HAMLET.--Y qué, ¿los chicos han vencido en esas peleas?

RICARDO.--Cierto que sí, y se hubieran burlado del mismo Hércules con

maza y todo.

HAMLET.--No es extraño. Ya veis mi tío, rey de Dinamarca. Los que se

mofaban de él mientras vivió mi padre, ahora dan veinte, cuarenta y aun

cien ducados por su retrato de miniatura. En esto hay algo que es más

que natural, si la filosofía pudiera describirlo.

GUILLERMO.--Ya están ahí los cómicos.

HAMLET.--Pues, caballeros, muy bien venidos á Elsingor; acercaos aquí,

dadme las manos. Las señales de una buena acogida consisten por lo común

en ceremonias y cumplimientos; pero permitid que os trate así, porque os

hago saber que yo debo recibir muy bien á los cómicos en lo exterior, y

no quisiera que las distinciones que á ellos les haga pareciesen mayores

que las que os hago á vosotros. Bien venidos... Pero mi tío padre, y mi

madre tía, á fe á fe, que se equivocan mucho.

GUILLERMO.--¿En qué, señor?

HAMLET.--Yo no estoy loco, sino cuando sopla el nordeste; pero cuando

corre el sur, distingo muy bien un huevo de una castaña.

ESCENA IX

POLONIO y dichos

POLONIO.--Dios os guarde, señores.

HAMLET.--Oye aquí, Guillermo, y tú también... un oyente á cada lado.

¿Veis aquel vejestorio que acaba de entrar? Pues aun no ha salido de

mantillas.

RICARDO.--O acaso habrá vuelto á ellas, porque según se dice, la vejez

es segunda infancia.

HAMLET.--Apostaré que me viene á hablar de los cómicos, tened cuidado...

Pues, señor, tú tienes razón; eso fué el lunes por la mañana, no hay

duda.

POLONIO.--Señor, tengo que daros una noticia.

HAMLET.--Señor, tengo que daros una noticia. (_Imitando la voz de

Polonio_). Cuando Roscio era actor en Roma...

POLONIO.--Señor, los cómicos han venido.

HAMLET.--¡Tuh! ¡tuh! ¡tuh!

POLONIO.--Como soy hombre de bien que sí.

HAMLET.--Cada actor viene caballero en burro.

(_Hamlet declama este verso en tono trágico y los que dice poco

después_).

POLONIO.--Estos son los más excelentes actores del mundo, así en la

tragedia como en la comedia, historia ó pastoral, en lo cómico-pastoral,

histórico-pastoral, trágico-histórico, tragi-cómico-histórico-pastoral,

escena indivisible, poema ilimitado... ¡Qué! Para ellos ni Séneca es

demasiado grave, ni Plauto demasiado ligero, y en cuanto á las reglas de

composición y a la franqueza cómica, éstos son los únicos.

HAMLET.--¡Oh Jefté, juez de Israel!...

¡Qué tesoro poseíste!

POLONIO.--¿Y qué tesoro era el suyo, señor?

HAMLET.--¿Qué tesoro?

No más que una hermosa hija

á quien amaba en extremo.

POLONIO.--Siempre pensando en mi hija.

HAMLET.--¿No tengo razón, anciano Jefté?

POLONIO.--Señor, si me llamáis Jefté, cierto es que tengo una hija á

quien amo en extremo.

HAMLET.--¡Oh! no es eso lo que sigue.

POLONIO.--Pues ¿qué sigue, señor?

HAMLET.--Esto:

No hay más suerte que Dios, ni más destino. Y luego, ya sabes:

Que cuanto nos sucede El lo previno.

Lee la primera línea de aquella devota canción, y ella sola te

manifestará lo demás. Pero, ¿veis? Ahí vienen otros á hablar por mí.

ESCENA X

HAMLET, RICARDO, GUILLERMO, POLONIO y cuatro cómicos

HAMLET.--Bien venidos, señores; me alegro de veros á todos tan buenos.

Bien venidos... ¡Oh! ¡oh camarada antiguo! mucho se te ha arrugado la

cara desde la última vez que te vi. ¿Vienes á Dinamarca á hacerme

parecer viejo á mí también? ¡Y tú, mi niña, oiga! ya eres una señorita;

por la Virgen, que ya está vuesamerced una cuarta más cerca del cielo

desde que no la he visto. Dios quiera que tu voz, semejante á una pieza

de oro falso, no se descubra al echarla en el crisol. Señores, muy bien

venidos todos. Pero, amigos, yo voy en derechura al caso, y corro detrás

del primer objeto que se me presenta, como halconero francés. Yo quiero

al instante una relación. Sí, veamos alguna prueba de vuestra habilidad.

Vaya un pasaje afectuoso.

CÓMICO 1.º--¿Y cuál queréis, señor?

HAMLET.--Me acuerdo de haberte oído en otro tiempo una relación que

nunca se ha representado al público, ó una sola vez cuando más... Sí, y

me acuerdo también que no agradaba á la multitud; no era ciertamente

manjar para el vulgo. Pero á mí me pareció entonces, y aun á otros cuyo

dictamen vale más que el mío, una excelente pieza, bien dispuesta la

fábula, y escrita con elegancia y decoro. No faltó, sin embargo, quien

dijo que no había en los versos toda la sal necesaria para sazonar el

asunto, y que lo insignificante del estilo anunciaba poca sensibilidad

en el autor; bien que no dejaban de tenerla por obra escrita con método,

instructiva y elegante, y más brillante que delicada. Particularmente me

gustó mucho en ella una relación que Eneas hace á Dido, y sobre todo

cuando habla de muerte de Príamo. Si la tienes en la memoria... empieza

por aquel verso... deja, deja, veré si me acuerdo.

Pirro feroz como la hircana tigre...

(_Todos los versos de esta escena los dicen con declamación

trágica_).

No es este; pero empieza con Pirro... ¡ah!...

Pirro feroz, con pavonadas armas,

negras como su intento, reclinado

dentro en los senos del caballo enorme,

á la lóbrega noche parecía.

Ya su terrible, ennegrecido aspecto

mayor espanto da. Todo lo tiñe

de la cabeza al pie caliente sangre

de ancianos y matronas, de robustos

mancebos y de vírgenes, que abrasa

el fuego de inflamados edificios

en confuso montón; á cuya horrenda

luz que despiden, el caudillo insano

muerte y estrago esparce. Ardiendo en ira,

cubierto de cuajada sangre, vuelve

los ojos, al carbunclo semejantes,

y busca, instado de infernal venganza,

al viejo abuelo Príamo...

Prosigue tú.

POLONIO.--¡Muy bien declamado, á fe mía! con buen acento y bella

expresión.

CÓMICO 1.º-- Al momento

le ve lidiando, ¡resistencia breve!

contra los griegos; su temida espada

rebelde al brazo ya, le pesa inútil.

Pirro, de furias lleno, le provoca

á liza desigual; herirle intenta,

y el aire solo del funesto acero

postra al débil anciano. Y cual si fuese

a tanto golpe el Ilïon sensible,

al suelo desplomó sus techos altos,

ardiendo en llamas, y al rumor suspenso.

Pirro... ¿Le veis? la espada que venía

á herir del teucro la nevada frente

se detiene en los aires, y él inmoble,

absorto y mudo y sin acción su enojo,

la imagen de un tirano representa

que figuró el pincel. Mas como suele

tal vez el cielo en tempestad obscura

parar su movimiento, de los aires

el ímpetu cesar, y en silenciosa

quietud de muerte reposar el orbe,

hasta que el trueno, con horror zumbando,

rompe la alta región; así un instante

suspensa fué la cólera de Pirro,

y así, dispuesto á la venganza, el duro

combate renovó. No más tremendo

golpe en las armas de Mavorte eternas

dieron jamás los cíclopes tostados,

que sobre el triste anciano la cuchilla

sangrienta dió del sucesor de Aquiles.

¡Oh fortuna falaz!... Vos, poderosos

dioses, quitadle su dominio injusto;

romped los rayos de su rueda y calces,

y el eje circular desde el Olimpo

caiga en pedazos del abismo al centro.

POLONIO.--Es demasiado largo.

HAMLET.--Lo mismo dirá de tus barbas el barbero. Prosigue. Este sólo

gusta de ver bailar ó de oir cuentos de alcahuetas, ó si no se duerme.

Prosigue con aquello de Hécuba.

CÓMICO 1.º--Pero quien viese ¡oh vista dolorosa! la mal ceñida reina...

HAMLET.--¡La mal ceñida reina!

POLONIO.--Esto es bueno, mal ceñida reina, ¡bueno!

Cómico 1.º--Pero quien viese ¡oh vista dolorosa!

la mal ceñida reina, el pie desnudo,

girar de un lado al otro, amenazando

extinguir con sus lágrimas el fuego...

En vez de vestidura rozagante

cubierto el seno, harto fecundo un día,

con las ropas del lecho arrebatadas

(ni a más le dió lugar el susto horrible),

rasgado un velo en su cabeza, donde

antes resplandeció corona augusta...

¡Ay! quien la viese, á los supremos hados

con lengua venenosa execraría.

Los dioses mismos, si a piedad los mueve

el linaje mortal, dolor sintieran

de verla, cuando al implacable Pirro

halló esparciendo en trozos con su espada

del muerto esposo los helados miembros.

Lo ve, y exclama con gemido triste,

bastante á conturbar allá en su altura

las deidades de Olimpo, y los brillantes

ojos del cielo humedecer en lloro.

POLONIO.--Ved cómo muda de color, y se le han saltado las lágrimas. No,

no prosigáis.

HAMLET.--Basta ya, presto me dirás lo que falta. Señor mío, es menester

hacer que estos cómicos se establezcan, ¿lo entiendes? y agasajarlos

bien. Ellos son sin duda el epítome histórico de los siglos, y más te

valdrá tener después de muerto un mal epitafio que una mala reputación

entre ellos mientras vivas.

POLONIO.--Yo, señor, los trataré conforme á sus méritos.

HAMLET.--¡Qué cabeza ésta! No, señor, mucho mejor. Si a los hombres se

los hubiese de tratar según merecen, ¿quién escaparía de ser azotado?

Trátalos como corresponde á tu nobleza y á tu propio honor; cuanto menor

sea su mérito, mayor sea tu bondad. Acompáñalos.

POLONIO.--Venid, señores.

HAMLET.--Amigos, id con él. Mañana habrá comedia. Oye aquí tú, amigo,

dime, ¿no pudierais representar _la Muerte de Gonzago_?

CÓMICO 1.º--Sí, señor.

HAMLET.--Pues mañana á la noche quiero que se haga. ¿Y no podrías, si

fuese menester aprender de memoria unos doce ó diez y seis versos que

quiero escribir é insertar en la pieza? ¿Podrás?

CÓMICO 1.º--Sí, señor.

HAMLET.--Muy bien; pues vete con aquel caballero, y cuenta no hagáis

burla de él. Amigos, hasta la noche. Pasadlo bien.

RICARDO.--Señor...

HAMLET.--Id con Dios.

ESCENA XI

HAMLET

Ya estoy solo. ¡Qué abatido, qué insensible soy! ¿No es admirable que

este actor, en una fábula, en una ficción, pueda dirigir tan á su placer

el ánimo, que así agite y desfigure el rostro en la declamación,

vertiendo de sus ojos lágrimas, débil la voz, y todas sus acciones tan

acomodadas á lo que quiere expresar? Y esto por nadie: por Hécuba. ¿Y

quién es Hécuba para él, ó él para ella, que así llora sus infortunios?

Pues ¡qué no haría si él tuviese los tristes motivos de dolor que yo

tengo! Inundaría el teatro con llanto, su terrible acento conturbaría á

cuantos le oyesen, llenaría de desesperación al culpado, de temor al

inocente, al ignorante de confusión, y sorprendería con asombro la

facultad de los ojos y los oídos. ¡Pero yo, miserable, sin vigor y

estúpido, sueño adormecido, permanezco mudo, y miro con tal indiferencia

mis agravios! Qué, ¿nada merece un rey con quien se cometió el más atroz

delito para despojarle del cetro y la vida? ¿Soy cobarde yo? ¿Quién se

atreve á llamarme villano, ó á insultarme en mi presencia, arrancarme la

barba, soplármela al rostro, asirme de la nariz, ó hacerme tragar lejía

que me llegue al pulmón? ¿Quién se atreve a tanto? ¿Sería yo capaz de

sufrirlo? Sí, que no es posible sino que yo sea como la paloma, que

carece de hiel, incapaz de acciones crueles; á no ser esto, ya se

hubieran cebado los milanos del aire en los despojos de aquel indigno,

deshonesto, homicida, pérfido seductor, feroz malvado, que vive sin

remordimientos de su culpa. Pero ¿por qué he de ser tan necio? ¿Será

generoso proceder el mío, que yo, hijo de un querido padre (de cuya

muerte alevosa el cielo y el infierno mismo me piden venganza),

afeminado y débil desahogue con palabras el corazón, prorrumpa en

execraciones vanas como una prostituta vil ó un pillo de cocina? ¡Ah!

no, ni aun sólo imaginarlo. ¡Eh!... Yo he oído que tal vez asistiendo á

una representación hombres muy culpados, han sido heridos en el alma con

tal violencia por la ilusión del teatro, que á vista de todos han

publicado sus delitos; que la culpa, aunque sin lengua, siempre se

manifestará por medios maravillosos. Yo haré que estos actores

representen delante de mi tío algún pasaje que tenga semejanza con la

muerte de mi padre. Yo le heriré en lo más vivo del corazón, observaré

sus miradas; si muda de color, si se estremece, ya sé lo que me toca

hacer. La aparición que vi pudiera ser un espíritu del infierno. Al

demonio no le es difícil presentarse bajo la más agradable forma; sí, y

acaso como él es tan poderoso sobre una imaginación perturbada,

valiéndose de mi propia debilidad y melancolía, me engaña para perderme.

Yo voy á adquirir pruebas más sólidas, y esta representación ha de ser

el lazo en que se enrede la conciencia del rey.

ACTO III

ESCENA PRIMERA

Galería de palacio

CLAUDIO, GERTRUDIS, POLONIO, OFELIA, RICARDO, GUILLERMO

CLAUDIO.--¿Y no os fué posible indagar en la conversación que con él

tuvisteis, de qué nace aquel desorden de espíritu que tan cruelmente

altera su quietud con turbulenta y peligrosa demencia?

RICARDO.--El mismo reconoce los extravíos de su razón, pero no ha

querido manifestarnos el origen de ellos.

GUILLERMO.--Ni le hallamos en disposición de ser examinado, porque

siempre huye de la cuestión con un rasgo de locura, cuando ve que le

conducimos al punto de descubrir la verdad.

GERTRUDIS.--¿Fuisteis bien recibidos de él?

RICARDO.--Con mucha cortesía.

GUILLERMO.--Pero se le conocía una cierta sujeción.

RICARDO.--Preguntó poco, pero respondía á todo con prontitud.

GERTRUDIS.--¿Le habéis convidado para alguna diversión?

RICARDO.--Sí, señora, porque casualmente habíamos encontrado una

compañía de cómicos en el camino: se lo dijimos, y mostró complacencia

al oirlo. Están ya en la corte, y creo que tienen orden de representarle

esta noche una pieza.

POLONIO.--Así es la verdad, y me ha encargado de suplicar á VV. MM. que

asistan á verla y oirla.

CLAUDIO.--Con mucho gusto: me complace en extremo saber que tiene tal

inclinación. Vosotros, señores, excitadle á ella, y aplaudid su

propensión á este género de placeres.

RICARDO.--Así lo haremos.

ESCENA II

CLAUDIO, GERTRUDIS, POLONIO, OFELIA

CLAUDIO.--Tú, mi amada Gertrudis, deberás también retirarte, porque

hemos dispuesto que Hamlet al venir aquí, como si fuera casualidad,

encuentre á Ofelia. Su padre y yo, testigos los más aptos para el fin,

nos colocaremos donde veamos sin ser vistos: así podremos juzgar de lo

que entre ambos pase, y en las acciones y palabras del príncipe

conoceremos si es pasión de amor el mal de que adolece.

GERTRUDIS.--Voy á obedeceros; y por mi parte, Ofelia, ¡oh, cuánto

desearía que tu rara hermosura fuese el dichoso origen de la demencia de

Hamlet! Entonces yo debería esperar que tus prendas amables pudieran

para vuestra mutua felicidad restituirle su salud perdida.

OFELIA.--Yo, señora, también quisiera que fuese así.

ESCENA III

CLAUDIO, POLONIO, OFELIA

POLONIO.--Paséate por aquí, Ofelia. Si V. M. gusta podemos ya

ocultarnos. Haz que lees en este libro (_dándole un libro_): esta

ocupación disculpará la soledad del sitio... ¡Materia es por cierto en

que tenemos mucho de que acusarnos! ¡Cuántas veces con el semblante de

la devoción y la apariencia de acciones piadosas engañamos al diablo

mismo!

CLAUDIO.--Demasiado cierto es... (_Ap._) ¡Qué cruelmente ha herido esa

reflexión mi conciencia! El rostro de la meretriz, hermoseada con el

arte, no es más feo despojado de los afeites, que lo es mi delito

disimulado en palabras traidoras. ¡Oh, qué pesada carga me oprime!

POLONIO.--Ya le siento llegar, señor; conviene retirarnos.

ESCENA IV

HAMLET, OFELIA

(Hamlet dirá este monólogo, creyéndose solo. Ofelia á un extremo del

teatro lee.)

HAMLET.--Existir o no existir, ésta es la cuestión. ¿Cuál es más digna

acción del ánimo: sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta, ú

oponer los brazos a este torrente de calamidades, y darles fin con

atrevida resistencia? Morir es dormir. ¿No más? ¿Y por un sueño,

diremos, las aflicciones se acabaron y los dolores sin número,

patrimonio de nuestra débil naturaleza?... Este es un término que

deberíamos solicitar con ansia. Morir es dormir... y tal vez soñar. Sí,

y ved aquí el grande obstáculo; porque el considerar qué sueños podrán

ocurrir en el silencio del sepulcro, cuando hayamos abandonado este

despojo mortal, es razón harto poderosa para detenernos. Esta es la

consideración que hace nuestra infelicidad tan larga. ¿Quién, si esto no

fuese, aguantaría la lentitud de los tribunales, la insolencia de los

empleados, las tropelías que recibe pacífico el mérito, de los hombres

más indignos, las angustias de un mal pagado amor, las injurias y

quebrantos de la edad, la violencia de los tiranos, el desprecio de los

soberbios, cuando el que esto sufre pudiera procurar su quietud con sólo

un puñal? ¿Quién podría tolerar tanta opresión, sudando, gimiendo bajo

el peso de una vida molesta, si no fuese que el temor de que existe

alguna cosa más allá de la muerte (aquel país desconocido, de cuyos

límites ningún caminante torna) nos embaraza en dudas y nos hace sufrir

los males que nos cercan, antes que ir á buscar otros de que no tenemos

seguro conocimiento? Esta previsión nos hace á todos cobardes: así la

natural tintura de valor se debilita con los barnices pálidos de la

prudencia; las empresas de mayor importancia por esta sola consideración

mudan camino, no se ejecutan, y se reducen á designios vanos. Pero...

¡la hermosa Ofelia! Graciosa niña, espero que mis defectos no serán

olvidados en tus oraciones.

OFELIA.--¿Cómo os habéis sentido, señor, en todos estos días?

HAMLET.--Muchas gracias. Bien.

OFELIA.--Conservo en mi poder algunas expresiones vuestras que deseo

restituiros mucho tiempo ha, y os pido que ahora las toméis.

HAMLET.--No, yo nunca te di nada.

OFELIA.--Bien sabéis, señor, que os digo verdad... Y con ellas me

dísteis palabras de tan suave aliento compuestas, que alimentaron con

extremo su valor; pero ya disipado aquel perfume, recibidlas, que un

alma generosa considera como viles los más opulentos dones, si llega á

entibiarse el afecto de quien los dió. Vedlos aquí.

(_Presentándole algunas joyas. Hamlet rehusa tomarlas_).

HAMLET.--¡Oh! ¡oh! ¿Eres honesta?

OFELIA.--Señor...

HAMLET.--¿Eres hermosa?

OFELIA.--¿Qué pretendéis decir con eso?

HAMLET.--Que si eres honesta y hermosa, no debes consentir que tu

honestidad trate con tu belleza.

OFELIA.--¿Puede acaso tener la hermosura mejor compañera que la

honestidad?

HAMLET.--Sin duda alguna. El poder de la hermosura convertirá á la

honestidad en una alcahueta, antes que la honestidad logre dar á la

hermosura su semejanza. En otro tiempo se tenía esto por una paradoja;

pero en la edad presente es cosa probada... Yo te quería antes, Ofelia.

OFELIA.--Así me lo dabais á entender.

HAMLET.--Y tú no debieras haberme creído, porque nunca puede la virtud

ingerirse tan perfectamente en nuestro endurecido tronco, que nos quite

aquel resquemo original... Yo no te he querido nunca.

OFELIA.--Muy engañada estuve.

HAMLET.--Mira, vete á un convento: ¿para qué te has de exponer á ser

madre de hijos pecadores? Yo soy medianamente bueno; pero al considerar

algunas cosas de que puedo acusarme, sería mejor que mi madre no me

hubiese parido. Yo soy muy soberbio, vengativo, ambicioso, con más

pecados sobre mi cabeza que pensamientos para explicarlos, fantasía para

darles forma, ni tiempo para llevarlos á ejecución. ¿A qué fin los

miserables como yo han de existir arrastrados entre el cielo y la

tierra? Todos somos insignes malvados: no creas á ninguno de nosotros;

vete, vete á un convento... ¿En dónde está tu padre?

OFELIA.--En casa está, señor.

HAMLET.--¿Sí? pues que cierren bien todas las puertas, para que si

quiere hacer locuras las haga dentro de su casa. Adiós.

(_Hace que se va, y vuelve_)

OFELIA.--¡Oh, mi buen Dios, favorecedle!

HAMLET.--Si te casas, quiero darte esta maldición en dote. Aunque seas

un hielo en la castidad, aunque seas tan pura como la nieve, no podrás

librarte de la calumnia. Vete á un convento. Adiós. Pero... escucha: si

tienes necesidad de casarte, cásate con un tonto; porque los hombres

avisados saben muy bien que vosotras los convertís en fieras... Al

convento, y pronto. Adiós.

(_Hace, que se va, y vuelve_).

OFELIA.--¡El cielo con su poder le alivie!

HAMLET.--He oído hablar mucho de vuestros afeites y embelecos. La

naturaleza os dió una cara, y vosotras os hacéis otra distinta. Con esos

brinquillos, ese pasito corto, ese hablar aniñado, pasáis por inocentes

y convertís en gracia vuestros defectos mismos. Pero no hablemos más de

esta materia, que me ha hecho perder la razón... Digo sólo que de hoy en

adelante no habrá más casamientos; los que ya están casados (exceptuando

uno) permanecerán así; los otros se quedarán solteros... Véte al

convento, véte.

ESCENA V

OFELIA

¡Oh, qué trastorno ha padecido esa alma generosa! La penetración del

cortesano, la lengua del sabio, la espada del guerrero, la esperanza y

delicias del estado, el espejo de la cultura, el modelo de la gentileza

que estudiaban los más advertidos, todo, todo se ha aniquilado. Y yo, la

más desconsolada é infeliz de las mujeres, que gusté algún día la miel

de sus promesas suaves, veo ahora aquel noble y sublime entendimiento

desacordado, como la campana sonora que se hiende; aquella incomparable

presencia, aquel semblante de florida juventud, alterado con el frenesí.

¡ Oh, cuánta, cuánta es mi desdicha de haber visto lo que vi, para ver

ahora lo que veo!

ESCENA VI

CLAUDIO, POLONIO, OFELIA

CLAUDIO.--¡Amor! ¡Qué! No van por este camino sus afectos; ni en lo que

ha dicho, aunque algo falto de orden, hay nada que parezca locura.

Alguna idea tiene en el ánimo que cubre y fomenta su melancolía, y

recelo que ha de ser un mal el fruto que produzca. A fin de prevenirlo,

he resuelto que salga prontamente para Inglaterra á pedir en mi nombre

los atrasados tributos. Acaso el mar y los países diferentes podrán con

la variedad de objetos alejar esta pasión que le ocupa, sea la que

fuere, sobre la cual su imaginación sin cesar golpea. ¿Qué te parece?

POLONIO.--Que así es lo mejor. Pero yo creo, no obstante, que el origen

y principio de su aflicción provengan de un amor mal correspondido. Tú,

Ofelia, no hay para qué nos cuentes lo que te ha dicho el príncipe, que

todo lo hemos oído.

ESCENA VII

CLAUDIO, POLONIO

POLONIO.--Haced lo que os parezca, señor; pero si lo juzgáis á

propósito, sería bien que la reina retirada á solas con él, luego que se

acabe el espectáculo le inste a que le manifieste sus penas, hablándole

con entera libertad. Yo, si lo permitís, me pondré en paraje de donde

pueda oir toda la conversación. Si no logra su madre descubrir este

arcano, enviadle á Inglaterra, ó desterradle adonde vuestra prudencia os

dicte.

CLAUDIO.--Así se hará. La locura de los poderosos debe ser examinada con

escrupulosa atención.

ESCENA VIII

Salón de palacio

El salón estará iluminado; habrá asientos que formen semicírculo

para el concurso que ha de asistir al espectáculo. Ha de haber en

el foro una gran puerta con pabellones y cortina, por donde saldrán

á su tiempo los actores que deben representar.

HAMLET y dos cómicos

HAMLET.--Dirás este pasaje en la forma que te le he declamado yo: con

soltura de lengua, no con voz desentonada, como lo hacen muchos de

nuestros cómicos; más valdría entonces dar mis versos al pregonero para

que los dijese. Ni manotees así acuchillando el aire; moderación en

todo, puesto que aun en el torrente, la tempestad, y por mejor decir, el

huracán de las pasiones, se debe conservar aquella templanza que hace

suave y elegante la expresión. A mí me desazona en extremo ver á un

hombre muy cubierta la cabeza con su cabellera, que á fuerza de gritos

estropea los afectos que quiere exprimir, y rompe y desgarra los oídos

del vulgo rudo, que sólo gusta de gesticulaciones insignificantes y de

estrépito. Yo mandaría azotar á un energúmeno de tal especie; Herodes de

farsa, más furioso que el mismo Herodes. Evita, evita este vicio.

CÓMICO 1.º--Así os lo prometo.

Hamlet: Drama en cinco actos · 第 3 / 8 段