GERTRUDIS.--Donde hallaréis un sauce que crece á las orillas de ese

arroyo, repitiendo en las ondas cristalinas la imagen de sus hojas

pálidas. Allí se encaminó ridículamente coronada de ranúnculos, ortigas,

margaritas y luengas flores purpúreas, que entre los sencillos

labradores se reconocen bajo una denominación grosera, y las modestas

doncellas llaman dedos de muerto. Llegada que fué, se quitó la

guirnalda, y queriendo subir á suspenderla de los pendientes ramos, se

troncha un vástago envidioso, y caen al torrente fatal ella y todos sus

adornos rústicos. Las ropas huecas y extendidas la llevaron un rato

sobre las aguas, semejante á una sirena, y en tanto iba cantando pedazos

de tonadas antiguas, como ignorante de su desgracia, ó como criada y

nacida en aquel elemento. Pero no era posible que así durase por mucho

espacio... Las vestiduras, pesadas ya con el agua que absorbían, la

arrebataron á la infeliz, interrumpiendo su canto dulcísimo la muerte,

llena de angustias.

LAERTES.--Qué, ¿en fin se ahogó? ¡Mísero!

GERTRUDIS.--Sí, se ahogó, se ahogó.

LAERTES.--¡Desdichada Ofelia! demasiada agua tienes ya; por eso quisiera

reprimir la de mis ojos.... Bien que á pesar de todos nuestros

esfuerzos, imperiosa la naturaleza sigue su costumbre, por más que el

valor se avergüence... Pero luego que este llanto se vierta, nada

quedará en mí de femenil ni de cobarde... Adiós, señores... Mis palabras

de fuego arderían en llamas, si no las apagasen estas lágrimas

imprudentes.

(_Vase Laertes_).

CLAUDIO.--Sigámosle, Gertrudis, que después de haberme costado tanto

aplacar su cólera, temo ahora que esta desgracia no la irrite otra vez.

Conviene seguirle.

ACTO V

ESCENA PRIMERA

Cementerio contiguo á una iglesia

Sepultureros primero y segundo

SEPULTURERO 1.º--¿Y es la que ha de sepultarse en tierra sagrada, la que

deliberadamente ha conspirado contra su propia salvación?

SEPULTURERO 2.º--Dígote que sí: con que haz presto el hoyo. El juez ha

reconocido ya el cadáver, y ha dispuesto que se la entierre en sagrado.

SEPULTURERO 1.º--Yo no entiendo cómo va eso... Aun si se hubiera ahogado

haciendo esfuerzos para librarse, anda con Dios.

SEPULTURERO 2.º--Así han juzgado que fué.

SEPULTURERO 1.º--No, no, eso fué _se offendendo_; ni puede haber sido de

otra manera, porque... ve aquí el punto de la dificultad: Si yo me ahogo

voluntariamente, esto arguye por de contado una acción, y toda acción

consta de tres partes, que son: hacer, obrar y ejecutar; de donde se

infiere, amigo Rasura, que ella se ahogó voluntariamente.

SEPULTURERO 2.º--¡Qué!... Pero óigame ahora el tío Socaba.

SEPULTURERO 1.º--No, deja, yo te diré. Mira, aquí está el agua. Bien.

Aquí está el hombre. Muy bien... Pues, señor, si este hombre va y se

mete dentro del agua, se ahoga á sí mismo; porque por fas ó por nefas,

ello es que él va... Pero atiende á lo que digo. Si el agua viene hacia

él y le sorprende y le ahoga, entonces no se ahoga él á sí propio...

Compadre Rasura, el que no desea su muerte no se acorta la vida.

SEPULTURERO 2.º--Y qué, ¿hay leyes para eso?

SEPULTURERO 1.º--Ya se ve que las hay, y por ella se guía el juez que

examina estos casos.

SEPULTURERO 2.º--¿Quieres que te diga la verdad? Pues mira, si la muerta

no fuese una señora, yo te aseguro que no la enterrarían en sagrado.

SEPULTURERO 1.º--En efecto, dices bien; y es mucha lástima que los

grandes personajes hayan de tener en este mundo especial privilegio,

entre todos los demás cristianos, para ahogarse y ahorcarse cuando

quieren, sin que nadie les diga nada... Vamos allá con el azadón...

(_Pónense los dos á abrir una sepultura en medio del teatro, sacando la

tierra con espuertas, y entre ella calaveras y huesos_). Ello es que no

hay caballeros de nobleza más antigua que los jardineros, sepultureros y

cavadores, que son los que ejercen la profesión de Adán.

SEPULTURERO 2.º--Pues qué, ¿Adán fue caballero?

SEPULTURERO 1.º--¡Toma! como que fué el primero que llevó armas... Pero

voy á hacerte una pregunta, y si no me respondes á cuento, has de

confesar que eres un...

SEPULTURERO 2.º--Adelante.

SEPULTURERO 1.º--¿Cuál es el que construye edificios más fuertes que los

que hacen los albañiles y los carpinteros de casas y navíos?

SEPULTURERO 2.º--El que hace la horca, porque aquella fábrica sobrevive

á mil inquilinos.

SEPULTURERO 1.º--Agudo eres, por vida mía. Buen edificio es la horca;

pero ¿cómo es bueno? Es bueno para los que hacen mal: ahora bien, tú

haces mal en decir que la horca es fábrica más fuerte que una iglesia;

con que la horca podría ser buena para ti... Volvamos á la pregunta.

SEPULTURERO 2.º--¿Cuál es el que hace habitaciones más durables que las

que hacen los albañiles, los carpinteros de casas y de navíos?

SEPULTURERO 1.º--Sí, dímelo, y sales del apuro.

SEPULTURERO 2.º--Ya se ve que te lo digo.

SEPULTURERO 1.º--Pues vamos.

SEPULTURERO 2.º--Pues no puedo decirlo.

SEPULTURERO 1.º--Vaya, no te rompas la cabeza sobre ello... Tú eres un

burro lerdo que no saldrá de su paso por más que le apaleen. Cuando te

hagan esta pregunta, has de responder: «El sepulturero.» ¿No ves que las

casas que él hace duran hasta el día del juicio?... Anda, ve ahí á casa

de Juanillo, y tráeme una copa de aguardiente.

ESCENA II

HAMLET, HORACIO, sepulturero primero

SEPULTURERO 1.º--Yo amé en mis primeros años,

(_Cantando_).

dulce cosa lo juzgué;

pero casarme, eso no,

que no me estuviera bien.

HAMLET.--¡Qué poco siente ese hombre lo que hace, que abre una sepultura

y canta!

HORACIO.--La costumbre le ha hecho ya familiar esa ocupación.

HAMLET.--Así es la verdad. La mano que menos trabaja tiene más delicado

el tacto.

SEPULTURERO 1.º--La edad callada en la huesa

(_Cantando_).

me hundió con mano crüel,

y toda se destruyó

la existencia que gocé.

HAMLET.--Aquella calavera tendría lengua en otro tiempo, y con ella

podría también cantar...¡ Cómo la tira al suelo el pícaro! Como si fuese

la quijada con que hizo Caín el primer homicidio. Y la que está

maltratando ahora ese bruto, podría ser muy bien la cabeza de algún

estadista, que acaso pretendió engañar al cielo mismo. ¿No te parece?

HORACIO.--Bien puede ser.

HAMLET.--O la de algún cortesano que diría: «Felicísimos días, señor

excelentísimo; ¿cómo va de salud, mi venerado señor?» Esta puede ser la

del caballero Fulano, que hacía grandes elogios del potro del caballero

Zutano para pedírsele prestado después. ¿No puede ser así?

HORACIO.--Sí, señor.

HAMLET.--¡Oh! sí por cierto; y ahora está en poder del señor gusano,

estropeada y hecha pedazos con el azadón de un sepulturero... Grandes

revoluciones se hacen aquí, si hubiera entre nosotros medios para

observarlas... Pero ¿costó acaso tan poco la formación de estos huesos á

la naturaleza, que hayan de servir para que esa gente se divierta en sus

garitos con ellos? ¡Eh! Los míos se estremecen al considerarlo.

SEPULTURERO 1.º--Una piqueta (_Cantando_).

con una azada,

un lienzo donde

revuelto vaya,

y un hoyo en tierra

que le preparan:

para tal huésped

esto le basta.

HAMLET.--Y ésa otra, ¿por qué no podría ser la calavera de un

letrado?... ¿A dónde se fueron sus equívocos y sutilezas, sus litigios,

sus interpretaciones, sus embrollos? ¿Por qué sufre ahora que ese bribón

grosero le golpee contra la pared con el azadón lleno de barro!... ¡Y no

dirá palabra acerca de un hecho tan criminal!... Este sería quizás,

mientras vivió, un gran comprador de tierras, con sus obligaciones,

reconocimientos, transacciones, seguridades mutuas, pagos, recibos... Ve

aquí el arriendo de sus arriendos, y el cobro de sus cobranzas: todo ha

venido á parar en una calavera llena de lodo. Los títulos de los bienes

que poseyó cabrían difícilmente en su ataúd, y no obstante eso, todas

las fianzas y seguridades recíprocas de sus adquisiciones no le han

podido asegurar otra posesión que la de un espacio pequeño capaz de

cubrirse con un par de sus escrituras... ¡Oh! y á su opulento sucesor

tampoco le quedará más.

HORACIO.--Verdad es, señor.

HAMLET.--¿No se hace el pergamino de piel de carnero?

HORACIO.--Sí, señor, y de piel de ternera también.

HAMLET.--Pues dígote, que son más irracionales que las terneras y

carneros los que fundan su felicidad en la posesión de tales

pergaminos... Voy á tramar conversación con este hombre. (_Al

sepulturero_). ¿De quién es esa sepultura, buena pieza?

SEPULTURERO 1.º--Mía, señor.

Y un hoya en tierra (_Cantando_).

que le preparan:

para tal huésped

eso le basta.

HAMLET.--Sí; yo creo que es tuya porque estás ahora dentro de ella...

Pero la sepultura es para los muertos, no para los vivos: conque has

mentido.

SEPULTURERO 1.º--Ve ahí un mentís demasiado vivo; pero yo os le volveré.

HAMLET.--¿Para qué muerto cavas esta sepultura?

SEPULTURERO 1.º--No es hombre, señor.

HAMLET.--Pues bien, ¿para qué mujer?

SEPULTURERO 1.º--Tampoco es eso.

HAMLET.--Pues ¿qué es lo que ha de enterrarse ahí?

SEPULTURERO 1.º--Un cadáver que fué mujer; pero ya murió... Dios la

perdone.

HAMLET.--¡Qué taimado es! Hablémosle clara y sencillamente, porque sino,

es capaz de confundirnos á equívocos. De tres años á esta parte he

observado cuánto se va sutilizando la edad en que vivimos... Por vida

mía, Horacio, que ya el villano sigue tan de cerca al caballero, que muy

pronto le desollará el talón... ¿Cuánto tiempo há que eres sepulturero?

SEPULTURERO 1.º--Toda mi vida, se puede decir. Yo comencé el oficio el

día que nuestro último rey Hamlet venció á Fortimbrás.

HAMLET.--¿Y cuánto tiempo habrá?

SEPULTURERO 1.º--¡Toma! ¿No lo sabéis? Eso sucedió el mismo día en que

nació el joven Hamlet, el que está loco y se ha ido á Inglaterra.

HAMLET.--¡Oiga! ¿Y por qué se ha ido a Inglaterra?

SEPULTURERO 1.º--Porque... porgue está loco, y allí cobrará su juicio;

y si no lo cobra, á bien que poco importa.

HAMLET.--¿Por qué?

SEPULTURERO 1.º--Porque allí todos son tan locos como él, y no será

reparado.

HAMLET.--¿Y cómo ha sido volverse loco?

SEPULTURERO 1.º--De un modo muy extraño, según dicen.

HAMLET.--¿De qué modo?

SEPULTURERO 1.º--Habiendo perdido el entendimiento.

HAMLET.--Pero, ¿qué motivo dió lugar á eso?

SEPULTURERO 1.º--¿Qué lugar? Aquí en Dinamarca, donde soy enterrador, y

lo he sido de chico y de grande por espacio de treinta años.

HAMLET.--¿Cuánto tiempo podrá estar enterrado un hombre sin corromperse?

SEPULTURERO 1.º--De suerte que si él no corrompía ya en vida (como nos

sucede todos los días con muchos cuerpos galicados, que no hay por dónde

asirlos), podrá durar cosa de ocho ó nueve años. Un curtidor durará

nueve años seguramente.

HAMLET.--Pues ¿qué tiene él más que otro cualquiera?

SEPULTURERO 1.º--Lo que tiene es un pellejo tan curtido ya por mor de su

ejercicio, que puede resistir mucho tiempo al agua; y el agua, señor

mío, es la cosa que más pronto destruye á cualquier hideputa de muerto.

Ve aquí una calavera que ha estado debajo de tierra veintitrés años.

HAMLET.--¿De quién es?

SEPULTURERO 1.º--¡Mayor hideputa, loco!..... ¿De quién os parece que

será?

HAMLET.--Yo ¿cómo he de saberlo?

SEPULTURERO 1.º--¡Mala peste en él y en sus travesuras!... Una vez me

echó un frasco de vino del Rhin por los cabezones... Pues, señor, esta

calavera es la calavera de Yorick, el bufón del rey.

(_El sepulturero le da una calavera á Hamlet_).

HAMLET.--¿Esta?

SEPULTURERO 1.º--La misma.

HAMLET.--¡Ay, pobre Yorick...! Yo le conocí, Horacio... Era un hombre

sumamente gracioso, de la más fecunda imaginación. Me acuerdo que

siendo yo niño me llevó mil veces sobre sus hombros... y ahora su vista

me llena de horror, y oprimido el pecho palpita... Aquí estuvieron

aquellos labios donde yo dí besos sin número... ¿Qué se hicieron tus

burlas, tus brincos, tus cantares y aquellos chistes repentinos que de

ordinario animaban la mesa con alegre estrépito? Ahora, falto ya

enteramente de músculos, ni aun puedes reirte de tu propia deformidad...

Ve al tocador de una de nuestras damas, y dile, para excitar su risa,

que por más que se ponga una pulgada de afeite en el rostro, al fin

habrá de experimentar esta misma transformación... (_Tira la calavera al

montón de tierra inmediato á la sepultura_). Díme una cosa, Horacio.

HORACIO.--¿Cuál es, señor?

HAMLET.--¿Crees tú que Alejandro metido debajo de tierra tendría esa

forma?

HORACIO.--Cierto que sí.

HAMLET.--¿Y exhalaría este mismo hedor?... ¡Uh!

HORACIO.--Sin diferencia alguna.

(El sepulturero primero, acabada la excavación, sale de la

sepultura y se pasea hacia el fondo del teatro. Viene después el

sepulturero segundo, que trae el aguardiente; beben y hablan entre

sí, permaneciendo retirados hasta la escena siguiente, como lo

indica el diálogo.)

HAMLET.--¡En qué abatimiento hemos de parar, Horacio!... Y ¿por qué no

podría la imaginación seguir las ilustres cenizas de Alejandro hasta

encontrarlas tapando la boca de algún barril?

HORACIO.--A fe, que sería excesiva curiosidad ir á examinarlo.

HAMLET.--No, no por cierto. No hay sino irle siguiendo hasta conducirle

allí con probabilidad y sin violencia alguna. Como si dijéramos:

Alejandro murió, Alejandro fué sepultado, Alejandro se redujo á polvo,

el polvo es tierra, de la tierra hacemos barro... Y ¿por qué con este

barro, en que él está ya convertido, no habrán podido tapar un barril de

cerveza? El emperador César, muerto y hecho tierra, puede tapar un

agujero para estorbar que pase el aire... ¡Oh! Y aquella tierra que tuvo

atemorizado el orbe, servirá tal vez de reparar las hendiduras de un

tabique contra las intemperies del invierno... Pero callemos...

hagámonos á un lado, que... Sí... aquí viene el rey, la reina, los

grandes... ¿A quién acompañan? ¡Qué ceremonial tan incompleto es

éste!... Todo ello me anuncia que el difunto que conducen dió fin á su

vida con desesperada mano... Sin duda era persona de calidad.

Ocultémonos un poco, y observa.

ESCENA III

CLAUDIO, GERTRUDIS, HAMLET, LAERTES, HORACIO, un cura, dos

sepultureros, acompañamiento de damas, caballeros y criados.

(Conducen entre cuatro hombres el cadáver de Ofelia, vestida con

túnica blanca y coronada de flores. Detrás sigue el preste y todos

los que hacen el duelo, atravesando el teatro á paso lento, hasta

llegar á donde está la sepultura. Suena el clamor de las campanas.

Hamlet y Horacio se retiran á un extremo del teatro.)

LAERTES.--¿Qué otra ceremonia falta?

HAMLET.--Mira, aquél es Laertes, joven muy ilustre.

LAERTES.--¿Qué ceremonia falta?

EL CURA.--Ya se han celebrado sus exequias con toda la decencia posible.

Su muerte da lugar á muchas dudas, y á no haberse interpuesto la suprema

autoridad que modifica las leyes, hubiera sido colocada en lugar

profano; allí estuviera hasta que sonase la trompeta final, y en vez de

oraciones piadosas, hubieran caído sobre su cadáver guijarros, piedras y

cascote. No obstante esto, se le han concedido las vestiduras y adornos

virginales, el clamor de las campanas y la sepultura.

LAERTES.--¿Con que no se debe hacer más?

EL CURA.--No más. Profanaríamos los honores sagrados de los difuntos,

cantando un _requiem_ para implorar el descanso de su alma, como se hace

por aquéllos que parten de esta vida con más cristiana disposición.

LAERTES.--Dadle tierra, pues. _(Ponen el cadáver de Ofelia en la

sepultura_). Sus hermosos é intactos miembros acaso producirán violetas

suaves. Y á ti, clérigo zafio, te anuncio que mi hermana será un ángel

del Señor, mientras tú estarás bramando en los abismos.

HAMLET.--¡Qué!... ¡La hermosa Ofelia!

GERTRUDIS.--Dulces dones á mi dulce amiga. (_Esparce flores sobre el

cadáver_). Adiós... Yo deseaba que hubieras sido la esposa de mi Hamlet,

graciosa doncella, y esperé cubrir de flores tu lecho nupcial... pero no

tu sepulcro.

LAERTES.--¡Oh! ¡una y mil veces sea maldito aquél cuya acción inhumana

te privó á ti del más sublime entendimiento!... No... esperad un

instante; no echéis la tierra todavía... no... hasta que otra vez la

estreche en mis brazos... (_Métese en la sepultura_). Echadla ahora

sobre la muerta y el vivo, hasta que de este llano hagáis un monte que

descuelle sobre el antiguo Pelión, ó sobre la azul extremidad del Olimpo

que toca los cielos.

HAMLET.--¿Quién es el que da á sus penas idioma tan enfático, el que así

invoca en su aflicción á las estrellas errantes, haciéndolas detenerse

admiradas á oirle?... Yo soy Hamlet, príncipe de Dinamarca.

(Atravesando por en medio de todos, va hacia la sepultura, entra en

ella, y luchan él y Laertes, y se dan puñadas. Algunos de los

circunstantes van allá, los sacan del hoyo y los separan.)

LAERTES.--El demonio lleve tu alma.

HAMLET.--No es justo lo que pides... Quita esos dedos de mi cuello;

porque aunque no soy precipitado ni colérico, algún riesgo hay en

ofenderme, y si eres prudente debes evitarle... Quita de ahí esa mano.

CLAUDIO.--Separadlos.

GERTRUDIS.--¡Hamlet! ¡Hamlet!

TODOS.--¡Señores!

HORACIO.--Moderaos, señor.

HAMLET.--No; por causa tan justa lidiaré con él hasta que cierre mis

párpados la muerte.

GERTRUDIS.--¿Qué causa puede haber, hijo mío?

HAMLET.--Yo he querido á Ofelia, y cuatro mil hermanos juntos no podrán

con todo su amor exceder al mío... ¿Qué quieres hacer por ella? Dí.

CLAUDIO.--Laertes, mira que está loco.

GERTRUDIS.--Por Dios, Laertes, déjale.

HAMLET.--Dime lo que intentas hacer. (_Los sepultureros llenan la

sepultura de tierra y la apisonan_). ¿Quieres llorar, combatir, negarte

al sustento, hacerte pedazos, beber todo el Esil, devorar un caimán? Yo

lo haré también... ¿Vienes aquí á lamentar su muerte, á insultarme

precipitándote en su sepulcro, á ser enterrado vivo con ella? Pues bien,

eso quiero yo; y si hablas de montes, descarguen sobre nosotros yugadas

de tierra innumerables, hasta que estos campos tuesten su frente en la

tórrida zona, y el alto Osa parezca en su comparación un terrón

pequeño... Si me hablas con soberbia, yo usaré un lenguaje tan altanero

como el tuyo.

GERTRUDIS.--Todos son efectos de su frenesí, cuya violencia podrá

agitarle por algún tiempo; pero después, semejante á la mansa paloma

cuando siente animadas las mellizas crías, le veréis sin movimiento y

mudo.

HAMLET.--Oyeme: ¿cuál es la razón de obrar así conmigo?... Siempre te he

querido bien... Pero... nada importa. Aunque el mismo Hércules con todo

su poder quisiera estorbarlo, el gato mayará y el perro quedará

vencedor. (_Vase Hamlet y Horacio le sigue_).

CLAUDIO.--Horacio, ve, no le abandones... Laertes, nuestra plática de la

noche anterior fortificará tu paciencia mientras dispongo lo que importa

en la ocasión presente... Amada Gertrudis, será bien que alguno se

encargue de la guarda de tu hijo... Esta sepultura se adornará con un

monumento durable... Espero que gozaremos brevemente horas más

tranquilas; pero entre tanto conviene sufrir.

ESCENA IV

Salón de palacio, el mismo que sirvió para la representación, con

asientos que han de ocuparse en la escena IX.

HAMLET, HORACIO

HAMLET.--Baste ya lo dicho sobre esta materia. Ahora quisiera informarte

de lo demás; pero, ¿te acuerdas bien de todas las circunstancias?

HORACIO.--¿No he de acordarme, señor?

HAMLET.--Pues sabrás, amigo, que agitado continuamente mi corazón en una

especie de combate, no me permitía conciliar el sueño, y en tal

situación me juzgaba más infeliz que el delincuente cargado de

prisiones. Una temeridad... Bien que debo dar gracias á esta temeridad,

pues por ella existo... Sí, confesemos que tal vez nuestra indiscreción

suele sernos útil, al paso que los planes concertados con la mayor

sagacidad se malogran; prueba certísima de que la mano de Dios conduce á

su fin todas nuestras acciones, por más que el hombre las ordene sin

inteligencia.

HORACIO.--Así es la verdad.

HAMLET.--Salgo, pues, de mi camarote, mal rebujado con un vestido de

marinero; y á tientas, favorecido de la obscuridad, llego hasta donde

ellos estaban. Logro mi deseo, me apodero de sus papeles, y me vuelvo á

mi cuarto. Allí, olvidando mis recelos toda consideración, tuve la

osadía de abrir sus despachos, y en ellos encuentro, amigo, una alevosía

del rey. Una orden precisa, apoyada en varias razones de ser importante

á la tranquilidad de Dinamarca y aun á la de Inglaterra, y... ¡oh! mil

temores y anuncios de mal, si me dejan vivo... En fin, decía que luego

que fuese leída, sin dilación ni aun para afinar á la segur el filo, me

cortasen la cabeza.

HORACIO.--¿Es posible?

HAMLET.--Mira la orden aquí (_le enseña un pliego, y vuelve á

guardársele_), podrás leerla en mejor ocasión. Pero, ¿quieres saber lo

que yo hice?

HORACIO.--Sí, yo os lo ruego.

HAMLET.--Ya ves cómo rodeado así de traiciones, ya ellos habían empezado

el drama aun antes de que yo hubiese comprendido el prólogo. No

obstante, siéntome al bufete, imagino una orden distinta, y la escribo

inmediatamente de buena letra... Yo creí algún tiempo (como todos los

grandes señores) que el escribir bien fuese un desdoro, y aun no dejé de

hacer muchos esfuerzos para olvidar esta habilidad; pero ahora conozco,

Horacio, cuán útil me ha sido tenerla. ¿Quieres saber lo que el escrito

contenía?

HORACIO.--Sí, señor.

HAMLET.--Una súplica del rey dirigida con grandes instancias al de

Inglaterra, como á su obediente mandatario, diciéndole que su recíproca

amistad florecerá como la palma robusta; que la paz coronada de espigas

mantendría la quietud de ambos imperios, uniéndolos en amor durable, con

otras expresiones no menos afectuosas; pidiéndole por último, que vista

que fuese aquella carta, sin otro examen, hiciese perecer con pronta

muerte á los dos mensajeros, no dándoles tiempo ni aun para confesar su

delito.

HORACIO.--¿Y cómo la pudisteis sellar?

HAMLET.--Aun eso también parece que lo dispuso el cielo; porque

felizmente traía conmigo el sello de mi padre, por el cual se hizo el

que hoy usa el rey. Cierro el pliego en la forma que el anterior,

póngole la misma dirección, el mismo sello, le conduzco sin ser visto al

mismo paraje, y nadie nota el cambio... Al día siguiente ocurrió el

combate naval: lo que después sucedió, ya lo sabes.

HORACIO.--De ese modo, Guillermo y Ricardo caminan derechos a la muerte.

HAMLET.--Ya ves que ellos han solicitado este encargo; mi conciencia no

me acusa acerca de su castigo... Ellos mismos se han procurado su

ruina... Es muy peligroso al inferior meterse entre las puntas de las

espadas, cuando dos enemigos poderosos lidian.

HORACIO.--¡Oh, qué rey éste!

HAMLET.--¿Juzgas tú que no estoy en obligación de proseguir lo que

falta? El que asesinó a mi padre y mi rey, que ha deshonrado á mi

madre, que se ha introducido furtivamente entre el solio y mis derechos

justos, que ha conspirado contra mi vida valiéndose de medios tan

aleves... ¿no será justicia rectísima castigarle con esta mano? ¿No será

culpa en mí tolerar que ese monstruo exista para cometer, como hasta

aquí, maldades atroces?

HORACIO.--Presto le avisarán de Inglaterra cuál ha sido el éxito de su

solicitud.

HAMLET.--Sí, presto lo sabrá; pero entre tanto el tiempo es mío, y para

quitar á un hombre la vida un instante basta... Sólo me disgusta, amigo

Horacio, el lance ocurrido con Laertes, en que olvidado de mí propio, no

vi en mi sentimiento la imagen y semejanza del suyo. Procuraré su

amistad, sí... Pero, ciertamente, aquel tono amenazador que daba á sus

quejas irritó en exceso mi cólera.

HORACIO.--Callad... ¿Quién viene aquí?

ESCENA V

HAMLET, HORACIO, ENRIQUE

ENRIQUE.--En hora feliz haya regresado V. A. á Dinamarca.

HAMLET.--Muchas gracias, caballero... ¿Conoces á este moscón?

HORACIO.--No, señor.

HAMLET.--Nada se te dé, que el conocerle es por cierto, poco agradable.

Este es señor de muchas tierras y muy fértiles, y por más que él sea un

bestia que manda en otros tan bestias como él, ya se sabe, tiene su

pesebre fijo en la mesa del rey... Es la corneja más charlera que en mi

vida he visto; pero, como te he dicho ya, posee una gran porción de

polvo.

ENRIQUE.--Amable príncipe, si vuestra grandeza no tiene ocupación que se

lo estorbe, yo le comunicaría una cosa de parte del rey.

HAMLET.--Estoy dispuesto á oirla con la mayor atención... Pero emplead

el sombrero en el uso á que fué destinado. El sombrero se hizo para la

cabeza.

ENRIQUE.--Muchas gracias, señor... ¡Eh! el tiempo está caluroso.

HAMLET.--No, al contrario, muy frío. El viento es norte.

ENRIQUE.--Cierto, que hace bastante frío.

Hamlet: Drama en cinco actos · 第 7 / 8 段