(AL SEÑOR DON DANIEL GRANADA)
I
Muy señor mío: Con mucho placer he recibido y leído la interesante obra
de usted cuyo título va por epígrafe, y que acaba de publicarse en
Montevideo.
Me parece que á usted le sucede lo mismo que á mí en lo tocante á
pronosticar sobre el porvenir de la lengua castellana en esas regiones.
No vemos sino allá, dentro de muchos siglos, la posibilidad de que se
olvide ó se pierda por ahí dicha lengua, y salgan ustedes hablando
italiano, francés ó algún idioma nuevo, mezcla de todos.
Es verdad que el territorio rioplatense es inmenso y poco poblado aún.
Sólo la República Argentina comprende cerca de tres millones de
kilómetros cuadrados: mayor extensión que Francia, Alemania, Inglaterra
y España juntas. Y si añadimos las tierras del Uruguay y del Paraguay,
la grandeza territorial de lo que llamamos país rioplatense se presta á
contener y á alimentar en lo futuro centenares de millones de seres
humanos. A fin de que tanta tierra sea poblada y cultivada, la
inmigración entra ya y seguirá entrando por mucho. Cada año va la
inmigración en aumento.
Según los datos que me da Ernesto Van Bruyssel (_La Republique
Argentine_), en 1886 sólo á Buenos Aires llegaron cerca de 70.000
inmigrantes, y en 1887 más de 120.000. Si así continúa creciendo la
inmigración, donde predomina el elemento italiano, tal vez dentro de
diez ó doce años haya más gentes venidas de Italia que de origen
español, desde las fronteras de Bolivia hasta el extremo austral de la
Patagonia, y desde Buenos Aires y Montevideo hasta más allá de Mendoza.
En los quince años que van desde 1855 á 1870 ha entrado en la República
Argentina un millón de emigrados. Bien podemos, pues, calcular, no
haciendo sino duplicar el número en los años que quedan de siglo, que al
empezar el siglo XX habrá en la República Argentina cinco millones más
de población no criolla, ó venida de fuera, y principalmente de Italia.
Yo entiendo, con todo, que en el pueblo argentino hay fuerza informante
para poner el sello de su propia nacionalidad á esta invasión pacífica y
provechosa, y que en 1900, lo mismo que en 1889, habrá allí una nación
de carácter español y de lengua castellana, sólo que ahora consta esta
nación de cuatro ó cinco millones de individuos y en 1900 acaso conste
de 18 ó de 20 millones.
El aumento de la población se infiere del aumento de la riqueza que la
inmigración trae consigo. En veinte años, de 1866 á 1886, la renta del
Estado argentino se ha quintuplicado. De nueve millones de duros ha
subido á más de cuarenta y cinco. Durando la paz, con suponer igual
aumento proporcional en otros veinte años, no es aventurado predecir que
el presupuesto de ingresos de la República Argentina podrá ser, á
principios del siglo XX, y sin recargar las contribuciones y sin
aumentarlas, de más de doscientos millones de duros.
Todo induce á presumir, que si no sobrevienen imprevistas
perturbaciones, la principal Confederación del Río de la Plata, será en
el siglo XX una potencia tan fuerte y rica como lo es ahora la república
norte-americana de origen británico. Las huellas de este origen no se
han borrado de entre los yankees. Natural es que no se borren tampoco
entre los argentinos y uruguayos las huellas de su origen español.
La lengua es el signo característico que tardará más en perderse. La
lengua además no es lazo sólo que une entre sí á los argentinos, sino
vínculo superior que no puede menos de estrechar y ligar en fraternal
concierto á dicha república con muchas otras, todas, digámoslo así,
oriundas de España, y que se extienden por las tres Américas, desde más
allá de la Sierra Verde y del Río Bravo del Norte hasta la Tierra del
Fuego.
Las cuestiones de Gramática y de Diccionario, de unión de Academias de
la lengua, de literatura española é hispano-americana, de versos y de
novelas, escritos y publicados en español en ese Nuevo-Mundo, no son
meramente literarias, críticas ó filológicas: tienen mucho más alcance,
aunque uno no se le quiera dar.
No me parece que divago al decir lo que va dicho, con ocasión del
excelente aunque modesto trabajo de usted que, si bien es meramente
filológico, tiene mayor trascendencia[A].
Nuestro Diccionario de la lengua castellana no es sólo el inventario de
los vocablos que se emplean en Castilla, sino de los vocablos que se
emplean en todo país culto donde se sigue hablando en castellano, donde
el idioma oficial es nuestro idioma.
Será provincialismo ó americanismo el vocablo que se emplee sólo en una
provincia y que tenga á menudo su equivalente en otras; pero el vocablo
que no tiene equivalente y que se emplea en más de una provincia ó en
más de una república ó en regiones muy dilatadas, y más aun cuando
designa un objeto natural, que acaso tiene su nombre científico, pero
que no tiene otro nombre común ó vulgar, este vocablo, digo, siendo muy
usual y corriente, es tan legítimo como el más antiguo y castizo, y debe
ser incluído y definido en el Diccionario de la lengua castellana. La
Academia Española no puede menos de incluirle en su Diccionario.
Así como nosotros, los peninsulares europeos, hemos impuesto á los
hispano-americanos un caudal de voces, que provienen del latín, del
teuton, del griego, del árabe y del vascuence, los americanos nos
imponen otras voces que provienen de idiomas del Nuevo Mundo y que
designan, casi siempre, cosas de por ahí.
Es curiosísimo el catálogo razonado que ha hecho usted de estas voces
(de las usadas en la región rioplatense) y las definiciones y
explicaciones que da sobre cada una de ellas. Sin duda, su libro de
usted será documento justificativo de que los individuos de la Academia
Española tengan que valerse y se valgan para aumentar su obra léxica en
la edición décimotercera.
Casi todos los vocablos que usted pone y explica en su libro, ó no están
incluidos en nuestro Diccionario ó están mal ó insuficientemente
definidos en él. Y sin embargo, no pocos de estos vocablos, á más de
estar en poesías, en novelas, en relaciones de viajes y en otras obras
en idioma castellano posteriores á la independencia, es casi seguro que
se hallan en libros ó documentos españoles de antes de la independencia,
escritos por los viajeros, misioneros, sabios y demás exploradores de
esos países, que dieron á conocer en Europa su flora y su fauna.
En los tiempos novísimos han estudiado y descrito la naturaleza de la
América del Sur Humbold, Burmeister, Orbigny, Darwin, Martius y otros
extranjeros; pero nuestros compatriotas se les adelantaron en todo, como
lo demuestran los trabajos y publicaciones de Montenegro, Acosta, los
padres Lozano, Cobo, Gumilla y Molina, Mutis, Oviedo, Azara, Pavón, Ruiz
y otros cien, de que trae catálogo el Sr. Menéndez Pelayo en su _Ciencia
española_.
Los nombres, pues, que se dan ahí vulgarmente á plantas y árboles, aves,
cuadrúpedos, peces, insectos y reptiles, no están fuera de nuestra
lengua común española, por más que aparezcan y suenen, en nuestros
oidos, como peregrinos é inusitados.
Tal vez deban incluirse en nuestro Diccionario, si no lo están ya, y
creo que no lo están, las más de las voces que usted define, como las
siguientes:
_Nombres de árboles, plantas y hierbas._--Aguaraibá, alpamato, arazá,
biraró, burucuyá, caá, camalote, caraguatá, curí, chalchal, chañar,
chilca, gegen, guayabira, guayacán, gembé, ibaró, isipó, lapacho,
molle, ñandubay, ñapindá, ombú, pitanga, sarandí, sebil, tacuara,
taruma, tataré, timbó, tipa, totora, urunday, yatay y yuyo.
_Peces._--Bagre, manduví, manguruyú, pacú, patí y zurubí.
_Aves._--Biguá, caburé, chingolo, macá, macaguá, ñacurutú, ñandú, urú,
urutao y yacú.
_Cuadrúpedos._--Aguará, bagual, cuatí, guazubirá, puma, tamanduá,
tucutuco y tatú en vez de tato.
_Insectos_, _reptiles_, etc.--Alua, camoatí, manganga, tambeyuá, tuco,
yaguarú y yarará.
Me dice usted en la amable dedicatoria con que me envía su libro, que,
«caso de que me digne pasar la vista por él, me agradecerá mis
advertencias.»
Yo me prevalgo de este ruego para hacer algunas.
Aunque usted describe bien los objetos naturales que sus vocablos
designan, echo yo de menos, para mayor claridad y universal inteligencia
del objeto, el nombre científico con que los naturalistas le marcan y
señalan, y la familia en que le clasifican.
Válganme algunos ejemplos. Empecemos por la voz _caá_. Usted, hablando
con franqueza, no nos declara lo que significa en guaraní, y es menester
inferirlo por conjeturas, y comparando lo que usted dice con lo que dice
D. Miguel Colmeiro en su _Diccionario de los diversos nombres vulgares
de muchas plantas usuales ó notables del antiguo y nuevo mundo_. _Caá_,
con evidencia, ha de significar en guaraní planta, yerba, árbol: lo
vegetal de modo genérico, y no solo _mate_, como usted afirma.
Supongamos, no obstante, que _caá_ significa _mate_. Sin haber oído
hablar jamás á los guaraníes y sin saber palabra de su idioma,
cualquiera adivina el valor de ciertos adjetivos que entran á cada
instante en composición de nombres; v. gr. _merí_, pequeño, y _guazú_,
grande. Así vemos claro que _caamerí_ y _caaguazú_, y _caaquí_ y
_caaminí_, todo es mate, según sean las hojas de que se compone grandes
ó pequeñas, tiernas ó más ricas y jugosas.
Hasta aquí todo va bien, y _caá_ y _mate_ pueden ser lo mismo; pero
cuando nos define usted _caapau_, bosquecillo, conjunto de árboles
aislado, vemos claro que _pau_ ha de significar conjunto ó montón, y
_caá_ árbol, arbusto, planta, yerba, mata y no mate, á no ser por
excelencia, como también llaman al mate _yerba_ por excelencia.
El Sr. Colmeiro trae en su Diccionario todos estos compuestos de _caá_:
caataya, caamerí, caapiá, caapeba, caapin, caatiguá y caavurana; y como
con tales nombres se designan plantas gramíneas, meliáceas, ciperáceas,
hipericineas y de otras cuantas y diversas familias, queda más
demostrada la vaga generalidad del significado de la palabra _caá_.
_Guayacán._ El Diccionario de la Academia Española trae también esta
palabra; pero ¿el guayacán que describe es el mismo que describe usted?
Yo creo que no. Usted nos describe el guayacán del Chaco y del Paraguay;
la Academia el de las Antillas, y como Colmeiro me da diez especies de
guayacanes ó guayacos, no sé con cuál quedarme. El guayacán ya es
_diospyros lotus_, ya _guayacum sanctum_, ya _guayacum officinale_, ya
_porliera higrométrica_, y ora pertenece á la familia de las
leguminosas, ora á la de las ebenáceas, ora á otra familia.
_Arazá._ No está en el Diccionario de la Academia. Colmeiro la trae, y
pone, como usted, dos clases: el arazá arbóreo y el rastrero.
Convendría, con todo, que dijese usted, como dice Colmeiro, que ambas
clases pertenecen á la familia de las mirtaceas.
Bastan los ejemplos aducidos, que para no cansar no aumento, á fin de
comprender la conveniencia de determinar mejor los objetos que se
describen.
Diré ahora otro requisito que echo de menos en su libro de usted. Echo
de menos las _autoridades_. Me explicaré.
Nada hay más borroso é inseguro que los límites entre lo vulgar y lo
técnico ó científico de las palabras. Cada día, á compás que se difunde
la cultura, entran en el uso familiar, general y diario, centenares de
vocablos que antes empleaban sólo los sabios, los peritos ó los maestros
en los oficios, ciencias y artes á que los vocablos pertenecen. De aquí
que todo Diccionario de la lengua de cualquier pueblo civilizado, sin
ser y sin pretender ser enciclopédico, vaya incluyendo en su caudal
mayor número de palabras técnicas, sabias ó como quieran llamarse. Pero
aun así, importa poner un límite á esto, aunque el límite sea vago y no
muy determinado.
Dos indicios nos pueden servir de guía. Por muy patrióticos que seamos,
no es dable que nos figuremos que somos un pueblo más docto, en este
siglo, que el pueblo inglés ó el francés. Nuestro Diccionario de la
lengua vulgar, no debe, pues, sin presumida soberbia, incluir más
palabras técnicas que los Diccionarios de Webster y de Littré, pongo por
caso.
El otro indicio es más seguro. Consiste en citar uno ó más textos, en
que esté empleado el vocablo, que se quiere incluir en el Diccionario,
por autores discretos y juiciosos, que no escriban obra didáctica. En
virtud de estos textos es lícito inferir que es de uso corriente el
nuevo vocablo y debe añadirse al inventario de la riqueza léxica del
idioma.
Convengo en que á veces es de tal evidencia el uso frecuente de un
vocablo que la autoridad ó el texto puede suprimirse. Así por ejemplo,
_ombú_. El Diccionario de la Academia no trae _ombú_, y, sin embargo,
apenas hay cuento ni poesía, ni escrito argentino de otra clase, donde
no se mienten los _ombúes_.
Es voz tan común por ahí como en esta Península _álamo_ ó _encina_.
En ocasiones cita usted los textos, y así demuestra la necesidad de la
introducción de la palabra en nuestro vulgar Diccionario. Sirva de
ejemplo la voz _chaco_, montería de cierto género que dió nombre propio
á la gran llanura que se extiende desde la cordillera de Tucuman hasta
las márgenes del Río de la Plata. La voz _chaco_ está empleada por el
padre Lozano, _Historia de la conquista del Paraguay_, etc., y por
Argote de Molina en su _Discurso sobre el libro de montería del rey D.
Alonso_.
Con frecuencia falta texto autorizado que pruebe el empleo vulgar de la
palabra, y, cuando haga usted nueva edición de su libro, conviene que le
añada. El vocabulario ganaría mucho con esto; y esto ha de ser muy fácil
para usted. Si usted no siempre lo ha hecho, es porque pensó sólo en sus
paisanos uruguayos y argentinos al escribir su obra, y no en los demás
pueblos de lengua española, donde vocablos comunísimos ahí tienen que
aparecer exóticos.
Su vocabulario de usted es además poco copioso é importa aumentarle. El
número de palabras que faltan no debe ser corto, cuando yo, que conozco
tan poco de la literatura de ese país, puedo citar palabras que en su
vocabulario de usted no están incluídas. Así por ejemplo, _seibo_.
Rafael Obligado, en una de sus más lindas composiciones, _En la ribera_,
del Paraná se entiende, dice:
El año que tú faltas,
La flor de sus seibos,
Como cansada de esperar tus sienes,
Cuelga sus ramos de carmín marchitos.
¿Será el seibo el árbol que llaman del Paraíso en Andalucía? ¿Quién
sabe? Colmeiro no trae seibo, á no ser _seibo_ lo mismo que _ceibo_ ó
_ceiba_, que está en Colmeiro y en el Diccionario vulgar.
Otras veces, si bien usted define y aun cita textos, encuentro yo
deficiente la definición.
No basta decir que _camalote_ es «cierta planta acuática». Convendría
saber algo más del _camalote_ en esta primera acepción. ¿De qué color,
de qué tamaño, de qué forma son sus flores? Sobre la otra acepción de
_camalote_ trae usted textos curiosísimos, que la explican bien. Es un
conjunto de plantas del mismo nombre y de otras plantas, que forman como
isla ó matorral, que flota y navega, y que suele ser tan grande, que
asegura el Padre José de Parras que en su centro se ocultan con
facilidad los indios con sus canoas, «y como pueden muy bien dar el
rumbo á toda aquella armazón hacia los barcos, con poca diligencia
suelen llegar á ellos, y estando inmediatos, se enderezan, arman
gritería, y como logren alguna turbación en los españoles, ya los
vencieron.»
En Colmeiro no hay _camalote_ pero hay _camelote_, dando á la planta el
nombre que se da á la tela. ¿Será este _camelote_ de Colmeiro el
_camalote_ de usted?
Su libro de usted me sugiere no pocas observaciones más, algunas de las
cuales no quiero dejar de hacer, pero, por ser ya muy extensa esta
carta, las dejo para otra.