NOVELA-PROGRAMA

_A la Sra. de R. G._

Mi distinguida amiga: Hace ya meses que me envió usted un ejemplar de

_Looking backward_, novela de Eduardo Bellamy, impresa en Boston en

1889. En seguida dí á usted las gracias por su presente; pero, como

tengo tantas cosas que leer y tantos asuntos á que atender, confieso que

no leí la novela, y la dejé arrinconada.

Pasó tiempo, y un día la novela cayó de nuevo por casualidad entre mis

manos. Entonces reparé en una cosa en que no había reparado antes, y que

no pudo menos de mover mi curiosidad hacia la novela. En letra mucho más

menuda que el título y por bajo de él, decía la portada: _two hundredth

thousand_.

Estas tres palabras me dieron dentera, ó, si se quiere, envidia. Yo

también soy autor, y no estoy exento de tener envidia á otros más

dichosos autores.

Las tres palabras indicaban que de la flamante novela se habían vendido

ya doscientos mil ejemplares cuando se imprimió el que yo había

recibido. Desde entonces hasta ahora ha pasado tiempo bastante para que

se vendan otros cien mil. Bien se puede afirmar, pues, que lo menos

trescientos mil ejemplares de _Looking backward_ han sido ya vendidos.

En ese país y en Inglaterra hay mucha _librería circulante_, y los

libros además se prestan sin dificultad. No es exageración suponer que

cada ejemplar ha sido leído por diez personas. El señor Bellamy, por

consiguiente, puede jactarse de que han leído ya su obra tres millones

de séres humanos. Sobre esta satisfacción de amor propio debe de tener

además el gusto más sólido y positivo, suponiendo que sus derechos de

autor son por cada ejemplar no más que diez céntimos de _dollar_, de

haber cobrado á estas horas por su trabajo treinta mil _dollars_, ó

dígase bastante más de ciento cincuenta mil pesetas de nuestra moneda.

Tan opimos derechos merecen, en verdad, el pomposo nombre de _royalty_,

_realeza_, que tienen en inglés; mientras que los derechos de los

autores españoles, salvo en rarísimos casos, debieran llamarse

_beggary_, _mendicidad_ ó _pobretería_.

Compungido yo y descorazonado por esta consideración, vengo á sospechar

á veces si todo, y singularmente los escritores, estaremos en España muy

por bajo del nivel intelectual de otros países. El que en España no se

lea no basta á explicar que no se lean nuestros libros. Si fueran

buenos, me digo, se traducirían y leerían en otros países, ó bien en

otros países aprenderían el español para leernos. ¿No sucede esto por

donde quiera, con los libros que se publican en Francia? En nuestra

península, y en toda la extensión de la América hispano-parlante ¿para

qué ocultarlo? Zola, Flaubert y Daudet son más estimados que Alarcón,

que Pereda, y hasta que Pérez Galdós, y de seguro que se han leído y se

han vendido más ejemplares de _Nana_ ó de _Germinal_, ó de _La Tierra_,

que de _Sotileza_ ó de los _Episodios nacionales_.

Con los libros en inglés aún no sucede esto tanto en las naciones que

hablan nuestra lengua; pero los libros en inglés, si llegan á hacerse

populares, no han menester de nuestro tributo.

Harto se ve en _Looking backward_. Tal vez sea yo, hasta ahora, gracias

al ejemplar que usted me envió de presente, el único español que sabe de

dicho libro, y de dicho libro, con todo, se han vendido ya más

ejemplares que de ninguna de las novelas de Zola: del más glorioso y á

la moda entre los novelistas franceses.

A pesar de cuanto acabo de exponer, quiero desechar mi abatimiento y mi

modestia; y, sin rebajar el mérito del escritor extranjero, entiendo que

son parte en la fama y en el provecho, que á menudo alcanza, lo bonachón

y lo candoroso que es el público de otros países, donde se rodea al

escritor de gran prestigio y se le presta autoridad que nosotros le

quitamos.

Nosotros no tenemos mala voluntad á los hombres de letras; pero las

circunstancias nos encierran en círculo vicioso de difícil salida. Aquí

no pocos hombres de mucho talento y bastantes de mediano medran, se

enriquecen y encumbran, politiqueando, tratando de curar enfermedades ó

defendiendo pleitos. El que compone libros, si no tiene rentas, ó bien

si no tiene otras ingeniaturas, permanece siempre casi pordiosero. Y de

ello inferimos, ya que el que compone libros está medio loco, ya que es

incapaz de ser político hábil, abogado con clientes ó médico con

enfermos, por donde se da á literaturas, como quien se da á perros,

desengañado y desechado de profesiones más lucrativas.

Pero salgamos de tan tristes meditaciones crematístico-literarias, y

hablemos de la novela del Sr. Bellamy.

Nada más rancio, trillado y manoseado que lo fundamental de su

argumento. Es un caso de sueño ó letargo prolongadísimo, del cual se

despierta al cabo. Ya de Epiménides de Creta, que vivió seis siglos

antes de Cristo, se cuenta que estuvo durmiendo cincuenta y siete años.

Hermotimo de Clazomene, que floreció poco después, echaba también

siestas muy largas; con el aditamiento de que, mientras que su cuerpo

dormía, su desatado espíritu se paseaba por todo el universo con la

rapidez del rayo. En las edades cristianas, abundan más aún los

durmientes, empezando por _los siete_, que, durante la persecución de

Decio, se quedaron dormidos en una caverna, y despertaron ciento

cincuenta y siete años después, hallando muy cambiadas las cosas del

mundo y el cristianismo triunfante.

No sé de país donde no haya cuentos, leyendas, comedias y zarzuelas que

se fundan en esta base. Nosotros tenemos á nuestro D. Enrique de

Villena, que desde el siglo XV estuvo hecho jigote, y apareció y surgió

á nueva vida en _La redoma encantada_, de Hartzenbusch. Por lo común, no

se requiere determinación tan heróica como la de hacerse jigote, ni

siquiera se exige sueño, para dar un brinco en el tiempo, y plantarse de

súbito dos, tres ó cuatro siglos más allá del punto de partida. Basta

para ello un éxtasis, un arrobo ó la traslación real á medio más

dichoso, donde el correr del tiempo es más raudo.

Yo he leído un cuento japonés, en que un pescadorcillo es llevado á una

isla encantada. Allí se casa con cierta mágica princesa. Vuelve á su

tierra, en su sentir al cabo de un año, y reconoce que han pasado

doscientos ó más, que no tiene ya ni padre, ni madre, ni perrito que le

ladre, y que nadie en su tierra le recuerda. Atolondrado, abre entonces

una cajita, don de su princesa, cajita que le debía servir, no

abriéndola, para volver á la isla encantada; y sale de la cajita un

vapor, á manera de nubecilla blanca, que en lo alto del aire se disipa.

Entonces siente que caen sobre él, con todo su peso, los doscientos ó

trescientos años que habían pasado; y pierde la lozanía de la juventud,

y se trueca en un horrendo viejezuelo, que se encoge y consume hasta que

muere.

La _Leyenda áurea_, las vidas de los Padres del yermo, en todo país y en

diversos idiomas, están llenas de casos semejantes, aunque menos

lastimosos. Ya es un monje que se embelesa oyendo cantar un pajarillo,

en un soto, cerca de su convento. Vuelve al convento, creyendo haber

estado ausente una hora, y ha pasado un siglo. Longfellow ha puesto en

verso una historia de esta clase. Ya, como en una preciosa leyenda

italiana del siglo XIV, son dos monjes que se extravían en una selva;

hallan una barca en la margen de apacible río; se embarcan, se dejan

llevar de la corriente, y arriban al Paraíso terrenal. El querubín de la

espada flamígera les da libre entrada; y Enoch y Elías los reciben y los

agasajan, regalan y deleitan tan maravillosa y elegantemente, que se les

hace muy cuesta arriba volver al convento, al cabo de una semana. Pero

no hay más recurso que volver. Vuelven, y descubren que han pasado en el

Paraíso terrenal la friolera de setecientos años.

La invención, pues, del Sr. Bellamy nada tiene de inaudita. Su héroe,

Julián West, se queda dormido, en un sueño magnético, y despierta ciento

trece años después. Se duerme en 1887 y despierta en el año 2000 de

nuestra Era.

Se advierte en esto otro ingrediente capital, permítaseme la expresión

farmacéutica, que entra en la confección de la novela del Sr. Bellamy.

La novela es profética: nos pinta lo que serán el mundo y la humanidad

dentro de poco más de un siglo.

Tampoco es esto nuevo. Pinturas proféticas por el estilo, acaso más

divertidas y más brillantes y pasmosas, se han hecho en casi todas las

literaturas. ¿Dónde está, pues, el valer de la novela? ¿Cuál ha sido la

causa de su extraordinaria popularidad? A mi ver, el valer de la novela

es grande y la causa de los aplausos justísima. Consisten en la buena fe

y en el fervor con que el Sr. Bellamy cree y espera en lo que profetiza

con alegre y profundo optimismo.

Sin duda que en Europa los descubrimientos é invenciones recientes de la

ciencia experimental, la actividad fecunda de la industria, la facilidad

de las comunicaciones, la creciente riqueza, las máquinas, el bienestar,

el lujo y sus refinamientos, el telégrafo, el teléfono, el alumbrado

eléctrico, las Exposiciones universales, los congresos de sabios y otras

maravillas, han ensoberbecido y alentado por todo extremo á no pocos

hombres, y les han hecho creer en un indefinido progreso humano; pero

también esas mismas novedades, primores y adelantos, han influído, en

sentido opuesto, en más hombres aún, volviéndolos canijos,

descontentadizos, nerviosos y quejumbrosos.

El pesimismo existe desde antes de Job y de Budha; pero pocas veces ha

estado más divulgado, más razonado y más boyante que en el día. Pocas

veces ha sido, además, más negro y desesperado en Europa: ya porque se

afirma la mayor dificultad, cuando no la imposibilidad, de ilusiones, de

ideales, de creencias, ó como quieran llamarse, que sirvan de

compensación ó de consuelo; ya porque se abultan los peligros en la

resolución de urgentes y temerosos problemas; ya porque los impacientes

y furiosos quieren resolver estos problemas con desmedida violencia y

por virtud de los más truculentos cataclismos.

Inútil me parece detenerme en probar que, en Europa, y singularmente en

la segunda mitad de este siglo que va llegando á su fin, hay más

desesperación que esperanza, se ve obscuro y tempestuoso el porvenir, y

son tétricas la filosofía y la literatura.

La risueña amenidad de algunos reformadores sociales, como Fourier por

ejemplo, sólo sirve ya para burlas. Los que en el día aspiran á

reformadores, se llaman _nihilistas_, y aturden y aterrorizan á las

clases conservadoras. Los poetas siguen siendo desesperados y satánicos,

ó bien dimiten, por suponer que la poesía se acaba. Sus negaciones,

maldiciones y furores, en vez de salir en verso y raptos líricos, que

solían tomarse menos por lo serio, se ponen hoy en prosa, con el método,

el orden y las pretensiones didácticas de una ciencia. En vez de

Leopardi, Byron ó Baudelaire, tenemos á Schopenhauer. Las pasiones

sublimes, los caracteres nobles y desinteresados, los dulces amores,

las creencias profundas, todo lo ameno y hermoso se va arrojando de la

narración escrita, donde se afirma que la imaginación no debe poner nada

de su cosecha. Las obras, pues, de entretenimiento, las más leídas y

admiradas, son cuadros horribles de vicios, maldades y miserias, en que

el hombre, _bestia humana_, se revuelca en cieno y en sangre. La vida,

en la realidad y en la ficción, aparece como una pesadilla cruel, ó como

una estúpida é indigna farsa, que no merece ser _vivida_. El mejor

término y remate de todo es morirse para descansar. La suprema

bienaventuranza del mundo, la última victoria del saber y la más alta

realizada aspiración del deseo, serían el _totalicidio_: que la ciencia

nos hiciese poderosos para ahogar el necio prurito de vivir que fermenta

en las cosas y matar el universo.

Cierto es que la misma exageración de los clamores y de las blasfemias

hace que á veces se tengan por fanfarronadas, y que el hombre sereno las

ría y no las deplore; pero la insistencia y la generalidad de tantas

quejas se sobreponen á la risa, anublan el ánimo más despejado, y

angustian al fin y meten en un puño el corazón de más anchuras.

En el conjunto, bien puede asegurarse que de ese otro lado del

Atlántico, no hay que lamentar como endémica esta enfermedad del

desconsuelo; reina cierta gallarda confianza en los futuros destinos de

la humanidad. La tierra es nueva, vasta y pingüe, y cría savia

abundante en cuanto se trasplanta en ella. Si de una cepa vetusta,

cubierta de filoxera y carcomida por el honguillo, tomamos un buen

sarmiento, y le metemos en tierra á alguna distancia, el mugrón se

transforma pronto en otra sana y fructífera cepa. Así me figuro yo que

ocurre quizá al anglo-americano en relación con el europeo. La

prosperidad de esa gran República se diría que promete mayor auge é

inmensa ventura para en adelante. Toda dificultad, en vez de desalentar,

aumenta los bríos, y hasta regocija con la esperanza de vencerla. Hay

ahí cierta emulación, cierta petulancia juvenil, que son útiles, porque

persuaden á muchos de que América logrará lo que Europa no ha logrado;

resolverá problemas que aquí tenemos por irresolubles, y realizará

ideales que nosotros, ya cansados, agotados y viejos, abandonamos por

irrealizables y quiméricos. _Excelsior_ es la hermosa y extraña divisa

que llevan ustedes en la bandera. Los poetas de ahí están llenos de

presentimientos dichosos, y no lloran y se quejan tan desoladamente como

los nuestros. La vida para ellos no es lamentación, sino acción

incesante, á fin de avanzar más cada día,

_Still achieving, still pursuing,_

y dejando en pos

_Footprints on the sands of time,_

como dice Longfellow, en su _Psalmo_. Todo vate quiere hoy ser ahí más

profeta que en parte alguna. Su misión es profetizar y no cantar:

_Life sings not now, but prophesies._

Whittier es á modo de un Ezequiel de nuestro siglo. Con justicia se le

saluda como al «cantor de la religión, de la libertad y de la humanidad,

cuya palabra de santo fuego despierta la conciencia de una nación

culpada y derrite las cadenas de los esclavos».

La poesía lírica de ahí inculca en sus mejores obras que querer es

poder. La voluntad tenaz, valerosa y desenfadada, rompe todo límite que

el saber imperfecto pone á lo posible. Un buen _yankee_ (y permítame

usted que llame así á sus paisanos, por no llamarlos anglo-americanos

siempre) un buen _yankee_, digo, alentado por su soberbia esperanza, es

como el Reco de la bella leyenda de Russell Lowell; no duda de lograr su

anhelo, y se considera como _sobrehumanado_ para lograrle.

«Reco no dudó ya de su ventura.

Bajo sus pies á la ciudad volviendo,

Pensó que ufano el suelo florecía;

Que era más clara la amplitud del éter;

Que alas para cruzarle le brotaban;

Y que del sol los rayos, en sus venas

Infundidos, prestaban á la sangre

Calor salubre y levedad celeste.»

Esta fe en el porvenir, esta exultación del espíritu, que nada deja

fuera de su alcance, ha sido la Musa que ha inspirado su novela al

señor Bellamy.

Al espirar el siglo XX, ó dígase dentro de poco más de un siglo, la más

portentosa revolución estará ya consumada; se habrá renovado la faz de

la tierra; la condición humana habrá logrado mejoras extraordinarias

materiales y morales, y la Jerusalén celeste, ó, si se quiere, la

suspirada ciudad de Jauja, habrá bajado del cielo, y extenderá su feliz

y dulcísimo imperio sobre todas las lenguas, tribus y naciones del

mundo. No quiere decir esto que una Jauja conquistadora tendrá sometido

el resto del mundo, sino que la Jauja ideal se realizará por donde

quiera, y todo el mundo será Jauja.

Entendámonos, sin embargo. La Jauja realizada en todas partes, no será

la grosera y vulgar de que habla el proverbio; la Jauja donde se come,

se bebe y no se trabaja. En el nuevo orden de cosas, en la flamante

ciudad, no habrá nadie que no trabaje; hombres y mujeres serán

trabajadores; pero merced á la ingeniosidad y primor de la maquinaria y

á la superior organización del trabajo, el trabajo, lejos de ser

fatigoso, será gratísimo.

La vida estará lindamente arreglada. Hasta los veintiún años dura el

período de la educación en el nuevo régimen. Las escuelas son tan

buenas, que apenas hay quien salga de ellas sin ser un pozo de ciencia,

diestro en todos los ejercicios corporales; así de fuerza como de

agilidad y de gracia; sano, hermoso y robusto.

Como ya no sobrevienen (estamos en el año 2000) guerras ni desazones, y

vivimos en una paz plusquam-octaviana, ni hay quintas, ni mucho menos

servicio militar obligatorio. ¿Y para qué, si tampoco hay generales ni

ejército guerreador? De lo que no se puede prescindir es de ejército

industrial, y todo individuo tiene que servir en este ejército

admirablemente regimentado. Pero el servicio es cómodo y ameno, como ya

hemos dicho, y á la edad de cuarenta y cinco años termina. Á la edad de

cuarenta y cinco años recibe cada cual su licencia absoluta ó bien se

jubila. Y no porque ya se le crea inútil, sino porque ya ha cumplido con

la sociedad.

Lejos de estar inútil el jubilado ó licenciado, puede asegurarse que

está en lo mejor, en el cenit de su edad. La higiene pública y privada,

la medicina, la cirugía y el arte culinario han progresado de tal

suerte, que el término ordinario de la vida es ya de noventa años.

Quedan, pues, después de la jubilación otros cuarenta y cinco años de

huelga y reposo, durante los cuales todo hombre y toda mujer disfrutan

de las invenciones, fiestas, riquezas, esplendores, magnificencias y

deleites que el trabajo, la industria y el ingenio sociales han

producido y siguen produciendo, cada día con mayor abundancia,

delicadeza, chiste y tino.

Dígole á usted, sin el menor sonrojo, que se me hace la boca agua al

pensar en tan jubilante jubilación, en tan honrado y decoroso

sibaritismo, y en tan verdadero _gaudeamus_ y _otium cum dignitate_.

Algo he extrañado, pero no para censurar, sino para aplaudir, que el Sr.

Bellamy, que tantas cosas reforma ó trueca, todo lo deja como está ahora

en lo tocante á las artes cosméticas é indumentarias, _flirt_, noviazgos

y belenes. Así da nueva prueba de que en amor y en belleza no hay más

que pedir. Hemos llegado á la relativa perfección que, en lo humano,

cabe en lo erótico y en lo estético. Lo que podrá conseguir el nuevo

organismo social es democratizar la belleza, á saber: que haya más

muchachas bonitas, y que no abunden las feas. También se conseguirá,

implicado en el progreso del arte macrobiótica, que la hermosura y la

edad de los amores duren doble ó triple.

Me pasma que una cosa que aquí, en España, acabamos ahora de establecer

como gran progreso, la deseche el Sr. Bellamy como barbaridad ó poco

menos. Hablo del Jurado. Aunque en su República ó Utopía apenas ha de

haber ignorantes, y en cambio ha de haber pocos pleitos que sentenciar y

poquísimos delitos que castigar, todavía entiende el Sr. Bellamy que la

ciencia del derecho es tan sublime y la administración de la justicia

función tan egregia, que sólo á los sabios la confía, mirando como

profanación sacrílega que cualquier ciudadano _lego_ intervenga en

ella.

Hay otro punto trascendental, en que (yo lo celebro) va el Sr. Bellamy

contra la vulgar corriente progresista. No quiere que la mujer ejerza

los mismos empleos públicos que el hombre, y sea, v. gr., alcaldesa,

diputada, ministra, senadora ó académica. Todo esto le parece de una

insufrible y antiestética ordinariez: lo que por acá llamamos _cursi_.

La mujer, en su sistema, reinará en los salones; influirá en todo más

que el hombre; inspirará á éste los más nobles sentimientos y altas

ideas; le seguirá puliendo y gobernando y mandando, como ha sucedido

siempre; y hará que él, por el afán de complacerla, enamorarla y

servirla, sea ó procure ser dechado de virtudes y modelo de distinción;

discreto, limpio, peripuesto y atildado.

Encanta considerar lo mucho que se disfruta con el nuevo sistema ya

establecido. La lucha entre el capital y el trabajo cesa por completo;

No hay competencias entre fabricantes del mismo país, ni entre

industrias de diversas naciones. Y no hay, por consiguiente, ni aduanas,

ni derechos protectores, ni huelgas, ni ruinas y bancarrotas por

competir. No hay tampoco un solo soldado que mantener, ni un solo barco

de guerra que costear, ni instrumento de destrucción que pagar caro, ni

bronce que fundir sino para campanas que repiquen, ni pólvora que gastar

sino en salvas.

Síguese de aquí la supresión de multitud de gastos tontísimos; del

desorden y del despilfarro que la guerra industrial y la guerra de

armas y aun la paz armada ocasionan, y de un enjambre de zánganos ó

personas inútiles para la producción de la riqueza, ya que se emplean ó

en dislocarla jugando á la Bolsa y en otras especulaciones y

operaciones, ó en impedir ó aparentar que impiden que la disloquen,

manteniendo lo que ahora se llama orden público, aunque, según el Sr.

Bellamy, es un caos enmarañado.

Resultará de tan atinada supresión que nademos en la abundancia, sin que

ahogue la plétora de productos. Con el trabajo moderadísimo, que durante

veinticuatro años ha de dar cada individuo, bastará y sobrará para que

vivamos todos como unos nababos ó reyes durante noventa años.

Varios descubrimientos científicos, previstos ó columbrados por el Sr.

Bellamy, conspiran á este fin. El sol, la electricidad y otras energías

ocultas en fluidos impalpables, ó en el éter primogenio, nos prestan

calor, luz y fuerza productora y locomotora. En vez de enviar por el

correo paquetes postales, van por tubería desde los almacenes, con una

velocidad de todos los diablos, trajes, brinquillos, alhajas y hasta

pianos de cola y coches de cuatro asientos. Tal modo de remitir, ó su

artificio, se llama el _teléstolo_ ó el _telepístolo_, y es complemento

del telégrafo y del teléfono.

Este último, el teléfono quiero decir, se ha perfeccionado ya por tal

extremo en nuestra _Utopía_, que cada cual le tiene en su casa, y sin

salir de ella, oye, si quiere, óperas, comedias, sermones y conferencias

de Ateneos y Universidades, sin perder nota, ni palabra, ni tilde.

En resolución, sería cuento de nunca acabar si quisiese yo explicar

aquí, con todos sus pormenores, lo bien que estará el mundo dentro de

ciento trece años.

Todo esto es maravilloso, pero lo es mil veces más lo que he sabido por

cartas y periódicos de ahí, y singularmente por el número de Febrero

último, que usted me ha enviado, del _Atlantic Monthly_, excelente

Revista de literatura, ciencias y artes, que se publica en Boston.

En los Estados Unidos ha entusiasmado _Looking backward_, no sólo como

libro de mero pasatiempo, sino como programa práctico de renovación y

salvación sociales.

Más aún que en el triunfo anti-esclavista influyó la celebrada novela de

la Sra. Harriet Beecher Stowe, se aspira á que influya la novela del Sr.

Bellamy en otros triunfos más completos y en la realización de otras

novedades mayores.

Se ha formado un partido, _nationalist party_, del que es _Vademecum_ la

novela _Looking backward_. El nuevo partido se organiza y cuenta ya con

ciento ochenta clubs, esparcidos por varias poblaciones. Hasta ahora no

ha acudido este partido á los comicios ó á las urnas electorales; pero

acudirá pronto. Dicen que se han alistado en él más gente de refinada

educación y más mujeres que obreros. Hay en él, añaden, _a large amount

of intellect and comparatively little muscle_, como si dijésemos, pocos

músculos y muchos nervios; pero, como quiera que sea, si es admirable

que sobre un libro de imaginación, que sobre un ensueño poético, se

funde un partido, no es menos admirable la calmosa serenidad con que se

miran en los Estados Unidos estos movimientos socialistas, que por aquí

asustan ó inquietan no poco á los burgueses y á los ricos.

Yo tengo muy buena opinión de los ingleses y de sus descendientes los

anglo-americanos. Creo que son ustedes menos _sensatos_ que lo que

nosotros creemos y que lo que llamamos _ser sensatos_, esto es, que la

sensibilidad y la fantasía son en ustedes poderosísimas. De aquí la

facilidad con que se entusiasman por un libro ó por una teoría. Hará

ocho años que Enrique George publicó una obra socialista, que se hizo

tan famosa como la del Sr. Bellamy. También de ella se vendieron

centenares de miles de ejemplares. Los conservadores de ahí, y no hay

que negar que tienen gracia en esto, convierten en argumento contra las

censuras de la actual sociedad, que se leen en tales obras, ese mismo

pasmoso éxito que las obras obtienen. Bellamy y George describen al

pueblo, antes de sus reformas, sumido en horrible pobreza, ignorante,

rudo, por culpa de la sociedad. Por bajo de los ricos, dichosos y

educados, hay, suponen, una hambrienta y ruda caterva de esclavos del

trabajo. A lo cual los conservadores responden: «Si las cosas son así,

¿de dónde salen los trescientos mil sujetos con dinero de sobra para

comprar los libros de ustedes, y los millones de sujetos con tiempo y

humor para divertirse leyéndolos? Si estuviesen hambrientos no leerían

para distraer el hambre». Pero, en mi sentir, no tienen razón en esto

los conservadores. Puede haber en un país de sesenta millones de

habitantes trescientos mil compradores de un libro que valga tres

pesetas y mucha hambre y mucha miseria además.

El _Atlantic Monthly_ trae un extenso artículo de un Sr. Walker,

refutando las doctrinas del señor Bellamy y del _partido nacionalista_.

Yo, en ciertos puntos, doy la razón al Sr. Walker; en otros no puedo

dársela, y en bastantes puntos, lo confieso, me apesadumbra que el Sr.

Walker tenga razón. Es un dolor que ideal tan agradable se desvanezca;

que se reduzca á ensueño fugaz un porvenir tan magnífico y próximo.

La verdad es que, como el héroe de la novela, Julián West, se pasa

durmiendo los ciento trece años durante los cuales cambia la faz del

mundo, Julián West no ve cómo se verifica el cambio. Bellamy se guarda

de decirlo, y su impugnador Walker no se hace cargo tampoco de esta

importantísima mutación, completa ya en el segundo milenio de la Era

Cristiana.

Bellamy, cuando empezó á escribir su novela, puso el cambio mucho más

tarde. La reaparición de Julián West, en el mundo renovado, ocurre en

el tercer milenio; en el año de 3000. Después reflexionó Bellamy que, al

poner tan largo plazo, si bien hacía la mutación mucho menos

inverosímil, casi quitaba toda mira práctica á su libro, pues no se

forma partido militante, ni se organizan clubs, ni se escriben

_plataformas_ ó programas, por meramente posibilista que se sea, para

realizar algo dentro de mil ciento trece años. Entonces rebajó mil años,

y dejó sólo ciento trece.

Por lo visto era indispensable, ó por lo menos conveniente y

apocalíptico, que la renovación se nos revelase en un milenio. Durante

mucho tiempo, en el horror y en las tinieblas de la Edad Media,

imaginaron los hombres que la fin del mundo sería el año 1000. Ahora que

vivimos mejor, hemos adelantado mucho y no debemos estar desesperados,

importa imaginar, para el año de 2000, una risueña y deleitosa

Apocalipsis.

Al imaginarla y escribirla, nos presenta Bellamy su nueva Jauja, su

nueva Jerusalén ya fundada; pero tiene la astucia de no hablar de la

destrucción de la ciudad antigua sobre cuyas ruinas se levanta la nueva.

Sin duda ha omitido esto, pasándolo en silencio mientras duerme Julián

West, á fin de no aterrar al público.

Supongamos perfectamente realizable el plan de Bellamy, sin que tenga

cambio radical la humana naturaleza; todo por obra del mecanismo

social.

Para destruir el actual mecanismo, que tantos intereses sostiene, y para

destruirle pacíficamente, por evolución, como Bellamy quiere que sea,

así en la novela como en el programa publicado después por su partido,

me parecen pocos los mil ciento trece años. Y si la destrucción ó la

mudanza ha de ser sólo en ciento trece años, entonces no será por

evolución, sino en virtud de una revolución tremenda y de encarnizadas y

horribles guerras sociales. No de otra suerte se concibe que los que

tienen se dejen despojar de cuanto tienen para que el pueblo se

_incaute_ de ello, y, sin quedarse con nada, se lo entregue al Estado,

que venga á ser, como representante y gerente de la nación, el único

capitalista.

Aunque para el despojo de los propietarios se valga la nación ó el

Estado, su gerente, de mil habilidades, no conseguirá que no sea

despojo, ni que tranquilamente se consume. El medio más suave que se ve

es dar un plazo á los tenedores de papel de la deuda; pagarles hasta

entonces algo más de tanto por ciento, y anunciar que después no

cobrarán nada. Esto bastará para que los fondos bajen á cero y quede la

deuda destruída. A todas las grandes empresas industriales se les podrá

fijar un plazo también á cuya espiración todo será del Estado, como los

ferrocarriles. Y en cuanto á los pequeños industriales, labriegos,

terratenientes, etc., se les podrá ir poco á poco aumentando la

contribución, hasta que adviertan que es una tontería quebrarse la

cabeza cuidando de los instrumentos de producción, tierra, aperos de la

labranza, etc., para entregar luego al Estado casi todo lo producido.

Entonces dirán al Estado, quédate con todo, ó, sin que se lo digan, el

Estado se quedará con todo para cobrarse de lo que deban á la Hacienda

pública.

De esta suerte, y á mi ver no sin violentísima oposición, que será

menester sofocar, se logrará la primera parte del programa del Sr.

Bellamy: que se convierta en hacienda pública cuanta hacienda haya.

Verificada así la _incautación_ total, quedará por cumplir la segunda

parte del programa, que me parece mucho más difícil todavía; que el

Estado _incautador_ nos alimente, nos vista, nos divierta y nos regale á

todos con esplendidez y elegancia, sin que cada uno de nosotros le dé

más que el trabajo que podemos dar en un poquito más de la cuarta parte

de nuestra vida, ya que las otras tres cuartas partes quedan para

holgarnos.

A toda persona profana se le ofrecen montes de dificultades para que se

realice, sin tropiezo, plan tan exquisito. Lo primero que cree necesitar

es una fe tan profunda y una confianza tan omnímoda en el Gobierno,

convertido en capitalista, como la que Cristo en el Sermón de la

Montaña, nos recomienda que tengamos en nuestro Padre que está en el

cielo, el cual nos dará el pan de cada día y cuanto nos haga falta por

añadidura, de suerte que, sin preocuparnos del día de mañana, viviremos

como los pajaritos del aire, que no acopian trigo en graneros y Dios los

alimenta. Lo segundo que nos asusta es la serie de borrascas

parlamentarias y aun de pronunciamientos que habría (en España, pongo

por caso) para quitarse el poder unos á otros, si el poder se extendiese

á repartirlo todo, cuando hoy nos alborotamos tanto por repartir, quiero

suponer, para que no se me tilde de exagerado, la tercera parte, á lo

más. Y lo tercero que aterra es la inhabilidad vehementemente sospechada

en que pudieran incurrir los encargados de dirigir todas las operaciones

de la riqueza (producción, circulación y consumo), cuando hoy yerran

tanto los Gobiernos, sin emplearse apenas sino en repartir y en

consumir. Sabido es que lo más difícil de esta ciencia, arte y oficio de

la riqueza, es el producirla. Repartirla y consumirla es mucho más

llano; y hasta ahora los Gobiernos casi no se emplean sino en repartir y

en consumir, á no ser que se considere producción el orden y la

seguridad qué nos dan, ó que se presume que nos dan, por medio de la

justicia y de la fuerza pública, para que los que producen algo lo

produzcan tranquilamente y sin temor de que los depoje nadie, como no

sea el Gobierno mismo.

Milita en pro de la vehemente sospecha de incapacidad de todo Gobierno

para producir la riqueza, esto es, para ser fabricante, agricultor ó

comerciante, la consideración de que el Gobierno vende ó arrienda y no

administra lo que posee. En España apenas ejerce ya por sí otra

industria que la del banquero en el juego de la lotería, pues vende las

tierras que eran del Estado, y arrienda sus minas, y arrienda, por

último, el monopolio del tabaco, con lo cual el público fuma mejor y más

barato.

Todo esto lo dirán los no iniciados en las doctrinas y en el plan que

expone en su novela Bellamy; pero los iniciados responderán que el nuevo

artificio administrativo es tan prodigioso, que por su virtud, y no por

la ciencia y buena maña de los administradores, ha de salir todo bien.

Así, valiéndonos de un símil, cualquiera hallará absurdo el suponer que

alguien, si ignora la música y no tiene ejercitadas y diestras las

manos, toque en el piano, v. gr., la marcha del _Tannhauser_ de Wagner;

pero merced á cierta maquinaria y á ciertos cartoncitos que se han

inventado, todo hombre, y hasta un niño si no es manco, toca al piano lo

que quiere dándole á un manubrio.

Hay, pues, una nueva ciencia de la Administración, para cuyo estudio no

es menester leerse el fárrago enorme, aunque _digesto_, recopilado por

los Freixas y Clarianas, y Alcubillas. Basta con estudiar y empaparse

bien en algunas páginas de _Looking backward_. Entonces, conocidos ó

atisbados los recursos de que la nueva ciencia dispone, se cobra

confianza, y se ve que hasta el más porro puede dar vuelta al manubrio

administrativo.

Algo del portento de su mecanismo se presiente al observar los buenos

efectos que hasta el mecanismo administrativo de hoy, con ser tan

complicado, produce en ocasiones.

Cierto amigo mío (confieso que en extremo maldiciente) suponía sin

motivo que un director general de Correos, que hubo muchos años ha,

distaba bastante de ser un águila; y, sin embargo, añadía: ¿Quieren

ustedes creer que recibo de diario todas las cartas que me escriben, sin

que se extravíe una sola? De aquí infería él que la Administración era

perfectísima, y que por sí sola hacía infaliblemente los servicios.

Aplicada á los demás ramos esta perfección del de correos, queda

resuelto el problema y triunfante el plan de Bellamy, salvo que en otros

ramos se requiere mayor seguridad para no andar siempre con el alma en

un hilo; porque, si ponemos á un lado un corto número de nobilísimas

almas, el vulgo de ellas se preocupa, más que de recibir tiernas

epístolas, de recibir el corporal alimento, y prefiere el cuervo de

Elías á todas las palomas mensajeras, aunque sean las del propio carro

de Venus.

Pero, en fin, Bellamy afirma que por su sistema lo recibiremos todo con

seguridad y regularidad indefectibles. El sistema de Bellamy merece,

pues, ser examinado.

Para mí no valen algunos prejuicios con que los descontentadizos ó

incrédulos, desde luego y sin examen, le desechan.

Imposible parece, dicen, que, siendo tan fácil la reforma, por cuya

virtud habrá felicidad, paz y holganza universales, no se haya antes

ocurrido á nadie la reforma. Pero esto tiene muy obvia contestación. De

no pocas de las más benéficas invenciones de estos últimos tiempos se

puede decir lo mismo. Desde antes que apareciese el linaje humano hay

hulla ú hornaguera en nuestra mansión terrestre, y á nadie, hasta hace

poco, se le antojó emplearla para combustible. Desde que hay ollas y se

guisa, brinca la tapadera cuando hierve el caldo, y, si no sale el

vapor, se quiebra la olla; pero nadie, hasta nuestros días, pensó en

aplicar esta fuerza á la industria. Nadie ha ignorado jamás que el humo

ó todo fluído más leve que aire, ó el aire mismo rarificado por el

calor, sube y se sobrepone al aire más denso; pero, hasta fines del

siglo pasado, nadie renovó con éxito, y por medios naturales, algo del

arte de Dédalo, de Abaris y de Simón el Mago.

¿No puede haber acontecido lo propio con el invento del Sr. Bellamy, y

que de puro sencillo nadie diese con él hasta ahora?

A esto se objeta que, siendo mil veces más importante por sus efectos la

invención del señor Bellamy, parece antiprovidencial y harto caprichoso,

ó sea contrario á las sabias leyes que deben presidir á la historia,

que un sistema del que depende la redención de la humanidad haya tardado

tanto en formularse. Pero este argumento tiene visos de ser de mala fe,

aunque no lo sea. Nada nos da motivo para afirmar que el señor Bellamy

presenta su plan como independiente del progreso realizado hasta hoy. La

trabajosa y larga marcha de la humanidad no pudo ahorrarse con su plan.

Bellamy, si hubiera nacido en tiempo de los Faraones, no hubiera podido

inventarle ni divulgarle entonces. Bellamy, si es lícito aplicar á lo

mundanal lo trascendente, y expresar lo profano con frases que remedan

frases divinas, puede decir que no ha venido á derogar la ley de la

historia, sino á que acabe de cumplirse, ó mejor dicho, á que siga

cumpliéndose, ya que no se infiere tampoco de la lectura de _Looking

backward_ que en el año de 2000 habrán llegado los hombres al término de

su carrera, sino que habrán dado un gigantesco paso más, un salto

estupendo, y á mi ver peligroso, en ese camino, cuya meta final él ni

pone ni descubre.

_His ego nec metas rerum nec tempora pono._

Y aquí, aunque parezca inoportuna digresión, se me antoja comparar la

cándida espontaneidad americana con el arte reflexivo de los franceses.

Zola ha escrito ya quince ó veinte novelas, y siempre promete revelarnos

en la última el enigma, darnos el resultado de todos sus estudios en la

novela experimental, y exponernos su sistema. Bellamy, por el

contrario, dice _cataplún_, y lanza su sistema de repente.

Yo no atino á prever desde aquí si el _partido nacionalista_, que de él

ha nacido, vendrá á importar tanto ó más que el libro de Enrique George

y que la ingente asociación ú orden de los caballeros del trabajo,

_Knights of labor_, en el movimiento de socialismo que se advierte por

todas partes, y que ahí tiene cierto carácter optimista que me hace

gracia: pero, á pesar de mis cortísimos conocimientos económicos, como

yo tuviese humor y vagar para ello, aún había de escribir á usted largo,

diciéndole mil cosas que me sugiere _Looking backward_ y lo escrito en

contra por Walker.

Entretanto, me complazco en repetir que me admira la serenidad y que

simpatizo con la confianza regocijada que se nota en toda manifestación

de ese pueblo joven.

El plan de Bellamy no se limita á dar por resuelto el más difícil y

temeroso de los problemas económicos, sino que resuelve ó da por

resuelto también el magno problema de la paz y del desarme universales;

sin decirnos cómo puede ser esto, cuando las naciones se arman más cada

día, y cuando desde 1850 ha habido en el antiguo y en el Nuevo Mundo

guerras tan sangrientas y costosas. Es de desear que el Sr. Bellamy

escriba otra novela, ó la continuación de la misma, en que nos explique

cómo además de haberse logrado el bienestar económico de cada nación,

se habrá logrado también, en el año 2000, que las naciones no se

combatan ni se amenacen como en el día.

Dispénseme usted que me haya extendido tanto en darle mi opinión, aunque

tan incompleta, sobre la novela que me ha remitido.

Nuevas cartas americanas · 第 31 / 44 题