(Á D. RICARDO PALMA)
Muy estimado señor mío: Grandísimo gusto me ha dado el recibir y leer el
libro que usted me envía, recién publicado en Lima con el título de
_Ropa vieja_; lo que me aflige es la segunda parte del título: _Última
serie de tradiciones_. En esas historias, que usted refiere como el
vulgo y las viejas cuentan cuentos, donde hay, según usted afirma, algo
de verdad y algo de mentira, yo no reconozco ni sospecho la mentira sino
en las menudencias. Lo esencial y más de bulto es verdad todo, en mi
sentir, salvo que usted borda la verdad, y la adorna con mil primores
que la hacen divertida, bonita y alegre. Por esto me duele la frase
amenazadora _Última serie de tradiciones_. Quisiera yo, y estoy seguro
de que lo querrían muchos, que escribiese usted otros tres ó cuatro
tomos más sobre los ya escritos. Yo tengo la firme persuasión de que no
hay historia grave, severa y rica de documentos fehacientes, que venza
á las _Tradiciones_ de usted, en dar idea clara de lo que fué el Perú
hasta hace poco y en presentar su fiel retrato.
Soy andaluz, y no lo puedo remediar ni disimular. Soy además y procuro
ser optimista. Y como me parece esa gente que usted nos pinta, la flor y
nata del hombre y de la mujer de Andalucía, que se han extremado y
elevado á la tercera potencia al trasplantarse y al aclimatarse ahí,
todo me cae en gracia y no me avengo con las declamaciones que hacen
algunos críticos americanos, al elogiar la obra de usted como sin duda
lo merece.
¿Para qué he de ocultárselo á usted? Aunque soy muy entusiasta de la
América _española_ ó dígase _latina_, ya que por no llamarla _española_
le han puesto ustedes ese apodo, confieso que me aburre, más que me
enoja, la manía de encarecer, con lamentos ó con maldiciones, todas las
picardías, crueldades, estupideces y burradas, que dicen que los
españoles hicimos por ahí. Se diría que los que fueron á hacerlas, las
hicieron, y luego se volvieron á España, y no se quedaron en América
sino los que no las hicieron. Se diría que la Inquisición, los autos de
fe, las brujas y los herejes achicharrados, la enorme cantidad de monjas
y de frailes, la afición á la holganza y á los amoríos, la ninguna
afición á trabajar, y todos los demás vicios, horrores y defectos, los
llevamos nosotros ahí, donde sólo había virtudes y perfecciones. Se
diría que nada bueno llevamos nosotros á América, ni siquiera á ustedes,
ya que, en este supuesto, ó no serían ustedes buenos, ó serían indios, ó
nacerían ahí, no de padres y madres españoles, sino por generación
espontánea. Y se diría, por último, que de todos los milagros que
hicieron los santos que hubo en el Perú, tiene España la culpa, como si
sólo en España y en sus colonias se hubieran hecho milagros, se hubieran
quemado brujas, y hubiera sido la gente más inclinada al bureo que al
estudio, al despilfarro que al ahorro, á divertirse, que á atarearse.
Si aquellos polvos traen estos lodos; si de resultas de no haber
filosofado bien, de haber sido holgazanes y fanáticos, y de los otros
mil pecados de que se nos acusa, somos hoy más pobres, más débiles, más
desgobernados y más infelices nosotros que los franceses y que los
ingleses y alemanes, y ustedes que los yankees, no está bien que toda la
culpa caiga sobre nosotros, y que los discursos de esos críticos sean
una paráfrasis de aquello que dijo el cazo á la sartén: «quítate que me
tiznas.»
Procuremos enmendarnos aquí y ahí; arrepintámonos de nuestras culpas, y
no juguemos con ellas á la pelota, arrojándonoslas unos á otros. ¿Quién
sabe entonces, si es que la elevación de unas naciones sobre otras y el
predominio nacen de merecimientos y no de circunstancias y de leyes
históricas, que tal vez se sustraen á la voluntad humana, y que tal vez
ni se prevén ni se explican por los entendimientos más agudos; quién
sabe, digo, si volveremos á levantarnos de la postración y hundimiento
en que nos hallamos ahora?
Entretanto, lo mejor es que cesen las recriminaciones que á nada
conducen; y lo peor es que cada español ó cada hispano-americano se crea
ser excepcional y reniegue de su casta, en la cual se considera el único
discreto, hábil, listo, laborioso, justo y benéfico.
Va todo esto contra los críticos de ahí, que, al elogiar su obra de
usted, nos maltratan. Nada va contra usted, que describe la época
colonial como fué, pero con amor, piedad, é indulgencia filiales.
Su obra de usted es amenísima: el asunto está despilfarrado, tan conciso
es el estilo. Anécdotas, leyendas, cuentos, cuadros de costumbres,
artículos críticos, todo se sucede con rapidez, prestando grata variedad
á la obra, cuya unidad estriba en que todo concurre á pintar la
sociedad, la vida y las costumbres peruanas, desde la llegada de
Francisco Pizarro hasta casi nuestros días.
En la manera de escribir de usted hay algo parecido á la manera de mi
antiguo y grande amigo Serafín Estébanez Calderón, _El Solitario_;
portentosa riqueza de voces, frases y giros, tomados alternativamente de
boca del vulgo, de la gente que bulle en mercados y tabernas, y de los
libros y demás escritos antiguos de los siglos XVI y XVII, y barajado
todo ello y combinado con no pequeño artificio. En _El Solitario_ había
más elegancia y atildamiento: en usted mucha más facilidad,
espontaneidad y concisión.
Por lo menos, las dos terceras partes de las historias que usted
refiere, me saben á poco: me pesa de que no estén contadas con dos ó
tres veces más detención y desarrollo. Algunas hay en las que veo
materia bastante para una extensa novela, y que, sin embargo, apenas
llenan un par de páginas de su libro de usted.
Aunque es usted tan conciso, tiene usted el arte de animar las figuras,
y dejarlas grabadas en la imaginación del lector. Los personajes que
hace usted desfilar por delante de nosotros, vireyes, generales, jueces,
frailes, beatas, mozas regocijadas, inquisidores, insurgentes y
realistas nos parecen vivos y conocidos, como si en realidad los
tratásemos.
De cuanto queda dicho, infiero yo, y doy por cierto, que es usted un
escritor muy original y de nota, cuya popularidad por toda la América
española es fundadísima, cunde y no ha de ser efímera, sino muy
duradera.
Confieso que no sé á qué narración he de dar la preferencia. Apenas hay
una que no me haya divertido ó interesado.
Á la Protectora y á la Libertadora, ó dígase, á las amigas favoritas de
San Martín y de Bolívar cuyas vidas y lances de amor y fortuna usted
refiere, no me parece sino que las estoy viendo, cuando andaban
triunfantes al lado de sus respectivos héroes.
_El Clarin de Canterac_, que con su incesante toque á degüello se creía
que iba á dar en Junin la victoria á los españoles, y que prisionero él,
y ya vencidos los españoles, tuvo que meterse fraile para no ser
fusilado, es historia tan singular, que apenas parece verdadera.
Aun es más singular y más característica la historia de Fr. Pedro
Marieluz, acérrimo enemigo de los insurgentes, á quienes creía herejes y
excomulgados vitandos. Un jefe militar realista, cuyo nombre no quiero
poner aquí, porque él ha figurado después mucho en España y usted le
atribuye una crueldad espantosa, descubrió cierta conjuración, y prendió
á trece de los principales conjurados. Por más que hizo, no logró el
general arrancarles los secretos de la conjuración. Mandó entonces
fusilarlos, no sin que antes el P. Marieluz los confesara. Los confesó,
y fueron fusilados.
Entonces quiso el general que el P. Marieluz le descubriese toda la
trama, que sin duda en la confesión le habían dicho los trece. El fraile
se negó, á pesar de halagos y amenazas.
--De rodillas, fraile,--dijo entonces el general.
El fraile se puso de rodillas.
El general exclamó luego:
--¡Preparen, apunten!
Y, volviéndose á la víctima, dijo con voz imponente:
--Por última vez, en nombre del Rey, le intimo que declare.
--En nombre de Dios, me niego á declarar,--contestó el Fraile con acento
débil, pero reposado.
--¡Fuego!...
Y Fr. Pedro Marieluz, noble mártir de la Religión y del deber, cayó
destrozado el pecho por las balas.
Las historias cómicas y alegres abundan más, por dicha, que las
trágicas, descollando por lo gráfico de las costumbres de por ahí, en
otros días, _El motín de limeñas_, _La victoria de las camaroneras_ y
_La querella de los barberos_.
La historia de _El Capitán Zapata_, que no ocupa dos páginas enteras del
libro de usted, se presta y aun convida á escribir una novela de
aventuras extraordinarias, de dos ó tres volúmenes. ¿Vivió ese Capitán
Zapata, ó le ha inventado usted? ¿Fué de cierto al Perú y se hizo rico
con una mina del Potosí que descubrió y á la que dió su nombre? ¿Volvió
rico á Cádiz y desapareció luego? El desenlace, real ó imaginado, no se
sospecha. Peláez, el amigo y protegido de Zapata, vuelve á España
también, y busca en balde á su protector y antiguo amigo. Cae, por
último, Peláez en poder de corsarios, que le llevan á Argel, ¡Cuál no
sería su sorpresa al encontrarse con que el Gran Visir era Zapata,
morisco y musulmán disimulado antes, que, huyendo de la Inquisición, se
había pasado á tierra de moros, con todo lo que en el Perú había ganado!
Casi estoy por decidirme y declarar á usted que de cuantas tradiciones
contiene esta última serie, ninguna me agrada tanto como _El alacrán de
Fray Gómez_.
Figura de verdad, en el siglo XVI, es el honrado castellano viejo,
buhonero arruinado, que no tiene con que sustentar á su mujer é hijos,
que no halla quien le preste quinientos duros, con los cuales entiende
que lograría rehacerse, y que no se desespera, sino que, lleno de fe, y
de confianza en Dios, acude á su siervo Fr. Gómez, que estaba en olor de
santidad, y que es pobre, pero que sabe y suele hacer milagros.
Fr. Gómez se compadece del buhonero; pero en su pobre celda no hay
dinero ni alhajas, ni trasto que valga dos reales.
De pronto ve Fr. Gómez cerca de la ventana, sobre la pared encalada, un
alacrán que va corriendo. Arranca Fr. Gómez una hoja del libro devoto
que leía, coge bonitamente el alacrán, y le envuelve en aquel papel.
--Tome, hermano, esta prenda, y acuda á un joyero que le prestará sobre
ella el dinero que necesita.
El buhonero llevó la prenda al joyero, que al verla se quedó pasmado.
Era un alfiler ó prendedor magnífico, de oro con esmalte, el cuerpo una
esmeralda, un enorme diamante la cabeza y dos rubíes los ojos.
El joyero hubiera dado miles de duros sobre tan rica prenda: pero el
castellano viejo no quiso tomar ni tomó sino quinientos, y por seis
meses.
Con aquel corto capital, en verdad bendito, prosperó y se enriqueció
pronto el buhonero; desempeñó la joya y la devolvió á Fr. Gómez.
Éste la sacó del papel, la puso en el sitio en que la había hallado, y
dijo:
--¡Animalito de Dios, sigue tu camino!
El alacrán echó á correr, y se largó á sus asuntos como si tal cosa.
Para mi modo de sentir, este cuento es precioso, simbólico,
instintivamente filosófico, de la más sana y alegre filosofía.
Los juicios literarios, el discurso académico, todo lo demás, en suma,
que el libro contiene, me parece muy bien asimismo. Sólo me pesa de su
aborrecimiento de usted á los Jesuítas y de lo mal que los quiere y los
trata. Pero, en fin, no hemos de estar de acuerdo en todo.
Mil gracias por el envío de su divertidísimo libro.