Descartando de su _Ojeada_ de usted toda la soñada civilización india y
todo el enojo de usted contra España y tal vez sus remordimientos como
de origen español por haber destruído tamaña preciosidad, vuelvo á la
creencia del vulgo y me represento á los primitivos aventureros colonos
llegando á un país de salvajes ó de semisalvajes luchando contra una
naturaleza poderosa é inculta y tratando de fundar ahí y fundando
colonias europeas.
En este supuesto, y siguiendo la _Ojeada_ de usted, y resumiéndola
mucho, hemos de confesar que no lo hicieron tan mal los aventureros
españoles y que llevaron ahí los animales y las plantas útiles de
Europa, y la agricultura y la industria, y la religión y la moral
cristianas; que fundaron ciudades y que crearon para la civilización un
Nuevo Mundo, que si llega un día á competir con el antiguo y á no ser
inferior á la parte de él que colonizó la raza inglesa, nos dará
satisfacción y gloria á los españoles peninsulares, los cuales por el
lado filantrópico, ó dígase humanitario, hemos hecho más que los
ingleses, ya que hemos civilizado á algunos indios y hemos procurado
civilizarlos á todos hasta donde nosotros lo estábamos. Mas no podíamos
dar, porque _nemo dat quod in se non habet_.
Bajo la dominación de España hubo un clero en el Ecuador, el cual (usted
lo confiesa) «se dedicó al cultivo de la inteligencia, puso en acción el
habla y las razones para reducir las almas á la fe, tocó los resortes de
la conciencia, despertó los instintos de moralidad y acertó á consolar
grandes pesares». No contentos con esto, el gobierno y el clero de
España fundaron allí buenas escuelas y ricas bibliotecas, donde, según
usted afirma, «había preciosísimos manuscritos en todo ramo de
literatura y aun sobre ciencias», lamentando usted que, después de
declararse el Ecuador independiente, todo esto se haya tirado, se haya
perdido ó se haya vendido á extranjeros, en vez de haberlo cuidado y
aumentado. «Rubor nos causa decirlo, añade usted, porque no quisiéramos
pasar por bárbaros; pero sólo en el Ecuador se ha visto gobierno que en
vez de enriquecer un establecimiento de tal naturaleza, la biblioteca
pública, la haya despojado de objetos que en otras naciones se hubieran
conservado con veneración».
Peor aun que con la biblioteca pública (que fué la de los padres
jesuítas) se condujeron ustedes, ya independientes, con las bibliotecas
de otros conventos. «Ni los gobiernos ni los prelados, dice usted, han
tomado interés en que tales depósitos del saber humano se mejoren ó se
conserven». Centenares de volúmenes se han vendido á real, sin duda
para envolver alcarabea.
Para que vea usted cuán imparcial y desapasionado soy, yo creo que usted
exagera las pérdidas y la feroz destrucción de la literatura y de la
ciencia coloniales por los ya libres ecuatorianos, como exageró antes la
destrucción de la ciencia y de la literatura quichuas por sus
conquistadores.
La verdad debe de ser que en esa naciente colonia, tan remota, no pudo
haber muy notables producciones literarias, durante el siglo XVI, cuando
la colonia materialmente se establecía; ni tampoco en el siglo XVII,
durante el cual la misma metrópoli estaba en decadencia y bastante
inficionada por el culteranismo y por el fanatismo. Lástima es, con
todo, que se hayan perdido escritos históricos, y algunos versos
culteranos, como los de la poetisa quiteña doña Jerónima Velasco, á
quien Lope eleva á las estrellas, en el _Laurel de Apolo_; la llama
_divina_, y la coloca sobre Erina y Safo. Algo había de valer esta doña
Jerónima, á pesar de la sabida prodigalidad de Lope en las alabanzas.
Por lo demás, la poesía ecuatoriana del siglo XVII era extremadamente
gongorina; y los poetas, jesuítas ó discípulos de jesuítas. El
_Ramillete de varias flores poéticas_, publicado en Madrid en 1676 por
el guayaquileño Jacinto Eria, nos da muestras de todo lo dicho,
bastantes para consolarnos de que otras flores del mismo suelo y
condición cayesen en el río del olvido y se perdieran, arrebatadas por
la corriente, sin llegar á formar _ramilletes_ nuevos.
Restaurado después el buen gusto, ya á mediados del siglo XVIII, empieza
verdaderamente á florecer la literatura en el Ecuador. Sus más hábiles y
dichosos cultivadores fueron aun los padres jesuítas, cuya tiránica
expulsión de todos los dominios de España fué un mal grande para el
Ecuador. Sacó de ahí el más fructífero centro de cultura y perjudicó
mucho á las florecientes misiones en que los padres atraían á los indios
á la vida pacífica y cristiana, á la agricultura y á la civilización.
Aquellos jesuítas ecuatorianos fueron, como los españoles de la
Península, á refugiarse en Italia, y en Italia dieron también claro
testimonio de su saber y su ingenio.
Sería adulación suponer que descolló entre estos jesuítas ecuatorianos
ninguno de aquellos varones portentosos que se llaman _genios_; pero,
¿cómo negar que hubo hombres de talento no común, no indignos compañeros
de nuestros Islas, Hervás, Andrés y Lampillas, y que en Italia mostraron
la ilustración que tuvo y difundió la Compañía, así en la Península como
en sus más distantes colonias? El país en que se habían formado hombres
como los padres Velasco, Aguirre, Rebolledo, Garrido, Andrade, Crespo,
Arteta, Larrea, Viescas y Ullauri, era sin duda un país donde las letras
se cultivaban con éxito y con esmero. Las poesías en castellano, en
italiano y en latín, de estos expatriados jesuítas, son muy estimables.
En mi sentir, usted se muestra con ellas más severo que indulgente.
Entre los expulsados jesuítas ecuatorianos hubo también naturalistas,
eruditos é historiadores. El padre Juan de Velasco, por ejemplo, nos ha
dejado una interesante _Historia del Reino de Quito_.
A pesar de la expulsión de los jesuítas, no se amortiguó ahí la antorcha
del saber. Bien merece llamarse ilustrado en las colonias el gobierno de
Carlos III y de sus sucesores hasta el momento en que se proclamó la
independencia. La más brillante demostración de tal verdad la dieron los
mismos eminentes americanos que tanto honraron á su patria en las Cortes
de Cádiz, que pelearon por la independencia y que la cantaron en
hermosos é inmortales versos. Sucre, Bolivar, Olmedo, Bello y muchos
otros, bajo el régimen colonial habían sido educados.
Olmedo es el más notable de los poetas hispano-americanos
lírico-heroicos. Merecidos son los elogios que usted le tributa. Nada
puedo añadir ni nada quiero rebajar tampoco. Mi querido amigo D. Manuel
Cañete ha escrito un hermoso estudio sobre Olmedo, y usted reconoce que
no le escatima los aplausos y que le perdona la dureza con que á veces
nos trata, por la hermosura de la dicción y por la sublimidad poética y
por la pasión de patriotismo exclusivo que al vate inspiraba entonces.
Si yo procediese con enojo, y no con afecto, diría ahora: ¿Cómo fué que
desde que ustedes sacudieron el pesado yugo de España (no hablamos aquí
de ciencias, pues me limito á hablar de la poesía de que habla la
_Ojeada_) apenas han tenido ustedes un buen poeta? La _Ojeada_ llega,
creo, hasta 1868, y hasta entonces no cita usted autor de versos que se
eleve sobre el nivel de la medianía.
Casi todos los poetas son doctores: el doctor Riofrío, el doctor
Carvajal, el doctor Corral, el doctor Cordero, el doctor Castro, el
doctor Avilez, el doctor Córdoba. A todos estos doctores, y á otros que
no lo son, los iguala usted en el tocar ó pulsar la lira. A todos, al
ponerlos usted en su _Ojeada_, los pone en berlina, con delectación
morosa, examinando sus composiciones y dejándolas harto mal paradas.
Me admiro de la crueldad de usted, tal vez indispensable. En pradera
regada por una mala pero fecundante fuente Hipocrene, donde crecen con
viciosa lozanía tantas yerbas inútiles ó nocivas, que tal vez ahogan el
trigo y las bellas flores que pudieran granar, ó abrirse y ofrecer
alimento ó aroma, me le figuro á usted armado de terrible almocafre,
escardando cuanto hay que escardar sin reparo y sin lástima.
¿Qué estragos no hace su almocafre de usted en esa _Lira ecuatoriana_,
jardín de selectas plantas reunidas por otro doctor, el doctor
Molestina? El verdadero molesto ha sido usted, y no él. Usted declara
que el desventurado doctor Molestina no anduvo feliz en la elección de
las piezas: maldice la abundancia; asegura que se contentaría con diez
composiciones dictadas por las musas, y exclama, por último, «cargue el
demonio con todo lo demás, que acaso es obra suya.»
Pero hablando con mayor seriedad, usted no es molesto sino al doctor
Molestina y á los poetas que usted severamente censura. Su _Ojeada_ de
usted está llena de excelentes consejos, de gracia, de discreción y de
muy sana crítica. La pintura que hace usted de los vicios de la poesía
en el Ecuador y en toda la América meridional es tan atinada y viva que
no parece sino que puede aplicarse á los malos poetas que también
abundan por aquí. La diferencia está en que aquí, salvo cuando la
apasionada enemistad mueve la pluma, nadie critica á mi ver con la
crudeza que usted critica. Tal vez suponemos que lo malo morirá de
muerte natural, sin que el crítico lo mate. Tal vez templa aquí el rigor
crítico la consideración que tan chistosamente aduce usted de que el
poeta dice sus inmortales y maravillosos versos, inspirado por el Dios,
de suerte, que cuando el Dios no le inspira, suele decir vulgaridades ó
desatinos, y así, es menester sufrir éstos para que salgan aquéllos á
relucir, pues el poeta mismo ignora cuándo le inspira el Dios, cuando no
le inspira nadie, ó cuando le inspira y le empecata el diablo. En apoyo
de esto cita usted, con oportunidad ingeniosa, ciertas elocuentes
razones de Platón, y el ejemplo que Platón ofrece de un detestable
poeta, llamado Tinico de Calcis, el cual acertó á hacer una magnífica
oda. Lo singular es que usted después de traer tales argumentos en favor
de la indulgencia, maldito el caso que de ellos hace, y sin considerar
que los Tinicos de por ahí acaso escriban alguna otra oda tan magnífica
ó más que la del de Calcis, me los pone de vuelta y media por las malas
odas que ya han escrito.
Apenas hay género de poesía lírica cuyos defectos no marque usted con
juicio. Las políticas son artículos de fondo rimados, en _lenguaje
gacetero_: «son arengas demagógicas, valentonadas quijotescas,
exabruptos delirantes, disertaciones flemáticas ó exposiciones de
proyectos maravillosos para el futuro engrandecimiento del pueblo.» Para
aparentar que hay en ello poesía afirma usted que los autores ponen en
sus coplas muchas interrogaciones é interjecciones, puntos suspensivos,
ridículas hipérboles é insultos desaforados.
En la poesía amatoria aún halla usted más feos lunares. Por lo común, el
poeta que ya ha obtenido favores de una dama, ó por celoso ó por
hastiado, la harta de desvergüenzas ó expresa con abominable
encarecimiento
El bien pasado y la ilusión perdida.
Es graciosa esta cita de usted: es de un autor que ha dado á luz un tomo
titulado _Tristezas del alma_, y habla del último beso dado á su
querida:
Beso postrero... sudario
de la ilusión del primero,
Vago, triste, lastimero
Como el ay de la orfandad:
Última flor arrancada
Al árbol de los amores,
Horrorosa campanada
Que suena en la eternidad.
Y usted añade con razón: «En materia de besos, bastantes disparates han
dicho otros poetas; pero no hemos visto ni tenemos noticia de que
ninguno haya llegado al extremo del autor de estos versos.»
Mucha culpa de semejante disparatar la tiene, según usted, «el prurito
de mostrarse descontento de la propia suerte, de lamentarse de males que
no se sabe dónde están, de pintar una tristeza que está bien lejos del
corazón, de fingir pasiones imposibles y deseos fuera de toda ley
racional, y de llamar á la muerte cuando acaso menos se la desea».
«Muchos amantes, dice usted en otro lugar, reconvienen á sus Nices, Lais
ó Maritornes, dirigiéndoles billetes de eterna despedida, donde campean
junto á un piropo desabrido una amarga burla, al lado de un mentiroso
recuerdo una picante ironía, é ingerta en una tonta promesa una amenaza
aún más tonta. Espronceda, con su canción delirante ó crapulosa, si así
puede decirse, dirigida á Jarifa, es el maestro de nuestros poetas
eróticos; pero los discípulos han sobrepujado tanto al vate español,
que, si viviera, se avergonzaría de la frialdad de sus versos.»
Justo y saludable es el enojo con que truena usted contra el afán de
imitar al ya citado Espronceda, á Byron, á Lamartine y á Víctor Hugo,
exagerando sus faltas y no acertando á reproducir sus bellezas. Los
ejemplos que pone usted son curiosos. Hay un poeta que, para combinar
bien lo fúnebre con lo orgiástico, nos describe un banquete celebrado
por él en el cementerio, donde turba el augusto silencio de las tumbas
con música irónica y carcajadas infernales. Hay otro que, en el día del
juicio final, se presenta delante de Dios con su querida de la mano, le
dice que aquélla es su señora, que es muy guapa, que su amor es su
virtud, que no quiere más cielo que ella, y amenaza al que se atreva á
disputársela. Y hay otro, por último, que escribe una leyenda, ó
fragmento de una leyenda imitando _El Estudiante de Salamanca_, y dando
á luz á un D. Félix Joaquín Zavala, que pretende echar la zancadilla á
D. Félix de Montemar, nuestro compatriota.
En suma, salvo algunas atenuaciones, salvo varias dedaditas de miel que
suministra usted de vez en cuando, poco tienen que agradecer á usted los
poetas de su tierra.--«Todo es pura palabrería, ruido insustancial,
brillo falso.»--«La lengua está impíamente maltratada.»--«Ninguno
reflexiona que cuando no hay verdad en los afectos, cuando las
expresiones nacen de la cabeza y no del corazón, cuando se desecha lo
natural por arrimarse sólo á los caprichos de la imaginación, propia ó
extraña, no hay poesía, sino vano ruido de palabras; que no causa
ninguna impresión agradable, sino mucho desabrimiento.»--Tales lindezas
dice usted de su Parnaso.
Movido usted quizás por el patriotismo, echa la culpa de tamaños males
al materialismo, á la impiedad, á la carencia de ideales, al pesimismo,
y á otros errores, con que contaminan á los poetas ecuatorianos los
poetas europeos, que se les presentan como dechados y objetos da
admiración. Pero acaso ¿son satánicos, impíos y desesperados todos los
poetas que en Europa están de moda? No: las causas deben de ser otras, y
no esas. Y por otra parte, aun siendo impíos, y satánicos y tétricos, lo
cual es de lamentar, no se sigue que sean malos todos los poetas
europeos. Buenos, egregios, eminentes pueden ser, á pesar de su
satanismo y de su misantropía.
Las causas verdaderas de los malos versos usted mismo las expone,
rasgando sin compasión el vendaje y levantando los apósitos para catar
las llagas.
El capítulo XVIII de la _Ojeada_ es sangriento. Suelta usted la pluma y
se arma del látigo para azotar á cuantos tienen los defectos, ó son
causa ó resultado, ó ambas cosas, del mal estado de los estudios en esa
república.
Ahí viene usted á declarar que no se estudia nada bien, ni nada útil,
que «no hay más que tres malos caminos y un despeñadero: la
jurisprudencia desacreditada, el sacerdocio profanado, la medicina mal
entendida y peor aplicada, y la vagancia.» Los más, prosigue usted, van
al despeñadero, «por los malos hábitos adquiridos con los peores
estudios.» Los que se dedican á la teología, á la abogacía ó á la
medicina «carecen, en su mayor parte, de las aptitudes para tales
ciencias.»
Deplora usted luego que nadie se dedique á seguir otras carreras. Pero,
¿cómo han de seguirlas, si en los colegios y Universidades sólo se
enseña eso y mal? «Las ciencias exactas y naturales, la industria, las
artes, los oficios tan necesarios al pueblo, no han merecido la atención
de nuestros legisladores ó han sido mirados con frío desdén.»
Eso mismo que se enseña puede inferirse de las palabras de usted que no
se enseña bien ó que no se aprende. «¿Qué importa, exclama usted, con
acerba ironía, que después de conquistados los grados y adquirido el
pomposo título de _doctor_, subsista la ignorancia grande, redonda y
cerrada? Este título da derechos que pueden convertirse en oro, aunque
sea á despecho de toda razón y justicia.»
Del capítulo que voy analizando, si le diésemos crédito y no viésemos
acritud y exageración, deduciríamos que ahí bulle un enjambre de
doctores sin doctrina, que no leen sino malas novelas, coplas inmorales,
y cuanto de peor y de más desatinado, moral, social y racionalmente, se
imprime en Europa, y sobre todo en Francia.
Y aquí debo advertir que usted, si bien es anti-español á veces, por
sobrado americanismo, es siempre ultraconservador, ferviente católico, y
en política lo que hemos llamado por aquí _clerical_ ó _neocatólico_.
Tal calidad debe tenerse en cuenta á fin de mitigar las diatribas de
usted contra sus propios contemporáneos y paisanos.
Termino esta carta aquí no sin asegurar á usted que, si bien me parece
usted hombre apasionado, también me parece instruído, inteligente y
dotado de muy briosa elocuencia, la cual resplandece en no pocas páginas
de la _Ojeada_, y les presta animación y brillantez nada vulgares.