_30 de Septiembre de 1889._
(A D. LUIS ALFONSO)
Mi distinguido amigo: No puede usted figurarse cuán grande es mi
gratitud á usted por las generosas alabanzas que ha dado á mis _Cartas
Americanas_. Y, si bien yo soy algo egoísta, como cada hijo de vecino,
no se lo agradezco tanto porque alabándome aumenta usted mi crédito de
escritor, cuanto porque une usted sus esfuerzos á los míos en un trabajo
que considero utilísimo.
España y las que fueron sus colonias en América, convertidas hoy en
dieciséis Repúblicas independientes, deben conservar una superior
unidad, aun rotos los lazos políticos que las ligaban. El importante
papel que España ha hecho en la Historia del mundo, sobre todo desde que
su nacionalidad apareció plenamente á fines del siglo XV, imprime á
cuanto proviene de España, por sangre, lengua, costumbres y leyes, un
sello exclusivo y característico que no debe borrarse.
Dicen que yo soy muy escéptico; pero creo en multitud de cosas en que
los que pasan por creyentes no creen; y entre otras creo (por manera
vaga y confusa, es verdad) en los espíritus colectivos. Mi fantasía
transforma en realidad sustantiva lo que se llama el genio de un pueblo
ó de una raza. Lo que es figura retórica para la generalidad de los
hombres, para mí es ser viviente. Y al incurrir en tan atrevida
prosopopeya, no me parece que incurro en paganismo ni en hegelianismo.
¿Acaso no cabe mi suposición dentro del pensar cristiano? ¿No consta del
Apocalipsis que tenían sendos ángeles tutelares las siete iglesias del
Asia? ¿No es piadosa creencia la de que cada individuo tiene su ángel
custodio? Pues entonces, ¿por qué no ha de tener cada pueblo y cada raza
un ángel custodio de más alta categoría y trascendencia, que ordene las
acciones de los hombres todos que á dicha raza pertenecen, en prescrita
dirección y cierto sentido, para que formen, dentro de la obra total de
la humanidad entera, una peculiar cultura? Esta, combinándose con el
producto mental de otras grandes razas y nacionalidades constituye la
civilización humana, varia y una en su riqueza, la cual, desde hace más
de dos mil años, cinco ó seis predestinados pueblos de Europa han tenido
y tienen la misión de crear y de difundir por el mundo.
Mi razonamiento, y le llamo mío, no porque no le hayan hecho otras
personas, sino porque yo le hago ahora, me induce y mueve, sin el menor
escrúpulo de que alguien me acuse de herejía, á dar adoración y culto al
genio, ó, si se quiere al ángel custodio de la gente española. Así es
que yo, si bien deploro que aquel grande Imperio de España y sus Indias
se desbaratase, todavía absuelvo á los insurgentes que se rebelaron
contra el señor rey D. Fernando VII y acabaron por triunfar de él y
sustraerse á su dominio; pero no absuelvo, ni absolveré nunca á los
insurgentes contra el genio de España, y ora se rebelen en Ultramar, ora
en nuestra misma Península, los tendré por rebeldes sacrílegos y lanzaré
contra ellos mil excomuniones y anatemas.
Disuelto ya el Imperio, no hay más recurso que resignarse; pero no debe
disolverse, ni se disuelve, la iglesia, la comunidad, la cofradía ó como
quiera llamarse, que venera y da culto al genio único que la guía y que
la inspira. Todos debemos ser fieles y devotos á este genio. Yo, además,
me he atrevido á constituirme, al escribir las _Cartas Americanas_, en
uno de sus predicadores y misioneros. ¡Ojalá se me perdone el
atrevimiento en gracia del fervor que le da vida en mi alma!
Sea por lo que sea, pues no es del caso entrar aquí en tales honduras,
la madre España, desde hace más de dos siglos, ha decaído, no sólo en
poder político, sino en aquel otro poder de pensamiento que se impone á
los espíritus y domina en el mundo de la inteligencia. Francia,
Inglaterra y Alemania, son ahora reinas y señoras en esto, así como en
las cosas materiales. De aquí algo como un vasallaje intelectual en que
nos tienen. Van delante de nosotros por el camino del progreso, y como
en la ciencia positiva y exacta no hay más que un camino, tenemos que
seguir las huellas de dichas naciones. Esto ni puedo ni quiero negarlo
yo. Ni negaré tampoco que, en todo lo que es _ciencia inexacta_,
deslumbrados nosotros por los adelantamientos reales de los extranjeros,
también solemos seguirlos ciegamente, y aceptar y aun exagerar sus
sistemas, sofismas y especulaciones, los cuales acostumbran ellos á
forjar con más primor, con más arte, y, sobre todo, con mayor autoridad,
gracias al descaro, á la frescura y al aplomo soberbio que les presta la
confianza de ser más atendidos por pertenecer á nación dominadora ó
preponderante en el día. Parece, pues, inevitable y fatal que, desde
hace dos siglos, nos mostremos como discípulos, como imitadores de los
extranjeros, en teorías y doctrinas políticas y filosóficas. Las modas
de todo esto vienen de París, como las modas de trajes, de muebles y de
guisos.
Entretanto, el genio de nuestra raza, ¿duerme, nos abandona ó qué hace?
Aunque renegamos bastante de él, aunque olvidamos ó desdeñamos por
anticuado y absurdo lo que nos inspiró en otras edades, yo entiendo que
nos asiste y nos inspira aún, especialmente en todo aquello menos sujeto
á progreso ó en que no se progresa; en todo aquello que flota, ó, más
bien, vuela independiente y con plena libertad sobre el río impetuoso
por donde van navegando los espíritus humanos.
Es cierto que cuando nos hemos puesto á filosofar en sentido
racionalista, ya hemos sido volterianos, ya secuaces de Condillac, ya de
Cousin, ya de algún alemán en Alemania apenas estimado; ya de Kant, ya
de Hegel, ya de Renouvier, ya de Comte y Littré. Es cierto que, cuando
no hemos politiqueado por rutina ó pasión, sin ser los principios más
que vanos pretextos, hemos tomado los guías más extraños. Los
conservadores, por ejemplo, á un protestante infatuado y seco, que nos
despreciaba hasta el extremo de creer que se podía explicar la historia
de la civilización de Europa haciendo caso omiso de España; los
ultra-conservadores ultra-católicos, á los sensualistas elocuentemente
desatinados De Maistre y Bonald; y en esto han llegado á tal delirio
nuestros entusiasmos y nuestro afán de ser arrendajos, que yo doy por
seguro, y creo no equivocarme, que si Proudhon no se hubiera mostrado
federalista en uno de sus libros, tal vez por odio y celos de francés á
la unidad italiana, y si en España no hubiera habido un escritor y
orador de valer y aficionadísimo á Proudhon, jamás en España le hubiera
pasado á nadie por la cabeza que nos trocásemos en República federal,
rompiendo la unidad nacional á tanta costa y después de tantos siglos
apenas lograda.
Pero es más: tal es ó ha sido el descuído, el olvido ó la corta
estimación de nosotros mismos por nuestro propio pensamiento, que para
volver á ser escolásticos en la patria del Doctor Eximio, de Victoria,
de Melchor Cano y de Domingo de Soto, ha sido menester que nos impulsen
Kleutgen, Van Wedingen, Liberatore, Prisco y otros tudescos, belgas é
italianos.
Hasta en literatura, en lo que tiene de preceptivo, crítico y teórico,
hemos recibido el impulso de fuera: hemos sido clásicos á la francesa
desde Luzán; y luego románticos, porque el romanticismo vino de París; y
luego naturalistas para remedar á Daudet y á Zola.
Por dicha, en medio de este vasallaje, se nota ya, desde hace años,
cierto prurito de emancipación. Nuestro espíritu va como barco llevado á
remolque, en el mar ó río del progreso; pero ya se siente agitado por el
potente soplo del Genio de la raza, que tira á romper la cadena de los
que nos van remolcando, y á dejarnos sueltos para que naveguemos por
nuestra cuenta y riesgo.
Traigo aquí todo esto para rectificar varias sentencias que me
atribuyen, sin motivo, los pocos periódicos franceses y
anglo-americanos que han hablado de mis _Cartas_. Ni yo desconozco todo
el valer de la ciencia y del ingenio de Francia, ni propendo con astucia
diplomática, como cree la _Revue Britannique_, á separar á los
hispano-americanos de la alianza intelectual francesa, ni los acuso de
imitadores de todo lo francés, como si nosotros no lo fuésemos, y como
si ellos en tal imitación no nos imitasen.
De este lado y del otro del Atlántico, veo y confieso, en la gente de
lengua española, nuestra dependencia de lo francés, y, hasta cierto
punto, la creo ineludible; pero ni yo rebajo el mérito de la ciencia y
de la poesía en Francia para que sacudamos su yugo, ni quiero, para que
lleguemos á ser independientes, que nos aislemos y no aceptemos la
influencia justa que los pueblos civilizados deben ejercer unos sobre
otros.
Lo que yo sostengo es que nuestra admiración no debe ser ciega, ni
nuestra imitación sin crítica, y que conviene tomar lo que tomemos con
discernimiento y prudencia. Y sostengo además que, en Francia y en otros
países, los que prestan hoy alguna atención á nuestra literatura
contemporánea, la consideran más de reflejo de lo que es, y apenas nos
conceden ya otra originalidad que la grotesca y villana de lo chulo y lo
majo. Piensan en España, y sólo ven, en lo pasado, autos de fe y
hervidero de frailes; y en lo presente, toros, navajas y castañuelas. Lo
restante es francés todo.
Mi protesta es contra esto. A pesar de la ineludible imitación, existe
hoy, y ha existido siempre, en nuestra literatura, un fondo de
originalidad grandísimo, el cual ha dado y da razón de sí y luz
brillante en la poesía.
Vea usted por qué me ha desazonado tanto la declaración de Clarín de que
en España no hay ahora sino 2,50 poetas. ¿Qué nos queda, si la poesía se
nos quita?
Para consolarme, me explico dicha declaración de cierto modo, y entonces
todo va bien. Para Clarín, el concepto de poeta es tan ideal y tan alto,
que sólo dos españoles llegan hoy á él, y otro á la mitad de su
idealidad y de su altura. Entendido así el negocio, no hay de qué
quejarse en absoluto. Y si en lo relativo caben quejas, quien menos
debiera darlas, con perdón sea dicho, es Manuel del Palacio; pues,
poniendo aparte á Zorrilla, y sin calificar de ceros en poesía, y
concediendo siquiera el valor de céntimos á Tamayo, Ferrari, Velarde,
Rubí, Verdaguer, Alarcón, Fernández-Guerra, Teodoro Llorente, Miguel de
los Santos Álvarez, Querol, Cañete, Narciso Campillo, Grilo, Correa,
Cabestany, Echegaray, Menéndez y Pelayo, Molins, Cánovas, Cheste y
otros, resulta que Clarín ensalza á Manuel del Palacio por cima de todos
los citados señores, y le da cincuenta veces más valer que á cualquiera
de ellos. Y como entre ellos no hay ninguno que pase por tonto, ni que
no haya mostrado habilidad en otros asuntos en que se ha empleado, de
presumir es que la ha mostrado también en la poesía, á no ser que sea la
poesía tan sobrenatural y tan sublime, que sólo la alcancen dos, y uno
medio la alcance.
Infiero yo de aquí, no diré contra el sustancial pensamiento de Clarín
sino contra los términos en que le expresa, que en España hay ahora
muchos poetas; que nuestra poesía de hoy importa más que nuestra
filosofía y que nuestras ciencias naturales, matemáticas, históricas y
políticas; y que, tomando, no un momento solo, sino un período extenso,
el siglo XIX, España no compite ni rivaliza por sus filósofos, sabios,
historiadores, etc., pero sí compite y rivaliza por sus poetas, con
Francia, Alemania, Inglaterra é Italia.
Hay, pues, en España abundancia de poetas que, lleguen adonde lleguen en
el _poetámetro_, ó instrumento para medir poetas, que ha de tener
Clarín, no quedan por bajo del nivel de los que en tierras extrañas se
califican de buenos; y algunos hay, pongo por caso Quintana, que bien
pueden codearse con Chénier, con Manzoni, y con los más altos líricos
ingleses, sin deberles nada, ni haberlos imitado ni conocido acaso.
Lo que sí nos falta es público: lectores entusiastas. La plebe
intelectual no lee, ó lee poco; le estorba lo negro, como se dice
hablando con llaneza; y nuestros doctos padecen bastante de desconfianza
en nuestro valer y de cierto desdén á lo español, de que nos han
aficionado los extranjeros.
En esta situación de los espíritus, es harto difícil mi empresa de
agradar, interesar y persuadir con las _Cartas Americanas_. ¿Cómo va á
creer quien apenas cree que hay algo bueno en Madrid, ó en Barcelona,
que lo hay en Valparaíso, en Bogotá ó en Montevideo? Y ¿cómo, á no ser
un santo, sin chispa de emulación, no se ha de afligir un poco el poeta
de por aquí, á quien tal vez nadie hace caso, y á quien Clarín no
calificaría de céntimo de poeta, de que yo importe tanto género similar
ultramarino, que llegue á secuestrar la escasa atención y aprecio que
pudieran concederle?
A pesar de estos inconvenientes, como yo soy testarudo, he de proseguir
en mi tarea. Y todo este preámbulo es para prevenir á usted
favorablemente y darle á conocer á un poeta rioplatense, llamado Juan
Zorrilla de San Martín, á quien, en mi sentir, no ha de tener en menos
su tocayo español, nuestro laureado Zorrilla; y así, si empezamos por
poner á éste, añadimos á Campoamor y á Núñez de Arce, y, adoptando la
severidad de Clarín, contamos por medio-poeta al Zorrilla montevideano,
sumándole con Manuel del Palacio, para componer otro entero, tendremos
en todas las Españas cuatro poetas vivos y sincrónicos, lo cual se puede
entender de suerte que sea muchísimo, cuando, por ejemplo, en Italia se
habla con orgullo de _los cuatro poetas_, no contando más en la
prolongación de una historia de seis siglos.
Pero dejemos bromas á un lado; desechemos las medidas arbitrarias y las
siempre odiosas y con frecuencia injustas comparaciones. Hablando con
seriedad, y en absoluto, yo no digo que es, porque no reparto diplomas,
pero digo que me parece Juan Zorrilla un excelente poeta; muy original,
muy español y muy americano.
La obra que me induce á pensar así, se titula _Tabaré_. Es un extenso
poema, leyenda ó novela en verso.
El autor me ha enviado de presente un ejemplar, por el que le doy
encarecidas gracias.
Antes de hablar del contenido del libro, conviene decir de su parte
material que nos inspira envidia. En la Península ibérica jamás poeta
alguno se ha visto mejor impreso, ni tan lujosamente, ni con tan buen
gusto. _Tabaré_ es un hermoso volumen de 300 páginas, excelente papel,
impresión clara y limpia, y lindo retrato del poeta grabado en
acero.--Fecha: Montevideo, Barreiro y Ramos, editor, 1888.
Hablemos ya del poema. Tiempo es, dirá usted, después de tan larga
disertación preliminar. Y, sin embargo, lo preliminar no ha concluido.
_Tabaré_ es muy americano, y yo quiero decir algo del americanismo en
poesía.
Empeñarse en buscar un sello especial y exclusivo que distinga una obra
poética escrita en América, sería absurdo. Este sello, ó acude sin que
le busquen, ó no acude. En esta ocasión ha acudido, y con omnímoda
plenitud. Quiero significar que _Tabaré_ parece inspirado por el medio
ambiente, por la naturaleza magnífica de la América del Sur, y por
sentimientos, pasiones y formas de pensar, que no son sencillamente
españoles, sino que, á más de serlo, se combinan con el sentir, el
discurrir y el imaginar del indio bravo, concebidos, no ya por mera
observación externa, sino por atavismo del sentido íntimo y por
introversión en su profundidad, donde quien sabe penetrar lo suficiente,
ya descubre al ángel, aunque él esté empecatado, ya descubre á la
alimaña montaraz, aunque él sea suave y culto. Ello es que en _Tabaré_
se siente y se conoce que los salvajes son de verdad, y no de convención
y amañados ó contrahechos, como, por ejemplo, en _Atala_.
Prescindiendo de novelas como las de Cooper, y de descripciones en
prosa, en libros científicos y en relaciones de viajes, yo creía que, en
poesía versificada, concisa por fuerza y en que no caben menudencias
analíticas, los brasileños tenían hasta ahora la primacía en sentir y en
expresar la hermosura y la grandeza de las escenas naturales del Nuevo
Mundo. Leído _Tabaré_, me parece que Juan Zorrilla compite con ellos y
los vence.
No hay en _Tabaré_ las reminiscencias clásicas que en las epopeyas _El
Uruguay_ y _Caramurú_, y todo está sentido con más originalidad y
hondura y más tomado del natural inmediatamente. Carece acaso Juan
Zorrilla del saber de Araujo Porto-Alegre, ó, si no carece, tiene la
sobriedad y el buen gusto de no mostrar que sabe tan al pormenor y tan
por experiencia y por ciencia los objetos que le rodean: las piedras,
las plantas y los animales; pero no nos abruma, como Araujo
Porto-Alegre, aun cuando más le admiramos, ó sea en _La destrucción de
las florestas_, con tan rica enumeración descriptiva. El poema de Juan
Zorrilla no es descriptivo: es acción, y muy interesante y conmovedora,
por donde sus rápidas descripciones, que son el cuadro en que resaltan
las figuras humanas, agradan y hieren más la imaginación, aunque sean
esfumadas y vagas, y queden en segundo término. Al poeta brasileño á
quien más se parece Juan Zorrilla es á Gonsalves Días.
En la forma poética, Juan Zorrilla es de la escuela de Becquer, al cual,
en ambos Mundos, y por donde quiera que suena ó se escribe la lengua de
Cervantes, no se le ha de negar la gloria de haber creado escuela. No es
fácil de explicar en qué consiste la manera _becqueriana_; pero, sin
explicarlo, se comprende y se nota dónde la hay. Las asonancias del
romance aplicadas á versos endecasílabos y eptasílabos alternados; la
acumulación de símiles para representar la misma idea por varios lados y
aspectos; una sencillez graciosa, que degenera á veces en prosaismo y en
desaliñado abandono, pero que da á la elegancia lírica el carácter
popular del romance y aun de la copla; el arte ó el acierto feliz de
decir las cosas con tono sentencioso de revelación y misterio, y cierta
vaguedad aérea, que no ata ni fija el pensamiento del lector en un punto
concreto, sino que le deja libre y le solevanta y espolea para que
busque lo inefable, y aun se figure que lo columbra ó lo oye á lo lejos
en el eco remoto de la misma poesía que lee; de todo esto hay en
Becquer, y de todo esto hay en Juan Zorrilla también.
Lo nuevo en Juan Zorrilla es que, con ser su _Tabaré_ una narración, en
parte de ella, en la primera sobre todo, narra y casi no narra. Parece
el poema bella serie de poesías líricas, en las cuales la acción se va
desenvolviendo. Cuando los personajes hablan, queda en duda si son ellos
los que hablan ó si habla el poeta, en cuyo espíritu se reflejan con
nitidez los sentimientos y las ideas que tienen los personajes de modo
confuso, como quien no vuelve sobre su espíritu y le examina y analiza.
Esta manera de poetizar se adapta muy bien al asunto de _Tabaré_.
Tratado en prosa, dicho asunto daría lugar á un sutil análisis
psicológico; tratado en verso, y como Juan Zorrilla le trata, su poesía,
que no analiza ni discurre, porque no sería poesía si tal hiciera, ó
sería poesía muy pesada, sobreexcita é inspira al lector para que él
mismo haga los discursos y los análisis.
El argumento de la obra cabe en muy breve resumen. El tremendo cacique
Caracé, allá en la época de la reconquista, roba á una noble y gallarda
doncella española y la hace madre. La desventurada, á pesar del amor á
su hijo, no resiste la situación horrorosa en que se halla, la abyecta
servidumbre en que ha caído, y las inclemencias de la vida selvática, y
muere pronto dejando huérfano al mestizo. Este mestizo es Tabaré, héroe
de la leyenda. Por sus venas corre mezclada la sangre del indio bravo,
de la raza más feroz, más indómita, más despreciadora de la vida y más
rebelde á toda la civilización, con la sangre europea, donde van
infundidos los refinamientos de una educación de dos mil años,
transmitida por herencia: las virtualidades, gérmenes y aptitudes que,
desenvueltos luego y llegados á su plenitud y madurez en el adulto, le
hacen señor de la tierra, capaz de los más altos ideales y digno de
alcanzarlos.
El poeta nos quiere pintar en su poema la desaparición irremediable de
una raza, cuyo salvajismo enérgico, á par que la inhabilita para la vida
civilizada, presta á su heroica lucha y á su final hundimiento el
aspecto más trágico, excitando la admiración y la piedad. Esta raza es
la de los _charrúas_, que combatieron fieramente contra los españoles
hasta que no quedó un charrúa.
_Tabaré_ es de esta raza, pero también es español: lleva en las venas,
por misterio inexplicable, la civilización de Europa; inconsciente
levadura ó fermento, que hierve y agita su organismo; savia que le
remueve todo, sin acabar de brotar en flores y en frutos.
_Tabaré_ quedó sin madre desde muy niño. No sabe nada; y por lo
aprendido, es tan salvaje como los demás charrúas, mientras que, por lo
no aprendido, por lo no formulado, ni hecho distinto y claro por virtud
reveladora de la palabra, lleva en sí todos los elementos difusos é
informes de las ideas y de los sentimientos más delicados y hermosos.
No entremos aquí á defender ni á refutar esta teoría de la trasmisión
hereditaria. Yo me limito á decir que ha de tener mucho de cierta, á mi
ver, hasta donde no destruye la libertad y la responsabilidad humanas.
No hay religión que no la acepte, admitiendo merecimientos y pecados
originales. El vulgo la afirma con frecuencia en sus proverbios. La
ciencia experimental del día va quizá más allá de lo justo en
sostenerla, cayendo en determinismo y en fatalismo.
Como quiera que sea, pues no nos incumbe dilucidar la verdad científica
del alma de _Tabaré_, el valor estético de la creación es grande, y el
arte y el ingenio que se requieren para dar forma, vida y movimiento á
esta creación, tienen que ser poco comunes.
Juan Zorrilla posee este arte y este ingenio. Ni el poeta penetra en lo
profundo del alma de _Tabaré_, y se pone á analizarla, como haría un
novelista psicológico; ni _Tabaré_ habla ni se explica á sí mismo, lo
cual sería inverosímil. Y no obstante, el lirismo de Juan Zorrilla, como
un ensalmo, como un conjuro mágico, evoca el espíritu de _Tabaré_, y nos
le deja ver claramente, en su vida interior, en el móvil oculto de sus
acciones, en sus afectos, en su vago pensar y en su complicada
naturaleza.
En la confluencia de los ríos San Salvador y Uruguay han fundado los
españoles una aldea, fortaleza ó puesto avanzado. D. Gonzalo de Orgaz es
el joven capitán de los valientes que mantienen allí la bandera de
España. D. Gonzalo, á pesar del peligro del puesto, tiene consigo á su
esposa Doña Luz, y á Blanca, su linda hermana.
De vuelta D. Gonzalo de una excursión guerrera, trae á varios
prisioneros charrúas. Entre ellos viene Tabaré. Tabaré ve á Blanca. Las
raras emociones que al verla agitan su pecho están descritas con tal
sutileza, con arte tan delicado, que se comprende y se admira su vaga
intensidad. Su idealismo parece real, naturalista y vivido. Se diría que
todo el elemento materno de hombre civilizado que había en el espíritu
de Tabaré, surge, á la vista de Blanca, desde el tenebroso fondo de su
sér de salvaje. Es sentimiento sin nombre, arrobo indefinible, recuerdo
confuso de allá de la infancia, cuando su madre vivía y le llevaba en
sus brazos. Todo esto no lo dice el indio, porque sería falso que se
entendiese él por reflexión, y que se explicase la devoción, la pureza,
la limpia castidad, el religioso acatamiento y la admiración que Blanca
le inspira. Todo esto no lo dice el poeta tampoco, como si el héroe,
mudo ó incapaz de explicarse, tuviese intérprete ó comentador constante
que le fuese traduciendo y glosando. Y todo esto, sin embargo, se ve y
resulta de la poesía de Juan Zorrilla, por dificultad vencida y por arte
pasmoso, que le dan, en mi sentir, extraordinario mérito y novedad
inaudita. Es la más alambicada metafísica de amor puesta en cifra, y por
instinto, en el estilo de los salvajes, y puesta con tal claridad, que
la comprende el hombre civilizado capaz de comprenderla. No parece sino
que el poeta guardaba en ánfora sellada el antiguo elixir amoroso con
que se embriagaba Petrarca, y que, depurado por los siglos, le derrama
en las selvas primitivas y entre las breñas y malezas, embalsamando el
aire del recién descubierto país uruguayo.
Tabaré, que está enfermo, infunde piedad y simpatía á Blanca y al P.
Esteban,
«Encarnación de aquellos misioneros
Que del reguero de su sangre hacían
La primer senda en medio del desierto,
Y marcaban el sitio
Hasta el cual penetraba el Evangelio,
Con el cadáver solo y mutilado
De algún mártir sin nombre y sin recuerdo.»
Por intercesión del misionero y de Blanca, Tabaré queda libre, bajo su
palabra de no fugarse de la colonia.
Como Tabaré anda melancólico y ensimismado, excita más la piedad y el
interés de Blanca, que le habla á veces. Si responde el indio, rompiendo
su obstinado silencio, ó si el poeta responde por él, interpretando su
mirada y sus ademanes, queda en esfumada indeterminación lírica. Á la
verdad que lo que dice el indio es el sentir y el pensar del indio; pero
apenas se concibe que el indio pudiera expresarlo. El encanto de la
poesía vence esta dificultad, y aun saca de ella más hermosura.
Blanca habló á _Tabaré_.
«Él se detuvo, sin alzar la frente,
Cual llamado á lo lejos;
Cual si la voz tardara largo espacio
En ir desde el oído al pensamiento.
Quedó fijo; temblaba como el arpa
Que ha sacudido el viento;
Como el corcel que en su carrera escucha
El bramido del tigre en el desierto.
Así como una piedra,
Al fondo del abismo descendiendo,
Despierta temerosas resonancias,
Voces lejanas, quejas y lamentos,
La voz de la española
Descendió al alma del salvaje enfermo,
Y en ese abismo despertó la vida,
La queja, el grito del dolor y el tiempo.»
_Tabaré_ habla entonces á Blanca. Sus palabras carecen de orden y
concierto. Brotan de sus labios como tropel de sombras y luces. El
poeta es, pues, quien ordena este caos, y le trueca en bellas canciones
americanas:
«¡Oh! ¡sí! yo sé que acechas
Mis horas de dolor;
Sé que remedas alas de jilgueros
Donde yo estoy.
Yo sé que tú el secreto
Conoces de mi sér,
Y sé que tú te escondes en las nieblas...
¡Todo lo sé!
Que gimes en el viento;
Que nadas en la luz;
Que ríes en la risa de las aguas
Del _Iguazú_;
Que miras en las altas
Hogueras de _Tupá_,
Y en las lunas de fuego fugitivas
Que brillan al pasar.
Tú, como el algarrobo,
Sueño das á beber,
Y das la sombra hermosa que envenena
Como el _ahué_.
Yo, temiendo tu sombra,
Tiemblo y huyo de tí,
Y tú en el despertar de mis memorias
Vas tras de mí.»
Luego habla el indio del recuerdo de su madre, que Blanca reanima en su
mente:
«Era así como tú... blanca y hermosa;
Era así... como tú:
Miraba con tus ojos, y en tu vida
Puso su luz.
Yo la ví sobre el cerro de las sombras
Pálida y sin color.
El indio niño no besó á su madre...
No la lloró.
* * * * *
Hoy vive en tu mirada transparente
Y en el espacio azul...
Era así como tú la madre mía;
Blanca y hermosa...; pero no eres tú.»
El amor singular del indio hace que despunte en el alma de Blanca, como
en el cielo sereno y puro, una remotísima é indecisa aurora de amor, tan
indefinida, que se confunde con la piedad, con la conmiseración, con la
caridad cristiana.
En tal estado vaga _Tabaré_ en silencio por la colonia; y, de día, le
juzgan loco, y por la noche, la gente crédula le imagina alma en pena ó
fantasma.
Varios soldados persiguen al fantasma y le acometen; _Tabaré_ se
defiende, y quiebra entre sus fuertes dedos el asta de la lanza de un
soldado. Hubiera muerto entonces, si no acude el P. Esteban y le salva.
El lance ocurrido y la singular y sombría condición del indio, avivan
las sospechas de Doña Luz y de otros sujetos de la colonia, que no creen
posible que un charrúa se civilice y deje de ser una fiera, y, á pesar
de la generosa y confiada resistencia de D. Gonzalo, éste cede al fin y
despide á _Tabaré_, para que vuelva á los bosques, á su vida de indio
bravo.
La compasiva Blanca ve al indio antes de partir. En la mente del indio,
Blanca sigue siendo un sér ideal:
«Con alas invisibles en la espalda»,
y en los ojos, con la luz de la aurora,
«Que el seno oscuro de la noche aclara»;
pero la arisca fiereza del indio, y su sér de charrúa indómito, que
lucha dentro de su pecho con la suave y amorosa condición que heredó de
su madre, se oponen en esta ocasión á que Blanca comprenda que el indio
la quiere bien. Blanca cree que la odia y que odia á todos los
cristianos.
Después hay un momento supremo en el combate interior entre las dos
naturalezas de Tabaré. Va á vencer la ternura, y el charrúa, el charrúa
que nunca llora, ni se queja en medio de los más horribles suplicios, se
abraza al P. Esteban y vierte en su sayal una lágrima. La reacción es
más violenta entonces. La vergüenza, la ira de haber incurrido en aquel
acto de debilidad, deshonroso para su casta, hace que Tabaré ruja como
un tigre, se desprenda del fraile y huya á la selva.
Los cantos siguientes del poema tienen el carácter de una epopeya
trágica y sombría.
La carrera frenética de Tabaré cuando vuelve ya á sus nativos bosques,
es de gran riqueza de imaginación. Ni falta lo sobrenatural, como en
los antiguos poemas. Juan Zorrilla llama á los espíritus, á los genios
elementales del mundo americano primitivo, y todos acuden á su briosa
evocación. Ellos que son inmortales y conocieron y trataron la raza
extinguida de los huraños charrúas, salen de sus cavernas, descienden de
las nubes, se hacen visibles en el aire, y, sacudiendo las osamentas y
los cráneos, hundidos
«En el profundo limo
En que tienen las algas sus amores,
Se arrastra el yacaré, duerme la raya,
Y la tortuga sus nidadas pone»,
revelan al poeta los ignorados pensamientos y sentimientos de aquellos
salvajes. Es más: estos seres extra-humanos animan la naturaleza,
intervienen como máquina en el poema y dan forma visible al delirio de
Tabaré, errante por el bosque.
No gusto de citar, porque lo que se cita, aislado y dislocado, pierde
toda la belleza que nace del acorde en que está con el resto de la
composición. Afirmo, pues, sin citar casi, que todo el vagar por el
bosque del indio Tabaré es enérgica poesía, y de un brío gráfico y
fantástico notables, donde lo real y lo ideal, lo observado y lo soñado,
se mezclan y se funden íntimamente.
«Al sentirlo pasar, las lagartijas
Hacia sus cuevas corren,
Y asoman las cabezas puntiagudas
Y el largo cuerpo sin calor encogen.
Y las ranas se callan un instante
Mientras pasa, y sus voces,
Como largos quejidos, á su espalda,
Cuando ha pasado nuevamente se oyen.
Y los nocturnos pájaros lo siguen
En negras procesiones;
El chajá dando saltos por el suelo,
Chirriando esos murciélagos enormes,
Que, como manchas de la misma sombra,
La oscuridad recorren,
Persiguiendo los átomos, ó huyendo
Atolondrados de invisible azote.
Detrás de cada tronco acurrucada
Parece que se esconde
Alguna cosa que, al pasar el indio,
Sigue tras él con movimiento torpe.
Él siente á sus espaldas ese mundo
Que su alma sobrecoge;
Mas no se vuelve, y apresura el paso,
Y sigue, y sigue sin saber adónde.»
Al fin, Tabaré se para rendido por la fiebre, y empieza su delirio, en
que todos los espíritus de la naturaleza toman activa parte.
Sigue después otro cuadro, que excede acaso en belleza al anterior. La
inspiración del poeta, lejos de menguar, crece, según adelanta en su
obra. Es un cuadro del más pujante naturalismo. No puede imaginarse
aquelarre más espantoso que la escena real y vivida que el poeta ofrece
á nuestros ojos. Ha muerto el cacique supremo de los charrúas, y éstos
celebran los funerales. El sueño frío se entró por las venas del viejo
cacique, y en balde los médicos le chuparon el vientre para arrancar el
dardo que causaba su mal. Muerto ya, le preparan para el último viaje,
embijándole horriblemente la cara con jugo de _urucú_ para que asuste á
_Añang_ y á _Macachera_ y á los genios del aire. Los indios danzan
ebrios en torno de diez hogueras. La descripción de las mujeres es de
mano maestra. Danzan y cantan las mozas: las viejas, de cuclillas,
mastican entre sus mandíbulas sin dientes algo que echan en el brebaje
que está fermentando. Los parientes del difunto se cortan dedos, ó se
arrancan pedazos de carne ó túrdigas de pellejo para mostrar su pesar.
Todo esto no se refiere: casi se ve. Se huele la sangre vertida; se
respira el humo de las hogueras; se perciben los cuerpos desnudos; y se
oyen los cantares bárbaros, los aullidos y el resonar de los pies que
bailan, y el silbar de las bolas y de las flechas y el choque de las
lanzas. Los indios arman brava y fantástica pelea con los hijos del aire
y de la noche, con los perros que roen las lunas, y con los vestiglos
malditos que acuden á llevarse el espíritu del cadáver.
Como digno remate de las ceremonias fúnebres, aparece el indio Yamandú,
reclamando que le eleven al cacicato supremo. Sus méritos y servicios
son notables. Nadie hace muecas más diabólicas para espantar al enemigo;
nadie da en la lucha alaridos más feroces. En su toldo cuelgan cien
cabelleras de adalides muertos por su propia mano; su pecho está
adornado con largas sartas de dientes y de muelas de los _arachanes_
vencidos de cuya piel retorcida ha formado la cuerda de su arco.
Elegido ya ó reconocido como jefe, Yamandú excita á los indios á una
expedición contra los españoles. No puedo resistir á la tentación de
copiar aquí parte de su discurso:
«¿Queréis matar al extranjero blanco?
Seguid á Yamandú.
Yo sé matarlo como al gato bravo
De los bosques del Hum.
Los cráneos de los pálidos guerreros
Al indio servirán
Para beber la chicha de algarrobas
Y el jugo del palmar.
Sus rayos no me ofenden, en su sangre
Se hundirán nuestros pies:
Sus cabelleras en las lanzas nuestras
El viento ha de mover.
Virgenes blancas que en los ojos tienen
Hermosa claridad,
Encenderán en nuestros libres valles
Nuestro salvaje hogar.
En esos días de las horas largas
En que canta el _sabiá_,
Y al pie de la barraca está el bañado
Dormido en el juncal;
En esas noches en que se oye á ratos
El canto del _urú_,
Las virgenes esclavas del charrúa
Brillarán con su luz.
Sus cuerpos son más blandos que el venado
Que acaba de nacer,
Y tiemblan como tiembla entre la hierba
La verde _caicobé_.
Sus cabellos parecen los renuevos
Más tiernos del sauzal,
Sus bocas se abren como el dulce fruto
Que da el _burucuyá_.
¡Vamos! ¡Seguidme! El extranjero duerme,
¡Duerme en el Uruguay!
¡El sueño que en sus ojos se ha sentado,
No se levantará!»
En efecto: Yamandú ha visto también á Blanca. Ha nacido en su pecho una
pasión muy diversa de la de Tabaré y más propia del salvaje. El ansia de
robar y gozar á Blanca y el deseo de matar á los españoles le inspiran
el plan de una sorpresa nocturna y de un asalto á la colonia de San
Salvador. Los indios caminan ya tácita y cautelosamente hacia la
colonia, durante la noche, mientras duerme la guarnición descuidada.
«¿No veis entre las ramas asomarse
Los temerosos rostros de los indios,
Embijados de rojo, y dibujados
Con trazos verdes, negros y amarillos?
Las plumas de sus frentes se confunden
Con las hojas del cardo; el remolino
Del viento suave, al agitar las ramas,
Descubre aquí y allá rostros cobrizos.»
Salen del matorral, por donde iban medio agachados, y dan ocasión para
que el poeta nos nombre á algunos.
«Aquel es Ibipué. ¿Quién no conoce
Al _tubichá_, tan fiero como listo,
Que al avestruz alcanza y al venado,
Y apresa entre las aguas al carpincho?
Cayú es aquel que corre entre las chircas.
Se le conoce en el profundo signo
Que, con su hacha de piedra, le ha grabado
En la cabeza el _arachan_ Siripo.
¿También tú, Guaycurú? De los cristianos
Tú te dijiste servidor sumiso;
Ese casco que llevas y esa adarga
De Garay los ganaste en el servicio.
Tú fuiste el mensajero de tu tribu:
Rompiste en la rodilla tu macizo
Arco de _ñandubay_, y en tu piragua,
Ó á nado, en son de paz, cruzaste el río.
¿No es esa una mujer? Es Tabolía.
Sabe arrancar la piel al enemigo,
Y ya más de una de ellas ha colgado
En el movible toldo de sus hijos.
Ella no exprime el fruto del quebracho,
Ni recoge en la selva para su indio
La miel del _guabiyú_, ni lleva el toldo,
Ni entona el _yaraví_ de triste ritmo.
Tiene en su labio el signo del guerrero;
Suena en la lucha su salvaje grito,
Y en el desnudo seno apoya el arco
En que viene la muerte á hacer su nido.»
La expedición tiene, al principio, el éxito que Yamandú deseaba. San
Salvador es sorprendido. La lucha es terrible, y bien pintada. Arden
muchas casas. Los indios dan muerte á no pocos españoles; pero éstos se
rehacen, y ponen en fuga á los invasores.
Yamandú logra, no obstante, su principal objeto. En medio del tumulto,
de la confusión y del horror de la batalla y del incendio, roba á
Blanca, y se la lleva á la selva sagrada donde tiene su guarida.
Sucédense luego la desesperada furia de don Gonzalo al saber el rapto de
su hermana, su idea de que es Tabaré quien la ha robado, y su inútil
persecución para libertarla.
Entretanto, Yamandú ha llevado á Blanca á lo más esquivo del bosque,
donde el terror impide que penetren los otros indios, que no son
_payés_, como él. El es hechicero, y no teme; antes bien domina á los
espectros y genios que siguen á Añanguazú.
La situación es desesperada. Blanca yace en el suelo sin sentido. Vuelve
en sí, y se mira en el centro de la selva. En la oscuridad medrosa ve
relucir las lascivas pupilas de Yamandú, que aguarda que vuelva ella de
su desmayo.
Algo de inesperado ocurre entonces, sin que Blanca atine á darse cuenta.
Oye crujido de ramas que se apartan con violencia; después pasos,
después gritos ahogados, y al fin ruido como de una lucha muda y
tremenda.
En suma; Tabaré ha venido en socorro de Blanca: ha caído sobre Yamandú,
y ha logrado matarle, estrujándole el pescuezo entre sus dedos.
Contar, como quien escribe un índice, todos estos sucesos y el final
desenlace, es destruir el efecto artístico, que pueden producir, y que,
á mi ver, producen. Menester es, no obstante, llegar al final
rápidamente.
Tabaré salva á Blanca, que está casi exánime y la lleva hacia la
colonia.
D. Gonzalo, que sigue buscando á su hermana, ve al indio, que corre
teniéndola en sus brazos, y á quien cree el raptor. D. Gonzalo ciego de
ira se lanza sobre Tabaré y le atraviesa con su espada. Blanca, que
comprende ya todo el amor, toda la sublime devoción del indio, se abraza
estrechamente con él, moribundo; llora y le llama. Tabaré muere.
Así termina la acción de la leyenda, cuya trascendencia y elevación
merecen que de epopeya la califiquemos. El poeta, como Hugo Foscolo ha
dicho de Homero, aplacando con su cantar las afligidas almas de los
vencidos, ha trazado con alto estilo la inevitable, la providencial
desaparición de las razas, que llegan á ponerse con la civilización en
indómita rebeldía. El poeta, español de raza, ensalza á los españoles
vencedores, como Homero ensalzaba á los griegos; pero las lágrimas son
para Tabaré. Las lágrimas son para Héctor y Príamo. No hay una sola
página del poema de Juan Zorrilla que no esté impregnada de tierna y
piadosa melancolía. Sobre el americanismo del poeta están aquellos
sentimientos fervorosos de caridad cristiana, de amor á todos los
hombres, tan propios del alma española, y que resplandecían en los
misioneros, en los legisladores de Indias, y á veces, cuando la codicia
ó la ambición no los cegaba, hasta en los mismos tremendos
conquistadores, por más que no todos fueran como D. Gonzalo de Orgaz,
sino foragidos y desalmados aventureros.
Lo que América debe á España es tanto é importa tanto, que el poeta,
exaltado por el fervor de la sangre que lleva en sus venas, da á veces á
España tales alabanzas, que, al llegar á España, tan postrada y abatida
hoy, la consuelan y la sonrojan á la vez. El poeta imagina que acaso
cuando en edad remotísima se hundió la Atlántida, no cabiendo su
inmensidad en los mares resurgió ó sobrenadó en parte, formando ambas
Américas, y separándose así de la parte capital que no se hundió: de
España, que había sido y había de volver á ser su cabeza.
El pueblo español es, para el poeta,
«El pueblo altivo que, en la edad sin nombre,
Era el cerebro acaso
De aquel dorso gigante y misterioso,
Ya sumergido en el abismo atlántico;
Que, no teniendo en su profundo seno
Para el coloso espacio,
Dejó asomar sobre la vasta tumba,
Miembro insepulto, el mundo americano.»
Sin pretensión pedantesca, sino del modo propio de la poesía, hay y se
agitan en el poema _Tabaré_ grandes problemas de libre albedrío,
predestinación, determinismo y vocación de las razas: psicología,
teodicea y filosofía de la historia. Al leer el poema, se levanta el
espíritu del lector á estas altas especulaciones.
Después de lo dicho hasta aquí, de sobra está añadir que me parece muy
bueno el poema; y que hasta el severo Clarín ha de calificar á su autor,
no de medio poeta sino de uno, y quizá de uno con colmo: colmo que no se
atreverá á derribar su rasero, pasando sobre la medida.
Mi carta se va haciendo interminable; pero me asalta un escrúpulo, y aun
exponiéndome á pecar de pesado, quiero discurrir sobre él, á ver si le
desvanezco.
Á pesar de lo que he escrito y clamado contra el naturalismo, al fin,
como soy un hombre de ahora y no de otra edad, y como las modas son
contagiosas, yo, sin poderlo remediar, soy también algo _naturalista_.
Mi escrúpulo es, pues, sobre la verosimilitud y hasta sobre la
posibilidad de Tabaré. El hechizo de la poesía le hace parecer
verosímil; pero ¿pudo ser Tabaré en la realidad de la vida? Aunque
hubiera nacido de madre española, ¿no se crió como un salvaje? ¿De qué
suerte, por lo tanto, aun concediendo mucho á la transmisión
hereditaria, nació en su alma inculta pasión tan delicada, tan pura y
tan fecunda en actos de heroísmo y abnegación, como en el alma de Don
Quijote, después de leer todos los libros de Caballerías, ó como en el
alma de sublime é ilustrado cortesano, ó caballero más ó menos andante,
que ha estudiado á Platón, á León Hebreo, á Fonseca y al conde Baltasar
Castiglione?
Halm, el dramaturgo austriaco, nos representa un milagro por el estilo
en _El hijo de las selvas_; pero aquel milagro, ó no es, ó no parece
ser tan grande. La verosimilitud de lo milagroso crece en nuestra mente,
no sé por qué, en razón directa de la distancia de siglos que de lo
milagroso nos separa. Y por otra parte; ni los galos eran salvajes como
los charrúas, ni en el alma del galo rudo y bárbaro de Halm, aparece la
pasión delicada con la espontaneidad divina que en el alma de Tabaré. La
joven griega le revela el amor por medio de la palabra: le explica los
misterios celestiales de su espiritual pureza. Tabaré, con solo ver á
Blanca, lo adivina todo.
Esto es lo que se me antoja poco creíble. Y yo no me contento con
responderme que, ya que el efecto es hermoso, debo prescindir de la
realidad de la causa. No me basta esclamar: _Si non é vero é ben
trovato_. _El quidlibet audendi_ no me tranquiliza. Por último: lo
caótico, confuso, inefable, y para el mismo Tabaré no comprendido, de
los afectos de su alma, no me resuelve la dificultad.
Sólo la resuelve la teoría, expuesta ya por mí en otras ocasiones,
acerca del poder revelador, religioso, suscitador de lo ideal, que
ejerce la hermosura femenina.
Los clásicos griegos nos dejaron en sus fábulas los indicios de este
poder de civilización repentista.
La hembra del hombre era abyecta, esclava, despreciada é inmunda. Se
hace inventora de su propia beldad. Se pule, se atilda, se asea, y,
añadiendo además un esfuerzo de voluntad artística é inspiradísima, crea
el hechizo más grande y fascinador que cabe en los objetos materiales:
crea á la mujer. Y la mujer es reina, es maga, es sibila, es profetisa
desde entonces.
Su dominio sobre los hombres crudos y fieros, ya para bien, ya para mal,
es desde entonces inmenso.
Yo creo en la _ginecocracia_ ó gobierno de la mujer en las edades
primitivas. Donde quiera que la mujer se lava, se adorna y se pule, es
reina y emperatriz de los hombres. En el país sabeo hubo reinas; reinas
hubo en Otahiti. Cuando no hay reinas, hay musas que inspiran á los
poetas, sibilas que columbran y manifiestan el porvenir, Egerias que
dirigen á los Numas, Onfales que hacen que Hércules hile, Dalilas que
cortan los cabellos á todo Sansón, y Circes que detienen, emboban y
fijan á los Ulises vagabundos.
Cuando lo trascendente, lo divino, lo inmortal y puro no ha brotado aún
en el alma del hombre, la mujer, que ha encontrado su hermosura física,
se lo revela todo, al revelársela. Como los rayos del sol de primavera
hacen brotar de la tierra fragantes rosas, las miradas de la mujer hacen
que brote la flor de lo ideal en el alma de los hombres.
Así se explica la pasión de Tabaré, y queda firme como del más evidente
realismo histórico y no como ensueño vano de la poesía.
Corrobora mi creencia en este poder espiritualizante, catequizador,
religioso de la mujer, ya elegantizada y bonita, merced á las artes
cosméticas, al aseo y á la modesta y decente coquetería, que ha
descubierto ella, un singular fenómeno que hoy se nota y que nos admira.
El refinamiento, el exceso de la civilización conduce á muchos hombres
eminentes y pensadores á un extremo donde sus espíritus tocan ya por un
lado con los espíritus de los salvajes: á no concebir lo infinito
desconocido sino como malhechor y diabólico: como el feo
_Poter che ascoso a comun danno impera;_
ó á negar su realidad para no tener que maldecirla ó blasfemar de ella.
En esta situación, sobreviene la mujer, y produce el mismo efecto, que
en el salvajismo, en la viciada y ponzoñosa quinta-esencia de la
cultura. Leopardi vuelve á hallar, en las _donnas_ que celebra en sus
cantos, á todas las divinidades de su Olimpo: Ingersoll, el ateo
_yankee_, ama y adora á las _ladies_ y _misses_ como el trovador más
rendido; Augusto Comte niega á Dios, y funda nueva religión, inspirado
por la mujer, cuyo ideal modelo de pureza y de amor es la Virgen Madre;
Cousin, harto de filosofar, y en su vejez, se enamora arcaica y
retrospectivamente de Mad. de Longueville y de otras princesas y altas
señoras de los tiempos de Luis XIV, y difunde su pasión amorosa en
alabanzas tan tiernas, que suenan como amartelados suspiros; Michelet
cae, en los últimos años de su vida, en un dulce deliquio, en un
melancólico erotismo, que vierte en sus libros sobre el amor y sobre la
mujer; y Renan, descollando entre todos, llega á dar á este erotismo,
idólatra ó _hiperdúlico_, una fuerza frenética, profética y
apocalíptica, que se nota en _La Abadesa de Jouarre_, y en el prólogo
sobre todo de tan afrodisíaco drama.
Demostrado así y patente el poder milagroso de la mujer para hacer que
surja ó que resurja lo ideal en el alma del hombre, mis escrúpulos se
disipan y la figura de Tabaré queda tan consistente y verdadera como las
de los más históricos personajes.
Aplaudamos, pues, á Juan Zorrilla, sin el menor reparo, ya que ha sabido
dar á luz tan amena leyenda ó poema, sin apartarse un ápice de la verdad
y siendo al mismo tiempo naturalista é idealista en su obra.