II.

En estos últimos días he recibido un nuevo folleto de usted (segunda

carta á D. Zorobabel Rodríguez), por el cual veo que sigue usted

predicando su Religión de la Humanidad, aunque asegura que no quiere

polémicas. Yo no las quiero tampoco: pero necesito exponer las razones

principales que me mueven á no convertirme, como usted me aconseja en la

extensa carta que me escribió; y además, esto me da ocasión para

discurrir y cavilar sobre la irreligión del día, sobre eso que usted

llama la _mentalidad_, del período positivo en que estamos, _mentalidad_

que se opone, según usted, á que creamos en nada sobrenatural, por donde

San Pablo, San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola, y todos los

mejores Santos del Calendario, y todos los más nobles y generosos héroes

de la Historia, no creerían en Dios si viviesen ahora, y sólo á la

Humanidad darían adoración y culto.

Es innegable que el materialismo, el ateísmo y el positivismo, que es un

ateísmo disimulado y vergonzante, florecen demasiado en el día, pero los

positivistas y ateos se engañan en imaginar que el mundo es ya de ellos,

y que esta edad es la de la razón, y que la de la fe pasó para siempre.

Yo creo que estamos en plena edad de fe, y que, si el perderla implicase

progreso, de poco progreso podríamos jactarnos.

Todavía, á mediados de este siglo, en 1847, ha aparecido en Persia una

religión nueva que ha hecho correr la sangre á ríos, y ha dado al mundo

millares de mártires. La moral de esta religión es purísima y dulce; sus

libros sagrados, muy poéticos; su creencia y su amor en Dios y á Dios,

profundos. El Conde de Gobineau y el Sr. Franck, del Instituto de

Francia, han expuesto su doctrina y escrito la historia de esta religión

reciente, el _babismo_, cuyo dogma capital es la encarnación perpetua de

Dios en diez y nueve personas.

Se me dirá que esto ocurre en Persia, que es tierra de bárbaros; pero

que en la culta Europa y en las otras regiones, por donde su

civilización se ha difundido, no caben ya semejantes delirios.

Nada más arbitrario que tal suposición. En pocas edades han aparecido

más profetas y fundadores de religiones que en el día. Básteme citar al

conde de Saint-Simón, á los polacos Wronski y Towianski, á los yankees

Channing, Parker y José Smith, y al francés Hipólito Rodríguez, sin duda

israelita de origen, que aspira á crear la religión universal y

definitiva, combinando y reconciliando las tres hijas de la Biblia, las

religiones de Moisés, Cristo y Mahoma, é interpretando con piedad

profunda el apólogo famoso de Natán el Sabio.

Harto sé que se me dirá que todos estos flamantes profetas estaban locos

de atar; pero veamos, por otra parte, cómo sigue reinando el espíritu

religioso, y habrá que decirme que está loco todo el humano linaje, ó

habrá que confesar que la religión, la fe y la creencia en Dios son

indestructibles.

No voy á citar á ningún Padre de la Iglesia, ni á ningún apologista

católico, sino al Sr. Vacherot, el cual entiende que Dios no existe sino

en nuestra mente, que es nuestra hechura, y que desaparecerá con

nosotros. Dios, sin embargo, para el Sr. Vacherot, está muy lejos de

desaparecer.

En su libro _La religión_, presume este autor que la religión pasará;

que el linaje humano dará al cabo el salto progresivo del _estado

religioso_ al _estado científico_; pero ¿quién sabe? El día en que se dé

este salto, está aún á millares de años de nosotros.

Mis libros están tan en desorden, que he andado media hora buscando uno

muy divertido para citársele á usted con exactitud (á este propósito), y

no he podido hallarle. Sea todo por Dios. Es este libro de un sabio

francés, no recuerdo el nombre, el cual asegura que _La humanidad,

considerada en su vida colectiva, no ha nacido aún_. Para este señor, el

Sér Supremo de Augusto Comte es un Dios nonato. La Humanidad, según sus

cálculos, nacerá dentro de catorce mil años, si mal no recuerdo.

Compaginando esto ahora con lo que dice Vacherot sobre el salto del

estado religioso al científico, me atrevo á prever que el tal salto no

se hará hasta dentro de los mencionados catorce mil años.

Por lo pronto tenemos á casi todos los hombres aferradísimos á la

religión, y, por consiguiente, incapaces de elevarse á la vida

colectiva.

«Si tendemos la vista, dice Vacherot, por el inmenso imperio de las

religiones, en pleno siglo XIX, este espectáculo desanimará á los

librepensadores, que esperan ó creen llegado el reino de la razón en

nuestro planeta, y tranquilizará á los creyentes, asustados con las

conquistas de la incredulidad, en los tres últimos siglos.»

En efecto: Vacherot echa sus cuentas, tomando los datos del primer libro

de Geografía ó de Estadística que tiene en casa, y resulta que de mil

doscientos millones de seres humanos, que pueblan el mundo, casi todos

profesan alguna religión. Hay centenares de millones de cristianos, de

budistas y de muslimes; y, lo que es más de lamentar para los filósofos,

hasta las más antiguas supersticiones, sectas y religiones

semiselváticas, persisten aún. El fetichismo y el chamanismo conservan

millones de sectarios.

¿Dónde está, pues, esa _mentalidad_, propia de la época, y que tan

resueltamente prohibe, no ya seguir una religión positiva, sino creer

en Dios racionalmente?

En la carta que usted me escribe, en las que escribe á Doña Emilia y á

D. Zorobabel, y en todos los otros escritos, habla usted de dicha

_mentalidad_; pero ni me la enseña, ni yo la veo.

Lo que yo veo y lo que ve todo el mundo es que, enfrente de la inmensa

turba de creyentes, apenas habrá, esparcidos por toda la faz de la

tierra, unos cuantos miles de librepensadores incrédulos.

La _mentalidad_ de que usted habla no es, pues, general. Debe quedar

reducida á los sabios y filósofos, ó, mejor diremos, á los sabios sólo,

ya que usted no admite tampoco, en estos tiempos, la filosofía

especulativa ó metafísica. Significa, sin duda, la tal _mentalidad_, que

la ciencia y la religión son incompatibles en el estado de progreso á

que la ciencia ha llegado.

Si la ciencia se divulga, la incredulidad, sin la cual no hay ciencia,

también debe divulgarse.

Supongamos ahora que los pueblos bárbaros del Oriente inmóvil, y que las

turbas rudas y sin ciencia de Europa y de América, y los semisalvajes de

África, todos religiosos, á su modo cada uno, no deben contar por nada,

y que el porvenir y los destinos del género humano dependen de los

sabios, que casi todos viven en las grandes capitales. ¿Cuándo lograrán

estos sabios difundir por donde quiera su _mentalidad_, como usted la

llama?

Lo más raro que hay en el caso es que muchos de esos sabios, aun de los

más incrédulos, no desean que la incredulidad se divulgue, y hasta

tienen miedo y horror á que el vulgo llegue á ser tan incrédulo como

ellos. Unos miran la religión como freno para las turbas ignorantes y

codiciosas; otros, como consuelo para los tristes, menesterosos y

desvalidos. De aquí que muchos sabios de éstos se pongan muy

sentimentales y melancólicos de matar la fe, después de soñar con que

acaban de matarla. Ernesto Renan es de los melancólicos, si mira la

religión como consuelo. Si la mira como freno, inventa mil diabluras,

que parecen desatinos, para refrenar al vulgo de otra suerte.

En uno de sus diálogos propone que la ciencia vuelva á ser oculta, y que

los sabios formen algo como colegios sacerdotales, para que cuando el

pueblo se subleve y haga alguna barbaridad, los sabios, que sabrán ya

más que ahora, castiguen al pueblo con una buena peste, ó con

terremotos, ó con inundaciones, ó con lluvias de fuego, ó con otras

plagas.

Interminable y enojosa tarea sería citar aquí textos de autores

racionalistas que se lamentan y aterrorizan de que el vulgo se vaya

_racionalizando_. Suponen que, perdida la fe, no adquirirá en cambio la

ciencia, y se lanzará desbocado á satisfacer sus bestiales apetitos. El

citado Vacherot manifiesta repetidas veces y muy elocuentemente estos

temores. Tenemos, pues, no corta cantidad de sabios incrédulos que se

inclinan á que sea la incredulidad exclusivo privilegio de los sabios.

Por un lado, matan ó creen matar toda creencia religiosa en los libros

que componen, y por otro lado, deploran con amargura que las creencias

mueran. Se parecen á aquel Rey de un cuento oriental, que había dado su

palabra real de decapitar á cuantos se pusiesen á adivinar cierto enigma

y no le adivinasen. Los alrededores de la gran capital del referido Rey

estaban llenos de cabezas cortadas, colocadas en sendos postes; pero,

como el Rey tenía muy compasivo y buen corazón, no hacía más que llorar

por aquellas muertes de que él mismo era causa, para no faltar á su

palabra.

Convengamos en que son dignos de risa los incrédulos llorones. Si es

ilusión, si es mentira todo lo trascendente y divino, ¿por qué llorar su

pérdida? El sabio, que consagra su vida a la verdad, ¿cómo puede

figurarse que la verdad sea nociva y funesta? ¿Cómo da por cimiento á la

ventura de sus semejantes, á su moralidad y á su bondad, el error, el

engaño ó la falsía.

Los positivistas ortodoxos como usted, y no pocos sabios incrédulos de

otras escuelas, son en este punto más lógicos. Para unos, toda religión

ha sido siempre contraria á la moral, á la dicha y al progreso; para

otros, ha sido toda religión utilísima, indispensable, hasta hace muy

poco, para todos esos altos fines; mas para todos ellos toda religión es

perjudicial en el día, salvo la meramente alegórica que ustedes han

inventado.

No negaré que ustedes se contradicen menos; pero son ustedes pocos, y no

todos muy firmes en su opinión. Al fundar la moral, sin el sostén y la

base de una metafísica ó de una doctrina religiosa, tocan ustedes la

dificultad; y á menudo vacilan. A veces salen ustedes por el registro

que menos se prevé. Pondré de ello un ejemplo curiosísimo y algo

chistoso.

El Sr. Guyau ha escrito una obra titulada _La Irreligión_. Para él

consiste el venturoso porvenir de nuestra especie en que la religión se

acabe, y casi la da ya por acabada. Sin dificultad, á su ver, y del modo

más llano, establece este sabio una moral excelente. Todo el orden

social no sólo le explica, sino que le crea, como explicaba Laplace el

orden del universo, _sin la hipótesis de Dios_; pero aquí vienen los

apuros; donde menos se piensa salta la liebre. Los hombres ilustrados é

irreligiosos querrán tener pocos hijos que mantener y educar, y las

mujeres ilustradas é irreligiosas apenas querrán parir alguno que otro.

Entretanto, las gentes ruines é indoctas, las razas inferiores, echarán

al mundo con desmedida profusión infinidad de chiquillos. Por lo cual

teme el Sr. Guyau que el linaje humano degenere; que los sabios

disminuyan; que los pueblos más cultos, como Francia, se enflaquezcan y

pierdan población, y que los negritos ú otros salvajes lo llenen y

dominen todo. No recuerdo si el Sr. Guyau arbitra algún recurso para

salvar esta dificultad; pero el caso es que la pone.

Y no es de maravillar que ponga una sola, sino que no ponga muchas. Lo

que es yo, por más que medito, no veo posible la moral, sin religión ó

metafísica que la sirva de base.

Prescindamos de toda revelación sobrenatural; no prestemos crédito sino

á los dictados de nuestra razón; pero, aun así, si no afirmo un Dios

legislador y hombres con alma responsable, con libre albedrío, capaces

de vencer las naturales impurezas y de sobreponerse á los malos

instintos para realizar la justicia, el bien y la caridad en el mundo,

aun en contra de sus propios intereses, no veo que pueda fundarse

racionalmente moral alguna.

Cierto que el gran crítico Lessing separa el dogma cristiano de la moral

de Cristo, como hacen ustedes. Para Lessing, la moral es independiente

del dogma: independiente de ésta ó de aquélla determinada metafísica ó

teología; pero Lessing no destruye por eso toda teología y toda

metafísica; antes pone como cimiento firmísimo de la moral una

metafísica perenne en sus principios radicales, una teodicea natural,

que afirma á Dios, omnipresente en el universo, causa del orden y del

progreso, revelándose gradualmente y educando al linaje humano por medio

de sucesivas revelaciones. La religión natural, la metafísica perenne,

aunque progresiva, no es para este sabio obra del natural discurso

sólo, sino del natural discurso con auxilio y revelación de Dios.

Ya ve usted cuánto dista Lessing de los positivistas de ahora. El género

humano progresa y se educa, guiado por Dios, y, si Dios le deja de su

mano, ni se educa ni progresa.

¿Dónde está esa incompatibilidad que ustedes suponen, entre la ciencia y

la religión, entre Dios y la razón humana, cuyo progreso en todo, según

Lessing, es un resultado de la constante operación divina y de sus

revelaciones, que se suceden en oportuna sazón, cuando ya el espíritu

del hombre está en aptitud de recibirlas?

Lejos de mí creer á usted malicioso. Yo creo á usted lleno de candor, y

convencidísimo de sus errores; pero, al afirmar que la ciencia es

incompatible con la religión, al poner entre ambas perpetuo conflicto,

¿no comprende usted que induce á mucha gente sencilla á dar en

irreligiosa y en atea, por no parecer poco ilustrada?

Para tranquilidad de esta gente sencilla, bien puede asegurarse que, aun

en el día, son más, muchos más, los sabios religiosos que los

irreligiosos. La lista de los que creen en Dios, y hasta de los que son

cristianos, vence en cantidad y en calidad á la lista de los sabios

incrédulos. No hablo de filósofos, ni de doctores en ciencias morales y

políticas: me limito á los que entienden y tratan las ciencias de la

naturaleza. La química, la física, la geología, la astronomía, no se

oponen, pues, á la fe, digan Draper y otros por el estilo lo que se les

antoje. No son embusteros, ni hipócritas, Faraday, Murchison, Hugh

Miller, Humphry Davy, Jorge Stephenson, el Padre Secchi, Cuvier,

Flourens, Cauchy, Biot, los Ampère, Chevreul, Pasteur y otros mil, que

sería prolijo ir aquí enumerando.

A los que no hemos estudiado y sabemos poquísimo de ciencias naturales,

á cada paso tratan los físicos, químicos y biólogos incrédulos de

taparnos la boca, echándonos en cara nuestra ignorancia. Como no hemos

estudiado lo que ellos, no atinamos á explicarnos el Universo sin Dios:

la contradicción entre la razón y la ciencia. El mejor y más fácil modo

de contestarles es citar á esos otros sabios que son de nuestra opinión,

y á quienes no pueden recusar por ignorancia.

En 1865 hubo en Inglaterra, que no es país muy atrasado, un _meeting_ ó

asamblea de naturalistas, químicos, astrónomos, etc.; y seiscientos diez

y siete, nada menos, escribieron, firmaron y publicaron un manifiesto,

declarando que las ciencias que profesan no van contra Dios, ni contra

la religión, ni siquiera contra la Biblia. Si algo inventan ó sostienen

que parezca oponerse á la palabra de Dios ó á sus Sagradas Escrituras,

ya es porque la ciencia es incompletísima aún, y se debe esperar que,

cuando se complete, se conciliará todo; ya es porque hemos interpretado

mal el sentido de las Sagradas Escrituras, de suerte que el

descubrimiento científico no se opone á la misma palabra de Dios, sino á

la torcida interpretación que le hemos dado.

Ya ve usted cuán poco irreligiosa es la sana y más docta _mentalidad_

del siglo presente.

Toda religión tiene aun muchos creyentes y defensores, y la nuestra más

que ninguna, aunque no he de negar yo que bastantes pequen con

frecuencia por exceso de celo.

La revelación divina no pudo hacerse toda de una vez y sobre todo. La

marcha ascendente del linaje humano, la ley de la historia, el

desenvolvimiento intelectual de las sociedades y de los individuos, todo

esto no sería, ó las cosas serían de muy diversa manera, si Dios lo

hubiera revelado todo en un solo momento: de un golpe. El hombre,

además, ó natural ó sobrenaturalmente, hubiera sido hecho ó _rehecho_

por muy diverso estilo, para que se prestase á recibir la revelación, á

entenderla, y á que no fuese en balde. El maestro va por sus pasos

contados enseñando á sus discípulos, y no les explica la lógica antes de

la gramática, ni el cálculo integral antes de las cuatro reglas de la

Aritmética.

Si los primeros Patriarcas, y Abraham, y Jacob, hubieran enseñado toda

la doctrina, nada hubiera tenido que revelar Moisés; y si Moisés lo

hubiera enseñado todo, hubiera sido supérflua la revelación de Cristo.

Cristo mismo, en la última cena, cuando se despide de sus discípulos,

declara que aún no lo ha revelado todo. «Aún tengo que deciros muchas

cosas, pone el texto de San Juan: mas no las podéis llevar ahora.» Esto

es: ahora no os aprovecharían; no las comprenderíais bien. Y añade

luego: «Mas cuando viniere aquel espíritu de verdad, os enseñará toda la

verdad.» Lo cual, aunque se interprete con la más timorata

interpretación, diciendo que eso que Cristo se dejó por decir se lo dijo

á los Apóstoles después de resucitado y lo inspiró el Espíritu Santo

cuando bajó sobre ellos, todavía es prueba evidente de que no es la

revelación simultánea y completa, sino sucesiva, y adaptándose á la

capacidad de los hombres á quienes se hace. En confirmación de lo cual

viene bien aquello de San Pablo á los de Corinto, cuando les dice que

los alimenta con leche y no con manjares sólidos que no pueden digerir

todavía.

Traigo aquí todo esto muy pertinentemente, ya que de no entenderlo se

han seguido graves males. Bastantes sabios piadosísimos se han empeñado

en probar que en la Biblia está todo y que Moisés sabía y revelaba

cuanto hay que saber y revelar de física, química, matemáticas,

paleontología, cosmogonía, etc.; y en cambio otros incrédulos, en esto

no menos cándidos, se obstinan y se enorgullecen disputando con Moisés y

probándole que no sabía el sistema de Copérnico, ni que el agua se

componía de oxígeno y de hidrógeno, ni otras muchas cosas por el estilo.

Los primeros deducen de esta disputa la verdad de la religión, y los

segundos su incapacidad, su oposición á la ciencia y su mentira. Yo, sin

ser sabio, en nombre de mi pobre sentido común, me atrevo á sostener que

no tienen razón ni unos ni otros en sus deducciones.

Entre los apologistas de la religión cristiana hay un inglés, Samuel

Kinns, cuya seguridad y cuyos argumentos para probar la concordancia de

la revelación y la ciencia pasman por inauditos é inesperados.

Cuenta este señor que hay unos cerrajeros, paisanos suyos, Hobbs, Hart y

Compañía, los cuales han inventado y fabricado ciertas llaves y

cerraduras maravillosas, de que se vale el Banco de Inglaterra para

poner á buen recaudo sus tesoros. Las guardas de cualquiera de estas

llaves tienen 15 dientecillos movibles, que, colocándose, ya de un modo,

ya de otro, dan lugar á 1.307.674.368.000 combinaciones. Con cualquiera

combinación se echa la llave y sólo se desecha ó se abre con la

combinación con que se ha cerrado. Hay pues, una sola probabilidad

contra un billón y miles de millones, de que alguien abra sin saber la

combinación.

Sentado esto, y sentado que los días de la Creación no fueron días, sino

largos períodos de millones de años, Samuel Kinns pone quince actos

creadores en el orden en que los pone la ciencia, y los concierta, en el

mismo orden, con quince frases ó expresiones bíblicas, que responden con

exactitud á cada uno de esos actos. De esta suerte, imagina el

apologista que deja demostrado que Moisés sabía, por revelación divina,

todo lo que la ciencia ha descubierto, tres mil años después, acerca de

la Creación del Mundo.

Al más rudo, si recapacita un poco, asaltan varias dudas y razones

contra semejante discurso. 1.ª ¿Lo que la ciencia ha descubierto, lo ha

descubierto bien, ó saldremos el día menos pensado con que descubre otra

cosa que invalida el descubrimiento de hoy? 2.ª ¿Dado que sea ya

definitiva é inalterable la cosmogonía de la ciencia, hay ó no hay algo

de arbitrario y de más ingenioso que sólido en la harmonía y ajuste

perfecto de lo que dice la ciencia y de lo que dice la Biblia? Y 3.ª

Aceptando por _verificado_ y evidente todo lo que la ciencia descubrió

de la cosmogonía, y por no menos exacto su acuerdo perfectísimo con las

palabras de Moisés, ¿qué objeto ni qué propósito tuvo Moisés, ya que

sabía todo aquello, de decirlo ó ponerlo tan obscura y concisamente, que

fuese logogrifo ó acertijo que nadie había de adivinar sino más de tres

mil años después?

Convengamos en que hubiera sido broma pesada, al menos por su duración,

la que hubiera dado Moisés á todo el linaje humano, si sabiendo bien

todo lo que ocurrió en el Universo desde su origen, lo hubiera dejado en

cifra que sólo al cabo de treinta siglos se hubiera podido descifrar.

¿No sería mejor y más piadoso entender que las Sagradas Escrituras

están divinamente inspiradas en todo lo que se refiere á la moral y al

dogma, y que, en otros puntos, cuando el redactor del libro no es

testigo ocular, ó cuando trata de cosas que por inspección ocular no

podían saberse, dice lo que en su tiempo se suponía ó se imaginaba?

En virtud de esta distinción, á mi ver discreta, se evitarían lo menos

las nueve décimas partes de las controversias entre los creyentes y los

incrédulos: casi desaparecerían los supuestos ó fantásticos conflictos

entre la religión y la ciencia.

Uno de los más juiciosos apologistas que tiene hoy la religión

cristiana, Mons. Van Weddingen, dice en sustancia lo mismo que estamos

aquí diciendo. Cada Profeta, cada Padre de la Iglesia, según la física y

la química de su tiempo, opinaba lo que mejor le parecía, y no es motivo

para negarle ó concederle la cualidad de profeta ó de hombre inspirado

por Dios, el que su opinión de entonces concuerde ó no con la opinión de

ahora, ó, si se quiere, con la ya clara y manifiesta verdad de los

físicos y de los químicos del día.

Dios, directa, materialmente, digámoslo así, y como el maestro enseña á

sus discípulos, bien se puede afirmar que no enseñó matemáticas,

astronomía, biología ni antropología á nadie.

Quedó, pues, cada hombre con aptitud y en libertad de inventar, de

descubrir ó de forjarse los sistemas que sobre cada una de esas

ciencias le parecieran más conformes á la verdad.

Así, pues, y sirvan de ejemplo (refiriéndome siempre á Mons. Van

Weddingen) San Basilio y San Gregorio de Nyssa que sostienen la

espontánea generación de los gérmenes en la tierra y en el agua; y San

Agustín, San Isidoro de Sevilla y otros Padres, que casi son

darwinistas. Dios creó al principio, según ellos, ciertos gérmenes,

_causas primordiales seminales_, que así las llaman, las cuales fueron

poco á poco desenvolviéndose. En resolución, termina el apologista

citado: «El sabio jesuita Pianciani ha demostrado doctamente que sobre

estos puntos delicados se concede entera libertad á la interpretación de

cada individuo. La fe queda salva si se reconocen los derechos del

divino Creador, y la irreductibilidad del alma de los primeros hombres á

las funciones meramente orgánicas». Lo cual significa que sobre

cualquiera de dichos puntos puede el sabio, ó el que se figura que lo

es, descubrir las verdades más inauditas ó imaginar los más enormes

disparates, sin producir conflicto con la religión, siempre que convenga

en que Dios lo creó todo y en que ni hay, ni hubo nunca, ser orgánico,

que pueda llamarse hombre, sin que Dios infunda en él un alma inmortal

hecha á imagen y semejanza suya.

Yo me vuelvo todo ojos para hallar en los escritos de usted, y en otros

escritos positivistas algo á modo de prueba de que estos dos conceptos,

de Dios y del alma, son falsos. Lo que sí hallo es que, según usted, el

concepto de Dios fué preparación indispensable para subir al grado de

civilización á que hemos subido; pero ni usted ni nadie me dice qué día,

ni qué mes, ni qué año, subimos á ese grado en que ya es menester

desechar á Dios, ni por qué es menester desecharle.

Sin embargo, visto que no trato yo de convertir á usted á ninguna

religión positiva, como usted ha tratado de convertirme á la religión de

la humanidad, voy á prescindir aquí de multitud de dificultades y hasta

á dar por verdad varios errores, ó varias afirmaciones, que me parecen

errores aunque no lo sean.

Supongo, pues, que el período teológico pasó ya, ó dígase que no se debe

ni se puede creer en revelación externa divina. Supongo, además, que

también pasó ya para siempre el período metafísico, ó dígase que ya no

se puede dar ni aceptar ciencia fundada en revelación interna divina, ó

sea en lo absoluto, que se muestra en lo más íntimo y profundo de

nuestro sér, y sobre lo cual estriba una ciencia fundamental _á priori_.

Supuesto lo antedicho, no nos quedará sino la ciencia que ustedes llaman

positiva: la ciencia que se funda en el empirismo, en las observaciones

que hacemos valiéndonos de los sentidos.

Quiero conceder, por último, que solo con esta ciencia, sin nada de

metafísica que con ella se combine, no llegaremos jamás á una legítima

demostración de la existencia de Dios: que todos los que han querido dar

dicha demostración, cristianos y deístas, Fr. Luis de Granada, Newton,

Voltaire, Flammarion, todos se han equivocado, según Kant lo prueba.

Nos quedamos, pues con el positivismo escueto: con las seis ciencias de

la Enciclopedia de Comte y de Littré. Pero si por ellas no podemos

llegar á lo sobrenatural para afirmarle, ¿por qué ni cómo hemos de

llegar para negarle?

Aun tomándonos la libertad de negarle sin fundado motivo, no

explicaríamos las cosas, sino que las confundiríamos y enredaríamos más.

El recurso del _altruismo_ y del egoísmo para explicar lo bueno y lo

malo, en moral, no vale, sin libre albedrío. Dice Vogt: «Si no me

enseñan el alma, no creo que la hay»; dice Virchow, que como no ve el

alma, no la acepta; y Feuerbach y cien otros aseguran que lo que piensa

es el fósforo, lamentando mucho que, con tantas patatas como ahora se

comen, los cerebros humanos se pongan pesadísimos é incapaces. En cuanto

al vicio y á la virtud, harto sabida es la chistosa expresión de Taine:

«El vicio y la virtud son productos químicos, como el vitriolo y el

azúcar».

Inventemos, pues, un sistema, saliéndonos del método experimental, y

haciendo sobre esto la vista gorda. Demos de barato que no hubo al

principio más que el éter, ó sea infinidad de cuerpecillos insecables,

átomos dotados de fuerza eterna y de tres ó cuatro movimientos

perpetuos, uno en línea recta, otro giratorio y otro de pegarse unos á

otros y formar poliedros. Con tanto moverse estos átomos, vino á

resultar que sus fuerzas se contrapusieron maravillosamente, y todo se

paró y quedó en equilibrio; y hubo tinieblas y silencio; si no la nada,

algo parecido. Pero de súbito se rompe el equilibrio (y no sabemos por

qué, aunque no sabemos tampoco por qué se estableció), y el equilibrio

ya roto, empezaron á formarse pelotitas luminosas, y fué la luz; y

luego, según se ajustaban y combinaban los poliedros, que los hubo sin

duda de varias clases además de las pelotitas, salían sólidos, y

líquidos, y gases; y luego vida, y plantas, y bichos; y luego hombres, y

conciencia, y pensamiento: y sociedad, é historia, y revoluciones, y

guerra, y progreso, y todo cuanto hay hasta ahora, y hasta que á los

átomos se les antoje volver á la inmovilidad primera ó sea al

equilibrio, y nos quedemos otra vez á obscuras, ó dígase, todo silencio,

tinieblas y muerte.

Consideremos exacto todo esto como si lo hubiéramos visto, tocado y

verificado. Y si el sistema no gusta, le modificaremos, ó expondremos el

de otro sabio por el mismo estilo. Pero, entonces, ¿qué razón hay para

que merezcan alabanza y gloria Augusto Comte y Catalina de Vaux, por

haber sido dos turrones de azúcar? ¿Qué responsabilidad tiene, qué

castigo merece el más infame criminal por haber sido un frasco de

vitriolo? Si yo soy _altruista_, es porque los átomos que me componen

me llevan al _altruismo_, y si soy egoísta, es porque mis átomos

confederados se hallan muy á gusto con su confederación y no quieren

romperla, aunque se lleve pateta todas las otras confederaciones

existentes ó posibles.

Usted y gran número de otros positivistas honrados no se conforman con

ser sólo laboratorios de azúcar; y con que la virtud y la diabetes

vengan á ser casi lo mismo. De aquí que hayan ustedes inventado ó

aceptado esa fantasmagoría ó mojiganga del Ser-Supremo-Humanidad, que

nada explica ni remedia.

Abrazada la doctrina del positivismo, negada toda religión, negada toda

metafísica, desengáñese usted, no hay más recurso que caer en el

_agnosticismo_.

Lo conocido, lo verificado por observación sensible y por experiencia,

es como una isla, todo lo grande y hermosa que se quiera, pero

circundada de mar tenebroso y sin límites. Esta isla, ¿quién sabe si

tendrá cimientos que la mantengan firme en medio de ese mar, ó si

flotará sin cimientos á merced de las olas? Lo desconocido no queda

lejos, aunque en el centro de la isla nos pongamos, sino que la invade

toda, y está hasta en el aire que en ella se respira. Desesperados

muchos de los habitantes de la isla, todos ellos sabios, ó semisabios,

han declarado lo desconocido incognoscible; pero algunos han recobrado

la esperanza, y, con los medios que la isla da de sí, se han engolfado

en el mar tenebroso y desconocido, á ver si le exploran. Uno de estos

navegantes audaces es el Sr. Enrique Drummond, de que ya he hablado á

usted, y de cuya navegación y descubrimientos tenía yo empeño en dar

noticia, por ser tan curiosos: pero la empresa es atrevida y peligrosa y

desisto de llevarla á cabo.

Básteme afirmar que no es aislado capricho de Enrique Drummond esto de

subir por la escala de las ciencias empíricas hasta la última y suprema

hipótesis que lo explique todo, construyendo ó reconstruyendo la

metafísica y singularmente la teodicea. En todos los países cultos se

advierten síntomas de tan ineludible propensión, y de la actividad que,

movido por ella, el espíritu humano va desplegando.

En Francia acaba de aparecer un libro que llama ya la atención por el

título sólo, y donde se nota el pensamiento fundamental de que aquí se

trata. El libro se titula _El porvenir de la metafísica fundada en la

experiencia_, por Alfredo Fouillée.

En nuestra misma España ha aparecido otro libro, que apenas he tenido

tiempo de hojear aún, pero en el cual, por lo poco que he visto,

presiento que el movimiento intelectual del mundo me depara un auxiliar

poderoso. El autor de este libro (cuyo nombre, Estanislao Sánchez Calvo,

confieso que al recibir el libro conocí por vez primera) quiere

reconstruir también la metafísica: descubrir lo incógnito, que no es

incognoscible para él, partiendo de las ciencias positivas; probar, en

suma, que lo inconsciente de Hartmann, que es, en efecto, inconsciente

para nosotros, es, por eso mismo, lo maravilloso, lo estupendo, lo

certero, lo infalible, lo rico de providencia y de inteligencia, que

mueve desde el átomo hasta el organismo más complicado: pero que este

motor, de quien tal vez no tenemos conciencia los que por él somos

movidos, la tiene él de sí y en sí, y lo penetra y lo llena todo, siendo

al mismo tiempo _todo y uno_, porque si las demás cosas son algo, y si

no son nada porque no son él, es por el ser que él les da. En

resolución: ese prurito de producir formas, vidas y evoluciones; esa

energía constante de los séres que siguen inconcientemente su camino

prescrito, y van á su fin en virtud de leyes indefectibles y eternas, es

la incesante operación de lo inconsciente, el milagro perpetuo de lo

que, siendo inconsciente para nosotros, es _supraconsciente_, y es Dios.

El libro que expone y procura demostrar esta doctrina, con mucha ciencia

y extraordinario ingenio, se titula _Filosofía de lo maravilloso

positivo_. Su autor parte del positivismo; pero anhela fundar nueva

metafísica y teología nueva, concurriendo, por lo menos, á probar, si no

que el ateísmo es falso y que la vacía religión de la humanidad es

absurda, que el ateísmo y la religión de la humanidad no contentan ni

aquietan á nadie, ni valen para nada bueno.

Nuevas cartas americanas · 第 30 / 44 题