II.

Muy señor mío: Es en verdad muy curioso que entre las palabras que usted

incluye y define en su _Vocabulario_ haya bastantes que nos parezcan

peregrinas, no porque no sean castellanas, sino porque han caído en

desuso ó se derivan de otras que han caído en desuso en España. Así, por

ejemplo, _bosta_, estiércol del ganado vacuno y caballar. En el

Diccionario de la Academia no hay _bosta_, pero sí _bostar_, sustantivo

anticuado, que significa establo para bueyes. Es término de la baja

latinidad _bostarium_, y viene de _bos_ y de _stare_.

Lo general, con todo, es que cada uno de los vocablos rioplatenses, que

usted pone en su libro, provenga de alguna de las dos principales

lenguas que se hablaban en esa vasta región cuando el descubrimiento y

la conquista: la guaraní y la quichua. Las lenguas americanas son

aglutinantes y se prestan á crear vocablos compuestos, que son como

abreviada descripción del objeto que significan. De la lengua guaraní

provienen la mayor parte de las voces que usted define; pero no son de

aquellas voces que se usan en el Paraguay, donde se habla puro guaraní,

ni de las empleadas en Corrientes y Misiones, donde se habla el guaraní

mezclado con el castellano, sino de las que, según dice usted en su

Prólogo, «el uso antiguo y constante ha incorporado á la lengua

castellana en las Repúblicas Argentina y Oriental del Uruguay.» Las

voces son, pues, castellanas, aunque en la lengua guaraní haya de

buscarse su origen etimológico.

Gloria grandísima ha sido de los misioneros españoles, no sólo el llevar

á América plantas y animales útiles, industria y cultura de Europa, sino

el mirar con evangélica solicitud por el bien de las tribus indígenas,

cristianizándolas, difundiendo entre ellas la civilización del mundo

antiguo y trasmitiendo á éste el conocimiento de aquellas rudimentarias

ó decaídas civilizaciones, sus ideas religiosas, sus tradiciones y sus

idiomas.

Es lástima que este trabajo de los misioneros, sobre todo en lo tocante

á gramáticas y diccionarios de idiomas de América, no sea tan

generalmente apreciado como debiera por la escasez de ediciones de sus

libros, que van siendo muy raros. El _Tesoro_, no obstante, _de la

lengua guaraní_, arte y vocabulario del padre Antonio Ruiz de Montoya,

de la compañía de Jesús, impreso en 1640, debe de haberse reimpreso

últimamente en Leipzig.

Usted, sin duda, se vale para su trabajo de esta obra del mencionado

jesuíta, cuyo mérito pondera como merece Emilio Daireaux en su excelente

libro, aunque á veces injustamente contrario á España, sobre _Buenos

Aires, La Pampa y la Patagonia_.

El guaraní, cuando llegaron á la América del Sur los españoles, era

lengua tan difundida, que la llamaban general: la hablaban más de 400

tribus, en el Paraguay, en el Brasil, en el Uruguay y en el Norte de la

República Argentina. Las conquistas de los Incas, que procuraban imponer

la lengua quichua á los vencidos, no lograron introducir muchos de sus

vocablos ni en lengua guaraní, ni en la lengua de los araucanos.

La lengua guaraní es aun la que más se habla en el territorio

rioplatense, y sobre todo en el Paraguay y en Corrientes, y aunque

destinada á morir, la que dejará más elementos léxicos al castellano. De

la lengua guaraní, añade usted, proceden la mayor parte de las voces que

el _Vocabulario_ contiene.

En cada página, no obstante, hallo en el _Vocabulario_ de usted voces

que proceden de otros idiomas, ó cuya etimología no determina usted con

fijeza. Así, _machí_, curandero mágico, y _gualicho_, diablo, del

araucano; _catinga_, mal olor de la transpiración de los negros, y

_mandinga_, hechicería, palabras casi de seguro de procedencia africana;

y otras palabras, muy empleadas por autores antiguos y modernos, cuya

etimología se nos queda por averiguar. Sean ejemplo _baquia_ y

_baquiano_ ó _baqueano_, que emplean el padre Parras, Azara y Vargas

Machuca; _chacra_, granja ó cortijo que está en Azara y en el

Diccionario de la Academia; _champan_, barca grande para navegar por los

ríos; _chiripá_, pedazo de tela que se enreda á los muslos en vez de

pantalones; _chumbé_, especie de faja; _galpon_, especie de cobertizo; y

hasta la misma comunísima palabra _gaucho_, de la que nos deja usted sin

etimología.

En suma, si bien la obra de usted deja mucho que desear, es altamente

meritoria, como primer ensayo, y muy digna de las discretas y

autorizadas alabanzas que le tributa en la introducción crítica el Sr.

D. Alejandro Magariños Cervantes, literato y poeta, tan conocido y

estimado en España, donde residió largo tiempo.

Algunos artículos de su _Vocabulario_ de usted, á más de enseñar

siempre, son amenos y divertidos.

Al leer, verbi gracia, lo que nos dice usted de los _ayacuáes_ no puede

uno menos de pensar en los _microbios_, ahora en moda. Esos indios

habían adivinado los _microbios_ antes de que el Sr. Pasteur los

descubriera y estudiara tanto. Cada _ayacuá_ es un microbio, pero

antropomórfico, y armado de arcos y de flechas, con las cuales, ó si no,

con los dientes y con las uñas, produce las enfermedades y dolores

humanos.

En ocasiones, por amor á lo americano indígena, me parece que se

encumbra usted demasiado y tal vez exagera. Noto esto en lo que dice

usted sobre la palabra _Tupá_, nombre de Dios entre los guaraníes. Es

evidente que á ser la etimología según usted asegura, ese nombre de Dios

está lleno de cierta instintiva sabiduría. _Tu_ es el signo de

admiración, y _pa_ el signo de interrogación: son dos interjecciones.

Dios es, por consiguiente, para el guaraní, un ser á quien admira y no

conoce, alguien cuya existencia, inmenso poder y admirables obras

declara sin saber quién sea. Pero esta vaga y confusa noción de Dios,

¿puede y debe equipararse como usted la equipara, á la noción que da la

frase bíblica, _yo soy el que soy_? En mi sentir, no. El padre jesuíta

Díaz Taño, citado por usted, se excedió algo de lo justo si sostuvo que

los guaraníes designaban por _Tupá_ al criador, señor, principio, origen

y causa de todas las cosas.

La razón, el natural discurso y hasta los restos ó vestigios de una

revelación primitiva no bastan á explicar la persistencia del concepto

de un Dios único, con sus más esenciales atributos, entre gentes

bárbaras ó salvajes. Este concepto no puede menos, aunque existiese con

pureza en edad remota, de haberse viciado, desfigurado y corrompido con

el andar del tiempo, y en un estado social de gran atraso ó decadencia.

Por eso no creo yo, ó pongo muy en cuarentena, todas las teologías

sublimes que tratan de sacarse, por análisis, de los nombres que dan á

Dios muchos pueblos bárbaros ó completamente selváticos.

Los jesuítas, no sólo por ahí, sino en otros varios países, han sido

acusados de aceptar el nombre dado por los paganos é idólatras á su

principal divinidad y de convertirle en el nombre del Dios verdadero.

Yo, hasta donde me sea lícito intervenir retrospectivamente en esta

disputa, lego y profano como soy, hallo que los jesuítas hacían bien;

mas no porque el concepto que la palabra _Tupá_ despertaba en un guaraní

fuese adecuado al concepto del verdadero Dios, sino porque la palabra

_Tupá_ y el concepto que designaba eran lo que menos distaba entre ellos

del nombre y concepto de Dios entre cristianos. La idea representada por

la voz _Tupá_ era como bosquejo informe de la idea que tiene ó debe

tener el cristiano del Sér Divino.

Me parece, como á usted, que el obispo don Fray Bernardino de Cárdenas

anduvo harto apasionado é injusto al promover acusaciones y

persecuciones contra los jesuítas porque llamaban á Dios _Tupá_. Es

indudable que este era el mejor modo que había en guaraní de llamarle.

Más difícil sería de justificar á los Padres que en China, pongo por

caso, tomaron los nombres de Li, Tai Kie y Xang Ti, para designar á

nuestro Dios, porque estos nombres no eran de significación candorosa,

vaga y confusa, para nombrar cierto sér poderoso é incógnito, sino

términos de reflexiva y bien estudiada filosofía, la cual los define y

les da el sentido determinado y claro de un panteísmo casi ateo. El Li

es la materia prima, la sustancia única, y el Tai Kie la fuerza

inherente en la materia, que la transforma de mil modos y produce vida y

muerte, y da origen á todo el proceso de los séres con su variedad

infinita. Bien dilucida esto el padre Fray Domingo Fernández Navarrete

en el Tratado V de los que compuso sobre China, donde expone con

profunda claridad las doctrinas de la secta literaria del Celeste

Imperio.

Los citados nombres chinos no podían emplearse ó al menos era

inconveniente y ocasionado á grandes errores el emplearlos para nombrar

á Dios, por lo mismo que los sabios chinos, ateos ó _monistas_, como se

dice ahora, habían explicado bien su sentido. Mas por idéntica razón, á

mi ver, no hay irreverencia, ni ocasión de error, en llamar á Dios

_Tupá_, cuando se habla en guaraní y á los guaraníes. Lo indeterminado,

vacío y confuso del concepto que encierra el vocablo _Tupá_ permite que

el catequista ó misionero le determine, le llene y le aclare, con

arreglo á la sana doctrina.

Lo que yo censuro pues, aunque blandamente, es que usted se deje llevar

del afecto al idioma que hablan ahí los indígenas, hasta el extremo de

querer desentrañar, del seno de los vocablos, filosofías y sutilezas

que, antes de la llegada de los europeos, no podían estar en la mente de

los salvajes.

Confieso, no obstante, que este arte, empleado por muchos, para sacar

metafísicas y otros prodigios y refinamientos intelectuales de palabras

y frases de idiomas primitivos, me divierte, aunque no me convence. Los

pueblos arios, ¿quién ha de negar, pues dominan aún el mundo y extienden

por él su superior civilización, que desde el principio, allá en su

estado primitivo, eran muy inteligentes? Y sin embargo, ¿qué metafísica

ocultaba ninguno de los nombres con que significaban la divinidad? Deva,

Asura, Boga, Nara, Maniu, no esconden ninguna metafísica en sus letras.

La metafísica vino después, por la reflexión, y ya entonces el vocablo

evocó ó pudo evocar todos los conceptos con que la metafísica había

enriquecido su significado.

Como yo entiendo así las cosas, no creo en las resultas, pero me hacen

muchísima gracia los esfuerzos de imaginación con que, triturando,

exprimiendo y poniendo en prensa palabras, sacan algunos lingüistas

chorros, ríos de ciencia de cada sílaba, de cada letra y aun de cada

tilde. Nadie vence en esta habilidad á los vascófilos, entre quienes

descuella Erro, y aun debiera descollar y ser más famoso mi discreto,

inaudito é ingeniosísimo amigo D. Joaquín de Irizar y Moya, cuyos libros

hicieron siempre mi delicia.

Ultimamente he visto algunas de las obras de un príncipe ó _maginóo_

tagalo llamado Paterno, el cual, con no inferior saber y con igual

riqueza de fantasía que mi amigo Irizar, halla y revela portentos en la

civilización antigua de la gente de su casta y saca de las letras del

nombre de Dios en tagalo, Bathala, una teodicea exquisita como la de

Leibnitz.

Usted no va, ni con mucho, tan lejos con su _Tupá_; pero en fin, usted

se entusiasma un poco, dando motivo á esta disgresión mía, que no

considero del todo impertinente.

Aplaudo, y si pudiera fomentaría, la propensión que hay en esas

repúblicas y en el imperio del Brasil á estudiar con esmero, los usos,

costumbres, historia, lenguaje y poesía de los indios, pero ni en verso

ni en prosa está bien exagerar lo que valían por la cultura cuando

llegaron los europeos. Fuera de los mexicanos, peruanos y chibchas, no

había en América á fines del siglo XV sino tribus salvajes.

El gran poeta brasileño Gonzalves Días pinta á estas tribus del modo más

novelesco é interesante, pero les deja su salvajismo y hace bien.

Dentro de este salvajismo caben perfectamente el denuedo en las lides,

la fidelidad, la constancia y hasta la ternura amorosa y otras virtudes

y excelencias. Lo que no cabe es cierto refinamiento en las ideas

morales y religiosas, que harto generosamente se atribuye á los indios.

Serían menester más pruebas, y no las hay ó no han llegado á mi noticia,

para reconocer esas prendas en los guaraníes. Sus cantares, pues se

dice que los tienen, y aun que son muy poetas, debieran recogerse y

coleccionarse antes que desaparezcan del todo.

En los araucanos, en cambio, lo que más se celebra es la oratoria. Como

la lengua que hablan (de la que compuso excelente gramática el padre

jesuíta Andrés Febres), es, según afirman, bellísima lengua, y como

ellos son muy parlamentarios, y se reunen ó se reunían en juntas ó

asambleas para deliberar sobre la política, tenían ocasión de pronunciar

magníficos discursos llamados _coyaptucan_, donde dicen que hay gran

riqueza de imágenes, apólogos y otros primores, todo sujeto á las más

severas leyes de la buena retórica. Aun se conservan los nombres de

algunos antiguos tribunos ó famosos oradores, como Lautaro y

Machimalongo, y fragmentos de discursos ó discursos enteros de los que

pronunciaron.

Como quiera que sea, no ha de faltarme día en que venga más á propósito

hablar de todo esto, entrando de lleno en el asunto, y no por incidencia

y de refilón, al encomiar como se merece el _Vocabulario_ de usted, por

cuyo envío le doy encarecidas gracias.

Nuevas cartas americanas · 第 16 / 44 题