Ésta es la no sé si llamarla tragedia ó comedia del mundo y del

vivir de los hombres. Sabíalo, por lo menos, muy bien sabido el que

compuso la _Tragicomedia de Calisto y Melibea_, cuando cifró toda

esta filosofía del amor, de la vida y del mundo en el último auto,

donde exclama el viejo Pleberio, que de viejos es exprimir todo el

sustancioso jugo de la vida: "¡O vida de congoxas llena, de miserias

acompañada! ¡O mundo, mundo! Muchos de ti dixeron, muchos en tus

qualidades metieron la mano. Á diversas cosas por oydas te compararon;

yo por triste esperiencia lo contaré, como á quien las ventas y compras

de tu engañosa feria no prósperamente sucedieron... ¡O amor, amor! que

no pensé que tenías fuerça ni poder de matar á tus subjetos!... ¿Quien

te dió tanto poder? ¿Quien te puso nombre que no te conviene? Si amor

fuesses, amarias á tus sirvientes; si los amases, no les darias pena;

si alegres viviesen, no se matarian, como agora mi amada hija... Alegra

tu sonido, entristece tu trato. ¡Bienaventurados los que no conociste ó

de los que no te curaste!". He aquí la conclusión de la _Tragicomedia_,

y he aquí la raíz de la filosofía schopenhaueriana, del pesimismo de

la vida y del amor. El cual en _La Celestina_ es lo que el _Ananke_

ó fatalidad en la tragedia griega, lo que levanta el drama, ó, mejor

diré, lo hunde en la sima del espanto y terror con que atrae á los

lectores ó espectadores, les hiela el corazón y juntamente les encadena

halagüeñamente el gusto, les enhechiza y ciega y, quieras que no, les

arrastra y despeña consigo en sus honduras lóbregas é inapeables. Y

venturoso de aquel que por este poder del arte trágico, hundido y

ensimado en las lobregueces de sí mismo, llegue á comprender lo que es

el amor, el mundo y la vida en sus más soterradas y filosóficas raíces,

amargas, sí, pero por lo mismo empapadas en el sustancioso jugo de la

más alta sabiduría.

Esto cuanto al intento y espíritu de la obra; los medios de ejecución

atañen al literato. Pero de ellos, que pueden reducirse á los

caracteres, la invención y composición de la fábula y, finalmente, al

estilo y lenguaje, se ha dicho tanto y con tanto acierto, que duelo da

el escoger.

"Libro a mi entender rivi-

si encubriera más lo huma-",

dijo Cervantes cuan breve y galanamente pudiera decirse. No volveré á

lo de _encubrir lo humano_, que el propio Cervantes se sabía muy bien

no fuera hacedero sin deshacer lo _divino_ que el libro encierra: que

fuera hacer una sortija de oro sin oro. "¿Quales personas os parecen

que están mejor exprimidas?", pregunta Martio en el _Diálogo de las

lenguas_. Y responde su autor, Juan de Valdés: "La Celestina está, á

mi ver, perfetísima en todo quanto pertenece á una fina alcahueta".

Tan es así, que el pueblo español, con certera crítica, hizo de

_Celestina_ un nombre apelativo, no á modo de sustantivo, como de otros

famosos personajes, por manera que decimos: _Fulano es un Quijote,

es un Sancho Panza, es un Tenorio_; sino que celestina llamamos á

toda trotaconventos, tercerona ó alcahueta, sin más cortapisas y como

adjetivo corriente. Y que no tiene semejante. Porque no es la alcahueta

común, sino la de diabólico poder y satánica grandeza. "Porque

Celestina--dice Menéndez y Pelayo--es el genio del mal encarnado en una

criatura baja y plebeya, pero inteligentísima y astuta, que muestra

en una intriga vulgar tan redomada y sutil filatería, tanto caudal de

experiencia moderna, tan perversa y ejecutiva y dominante voluntad,

que parece nacida para corromper el mundo y arrastrarle encadenado y

sumiso por la senda lúbrica y tortuosa del placer". "Á las duras peñas

promoverá e provocará á luxuria, si quiere", dice Sempronio. Hay en

Celestina un positivo satanismo, es una hechicera y no una embaucadora.

Es el sublime de mala voluntad, que su creador supo pintar como mujer

odiosa, sin que llegase á ser nunca repugnante; es un abismo de

perversidad, pero algo humano queda en el fondo, y en esto lleva gran

ventaja al Yago de Shakespeare, no menos que en otras cosas.

Elicia y Areusa son figuras perfectamente dibujadas, discípulas

de Celestina, no prostitutas de mancebía ó mozas del partido, sino

"mujeres enamoradas", como las llamaban, que viven en sus casas, sin

el sentimentalismo de las de Terencio ni el ansia y sed de ganancia de

las de Plauto, más verisímiles que las primeras y menos abyectas que

las segundas. Los criados de Calisto son todavía menos romanos y más

españoles; no esclavos, sino consejeros y confidentes, que le ayudan y

acompañan, aunque avariciosos y cobardes. Calisto y Melibea han sido

siempre comparados con Romeo y Julieta en lo infantiles, apasionados

y candorosos. "Mucho de Romeo y Julieta se halla en esta obra--dice

Gervinus (_Histor. de la poes. alem._)--, y el espíritu según el cual

está concebida y expresada la pasión es el mismo". Y Menéndez y Pelayo,

á quien seguimos: "Nunca antes de la época romántica fueron adivinadas

de un modo tan hondo las crisis de la pasión impetuosa y aguda, los

súbitos encendimientos y desmayos, la lucha del pudor con el deseo,

la misteriosa llama que prende en el pecho de la incauta virgen, el

lánguido abandono de las caricias matadoras, la brava arrogancia con

que el alma enamorada se pone sola en medio del tumulto de la vida y

reduce á su amor el universo y sucumbe gozosa, herida por las flechas

del omnipotente Eros. Toda la psicología del más universal de los

sentimientos humanos puede extraerse de la tragicomedia. Por mucho que

apreciemos el idealismo cortesano y caballeresco de D. Pedro Alarcón,

¡qué fríos y qué artificiosos y amanerados parecen los galanes y damas

de sus comedias al lado del sencillo Calisto y de la ingenua Melibea,

que tienen el vicio de la pedantería escolar, pero que nunca falsifican

el sentimiento!".

Cuanto al arte de la composición dramática, la traza es sencillísima,

clara y elegante, y más de maravillar por la época en que se compuso,

antes de nacer el teatro moderno, puesto que es la primera madre de él

_La Celestina_. Calisto, de noble linaje, entra, siguiendo á un halcón,

en la huerta donde halla á Melibea. Enamorado de ella y desdeñado,

acude á Celestina, que con sus arterías y hechizos prende el mismo

fuego en el pecho de la virginal doncella, y con sus mañas y mujeres

se atrae la voluntad de los criados de Calisto. Pero la codicia la

hace á ella no querer partir con ellos el collar que le había regalado

el galán tan bien servido, y á ellos que maten á la vieja, quedando

medio descalabrados al saltar por la ventana, huyendo de la justicia, y

ahorcados por ésta en la plaza. Sólo al través de la puerta se habían

hablado los amantes, y, según lo concertado, va de noche Calisto á la

huerta de Melibea; pero después de lograr tan apetecida dicha, al salir

y saltar de la tapia, cae muerto el amante. Ella, al saberlo, como

heroína del amor, hace que su padre la oiga al pie de la torre, en cuya

azotea ella sola le cuenta su desgracia y luego se deja caer muerta

á sus pies. El triste anciano endecha tan horrible desventura y las

miserias del mundo, de la vida y del amor.

"El genio gusta de la sencillez, el ingenio gusta de las

complicaciones--dice Lessing en su _Dramaturgia_...--El genio no puede

interesarse más que por aventuras, que tienen su fundamento unas en

otras, que se encadenan como causas y efectos". Hasta la muerte de

Celestina todo era comedia, la comedia del amor y de la vida; desde

aquel punto se convierte la acción en tragedia. Mueren ambos criados.

Torna lo agradable con la escena de la huerta. Pero cuanto más

agradable, más triste y terrible siéntese la desgracia inesperada de

Calisto y la trágica muerte de Melibea. Este cambio _repentino_ es de

efecto maravilloso. El despeño de la acción así preparado y ejecutado

es lo más admirable de la obra.

Del estilo y lenguaje de _La Celestina_, la mayor alabanza que le

cabe es haber casado en ella su autor el período y sintaxis, que

venía fraguándose por influjo humanista del Renacimiento y en que

sobresalieron el Arcipreste de Talavera, Hernando de Pulgar, Fernán

Pérez de Guzmán, Diego de San Pedro y mosén Diego de Valera, con la

frase y modismos, refranes y voces del uso popular, que nadie hasta

él había empleado. El autor de _La Celestina_ llevó el habla popular

á la prosa, como el Arcipreste de Hita la llevó al verso. De aquí las

dos corrientes de estilo y lenguaje, que cualquiera echa de ver en _La

Celestina_. El habla ampulosa del Renacimiento erudito la pone en los

personajes aristocráticos, y á veces en los mismos criados, que remedan

á su señor; el habla popular campea en la gente baja, sobre todo en

Celestina; á veces, y siempre más ó menos, se mezclan y hacen un todo

rimbombante, prosopopeico y abultado para nosotros, pero muy propio de

la época aquella. "El Renacimiento--dice Menéndez y Pelayo--no fué un

período de sobriedad académica, sino una fermentación tumultuosa, una

fiesta pródiga y despilfarrada de la inteligencia y de los sentidos.

Ninguno de los grandes escritores de aquella edad es sobrio ni podía

serlo". Estamos todavía lejos de aquel maravilloso prosista de los

tiempos de Carlos V, Juan de Valdés, cuyo principio estilístico será

eternamente el único verdadero: "Que digais lo que querais con las

menos palabras que pudiéredes, de tal manera que, esplicando bien el

conceto de vuestro ánimo y dando á entender lo que quereis dezir, de

las palabras, que pusiéredes en una clausula ó razon, no se pueda

quitar ninguna sin ofender ó á la sentencia della ó al encarecimiento

ó á la elegancia". "¿Qué os parece del estilo?", le pregunta Torres,

hablando de _La Celestina_. "En el estilo, á la verdad, va bien

acomodado á las personas que hablan. Es verdad que pecan en dos cosas,

las cuales fácilmente se podrían remediar...: la una es el amontonar

de vocablos algunas veces tan fuera de propósito, como _magnificat á

maytines_; la otra es en que pone algunos vocablos tan latinos, que no

se entienden en el castellano y en partes adonde podría poner propios

castellanos, que los hay. Corregidas estas dos cosas en _Celestina_,

soy de opinión que ningún libro hay escrito en castellano adonde la

lengua esté más natural, más propia ni más elegante". Tiene razón.

Las voces latinas son pocas en comparación con las que usaron Juan de

Mena, Juan de Lucena, para no hablar de otros renacentistas que habían

perdido los pulsos, casi tanto como algunos mozos escritores de hoy,

que creen escribir elegante castellano y dar á entender que saben latín

y hasta griego empedrando su estilo de voces bárbaras, pues bárbaras

para el castellano son las griegas y latinas. Pero Valdés no podía ver

estas barbaridades y hace bien en tachar las pocas de _La Celestina_.

Es, sin embargo, el primer libro donde se ve el habla popular y no mal

casada con la erudita, y, aunque con alguna afectación, hermosamente

arreada á la latina cuanto á la construcción del período prosaico. Por

eso era el libro _más natural y elegante_ escrito hasta entonces, y

en él y en las _Epístolas_ de Guevara y el _Lazarillo_. que vinieron

más tarde, fué donde españoles y extranjeros aprendían nuestro idioma.

El Renacimiento español puede decirse que nace con _La Celestina_, y

con ella nace nuestro teatro, pero tan maduro y acabado, tan humano y

recio, tan reflexivo y artístico, y á la vez tan natural, que ningún

otro drama de los posteriores se le puede comparar.

Es _La Celestina_ para leída, más bien que para representada,

cabalmente por carecer de convencionalismos teatrales y no estar atada

á otros fueros que á los de la libertad y de la vida, que la vida y

la libertad no pueden encorralarse entre bastidores. Pero el alma es

dramática, dramáticos los personajes, los lances, el desenvolvimiento

interno y el lenguaje dialogado, tan diferente del lenguaje de

Cervantes, como el drama lo es de la novela. No es _novela dramática_,

porque toda novela es narración; ni _poema dramático_, porque no menos

es narración todo poema; es puro drama, y no representable por tan

puro drama como es y pura vida. El naturalismo ó realismo, ó como

quiera llamarse al mirar derechamente á la naturaleza, á los hombres,

y quintesenciar una y otros por el arte, es tan fuerte aquí como en la

obra del Arcipreste de Hita; aunque ya lo postizo del remedo humanista

altere los personajes señoriles de Calisto y Melibea con la folla, que

hasta en la vida real afectaban en el habla las personas cultas.

=472.= El año 1499 imprimióse en Burgos, en _16 autos_,

la _Comedia de Calisto y Melibea_, que ha reimpreso

Foulché-Delbosc en 1902 del único ejemplar que, hasta poco

ha, tampoco conocía nadie. Su presente dueño, el benemérito

hispanista Huntington, acaba de reproducirla con el esmero que

suele. Describió minuciosamente este preciosísimo ejemplar el

sabio hispanófilo, director de la _Revue Hispanique_, en el

tomo IX (año 1902, págs. 185-190), añadiendo unas advertencias

críticas de subido valor, las cuales, con otras del tomo VII,

ha de leer antes que nada el que quiera enterarse de _La

Celestina_, porque edición y notas vuelcan de todo punto el

problema ó el montón de problemas que acerca de tan famoso

drama se han despertado y todavía no han tenido cumplida

solución. Hay que leer después el magnífico trabajo sobre _La

Celestina_ escrito por Menéndez y Pelayo, en el tomo III de

los _Orígenes de la Novela_ (1910), y el muy discreto y más

ceñido del agudo y erudito Adolfo Bonilla, en sus _Anales de la

Literatura española_ (1904). Por ahora, la edición de Burgos

de 1499 ha de tenerse por primera ó _princeps_, aunque hubo de

haber otra anterior, ya que en ella se lee: _Con los argumentos

nuevamente añadidos_.

En su primer estado, la obra no tenía otro título que el que

sirvió de _incipit_ á la edición de Sevilla de 1501 y se ha

conservado en las posteriores: "Síguese la comedia de Calisto

y Melibea, compuesta en reprehension de los locos enamorados,

que, vencidos en su desordenado apetito, á sus amigas llaman e

dizen ser su dios. Assi mesmo fecha en aviso de los engaños de

las alcahuetas e malos e lisongeros sirvientes". Acaso al fin

iba un _explicit_ con la fecha y lugar de la impresión. No se

conoce ejemplar alguno de esta edición, y aun hay quien supone

no la hubo.

Vengamos al segundo estado de la obra, que es el que presenta

el ejemplar llamado _Heber_, por el nombre de quien antes lo

poseyó, y es el reproducido por Foulché-Delbosc y Huntington,

esto es, la edición de Burgos de 1499. Su título dice: "Comedia

de Calisto y Melibea. Con sus argumentos nuevamente añadidos;

la qual contiene demas de su agradable y dulce estilo muchas

sentencias filosofales e avisos muy necessarios para mancebos,

mostrandoles los engaños que estan encerrados en sirvientes y

alcahuetas". En este segundo estado, la obra lleva, además del

dicho título, el _incipit_ que reproduce el título del primer

estado, el "argumento" general y un "argumento" delante de cada

uno de los 16 autos.

En su tercer estado la obra lleva el mismo título que en el

segundo; pero, además, una _Carta_ de _El autor á un su amigo_,

unos versos acrósticos, el _incipit_, el _argumento_ general

y _argumento_ de cada auto, y al fin lleva seis _octavas_ del

editor Alonso de Proaza. Tenemos un ejemplar completo de una

edición que ofrece este tercer estado, hecha en Sevilla en

1501, naturalmente por dicho Alonso de Proaza, y reeditada por

Foulché-Delbosc en 1900, el cual cree que se hizo esta edición

de 1501 sobre la de Burgos del año 1499. Acerca de Proaza véase

la _Biblioteca de Gallardo_, I, núm. 457, y el trabajo citado

de Menéndez y Pelayo.

Hasta aquí la obra se llamó _Comedia_ y tuvo 16 autos; pero

otro cuarto estado nos ofrece la edición de 1502, de Sevilla,

con el nuevo título de _Tragicomedia de Calisto y Melibea_, y

que, además de todo lo del tercer estado, contiene hasta 21

actos, un _Prólogo_ nuevo y tres nuevas octavas añadidas á las

del final ("Concluye el autor").

El quinto estado de la obra lleva el título y todo lo del

anterior y 22 actos: el añadido es el de _Traso_, que no trae

la edición de Valencia de 1514. Cito esta última edición por

ser hoy la mejor, tal como se halla reproducida por Eugenio

Krapf, Vigo, 1900: "_La Celestina_, por Fernando de Rojas,

conforme á la edición de Valencia de 1514, reproducción de la

de Salamanca de 1500. Con una Introducción del doctor don M.

Menéndez y Pelayo".

=473.= ¿Á quién se deben todas esas sucesivas añadiduras,

que hemos visto hallarse en los diversos estados de la obra?

¿Son del autor del primitivo estado ó son de otros editores y

correctores? Lo primero que se ve añadido en el segundo estado

son los argumentos que, por consiguiente, no son del autor. En

la _Carta á un su amigo_, en el tercer estado, en que aparece

por primera vez, no se nombra á _Mena_ ni á _Cota_, que sólo

son nombrados en las ediciones de 21 autos, en las cuales la

carta está retocada. En la de Sevilla de 1501 dícese nada más:

"Vi que no tenia su firma del auctor, y era la causa que estava

por acabar; pero quienquiera que fuesse...". Tampoco se hallan

estos nombres en los acrósticos de la edición de Sevilla de

1501, y sí en las de 21 autos. Dícese en aquélla:

"Si fin diera en esta su propia escriptura

carta: un gran hombre y de mucho valer".

En vez de:

"Cota é Mena con su gran saber".

Dícese en la _Carta_ que él (el que se da por autor de ella y

de los acrósticos y _Prólogo_) halló en Salamanca el primer

auto y que él continuó y acabó la comedia, añadiéndole otros

15, que compuso en quince días de vacaciones. Bonilla, con

otros pocos, cree esto al pie de la letra y supone que la

primitiva _Comedia_ tuvo dos autores: uno del primer auto,

otro de los 15 restantes. Por el contrario, Lorenzo Palmireno,

Moratín, Blanco White, Gallardo, Germond de Lavigne, Wolf,

Ticknor, Menéndez y Pelayo, Carolina Michaëlis de Vasconcellos,

opinan que esto que allí se dice es un artificio del único

autor, el cual lo es de los 16 autos. Foulché-Delbosc es de

parecer que la _Carta_ no es del autor de la _Comedia_, sino de

algún editor que ha inventado ese artificio, no menos que lo de

haber compuesto en quince días los 15 autos restantes. Para mí,

único es el autor de los 16 autos de la primitiva _Comedia_,

y la razón está en la unidad del plan, tan maravillosamente

entablado en el primer auto, y en la unidad de caracteres, de

estilo y lenguaje, que en los 16 son iguales. Ni vale lo que

dice Bonilla que, no habiendo razón en contra, debemos dar

crédito á lo que el autor dice en la _Carta_. Porque la _Carta_

no parece ser del autor de la _Comedia_, por lo menos está

_amañada_, como dice Menéndez y Pelayo. De hecho la _Carta_

y los demás preliminares están llenos de contradicciones,

muestran particular afición á Juan de Mena, tomándole versos y

palabras, lo cual no se halla en la _Comedia_ primitiva, y no

están escritos con la gallardía que ella, ni mucho menos con

el ingenio que en toda ella campea. Diríase que el autor, que

supo escribir obra tan portentosa como la primitiva _Celestina_

y los 15 autos en quince días (!), no se supo dar maña para

escribir una _Carta_ ni un _Prólogo_, que está tomado del

Petrarca é infantilmente acomodado á su propósito, por no

decir de una manera despropositada y fuera de sazón. No puede,

pues, darse crédito á cuanto en estos preliminares se dice, ni

puede contrarrestar ese dicho al hecho manifiesto de la unidad

de plan, caracteres, estilo é ingenio, que se manifiesta en

los 16 autos. Dice el autor de la _Carta_ que "quiso celar y

encobrir su nombre", y con todo eso lo pone luego en los versos

acrósticos: "El bachiller Fernando de Rojas acabó la comedia de

Calysto y Melybea y fvé nascido en la puebla de Montalbán". Y

en la penúltima octava de Proaza, "corrector de la impresión",

se declara el enigma de los acrósticos:

"Por ende juntemos de cada renglon

de sus onze coplas la letra primera,

las quales descubren por sabia manera

su nombre, su tierra, su clara nacion".

Así en la primera edición en que aparece por primera vez

la _Carta_. ¿Pudo el autor caer en tamaña contradicción,

escribiendo la _Carta_ y consintiendo se declarase lo que

en ella decía no querer declarar? _Carta_ y versos parecen,

pues, ser de Proaza; por lo menos no son, para mí, del autor

de la _Comedia_. _Carta_, versos acrósticos y octavas finales

aparecen por primera vez en la misma edición de Sevilla de

1501. Las octavas finales son de Alonso de Proaza, que se da

por corrector de la edición. El mismo corrector añadió en la

edición del año siguiente de 1502 otras tres octavas. Á él,

pues, han de achacarse los cambios que en la misma edición de

1502 hizo en la _Carta_ y en los acrósticos, introduciendo á

Cota y Mena. Y así como fué autor de los versos finales y los

aumentó, así debió de serlo de la _Carta_ y de los acrósticos,

mudando en una y otros lo que le pareció, como en cosa propia.

Tanto en la _Carta_, como en los acrósticos, como en los versos

finales hay sentencias y palabras de Juan de Mena, al cual se

muestra muy aficionado Alonso de Proaza, mientras que no hay

apenas recuerdo de tal poeta en los 16 autos de la primitiva

_Celestina_.

La edición de Sevilla de 1502 fué preparada por el mismo

Proaza, y en ella fué donde añadió octavas finales y retocó

_Carta_ y acrósticos. Ahora bien: en esta edición es donde

por primera vez se ve mudado el título de _Comedia_ en el de

_Tragicomedia_ y se añaden autos enteros, hasta llegar á 21 los

primeros 16 y se ingieren trozos en los mismos 16 primitivos,

y además aparece un _Prólogo_, que alude á ese alargamiento de

la primitiva _Comedia_. ¿Quién no ve que el que todo esto hizo

fué el mismo Proaza? ¿Envióle el autor de la _Comedia_ todas

esas añadiduras ó son de Proaza mismo? Realmente el que hizo el

_Prólogo_ fué el que alargó la obra, pues en él se da razón del

alargarla. El _Prólogo_ es una mala acomodación del que puso

el Petrarca al libro segundo de su obra _De remediis utriusque

fortunae_. La gran verdad filosófica, raíz de las mudanzas de la

fortuna, de que el Petrarca trata en su obra, proviene de que

"lucha es la vida del hombre sobre la tierra", como dijo Job, y

que lucha es el vivir y el ser de toda la naturaleza. Por eso

el Petrarca desenvuelve en su Prólogo maravillosamente esta

raíz de la fortuna. El _Prólogo_ añadido á _La Celestina_ trae

todo esto como grave parto de los montes bramadores para parir

el ridículo ratón, de que no es extraño haya habido diversidad

de opiniones acerca de _La Celestina_. ¿Es esto propio del

excelso ingenio que escribió la _Comedia_? Por su cargo y

aficiones literarias conocía Proaza el Tratado de Petrarca,

y, hallando citas de él en la _Comedia_, endilgó el _Prólogo_

con otro del poeta italiano para disimular la superchería;

pero el plagio es tan fiero, la acomodación tan desmañada, el

estilo tan otro del de la _Comedia_, que mentira parece se le

desmintiera á Menéndez y Pelayo, á quien siguen otros críticos

españoles. Pero el sello de Proaza se halla indeleble en medio

del _Prólogo_. Al llegar en él á cierta especie, acuérdase de

que la toca Juan de Mena, y dejando allí á Petrarca, nos planta

la cita que halló en la _Glosa_ que hizo Hernán Núñez á su

poeta predilecto. ¿De quién son los actos añadidos juntamente

con el _Prólogo_, en el cual alude á ellos y por ellos se

escribió? Todos los críticos españoles, siguiendo á Menéndez y

Pelayo, opinan que son del mismo autor que compuso la primitiva

_Comedia_. Lo dicho creo que basta para sospechar que fuesen

del mismo Proaza. Y, efectivamente, el estudio de los actos

añadidos y su cotejo con los 16 primitivos lo confirman de tal

manera, que redondamente digo no ser lo añadido del primitivo

autor y ser probablemente de Alonso de Proaza.

Historia de la lengua y literatura castellana, Tomo 1 · 第 51 / 59 段