IV.

El suelto de _La Epoca_, acusando á usted de odiar á los españoles, ha

dado ocasión á no poco de lo que he dicho en las anteriores cartas, y ha

convertido casi en polémica lo que no quiero yo que lo sea. El Sr.

Merchán, á quien cito en una de dichas cartas, se da por aludido y me

honra dirigiéndome un escrito de 65 páginas de impresión á las que

tendré que contestar. Quedo, pues, empeñado en disputas, contra toda mi

intención y propósito, que no era otro que el de dar á conocer, hasta

donde alcanzasen mis fuerzas, las obras literarias de los

hispano-americanos, entre sus hermanos los españoles.

Y ya que voy á empeñarme en esta controversia con el Sr. Merchán, quiero

dar por terminado el amago de controversia que con usted he tenido, mas

no sin poner antes las siguientes explicaciones ó aclaraciones.

1.ª Que yo no creo en el odio de ustedes contra nosotros, sino en que la

moda, la corriente de las ideas y sentimientos del día y nuestra

propensión á dejarnos guiar por cuanto se les antoja decir, hasta contra

nosotros mismos, á franceses, ingleses y alemanes, hace que ustedes

vayan á veces más allá de lo justo en ponderar las crueldades y horrores

de la conquista de América, sin advertir acaso que más culpados fueron

los antepasados de ustedes que los nuestros, pues no es de creer que

cuantos martirizaron, asesinaron y vejaron á los indios se volvieron á

España, y sólo se quedaron por ahí los que los amaban y mimaban.

2.ª Que fuesen los que fuesen los crímenes y atrocidades de nuestros

antepasados (de ustedes y nuestros), al apoderarse de ese vasto

continente, dado el punto de civilización moral que los europeos

alcanzaban entonces, no es de presumir que hubieran sido más blandos

otros europeos, si les hubiera tocado en suerte hacer lo que hicimos.

3.ª Que yo lamento, como lamenta el más americano de los americanos, que

los españoles, por fanatismo ó por desdén, destruyesen monumentos y

perdiesen documentos de las semi-civilizaciones peruana, azteca y

chibcha: pero ¿qué le hemos de hacer? _Sunt lacrimæ rerum._ Las

conquistas, las invasiones y las revoluciones y cambios, no suelen

hacerlos, ni nunca los hicieron, los hombres mansos y suaves, sino los

más duros y fuertes. En estos casos, hay poco cuidado en conservar y hay

no pequeño prurito de destruir: lo cual en los venideros tiempos se irá

remediando; pero entonces ¿cómo se ha de extrañar que causasen graves

daños los españoles? ¿Cuántos templos, cuántas estátuas magníficas,

cuántos libros no destruirían los cristianos, al acabar con el

gentilismo clásico? ¿Qué horrores no harían las hordas del Norte cuando

pusieron término en España á la dominación romana? ¿Qué no harían los

berberes contra los monumentos y documentos de la civilización

romano-bizantino-visogótica que en España había, cuando destrozaron

ellos el Imperio fundado por Alarico? Sería cuento de nunca acabar si

siguiésemos con estas citas y comparaciones. Baste lo dicho para que

recapacite todo hombre de buena fe y confiese, al menos allá en sus

adentros, que valía bien poco lo que nosotros destruímos en América en

cambio de lo que en América fundamos, creamos é importamos.

4.ª Que la guerra de independencia y separación de esas Repúblicas y la

Metrópoli no se puede comparar con la reconquista de España y expulsión

de los moros, ni con la separación de Portugal de España, ni menos aun

con las guerras entre España y los Países Bajos. Ahí lo que hubo fué una

guerra civil de emancipación, entre gente de la misma casta, lengua y

costumbres. Todo lo que ustedes ensalcen las hazañas, las virtudes y los

talentos militares de Bolivar, Sucre, San Martín y demás héroes, nos

halaga, en vez de ofendernos, y nos halaga por dos razones: porque

nuestra derrota queda cohonestada, y porque esos héroes, que nos

vencieron, hijos de España eran, España los había criado y educado, y á

España habían ellos servido hasta el día en que se levantaron en armas

contra ella.

Y 5.ª Que yo no he sido impulsado por nadie para contradecir algo de lo

que usted dice, sino que, al leerlo y al criticarlo, no podía menos de

contradecirlo, sin que desee yo renovar la antigua polémica de usted con

el Sr. Llorente Vázquez, ministro que fué de España en esa República:

antes bien huyo de intervenir en dicha polémica. No he visto ni estátua

ni pintura del Gran Mariscal de Ayacucho, que tenga á sus pies ó el

león de España ó la bandera de España: pero, si algo tiene de enojoso

para nosotros este modo de representar ustedes su triunfo, no pocos de

los versos de usted, tan entusiastas de España y de sus antiguas

glorias, nos desagravian por completo.

Estas palabras, que usted pone en boca de Bolivar, nos deben dejar

satisfechos:

Ver con audaz mirada un nuevo mundo

De ignoto mar dormido en el regazo,

Y venciendo olas y enemigos vientos,

Y avasallando dudas é ignorancias,

Venir, tomarle, alzarle, y á otro mundo,

Asombrado decir: ¡He aquí tu hermano!

Y á las puntas fiar de cuatro aceros

De sojuzgar naciones la árdua empresa,

Gentes prostrando en número infinitas;

Y arrancar al error millones de almas

Y á la cruel barbarie; las sangrientas

Aras despedazar, do el pecho humano

En atroz agonía se agitaba;

Quitar al sol el usurpado culto

Y devolverle al Criador: triunfante

La cruz alzar en los dorados templos:

¡Qué hazañas! ¡qué grandeza! ¡cuánta gloria!

¿Quién á envidiarlas no se inclina?

Sobra con lo citado para probar que usted no es enemigo, ni denigrador

de los españoles, sino encomiador y amigo de ellos, como español de

sangre, de origen, de religión y de lengua.

Por mi parte, terminada queda la discusión con usted. Si más adelante,

la siguiere yo con el Sr. Merchán, más me excitará á ello la cortesía

que el prurito de refutar sus opiniones.

Ahora quiero hablar de _Cumandá_ y de otra novelita de usted. _Entre dos

tías y un tío_, que he leído con grande interés y contento.

Empezaré por la novelita, pues, aunque obra más reciente, es de menos

importancia.

El estilo y manera que tiene usted de escribir novelas, son

verdaderamente originales porque son naturales. No hay género de

literatura en que sea más difícil no caer en la imitación de lo francés

ó de lo inglés, á no adoptar algo de arcáico y afectado, tomando por

modelo nuestras antiguas novelas de los siglos XVI y XVII. Por dicha,

usted evita ambos escollos. La naturalidad espontánea y sencilla salva á

usted de remedar á nadie, y sin aspirar á la originalidad, la tiene

usted, sin nada de rebuscado y de raro. En las narraciones de usted no

se ve el arte, aunque sin duda le hay. Se diría que usted cuenta lo que

ha visto ó lo que le han contado, como Dios le da á entender, y como si

jamás hubieran contado otros ó usted los hubiera leído ú oído.

Las descripciones de la gira campestre, de la quinta á orillas del río,

de los amores de Juanita y Antonio, tan candorosos é inocentes, y del

egoísmo de las tías, y de la casi irresponsable brutalidad del tío don

Bonifacio, siempre borracho, parecen la pura realidad.

Para que no sigan los amores de Juanita, porque Antonio es pobre, y

doña Tecla cobra y disfruta la pensión de orfandad de su sobrina, doña

Tecla envía á la muchacha, desde Ambato, donde vive, á Quito, donde

reside Marta, su hermana. Doña Marta es una beata escrupulosa y

asustadiza, que atormenta y muele á la pobre Juanita, más aún que doña

Tecla. Un joven militar ve á Juanita en misa, la persigue, la piropea y

la pretende, delante de doña Marta, que no le infunde respeto. Doña

Marta, entonces, que es egoísta en extremo, y no quiere compromisos ni

desazones, escribe á su hermana para que venga el tío Bonifacio y se

lleve á Juanita á Ambato otra vez.

En esta vuelta de Quito á Ambato, en este viaje, están el más vivo

interés y la acción de la novela. Se nota que el autor, aunque ligero y

sobrio en las descripciones, conoce á palmos el terreno: aquello no es

fantástico, es real, y esta realidad hace que todo sea más interesante.

Antonio, que sabe el viaje, ha dispuesto robar, durante el viaje, á

Juanita. Todo lo ha preparado para robarla y casarse en seguida con

ella, y se lo ha dicho á ella por medio de una carta.

Sorprende el tío la carta, mientras Juanita duerme, en una posada en que

hacen noche, y, como es un borracho crónico que presume de agudo y

listo, toma con Juanita por atajos y veredas extraviadas, á fin de no

tropezar con el raptor á quien debían acompañar dos amigos. La

resistencia de Juanita á salirse del camino que debían seguir; la brutal

violencia con que el tío pega al caballo de Juanita para que vaya por

donde él quiere; y el cansancio y el terror de Juanita cuando la noche

llega de nuevo y los sorprende cerca del río, que viene muy crecido,

todo aumenta la ansiedad del lector y la compasión que Juanita inspira.

Ya están cerca de Ambato: pero es menester antes vadear el río. Don

Bonifacio, más valeroso que de costumbre, merced á frecuentes

libaciones, halla á un hombre conocido suyo que le muestra el vado.

Juanita se aterra más que nunca y no quiere pasar: pero el tío castiga

el caballo de Juanita que al fin se echa al agua.

Así llegan á la orilla opuesta. Don Bonifacio oye la voz de Juanita, que

dice: ¡Jesús me valga! pero ve que el caballo de Juanita ha pasado y le

sigue.

De repente aparecen tres hombres á caballo. Don Bonifacio cree que son

Antonio y sus dos amigos y se llena de terror. Los tres de á caballo

corren en otra dirección que la que lleva don Bonifacio, quien ve, sin

poderlo evitar, que el caballo de Juanita va con ellos.

Desesperado llega don Bonifacio á Ambato. Cuenta el rapto á doña Tecla,

cuyo furor es terrible. Se pone en movimiento la policía, y don

Bonifacio con ella, y á la mañana siguiente encuentran á Antonio y á sus

amigos en una quinta. Piden la entrega de la mujer robada, y niega el

rapto Antonio. La buscan y no la encuentran. Por último, unos indios, en

parihuelas hechas de ramaje, traen el cadáver de la infeliz Juanita, que

han encontrado á la orilla del río. El caballo de Juanita, ya sin

jinete, había seguido á los de los tres caminantes que ninguna relación

tenían con Antonio y sus amigos.

La desesperación de Antonio y la bestial estupefacción del tío Bonifacio

no tuvieron límites con este desenlace. Doña Tecla lloró la muerte de

Juanita. Su dolor crecía cuando llegaban los últimos días del mes y no

podía cobrar la pensión.

Contado todo esto, como yo lo cuento, no tiene gracia: pero, ¿cómo dar

de otra suerte idea de una novela? Claro está que en Juanita y en

Antonio, fuera del amor inocente y profundo que los anima y de la bondad

de ambos, no hay muy marcada y distinta fisonomía, ni era posible

dársela en tan corta novela: pero las dos tías y el tío, como caracteres

cómicos, más fáciles de individualizar, están hábil y graciosamente

pintados. Los usos y costumbres lo están también; y, durante la lectura,

imagina uno que vive en el Ecuador, treinta ó cuarenta años hace.

Muchísimas novelas se han escrito y se siguen escribiendo en toda la

América española. No pocas de ellas merecerían ser más conocidas y

leídas en España y por todo el mundo. Hay novelas chilenas, argentinas,

peruanas, colombianas y mejicanas. Yo he leído ya bastantes, pero

declaro que ninguna me ha hecho más impresión hasta ahora, y me ha

parecido más española y más americana á la vez, mejor trazada y escrita

que _Cumandá_. Aquello es en parte real y en parte poético y peregrino.

El teatro, en que se desenvuelve la acción, es admirable y grandioso y

está perfectamente descrito. El autor nos lleva á él, trepando por la

cordillera de los Andes, pasando el río Chambo de rápida é impetuosa

corriente, oyendo el ruido de la catarata de Agoyan, y mostrándonos,

desde la cumbre del Abitahua, por una parte la ingente cordillera,

coronada de hielo, y, á nuestros pies, la inmensa y verde llanura, la

soledad sin límites, las selvas primitivas, frondosas y exuberantes, por

donde corren, regándolas y fecundizándolas, el Napo, el Naray, el Tigre,

el Morona, el Chambira, el Pastaza y otros muchos ríos caudalosos, que

van á acrecentar la majestuosa grandeza del Amazonas.

El autor nos hace penetrar en aquellos misteriosos y fértiles desiertos,

por donde vagan tribus de indios salvajes. Allí, si por un lado oye el

hombre una voz que le dice, ¡cuán pequeño, impotente é infeliz eres!;

por otro lado, oye otra voz que le dice: eres rey de la naturaleza;

estos son tus dominios. Excepto Dios y tu conciencia, aquí nadie te mira

ni sojuzga tus actos.

Tal es el sublime teatro de la acción de _Cumandá_. Las sombras de la

espesa arboleda, las sendas incultas, la fragancia desconocida de las

flores, el sonar de los vientos, el murmurar de las aguas, todo está

descrito con verdadera magia de estilo.

Se diría que el autor templa, excita y prepara el espíritu de los

lectores, para que la extraña narración no le parezca extraña, sino

natural y _vivida_.

No me atrevo á contar la acción en resumen. No quiero destruir el

efecto, que á todo el que lea la hermosa novela de usted debe causar su

lectura.

Los jesuítas, á costa de inmensos sacrificios, de valor y de

sufrimiento, habían cristianizado á muchos de los más indómitos y fieros

salvajes de aquellas regiones; y en ellas habían fundado no pocas

aldeas. La pragmática sanción de Carlos III, expulsándolos, vino á

deshacer en 1767, la obra de civilización tan noble y hábilmente

empezada.

El tiempo de la novela es á principios del siglo presente, en pleno

salvajismo de aquellas apartadas comarcas.

Hay, no obstante, una misión ó aldea de indios cristianos. El sacerdote

que la dirige, es un rico hacendado, á quien, en una sublevación, los

indios habían incendiado hacienda y casa, dando muerte á su mujer y á su

hija.

El hijo del misionero, que se había salvado y vivía con él en la misión,

es el héroe de la novela. Sus castos amores con Cumandá, y las

extraordinarias aventuras, á que dan ocasión estos amores, forman la

bien urdida trama de la novela.

¿Cómo negar, no obstante, que, desde cierto punto de vista, la novela

tiene un grave defecto? La heroina, Cumandá, apenas es posible, á no

intervenir un milagro: y de milagros no se habla. La hermosura moral y

física del ser humano es obra artificial ó sobrenatural. O nace en un

estado paradisiaco y de una revelación primitiva, de que por sus pecados

cayó el hombre, ó renace por virtud de revelaciones sucesivas y de

progresivos esfuerzos de voluntad y de inteligencia. La hermosura moral

y física de la mujer, más delicada y limpia, que la del hombre, requiere

aun mayor cuidado, esmero y esfuerzo, para que nazca y se conserve.

Difícil de creer es, por lo tanto, que Cumandá, viviendo entre salvajes,

feroces, viciosos, groserísimos, moral y materialmente sucios, y

expuestos á las inclemencias de las estaciones, conserve su pureza

virginal, y sea un primor de bonita, sin tocador, sin higiene y sin

artes cosméticas é indumentarias. Cloe, en las _Pastorales de Longo_, no

vive al cabo entre gente tan brutal, y toda su hermosura resulta además

estéticamente verosímil, ya que Pan y las Ninfas la protejen y cuidan de

ella. Cloe es un sér milagroso, y, para los que creían en Pan y en las

Ninfas, en perfecto acuerdo con la verdad. Pero como Cumandá no tiene

santo, ni santa, Dios, ni Diosa, ni hada, que tan bella y pura la haga y

la conserve, es menester confesar que resulta dificultoso de creer que

lo sea.

En muestras de imparcialidad, yo no puedo menos de poner este reparo á

la novela de usted: pero, saltando por cima, haciendo la vista gorda y

creyendo á Cumandá posible y hasta verosímil, la novela de usted que,

con el hechizo de su estilo nos induce á creer posible á Cumandá, es

preciosa, ingeniosa, sentida, y llega á conmovernos en extremo.

Fuera de Cumandá, todo parece real, sin objeción alguna. Las tribus

jívaras y záparas, y las fiestas, guerras, intrigas, supersticiones y

lances de dichas tribus y de los demás salvajes, están presentados tan

de realce, que parece que se halla uno viviendo en aquellas incultas

regiones.

El curaca Yahuarmaqui, que significa el de las manos sangrientas, es

como retrato fotográfico: él y los adornos de su persona y tienda, donde

lucen las cabezas de sus enemigos, muertos por su mano: cabezas

reducidas, por arte ingenioso de disección, al tamaño cada una de una

naranjita.

Carlos, héroe de la novela y amante de Cumandá, no tiene grande energía

ni mucha ventura para libertar á su amada: pero, en fin, el pobre Carlos

hace lo que puede. Cumandá, en cambio, es pasmosa por su serenidad y

valentía. Cuando la casan con el curaca Yahuarmaqui, la inquietud y el

temor llenan el alma de los lectores. El curaca, por dicha, tenía ya

más de setenta años, y muere á tiempo: muere la noche misma en que debe

poseer á Cumandá. Pero la desventurada muchacha, con la muerte de

Yahuarmaqui, pasa de Herodes á Pilatos. La deben sacrificar como á la

más querida de las mujeres del curaca para que le acompañe en la morada

de los espíritus. La fuga nocturna de Cumandá, por las selvas, es muy

interesante y conmovedora. Los lances de la novela se suceden con bien

dispuesta rapidez para llegar al desenlace. Cumandá es una generosa

heroina. Para salvar á Carlos, que ha caído prisionero, y para evitar á

la misión una guerra con el sucesor de Yahuarmaqui y su tribu, se va

Cumandá de la aldea del padre Domingo, donde había buscado refugio, y se

entrega á los salvajes, que la sacrifican. Luego se descubre que Cumandá

era la hija del padre Domingo, á quien éste creía muerta cuando

incendiaron su hacienda, y á quien una india, movida á compasión, había

salvado y criado á su manera. Todos los incidentes de la catástrofe, del

reconocimiento, del dolor del padre Domingo y de Carlos, están

hábilmente concertados. Aceptada la posibilidad de tan sublime, casta,

pura y elegante Cumandá, haciendo entre salvajes, vida salvaje, la

narración parece verosímil y con todos los caracteres de un suceso

histórico.

La verdad es que, dado el género, aunque rabien los _naturalistas_, la

novela _Cumandá_ es mil veces más real, más imitada de la naturaleza,

más producto de la observación y del conocimiento de los bosques, de los

indios y de la vida primitiva, que casi todos los poemas, leyendas,

cuentos y novelas, que sobre asunto semejante se han escrito.

En mi sentir, usted ha producido en _Cumandá_ una joya literaria, que

tal vez será popularísima cuando pase esta moda del _naturalismo_,

contra la cual moda peca la heroina, aunque no pecan, sino que están muy

conformes los demás personajes.

Las dos novelas, que de usted conozco, me incitan á desear leer otras

que haya usted escrito, ó que escriba usted otras para que las leamos.

Nuevas cartas americanas · 第 23 / 44 题