averiguar qué dinamarqueses hay en París, y cómo, en qué términos, con
quién y dónde están, á quién tratan, qué gastos tienen; y sabiendo por
estos rodeos y preguntas indirectas que conocen á mi hijo, entonces ve
en derechura á tu objeto, encaminando á él en particular tus
indagaciones. Haz como si le conocieras de lejos, diciendo: sí, conozco
á su padre, y á algunos amigos suyos, y aun á él un poco... ¿Lo has
entendido?
REINALDO.--Sí, señor, muy bien.
POLONIO.--Sí, le conozco un poco; pero... (has de añadir entonces) pero
no le he tratado. Si es el que yo creo, á fe que es bien calavera;
inclinado á tal ó tal vicio... y luego dirás de él cuanto quieras
fingir; digo, pero que no sean cosas tan fuertes que puedan deshonrarle.
Cuidado con eso. Habla sólo de aquellas travesuras, aquellas locuras y
extravíos comunes á todos que ya se reconocen por compañeros
inseparables de la juventud y la libertad.
REINALDO.--Como el jugar, ¿eh?
POLONIO.--Sí, el jugar, beber, esgrimir, jurar, disputar, putear...
Hasta esto bien puedes alargarte.
REINALDO.--Y aun con eso hay harto para quitarle el honor.
POLONIO.--No por cierto; además, que todo depende del modo que le
acuses. No debes achacarle delitos escandalosos, ni pintarle como un
joven abandonado enteramente a la disolución; no, no es ésa mi idea. Has
de insinuar sus defectos con tal arte, que parezcan nulidades producidas
de falta de sujeción, y no otra cosa, extravíos de una imaginación
ardiente, ímpetus nacidos de la efervescencia general de la sangre.
REINALDO.--Pero, señor...
POLONIO.--¡Ah! tú querrás saber con qué fin debes hacer esto, ¿eh?
REINALDO.--Gustaría de saberlo.
POLONIO.--Pues, señor, mi fin es éste, y creo que es proceder con mucha
cordura. Cargando estas pequeñas faltas sobre mi hijo (como ligeras
manchas de una obra preciosa), ganarás por medio de la conversación la
confianza de aquél a quien pretendas examinar. Si él está persuadido de
que el muchacho tiene los mencionados vicios que tú le imputas, no dudes
que él convenga con tu opinión, diciendo: señor mío, ó amigo, ó
caballero, en fin, según el título ó dictado de la persona ó del país...
REINALDO.--Sí, ya estoy.
POLONIO.--Pues entonces él dice... dice... ¿Qué iba yo a decir ahora...?
Algo iba yo a decir. ¿En qué estábamos?
REINALDO.--En que él concluirá diciendo al amigo ó al caballero...
POLONIO.--Sí, concluirá diciendo... es verdad... así te dirá
precisamente: Es verdad, yo conozco á ese mozo, ayer le ví, ó cualquier
otro día, ó en tal y tal ocasión, con éste ó con aquel sujeto; y allí,
como habéis dicho, le ví que jugaba, allá le encontré en una comilona,
acullá en una quimera sobre el juego de pelota, y... (puede ser que
añada) le he visto entrar en una casa pública, _videlicet_, en un
burdel, ó cosa tal. ¿Lo entiendes ahora? Con el anzuelo de la mentira
pescarás la verdad, que así es como nosotros los que tenemos talento y
prudencia solemos conseguir por indirectas el fin directo, usando de
artificios y disimulación. Así lo harás con mi hijo, según la
instrucción y advertencias que acabo de darte. ¿Me has entendido?
REINALDO.--Sí, señor, quedo enterado.
POLONIO.--Pues adiós, buen viaje.
REINALDO.--Señor...
POLONIO.--Examina por ti mismo sus inclinaciones.
REINALDO.--Así lo haré.
POLONIO.--Dejándole que obre libremente.
REINALDO.--Está bien, señor.
POLONIO.--Adiós.
ESCENA II
POLONIO, OFELIA
POLONIO.--Y bien, Ofelia, ¿qué hay de nuevo?
OFELIA.--¡Ay, señor, que he tenido un susto muy grande!
POLONIO.--¿Con qué motivo? Por Dios que me lo digas.
OFELIA.--Yo estaba haciendo labor en mi cuarto, cuando el príncipe
Hamlet, la ropa desceñida, sin sombrero en la cabeza, sucias las medias,
sin atar, caídas hasta los pies, pálido como su camisa, las piernas
trémulas, el semblante triste como si hubiera salido del infierno para
anunciar horror... se presenta delante de mí.
POLONIO.--Loco, sin duda por tus amores, ¿eh?
OFELIA.--Yo, señor, no lo sé; pero en verdad lo temo.
POLONIO.--¿Y qué te dijo?
OFELIA.--Me asió una mano y me la apretó fuertemente. Apartóse después á
la distancia de su brazo, y poniendo así la otra mano sobre su frente,
fijó la vista en mi rostro recorriéndole con atención, como si hubiera
de retratarle. De este modo permaneció largo rato, hasta que por último
sacudiéndome ligeramente el brazo, y moviendo tres veces la cabeza abajo
y arriba, exhaló un suspiro tan profundo y triste, que pareció
deshacérsele en pedazos el cuerpo y dar fin á su vida. Hecho esto, me
dejó, y levantada la cabeza comenzó á andar, sin valerse de los ojos
para hallar el camino; salió de la puerta sin verla, y al pasar por ella
fijó la vista en mí.
POLONIO.--Ven, conmigo; quiero ver al rey. Ese es un verdadero éxtasis
de amor, que siempre fatal á sí mismo en un exceso violento, inclina la
voluntad á empresas temerarias, más que ninguna otra pasión de cuantas
debajo del cielo combaten nuestra naturaleza. Mucho siento este
accidente. Pero dime, ¿le has tratado con dureza en estos últimos días?
OFELIA.--No, señor: sólo en cumplimiento de lo que mandasteis, le he
devuelto sus cartas, y me he negado á sus visitas.
POLONIO.--Y eso basta para haberle trastornado así. Me pesa no haber
juzgado con más acierto de su pasión. Yo temí que era sólo un artificio
suyo para perderte... ¡Sospecha indigna! ¡Eh! Tan propio parece de la
edad anciana pasar más allá de lo justo en sus conjeturas, como lo es en
la juventud la falta de previsión. Vamos á ver al rey. Conviene que lo
sepa. Si le callo este amor, sería más grande el sentimiento que pudiera
causarte teniéndole oculto, que el disgusto que recibirá al saberlo.
Vamos.
ESCENA III
Salón de palacio
CLAUDIO, GERTRUDIS, RICARDO, GUILLERMO, acompañamiento
CLAUDIO.--Bien venido, Guillermo; y tú también, querido Ricardo. Además
de lo mucho que se me dilata el veros, la necesidad que tengo de
vosotros me ha determinado á solicitar vuestra venida. Algo habéis oído
ya de la transformación de Hamlet. Así puedo llamarla, puesto que ni en
lo interior ni en lo exterior se parece nada al que antes era; ni llego
á imaginar qué otra causa haya podido privarle así de la razón, si ya no
es la muerte de su padre. Yo os ruego á entrambos, pues desde la primera
infancia os habéis criado con él, y existe entre vosotros aquella
intimidad nacida de la igualdad en los años y el genio, que tengáis á
bien deteneros en mi corte algunos días. Acaso el trato vuestro
restablecerá su alegría; y aprovechando las ocasiones que se presenten,
ved cuál sea la ignorada aflicción que así le consume, para que
descubriéndola procuremos su alivio.
GERTRUDIS.--El ha hablado mucho de vosotros, mis buenos señores, y estoy
segura de que no se hallarán otros dos sujetos á quienes él profese
mayor cariño. Si tanta fuese vuestra bondad, que gustéis de pasar con
nosotros algún tiempo para contribuir al logro de mi esperanza, vuestra
asistencia será remunerada como corresponde al agradecimiento de un rey.
RICARDO.--VV. MM. tienen soberana autoridad en nosotros, y en vez de
rogar deben mandarnos.
GUILLERMO.--Uno y otro obedeceremos, y postramos á vuestros pies, con el
más puro afecto, el celo de serviros que nos anima.
CLAUDIO.--Muchas gracias, cortés Guillermo. Gracias, Ricardo.
GERTRUDIS.--Os quedo muy agradecida, señores, y os pido que veáis cuanto
antes á mi doliente hijo. (_A los criados._) Conduzca alguno de vosotros
á estos caballeros adonde Hamlet se halle.
GUILLERMO.--Haga el cielo que nuestra compañía y nuestros conatos puedan
serle agradables y útiles.
GERTRUDIS.--Sí. Amén.
ESCENA IV
CLAUDIO, GERTRUDIS, POLONIO, acompañamiento
POLONIO.--Señor: los embajadores enviados a Noruega han vuelto ya en
extremo contentos.
CLAUDIO.--Siempre has sido tú padre de buenas nuevas.
POLONIO.--¡Oh! sí, ¿no es verdad? Y os puedo asegurar, venerado señor,
que mis acciones y mi corazón no tienen otro objeto que el servicio de
Dios y el de mi rey; y si ese talento mío no ha perdido enteramente
aquel seguro olfato con que supo siempre rastrear asuntos políticos,
pienso haber descubierto ya la verdadera causa de la locura del
príncipe.
CLAUDIO.--Pues dínosla, que estoy impaciente de saberla.
POLONIO.--Será bien que deis primero audiencia á los embajadores: mi
informe servirá de postres a este gran festín.
CLAUDIO.--Tú mismo puedes ir á cumplimentarlos é introducirlos. (_Vase
Polonio._) Dice que ha descubierto, amada Gertrudis, la causa verdadera
de la indisposición de tu hijo.
GERTRUDIS.--¡Ah! yo dudo que él tenga otra mayor que la muerte de su
padre y nuestro acelerado casamiento.
CLAUDIO.--Yo sabré examinarle.
ESCENA V
CLAUDIO, GERTRUDIS, POLONIO, VOLTIMAN, CORNELIO, acompañamiento
CLAUDIO.--Bien venidos, amigos. Dí, Voltiman, ¿qué respondió nuestro
hermano el rey de Noruega?
VOLTIMAN.--Corresponde con la más sincera amistad á vuestras atenciones
y á vuestro ruego. Así que llegamos mandó suspender los armamentos que
hacía su sobrino, fingiendo ser preparativos contra el polaco; pero
mejor informado después halló ser cierto que se dirigían en ofensa
vuestra. Indignado de que abusaran así de la impotencia á que le han
reducido su edad y sus males, envió estrechas órdenes á Fortimbrás, que
sometiéndose prontamente á las reprensiones del tío, le ha jurado por
último que nunca más tomará las armas contra V. M. Satisfecho de este
procedimiento el anciano rey, le señala sesenta mil escudos anuales, y
le permite emplear contra Polonia las tropas que había levantado. A este
fin os ruega concedáis paso libre por vuestros estados al ejército
prevenido para tal empresa, bajo las condiciones de recíproca seguridad,
expresadas aquí.
(_Saca unos papeles y se los da a Claudio._)
CLAUDIO.--Está bien: leeré en tiempo más oportuno sus proposiciones, y
reflexionaré lo que debo en este caso responderle. Entre tanto os doy
gracias por el feliz desempeño de vuestro encargo. Descansad. A la noche
seréis conmigo en el festín. Tendré gusto de veros.
ESCENA VI
CLAUDIO, GERTRUDIS, POLONIO
POLONIO.--Este asunto se ha concluído muy bien. (_Claudio hace una seña,
y se retira el acompañamiento_). Mi soberano, y vos, señora: explicar lo
que es la dignidad de un monarca, las obligaciones del vasallo, por qué
el día es día, noche la noche, y tiempo el tiempo. Así pues, como quiera
que la brevedad es el alma del talento, y que nada hay más enfadoso que
los rodeos y perífrasis... seré muy breve. Vuestro noble hijo está loco;
y le llamo loco, porque, si en rigor se examina, ¿qué otra cosa es la
locura sino estar uno enteramente loco? Pero dejando esto aparte...
GERTRUDIS.--Al caso, Polonio, al caso, y menos artificios.
POLONIO.--Yo os prometo, señora, que no me valgo de artificio alguno;
¡es cierto que él está loco! es cierto que es lástima, y es lástima que
sea cierto; pero dejemos á un lado pueril antítesis, que no quiero usar
de artificios. Convengamos pues en que está loco, y ahora falta
descubrir la causa de este efecto, ó por decir, la causa de este
defecto; porque este efecto defectuoso nace de una causa, y así resta
considerar lo restante. Yo tengo una hija... la tengo mientras es mía:
que en prueba de su respeto y sumisión... notad lo que os digo... me ha
entregado esta carta. (_Saca una carta y lee en ella los pedazos que
indica el diálogo._) Ahora resumid los hechos y sacaréis la
consecuencia. «Al ídolo celestial de mi alma, á la sin par Ofelia»... Es
una alta frase... una falta de frase sin par... Es una falta de frase,
pero oíd lo demás. _Estas letras destinadas á que tu blanco y hermoso
pecho las guarde: estas_...
GERTRUDIS.--¿Y esa carta se la ha enviado Hamlet?
POLONIO.--¡Bueno por cierto! Esperad un poco, seré muy fiel.
_Duda que son de fuego las estrellas,
duda si al sol el movimiento falta,
duda lo cierto, admite lo dudoso;
pero no dudes de mi amor las ansias._
_Estos versos aumentan mi dolor, querida Ofelia; ni sé tampoco
expresar mis penas con arte; pero cree que te amo en extremo, con
el mayor extremo posible. Adiós. Tuyo siempre, mi adorada niña,
mientras esta máquina exista._--HAMLET.
Mi hija, en fuerza de su obediencia, me ha hecho ver esta carta, y
además me ha contado las solicitudes del príncipe, según han ocurrido,
con todas las circunstancias del tiempo, el lugar y el modo.
CLAUDIO.--Y ella ¿cómo ha recibido su amor?
POLONIO.--¿En qué opinión me tenéis?
CLAUDIO.--En la de un hombre honrado y veraz.
POLONIO.--Y me complazco en probaros que lo soy. Pero ¿qué hubierais
pensado de mí, si cuando he visto que tomaba vuelo este ardiente amor...
porque os puedo asegurar que aun antes que mi hija me hablase, ya lo
había yo advertido?... ¿qué hubiera pensado de mí V. M. y la reina que
está presente si hubiera tolerado este galanteo? ¿Si haciéndome
violencia á mí propio hubiera permanecido silencioso y mudo, mirándolo
con indiferencia? ¿Qué hubierais pensado de mí? No, señor, yo he ido en
derechura al asunto, y le dije a la niña, ni más ni menos: hija, el
señor Hamlet es un príncipe muy superior á tu esfera... Esto no debe
pasar adelante. Y después le mandé que se encerrase en su estancia, sin
admitir recados ni recibir presentes. Ella ha sabido aprovecharse de mis
preceptos, y el príncipe... (para abreviar la historia) al verse
desdeñado, comenzó á padecer melancolías, después inapetencia, después
vigilias, después debilidad, después aturdimiento, y después (por una
graduación natural) la locura que le saca de sí, y que todos nosotros
lloramos.
CLAUDIO.--¿Creéis, señora, que esto haya pasado así?
GERTRUDIS.--Me parece bastante probable.
POLONIO.--¿Ha sucedido alguna vez... (tendría gusto de saberlo) que yo
haya dicho positivamente: «Esto hay», y que haya resultado lo contrario?
CLAUDIO.--No se me acuerda.
POLONIO.--Pues separadme ésta de éste (_señalando la cabeza y el
cuello_) si otra cosa hubiere en el asunto... ¡Ah! por poco que las
circunstancias me ayuden, yo descubriré la verdad donde quiera que se
oculte, aunque el centro de la tierra la sepultara.
CLAUDIO.--¿Y cómo te parece que pudiéramos hacer nuevas indagaciones?
POLONIO.--Bien sabéis que el príncipe suele pasearse algunas veces por
esa galería cuatro horas enteras.
GERTRUDIS.--Es verdad, así suele hacerlo.
POLONIO.--Pues cuando él venga, yo haré que mi hija le salga al paso.
Vos y yo nos ocultaremos detrás de los tapices, para observar lo que
hace al verla. Si él no la ama y no es ésta la causa de haber perdido el
juicio, despedidme de vuestro lado y de vuestra corte, y enviadme á una
alquería á guiar un arado.
CLAUDIO.--Sí, y lo quiero averiguar.
GERTRUDIS.--Pero, ¿veis? ¡Qué lástima! Leyendo viene el infeliz.
POLONIO.--Retiraos, yo os lo suplico: retiraos entrambos, que le quiero
hablar si me dais licencia.
ESCENA VII
POLONIO, HAMLET
POLONIO.--¿Cómo os va, mi buen señor?
(_Hamlet sale leyendo un libro._)
HAMLET.--Bien, á Dios gracias.
POLONIO.--¿Me conocéis?
HAMLET.--Perfectamente. Tú vendes peces.
POLONIO.--¿Yo? No, señor.
HAMLET.--Así fueras honrado.
POLONIO.--¿Honrado decís?
HAMLET.--Sí, señor, que lo digo. El ser honrado, según va el mundo, es
lo mismo que ser escogido uno entre diez mil.
POLONIO.--Todo eso es verdad.
HAMLET.--Si el sol engendra gusanos en un perro muerto, y aunque es un
dios, alumbra benigno con sus rayos á un cadáver corrupto... ¿No tienes
una hija?
POLONIO.--Sí, señor, una tengo.
HAMLET.--Pues no la dejes pasear al sol. La concepción es una bendición
del cielo, pero no del modo en que tu hija podrá concebir. Cuida mucho
de esto, amigo.
POLONIO.--Pero ¿qué queréis decir con eso? Siempre está pensando en mi
hija. No obstante, al principio no me conoció... Dice que vendo peces...
¡Está rematado, rematado!... Y en verdad que yo también, siendo mozo, me
vi muy trastornado por el amor... casi tanto como él. Quiero hablarle
otra vez. ¿Qué estáis leyendo?
HAMLET.--Palabras, palabras, todo palabras.
POLONIO.--¿Y de qué se trata?
HAMLET.--¿Entre quién?
POLONIO.--Digo que de qué trata el libro que leéis.
HAMLET.--De calumnias. Aquí dice el malvado satírico, que los viejos
tienen la barba blanca, las caras con arrugas, que vierten de sus ojos
ámbar abundante y goma de ciruela, que padecen gran debilidad de piernas
y mucha falta de entendimiento. Todo lo cual, señor mío, aunque yo plena
y eficazmente lo creo, con todo eso, no me parece bien hallarlo afirmado
en tales términos; porque al fin vos seríais sin duda tan joven como yo,
si os fuera posible andar hacia atrás como el cangrejo.
POLONIO.--Aunque todo es locura, no deja de observar método en lo que
dice. ¿Queréis venir, señor, adonde no os dé el aire?
HAMLET.--¿Adónde? ¿A la sepultura?
POLONIO.--Cierto que allí no da el aire. ¡Con qué agudeza responde
siempre! Estos golpes felices son frecuentes en la locura, cuando en el
estado de razón y salud tal vez no se logran. Voyle a dejar; y disponer
al instante el careo entre él y mi hija. Señor, si me dais licencia de
que me vaya...
HAMLET.--No me puedes pedir cosa que con más gusto te conceda,
exceptuando la vida, eso sí, exceptuando la vida.
POLONIO.--Adiós, señor.
HAMLET.--¡Fastidiosos y extravagantes viejos!
POLONIO (_á Guillermo y Ricardo, que salen por donde él se va_).--Si
buscáis al príncipe, vedle ahí.
ESCENA VIII
HAMLET, RICARDO, GUILLERMO
RICARDO.--Buenos días, señor.
GUILLERMO.--Dios guarde á V. A.
RICARDO.--Mi venerado príncipe.
HAMLET.--¡Oh, buenos amigos! ¿Cómo va? ¡Guillermo, Ricardo, guapos
mozos! ¿Cómo va? ¿Qué se hace de bueno?
RICARDO.--Nada, señor: pasamos una vida muy indiferente.
GUILLERMO.--Nos creemos felices en no ser demasiado felices. No, no
servimos de airón al tocado de la fortuna.
HAMLET.--¿Ni de suelas á su calzado?
RICARDO.--Ni uno, ni otro.
HAMLET.--En tal caso estaréis colocados hacia su cintura: allí es el
centro de los favores.
GUILLERMO.--Cierto, como privados suyos.
HAMLET.--Pues allí en lo más oculto... ¡Ah! dices bien, ella es una
prostituta... ¿Qué hay de nuevo?
RICARDO.--Nada, sino que ya los hombres van siendo buenos.
HAMLET.--Señal que el día del juicio va á venir pronto. Pero vuestras
noticias no son ciertas... Permitid que os pregunte más particularmente:
¿por qué delitos os ha traído aquí vuestra mala suerte á vivir en
prisión?
GUILLERMO.--¿En prisión decís?
HAMLET.--Sí: Dinamarca es una cárcel.
RICARDO.--También el mundo lo será.
HAMLET.--Y muy grande, con muchas guardas, encierros y calabozos; y
Dinamarca es uno de los peores.
RICARDO.--Nosotros no éramos de esa opinión.
HAMLET.--Para vosotros podrá no serlo, porque nada hay bueno ni malo
sino en fuerza de nuestra fantasía. Para mí es una verdadera cárcel.
RICARDO.--Será vuestra ambición la que os le figura tal: la grandeza de
vuestro ánimo le hallará estrecho.
HAMLET.--¡Oh, Dios mío! Yo pudiera estar encerrado en la cáscara de una
nuez, y creerme soberano de un estado inmenso.... Pero estos sueños
terribles me hacen infeliz.
RICARDO.--Todos esos sueños son ambición, y todo cuanto al ambicioso le
agita no es más que la sombra de un sueño.
HAMLET.--El sueño en sí no es más que una sombra.
RICARDO.--Ciertamente, y yo considero la ambición por tan ligera y vana,
que me parece la sombra de una sombra.
HAMLET.--De donde resulta que los mendigos son cuerpos, y los monarcas y
héroes agigantados, sombras de los mendigos... Iremos un rato á la
corte, señores, porque á la verdad no tengo la cabeza para discurrir.
LOS DOS.--Os iremos sirviendo.
HAMLET.--¡Oh! no se trate de eso. No os quiero confundir con mis
criados, que, á fe de hombre de bien, me sirven indignamente. Pero
decidme, por nuestra amistad antigua: ¿qué hacéis en Elsingor?
RICARDO.--Señor, hemos venido únicamente á veros.
HAMLET.--Tan pobre soy, que aun de gracias estoy escaso: no obstante,
agradezco vuestra fineza... Bien que os puedo asegurar que mis gracias,
aunque se paguen á ochavo, se pagan mucho. ¿Y quién os ha hecho venir?
¿Es libre esta visita? ¿Me la hacéis por vuestro gusto propio? Vaya,
habladme con franqueza; vaya, decídmelo.
GUILLERMO.--¿Y qué os hemos de decir, señor?
HAMLET.--Todo lo que haya acerca de esto. A vosotros os envían sin duda,
y en vuestros ojos hallo una especie de confesión, que toda vuestra
reserva no puede desmentir. Yo sé que el bueno del rey y también la
reina os han mandado que vengáis.
RICARDO.--Pero ¿á qué fin?
HAMLET.--Eso es lo que debéis decirme. Pero os pido por los derechos de
nuestra amistad, por la conformidad de nuestros años juveniles, por las
obligaciones de nuestro no interrumpido afecto, por todo aquello, en
fin, que sea para vosotros más grato y respetable, que me digáis con
sencillez la verdad. ¿Os han mandado venir, ó no?
RICARDO (_mirando á Guillermo_).--¿Qué dices tú?
HAMLET.--Ya os he dicho que lo estoy viendo en vuestros ojos: si me
estimáis de veras, no hay que desmentirlos.
GUILLERMO.--Pues, señor, es cierto: nos han hecho venir.
HAMLET.--Y yo os voy á decir el motivo: así me anticiparé á vuestra
propia confesión, sin que la fidelidad que debéis al rey y la reina
quede por vosotros ofendida. Yo he perdido de poco tiempo á esta parte,
sin saber la causa, toda mi alegría, olvidando mis ordinarias
ocupaciones; y este accidente ha sido tan funesto á mi salud, que la
tierra, esa divina máquina, me parece un promontorio estéril; ese dosel
magnífico de los cielos, ese hermoso firmamento que veis sobre nosotros,
esa techumbre majestuosa sembrada de doradas luces, no otra cosa me
parece que una desagradable y pestífera multitud de vapores. ¡Qué
admirable fábrica es la del hombre! ¡Qué noble su razón! ¡Qué infinitas
sus facultades! ¡Qué expresivo y maravilloso en su forma y sus
movimientos! ¡Qué semejante á un ángel en sus acciones! Y en su
espíritu, ¡qué semejante a Dios! El es, sin duda lo más hermoso de la
tierra, el más perfecto de todos los animales. Pues no obstante, ¿qué
juzgáis que es en mi estimación ese purificado polvo? El hombre no me
deleita... ni menos la mujer... bien que ya veo en vuestra sonrisa que
aprobáis mi opinión.
RICARDO.--En verdad, señor, que no habéis acertado mis ideas.
HAMLET.--Pues ¿por qué te reías cuando dije que no me deleita el
hombre?
RICARDO.--Me reí al considerar, puesto que los hombres no os deleitan,
qué comidas de cuaresma daréis á los cómicos que hemos hallado en el
camino, y están ahí deseando emplearse en servicio vuestro.
HAMLET.--El que hace de rey sea muy bien venido; S. M. recibirá mis
obsequios como es de razón: el arrojado caballero sacará á lucir su
espada y su broquel, el enamorado no suspirará en balde, el que hace de
loco acabará su papel en paz, el patán dará aquellas risotadas con que
sacude los pulmones áridos, y la dama expresará libremente su pasión, ó
las interrupciones del verso hablarán por ella. ¿Y qué cómicos son?
RICARDO.--Los que más os agradan regularmente. La compañía trágica de
nuestra ciudad.
HAMLET.--¿Y por qué andan vagando así? ¿No les sería mejor para su
reputación y sus intereses establecerse en alguna parte?
RICARDO.--Creo que los últimos reglamentos se lo prohiben.
HAMLET.--¿Son hoy tan bien recibidos como cuando yo estuve en la ciudad?
¿Acude siempre el mismo concurso?
RICARDO.--No; señor; no, por cierto.
HAMLET.--¿Y en qué consiste? ¿Se han echado á perder?
RICARDO.--No, señor. Ellos han procurado seguir siempre su acostumbrado
método; pero hay aquí una cría de chiquillos, vencejos chillones, que
gritando en la declamación fuera de propósito, son por esto mismo
palmoteados hasta el exceso. Esta es la diversión del día; y tanto han
denigrado los espectáculos ordinarios (como ellos los llaman), que
muchos caballeros de espada en cinta, atemorizados de las plumas de
ganso de este teatro, rara vez se atreven á poner el pie en los otros.
HAMLET.--¡Oiga! ¿Conque son muchachos? ¿Y quién los sostiene? ¿Qué
sueldo les dan? ¿Abandonarán el ejercicio cuando pierdan la voz para
cantar? Y cuando tengan que hacerse cómicos ordinarios, como parece
verosímil que suceda, si carecen de otros medios, ¿no dirán entonces que
sus compositores los han perjudicado, haciéndolos declamar contra la
profesión misma que han tenido que abrazar después?
RICARDO.--Lo cierto es que han ocurrido ya muchos disgustos por ambas
partes, y la nación ve sin escrúpulo continuarse la discordia entre
ellos. Ha habido tiempo en que el dinero de las piezas no se cobraba
hasta que el poeta y el cómico reñían y se hartaban de bofetones.
HAMLET.--¿Es posible?
GUILLERMO.--¡Oh, si lo es! Como que ha habido ya muchas cabezas rotas.