I.

Muy señor mío y querido amigo: Mi propósito de examinar y criticar la

_Circular religiosa_ de usted, publicada en Santiago de Chile el día 6

de Descartes del año 98 de la Gran Crisis, quedó apenas á medio cumplir

ó en suspenso, por culpa de mis grandes quehaceres y de la dificultad de

la empresa, superior sin duda á mis fuerzas. Impidió también que yo

terminase aquel trabajo mi falta de fe en mí mismo, ó lo desengañadísimo

que estoy de mi literatura. Años ha que padezco esta enfermedad mental ó

manía, casi incurable, que excita á los hombres á escribir; pero jamás

he creído en la utilidad de mis escritos. Mi justificación estaba y

está, pues, en procurar que sean divertidos, y en que, ya que no

instruyan al prójimo, le den agradable pasatiempo.

En España toda persona que lee sabe más que yo, y toda persona que sabe

menos que yo, ó no sabe leer tampoco, ó no quiere fatigarse leyendo.

Carezco, pues, de público á quien enseñar; pero, ¿por qué, me digo no ha

de haber personas á quienes entretengan mis escritos? Por pocas que sean

estas personas, de ellas hago mi público, y á ellas me dirijo.

Por lo expuesto comprenderá usted y disculpará en mí el tono de broma

con que en mis cartas anteriores he tratado de las doctrinas de usted.

Aun así no han faltado graves sujetos que me han reprendido por perder

mi tiempo en exponer locuras, aunque sea para refutarlas. Todavía no he

hallado á nadie que no califique de locuras las doctrinas que usted

sostiene. Esto acabó de retraerme de seguir exponiéndolas y

refutándolas.

En tal disposición de ánimo me encontraba yo, cuando recibí desde París,

donde su hermano de usted, Jorge, reside un libro de este _apóstol de la

humanidad_, titulado _Lettres sur le positivisme_. El libro me venía

dedicado con frases para mí tan cariñosas y lisonjeras, que hube de

quedar á usted y á su hermano profundamente agradecido. Recibí después,

con fecha 17 de Shakespeare del año 100 (25 de septiembre de 1888), una

extensa carta (impresa en un folleto de 60 páginas), que usted me dirige

sobre la _Religión de la Humanidad_. Y he recibido, por último, con

singular dedicatoria autógrafa, otra carta de usted á la señora doña

Emilia Pardo Bazán, sobre el mismo asunto, escrita el día 2 de

Arquímedes del año 101 (27 de marzo de 1889 de nuestra era), también en

Santiago de Chile.

Contienen estos documentos, elegantemente impresos y escritos, unos en

castellano y otros en francés, tan discretas y bien concertadas razones,

tanta cortesía y tanto afecto amistoso para doña Emilia y para mí, que

sería yo harto descortés é ingrato si no contestase con benevolencia.

Prescindo, pues, de lo que me dicen ciertos espíritus que presumen de

superiores y de invulnerables para toda idea que ellos no consideren

sensata, y voy á contestar á usted, teniéndole por sensato y cuerdo, y

además por excelente, bondadoso y sabio.

Si yo hubiera de tener por locos á cuantos no piensan como yo y

sostienen lo contrario, enteramente lo contrario, el planeta en que

vivimos me parecería un manicomio. Lo más atinado, pues, y lo más

caritativo, es pensar que todos tenemos juicio; que todos estamos de

acuerdo en bastantes puntos, y que, si discordamos en otros, la

discordancia es un bien, ya que sin ella no habría materia para escribir

y para hablar, y nos aburriríamos de quedarnos callados, y se nos

embotaría el entendimiento sin nada que le estimulase, aguzase y

acicalase.

Remueve, además, los escrúpulos que me arredraban, atajando el correr de

mi pluma, la consideración de que son pocos los escritores que escriben

para revelar inauditas verdades. Harto sé que yo no he abierto ni

«Abriré nuevos senderos

á la errante humanidad».

pero ¿por qué no he de solazarme un rato charlando con ella, ó al menos

con aquella mínima parte de ella tan desocupada y benigna que tenga

vagar y paciencia para leerme?

Con este presupuesto, voy á contestar á la amable carta de usted.

Augusto Comte es el glorioso fundador de la secta que usted sigue,

dividida hoy en dos ó más iglesias. Suponer que hasta cierto momento de

su vida Augusto Comte fué juicioso, y que fué atinado cuanto dijo, y que

después, con el mucho cavilar, se le descompusieron los sesos, y no

acertó á decir sino disparates, se me antoja suposición arbitraria. O la

locura de Augusto Comte está en toda su vida y en todos sus escritos, ó

no hay ni hubo tal locura jamás[B].

Para mí, tan desatinado es Augusto Comte al principio como al fin, pero

yo respeto, aplaudo y admiro los desatinos cuando están hábilmente

ordenados y entrelazados, é implican saber, entusiasmo é ingenio.

La grande obra del maestro de ustedes era «dar á la filosofía el método

positivo de las ciencias, y á las ciencias la unidad de conjunto de la

filosofía».

Cuando murió el Maestro, el 5 de diciembre de 1857, sus discípulos y

apóstoles aseguraban todos que, salvo ligeras imperfecciones, dicha

grande obra estaba realizada: había _filosofía positiva_; ciencia y

filosofía se habían compenetrado y formaban completa unidad.

Convengamos en lo uno; pero ¿cómo es posible convenir en lo completo?

¿No quedaba, fuera de lo sabido por observación y por experiencia, mucho

de incognoscible ó de incógnito? Mucho quedaba, y no me explico cómo no

se ríe usted conmigo del donoso remedio que se ha buscado para este mal.

Lo incógnito es incognoscible. La esfera del pensamiento humano se

encoge y se achica para que sólo quepa en ella el conocimiento

_verificado_. Todo otro conocimiento se llama conocimiento _imaginado_.

Se le da el título de _absoluto_ ó de _ideal_, y se le declara

inaccesible.

Sea así. Vayamos más allá, si se quiere. Tratemos de suprimir lo

absoluto, y no sólo de declararlo inaccesible. Repitamos con Littré: «El

universo nos aparece hoy como un conjunto, cuyas causas están en él

mismo, y que llamamos leyes. La inmanencia es la ciencia que explica el

universo por causas que están en él. La inmanencia es directamente

infinita, porque, desechando tipos y figuras, nos pone en inmediata

relación con los motores eternos de un universo ilimitado, y descubre al

pensamiento estupefacto y extasiado los mundos lanzados en el abismo del

espacio y la vida lanzada en el abismo del tiempo.» Con más claridad y

con menos pompa, esto significa que no hay Dios; que el mundo es eterno;

que él mismo es causa y efecto; y que sin inteligencia crea

inteligencia, sin voluntad ni saber impone leyes indefectibles, sin vida

crea vidas, y sin ser persona produce personas. Fuera de lo absurdo,

gratuito y pasmoso de tales afirmaciones clara se ve la contradicción en

que Littré incurre. Ni una sola de esas afirmaciones es conocimiento

_verificado_; nace de observación, de experiencia, de lo que él llama

filosofía positiva ó ciencia pura. Luego es teología, aunque negativa:

luego es metafísica; y al poner tales afirmaciones destruimos todo el

sistema, y, en vez de sostener que pasó el período teológico y que pasó

el período metafísico, y que hoy estamos ya en el período científico, en

plena edad de razón, volvemos á ser teólogos ó metafísicos, aunque harto

empecatados.

Yo no tengo en este punto que refutar á Littré: él mismo se refuta y se

retracta, con más recto aviso, diciendo: «No conocemos ni el origen ni

el fin de las cosas y no hay razón para negar ni para afirmar que haya

algo más allá de ese origen y de ese fin.» La doctrina ó filosofía

positiva no niega, pues, ni afirma á Dios. La Naturaleza no vale para

reemplazarle. «¿Quién es esa señora?»--preguntaba el conde José de

Maistre. «Si la Naturaleza significa el conjunto de las cosas que nos

son conocidas, este conocimiento es relativo como ellas; es

experimental, y deja fuera las regiones de lo incognoscible: y si la

Naturaleza es un poder infinito, autor y ordenador del Universo, no hay

saber positivo que halle al cabo de sus investigaciones ese poder, que

por lo tanto debemos pasar en silencio. Experimentalmente no sabemos

nada de la eternidad de la materia ni de la hipótesis de Dios.»

Ya se ve que Littré, en sus momentos más lúcidos, se declara neutral: ni

afirma ni niega. Pone lo sobrenatural fuera de nuestro alcance; por cima

de nuestro raciocinio. Pero, ¿no habrá otras facultades de nuestra alma,

por cuya virtud se pueda llegar á él?

Yo veo que este positivismo _agnóstico_ deja abierta la puerta á la

imaginación, á la fe, á la intuición amorosa del alma afectiva, ó quién

sabe á qué otras facultades y potencias, para tender el vuelo y

explayarse por ese infinito inexplorado, y apartar de él la desesperada

calificación de incognoscible.

De aquí que, en mi sentir, por el positivismo de Augusto Comte podamos

volver de nuevo á las más fervorosas creencias, como por el sensualismo

de Condillac volvió á ellas el ya citado conde José de Maistre.

¿Quién sabe si en el extremo del positivismo agnóstico, ó dígase del

agnosticismo, no está ya cuajándose y brotando un misticismo flamante?

En todo caso, esto sería lo que llama el vulgo _salto atrás_, y lo que

llaman _atavismo_ los doctos. Según usted asegura, y según aseguran

otros autores, Augusto Comte se inspiró en el conde José de Maistre,

éste en el teósofo Saint-Martin, y Saint-Martin en aquel español ó

portugués misteriosísimo que se firmaba Martinez Pascual, que escribió

la _Reintegración de los seres_, influyó tanto en el florecimiento de

los misticismos y teosofías del fin de la pasada centuria, y desapareció

luego.

Como quiera que ello sea, fuerza es convenir en que el más ilustre

discípulo de Augusto Comte fué Emilio Littré, y en que Emilio Littré, á

la muerte del Maestro, aceptó la herencia á beneficio de inventario,

repudiando notable parte de ella. Otros la recogieron y la aceptaron

toda con plena piedad, y de aquí el cisma, que aún dura.

Para no confundirnos, llamaré al positivismo de Littré _no religioso_, y

llamaré _religioso_ al positivismo de usted y de los que como usted

piensan. Bueno es, no obstante, que se entienda desde luego que el

positivismo no religioso de Littré puede concertarse un día, si ya no se

concierta en algunos espíritus, con religión verdadera, y aun con

teosofía y aun con misticismo exaltado, mientras que en el positivismo

de ustedes, con ese vano y absurdo fantasma de religión que ponen

ustedes, es imposible é incompatible toda religión que tenga algunas

condiciones de tal.

Hasta 1842, en que publicó Augusto Comte el tomo VI y último de su

_Curso de filosofía positiva_ todos los hombres que le siguen y pueden

contarse por positivistas, con más ó menos restricciones, correcciones ó

aditamentos, como el citado Littré, Herberto Spencer, Stuart Mill,

Lewes, Taine, Robinet, Huxley y otros, creen que Augusto Comte estaba

sano; pero ya, en 1845, empieza el período patológico de la vida del

maestro. Su locura es evidente y declarada para todos los dichos sabios,

desde 1851, en que publica el Maestro su _Sistema de política positiva ó

tratado de Sociología, instituyendo la religión de la humanidad_.

Divididos así en dos el espíritu y la vida de Comte, tenemos un Comte

loco y otro cuerdo. Los que le aceptan y glorifican hasta 1845 se

consideran juiciosísimos, y declaran loco al Maestro durante los últimos

doce años de su vida, y á todos ustedes, que le aceptan por completo,

los dan por locos de remate, hablando sin rodeos y dejando á un lado las

perífrasis y los eufemismos elegantes ó científicos de que ellos se

valen al formular la declaración.

Para el que, como yo, no es positivista, ni de una clase ni de otra;

para el que entiende que no se acabó ya la teología, ni se acabó la

metafísica á fin de que no haya más que ciencia, y para el que cree que

toda ciencia es imposible sin metafísica y sin teología, tanto los

positivistas no religiosos como los religiosos, se equivocan; pero, sin

duda, en mi sentir, se equivocan más ustedes, los religiosos, sin que

llame yo por eso á la equivocación locura, sino error ó extravío

generoso nacido de un noble y puro sentimiento que en balde han querido

ustedes ahogar en el alma.

Yo no niego, además, que hay un procedimiento dialéctico en el

pensamiento de Comte; que no funda su religión porque sí; que su

religión no fué lo que vulgarmente llamamos una salida de tono.

Lo que hay de más simpático en el positivismo es la crítica, á mi ver,

imparcial, elevada, entusiasta y optimista con que juzga la historia,

para marcar en ella el movimiento ascendente del humano linaje hacia la

luz y hacia el bien, pasando por los estados teológico y metafísico para

llegar al científico al cabo. En este progreso, los positivistas

declaran, y usted confirma, que la creación más grande del hombre ha

sido la Iglesia católica, institución soberana del orden social,

comunidad de los pueblos en una misma fe, organismo tan alto y benéfico,

que, como usted asegura jamás puede desaparecer. Y añade usted luego:

«Lo que sí sucederá es que se perfeccione.» Y esta perfección fué muy

extraña. Augusto Comte se convirtió en Padre Santo; apartó las personas

reales de Dios y de la Virgen Madre, y puso en lugar de ellas, y

usurpando sus nombres, dos figuras retóricas; y así fundó la religión

de la humanidad ó el catolicismo positivo.

¿Tienen alguna fuerza las razones que usted da en favor de su religión

nueva; en alabanza de ese catolicismo _perfeccionado_? Yo entiendo que

las razones de usted le destruyen por su base. «Augusto Comte, dice

usted, no podía instituir su doctrina en nombre de Dios, porque, dada la

_mentalidad_ de nuestro tiempo, no podía sentirse inspirado

sobrenaturalmente. Hubiera faltado á la profunda sinceridad que le

caracteriza».

«Moisés y San Pablo, añade usted, influyeron grandemente en moralizar el

mundo. Estos ilustres servidores de la humanidad fueron sinceros al

atribuir á revelación divina los preceptos religiosos que dictó cada uno

de ellos, porque sus respectivos medios sociales eran teológicos. En el

medio social positivo que alcanzamos, creerse inspirado de Dios

supondría una perturbación cerebral».

A esto, y adoptando el severo criterio de usted, cualquiera podrá añadir

que mayor perturbación cerebral supone aún, en el medio social positivo

en que estamos viviendo, sin creerse inspirado por Dios, no sólo negando

su inspiración, sino negándole á Él ó desconociéndole, ponerse á fundar

religión nueva. Cualquiera otra determinación parece menos disparatada.

Y, sin embargo, la determinación de ustedes tiene excusa, una vez

aceptado el positivismo hasta donde Littré le acepta.

El remate de su doctrina oficial es como un punto elevado, resbaladizo,

con abismos por todas partes, donde se exige al positivista que se tenga

en equilibrio, y donde el equilibrio no es posible. Es necesario caer en

alguno de esos abismos.

No es dado quedarse sin negar ni afirmar la materia eterna ó Dios. El

positivista cae del escollo en que se ha encaramado aunque se agarre con

las uñas, á fin de no caerse, á los preceptos de Littré, declarándose,

con modestia, incompetente para decidir sobre tales asuntos.

Lo más común es que caiga en el materialismo y en el ateísmo. Littré cae

con frecuencia, como se lo prueba Caro en el extenso libro que ha

escrito sobre él, y al que me remito.

Y cae también la turbamulta de positivistas franceses, ingleses,

alemanes y españoles, que con más ó menos pudor y disimulo van á seguir

la bandera de Büchner, de Moleschott, de Carlos Vogt ó de Haeckel.

El señor Menéndez y Pelayo, que ha estudiado bien todo esto en sus

_Heterodoxos_, trae larga lista de secuaces del positivismo en España, y

apenas hay uno que se haya quedado en la neutralidad modesta y

antimetafísica: casi todos caen en el materialismo, descollando entre

ellos el catalán Pompeyo Janer. Hasta los antiguos y nebulosos

krausistas, empezando por don Nicolás Salmerón, han venido á dar en el

positivismo en los últimos tiempos; pero todos estos positivistas

españoles pertenecen á la secta no religiosa. Menéndez y Pelayo, cuya

diligencia y erudición son admirables, sólo nos cita dos positivistas

españoles religiosos: D. José Segundo Flórez y el naturalista cubano don

Andrés Poey, ninguno de los cuales debe haber fundado iglesia entre

nosotros. Si la ha fundado, estará escondida en tenebrosas catacumbas,

cuando Menéndez y Pelayo, que todo lo escudriña, no ha dado con ella.

Lícito es, pues, afirmar sintéticamente que en España no hay

positivistas religiosos. La Religión de la Humanidad, no hace prosélitos

por aquí. Estéril y desairada misión me parece esa que usted y su

hermano quieren confiarnos, á doña Emilia Pardo Bazán y á mí, de ser en

España los apóstoles de la Religión de la Humanidad: el Santiago y la

Santa Teresa de esta nueva creencia.

Las lisonjas, amonestaciones y consejos de usted son cantos de sirena, á

los cuales doña Emilia y yo debemos tabicar con cera los oídos, imitando

al prudente Ulises. Si los oyésemos, si nos dejásemos seducir, iríamos á

parar al cómico martirio, no de la hoguera, no de la degollación, no de

la estrangulación, sino de las silbas y de las burlas. España está muy

hundida en el _negativismo_, como usted le llama: y no hay quien la

saque de él á tres tirones. Lo que dice usted á doña Emilia es para

deslumbrar á cualquiera, pero ella no es un cualquiera y no se dejará

deslumbrar. Usted le dice, entre otras cosas: «Anhelo que revele usted

la Religión de la Humanidad á las nobles españolas, sus compatriotas;

que las haga influir en la conversión de sus padres, de sus esposos, de

sus hijos descaminados en el _negativismo_; que convierta usted misma,

exhortándolos fuertemente, á varios de los esclarecidos varones de

España, para que se pongan al servicio de la grandiosa doctrina con la

que tanto pueden enaltecer á su patria y al mundo entero; que su palabra

circule radiante de unción, no sólo por la península ibérica, sino

también por toda la América española, infundiendo convicciones tan

sublimes como inquebrantables: que su santa y vigorosa elocuencia invada

á París para concurrir á la regeneración definitiva de la gran ciudad

por la cual se modelan todas las naciones; y que, cuando llegue la hora

solemne de su transformación personal de la vida objetiva á la vida

subjetiva (pasar de la vida objetiva á la vida subjetiva equivale á

morirse entre los profanos), experimente usted el inefable goce de haber

trabajado de todo corazón y con todas sus fuerzas por la Religión

universal, y pase á incorporarse, resplandeciendo con eterna aureola, en

la Humanidad, nuestro verdadero Sér Supremo, desde cuyo glorioso seno

continuaría usted guiando almas con el inolvidable ejemplo de su

abnegada labor, y con sus virtuosos y magistrales escritos».

En medio del entusiasmo, de la elocuencia, del profundo convencimiento

de usted, doña Emilia no podrá menos de reconocer la inanidad de sus

promesas y lo inconsistente de ese Sér Supremo, en cuyo seno usted la

coloca, y lo falso de su eternidad, ya que el día menos pensado se seca

la Tierra, como parece que se secó la luna, ó se apaga el sol, ó se cae

en él la Tierra, ú ocurre á la Tierra cualquier otro percance, y el Sér

Supremo, inventado por Augusto Comte, tiene lastimoso fin, con toda la

ciencia, con todas las invenciones y con todos los primores, y con todas

las filosofías, más ó menos positivas, que ha ido confeccionando en unos

cuantos siglos.

Caro, en su libro sobre el positivismo, amenaza también á ustedes con la

fin del mundo para demostrar la falsedad y la vanidad de la religión del

progreso. «Entonces, el hombre y su civilización, sus esfuerzos, sus

artes y sus ciencias, todo habrá sido. Todo perecerá con la vida de

nuestro globo; y, si no queda en alguna parte un pensamiento que

recuerde, y conciencias que recojan los resultados de tantos

sacrificios, la tal religión del progreso es la burla más cruel del

pobre animal humano, á quien inútilmente se ha turbado en su miserable

dicha, y se ha espoleado para que corra en pos de quimeras y de

perfecciones cuyo término es la nada.»

Lo cierto es que, para evitar estos tropiezos y sostener el progreso

indefinido en toda su grandeza, el positivismo vale poco, y es mil veces

mejor _el perfeccionismo absoluto_ del Sr. Dosamantes. Con los cuerpos

flúidos, dotados de la virtud de lanzarse á otros mundos, chico

inconveniente sería que éste se hundiese ó acabase. Nos pondríamos en

salvo y nos iríamos á planetas más bellos y más cómodos, diciendo: _Ahí

queda eso_, como dicen que dijo el cura de Gabia.

No hay, con todo, medio alguno de que ustedes acepten ni cuerpos

flúidos, ni nada que sea equivalente. Son ustedes tan materialistas y

tan ateos como el que más. La Religión de la humanidad es sólo poesía

sin substancia y delirio vano.

Como únicamente puede comprenderse la religión de ustedes es como uno de

los mil arbitrios, el más ineficaz, á mi ver, á que apelan los

pensadores de nuestros días, cuando, después de destruir la realidad

superior é invisible dentro de lo conocido, buscan lo _ideal_, y hablan

de él y quieren rendirle adoración y culto.

Todo otro arbitrio para poner lo _ideal_, es, repito, más eficaz que el

de ustedes. Aun suponiendo que la razón, la _mentalidad_ del siglo XIX

como usted la llama, no logre columbrarle, ¿por qué hemos de negar que

no logren columbrarle otras facultades del alma humana, y que no le vean

y reconozcan, no sólo como _ideal_, sino como _real_, con limpia, clara

y refulgente realidad objetiva, cuya luz acabe por penetrar en el

universo concebido por la ciencia, y encerrado por ella en cárcel

sombría, y al fin le ilumine y le explique?

Yo confieso que no pocas de estas tentativas de realizar lo ideal, y de

traerle al mundo de la ciencia, y de iluminar con él sus tinieblas, me

son simpáticas, por disparatadas que sean. Por esto me hacen tanta

gracia el _perfeccionismo absoluto_ del señor Dosamantes, el

espiritismo, el budismo esotérico y otros sistemas así.

Hay varias escuelas de ateísmo, todas, por desgracia muy florecientes

ahora. Si sus principios no se hubieran infiltrado en las almas de mucha

gente vulgar, que no ha estudiado nada y que filosofa sin saber que

filosofa, y como por instinto, apenas tendría yo excusa para hablar de

estas cosas con ligereza, y sin detenido estudio y reposo; pero yo, al

discurrir sobre esto, no voy á revelar lo que se afirma en las cátedras

y entre los muy doctos, sino que voy á tratar de ideas que corren y se

difunden por las calles y por las plazas, que penetran en la vida social

é influyen en ella.

Aunque se me tilde de impropiedad en el lenguaje porque en lo falso y en

lo absurdo no quepa más ni menos, yo empiezo por creer que, siendo

absurdas todas las negaciones de Dios, hay unas más absurdas, y menos

absurdas otras.

Si el mundo es un valle de lágrimas sin esperanza en otra vida mejor; si

todos los seres padecen; si la injusticia triunfa; si el orden físico y

el orden moral no existen y si no hay más que desorden, como no hemos de

suponer un poder infinito que se complazca en el dolor y en la miseria,

ni tampoco hemos de fingir para soberano ordenador del mundo un sér

benigno, pero sin fuerza y sin saber que basten á remediar lo malo, ó,

mejor dicho, á no haberlo hecho, parece legítima consecuencia la

negación de Dios. Lo falso está en las premisas, prescindiendo ahora de

lo misterioso é inexplicable de que los seres obedezcan á ciertas leyes,

aunque sean inicuas, sin que haya legislador que dé esas leyes; de que

salga la conciencia de lo que no tiene conciencia, y de que brote un

prurito certero y una voluntad eficaz de ser, sin persona donde la raíz

de este prurito y de esta voluntad resida.

Con todo: yo creo que el ateísmo pesimista de Leopardi, de Schopenhauer

y de Hartmann, es el menos desatinado: hay en él no poco del budismo

trasplantado á Europa.

Pero cuando sostenemos que todo está divinamente concertado; que todo

concurre y se encamina á la perfección de modo indefectible, se

comprende mucho menos que nadie sea ateo.

Augusto Comte, á mediados de este siglo descubrió y explicó las leyes

por cuya virtud el linaje humano va encaminándose á una sublime y noble

bienaventuranza á través de los períodos teológico, metafísico y, por

último positivo; pero estas leyes que descubrió Augusto Comte estaban ya

promulgadas y eran obedecidas desde el principio ó desde la eternidad;

luego hubo inteligencia que las dictó y poder que las hizo obedecer

desde entonces. Tan acertadas y bienhechoras leyes no las dictó ni las

impuso el Gran Fetiche, que es la tierra que habitamos, ni el Gran

Medio, que es el espacio en que la tierra se mueve, ni la Virgen-Madre,

que es la Humanidad, nacida en virtud de estas leyes. El Sér Supremo

positivista es uno y trino: es un compuesto del Gran Medio, del Gran

Fetiche y de la Virgen-Madre; pero tampoco da las leyes: se limita á

obedecerlas y á irse encaminando así á la perfección.

Claro se ve que esta religión positivista es absurda para los teólogos y

para los metafísicos; pero, digo la verdad, no comprendo el enojo, las

burlas y las protestas contra ella de los positivistas no religiosos. Á

mi ver, ustedes son tan lógicos como ellos, y además son más amenos. Con

semejante fantasmagoría ó camelo de religión no se invalida ni se

desnaturaliza la doctrina del Maestro. Ni ustedes vuelven á restablecer

los agentes sobrenaturales del período teológico ni lo que llaman

ustedes abstracciones realizadas del período metafísico, como Dios,

esencia y causa: ustedes se limitan, para recreo y hechizo poético de

los hombres, á personificar cosas harto reales y visibles, que no tienen

nada de abstracción, á saber: el universo todo, el planeta en que

habitamos y cuantos animales racionales le pueblan, considerándolos en

su conjunto.

No acusaré yo á ustedes de inconsecuentes, como otros los acusan,

calificando su religión en lo tocante al culto de los héroes, de

paganismo; y en lo tocante á la devoción fervorosa á las mujeres, de

plagio de la devoción á la Virgen María de los católicos. No deroga la

religión de ustedes, que no es religión, la ley positivista que hace de

la religión el grado ínfimo en el desarrollo intelectual de los hombres.

La religión de ustedes es un objeto artístico, un primor, un adorno, de

mejor ó peor gusto, pero que, en lo esencial, ni quita ni pone.

No hay que decir que yo no creo en la afirmación de Augusto Comte. Yo

creo lo contrario. La religión es inmortal, es indestructible como

ciencia y como sentimiento. Desde todos los puntos, desde aquellos que

más distantes nos parecen, y por todos los caminos, cuando más pensamos

apartarnos de la religión, de la metafísica y de la teología, volvemos á

ellas, sin poder evitarlo. Si algún valor tiene la religión de ustedes,

es el de la sombra, el del espectro, que distrae y fascina y tal vez

impide á ustedes ó ver la verdadera religión que penetra en el

positivismo, ó salir á buscarla, desde el seno de ese positivismo,

siguiendo sus métodos, y apoyándose en él y tomándole como punto de

partida.

En contraposición á la vana religión de ustedes, he de permitirme

decirles algo, dado lo poco que sé y creo penetrar, de los esfuerzos y

tentativas para recobrar la religión verdadera y para hacer de ella una

ciencia positiva en el seno del positivismo, completando así la

enciclopedia de Augusto Comte, y añadiendo á sus seis ciencias, que se

siguen y encadenan, otra más alta que es la teología.

Bien puede asegurarse que Herberto Spencer ha mejorado y perfeccionado

el positivismo, creando la _filosofía de la evolución_, por cuya virtud

trata de explicarlo todo. Lo que se queda por explicar, ó es lo

incognoscible en sí, ó la acción de lo incognoscible. Tenemos, pues, lo

incognoscible fuera de la ciencia; pero algo es, ya que, al afirmar que

no se deja conocer, lo afirmamos.

De esta suerte Herberto Spencer, que procede al principio como Augusto

Comte, considerando la religión como superstición y puerilidad, vuelve

reflexivamente á la religión después de haber recorrido toda la ciencia.

Herberto Spencer funda esta segunda religión reflexiva, la religión de

lo incognoscible, y aun la pone por cima de toda la ciencia:

inexpugnable, invencible é indestructible.

«La omnipresencia, dice, de algo superior al entendimiento humano, es

una creencia común á todas las religiones. Nada tiene que temer esta

creencia de la lógica más severa. Es una verdad última de la mayor

certidumbre, una verdad sobre la cual las religiones todas están de

acuerdo, y está de acuerdo igualmente la ciencia. Hay un poder

impenetrable, del cual es manifestación el Universo.»

Fundada así la religión agnóstica, ya, según he leído en varios libros,

hay en Inglaterra positivistas que han formado Iglesia para dar culto á

este incognoscible, escondido siempre y presente siempre en todo. En el

fondo de todos los fenómenos físicos y morales está lo incognoscible,

está lo que nosotros llamamos Dios, y esto es lo que adoran.

Para Herberto Spencer, tiempo, espacio, causa, substancia, movimiento,

espíritu, son términos ininteligibles y llenos de contradicciones.

No sabemos más que enlazar algunos fenómenos según la ley de

continuidad. Resulta, pues, al último extremo del empirismo baconiano y

del positivismo comtiano, un profundo misterio religioso. Detrás de cada

objeto, en el centro de cada cosa, en nosotros mismos, está lo

incognoscible, y todo es efecto de su perpetua é incesante operación

divina.

Apenas hay filósofos que no se contradigan, y Herberto Spencer no es

excepción de la regla. Al lado de la modestia con que declara que casi

no sabe nada, viene la inaudita y temeraria pretensión de explicarlo

todo con su evolución universal. Empieza por la nebulosa primitiva, y,

desde ella, con su evolución, nos va creando los astros, los fenómenos

geológicos, la aparición de la vida, y luego el progreso de plantas y

animales, y, por último, el desarrollo de la sensibilidad y de la

inteligencia, las artes, los oficios, el saber, la formación de las

sociedades, y su florecimiento y sus adelantos.

Lo cierto es que, supuestos lo incognoscible y su perpetua operación

divina, con decir _será lo que Dios quisiere_, estamos al cabo de toda

dificultad, y no hay para qué calentarse la cabeza. Pero es lo malo que,

al pretender explicarlo todo, como si hubiésemos arrebatado su secreto á

lo incognoscible, incurrimos en dificultades nuevas. Aunque Dios, lo

incognoscible, pudo hacer las cosas de mil modos distintos, que nosotros

ni comprendemos ni imaginamos, desde el momento en que afirmamos que las

hizo de un modo, tal vez incurrimos en error, y el error queda patente

si se prueba que de ese modo no las hizo.

Así entiendo yo que el sistema de la evolución universal de Herberto

Spencer queda refutado por un libro de un discípulo del señor Pasteur,

llamado Dionisio Cochin. El libro se titula _La evolución y la vida_, y

recomiendo á usted su lectura.

Acaso, leyéndole, venga usted á convencerse, como yo me he convencido,

de que no hay una sola evolución, sino de que ha habido tres, ó dos por

lo menos. Con la materia primera, y con leyes matemáticas, físicas y

químicas, por mucho que se haya _evolucionado_, no ha podido aparecer la

vida. La vida no se explica sin los gérmenes, sin otra intervención de

lo incognoscible, sin algo como nueva creación, que marca nueva era y el

principio de evolución más alta. Y no vale salvar la dificultad como la

salva Sir Guillermo Thomson, imaginando que cayó en nuestro planeta un

pedazo de astro viejo, todo cuajado de microbios. Esto sería trasladar

la dificultad á ese astro viejo; endosársela, pero no resolverla.

Con la aparición de la conciencia, del entendimiento, del sér humano,

ocurre lo mismo.

Entre lo que vive y lo que no vive, entre lo que piensa y lo que no

piensa, no hay término medio; no hay eslabón que enlace la cadena y

acredite como evidente la ley de continuidad. De la substancia viva más

imperfecta á la substancia sin vida más hermosa y rica, al diamante, al

cristal, al oro más puro, hay un abismo. Y desde el más grosero

pensamiento al instinto más perfecto del animal, hay otro abismo

también. Fuerza es, pues, admitir la solución de la continuidad de

Herberto Spencer, y tres evoluciones en vez de una: la de la materia

inorgánica, la de la vida y la de la conciencia.

Ignoro si un señor llamado Enrique Drummond, es inglés, ó _yankee_. Sólo

sé que, estando yo en los Estados Unidos, apareció allí y se puso muy en

moda un libro suyo, impreso en Boston, que se titula _Leyes naturales en

el mundo espiritual_.

Aunque yo, según he confesado, sé poquísimo, y no tengo la pretensión de

enseñar, y sólo escribo para divertirme y divertir, si puedo, á quien me

lea, todavía, sin pasar de mero aficionado á sabio, tengo mis opiniones

arraigadísimas, contra las cuales nada prevalece. Y una de estas

opiniones es que el método empírico sirve para explicar los fenómenos y

sus relaciones: para clasificar los seres y ponerlos como en un

casillero; mas no para explicar las causas y elevarse á la metafísica,

previamente desechada. Así, pues, yo considero falso el pensamiento

fundamental de Enrique Drummond, y yo considero irrealizable su intento.

Sin embargo, el intento de Enrique Drummond es tan sano y tan

sublimemente benévolo y el arte y el discurso con que le realiza son tan

ingeniosos, que no puedo resistir á la tentación de hacer aquí un

extracto de su sistema.

Así verá usted como la _mentalidad_, en este tercer período histórico

llamado positivo, no excluye la religión ni la teología, sino que desde

el seno del positivismo, y por métodos positivistas, volvemos á ellas. Y

volvemos, no ya sólo á una religión metafísica, á una teología natural ó

teodicea creada por el discurso, sino á la religión revelada, cristiana,

positiva y católica.

Usted y su hermano, que son tan entusiastas y tan devotos de San Pablo,

de Santa Teresa de Jesús y de San Ignacio de Loyola, quién sabe si

cuando vean que, sin dejar los carriles del positivismo, pueden llegar

con Enrique Drummond á creer en lo que creyeron dichos Santos, no

acabarán por abjurar de esa Religión de la Humanidad, sin más Dios que

la Humanidad misma, y por volver al Catolicismo, el cual, dado, como yo

creo, que la religión no ha concluído ni concluirá nunca, es la

verdadera religión de la Humanidad: la religión definitiva.

Pero tratar de esto requiere bastante extensión y capítulo aparte.

Nuevas cartas americanas · 第 29 / 44 题