_31 de mayo de 1889._
(Á DOÑA CONCEPCIÓN JIMENO DE FLAQUER)
Mi distinguida amiga: No sé cómo agradecer á usted el que se acuerde de
mí y me envíe con frecuencia y en abundancia libros publicados en
Méjico, por aquí casi desconocidos. Mi deseo es hablar de todos y darlos
á conocer al público español; pero el tiempo y el humor me faltan.
Entre los últimos libros que usted me ha remitido, hay uno que me agrada
sobremanera. Su autor, D. José María Roa Bárcena, es de los hombres más
eminentes y simpáticos de ese país. Conozco sus poesías líricas, que él
mismo me ha enviado; pero sólo sé por fama, y tengo gran deseo de ver
sus leyendas históricas de antes de la conquista española y sus eruditos
trabajos en prosa como historiador del Anahuac.
El Sr. Roa Bárcena es también novelista; y dan sin duda brillante prueba
de su mérito en esta clase de escritos los _Varios cuentos_, reunidos
en un precioso volumen, de que usted me regala un ejemplar. _Noche al
raso_ es lindísima colección de anécdotas y cuadros de costumbres, donde
el ingenio, el talento y la habilidad para narrar están realzados por la
naturalidad del estilo y por la gracia y el primor de un lenguaje
castizo y puro, sin la menor afectación de arcaismo. En el terrible
cuento _Lanchitas_, la fantasía del autor y su arte y buena traza
prestan apariencias de verosimilitud y hasta de realidad al prodigio más
espantoso.
En estos cuentos del Sr. Roa Bárcena, por lo mismo que están escritos en
tan acendrado lenguaje castellano, se notan más los vocablos exóticos
que designan objetos de por ahí, aunque rara vez acude el lector con
éxito al Diccionario de la Academia para saberlo á punto fijo. Así, por
ejemplo, _xícaro, zacatón, otate, cuilote, tapextle y abarrotero_.
Dejo por hoy de decir más del Sr. Roa Bárcena, y no hablo de
_Altamirano_, ni de _Peón y Contreras_, ni de los restantes libros
remitidos por usted, porque voy á escribir sobre la obra de otro
mejicano hace ya muchos años ausente de su patria, que estuvo en España
bastante tiempo, y que después lleva pasados en París hasta hoy lo menos
treinta y tres ó treinta y cuatro años.
Se titula el libro de este mejicano expatriado _Al cielo por el
sufrimiento_, y está escrito, como ya se entrevé por el título, en esa
habla española, desteñida y cosmopolita, que ha de hablarse en París en
cierto círculo elegante de hispano-americanos y de españoles residentes
en aquella culta y amena capital, centro y foco de la civilización
neolatina.
No es menester análisis para señalar los galicismos del libro de que
trato. Todo el libro es un galicismo sintético, digamoslo así; pero no
lo digamos en son de censura. En este caso, parece la falta que señalo
inevitable requisito del valer y del encanto que el libro tiene. Es la
obra, no de un literato de profesión, sino de un hombre de mundo, que,
casi involuntariamente, sin pretender escribir una novela, fija en el
papel sus impresiones y sentimientos, y nos cuenta, con la mayor
naturalidad y sencillez, sucesos que ha visto, y tal vez lo que él ha
_vivido_.
Franceses son los personajes del drama, francesas las costumbres que el
autor describe, y la sociedad elegante de París y sus casas el medio
ambiente y el lugar de la escena. Si se cambiasen la ortografía y la
terminación de las palabras, el libro casi quedaría en francés, y, en mi
sentir, competiría entonces con cualquiera novela de Feuillet, de Ohnet
ó de Cherbuliez, ya que tendría más sinceridad y más verdad, aunque
tuviese menos artificio. Es un espejo donde se ve con fidelidad lo mejor
y más sano de cierto círculo de gentes, que, colocado entre las pasiones
y apetitos de la baja plebe, los esfuerzos y faenas de una burguesía
codiciosa y trabajadora, y el torbellino de los ricos viciosos y
derrochadores, procura realizar una vida honrada y cómoda de sibaritismo
honesto y juicioso, de elegancia católica, y de finura apacible,
entreverada de devoción.
Difícil es vivir en esta encopetada y graciosa Arcadia, llena de
distinción, perfumada de buen tono, limpia y serena, y cuyos Melibeos y
Filis deben tener, á fin de hacer su papel con desahogo, lo menos
cincuenta ó sesenta mil pesetas de renta cada uno, y todos suma
prudencia, arte y ciencia doméstico-económica, para no dejarse arrebatar
por el atractivo del lujo, no gastar más de lo que tienen, no
arruinarse, y no tener que salir de la Arcadia para irse á la Tebaida ó
á cualquier otro retiro más ó menos penitente.
Es indudable que existe en París uno ó más círculos de esta clase. Son
como isla ó islas de reposo en medio de turbulento mar, lleno de sirtes,
escollos y bajíos.
No es utopia, sino realidad, esta á modo de nueva Jerusalem en germen y
bosquejo, que surge del seno mismo de la moderna Babilonia. Llámanla,
creo, _beau monde_ ó _monde comm’il faut_, y se contrapone á otros
_mondes_, que se marcan con calificativos extraños, como _monde
camelotte_, _demi monde_, _quart de monde_, _monde interlope_, etc.
El autor de _Al cielo por el sufrimiento_, nos introduce en el círculo,
ó en uno de los círculos de ese _beau monde_ de París, donde
constantemente ha vivido, y nos le pinta con todos sus pormenores,
resultando del cuadro cierta poesía natural y suave. Yo comparo su libro
á un vaso gracioso, pongamos de cristal de Venecia, lleno de una poción,
no muy dulce para que no empalague, ni muy amarga ó agria para que no
ofenda al paladar, y donde se notan el sabor y el aroma de los
ingredientes que la componen: vida devota de San Francisco de Sales;
música religiosa de Cherubini, Beethoven, Mozart, Rossini y Niedelmeyer;
bailes blancos y bailes rosas; trajes de Worth, Rouff, Laferrière, Felix
y Pingard; sombreros de Virot ó de Isabel, y guisos de los Gouffé,
Lavigne, Chenu, Pasquier, Canivet y sus rivales, discípulos y sucesores.
De todo esto se disfruta en bellísimos salones centro del más refinado
_confort_, y donde se ven acumulados, en artístico y aparente desorden,
muñequitos de Sajonia, jarrones de Sèvres, tacitas y juguetes de plata
holandeses, cuadros, estatuas y esmaltes, muebles Luis XV, telas Luis
XIV, costosas baratijas Luis XVI, relojes de chimenea primer Imperio, y
otra multitud de admirables _bibelots_ ó chirimbolos.
Pero ya que estamos en este mundo hechicero y gratísimo, bueno será que
diga yo á usted quién nos guía por él y lleva como de la mano.
Aquí me entran ciertos escrúpulos. Yo he recibido el libro por el
correo. Ignoro quién me le envía. Y dice el libro: _Edición privada_.
Supongo que esto significa que el libro no es para el público; no se
halla de venta. ¿Hasta qué punto, me interrogo, me será lícito
criticarle, aunque en la crítica entre por más el elogio que la censura,
porque la justicia así lo exige? Pero, al fin, me respondo: el libro
está impreso, y, aunque no se venda, circulará. Nadie me encarga que
guarde el secreto. No abuso, pues, demasiado de la publicidad. Ojalá que
todos los abusos de este linaje fueran tan inocentes como el mío.
Me mueve además á tratar del libro la buena amistad que á su autor
profesamos, desde hace casi medio siglo, toda la sociedad de Madrid, y
muy en particular mis parientes y mis amigos.
El autor es D. José Manuel Hidalgo.
Su nombre pertenece á la historia política, no sólo de Europa, sino del
mundo, en la segunda mitad del siglo XIX. Su intención fué buena. Quiso
enviar sosiego, prosperidad, ventura y mayor dosis de civilización á su
patria. Si erró en los medios, _a i posteri l’ardua sentenza_.
Importante fué su acción en todos aquellos sucesos que colocaron en el
trono de Méjico al entusiasta y noble príncipe Maximiliano, cuya trágica
muerte deplora él todavía.
Toda la fingida narración que su libro contiene está impregnada de
aquella blanda melancolía, propia de un alma religiosa, lastimada y
herida por tremendas catástrofes y por solemnes desengaños. Esta
melancolía, si blanda, profunda, brota del centro mismo de las
elegancias, primores y refinamientos que el autor describe.
La novela del Sr. Hidalgo, así por el candor inimitable con que está
contada, como porque algunos de los lances no vienen dialécticamente
justificados, según suele estarlo toda ficción, parece, más que novela,
verdadera historia.
A veces, lo confieso con cierto rubor, hay en la novela sublimidad y
delicadezas de sentimiento, que dan tan crueles resultados, que yo,
movido á compasión, siento deseo de ingerirme entre los personajes y de
aconsejarles que transijan y sean menos severos.
La condesa viuda de Hautmont es un dechado de talento, piedad, virtud y
distinción aristocrática; pero la situación en que tiene al pobre Sr.
Zentres es cruelísima. A la verdad, yo entiendo que, pasados cinco ó
seis años de viudez sin ofender á Dios, sin faltar á la memoria de su
primer marido, y muy en consonancia con todas las reglas y liturgias, la
Condesa hubiera debido modificarse, ser menos cogotuda, casarse, en una
palabra, con el Sr. Zentres, y no hacer de él un Tántalo de corbata
blanca, un perpetuo _patito_ y un mártir crónico del amor mal pagado. Y
todo esto teniéndole siempre al lado suyo, á modo de apéndice, que sabe
Dios lo que dirían las malas lenguas: el gran Galeoto, que hasta en el
mundo más _comm’il faut_ asiste y hace de las suyas.
La lastimosa situación del Sr. Zentres me explica aquel capricho del
infante D. Alfonso de Portugal, cuando ordenó al escritor que rehizo la
historia de _Amadis de Gaula_ que cediese este héroe, hasta con permiso
de la señora Oriana, á la tenaz y vehemente pasión de aquella otra
princesa llamada Briolanja, que por él moría, sin remedio, de amores.
Tanto me afligen las malas andanzas del Sr. Zentres, que respiro cuando
después de la muerte de la Condesa, se hace él monje cartujo,
considerando yo que el cuitado entra á hacer vida mucho menos penitente
que la que antes hacía.
Los opuestos caracteres de las dos hijas de la condesa, Ida y Lea, están
bien trazados y seguidos. Ida, con un marido vanidoso y ligero, y ella
vanidosa y ligera también, se deja arrebatar por la manía del esplendor
y de la magnificencia; se arruina, es abandonada por el marido, que se
va á California á buscar oro; y ella muere al cabo míseramente en el
hospital. Lea es una santa; pero, con franqueza, yo hubiera deseado más
justificación en el lance que la decide á ser Hermana de la Caridad. Lea
no tiene tiempo, ocasión, ni razonable y suficiente motivo para amar de
tal suerte á su novio, que le produzca desilusión tan profunda el que
éste la abandone, la plante, por otra señorita que tiene cuatro ó cinco
veces más dote. Hablemos claro, aunque no sea _comm’il faut_: lo que
hizo el novio de Lea fué una verdadera porquería; no tiene otro nombre.
Pero, ¿qué diantre? ¿No se había tratado su matrimonio con Lea, contando
previamente los ochavos de él y la dote de ella? Lo feo del caso estuvo
en faltar á la promesa de un convenio de aparcería porque se halla otro
convenio que trae más ventaja; pero la fe amorosa quebrantada y los
mismos amores apenas se descubren.
Como quiera que sea, la vocación acude: Lea se hace Hermana de la
Caridad; es una heroína y una santa, y todo ello está narrado con amor,
con ternura, con fervor y caridad de cristiano.
El libro de mi antiguo amigo el Sr. Hidalgo es muy moral, muy devoto y
algo melancólico; mas no por eso deja de entretener y de interesar.
Además de ser el libro moral y devoto, y asimismo ameno, es, como queda
dicho, de alta elegancia, lo cual no está en oposición tampoco con la
devoción, con la moralidad y con la limpieza de costumbres.
Ya que el Sr. Hidalgo se lanzó, es de desear que persevere en el camino
que ha tomado. Su cabeza ha de estar llena de noticias y de recuerdos de
casos novelescos de la sociedad elegante de París, de aquella _high
life_ central en que hace tantos años vive. ¿De qué variada cantidad de
aventuras, amores, anécdotas y sucedidos de todo género, no podría
valerse, si quisiese el señor Hidalgo, para componer, por docenas,
novelas divertidísimas, sobre todo si no siguiese aislando mucho su
_monde_ correcto y plenamente _comm’il faut_, y dejase que de vez en
cuando hubiera en él irrupciones de los otros _mondes_, _interlope_,
_camelotte_, etc., etc.? Hasta su misma calidad de extranjero haría que
el Sr. Hidalgo viese y representase los objetos con mayor imparcialidad
que los parisienses de nacimiento.
No dudo que llegará ahí la novela del Sr. Hidalgo, y aconsejo á V. que
la lea. Es lectura propia de señoras, y está dedicada á una que lo es
muy principal: discreta y elegante hija de nuestra España: á doña
Mercedes Alcalá Galiano, baronesa de Beyens.