=396.= El renacimiento español no está, como el renacimiento

italiano, en la pura imitación de lo greco-romano, y más de

lo romano que de lo griego; ni menos, como el renacimiento

francés, en el falseamiento de lo griego por el espíritu

cortesano y el apocado tinte de elegancia de salón, que le dió

el seudoclasicismo; ni como la filología moderna alemana, en el

amazacotado almacenaje de una ciencia greco-romana al menudeo,

verísima, pero que amontona eruditamente todos los cascotes que

quedaron entre sus ruinas, habiendo volado el espíritu estético

que las alentaba. El alma nacional española era entonces

demasiado grande para entretenerse en juguetear imitando

hasta el fondo pagano; era sobrado aventurera y rodeadora de

mundos antes desconocidos para acorralarse en frivolidades

cortesanas; era harto bullidora y briosa para encerrarse en

museos y bibliotecas, clasificando hechos, apurando citas y

cerniendo erudiciones. El alma española borboteaba entonces

bríos y energías por todo el mundo, estaba henchida de

hechos y realidades tan hazañosas que casi tocaban á las más

desaforadas aspiraciones que fantaseada, estaba empapada en los

sentimientos más hondos del cristianismo, hasta el estoicismo

en lo moral, la intransigencia en el dogma, el misticismo en

el pensamiento. Tenía que ser el renacimiento español, por

consiguiente, de empuje, personal y característico, realista

y exagerado de tintas y sentimientos, espiritual y cristiano

hasta el arrobo. Mal cuadraba la serena objetividad, la belleza

superficial de la pura forma, nota distintiva del arte clásico,

á una alma ensimada en la lucha interior cristiana de vicios y

virtudes y arrobada en la contemplación de la nada del hombre y

del universo, de la inmensidad y eternidad de Dios y de la vida

futura.

Por la fuerza de la personalidad ó conocimiento del propio

valer nacional el renacimiento clásico espoleó en España

el renacimiento del arte popular ó, mejor digamos, lo hizo

salir del pueblo y lo llevó al arte erudito, á la literatura

escrita. Por el vivaz realismo no pudo aquí prosperar lo

simbólico, ni el remedo é imitación, ni idealismo de ninguna

especie, sino que se coloreó más y más, y más y más rechinante

y sincero fué el arte. Por el espíritu cristiano y místico no

pudo encarnar en nuestra arte el espíritu mundano y material

del puro alegre vivir de la gentilidad, sino que la hizo

romántica, mística y espiritual. Por la bandera que levantó

contra la Reforma protestante, á causa de tener que reprimir

el Emperador las revueltas de sus súbditos alemanes, no entró

en España el descreimiento y el paganismo; antes el arte se

hizo cada vez más católico y espiritualista. Por todo lo cual

alguien ha negado hubiese en España renacimiento. ¿Cómo iba

á revivir el espíritu pagano y material en el pensar y en el

ceñirse á la forma exterior en una nación cuya divisa era el

cristianismo, esto es, lo más espiritual y místico, lo más

contrario al paganismo? Si eso nada más es el renacimiento, no

hubo renacimiento en España. Pero hubo aquí cierto afortunado

consorcio del hondo pensar cristiano, eterno y espiritual, con

la delicadeza y blandura de las elegancias en la expresión y

forma que trajo el renacimiento. ¿Quién no lo ve en la poesía

de León y en la prosa de Cervantes? ¡Cuán en estrecho nudo

no se enlazan y funden lo espiritual y místico del pensar

en la oda á la Ascensión, por ejemplo, con la horaciana

elegancia, digo más, con la serenidad helénica de la expresión!

¡Cuán maravillosamente no se casan en el _Quijote_ la áurea

amplitud y exquisito humanismo de la expresión clásica y el

pensar hondamente cristiano y castizamente popular de todos

los personajes de la novela! Y no solamente en la exterior

forma de decir está el espíritu clásico, sino en el humanismo

del tratar y concebir las cosas, con tal de no descantar un

punto del dogma y de la moral cristiana. Las elevaciones

platónicas se armonizan en el pensar cristiano nacional con

las precisiones aristotélicas y escolásticas por manera más

levantada que en Cicerón, por ejemplo, merced á la inmensa

capacidad que dentro de la doctrina cristiana, más dilatada

que el universo, puesto que retrae en su tanto la infinidad

del Criador de todo, halla toda manera de pensar que esté

limpia de error y toda manifestación estética de cualquier

pueblo y siglo que sea. Nuestros autores entraron á saco

en Grecia y Roma y se apropiaron cuantas preseas hallaron

de valor, y mucho antes que otros pueblos trajeron al arte

nacional cuanto hallaron en el inmenso mar de la literatura

hebraica y en sus comentadores, los Santos Padres. Tanto de

hebraico como de clásico tiene Fray Luis de León, y nuestros

místicos y ascéticos sobrepujan á los Padres de la Iglesia más

elocuentes en fundir armoniosamente el pintoresco y popular

realismo español con los elementos de doctrina y forma, sacados

tanto de los gentiles como de los judíos. En esto consiste la

grandeza de nuestra llamada mística, la obra más española y

característica de la literatura castellana, hoy poco conocida

á fondo por ser tan extraña al pensar moderno, material y

anticristiano. El empuje renacentista, sin embargo, arrolló

no pocas veces el arte nacional, como sucedió con las frías

novelas pastoriles clásicas, que estuvieron un tiempo de moda

á fines del siglo XVI, quedando arrumbada la poesía pastoril

de nuestros primeros dramaturgos Enzina y Vicente, y acabó

con todo el arte nacional en el siglo XVII, pues hijuelas

del clasicismo fueron el gongorismo y el conceptismo, como

naturales frutos de un arte ajeno, de la imitación y de la

afectación consiguiente, y así su más propio nombre fué el de

_culta latiniparla_, que le dió Quevedo. Y ésta es la razón,

por muchos no vislumbrada, de haber sobrevenido este mal gusto

y decadencia á todas las literaturas de Europa y al mismo

tiempo, como que era consecuencia del arte clásico, postizo y

de imitación, que señoreó en todas partes y tenía que nacer

cuando el brío personal de las nacionalidades, tan robustas

antes, venía ya á menos. Durante el siglo XVI nuestra nación

sintióse tan fuerte, que sacó del clasicismo el provecho que

podía de él sacarse; pero en descaeciendo el espíritu nacional,

á principios del siglo XVII, no bastaron los mayores ingenios,

Góngora, Tirso, Quevedo, Gracián, para contrarrestar los

naturales efectos de un arte extraño y fueron arrollados por

él, antes bien, sin querer, fueron ellos los que le rindieron

parias y vasallaje más que nadie, fueron ellos mismos autores

de la culta latiniparla, del mal gusto, de la decadencia

literaria. "El renacimiento español no tiene la frialdad ni la

objetividad materialista ni esa semicondición de _pastiche_,

que hace antipáticos y secundarios al renacimiento francés

y al italiano. En la arquitectura plateresca, al revés, hay

calor y sentimiento, cierto misticismo sereno, discreto y

amable y una gran sinceridad. El renacimiento italiano y

francés, principalmente el primero, interrumpieron la evolución

lógica del arte; los hombres de aquella época, como se sabe,

pretendieron resucitar el arte griego y el romano, sin pensar

en que catorce siglos de cristianismo habían ya ahondado su

espíritu en el corazón de la humanidad. Así, los dioses de

los artistas del renacimiento no evocan jamás los dioses

griegos y romanos, y sus santos, pintados sin fe, simulan

zurdamente la santidad. Nada de esto sucedió en España. La

arquitectura plateresca, que continúa en cierto modo el arte

medieval, es cristiana, castiza y realista, y se diría que ha

surgido espontáneamente, como una expresión natural del estado

de las almas". Así Manuel Gálvez (_El Solar de la raza_).

Todavía se echa esto mejor de ver en la pintura. Mientras la

italiana paganiza sus santos, desnudándolos de aquel celestial

misticismo de Fra Angélico para engrosarles muslos y espaldas

á lo Miguel Ángel y materializarlos enteramente, la pintura

española llega al más alto grado de expresión cristiana y

mística, y ni los pintores españoles que van á Italia traen

de allí el paganismo, sino ciertos toques de humanismo y

delicadeza, de grandeza olímpica y serenidad clásica, que saben

maravillosamente casar con el realismo español y el misticismo

cristiano, ni los pintores italianos que vienen á España

tienen valor para persistir en su paganismo, cuanto menos

poder para imponerlo á los españoles, antes se españolizan en

el grado que admiramos en las obras del Greco. Lo que pasó

en arquitectura y en pintura puede servirnos de ejemplo para

entender lo que en literatura pasó. Nuestros autores de los

siglos XV, XVI y XVII tomaron del clasicismo lo que nuestros

pintores, quedando hondamente cristianos y realísticamente

españoles. Ahora bien, esto no es decir que no hubo

renacimiento en España, como algunos por ahí propalan, sino

que lo supieron los españoles aprovechar mejor que nadie, no

desnacionalizando ni despersonalizando el arte, como italianos

y franceses, no paganizándolo ni descristianizándolo, sino

reforzando y retocando el arte realista y cristiano con los

elegantes matices del humanismo clásico. Que si por clasicismo

y humanismo, si por renacimiento entienden el olvidar las

cualidades nacionales y el espíritu cristiano, para echarse en

brazos del paganismo y del culto á la materia, cierto no hubo

semejante renacimiento en España y ni fuera bueno lo hubiera,

porque para arquitectura, escultura, pintura y literatura de

mera imitación clásica, de feo maridaje entre Cristo y Belial,

entre el espíritu cristiano y el de la pura carne, hartos

monumentos nos dejaron los italianos y franceses, quedando, por

supuesto, siempre muy por bajo de los dechados que imitaban,

como tiene por ley que acontecer en toda imitación; pero no

hubiéramos tenido el arte realista y místico, que en escultura,

pintura y literatura admiran cada vez más los entendidos y que

sobrepuja en valer estético á todo el clasicismo imitativo

del renacimiento, como tiene que sobrepujar lo personal á lo

prestado, lo vivido á lo copiado, lo natural á lo postizo, lo

popular y nacional á lo erudito y extraño.

=397.= Como acaso no faltará quien halle contradicción entre

el realismo, que caracteriza la literatura y el arte español, y

el misticismo cristiano, que es su verdadero espíritu, aunque

el que tal contradicción halle da muestras de no conocer

el arte español, conviene aclarar entrambos conceptos, de

suyo clarísimos. El espíritu del arte español es cristiano y

por consiguiente más ideal todavía que el que animó al arte

helénico, cuanto nuestra religión es más sobrehumana y rebasa

las lindes mismas del humano entendimiento. Todo el ideal

platónico y olímpico de Grecia es nada si se compara con el

soberano ideal de nuestro Dios infinito, y de su Iglesia y de

la doctrina del Evangelio, que Jesús trajo al mundo, y con la

inmortalidad de las almas. Pero el modo de expresión, en que

el arte consiste, puede ser más ó menos realista y concreto.

El Apolo de Belvedere, por ejemplo, es un hombre perfectísimo,

cual los griegos alcanzaban á concebirlo y cual su ideal de la

humanidad sana, olímpica y serena supo tallarlo. La escultura

del San Francisco, de Alonso Cano, en la catedral de Toledo,

lleva consigo un ideal todavía superior, el ideal del santo

cristiano, que está muy por cima del ideal del dios olímpico

pagano. Ved, con todo, qué expresión de hombre real y de vida

tiene la estatua de San Francisco. El Apolo no vive, ni tiene

pupilas siquiera, es el hombre idealizado; el San Francisco

es el ángel humanado, es el ideal cristiano tan realistamente

expresado, que es hombre vivo. Los griegos dejaban sin pupilas

sus estatuas cabalmente porque por ellas sale la vida del alma,

y ellos pretendían expresar hombres endiosados tan serenos

y sin la lucha de las pasiones humanas como concebían á sus

dioses en el Olimpo. Los cristianos pintaron esa lucha en los

ojos de sus esculturas porque pretendieron expresar hombres

vivientes en este mundo, sin por eso dejar de poner en ellos

el espíritu del ideal misticismo que les animaba. Esto de los

ojos es un símbolo, pues en todo lo demás, gestos y posturas,

los griegos expresaban la misma serenidad olímpica, y los

cristianos, las luchas del alma y de la vida. Y esa serenidad

es el sello de la arquitectura griega, así como esa vida y

espíritu es el sello de la arquitectura cristiana. La expresión

de la realidad viviente es del arte cristiano, pero, sobre

todo, del arte español, el cual, con todo eso, expresa el más

elevado ideal cristiano, el misticismo, pero de otra manera

más encubierta, como latiendo debajo de aquella forma viva y

realista en la cual se encarna. Más común es todavía exagerar

la adustez y la tristeza del arte español, pero no es menos

falso. Adusto y triste es lo cristiano para el mundano, para

la carne, para el que sólo busca carnales deleites. Tales son

hoy día los que hallan adusto y triste el arte español. Los

libros de San Juan de la Cruz están rebosando alegría, pero

alegría espiritual, con tratar del renunciamiento á todos los

placeres mundanos. El arte español se hizo para españoles,

para cristianos; los modernos, mundanos y paganos, no saben

entenderlo, porque no saben leer el alfabeto cristiano, que

no es arte, sino expresión, y se lee una obra de arte como

se lee un libro. Para los extranjeros modernos y para los

extranjeros anticatólicos antiguos el arte español está en

algarabía y así lo hallan triste y adusto, como tan opuesto

al concepto que tienen formado de la vida. Pero ¿hay nada más

apacible que las _Moradas_, que fray Luis de León, que la

_Subida al monte Carmelo_? ¿Hay cosa más luminosa y alegre que

la _Noche escura_? ¿Hay catedral más graciosa que la de León,

más elegante que la de Burgos, más esbelta que la de Sevilla,

más triunfal que la de Toledo? ¿Dónde está en estas catedrales

españolas la adustez, la tristeza? Claro está que tristes y

adustas las hallará la bailarina parisiense que se viniese á

verlas; pero yo os aseguro que no menos tristes hallaría sus

bailes parisienses si pudiera irlos á ver un San Juan de la

Cruz. Ahora, comprendido el contraste que hay entre el espíritu

cristiano de la España antigua y de su arte y el de los pueblos

europeos de aquella misma época, que se habían pasado al campo

de los herejes y de los de hoy todavía más anticristianos que

aquéllos, incapaces de comprender la alegría del triunfo del

cristiano sobre el mundo, del desasimiento de todo sobre los

placeres de la carne, fácil cosa será de ver por qué llamaron

y llaman adusto y triste al arte español los que no tuvieron ó

no tienen el añejo y cristiano espíritu de aquellos españoles.

Y lo que más es, con esto mismo se comprenderá el porqué de la

negra leyenda forjada antiguamente entre los herejes de los

Países Bajos, de Inglaterra y Alemania, sobre España, sobre su

crueldad y sobre la adustez de su arte, y, en una palabra, se

comprenderá la razón de la inquina de la civilización moderna

contra la España que fué y aun la España que es, en cuanto

la creen heredera de aquélla en el espíritu cristiano. Éste

es el punto capital en materia de crítica cuando se trata de

cosas españolas. Gracias que las luchas religiosas no llegan

á algunas almas serenas de pensadores modernos, los cuales

van cayendo en la cuenta y admirando cada vez más el arte

personalísimo español. Pío Baroja, novelista nada reaccionario,

ha escrito: "Salamanca parece demostrar en sus calles que el

pueblo español, además del brío y de la violencia en la vida

y en el arte, guardaba un fondo de gracia suave, hoy quizá

perdida". Las fachadas de San Esteban y de la Universidad dan

un terrible mentís, efectivamente, á los que tienen por adusto

y sin gracia el arte español y ponen bien de manifiesto el

feliz desposorio del arte místico y realista nacional con el

arte del renacimiento, y Salamanca, respirando hondo misticismo

español y elegante alegría clásica, vale más que cualquiera

de las grandes ciudades europeas, si la espiritualidad que

allí todavía se huele y se palpa vale algo más que el burgués

materialismo que á ellas fríamente las embellece.

=398.= _Año 1474._ RODRIGO DE COTA DE MAGUAQUE, llamado _el tío_ y

_el viejo_, para distinguirle de otro más joven, fué toledano y judío

converso, que azuzó al populacho contra los de su nación, lo cual

afiló la pluma de su antiguo correligionario Antón de Montoro para

endilgarle las coplas de _Gentilhombre de quien so_. Murió antes de

1495, ignorándose la fecha de su nacimiento. Lo que le inmortalizó fué

el _Diálogo entre el amor y un viejo_, en 70 estrofas de nueve versos

cada una, obra que pudo y hemos visto representar en Madrid, y de hecho

es un pequeño drama filosófico, que va derecho al desenlace, de acción

sencilla, estilo natural, lenguaje castizo, lucha de pasiones.

Tuvo imitadores y aun añadidores. Así en un códice de la Biblioteca

Nacional de Nápoles, hallado por Alonso Miola. Así Juan del Enzina en

_El Triunfo del Amor_, en la _Égloga de Cristino y Febea_.

=399.= Su origen judío se saca de unos versos suyos, dados

á luz por Foulché-Delbosc en la _Revue Hispanique_, 1894,

marzo, y cuyo manuscrito está en la Nacional (K-97), y

parece fueron escritos después de 1472. En el _Cancionero_

de 1511 se describe así el argumento del _Diálogo_: "Obra

de Rodrigo de Cota, á manera de diálogo entre el amor y un

viejo, que, escarmentado de él, muy retraído, se figura en una

huerta seca y destruída, do la casa del Placer derribada se

muestra, cerrada la puerta, en una pobrecilla choza metido,

al cual súbitamente paresce el Amor con sus ministros; y

aquél humildemente procediendo y el Viejo en áspera manera

replicando, van discurriendo por su fabla, fasta que el Viejo

del Amor fué vencido", y luego burlado del Amor y despreciado

como una espuerta de huesos, con el consiguiente contraste

dramático.

Además de incluirlo todas las ediciones del _Cancionero

general_, se imprimió con las _Coplas_ de Jorge Manrique, con

las de Mingo Revulgo y las _Cartas de refranes_, de Garay,

por ejemplo, en las ediciones de Alcalá, 1564; Madrid, 1632.

También en el libro de _Refranes_, de Oudin, París, 1609; Lyon,

1614; Bruselas, 1634, etc. Reimprimióse, con _La Celestina_,

por Amarita, en 1822; en los _Orígenes_, de Moratín; en la

_Floresta_, de Bölh de Faber; en el _Romancero_, de Durán.

=400.= Rodrigo de Cota de Maguaque. _Diálogo entre el

Amor y un Viejo_, Biblioteca Oropesa, t. IV, reimp. en

_Cancionero general de Hernando del Castillo_, ed. Soc. de

Biblióf. Españoles, 1882, t. I, págs. 297-308; _Εpithalame

burlesque_, ed. R. Foulché-Delbosc, en _Revue Hispanique_

(1894), t. I, págs. 69-72. Consúltense: A. Miola, _Un testo

dramatico spagnuolo del XV secolo_, etc., en _In memoria

di Napoleone Caix e Ugo Angelo Canello_. _Miscellanea di

filologia e linguistica_ (Firenze, 1886), págs. 175-189; M.

Menéndez y Pelayo, _Antología de poetas líricos_, t. VI, págs.

CCCLXXVI-CCCLXXXIV; A. Bonilla, _Anal. de la lit. esp._, 1904,

pág. 164.

En 1475 JUAN MARBRES, catalán, canónigo de Tortosa, escribió

_Quaestiones in octo libros Physicorum_, Padua.

=401.= _Año 1476._ JORGE MANRIQUE (1440?-1479), señor de Belmontejo,

hijo cuarto del conde de Paredes, don Rodrigo, y de su primera mujer

doña Mencía de Figueroa, sobrino de Gómez Manrique, nació probablemente

en Paredes de Nava, cabeza del señorío de su padre, en la provincia de

Palencia. Partidario, como todos los suyos, del infante don Alonso,

derrotó cerca de Ajofrín á don Juan de Valenzuela, recobrando para

don Álvaro de Estúñiga, su primo, el Priorato de San Juan, de que le

había querido desposeer don Enrique IV. Asistió en 1474 á la elección

de Maestre de Santiago, que en Uclés hicieron en favor de su padre,

logrando él mismo uno de los trecenazgos de la Orden. Defendió en

1475 el campo de Calatrava por la Reina Católica contra el Marqués

de Villena, sostuvo con su padre el asedio de Uclés contra el mismo

y el Arzobispo de Toledo, quedando el castillo por el Maestre. Con

Pedro Ruiz de Alarcón tuvo como capitán una compañía de hombres de

armas en 1478 en la campaña contra el mismo Marqués de Villena; pero,

según cuenta Hernando del Pulgar, "se metió con tanta osadía entre los

enemigos, que por no ser visto de los suyos para que fuera socorrido,

le firieron de muchos golpes y murió peleando cerca de las puertas del

castillo de Garci-Muñoz, donde acaeció aquella pelea". Fué sepultado en

la iglesia vieja del convento de Uclés, donde vió su sepultura Garibay.

Sus poesías erótico-cortesanas son como las comunes de sus coetáneos,

aunque se distinguen por cierta sencillez agradable. Las que le han

hecho célebre son las por antonomasia llamadas _Coplas de Jorge

Manrique por la muerte de su padre_ (1476), una de las poesías más

delicadamente sentidas y más conocidas de todo el mundo entre cuantas

se han hecho en España. De las 43 coplas, 17 tratan del elogio fúnebre

del Maestre, con entonación de verdadero himno triunfal, no con

lloriqueos ni sentimentalismos más ó menos afeminados, como preparación

que son para elevarse en alas del mismo soplo filosófico y cristiano,

que bullía en el pecho de los escritores bíblicos y en nuestra España

en el pecho del Arcipreste de Hita, á las soberanas alturas desde donde

se abarcan los estragos de la muerte y la deleznable caducidad de las

cosas humanas. Semejante alteza de pensamientos, expresada con desusado

brío, con verdad rajante, con colores de fuego, ha inmortalizado estas

_Coplas_, que sobrepujan al género común elegíaco, entretenido en los

sentimientos personales del poeta, pues ensanchando la consideración y

generalizando el dolor á toda la humanidad, toma un tinte de eternidad

que frisa en lo que llamamos sublime.

El asunto es tan común, que no hay para qué devanarse los sesos

buscando las fuentes de donde lo sacó; lo original de Jorge Manrique

está en haber sabido tratarlo con la verdad con que sintió la muerte

de un tan esclarecido varón y padre suyo, de suerte que dejándose de

las erudiciones trasnochadas y frías con que otros lo habían antes de

él tratado, vistió con la gracia serena y melancólica gravedad de su

propio genio los hechos desgraciados que él mismo había contemplado

durante su vida. De aquí el color, el realismo, la verdad en suma,

que lleva hasta el fondo del alma los levantados pensamientos y el

dolor universal en que su personal dolor se transforma, que sosegada y

melancólicamente va cayendo en ella con impresión inenarrable. El metro

es acomodadísimo con aquellas caídas de pie quebrado en que parecen á

vueltas derrumbarse las grandezas humanas.

=402.= Sobre la vida de Jorge Manrique véase Luis de Salazar,

_Historia de la Casa de Lara_, 1. X, c. XV. Alonso de Fuentes,

en su _Libro de los cuarenta cantos_ (1550), dedicó un romance

á la muerte de Jorge Manrique, que concuerda con la narración

de Pulgar y prueba que Mariana confundió el encuentro en

que murió el poeta con otro anterior en que fué desbaratado

por Pedro de Baeza en el Cañabete. Las poesías de Jorge

Manrique son unas cincuenta, que se hallan en el _Cancionero_,

de Hernando del Castillo (1511), dos reproducidas en el

_Cancionero de obras de burlas provocantes á risa_ (1519) y

otras en los _Cancioneros_ de Toledo (1527), y Sevilla (1535).

Juan Valera, traduciendo de Schack en el metro de Jorge

Manrique la elegía que el poeta rondeño Abul-Beka hizo en

tiempo de San Fernando y de don Jaime _el Conquistador_ para

llorar la pérdida de Córdoba y Sevilla, Valencia y Murcia,

afirmó que "Jorge Manrique hubo de conocer los versos del

poeta arábigo". Pero prescíndase del metro, que ilusiona más

de lo que parece, y leída la elegía arábiga en árabe ó en

otras traducciones prosaicas, como la francesa de Grangeret

de la Grange del 1828, la castellana de León Carbonero y Sol,

la alemana de Schack, ya no es tan ceñida la semejanza. El

empleo de la interrogación es cosa que tan naturalmente ocurre

al cantar la poquedad y fin de las glorias mundanas, que no

puede considerarse sino como casual en ambas composiciones.

Los pensamientos, las sentencias, las imágenes de las _Coplas_

se hallan en cuantos libros se leían en el siglo XV, de la

Escritura, de los Santos Padres, de los moralistas y poetas

castellanos, como puede verse en Menéndez y Pelayo. Ticknor,

_Hist. de la lit. esp._: "Son versos que llegan hasta nuestro

corazón, que le afectan y le conmueven, á la manera que hiere

nuestros oídos el compasado son de una gran campana, tañida

por mano gentil y con golpes mesurados, produciendo cada vez

sonidos más tristes y lúgubres, hasta que por fin sus últimos

ecos llegan á nosotros como si fueran el apagado lamento de

algún perdido objeto de nuestro amor y cariño". Longfellow, en

su excelente traducción de las _Coplas_: "Es un modelo en su

línea, así por lo solemne y bello de la concepción como por

el noble reposo, dignidad y majestad del estilo, que guarda

perfecta armonía con el fondo". Lope de Vega dijo que merecían

estar escritas con letras de oro. Mariana las califica de

"trovas muy elegantes, en que hay virtudes poéticas y ricos

esmaltes de ingenio y sentencias graves á manera de endecha".

Historia de la lengua y literatura castellana, Tomo 1 · 第 43 / 59 段