italiano, en la pura imitación de lo greco-romano, y más de
lo romano que de lo griego; ni menos, como el renacimiento
francés, en el falseamiento de lo griego por el espíritu
cortesano y el apocado tinte de elegancia de salón, que le dió
el seudoclasicismo; ni como la filología moderna alemana, en el
amazacotado almacenaje de una ciencia greco-romana al menudeo,
verísima, pero que amontona eruditamente todos los cascotes que
quedaron entre sus ruinas, habiendo volado el espíritu estético
que las alentaba. El alma nacional española era entonces
demasiado grande para entretenerse en juguetear imitando
hasta el fondo pagano; era sobrado aventurera y rodeadora de
mundos antes desconocidos para acorralarse en frivolidades
cortesanas; era harto bullidora y briosa para encerrarse en
museos y bibliotecas, clasificando hechos, apurando citas y
cerniendo erudiciones. El alma española borboteaba entonces
bríos y energías por todo el mundo, estaba henchida de
hechos y realidades tan hazañosas que casi tocaban á las más
desaforadas aspiraciones que fantaseada, estaba empapada en los
sentimientos más hondos del cristianismo, hasta el estoicismo
en lo moral, la intransigencia en el dogma, el misticismo en
el pensamiento. Tenía que ser el renacimiento español, por
consiguiente, de empuje, personal y característico, realista
y exagerado de tintas y sentimientos, espiritual y cristiano
hasta el arrobo. Mal cuadraba la serena objetividad, la belleza
superficial de la pura forma, nota distintiva del arte clásico,
á una alma ensimada en la lucha interior cristiana de vicios y
virtudes y arrobada en la contemplación de la nada del hombre y
del universo, de la inmensidad y eternidad de Dios y de la vida
futura.
Por la fuerza de la personalidad ó conocimiento del propio
valer nacional el renacimiento clásico espoleó en España
el renacimiento del arte popular ó, mejor digamos, lo hizo
salir del pueblo y lo llevó al arte erudito, á la literatura
escrita. Por el vivaz realismo no pudo aquí prosperar lo
simbólico, ni el remedo é imitación, ni idealismo de ninguna
especie, sino que se coloreó más y más, y más y más rechinante
y sincero fué el arte. Por el espíritu cristiano y místico no
pudo encarnar en nuestra arte el espíritu mundano y material
del puro alegre vivir de la gentilidad, sino que la hizo
romántica, mística y espiritual. Por la bandera que levantó
contra la Reforma protestante, á causa de tener que reprimir
el Emperador las revueltas de sus súbditos alemanes, no entró
en España el descreimiento y el paganismo; antes el arte se
hizo cada vez más católico y espiritualista. Por todo lo cual
alguien ha negado hubiese en España renacimiento. ¿Cómo iba
á revivir el espíritu pagano y material en el pensar y en el
ceñirse á la forma exterior en una nación cuya divisa era el
cristianismo, esto es, lo más espiritual y místico, lo más
contrario al paganismo? Si eso nada más es el renacimiento, no
hubo renacimiento en España. Pero hubo aquí cierto afortunado
consorcio del hondo pensar cristiano, eterno y espiritual, con
la delicadeza y blandura de las elegancias en la expresión y
forma que trajo el renacimiento. ¿Quién no lo ve en la poesía
de León y en la prosa de Cervantes? ¡Cuán en estrecho nudo
no se enlazan y funden lo espiritual y místico del pensar
en la oda á la Ascensión, por ejemplo, con la horaciana
elegancia, digo más, con la serenidad helénica de la expresión!
¡Cuán maravillosamente no se casan en el _Quijote_ la áurea
amplitud y exquisito humanismo de la expresión clásica y el
pensar hondamente cristiano y castizamente popular de todos
los personajes de la novela! Y no solamente en la exterior
forma de decir está el espíritu clásico, sino en el humanismo
del tratar y concebir las cosas, con tal de no descantar un
punto del dogma y de la moral cristiana. Las elevaciones
platónicas se armonizan en el pensar cristiano nacional con
las precisiones aristotélicas y escolásticas por manera más
levantada que en Cicerón, por ejemplo, merced á la inmensa
capacidad que dentro de la doctrina cristiana, más dilatada
que el universo, puesto que retrae en su tanto la infinidad
del Criador de todo, halla toda manera de pensar que esté
limpia de error y toda manifestación estética de cualquier
pueblo y siglo que sea. Nuestros autores entraron á saco
en Grecia y Roma y se apropiaron cuantas preseas hallaron
de valor, y mucho antes que otros pueblos trajeron al arte
nacional cuanto hallaron en el inmenso mar de la literatura
hebraica y en sus comentadores, los Santos Padres. Tanto de
hebraico como de clásico tiene Fray Luis de León, y nuestros
místicos y ascéticos sobrepujan á los Padres de la Iglesia más
elocuentes en fundir armoniosamente el pintoresco y popular
realismo español con los elementos de doctrina y forma, sacados
tanto de los gentiles como de los judíos. En esto consiste la
grandeza de nuestra llamada mística, la obra más española y
característica de la literatura castellana, hoy poco conocida
á fondo por ser tan extraña al pensar moderno, material y
anticristiano. El empuje renacentista, sin embargo, arrolló
no pocas veces el arte nacional, como sucedió con las frías
novelas pastoriles clásicas, que estuvieron un tiempo de moda
á fines del siglo XVI, quedando arrumbada la poesía pastoril
de nuestros primeros dramaturgos Enzina y Vicente, y acabó
con todo el arte nacional en el siglo XVII, pues hijuelas
del clasicismo fueron el gongorismo y el conceptismo, como
naturales frutos de un arte ajeno, de la imitación y de la
afectación consiguiente, y así su más propio nombre fué el de
_culta latiniparla_, que le dió Quevedo. Y ésta es la razón,
por muchos no vislumbrada, de haber sobrevenido este mal gusto
y decadencia á todas las literaturas de Europa y al mismo
tiempo, como que era consecuencia del arte clásico, postizo y
de imitación, que señoreó en todas partes y tenía que nacer
cuando el brío personal de las nacionalidades, tan robustas
antes, venía ya á menos. Durante el siglo XVI nuestra nación
sintióse tan fuerte, que sacó del clasicismo el provecho que
podía de él sacarse; pero en descaeciendo el espíritu nacional,
á principios del siglo XVII, no bastaron los mayores ingenios,
Góngora, Tirso, Quevedo, Gracián, para contrarrestar los
naturales efectos de un arte extraño y fueron arrollados por
él, antes bien, sin querer, fueron ellos los que le rindieron
parias y vasallaje más que nadie, fueron ellos mismos autores
de la culta latiniparla, del mal gusto, de la decadencia
literaria. "El renacimiento español no tiene la frialdad ni la
objetividad materialista ni esa semicondición de _pastiche_,
que hace antipáticos y secundarios al renacimiento francés
y al italiano. En la arquitectura plateresca, al revés, hay
calor y sentimiento, cierto misticismo sereno, discreto y
amable y una gran sinceridad. El renacimiento italiano y
francés, principalmente el primero, interrumpieron la evolución
lógica del arte; los hombres de aquella época, como se sabe,
pretendieron resucitar el arte griego y el romano, sin pensar
en que catorce siglos de cristianismo habían ya ahondado su
espíritu en el corazón de la humanidad. Así, los dioses de
los artistas del renacimiento no evocan jamás los dioses
griegos y romanos, y sus santos, pintados sin fe, simulan
zurdamente la santidad. Nada de esto sucedió en España. La
arquitectura plateresca, que continúa en cierto modo el arte
medieval, es cristiana, castiza y realista, y se diría que ha
surgido espontáneamente, como una expresión natural del estado
de las almas". Así Manuel Gálvez (_El Solar de la raza_).
Todavía se echa esto mejor de ver en la pintura. Mientras la
italiana paganiza sus santos, desnudándolos de aquel celestial
misticismo de Fra Angélico para engrosarles muslos y espaldas
á lo Miguel Ángel y materializarlos enteramente, la pintura
española llega al más alto grado de expresión cristiana y
mística, y ni los pintores españoles que van á Italia traen
de allí el paganismo, sino ciertos toques de humanismo y
delicadeza, de grandeza olímpica y serenidad clásica, que saben
maravillosamente casar con el realismo español y el misticismo
cristiano, ni los pintores italianos que vienen á España
tienen valor para persistir en su paganismo, cuanto menos
poder para imponerlo á los españoles, antes se españolizan en
el grado que admiramos en las obras del Greco. Lo que pasó
en arquitectura y en pintura puede servirnos de ejemplo para
entender lo que en literatura pasó. Nuestros autores de los
siglos XV, XVI y XVII tomaron del clasicismo lo que nuestros
pintores, quedando hondamente cristianos y realísticamente
españoles. Ahora bien, esto no es decir que no hubo
renacimiento en España, como algunos por ahí propalan, sino
que lo supieron los españoles aprovechar mejor que nadie, no
desnacionalizando ni despersonalizando el arte, como italianos
y franceses, no paganizándolo ni descristianizándolo, sino
reforzando y retocando el arte realista y cristiano con los
elegantes matices del humanismo clásico. Que si por clasicismo
y humanismo, si por renacimiento entienden el olvidar las
cualidades nacionales y el espíritu cristiano, para echarse en
brazos del paganismo y del culto á la materia, cierto no hubo
semejante renacimiento en España y ni fuera bueno lo hubiera,
porque para arquitectura, escultura, pintura y literatura de
mera imitación clásica, de feo maridaje entre Cristo y Belial,
entre el espíritu cristiano y el de la pura carne, hartos
monumentos nos dejaron los italianos y franceses, quedando, por
supuesto, siempre muy por bajo de los dechados que imitaban,
como tiene por ley que acontecer en toda imitación; pero no
hubiéramos tenido el arte realista y místico, que en escultura,
pintura y literatura admiran cada vez más los entendidos y que
sobrepuja en valer estético á todo el clasicismo imitativo
del renacimiento, como tiene que sobrepujar lo personal á lo
prestado, lo vivido á lo copiado, lo natural á lo postizo, lo
popular y nacional á lo erudito y extraño.
=397.= Como acaso no faltará quien halle contradicción entre
el realismo, que caracteriza la literatura y el arte español, y
el misticismo cristiano, que es su verdadero espíritu, aunque
el que tal contradicción halle da muestras de no conocer
el arte español, conviene aclarar entrambos conceptos, de
suyo clarísimos. El espíritu del arte español es cristiano y
por consiguiente más ideal todavía que el que animó al arte
helénico, cuanto nuestra religión es más sobrehumana y rebasa
las lindes mismas del humano entendimiento. Todo el ideal
platónico y olímpico de Grecia es nada si se compara con el
soberano ideal de nuestro Dios infinito, y de su Iglesia y de
la doctrina del Evangelio, que Jesús trajo al mundo, y con la
inmortalidad de las almas. Pero el modo de expresión, en que
el arte consiste, puede ser más ó menos realista y concreto.
El Apolo de Belvedere, por ejemplo, es un hombre perfectísimo,
cual los griegos alcanzaban á concebirlo y cual su ideal de la
humanidad sana, olímpica y serena supo tallarlo. La escultura
del San Francisco, de Alonso Cano, en la catedral de Toledo,
lleva consigo un ideal todavía superior, el ideal del santo
cristiano, que está muy por cima del ideal del dios olímpico
pagano. Ved, con todo, qué expresión de hombre real y de vida
tiene la estatua de San Francisco. El Apolo no vive, ni tiene
pupilas siquiera, es el hombre idealizado; el San Francisco
es el ángel humanado, es el ideal cristiano tan realistamente
expresado, que es hombre vivo. Los griegos dejaban sin pupilas
sus estatuas cabalmente porque por ellas sale la vida del alma,
y ellos pretendían expresar hombres endiosados tan serenos
y sin la lucha de las pasiones humanas como concebían á sus
dioses en el Olimpo. Los cristianos pintaron esa lucha en los
ojos de sus esculturas porque pretendieron expresar hombres
vivientes en este mundo, sin por eso dejar de poner en ellos
el espíritu del ideal misticismo que les animaba. Esto de los
ojos es un símbolo, pues en todo lo demás, gestos y posturas,
los griegos expresaban la misma serenidad olímpica, y los
cristianos, las luchas del alma y de la vida. Y esa serenidad
es el sello de la arquitectura griega, así como esa vida y
espíritu es el sello de la arquitectura cristiana. La expresión
de la realidad viviente es del arte cristiano, pero, sobre
todo, del arte español, el cual, con todo eso, expresa el más
elevado ideal cristiano, el misticismo, pero de otra manera
más encubierta, como latiendo debajo de aquella forma viva y
realista en la cual se encarna. Más común es todavía exagerar
la adustez y la tristeza del arte español, pero no es menos
falso. Adusto y triste es lo cristiano para el mundano, para
la carne, para el que sólo busca carnales deleites. Tales son
hoy día los que hallan adusto y triste el arte español. Los
libros de San Juan de la Cruz están rebosando alegría, pero
alegría espiritual, con tratar del renunciamiento á todos los
placeres mundanos. El arte español se hizo para españoles,
para cristianos; los modernos, mundanos y paganos, no saben
entenderlo, porque no saben leer el alfabeto cristiano, que
no es arte, sino expresión, y se lee una obra de arte como
se lee un libro. Para los extranjeros modernos y para los
extranjeros anticatólicos antiguos el arte español está en
algarabía y así lo hallan triste y adusto, como tan opuesto
al concepto que tienen formado de la vida. Pero ¿hay nada más
apacible que las _Moradas_, que fray Luis de León, que la
_Subida al monte Carmelo_? ¿Hay cosa más luminosa y alegre que
la _Noche escura_? ¿Hay catedral más graciosa que la de León,
más elegante que la de Burgos, más esbelta que la de Sevilla,
más triunfal que la de Toledo? ¿Dónde está en estas catedrales
españolas la adustez, la tristeza? Claro está que tristes y
adustas las hallará la bailarina parisiense que se viniese á
verlas; pero yo os aseguro que no menos tristes hallaría sus
bailes parisienses si pudiera irlos á ver un San Juan de la
Cruz. Ahora, comprendido el contraste que hay entre el espíritu
cristiano de la España antigua y de su arte y el de los pueblos
europeos de aquella misma época, que se habían pasado al campo
de los herejes y de los de hoy todavía más anticristianos que
aquéllos, incapaces de comprender la alegría del triunfo del
cristiano sobre el mundo, del desasimiento de todo sobre los
placeres de la carne, fácil cosa será de ver por qué llamaron
y llaman adusto y triste al arte español los que no tuvieron ó
no tienen el añejo y cristiano espíritu de aquellos españoles.
Y lo que más es, con esto mismo se comprenderá el porqué de la
negra leyenda forjada antiguamente entre los herejes de los
Países Bajos, de Inglaterra y Alemania, sobre España, sobre su
crueldad y sobre la adustez de su arte, y, en una palabra, se
comprenderá la razón de la inquina de la civilización moderna
contra la España que fué y aun la España que es, en cuanto
la creen heredera de aquélla en el espíritu cristiano. Éste
es el punto capital en materia de crítica cuando se trata de
cosas españolas. Gracias que las luchas religiosas no llegan
á algunas almas serenas de pensadores modernos, los cuales
van cayendo en la cuenta y admirando cada vez más el arte
personalísimo español. Pío Baroja, novelista nada reaccionario,
ha escrito: "Salamanca parece demostrar en sus calles que el
pueblo español, además del brío y de la violencia en la vida
y en el arte, guardaba un fondo de gracia suave, hoy quizá
perdida". Las fachadas de San Esteban y de la Universidad dan
un terrible mentís, efectivamente, á los que tienen por adusto
y sin gracia el arte español y ponen bien de manifiesto el
feliz desposorio del arte místico y realista nacional con el
arte del renacimiento, y Salamanca, respirando hondo misticismo
español y elegante alegría clásica, vale más que cualquiera
de las grandes ciudades europeas, si la espiritualidad que
allí todavía se huele y se palpa vale algo más que el burgués
materialismo que á ellas fríamente las embellece.
=398.= _Año 1474._ RODRIGO DE COTA DE MAGUAQUE, llamado _el tío_ y
_el viejo_, para distinguirle de otro más joven, fué toledano y judío
converso, que azuzó al populacho contra los de su nación, lo cual
afiló la pluma de su antiguo correligionario Antón de Montoro para
endilgarle las coplas de _Gentilhombre de quien so_. Murió antes de
1495, ignorándose la fecha de su nacimiento. Lo que le inmortalizó fué
el _Diálogo entre el amor y un viejo_, en 70 estrofas de nueve versos
cada una, obra que pudo y hemos visto representar en Madrid, y de hecho
es un pequeño drama filosófico, que va derecho al desenlace, de acción
sencilla, estilo natural, lenguaje castizo, lucha de pasiones.
Tuvo imitadores y aun añadidores. Así en un códice de la Biblioteca
Nacional de Nápoles, hallado por Alonso Miola. Así Juan del Enzina en
_El Triunfo del Amor_, en la _Égloga de Cristino y Febea_.
=399.= Su origen judío se saca de unos versos suyos, dados
á luz por Foulché-Delbosc en la _Revue Hispanique_, 1894,
marzo, y cuyo manuscrito está en la Nacional (K-97), y
parece fueron escritos después de 1472. En el _Cancionero_
de 1511 se describe así el argumento del _Diálogo_: "Obra
de Rodrigo de Cota, á manera de diálogo entre el amor y un
viejo, que, escarmentado de él, muy retraído, se figura en una
huerta seca y destruída, do la casa del Placer derribada se
muestra, cerrada la puerta, en una pobrecilla choza metido,
al cual súbitamente paresce el Amor con sus ministros; y
aquél humildemente procediendo y el Viejo en áspera manera
replicando, van discurriendo por su fabla, fasta que el Viejo
del Amor fué vencido", y luego burlado del Amor y despreciado
como una espuerta de huesos, con el consiguiente contraste
dramático.
Además de incluirlo todas las ediciones del _Cancionero
general_, se imprimió con las _Coplas_ de Jorge Manrique, con
las de Mingo Revulgo y las _Cartas de refranes_, de Garay,
por ejemplo, en las ediciones de Alcalá, 1564; Madrid, 1632.
También en el libro de _Refranes_, de Oudin, París, 1609; Lyon,
1614; Bruselas, 1634, etc. Reimprimióse, con _La Celestina_,
por Amarita, en 1822; en los _Orígenes_, de Moratín; en la
_Floresta_, de Bölh de Faber; en el _Romancero_, de Durán.
=400.= Rodrigo de Cota de Maguaque. _Diálogo entre el
Amor y un Viejo_, Biblioteca Oropesa, t. IV, reimp. en
_Cancionero general de Hernando del Castillo_, ed. Soc. de
Biblióf. Españoles, 1882, t. I, págs. 297-308; _Εpithalame
burlesque_, ed. R. Foulché-Delbosc, en _Revue Hispanique_
(1894), t. I, págs. 69-72. Consúltense: A. Miola, _Un testo
dramatico spagnuolo del XV secolo_, etc., en _In memoria
di Napoleone Caix e Ugo Angelo Canello_. _Miscellanea di
filologia e linguistica_ (Firenze, 1886), págs. 175-189; M.
Menéndez y Pelayo, _Antología de poetas líricos_, t. VI, págs.
CCCLXXVI-CCCLXXXIV; A. Bonilla, _Anal. de la lit. esp._, 1904,
pág. 164.
En 1475 JUAN MARBRES, catalán, canónigo de Tortosa, escribió
_Quaestiones in octo libros Physicorum_, Padua.
=401.= _Año 1476._ JORGE MANRIQUE (1440?-1479), señor de Belmontejo,
hijo cuarto del conde de Paredes, don Rodrigo, y de su primera mujer
doña Mencía de Figueroa, sobrino de Gómez Manrique, nació probablemente
en Paredes de Nava, cabeza del señorío de su padre, en la provincia de
Palencia. Partidario, como todos los suyos, del infante don Alonso,
derrotó cerca de Ajofrín á don Juan de Valenzuela, recobrando para
don Álvaro de Estúñiga, su primo, el Priorato de San Juan, de que le
había querido desposeer don Enrique IV. Asistió en 1474 á la elección
de Maestre de Santiago, que en Uclés hicieron en favor de su padre,
logrando él mismo uno de los trecenazgos de la Orden. Defendió en
1475 el campo de Calatrava por la Reina Católica contra el Marqués
de Villena, sostuvo con su padre el asedio de Uclés contra el mismo
y el Arzobispo de Toledo, quedando el castillo por el Maestre. Con
Pedro Ruiz de Alarcón tuvo como capitán una compañía de hombres de
armas en 1478 en la campaña contra el mismo Marqués de Villena; pero,
según cuenta Hernando del Pulgar, "se metió con tanta osadía entre los
enemigos, que por no ser visto de los suyos para que fuera socorrido,
le firieron de muchos golpes y murió peleando cerca de las puertas del
castillo de Garci-Muñoz, donde acaeció aquella pelea". Fué sepultado en
la iglesia vieja del convento de Uclés, donde vió su sepultura Garibay.
Sus poesías erótico-cortesanas son como las comunes de sus coetáneos,
aunque se distinguen por cierta sencillez agradable. Las que le han
hecho célebre son las por antonomasia llamadas _Coplas de Jorge
Manrique por la muerte de su padre_ (1476), una de las poesías más
delicadamente sentidas y más conocidas de todo el mundo entre cuantas
se han hecho en España. De las 43 coplas, 17 tratan del elogio fúnebre
del Maestre, con entonación de verdadero himno triunfal, no con
lloriqueos ni sentimentalismos más ó menos afeminados, como preparación
que son para elevarse en alas del mismo soplo filosófico y cristiano,
que bullía en el pecho de los escritores bíblicos y en nuestra España
en el pecho del Arcipreste de Hita, á las soberanas alturas desde donde
se abarcan los estragos de la muerte y la deleznable caducidad de las
cosas humanas. Semejante alteza de pensamientos, expresada con desusado
brío, con verdad rajante, con colores de fuego, ha inmortalizado estas
_Coplas_, que sobrepujan al género común elegíaco, entretenido en los
sentimientos personales del poeta, pues ensanchando la consideración y
generalizando el dolor á toda la humanidad, toma un tinte de eternidad
que frisa en lo que llamamos sublime.
El asunto es tan común, que no hay para qué devanarse los sesos
buscando las fuentes de donde lo sacó; lo original de Jorge Manrique
está en haber sabido tratarlo con la verdad con que sintió la muerte
de un tan esclarecido varón y padre suyo, de suerte que dejándose de
las erudiciones trasnochadas y frías con que otros lo habían antes de
él tratado, vistió con la gracia serena y melancólica gravedad de su
propio genio los hechos desgraciados que él mismo había contemplado
durante su vida. De aquí el color, el realismo, la verdad en suma,
que lleva hasta el fondo del alma los levantados pensamientos y el
dolor universal en que su personal dolor se transforma, que sosegada y
melancólicamente va cayendo en ella con impresión inenarrable. El metro
es acomodadísimo con aquellas caídas de pie quebrado en que parecen á
vueltas derrumbarse las grandezas humanas.
=402.= Sobre la vida de Jorge Manrique véase Luis de Salazar,
_Historia de la Casa de Lara_, 1. X, c. XV. Alonso de Fuentes,
en su _Libro de los cuarenta cantos_ (1550), dedicó un romance
á la muerte de Jorge Manrique, que concuerda con la narración
de Pulgar y prueba que Mariana confundió el encuentro en
que murió el poeta con otro anterior en que fué desbaratado
por Pedro de Baeza en el Cañabete. Las poesías de Jorge
Manrique son unas cincuenta, que se hallan en el _Cancionero_,
de Hernando del Castillo (1511), dos reproducidas en el
_Cancionero de obras de burlas provocantes á risa_ (1519) y
otras en los _Cancioneros_ de Toledo (1527), y Sevilla (1535).
Juan Valera, traduciendo de Schack en el metro de Jorge
Manrique la elegía que el poeta rondeño Abul-Beka hizo en
tiempo de San Fernando y de don Jaime _el Conquistador_ para
llorar la pérdida de Córdoba y Sevilla, Valencia y Murcia,
afirmó que "Jorge Manrique hubo de conocer los versos del
poeta arábigo". Pero prescíndase del metro, que ilusiona más
de lo que parece, y leída la elegía arábiga en árabe ó en
otras traducciones prosaicas, como la francesa de Grangeret
de la Grange del 1828, la castellana de León Carbonero y Sol,
la alemana de Schack, ya no es tan ceñida la semejanza. El
empleo de la interrogación es cosa que tan naturalmente ocurre
al cantar la poquedad y fin de las glorias mundanas, que no
puede considerarse sino como casual en ambas composiciones.
Los pensamientos, las sentencias, las imágenes de las _Coplas_
se hallan en cuantos libros se leían en el siglo XV, de la
Escritura, de los Santos Padres, de los moralistas y poetas
castellanos, como puede verse en Menéndez y Pelayo. Ticknor,
_Hist. de la lit. esp._: "Son versos que llegan hasta nuestro
corazón, que le afectan y le conmueven, á la manera que hiere
nuestros oídos el compasado son de una gran campana, tañida
por mano gentil y con golpes mesurados, produciendo cada vez
sonidos más tristes y lúgubres, hasta que por fin sus últimos
ecos llegan á nosotros como si fueran el apagado lamento de
algún perdido objeto de nuestro amor y cariño". Longfellow, en
su excelente traducción de las _Coplas_: "Es un modelo en su
línea, así por lo solemne y bello de la concepción como por
el noble reposo, dignidad y majestad del estilo, que guarda
perfecta armonía con el fondo". Lope de Vega dijo que merecían
estar escritas con letras de oro. Mariana las califica de
"trovas muy elegantes, en que hay virtudes poéticas y ricos
esmaltes de ingenio y sentencias graves á manera de endecha".