mato... (_Saca la espada, da algunos pasos en ademán de herirle; se
detiene, y se retira otra vez hacia la puerta_). Y así se irá al
cielo... ¿Y es esta mi venganza? No, reflexionemos. Un malvado asesina á
mi padre, y yo, su hijo único, aseguro al malhechor la gloria; ¿no es
esto, en vez de castigo, premio y recompensa? El sorprendió á mi padre
acabados los desórdenes del banquete, cubierto de más culpas que mayo
tiene flores... ¿Quién sabe, sino Dios, la estrecha cuenta que hubo de
dar? Pero, según nuestra razón concibe, terrible ha sido su sentencia.
¿Y quedaré vengado dándole á éste la muerte, precisamente cuando
purifica su alma, cuando se dispone para la partida? No, espada mía,
vuelve á tu lugar, y espera ocasión de ejecutar más tremendo golpe.
Cuando esté ocupado en el juego, cuando blasfeme colérico, ó duerma con
la embriaguez, ó se abandone á los placeres incestuosos del lecho, ó
cometa acciones contrarias á su salvación, hiérele entonces; caiga
precipitado al profundo, y su alma quede negra y maldita, como el
infierno que ha de recibirle. (_Envaina la espada_). Mi madre me espera.
Malvado, esta medicina, que te dilata la dolencia, no evitará tu muerte.
ESCENA XXIV
CLAUDIO
Mis palabras suben al cielo, mis afectos quedan en la tierra. (_Se
levanta, con agitación_). Palabras sin afectos nunca llegan á los oídos
de Dios.
ESCENA XXV
Cuarto de la reina
GERTRUDIS, POLONIO, HAMLET
POLONIO.--Va á venir al momento. Mostradle entereza; decidle que sus
locuras han sido demasiado atrevidas é intolerables, que vuestra bondad
le ha protegido, mediando entre él y la justa indignación que excitó. Yo
entre tanto retirado aquí, guardaré silencio. Habladle con libertad, yo
os lo suplico.
HAMLET (_gritando desde adentro_).--¡Madre! ¡madre!
GERTRUDIS.--Así te lo prometo; nada temo. Ya le siento llegar. Retírate.
(_Polonio se oculta detrás de unos tapices_).
ESCENA XXVI
GERTRUDIS, HAMLET, POLONIO
HAMLET.--¿Qué me mandáis, señora?
GERTRUDIS.--Hamlet, muy ofendido tienes á tu padre.
HAMLET.--Madre, muy ofendido tenéis al mío.
GERTRUDIS.--Ven, ven aquí; tú me respondes con lengua demasiado libre.
HAMLET.--Voy, voy allá... y vos me preguntáis con lengua bien perversa.
GERTRUDIS.--¿Qué es esto, Hamlet?
HAMLET.--¿Y qué es eso, madre?
GERTRUDIS.--¿Te olvidas de quien soy?
HAMLET.--No, por la cruz bendita que no me olvido. Sois la reina, casada
con el hermano de vuestro primer esposo, y... ¡ojalá no fuera así!...
¡Eh! sois mi madre.
GERTRUDIS.--Bien está. Yo te pondré delante de quien te haga hablar con
más acuerdo.
HAMLET.--Venid (_Hamlet, asiendo de un brazo á Gertrudis, la hace
sentar_), sentaos, y no saldréis de aquí, no os moveréis, sin que os
ponga un espejo delante, en que veáis lo más oculto de vuestra
conciencia.
GERTRUDIS.--¿Qué intentas hacer? ¿Quieres matarme?... ¿Quién me socorre?
¡Cielos!
(Al ver Gertrudis la extraordinaria agitación que Hamlet manifiesta
en su semblante y acciones, teme que va á matarla, y grita
despavorida pidiendo socorro. Polonio quiere salir de donde está
oculto, y después se detiene. Hamlet advierte que los tapices se
mueven, sospecha que Claudio está escondido detrás de ellos, saca
la espada, da dos ó tres estocadas sobre el bulto que halla, y
prosigue hablando con su madre.)
POLONIO.--Socorro pide... ¡oh!...
HAMLET.--¿Qué es esto?... Un ratón... Murió... Un ducado á que ya está
muerto.
POLONIO.--¡Ay de mí!
GERTRUDIS.--¿Qué has hecho?
HAMLET.--Nada... ¿Qué sé yo?... ¿Si sería el rey?
GERTRUDIS.--¡Qué acción tan precipitada y sangrienta!
HAMLET.--Es verdad, madre mía, acción sangrienta, y cuasi tan horrible
como la de matar á un rey, y casarse después con su hermano.
GERTRUDIS.--¿Matar á un rey?
HAMLET.--Sí, señora, eso he dicho. (_Alza el tapiz, y aparece Polonio
muerto en el suelo_). Y tú, miserable, temerario, entrometido, loco...
Adiós. Yo te tomé por otra persona de más consideración. Mira el premio
que has adquirido; ve ahí el riesgo que tiene la demasiada curiosidad...
(_Volviendo á hablar con Gertrudis, á quien hace sentar de nuevo_). No,
no os torzáis las manos... Sentaos aquí, y dejad que yo os tuerza el
corazón. Así he de hacerlo, si no le tenéis formado de impenetrable
pasta, si las costumbres malditas no le han convertido en un muro de
bronce opuesto á toda sensibilidad.
GERTRUDIS.--¿Qué hice yo, Hamlet, para que con tal aspereza me insultes?
HAMLET.--Una acción que mancha la tez purpúrea de la modestia, y da
nombre de hipocresía á la virtud; arrebata las flores de la frente
hermosa de un inocente amor, colocando un vejigatorio en ella; que hace
más pérfidos los votos conyugales que las promesas del tahur; una acción
que destruye la buena fe, alma de los contratos, y convierte la inefable
religión en una complicación frívola de palabras; una acción, en fin,
capaz de inflamar en ira la faz del cielo, y trastornar con desorden
horrible esta sólida y artificiosa máquina del mundo, como si se
aproximara su fin temido.
GERTRUDIS.--¡Ay de mí! ¿Y qué acción es esa, que así exclamas al
anunciarla con espantosa voz de trueno?
HAMLET.--Veis aquí presentes en esta y esta pintura (_señalando á dos
retratos que habrá en la pared, uno del rey Hamlet, y otro de Claudio_)
los retratos de dos hermanos. ¡Ved cuánta gracia residía en aquel
semblante! Los cabellos del sol, la frente como la del mismo Júpiter, su
vista imperiosa y amenazadora como la de Marte, su gentileza semejante á
la del mensajero Mercurio cuando aparece sobre una montaña cuya cima
llega á los cielos. ¡Hermosa combinación de formas, donde cada uno de
los dioses imprimió su carácter, para que el mundo admirase tantas
perfecciones en un hombre solo. Este fué vuestro esposo. Ved ahora el
que sigue. Este es vuestro esposo, que como la espiga con tizón destruye
la santidad de su hermano. ¿Lo veis bien?... Ni podéis llamarlo amor,
porque en vuestra edad los hervores de la sangre están ya tibios y
obedientes á la prudencia; ¿y qué prudencia descendería desde aquél a
éste? Sentidos tenéis, que a no ser así, no tuvierais afectos; pero esos
sentidos deben de padecer letargo profundo. La demencia misma no podría
incurrir en tanto error; ni el frenesí tiraniza con tal exceso las
sensaciones, que no quede suficiente juicio para saber elegir entre dos
objetos cuya diferencia es tan visible... ¿Qué espíritu infernal os pudo
engañar y cegar así? Los ojos sin el tacto, el tacto sin la vista, los
oídos, el olfato solo, una débil porción de cualquier sentido hubiera
bastado á impedir tal estupidez... ¡Oh modestia! ¿y no te sonrojas?
¡Rebelde infierno! si así pudiste inflamar las médulas de una matrona,
permite, permite que la virtud en la edad juvenil sea dócil como la
cera, y se liquide en sus propios fuegos; ni se invoque al pudor para
resistir su violencia, puesto que el hielo mismo con tal actividad se
enciende, y es ya el entendimiento el que prostituye el corazón.
GERTRUDIS.--¡Oh Hamlet! no digas más... Tus razones me hacen dirigir la
vista á mi conciencia, y advierto allí las más negras y groseras
manchas, que acaso nunca podrán borrarse.
HAMLET.--¡Y permanecer así entre el pestilente sudor en un lecho
incestuoso, envilecida en corrupción, prodigando caricias de amor en
aquella sentina impura!
GERTRUDIS.--No más, no más, que esas palabras como agudos puñales hieren
mis oídos... No más, querido Hamlet.
HAMLET.--Un asesino... un malvado... vil... inferior mil veces á vuestro
difunto esposo... escarnio de los reyes, ratero del imperio y el mando,
que robó la preciosa corona, y se la guardó en el bolsillo.
GERTRUDIS.--No más...
ESCENA XXVII
GERTRUDIS, HAMLET, la sombra del rey Hamlet
HAMLET.--Un rey de botarga... ¡Oh espíritus celestes! defendedme,
cubridme con vuestras alas... ¿Qué quieres, venerada sombra?
GERTRUDIS.--¡Ay! que está fuera de sí.
HAMLET.--¿Vienes acaso á culpar la negligencia de tu hijo, que
debilitado por la compasión y la tardanza, olvida la importante
ejecución de tu precepto terrible?... Habla.
LA SOMBRA.--No lo olvides. Vengo á inflamar de nuevo tu ardor casi
extinguido. Pero ¿ves? Mira cómo has llenado de asombro á tu madre.
Ponte entre ella y su alma agitada, y hallarás que la imaginación obra
con mayor violencia en los cuerpos más débiles. Háblala, Hamlet.
HAMLET.--¿En qué pensáis, señora?
GERTRUDIS.--¡Ay! ¿y en qué piensas tú, que así diriges la vista donde no
hay nada, razonando con el aire incorpóreo?... Toda tu alma se ha pasado
á tus ojos, que se mueven horribles; y tus cabellos, que pendían,
adquiriendo vida y movimiento, se erizan y levantan como los soldados á
quienes improviso rebato despierta. ¡Hijo de mi alma! ¡Oh! derrama sobre
el ardiente fuego de tu agitación la paciencia fría... ¿A quién estás
mirando?
HAMLET.--A él, á él... ¿Le veis qué pálida luz despide? Su aspecto y su
dolor bastarían á conmover las piedras... ¡Ay! no me mires así; no sea
que ese lastimoso semblante destruya mis designios crueles, no sea que
al ejecutarlos equivoque los medios, y en vez de sangre se derramen
lágrimas.
GERTRUDIS.--¿A quién dices eso?
HAMLET.--¿No veis nada allí?
GERTRUDIS.--Nada, y veo todo lo que hay.
HAMLET.--¿Ni oísteis nada tampoco?
GERTRUDIS.--Nada más que lo que nosotros hablamos.
HAMLET.--Mirad, allí... ¿Le veis?... Ahora se va... Mi padre... con el
traje mismo que se vestía... ¿Veis por dónde va?... Ahora llega al
pórtico.
ESCENA XXVIII
GERTRUDIS, HAMLET
GERTRUDIS.--Todo es efecto de la fantasía. El desorden que padece tu
espíritu produce esas ilusiones vanas.
HAMLET.--¿Desorden? Mi pulso, como el vuestro late con regular
intervalo, y anuncia igual salud en sus compases... Nada de lo que he
dicho es locura. Haced la prueba, y veréis si os repito cuantas ideas y
palabras acabo de proferir, y un loco no puede hacerlo. ¡Ah, madre mía!
en merced os pido que no apliquéis al alma esa unción halagüeña,
creyendo que es mi locura la que habla, y no vuestro delito. Con tal
medicina lograréis sólo irritar la parte ulcerada, aumentando la ponzoña
pestífera que interiormente la corrompe... Confesad al cielo vuestra
culpa, llorad lo pasado, precaved lo futuro, y no extendáis el beneficio
sobre las malas hierbas para que prosperen lozanas. Perdonad este
desahogo á mi virtud, ya que en esta delincuente edad la virtud misma
tiene que pedir perdón al vicio, y aun para hacerle bien le halaga y le
ruega.
GERTRUDIS.--¡Ay, Hamlet! tú despedazas mi corazón.
HAMLET.--¿Sí? Pues apartad de vos aquella porción más dañada, y vivid
con la que resta más inocente. Buenas noches... Pero no volváis al lecho
de mi tío. Si carecéis de virtud, aparentadla al menos. La costumbre,
aquel monstruo que destruye las inclinaciones y afectos del alma, si en
lo demás es un demonio, tal vez es un ángel cuando sabe dar á las buenas
acciones una cierta facilidad con que insensiblemente las hace parecer
innatas. Conteneos por esta noche; este esfuerzo os hará más fácil la
abstinencia próxima, y la que siga después la hallaréis más fácil
todavía. La costumbre es capaz de borrar la impresión misma de la
naturaleza, reprimir las malas inclinaciones y alejarlas de nosotros con
maravilloso poder. Buenas noches; y cuando aspiréis de veras á la
bendición del cielo, entonces yo os pediré vuestra bendición... La
desgracia de este hombre (_hace ademán de cargar con el cuerpo de
Polonio; pero dejándole en el suelo otra vez vuelve á hablar á
Gertrudis_) me aflige en extremo; pero Dios lo ha querido así: á él le
ha castigado por mi mano, y á mí también precisándome á ser el
instrumento de su enojo. Yo le conduciré adonde convenga, y sabré
justificar la muerte que le dí. Basta. Buenas noches. Porque soy
piadoso, debo ser cruel; ve aquí el primer daño cometido; pero aun es
mayor el que después ha de ejecutarse... ¡Ah! escuchad otra cosa.
GERTRUDIS.--¿Cuál es? ¿Qué debo hacer?
HAMLET.--No hacer nada de cuanto os he dicho, nada. Permitid que el rey
hinchado con el vino, os conduzca otra vez al lecho, y allí os acaricie,
apretando lascivo vuestras mejillas, y os tiente el pecho con sus
malditas manos, y os bese con negra boca. Agradecida, entonces,
declaradle cuanto hay en el caso: decidle que mi locura no es verdadera,
que todo es artificio... Sí, decídselo; porque ¿cómo sería posible
callárselo? Id, y á pesar de la razón y del sigilo, abrid la jaula sobre
el techo de la casa y haced que los pájaros se vuelen; y semejante al
mono (tan amigo de hacer experiencias), meted la cabeza en la trampa, á
riesgo de perecer en ella misma.
GERTRUDIS.--No, no lo temas; que si las palabras se forman del aliento,
y éste anuncia vida, no hay vida ni aliento en mí para repetir lo que me
has dicho.
HAMLET.--¿Sabéis que debo ir á Inglaterra?
GERTRUDIS.--¡Ah! ya lo había olvidado. Sí, es cosa resuelta.
HAMLET.--He sabido que hay ciertas cartas selladas, y que mis dos
condiscípulos (de quienes yo me fiaré como de una víbora ponzoñosa) van
encargados de llevar el mensaje, facilitarme la marcha y conducirme al
precipicio. Pero yo los dejaré hacer; que es mucho gusto ver volar al
minador con su propio hornillo, y mal irán las cosas o yo excavaré una
vara no más, debajo de sus minas, y los haré saltar hasta la luna. ¡Oh,
es mucho gusto cuando un pícaro tropieza con quien se las
entiende!..... Este hombre me hace ahora su ganapán... (_Quiere llevar á
cuestas el cadáver, y no pudiendo hacerlo cómodamente, le ase de un pie,
y se le lleva arrastrando_) le llevaré arrastrando á la pieza inmediata.
Madre, buenas noches... Por cierto que el señor consejero (que fué en
vida un hablador impertinente) es ahora bien reposado, bien serio y
taciturno. Vamos, amigo, que es menester sacaros de aquí y acabar con
ello. Buenas noches, madre.
ACTO IV
ESCENA PRIMERA
Salón de palacio
CLAUDIO, GERTRUDIS, RICARDO, GUILLERMO
CLAUDIO.--Esos suspiros, esos profundos sollozos alguna causa tienen;
dime cuál es, conviene que la sepa yo... ¿En dónde está tu hijo?
GERTRUDIS.--Dejadnos solos un instante. (_Vanse Ricardo y Guillermo_).
¡Ah, señor, lo que he visto esta noche!
CLAUDIO.--¿Qué ha sido, Gertrudis? ¿Qué hace Hamlet?
GERTRUDIS.--Furioso está como el mar y el viento cuando disputan entre
sí cuál es más fuerte. Turbado con la demencia que le agita, oyó algún
ruido detrás del tapiz; saca la espada, grita: un ratón, un ratón; y en
su ilusión frenética mató al buen anciano que se hallaba oculto.
CLAUDIO.--¡Funesto accidente! Lo mismo hubiera hecho conmigo si hubiera
estado allí. Ese desenfreno insolente amenaza á todos: á mí, á ti misma,
á todos en fin. ¡Oh!... ¿y cómo disculparemos una acción tan sangrienta?
Nos la imputarán, sin duda, á nosotros, porque nuestra autoridad
debería haber reprimido á ese joven loco, poniéndole en paraje donde á
nadie pudiera ofender. Pero el excesivo amor que le tenemos nos ha
impedido hacer lo que más convenía; bien así como el que padece una
enfermedad vergonzosa, que por no declararla, consiente primero que le
devore la sustancia vital. ¿Y dónde ha ido?
GERTRUDIS.--A retirar de allí el difunto cuerpo, y en medio de su locura
llora el error que ha cometido. Así el oro manifiesta su pureza, aunque
mezclado tal vez con metales viles.
CLAUDIO.--Vamos, Gertrudis, y apenas toque el sol la cima de los montes
haré que se embarque y se vaya; en tanto será necesario emplear toda
nuestra autoridad y nuestra prudencia para ocultar ó disculpar un hecho
tan indigno.
ESCENA II
CLAUDIO, GERTRUDIS, RICARDO, GUILLERMO
CLAUDIO.--¡Oh Guillermo, amigos! Id entrambos con alguna gente que os
ayude... Hamlet, ciego de frenesí, ha muerto á Polonio, y le ha sacado
arrastrando del cuarto de su madre. Id á buscarle; habladle con dulzura;
y haced llevar el cadáver á la capilla. No os detengáis. (_Vanse Ricardo
y Guillermo_). Vamos, que pienso llamar á nuestros más prudentes amigos
para darles cuenta de esta imprevista desgracia, y de lo que resuelvo
hacer. Acaso por este medio la calumnia (cuyo rumor ocupa la extensión
del orbe, y dirige sus emponzoñados tiros con la certeza que el cañón á
su blanco), errando esta vez el golpe, dejará nuestro nombre ileso y
herirá sólo al viento insensible. ¡Oh!... Vamos de aquí... mi alma está
llena de agitación y de terror.
ESCENA III
Cuarto de Hamlet
HAMLET, RICARDO, GUILLERMO
HAMLET.--Colocado ya en lugar seguro... Pero...
RICARDO (_desde adentro_).--¡Hamlet! ¡señor!
HAMLET.--¿Qué ruido es este? ¿Quién llama á Hamlet?... ¡Oh! ya están
aquí. (_Salen Ricardo y Guillermo_).
RICARDO.--Señor, ¿qué habéis hecho del cadáver?
HAMLET.--Ya está entre el polvo, del cual es pariente cercano.
RICARDO.--Decidnos dónde está, para que le hagamos llevar á la capilla.
HAMLET.--¡Ah!... no lo creáis, no.
RICARDO.--¿Qué es lo que no debemos creer?
HAMLET.--Que yo pueda guardar vuestro secreto, y os revele el mío... Y
además, ¿qué ha de responder el hijo de un rey a las instancias de un
entrometido palaciego?
RICARDO.--¿Entrometido me llamáis?
HAMLET.--Sí, señor, entrometido; que como una esponja chupa del favor
del rey las riquezas y la autoridad. Pero estas gentes á lo último de su
carrera es cuando sirven mejor al príncipe; porque éste, semejante al
mono, se los mete en un rincón de la boca; allí los conserva, y el
primero que entró es el último que se traga. Cuando el rey necesite lo
que tú (que eres su esponja) le hayas chupado, te coge, te exprime, y
quedas enjuto otra vez.
RICARDO.--No comprendo lo que decís.
HAMLET.--Me place en extremo. Las razones agudas son ronquidos para los
oídos tontos.
RICARDO.--Señor, lo que importa es que nos digáis en dónde está el
cuerpo, y os vengáis con nosotros á ver al rey.
HAMLET.--El cuerpo está con el rey; pero el rey no está con el cuerpo.
El rey viene á ser una cosa, como...
GUILLERMO.--¿Qué cosa, señor?
HAMLET.--Una cosa que no vale nada... Pero guarda, Pablo... Vamos á
verle.
ESCENA IV
Salón de palacio
CLAUDIO
Le he enviado á llamar, y he mandado buscar el cadáver. ¡Qué peligroso
es dejar en libertad á este mancebo! Pero no es posible tampoco ejercer
sobre él la severidad de las leyes. Está muy querido de la fanática
multitud, cuyos afectos se determinan por los ojos, no por la razón, y
que en tales casos considera el castigo del delincuente, y no el delito.
Conviene, para mantener la tranquilidad, que esa repentina ausencia de
Hamlet aparezca como cosa muy de antemano meditada y resuelta. Los males
desesperados, ó son incurables, ó se alivian con desesperados remedios.
ESCENA V
CLAUDIO, RICARDO
CLAUDIO.--¿Qué hay, qué ha sucedido?
RICARDO.--No hemos podido lograr que nos diga adonde ha llevado el
cadáver.
CLAUDIO.--Pero él ¿en dónde está?
RICARDO.--Afuera quedó con gente que le guarda, esperando vuestras
órdenes.
CLAUDIO.--Traedle á mi presencia.
RICARDO.--Guillermo: que venga el príncipe.
ESCENA VI
CLAUDIO, RICARDO, HAMLET, GUILLERMO, criados
CLAUDIO.--Y bien, Hamlet, ¿en dónde está Polonio?
HAMLET.--Ha ido á cenar.
CLAUDIO.--¿A cenar? ¿Adonde?
HAMLET.--No adonde coma, sino adonde es comido, entre una numerosa
congregación de gusanos. El gusano es el monarca supremo de todos los
comedores. Nosotros engordamos á los demás animales para engordarnos, y
engordamos para el gusanillo que nos come después. El rey gordo y el
mendigo flaco son dos platos diferentes, pero se sirven á una misma
mesa. En esto para todo.
CLAUDIO.--¡Ah!
HAMLET.--Tal vez un hombre puede pescar con el gusano que ha comido á un
rey, y comerse después el pez que se alimentó de aquel gusano.
CLAUDIO.--¿Y qué quieres decir con eso?
HAMLET.--Nada más que manifestar cómo un rey puede pasar progresivamente
á las tripas de un mendigo.
CLAUDIO.--¿En dónde está Polonio?
HAMLET.--En el cielo. Enviad á alguno que lo vea, y si vuestro
comisionado no le encuentra allí, entonces podéis vos mismo irle á
buscar á otra parte. Bien que, si no le halláis en todo este mes, le
oleréis sin duda al subir los escalones de la galería.
CLAUDIO.--Id á buscarle.
(_Vanse los criados_).
HAMLET.--No, él no se moverá de allí hasta que vayan por él.
CLAUDIO.--Este suceso, Hamlet, exige que atiendas á tu propia seguridad,
la cual me interesa tanto como lo demuestra el sentimiento que me causa
la acción que has hecho. Conviene que salgas de aquí con acelerada
diligencia. Prepárate pues. La nave está ya prevenida, el viento es
favorable, los compañeros aguardan, y todo está pronto para tu viaje á
Inglaterra.
HAMLET.--¿A Inglaterra?
CLAUDIO.--Sí, Hamlet.
HAMLET.--Muy bien.
CLAUDIO.--Sí, muy bien debe parecerte, si has comprendido el fin á que
se encaminan mis deseos.
HAMLET.--Yo veo un ángel que los ve... Pero vamos á Inglaterra. ¡Adiós,
mi querida madre!
CLAUDIO.--¿Y tu padre que te ama, Hamlet?
HAMLET.--Mi madre... Padre y madre son marido y mujer; marido y mujer
son una carne misma, con que... mi madre... ¡Eh! Vamos á Inglaterra.
ESCENA VII
CLAUDIO, RICARDO, GUILLERMO
CLAUDIO.--Seguidle inmediatamente; instad con viveza su embarco, no se
dilate un punto. Quiero verle fuera de aquí esta noche. Partid. Cuanto
es necesario á esta comisión, está sellado y pronto. Id, no os
detengáis. (_Vanse Ricardo y Guillermo._) Y tú, Inglaterra, si en algo
estimas mi amistad (de cuya importancia mi gran poder te avisa), pues
aun miras sangrientas las heridas que recibiste del acero dinamarqués, y
en dócil temor me pagas tributos, no dilates tibia la ejecución de mi
suprema voluntad, que por cartas escritas á este fin te pide con la
mayor instancia la pronta muerte de Hamlet. Su vida es para mí una
fiebre ardiente, y tú sola puedes aliviarme. Hazlo así, Inglaterra, y
hasta que sepa que descargaste el golpe, por más feliz que mi suerte
sea, no se restablecerán en mi corazón la tranquilidad ni la alegría.
ESCENA VIII
Campo solitario en las fronteras de Dinamarca
FORTIMBRAS, un capitán, soldados
FORTIMBRÁS.--Id, capitán, saludad en mi nombre al monarca danés; decidle
que en virtud de su licencia, Fortimbrás pide el paso libre por su
reino, según se le ha prometido. Ya sabéis el sitio de nuestra reunión.
Si algo quiere S. M. comunicarme, hacedle saber que estoy pronto á ir en
persona á darle pruebas de mi respeto.
CAPITÁN.--Así lo haré, señor.
FORTIMBRÁS.--Y vosotros caminad con paso vagaroso.
ESCENA IX
Un capitán, HAMLET, RICARDO, GUILLERMO, soldados
HAMLET.--Caballero, ¿de dónde son estas tropas?
CAPITÁN.--De Noruega, señor.
HAMLET.--Y decidme, ¿adónde se encaminan?
CAPITÁN.--Contra una parte de Polonia.
HAMLET.--¿Quién las acaudilla?
CAPITÁN.--Fortimbrás, sobrino del anciano rey de Noruega.
HAMLET.--¿Se dirigen contra toda Polonia, ó sólo á alguna parte de sus
fronteras?
CAPITÁN.--Para deciros sin rodeos la verdad, vamos á adquirir una
porción de tierra, de la cual (exceptuando el honor) ninguna otra
utilidad puede esperarse. Si me la diesen arrendada en cinco ducados, no
la tomaría, ni pienso que produzca mayor interés al de Noruega ni al
polaco, aunque á pública subasta la vendan.
HAMLET.--¿Sin duda el polaco no tratará de resistir?
CAPITÁN.--Antes bien ha puesto ya en ella tropas que la guarden.
HAMLET.--De ese modo el sacrificio de dos mil hombres y veinte mil
ducados no decidirán la posesión de un objeto tan frívolo. Esa es una
apostema del cuerpo político, nacida de la paz y excesiva abundancia que
revienta en lo interior, sin que exteriormente se vea la razón por que
el hombre perece. Os doy muchas gracias de vuestra cortesía.
CAPITÁN.--Dios os guarde.
(_Vanse el capitán y los soldados_).
RICARDO.--¿Queréis proseguir el camino?
HAMLET.--Presto os alcanzaré. Id adelante un poco.
ESCENA X
HAMLET