Cuantos accidentes ocurren, todos me acusan, excitando á la venganza mi

adormecido aliento. ¿Qué es el hombre que funda su mayor felicidad, y

emplea todo su tiempo sólo en dormir y alimentarse? Es un bruto y no

más. No: aquel que nos formó dotados de tan extenso conocimiento, que

con él podemos ver lo pasado y lo futuro, no nos dió ciertamente esta

facultad, esta razón divina, para que estuviera nosotros sin uso y

torpe. Sea, pues, brutal negligencia, sea tímido escrúpulo que no se

atreve á penetrar los casos venideros (proceder en que hay más parte de

cobardía que de prudencia), yo no sé para qué existo, diciendo siempre:

razón, voluntad, fuerza y medios para ejecutarla. Por todas partes hallo

ejemplos grandes que me estimulan. Prueba es bastante ese fuerte y

numeroso ejército conducido por un príncipe joven y delicado, cuyo

espíritu impelido de ambición generosa desprecia la incertidumbre de los

sucesos, y expone su existencia frágil y mortal á los golpes de la

fortuna, á la muerte, á los peligros más terribles, y todo por un objeto

de tan leve interés. El ser grande no consiste, por cierto, en obrar

sólo cuando ocurre un gran motivo, sino en saber hallar una razón

plausible de contienda, aunque sea pequeña la causa, cuando se trata de

adquirir honor. ¿Cómo, pues, permanezco yo en ocio indigno, muerto mi

padre alevosamente, mi madre envilecida... estímulos capaces de excitar

mi razón y mi ardimiento, que yacen dormidos? Mientras para vergüenza

mía veo la destrucción inmediata de veinte mil hombres, que por un

capricho, por una estéril gloria van al sepulcro como á sus lechos,

combatiendo por una causa que la multitud es incapaz de comprender, por

un terreno que aun no es suficiente sepultura á tantos cadáveres... ¡Oh!

de hoy más, ó no existirá en mi fantasía idea ninguna, ó cuantas forme

serán sangrientas.

ESCENA XI

Galería de palacio

GERTRUDIS, HORACIO

GERTRUDIS.--No, no quiero hablarla.

HORACIO.--Ella insta por veros. Está loca, es verdad; pero eso mismo

debe excitar vuestra compasión.

GERTRUDIS.--¿Y qué pretende? ¿Qué dice?

HORACIO.--Habla mucho de su padre: dice que continuamente oye que el

mundo está lleno de maldad; solloza, se lastima el pecho, y airada

trastorna con el pie cuanto tal pasar encuentra. Profiere razones

equívocas en que apenas se halla sentido; pero la misma extravagancia de

ellas mueve á los que las oyen á retenerlas, examinando el fin con que

las dice, y dando á sus palabras una combinación arbitraria, según la

idea de cada uno. Al observar sus miradas, sus movimientos de cabeza, su

gesticulación expresiva, llegan á creer que puede haber en ella algún

asomo de razón; pero nada hay de cierto sino que se halla en el estado

más infeliz.

GERTRUDIS.--Será bien hablarla, antes que mi repulsa esparza conjeturas

fatales en aquellos ánimos que todo lo interpretan siniestramente. Hazla

venir. (_Vase Horacio_). El más frívolo acaso parece á mi dañada

conciencia presagio de algún grave desastre. Propia es de la culpa esta

desconfianza. Tan lleno está siempre de recelos el delincuente, que el

temor de ser descubierto hace tal vez que él mismo se descubra.

ESCENA XII

GERTRUDIS, OFELIA, HORACIO

OFELIA.--¿En dónde está la hermosa reina de Dinamarca?

GERTRUDIS.--¿Cómo va, Ofelia?

OFELIA.--(_Estos versos, y todos los que siguen en el presente acto, los

canta Ofelia_).

¿Cómo va al amante

que fiel te sirva,

de otro cualquiera

distinguiría?

Por las veneras

de su esclavina,

bordón, sombrero

con plumas rizas,

y su calzado

que adornan cintas.

GERTRUDIS.--¡Oh querida mía! ¿y á qué propósito viene esa canción?

OFELIA.--¿Eso decís?... Atended a ésta:

Muerto es ya, señora,

muerto, y no está aquí.

Una tosca piedra

á sus plantas vi,

y al césped del prado

su frente cubrir.

¡Ah! ¡ah! ¡ah! (_Dando risotadas_).

GERTRUDIS.--Sí; pero, Ofelia...

OFELIA.--Oíd, oíd.

Blancos pañales le vestían...

ESCENA XIII

CLAUDIO, GERTRUDIS, OFELIA, HORACIO

GERTRUDIS.--¡Desgraciada! ¿Veis esto, señor?

OFELIA.--Blancos pañales le vestían

como la nieve del monte,

y al sepulcro le conducen

cubierto de bellas flores,

que en tierno llanto de amor

se humedecieron entonces.

CLAUDIO.--¿Cómo estás, graciosa niña?

OFELIA.--Buena: Dios os lo pague... Dicen que la lechuza fué antes una

doncella, hija de un panadero... ¡Ah!... Sabemos lo que somos ahora.

Pero no lo que podemos ser... Dios vendrá á visitarnos.

CLAUDIO.--Alusión á su padre.

OFELIA.--Pero no, no hablemos más en esto; y si os preguntan lo que

significa, decid:

De san Valentino

la fiesta es mañana:

yo, niña amorosa,

al toque del alba

iré á que me veas

desde tu ventana,

para que la suerte

dichosa me caiga.

Despierta el mancebo,

se viste de gala.

Y él responde entonces:

Por el sol te juro

que no lo olvidara,

si tú no te hubieras

venido á mi cama.

CLAUDIO.--¡Graciosa Ofelia!

OFELIA.--Sí, voy á acabar: sin jurarlo, os prometo que la voy á

concluir.

¡Ay, mísera! ¡Cielos!

¡Torpeza, villana!

¿Qué galán desprecia

ventura tan alta?

Pues todos son falsos,

le dice indignada:

antes que en tus brazos

me mirase incauta,

de hacerme tu esposa

me diste palabra.

Y abriendo las puertas

entró la muchacha,

que viniendo virgen

volvió desflorada.

CLAUDIO.--¿Cuánto ha que está así?

OFELIA.--Yo espero que todo irá bien... Debemos tener paciencia... (_Se

entristece y llora_). Pero yo no puedo menos de llorar considerando que

le han dejado sobre la tierra fría... Mi hermano lo sabrá... preciso...

Y yo os doy las gracias por vuestros buenos consejos... (_Con mucha

viveza y alegría_). Vamos, la carroza. Buenas noches, señoras, buenas

noches. Amiguitas, buenas noches, buenas noches, buenas noches.

CLAUDIO (_á Horacio_).--Acompáñala á su cuarto, y haz que la asista

suficiente guardia. Yo te lo ruego.

ESCENA XIV

CLAUDIO, GERTRUDIS

CLAUDIO.--¡Oh! todo es efecto de un profundo dolor; todo nace de la

muerte de su padre; y ahora observo, Gertrudis, que cuando los males

vienen, no vienen esparcidos como espías, sino reunidos en escuadrones.

Su padre muerto, tu hijo ausente habiendo dado él mismo justo motivo á

su destierro), el pueblo alterado en tumulto con dañadas ideas y

murmuraciones sobre la muerte del buen Polonio, cuyo entierro oculto ha

sido no leve imprudencia de nuestra parte; la desdichada Ofelia fuera de

sí, turbada su razón, sin la cual somos vanos simulacros, ó comparables

sólo á los brutos, y por último (y esto no es menos esencial que todo lo

restante), su hermano, que ha venido secretamente de Francia, y en medio

de tan extraños casos, se oculta entre sombras misteriosas, sin que

falten lenguas maldicientes que envenenen sus oídos, hablándole de la

muerte de su padre. Ni en tales discursos, á falta de noticias seguras,

dejaremos de ser citados continuamente de boca en boca. Todos estos

afanes juntos, mi querida Gertrudis, como una máquina destructora que se

dispara, me dan muchas muertes á un tiempo.

(_Suena á lo lejos un rumor confuso, que se irá aumentando durante

la escena siguiente_).

GERTRUDIS.--¡Ay Dios! ¿Qué estruendo es éste?

ESCENA XV

CLAUDIO, GERTRUDIS, un caballero

CLAUDIO.--¿En dónde está mi guardia?... Acudid... defended las

puertas... ¿Qué es esto?

CABALLERO.--Huíd, señor. El Océano, sobrepujando sus términos, no traga

las llanuras con ímpetu más espantoso, que el que manifiesta el joven

Laertes ciego de furor, venciendo la resistencia que le oponen vuestros

soldados. El vulgo le apellida señor; y como si ahora comenzase á

existir el mundo, la antigüedad y la costumbre (apoyo y seguridad de

todo buen gobierno) se olvidan y se desconocen. Gritan por todas partes:

«Nosotros elegimos por rey a Laertes.» Los sombreros arrojados al aire,

las manos y las lenguas le aplauden, llegando á las nubes la voz general

que repite: «Laertes será nuestro rey. ¡Viva Laertes!»

GERTRUDIS.--¡Con qué alegría sigue, ladrando, esa traílla pérfida el

rastro mal seguro en que va á perderse!

CLAUDIO.--Ya han roto las puertas.

ESCENA XVI

LAERTES, CLAUDIO, GERTRUDIS, soldados y pueblo

LAERTES.--¿En dónde está el rey? (_Volviéndose hacia la puerta por donde

ha salido, detiene á los conjurados que le acompañan, y hace que se

retiren_). Vosotros quedaos todos afuera.

VOCES.--No, entremos.

LAERTES.--Yo os pido que me dejéis.

VOCES.--Bien, bien está.

LAERTES.--Gracias, señores. Guardad las puertas... y tú, indigno

príncipe, dame á mi padre.

GERTRUDIS.--Menos, menos ardor, querido Laertes.

LAERTES.--Si hubiese en mí una gota de sangre con menos ardor, me

declararía por hijo espurio, infamaría de cornudo á mi padre, é

imprimiría sobre la frente limpia y casta de mi madre honestísima la

nota infame de prostituta.

CLAUDIO.--Pero, Laertes, ¿cuál es el motivo de tan atrevida rebelión?...

Déjale, Gertrudis, no le contengas... no temas nada contra mí. Existe

una fuerza divina que defiende á los reyes; la traición no puede como

quisiera penetrar hasta ellos, y ve malogrados en la ejecución todos sus

designios... Dime, Laertes, ¿por qué estás tan airado?... Déjale,

Gertrudis... Habla tú.

LAERTES.--¿En dónde está mi padre?

CLAUDIO.--Murió.

GERTRUDIS.--Pero no le ha muerto el rey.

CLAUDIO.--Déjale preguntar cuanto quiera.

LAERTES.--¿Y cómo ha sido su muerte?... ¡Eh!... No, á mí no se me

engaña. Váyase al infierno la fidelidad, llévese el más atezado demonio

los juramentos de vasallaje, sepúltense la conciencia, la esperanza de

salvación en el abismo más profundo... La condenación eterna no me

horroriza; suceda lo que quiera, ni éste ni el otro mundo me importan

nada... Sólo aspiro, y éste es el punto en que insisto, sólo aspiro á

dar completa venganza á mi difunto padre.

CLAUDIO.--¿Y quién te lo puede estorbar?

LAERTES.--Mi voluntad sola, y no todo el universo; y en cuanto á los

medios de que he de valerme, no sabré economizarlos de suerte que un

pequeño esfuerzo produzca efectos grandes.

CLAUDIO.--Buen Laertes, si deseas saber la verdad acerca de la muerte de

tu amado padre, ¿está escrito acaso en tu venganza que hayas de

atropellar sin distinción amigos y enemigos, culpados é inocentes?

LAERTES.--No, sólo á mis enemigos.

CLAUDIO.--¿Querrás, sin duda, conocerlos?

LAERTES.--¡Oh! á mis buenos amigos yo los recibiré con abiertos brazos,

y semejante al pelícano amoroso los alimentaré, si necesario fuese, con

mi sangre misma.

CLAUDIO.--Ahora hablaste como buen hijo y como caballero. Laertes, ni

tengo culpa en la muerte de tu padre, ni alguno ha sentido como yo su

desgracia. Esta verdad deberá ser tan clara á tu razón, como á tus ojos

la luz del día.

VOCES.--Dejadla entrar.

(_Ruido y voces dentro_).

LAERTES.--¿Qué novedad... qué ruido es éste?

ESCENA XVII

CLAUDIO, GERTRUDIS, LAERTES, OFELIA, acompañamiento. Ofelia sale

vestida de blanco, el cabello suelto, y una guirnalda en la cabeza,

hecha de paja y flores silvestres, trayendo, en el faldellín muchas

flores y hierbas.

LAERTES.--¡Oh, calor activo, abrasa mi cerebro! ¡Lágrimas en extremo

cáusticas, consumid la potencia y la sensibilidad de mis ojos! Por los

cielos te juro que esa demencia tuya será pagada por mí con tal exceso,

que el peso del castigo tuerza el fiel y baje la balanza... ¡Oh, rosa de

mayo! ¡amable niña! ¡mi querida Ofelia! ¡mi dulce hermana!... ¡Oh

cielos! ¿y es posible que el entendimiento de una tierna joven sea tan

frágil como la vida del hombre decrépito?... Pero la naturaleza es muy

fina en amor y cuando éste llega al exceso, el alma se desprende tal vez

de alguna preciosa parte de sí misma, para ofrecérsela en don al objeto

amado.

OFELIA.--Lleváronle en su ataúd

con el rostro descubierto.

Ay no ni, ay ay ay no ni.

Y sobre su sepultura

muchas lágrimas llovieron.

Ay no ni, ay ay ay no ni.

Adiós, querido mío. Adiós.

LAERTES.--Si gozando de tu razón me incitaras á la venganza, no pudieras

conmoverme tanto.

OFELIA.--Debéis cantar aquello de:

Abajito está:

llámele, señor, que abajito está.

¡Ay, qué á propósito viene el estribillo!... El pícaro del mayordomo fué

el que robó á la señorita.

LAERTES.--Esas palabras vanas producen mayor efecto en mí, que el más

concertado discurso.

OFELIA.--Aquí traigo romero, que es bueno para la memoria. (_A

Laertes_). Tomad, amigo, para que os acordéis... Y aquí hay trinitarias,

que son para los pensamientos.

LAERTES.--Aun en medio de su delirio quiere aludir á los pensamientos

que la agitan y á sus memorias tristes.

OFELIA (_á Gertrudis_).--Aquí hay hinojo para vos, y palomillas y

ruda... para vos también, y esto poquito es para mí... Nosotros podemos

llamarla hierba santa del domingo... vos la usaréis con la distinción

que os parezca... (_A Claudio_). Esta es una margarita... Bien os

quisiera dar algunas violetas; pero todas se marchitaron cuando murió mi

padre. Dicen que tuvo un buen fin.

Un solitario

de plumas vario

me da placer.

LAERTES.--Ideas funestas, aflicción, pasiones terribles, los horrores

del infierno mismo, todo en su boca es gracioso y suave.

OFELIA.--Nos deja, se va,

y no ha de volver.

No, que ya murió,

no vendrá otra vez...

Su barba era nieve,

su pelo también.

Se fué ¡dolorosa

partida! se fué.

En vano exhalamos

suspiros por él.

Los cielos piadosos

descanso le den.

A él y á todas las almas cristianas. Dios lo quiera... ¡Eh! señores,

adiós.

ESCENA XVIII

CLAUDIO, GERTRUDIS, LAERTES

LAERTES.--¡Veis esto, Dios mío!

CLAUDIO.--Yo debo tomar parte en tu aflicción, Laertes: no me niegues

este derecho. Oyeme aparte. Elige entre los más prudentes de tus amigos

aquéllos que te parezca. Oigannos á entrambos, y juzguen. Si por mí

propio ó por mano ajena resultó culpado, mi reino, mi corona, mi vida,

cuanto puedo llamar mío, todo te lo daré para satisfacerte. Si no hay

culpa en mí, deberé contar otra vez con tu obediencia, y unidos ambos,

buscaremos los medios de aliviar tu dolor.

LAERTES.--Hágase lo que decís... Su arrebatada muerte, su obscuro

funeral, sin trofeos, armas, ni escudos sobre el cadáver, ni debidos

honores, ni decorosa pompa; todo, todo está clamando del cielo á la

tierra por un examen el más riguroso.

CLAUDIO.--Tú le obtendrás, y la segur terrible de la justicia caerá

sobre el que fuere delincuente. Ven conmigo.

ESCENA XIX

Sala en casa de Horacio

HORACIO, un criado

HORACIO.--¿Quiénes son los que me quieren hablar?

CRIADO.--Unos marineros que, según dicen, os traen cartas.

HORACIO.--Hazlos entrar. (_Vase el criado_). Yo no sé de qué parte del

mundo pueda nadie escribirme, si ya no es Hamlet mi señor.

ESCENA XX

HORACIO, dos marineros

MARINERO 1.º--Dios os guarde.

HORACIO.--Y á vosotros también.

MARINERO 1.º--Así lo hará, si es su voluntad. Estas cartas del embajador

que se embarcó para Inglaterra vienen dirigidas á vos, si os llamáis

Horacio como nos han dicho.

HORACIO. (_Lee la carta._)--«Horacio: luego que hayas leído esta,

dirigirás esos hombres al rey, para el cual les he dado una carta.

Apenas llevábamos dos días de navegación, cuando empezó á darnos caza un

pirata muy bien armado. Viendo que nuestro navío era poco velero, nos

vimos precisados á apelar al valor. Llegamos al abordaje: yo salté el

primero en la embarcación enemiga, que al mismo tiempo logró

desaferrarse de la nuestra, y por consiguiente me hallé solo y

prisionero. Ellos se han portado conmigo como ladrones compasivos; pero

ya sabían lo que se hacían, y se lo he pagado muy bien. Haz que el rey

reciba las cartas que le envío, y tú ven á verme con tanta diligencia

como si huyeras de la muerte. Tengo unas cuantas palabras que decirte al

oído, que te dejarán atónito, bien que todas ellas no serán suficientes

á expresar la importancia del caso. Esos buenos hombres te conducirán

hasta aquí. Guillermo y Ricardo siguieron su camino á Inglaterra. Mucho

tengo que decirte de ellos. Adiós. Tuyo siempre.--HAMLET.»

Vamos. Yo os introduciré para que presentéis esas cartas. Conviene

hacerlo pronto, á fin de que me llevéis después adonde queda el que os

las entregó.

ESCENA XXI

Gabinete del rey

CLAUDIO, LAERTES

CLAUDIO.--Sin duda tu rectitud aprobará ya mi descargo, y me darás lugar

en el corazón como á tu amigo, después que has oído con pruebas

evidentes que el matador de tu noble padre conspiraba contra mi vida.

LAERTES.--Claramente se manifiesta... Pero decidme: ¿por qué no

procedéis contra excesos tan graves y culpables, cuando vuestra

prudencia, vuestra grandeza, vuestra propia seguridad, todas las

consideraciones juntas deberían excitaros tan particularmente á

reprimirlos?

CLAUDIO.--Por dos razones, que aunque tal vez las juzgarás débiles, para

mí han sido muy poderosas. Una es que la reina su madre vive pendiente

casi de sus miradas, y al mismo tiempo (sea desgracia ó felicidad mía)

tan estrechamente unió el amor mi vida y mi alma á la de mi esposa, que

así como los astros no se mueven sino dentro de su propia esfera, así en

mí no hay movimiento alguno que no dependa de su voluntad. La otra razón

por que no puedo proceder contra el agresor públicamente, es el grande

cariño que le tiene el pueblo; el cual, como la fuente cuyas aguas mudan

los troncos en piedras, bañando en su afecto las faltas del príncipe,

convierte en gracias todos sus yerros. Mis flechas no pueden con tal

violencia dispararse, que resistan á huracán tan fuerte; y sin tocar el

punto á que las dirija, se volverán otra vez al arco.

LAERTES.--Sí, y en tanto yo he perdido á un ilustre padre, y hallo á

una hermana en la más deplorable situación... Mi hermana, cuyo mérito

(si alcanza el elogio á lo que ya no existe) se levantó sobre lo más

sublime de su siglo, por las raras prendas que en ella se admiraron

juntas... Pero llegará, llegará el tiempo de mi venganza.

CLAUDIO.--Ese cuidado no debe interrumpirte el sueño, ni has de presumir

que yo esté formado de materia tan insensible y dura, que me deje

remesar la barba y lo tome á fiesta... Presto te informaré de lo demás.

Basta decirte que amé á tu padre, que nosotros nos amamos también, y que

espero darte á conocer la... Pero... ¿Qué noticias traes?

ESCENA XXII

CLAUDIO, LAERTES, un guardia

GUARDIA.--Señor, veis aquí las cartas del príncipe: ésta, para V. M., y

ésta, para la reina.

(_Da unas cartas á Claudio_).

CLAUDIO.--¡De Hamlet! ¿Quién las ha traído!

GUARDIA.--Dicen que unos marineros; yo no los he visto. Horacio, que las

recibió del que las trajo, es el que me las ha entregado á mí.

CLAUDIO.--Oirás lo que dicen, Laertes. Déjanos solos.

ESCENA XXIII

CLAUDIO, LAERTES

CLAUDIO. (_Lee una carta._)--«Alto y poderoso señor: os hago saber cómo

he llegado desnudo á vuestro reino. Mañana os pediré permiso de ver

vuestra presencia real; y entonces, mediante vuestro perdón, os diré la

causa de mi extraña y repentina vuelta.--HAMLET.»

¿Qué quiere decir esto? ¿Se habrán vuelto los otros también, ó hay

alguna equivocación, ó acaso todo es falso?

LAERTES.--¿Conocéis la letra?

CLAUDIO (_examinando con atención la carta_).--Sí, es de Hamlet...

_Desnudo_... y en una enmienda que hay aquí, dice: _solo_... ¿Qué puede

ser esto?

LAERTES.--Yo nada alcanzo... Pero dejadle venir, que ya siento

encenderse en nuevas iras mi corazón... Sí, yo viviré, y le diré en su

cara: tú lo hiciste, y fué de esta manera.

CLAUDIO.--Si el caso es cierto... ¡Eh! ¡Cómo es posible!... ¿Y qué otra

cosa puede ser?... ¿Quieres dirigirte por mí, Laertes?

LAERTES.--Sí, señor, como no procuréis inclinarme á la paz.

CLAUDIO.--A tu propia paz, no á otra ninguna. Si él vuelve ahora

disgustado de este viaje y rehusa comenzarle de nuevo, yo le ocuparé en

una empresa que medito, en la cual perecerá sin duda. Esta muerte no

excitará el aura más leve de acusación; su madre misma absolverá el

hecho juzgándole casual.

LAERTES.--Seguiré en todo vuestras ideas, y mucho más si disponéis que

yo sea el instrumento que le ejecute.

CLAUDIO.--Todo sucede bien... Desde que te fuiste se ha hablado mucho de

ti delante de Hamlet, por una habilidad en que dicen que sobresales. Las

demás que tienes no movieron tanto su envidia como ésta sola, que en mi

opinión ocupa el último lugar.

LAERTES.--¿Y qué habilidad es, señor?

CLAUDIO.--No es más que un lazo en el sombrero de la juventud, pero que

le es muy necesario; puesto que así son propios de la juventud los

adornos ligeros y alegres, como de la edad madura las ropas y pieles que

se viste por abrigo y decencia... Dos meses ha que estuvo aquí un

caballero de Normandía... Yo conozco á los franceses muy bien, he

militado contra ellos, y son, por cierto, buenos jinetes; pero el galán

de quien hablo era un prodigio en esto. Parecía haber nacido sobre la

silla, y hacía ejecutar al caballo tan admirables movimientos como si él

y su valiente bruto animaran un cuerpo solo; y tanto excedió á mis

ideas, que todas las formas y actitudes que yo pude imaginar no llegaron

á lo que él hizo.

LAERTES.--¿Decís que era normando?

CLAUDIO.--Sí, normando.

LAERTES.--Ese es Lamond, sin duda.

CLAUDIO.--El mismo.

LAERTES.--Le conozco bien, y es la joya más preciosa de su nación.

CLAUDIO.--Pues éste, hablando de ti públicamente, te llenaba de elogios

por tu inteligencia y ejercicio en la esgrima, y la bondad de tu espada

en la defensa y el ataque; tanto, que dijo alguna vez que sería un

espectáculo admirable verte lidiar con otro de igual mérito, si pudiera

hallarse; puesto que, según aseguraba él mismo, los más diestros de su

nación carecían de agilidad para las estocadas y los quites cuando tú

esgrimías con ellos. Este informe irritó la envidia de Hamlet, y en nada

pensó desde entonces sino en solicitar con instancia tu pronto regreso

para batallar contigo. Fuera de esto...

LAERTES.--¿Y qué hay además de eso, señor?

CLAUDIO.--Laertes, ¿amaste á tu padre, ó eres como las figuras de un

lienzo, que tal vez aparentan tristeza en el semblante cuando les falta

un corazón?

LAERTES.--¿Por qué lo preguntáis?

CLAUDIO.--No porque piense que no amabas á tu padre, sino porque sé que

el amor está sujeto al tiempo, y que el tiempo extingue su ardor y sus

centellas, según me lo hace ver la experiencia de los sucesos. Existe en

medio de la llama de amor una mecha ó pábilo que la destruye al fin;

nada permanece en un mismo grado de bondad constantemente, pues la salud

misma degenerando en plétora perece por su propio exceso. Cuanto nos

proponemos hacer debería ejecutarse en el instante mismo en que lo

deseamos, porque la voluntad se altera fácilmente, se debilita y se

entorpece, según las lenguas, las manos y los accidentes que se

atraviesan; y entonces aquel estéril deseo es semejante á un suspiro que

exhalando pródigo el aliento, causa daño en vez de dar alivio... Pero

toquemos en lo vivo de la herida. Hamlet vuelve... ¿Qué acción

emprenderías tú para manifestar más con las obras que con las palabras

que eres digno hijo de tu padre?

LAERTES.--¿Qué haré? Le cortaré la cabeza en el templo mismo.

CLAUDIO.--Cierto que no debería un homicida hallar asilo en parte

alguna, ni reconocer límites una justa venganza; pero, buen Laertes, haz

lo que te diré: Permanece oculto en tu cuarto; cuando llegue Hamlet,

sabrá que tú has venido; yo le haré acompañar por algunos que alabando

tu destreza den un nuevo lustre á los elogios que hizo de ti el francés.

Por último, llegaréis á veros; se harán apuestas en favor de uno y

otro... él, que es descuidado, generoso, incapaz de toda malicia, no

reconocerá los floretes; de suerte que te será muy fácil, con poca

sutileza que uses, elegir una espada sin botón, y en cualquiera de las

jugadas tomar satisfacción de la muerte de tu padre.

LAERTES.--Así lo haré, y á ese fin quiero envenenar la espada con cierto

ungüento que compré de un charlatán, de cualidad tan mortífera, que

mojando un cuchillo en él, adondequiera que haga sangre introduce la

muerte, sin que haya emplasto eficaz que pueda evitarla, por más que se

componga de cuantos simples medicinales crecen debajo de la luna. Yo

bañaré la punta de mi espada con este veneno, para que apenas le toque

muera.

CLAUDIO.--Reflexionemos más sobre esto... Examinemos qué ocasión, qué

medios serán más oportunos á nuestro engaño; porque si tal vez se

malogra, y equivocada la ejecución se descubren los fines, valiera más

no haberlo emprendido. Conviene, pues, que este proyecto vaya sostenido

con otro segundo, capaz de asegurar el golpe, cuando por el primero no

se consiga. Espera... Déjame ver si... Haremos una apuesta solemne sobre

vuestra habilidad y... Sí, ya hallé el medio. Cuando con la agitación os

sintáis acalorados y sedientos (puesto que al fin deberá ser mayor la

violencia del combate), él pedirá de beber, y yo le tendré prevenida

expresamente una copa, que al gustarla sólo, aunque haya podido librarse

de tu espada ungida, veremos cumplido nuestro deseo. Pero... calla...

¿Qué ruido se escucha?

(_Suena ruido dentro_).

ESCENA XXIV

GERTRUDIS, CLAUDIO, LAERTES

CLAUDIO.--¿Qué ocurre de nuevo, amada reina?

GERTRUDIS.--Una desgracia va siempre pisando las ropas de otra; tan

inmediatas caminan. Laertes, tu hermana acaba de ahogarse.

LAERTES.--¡Ahogada!... ¿En dónde?... ¡Cielos!

Hamlet: Drama en cinco actos · 第 6 / 8 段