hostería._) Mi criado os lo

dirá... Y aprended a no importunarme con preguntas... (_Entra en la

hostería._)

CRISPÍN. ¡Buena la hicisteis![46.2] ¿Atreverse a preguntar a mi señor?

Si os importa tenerle una hora siquiera en vuestra casa, no volváis a

dirigirle la palabra.

HOSTELERO. Sabed que hay Ordenanzas[46.3] muy severas que así lo

disponen.

CRISPÍN. ¡Veníos[46.4] con Ordenanzas a mi señor! ¡Callad, callad, que

no sabéis a quién tenéis en vuestra casa, y si lo supierais no diríais

tantas impertinencias!

HOSTELERO. ¿Pero no he de saber siquiera...?

CRISPÍN. ¡Voto a..., que llamaré a mi señor y él os dirá lo que

conviene, si no lo entendisteis! ¡Cuidad de que nada le falte y

atendedle con vuestros cinco sentidos, que bien puede pesaros! ¿No

sabéis conocer a las personas? ¿No visteis ya quién es mi señor? ¿Qué

replicáis? ¡Vamos ya! (_Entra en la hostería empujando al Hostelero._)

ESCENA III

ARLEQUÍN y el CAPITÁN, que salen por la segunda izquierda.

ARLEQUÍN. Vagando por los campos que rodean esta ciudad, lo mejor de

ella sin duda alguna, creo que sin pensarlo hemos venido a dar frente a

la hostería. ¡Animal de costumbre es el hombre! ¡Y dura costumbre la de

alimentarse cada día!

CAPITÁN. ¡La dulce música de vuestros versos me distrajo de mis

pensamientos! ¡Amable privilegio de los poetas!

ARLEQUÍN. ¡Que no les impide carecer de todo! Con temor llego a la

hostería. ¿Consentirán hoy en fiarnos? ¡Válgame vuestra espada!

CAPITÁN. ¿Mi espada? Mi espada de soldado como vuestro plectro de poeta,

nada valen en esta ciudad de mercaderes y de negociantes... ¡Triste

condición es la nuestra!

ARLEQUÍN. Bien decís. No la sublime poesía, que sólo canta de nobles y

elevados asuntos; ya ni sirve poner el ingenio a las plantas de los

poderosos para elogiarlos o satirizarlos; alabanzas o diatribas no

tienen valor para ellos; ni agradecen las unas ni temen las otras. El

propio Aretino[47.1] hubiera muerto de hambre en estos tiempos.

CAPITÁN. ¿Y nosotros, decidme? Porque fuimos vencidos en las últimas

guerras, más que por el enemigo poderoso, por esos indignos traficantes

que nos gobiernan y nos enviaron a defender sus intereses sin fuerzas y

sin entusiasmo, porque nadie combate con fe por lo que no estima; ellos,

que no dieron uno de los suyos para soldado ni soltaron moneda sino a

buen interés y a mejor cuenta, y apenas temieron verla perdida

amenazaron con hacer causa con el enemigo, ahora nos culpan a nosotros y

nos maltratan y nos menosprecian y quisieran ahorrarse la mísera soldada

con que creen pagarnos, y de muy buena gana nos despedirían si no

temieran que un día todos los oprimidos por sus maldades y tiranías se

levantaran contra ellos. ¡Pobres de ellos[48.1] si ese día nos

acordamos de qué parte están la razón y la justicia!

ARLEQUÍN. Si así fuera..., ese día me tendréis a vuestro lado.

CAPITÁN. Con los poetas no hay que contar para nada, que es vuestro

espíritu como el ópalo, que a cada luz hace diversos visos. Hoy os

apasionáis por lo que nace y mañana por lo que muere; pero más

inclinados sois a enamoraros de todo lo ruinoso por melancólico.[48.2] Y

como sois por lo regular poco madrugadores, más veces visteis morir el

sol que amanecer el día, y más sabéis de sus ocasos que de sus auroras.

ARLEQUÍN. No lo diréis por mí, que he visto amanecer muchas veces cuando

no tenía donde acostarme. ¿Y cómo queríais que cantara al día, alegre

como alondra, si amanecía tan triste para mí? ¿Os decidís a probar

fortuna?

CAPITÁN. ¡Qué remedio! Sentémonos, y sea lo que disponga nuestro buen

hostelero.

ARLEQUÍN. ¡Hola! ¡Eh! ¿Quién sirve? (_Llamando en la hostería._)

ESCENA IV

DICHOS; el HOSTELERO. Después los MOZOS, LEANDRO y CRISPÍN, que

salen a su tiempo de la hostería.

HOSTELERO. ¡Ah, caballeros! ¿Sois vosotros?[48.3] Mucho lo siento, pero

hoy no puedo servir a nadie en mi hostería.

CAPITÁN. ¿Y por qué causa, si puede saberse?

HOSTELERO. ¡Lindo desahogo es el vuestro en preguntarlo! ¿Pensáis que a

mí me fía nadie lo que en mi casa se gasta?

CAPITÁN. ¡Ah! ¿Es ése el motivo? ¿Y no somos personas de crédito a quien

puede fiarse?

HOSTELERO. Para mí, no. Y como nunca pensé cobrar, para favor ya fue

bastante; conque así, hagan merced[49.1] de no volver por mi casa.

ARLEQUÍN. ¿Creéis que todo es dinero en este bajo mundo? ¿Contáis por

nada las ponderaciones que de vuestra casa hicimos en todas partes?

¡Hasta un soneto os tengo dedicado,[49.2] y en él celebro vuestras

perdices estofadas y vuestros pasteles de liebre!... Y en cuanto al

señor Capitán, tened por seguro que él solo sostendrá contra un ejército

el buen nombre de vuestra casa. ¿Nada vale esto? ¡Todo ha de ser moneda

contante en el mundo!

HOSTELERO. ¡No estoy para burlas! No he menester[49.3] de vuestros

sonetos ni de la espada del señor Capitán, que mejor pudiera emplearla.

CAPITÁN. ¡Voto a..., que sí la emplearé escarmentando a un pícaro!

(_Amenazándole y pegándole con la espada._)

HOSTELERO. (_Gritando._) ¿Qué es esto? ¿Contra mí? ¡Favor! ¡Justicia!

ARLEQUÍN. (_Conteniendo al Capitán._) ¡No os perdáis por tan ruin

sujeto!

CAPITÁN. He de matarle. (_Pegándole._)

HOSTELERO. ¡Favor! ¡Justicia!

MOZOS. (_Saliendo de la hostería._) ¡Que matan a nuestro amo!

HOSTELERO. ¡Socorredme!

CAPITÁN. ¡No dejaré uno!

HOSTELERO. ¿No vendrá nadie?

LEANDRO. (_Saliendo con Crispín._) ¿Qué alboroto es éste?

CRISPÍN. ¿En lugar donde mi señor se hospeda? ¿No hay sosiego posible en

vuestra casa? Yo traeré a la Justicia, que pondrá orden en ello.

HOSTELERO. ¡Esto ha de ser mi ruina! ¡Con tan gran señor en mi casa!

ARLEQUÍN. ¿Quién es él?

HOSTELERO. ¡No oséis preguntarlo!

CAPITÁN. Perdonad, señor, si turbamos vuestro reposo; pero este ruin

hostelero...

HOSTELERO. No fue mía la culpa, señor, sino de estos desvergonzados...

CAPITÁN. ¿A mí desvergonzado? ¡No miraré nada![50.1]...

CRISPÍN. ¡Alto, señor Capitán, que aquí tenéis quien satisfaga vuestros

agravios, si los tenéis de este hombre!

HOSTELERO. Figuraos que ha[50.2] más de un mes que comen a mi costa sin

soltar blanca, y porque me negué hoy a servirles se vuelven contra mí.

ARLEQUÍN. Yo no, que todo lo llevo con paciencia.

CAPITÁN. ¿Y es razón que a un soldado no se le haga crédito?

ARLEQUÍN. ¿Y es razón que en nada se estime un soneto con estrambote que

compuse a sus perdices estofadas y a sus pasteles de liebre?... Todo por

fe, que no los probé nunca, sino carnero y potajes.

CRISPÍN. Estos dos nobles señores dicen muy bien, y es indignidad tratar

de ese modo a un poeta y a un soldado.

ARLEQUÍN. ¡Ah, señor; sois un[50.3] alma grande!

CRISPÍN. Yo, no. Mi señor, aquí presente; que como tan gran señor, nada

hay para él en el mundo como un poeta y un soldado.

LEANDRO. Cierto.

CRISPÍN. Y estad seguros de que mientras él pare en esta ciudad no

habéis de carecer de nada, y cuanto gasto hagáis aquí corre de su

cuenta.

LEANDRO. Cierto.

CRISPÍN. ¡Y mírese[51.1] mucho el hostelero en trataros como

corresponde!

HOSTELERO. ¡Señor!

CRISPÍN. Y no seáis tan avaro de vuestras perdices ni de vuestras

empanadas de gato, que no es razón que un poeta como el señor Arlequín

hable por sueño de cosas tan palpables...

ARLEQUÍN. ¿Conocéis mi nombre?

CRISPÍN. Yo, no; pero mi señor, como tan gran señor, conoce a cuantos

poetas existen y existieron, siempre que sean dignos de ese nombre.

LEANDRO. Cierto.

CRISPÍN. Y ninguno tan grande como vos, señor Arlequín; y cada vez que

pienso que aquí no se os ha guardado todo el respeto que merecéis...

HOSTELERO. Perdonad, señor. Yo les serviré como mandáis, y basta que

seáis su fiador...

CAPITÁN. Señor, si en algo puedo serviros...

CRISPÍN. ¿Es poco servicio el conoceros? ¡Glorioso Capitán, digno de ser

cantado por este solo poeta!...

ARLEQUÍN. ¡Señor!

CAPITÁN. ¡Señor!

ARLEQUÍN. ¿Y os son conocidos mis versos?

CRISPÍN. ¿Cómo conocidos?[51.2] ¡Olvidados los tengo![51.3] ¿No es

vuestro aquel soneto admirable que empieza:

«La dulce mano que acaricia y mata»?

ARLEQUÍN. ¿Cómo decís?

CRISPÍN. «La dulce mano que acaricia y mata.»

ARLEQUÍN. ¿Ése decís? No, no es mío ese soneto.

CRISPÍN. Pues merece ser vuestro. Y de vos,[52.1] Capitán, ¿quién no

conoce las hazañas? ¿No fuisteis el que sólo con veinte hombres asaltó

el castillo de las Peñas Rojas en la famosa batalla de los Campos

Negros?

CAPITÁN. ¿Sabéis...?

CRISPÍN. ¿Cómo si sabemos?[52.2] ¡Oh! ¡Cuántas veces se lo oí referir a

mi señor entusiasmado! Veinte hombres, veinte y vos delante, y desde el

castillo... ¡bum! ¡bum! ¡bum!, disparos, y bombardas, y pez hirviente, y

demonios encendidos... ¡Y los veinte hombres como un solo hombre y vos

delante! Y los de arriba... ¡bum! ¡bum! ¡bum! Y los tambores... ¡ran,

rataplán, plan! Y los clarines... ¡tararí, tarí, tarí!... Y vosotros

sólo con vuestra espada y vos[52.3] sin espada... ¡ris, ris, ris!, golpe

aquí, golpe allí..., una cabeza, un brazo... (_Empieza a golpes con la

espada, dándole de plano al Hostelero y a los Mozos._)

MOZOS. ¡Ay, ay!

HOSTELERO. ¡Téngase, que se apasiona como si pasara!

CRISPÍN. ¿Cómo si me apasiono? Siempre sentí yo el _animus belli_.

CAPITÁN. No parece sino que os hallasteis presente.

Tres Comedias · 第 4 / 15 段