aguas, dándoles ciertos elegantes tornasoles, que volvieron á
encandilar á nuestros eruditos, y desviados de la vereda natural y
segura, que es la popular, tornaron á despepitarse por todo lo extraño,
desbocándose sin freno en la afectación y en el artificio hasta
despeñarse en el gongorismo y conceptismo en el siglo XVII. Por eso
para mí, si la literatura del siglo XVI es oro, la del último cuarto
del siglo XV son puros diamantes, y el oro de los Valdés, Leones,
Teresas, Quevedos, Góngoras y Lopes es el que supieron sacar del minero
castizo y popular, y la mayor grandeza de Cervantes débese á que supo
hermanar cual ninguno el metal español con el clásico greco-romano,
tomando de éste lo exquisito de su elegancia y de aquél lo acendrado de
su realismo.
=392.= "Dos grandes hechos que aceleraron su progreso durante
este reinado, dice M. Pelayo (_Antol._, t. VI, pág. CLXXIX),
y abrieron las puertas de una nueva era. Estos hechos son la
influencia triunfante de los humanistas y la introducción de
la imprenta en nuestro suelo". Tiene razón, si de la cultura
en general se trata y de la erudición; pero M. Pelayo, como
erudito y humanista, no suele tener ojos más que para cuanto
á esa cultura y erudición clásica atañe, y no ahonda en el
elemento popular, raíz única del verdadero arte literario, que
es el nacional. Las grandes obras literarias del reinado de los
Reyes Católicos deben muy poco al clasicismo y á la erudición
exótica. Ya las hemos citado. Toda su fuerza y valer les
viene del elemento popular y castizo que sus autores supieron
apropiarse. Baste un ejemplo. Lo tomado de la erudición
clásica en la _Celestina_ es lo único que la mancilla, el
hablar humanístico y el extemporáneo aludir á erudiciones
greco-romanas; lo que la hace inmortal es el realismo español,
los caracteres castizamente dibujados y el habla popular.
Nada se diga de las escenas sayagüesas de Lucas Fernández y
Juan del Enzina, de los cantarcillos populares, del vulgar
lenguaje, ni del _Romancero_, popular hasta los tuétanos. Una
literatura que tan personales y nacionales obras produce no
puede llamarse literatura en germen, como la llama el mismo M.
Pelayo por apreciar más la literatura erudita del siglo XVI;
es una literatura en plena madurez y rebosando savia y vida.
Claro está que asuntos, estilo y lenguaje huelen á no acabados,
cuando con los del siglo XVI se comparan; pero lo mismo acaece
con los del siglo XVI, comparados con los del XVII, y siempre
sucede que toda época anterior ofrece un lenguaje y una manera
de pensar y sentir que parecen imperfectas cuando con las de
la época siguiente se cotejan. Por eso los literatos de la
edad de plata en Roma apreciaban más su manera más rebuscada
que la de la edad de oro del tiempo de Augusto. No es ese el
verdadero y seguro criterio para juzgar del valor estético
de las obras de arte, porque con él tenía razón Scalígero en
preferir Virgilio á Homero y Estacio á uno y otro. El criterio
moderno, más democrático y justo, da la preferencia á la mayor
personalidad y á la mayor naturalidad y fuerza de la expresión,
que nacen del mayor arraigo en el pueblo y espíritu nacional.
Por esta nota es grande la literatura del tiempo de los Reyes
Católicos, como es grande su política é historia, mayor en
el fondo que la de sus sucesores, que recogieron el fruto y
extendieron incomparablemente más la fama y gloria del nombre
español. El mismo M. Pelayo no deja, sin embargo, de notar
que "advertiremos al propio tiempo síntomas de novedad y de
transformación, si no en los metros, en el espíritu; maridaje
frecuente de lo vulgar con lo erudito, desarrollo visible de
los elementos musicales del lenguaje y un lento infiltrarse de
la canción popular en la lírica cortesana, que hasta entonces
la había desdeñado". Compárense los diversos géneros literarios
de esta época con los del siglo XVI y se verá claramente
la diferencia. La épica es aquí el _Romancero_, que es la
verdadera épica nacional. La épica del siglo XVI puede decirse
que es la novela caballeresca, acomodada al espíritu aventurero
y caballeresco de aquel siglo de empresas quijotescas. La
lírica del tiempo de los Reyes Católicos es igualmente la
popular de villancicos y cantares, que se hallan sobre todo
en nuestros dramáticos egloguistas y en el _Cancionero_ de
Barbieri; en cambio la lírica del siglo XVI es la traída de
Italia por Boscán y Garcilaso, la égloga latina, la canción y
el soneto, lírica extraña, en los pensamientos y en el verso
endecasílabo italiano, que hace nos parezca fría toda la lírica
clásica del siglo XVI, porque realmente lo es, menos cuando se
acerca á la manera castiza, como en Baltasar del Alcázar, á
veces en Cetina y otros. La dramática del tiempo de los Reyes
Católicos son las escenas pastoriles ó populares de Enzina,
Vicente, Rojas, mezclándose ya en éste la dramática clásica. En
el siglo XVI hay varias corrientes: la de las églogas dichas,
la imitación de la _Celestina_ y la de escenas populares, que
también sigue mezclándose con el italianismo, hallando su
perfección esta tercera corriente en Lope de Rueda y Cervantes
en cuanto se atienen al entremés, á los pasos, escenas de
costumbres y de caracteres, que es lo verdaderamente nacional.
La dramática del siglo XVI no es, pues, más que continuación de
la de fines del siglo XV. Son, por consiguiente, más nacionales
y recias, más naturales y frescas las manifestaciones del arte
épico, lírico y dramático del tiempo de los Reyes Católicos;
en el siglo XVI sobrepuja el clasicismo latino é italiano, hay
mayor elemento extraño, convencional, afectado; es más para los
eruditos que para el común de los españoles. En el siglo XVII
estos defectos se extreman mucho más y se urbaniza el arte,
dejando el campo y encerrándose en las ciudades. Á la novela
caballeresca sustituyen los grandes poemas épicos, imitaciones
y calcos del poema clásico; la lírica italo-latina cae en el
conceptismo y el gongorismo; tras el teatro del paso y entremés
viene la comedia española, en que á los elementos castizos
en Lope y en Tirso sobrepujan los afectados, convencionales,
metafísicos, de enredos y pundonores ciudadanos de estos dos
mismos grandes autores, de Calderón y de los demás. Solamente
la prosa tarda más en perfeccionarse, puede decirse que llega
á entera sazón en el siglo XVI, no habiendo tenido tiempo para
aclararse y posarse en la época de los Reyes Católicos; en el
siglo XVII se empobrece, se poetiza bárbaramente, se esquina
y oscurece á fuerza de sutilezas, metáforas y concisiones,
que van contra la naturalidad. En suma, durante el reinado de
los Reyes Católicos señorea en el arte literario lo popular y
castizo; en el siglo XVI lo italo-latino ó renacentista; en el
XVII, los consiguientes frutos del renacimiento extremado, que
son la afectación en el pensar ó conceptismo y en el decir ó
gongorismo. El romance, el villancico, la égloga dramática son
arte campestre, al aire y al sol; el poema clásico, el soneto,
la comedia de capa y espada son arte urbano, casero, académico:
el primero es arte nacional y para todos; el segundo, arte para
ciudadanos cultos.
=393.= Después de apuntar con algunos tenues destellos en la
primera mitad del siglo XV, amanece de lleno el renacimiento
para España en la época de los Reyes Católicos y continúa
alumbrándola hasta los primeros comienzos del siglo XVII: es
la edad de oro de nuestra literatura. Cinco épocas pueden
distinguirse durante este influjo renacentista. La primera
es la que acabamos de recorrer; la de los Reyes Católicos es
la segunda, que podemos llamar de los _humanistas_. En ella
florecen casi todos los más insignes que tuvo España; durante
ella, toda persona que desea instruirse estudia las lenguas y
literaturas de la antigüedad; en ella se traducen al castellano
los principales libros griegos, latinos é italianos; cuantos
desean pasar por cultos remedan en romance el período y el
hipérbaton latino, con mejor ó peor fortuna, al modo de los
personajes cultos de la _Celestina_. Hierve el nuevo mosto con
pujanza, mezcladas sin clarificarse las ideas y las maneras
de decir. El castellano literario se enturbia y alborota como
en fuerte mareta: pocos autores salen airosos en el estilo
terso y acabado, á no ser cuando se asen al habla popular, que
contrasta, sesga y tranquila, los embates de la erudición.
Pero el renacimiento no hace en España los efectos que en
Italia, no sólo porque la ola resurte acá, ya rota acullá
por vez primera, sino porque halla al espíritu español en un
momento muy otro del que halló al espíritu italiano en el siglo
XIV. Allí el renacimiento conmovió hasta los cimientos de la
sociedad aniñada y encogida de la Edad Media; el paganismo se
temió barriese la civilización cristiana del suelo italiano.
Zozobraron hasta las creencias en la inmortalidad del alma,
en Cristo Redentor y aun en Dios, padre de sus criaturas; un
frío deísmo desvarió las cabezas de no pocos renacentistas, ya
que el politeísmo no tenía fuerza para alzar la voz en demanda
de sus antiguos fueros. Á las creencias cristianas tomaron
el lugar las supersticiones, la astrología judiciaria, los
talismanes. El goce pagano del vivir desenfrenó las pasiones,
que ensangrentaron á Italia con no interrumpidas tragedias. El
espíritu español hallábase, por el contrario, en el máximum del
esfuerzo con que, sacudida la modorra de los últimos reinados,
mejor dicho, encauzadas aquellas energías tan baldíamente
derrochadas en luchas palaciegas y de señores de estados entre
sí y con los reyes, empleáronse en las empresas más aventureras
que jamás los españoles mismos soñaron: en echar de todo en
todo de la patria á los moros, en vencer á Francia y conquistar
á Italia, en descubrir un mundo nuevo. Colón, arrodillado al
desembarcar en desconocidas playas; Cortés, aherrojando con
cadenas de oro á Moctezuma; Pizarro empinándose y señalando con
el dedo en la pared de la prisión del Inca la raya hasta donde
había de llenarla de oro en polvo; los soldados de Valdivia
dejando sus miembros helados en los desfiladeros de los Andes;
la reina Isabel entrando sobre su hacanea por las puertas de
Granada, ondeando en el alcázar y minaretes la morada bandera
de Castilla; Gonzalo de Córdoba echando á puntapiés tras los
Alpes la última rezaga de franceses; las prensas, en todas
las ciudades de España, sudando tinta regeneradora, es un
cuadro que pocas veces ha tenido su parejo con pinceladas
de tamaña valentía. España se empinaba de repente. El
empuje del espíritu español en tales circunstancias hubo de
rebatir y contrastar el elemento afeminado y anticristiano
del renacimiento, abrazando tan sólo el ansia de conocer la
antigüedad clásica y enamorándose de su arte, sin dejarse
mellar por la idea pagana. Dejaremos para sus propios lugares
las otras tres épocas renacentistas: la del Emperador, la de
los Felipes II y III y la de Felipe IV: otras no menos notables
circunstancias hicieron que jamás entrara en España con el
renacimiento clásico el espíritu pagano, que tan hondo caló en
Italia y aun en el resto de Europa. España era harto española
en tiempo de los Reyes Católicos para que del renacimiento
admitiese idea alguna pagana, desmoralizadora ó destructora de
la religión católica; sólo admitió el arte, la amplitud del
humanismo, que dentro del cristianismo encajaba al propio; las
doctrinas democráticas, que ya aquí vivían como en tierra bien
sazonada; la unidad política, las tendencias imperialistas y
absolutistas, buenas al principio, dañosas después; el respeto
al individuo, más evangélico todavía que pagano; la mayor
suavidad de costumbres, la finura en el trato, la rebusca del
galano decir.
La cultura clásica entra de lleno en España con los humanistas
italianos que vienen á ella, y los humanistas españoles que
van á educarse á Italia. Fernando _el Católico_ fué instruido
clásicamente por Vidal de Noya; la reina Isabel aprendió el
latín con doña Beatriz Galindo, protegió los estudios é hizo
que el príncipe don Juan saliese "buen latino", como escribió
Oviedo, y no menos sabían latín las infantas. "Non vedes
quantos comienzan aprehender, mirando su realeza?", dice
Lucena; "jugaba el rey, eran todos tahúres: estudia la Reina,
somos agora estudiantes". El almirante don Fadrique Enríquez
trajo á España, en 1484, á Lucio Marineo Sículo; el Conde de
Tendilla, embajador en Roma, trajo, en 1487, á Pedro Mártir
de Angleria, que comentó en Salamanca las sátiras de Juvenal,
entrándole á la cátedra en hombros sus discípulos. Antonio
Geraldino enseñaba á la infanta Isabel, y su hermano Alejandro
á las demás infantas.
Con los trabajos mucho más serios de nuestros humanistas y
con los estudios de la Universidad de Alcalá, en el primer
tercio del siglo XVI, la cultura greco-latina se derramó por
toda España, y no sólo la enseñaban los profesores oficiales,
sino otros muchos particulares, como en Segovia, Juan Oteo,
maestro de Andrés Laguna; en Soria, el bachiller Pedro de Rúa;
en Valladolid y en Olmedo, Cristóbal de Villalón; en Toledo,
Alfonso Cedillo, maestro de Alejo Venegas; en Calahorra, el
Bachiller de la Pradilla; en Santo Domingo de la Calzada, Pedro
Lastra; en Sevilla, Diego de Lora y Cristóbal de Escobar; en
Granada, Pedro Mata; en Écija, Andrés _el Griego_. Aun de
las señoras mencionan Lucio Marineo y el _Gynecaeum Hispanae
Minervae_, de Nicolás Antonio, á doña Juana Contreras, Isabel
de Vergara, Antonia de Nebrija, la Condesa de Monteagudo, doña
María Pacheco, doña Mencía de Mendoza, marquesa de Zenete, doña
Lucía de Medrano, que tuvo cátedra pública de clásicos latinos
en la Universidad de Salamanca, y la famosa señora conocida
por _La Latina_, doña Beatriz Galindo (1475?-1534), maestra en
latín de la reina Isabel. El renacimiento no secó de repente
las demás fuentes que alimentaban la cultura española. La
filosofía la traían antes los nuestros de París, y siguieron
trayéndola hasta que hubo aquí más grandes filósofos, como hubo
más grandes teólogos que en París. La jurisprudencia siguió
trayéndose del Colegio de San Clemente, de Bolonia, hasta que
nuestros jurisperitos sobrepujaron á los venidos de Bolonia.
No hay más que notar el lugar de impresión de las obras que
citaremos para echar de ver los autores amamantados en aquellos
centros de estudios.
=394.= Hay quien entiende por arte clásico aquellas obras
pensadas con estudio, meditadas con espacio, como cosa grave
y seria en la vida; aquel planear dando su justo lugar á
los miembros; aquel pensar con sensatez y escribir con
corrección; pesar las palabras, medir su cadencia, aquilatar
su propiedad, engarzar sonoramente las frases, colorir de
metáforas apropiadas el estilo, limar y retocar cien veces la
expresión, refrenar la imaginación y contener la vivacidad y
rauda del sentimiento, en una palabra, tener en la mano á la
continua la regla y el compás de manera que, dominando siempre
la inteligencia al corazón y á la fantasía, en todo se vea la
mesura, la continencia del pensador y del escritor. Esto será
talento equilibrado, ingenio discreto, ordenado y sano artista,
si se quiere, y que, sin duda lo trajo el Renacimiento; pero no
es ese el artista clásico verdadero. Otros entienden por arte
clásico la pura imitación de griegos, latinos é italianos y
aun franceses, la mucha lección de los antiguos, la erudición
mitológica é histórica que revista hasta los pensamientos
modernos. Mucho de esto hubo en la época del Renacimiento en
Italia y en España; pero tampoco es más que arte de reflejo
y de pueril remedo, que tenía que parar, como paró, en el
culteranismo. El arte clásico ni rebaja el alto ingenio,
reduciéndolo á discreto talento, ni menos á discípulo de una
clase de retórica ó á erudito anticuario.
Arte clásico es el puramente griego, al cual se le acercaron,
sin emparejar con él más que rarísimas veces, algunos romanos
y algunos renacentistas. Arte clásico en España ha de hacerse
con asuntos españoles, como con asuntos griegos se hizo
arte clásico en Grecia; como aquél hundía sus raíces en las
creencias populares de la Hélada, ha de arraigar aquí en las
populares creencias españolas. Ha de ser sincero y natural,
porque la naturalidad y verdad son el sano y verdadero
fundamento del arte, huyendo de todo embuste de convenciones,
erudiciones extrañas, efectismos hechizos y postizos y fines
interesados que lo bastardeen y avillanen, y, sobre todo, de la
afectación, que rebusca caminos extraordinarios y exquisitos
para pasmar por lo inesperado y fuera de uso. Pero la nota
distintiva del arte clásico, helénico, digamos, dentro de
las dichas condiciones, que lo son de toda arte verdadera,
es un cierto idealismo, no simbólico ni lejano, sino natural
é inmediatamente nacido de la realidad, contemplada por el
hombre pensador, que no es frío fotógrafo de la naturaleza.
Suelen oponer al arte idealista el arte naturalista ó realista,
y de hecho pueden notarse una y otra tendencia, exagerada
en muchas obras de arte; pero no ha de creerse que el arte
helénico ó clásico verdadero sea contrario al arte que remede
y tome cuanto pueda del natural y de la realidad, antes es su
fundamento, bien que harto desconocido por los seudoclasicismos
que fuera de Grecia han señoreado las literaturas posteriores.
El idealismo que distingue al arte clásico es como el alma
que el ingenio del artista sopló dentro de lo natural y real
vivificándolo, humanando, por decirlo así, lo material;
mejor digamos divinizándolo y endiosándolo, porque aquel
ideal clásico consistía en levantar, no sólo la naturaleza
física, sino las acciones humanas mismas hacia la naturaleza
sobrehumana, que concebían ser la vida de sus dioses, hacia
aquella soberana serenidad y plácido reposo, que ideaban orear
las cimas del Olimpo, morada de los inmortales, bañándoles de
alegre beatitud sin mezcla de las perturbaciones y rastreros
apetitos, que empañan, cuando no enlodan, á los tristes que
vivimos en casas de lodo y piedra. La sana y robusta concepción
de la vida, con la alegría del vivir, que hoy dicen, sólo
creían competir de lleno á los bienaventurados, que así
llamaban á los moradores del Olimpo, y esa vida plácida y
serena, esa belleza inmarcesible y sin mancilla, que Platón
llamó _la idea de la belleza_, era la que fantaseaban los
artistas griegos como ideal del arte y la que supieron infundir
en sus obras, alzando de esta manera de la tierra la naturaleza
insensible hasta humanarla primero por el antropomorfismo de su
mitología y endiosarla después á ella y á la misma humanidad
y acciones humanas y como emparentándolas con los dioses. Tal
es la serenidad y grandeza más que humana que destella de las
estatuas griegas, de la epopeya, de la tragedia, que no parece
sino que sosiega el ánimo del que contempla aquellas obras de
arte, y le concierta y le asienta los afectos desasentados y
desconcertados, bañándole todo en una sana placidez, reflejo
de la que respiran en el Olimpo los inmortales. Clásicos entre
los modernos son fray Luis de León y Cervantes, Hugo Fóscolo
y Leopardi, Andrés Chénier y Goethe, en las _Elegías Romanas_
y en _Ifigenia_. El mismo Eurípides decayó algún tanto de
la soberana alteza clásica, según le reprochaban los mismos
críticos griegos, por expresar demasiado humanamente las
pasiones, desdiciendo de la antigua é ideal serenidad. De aquí
aquella armonía en el plan, en los pensamientos, en el estilo,
tan contraria á las disonancias del que llamaron romanticismo
en el siglo XIX; de aquí aquella paz del alma que mostraban
los artistas clásicos, tan lejana á la agitación y tumulto de
los nervios, que hoy tanto se pretende; de aquí aquel "buscar
el reflejo de los universales, como dice M. Pelayo, y el
sello y la impresión de las leyes eternas é inmutables", en
una palabra: _la idea_, en el sentido platónico, mientras que
muchos hoy anhelan por lo particular, lo mudable, el accidente,
la aberración; de aquí el seguir el desarrollo lógico y no
sustituirle con el interés de la curiosidad, el golpe mecánico
y brutal del efecto y "creer, como añade el mismo autor, que
el arte acaba en el conflicto y en el problema moral, cuando
precisamente allí empieza, sin que esa lucha deba ser otra
cosa que el prólogo necesario para que triunfe la perenne
_sophrosyne_ y reduzca, domeñe y purifique los inferiores
afectos de terror y compasión, levantando el alma de las
miserias de la vida con la majestad solemne de un cántico
sagrado ó de una iniciación religiosa". (_Estud. de crít.
liter._, Mart. de la Rosa).
=395.= Comparadas las literaturas griega, latina y castellana
en los asuntos predilectos, la griega se distingue
principalmente por el asunto religioso de su mitología, ya
desenvolviendo las leyendas de sus dioses, ya las de sus
héroes, hijos de ellos. La _Ilíada_, la _Odisea_, la tragedia,
el epinicio, la lírica coral, no salen de este círculo. La
oratoria y la historia tienen naturalmente sus materias
propias, así como la filosofía. La literatura latina, en cuanto
se acerca á la griega y es su imitación en la poesía de su
mejor época, revolotea en torno de la misma mitología; pero
en lo que tiene más de romana atiénese á la política, ya en
la oratoria, ya en la jurisprudencia, ya en la historia, tres
ramas que nacen del tronco puramente romano, del "Tu regere
imperio populos, romane, memento". El asunto más favorecido de
la literatura castellana es sin duda la moral práctica. Desde
Séneca á Gracián, pasando por los dos Arciprestes, por Rojas,
Mateo Alemán, Cervantes y Quevedo, desde la mística, digamos
mejor ascética, hasta la picaresca, desde la novela hasta el
teatro, domina la nota ética en todos los tonos.
Cuanto á la cualidad estética principal, la literatura griega
se distingue por el ideal ya declarado, por la mesura, el
límite, el _ne quid nimis_; la latina, por el color oratorio y
retórico; la castellana, por la fuerza del realismo. De aquí
que la elegancia y la sutileza lleven la prima en Grecia, la
redondez y grandeza en Roma, el empuje de tonos y colores en
España. Y es que los dioses y los héroes habían de cantarse
con serenidad olímpica; la _urbs_, con la ampulosidad de su
dominio, y las costumbres ó moral práctica, con el brío y
color de la realidad de la vida. Por eso sobresale Grecia
en la epopeya y en la tragedia; Roma, en la oratoria y la
jurisprudencia; España, en la ascética, en la picaresca y en
la comedia. La epopeya y la tragedia bastardearon al salir de
Grecia, convirtiéndose en ejercicios eruditos; la oratoria,
al pasar á España, llegaba ya convertida en retórica, por la
pérdida de las libertades republicanas, y retórica siguió
siendo en España. Lo nacional aquí fué la picaresca, la
ascética y la comedia, géneros verdaderamente nuevos, hasta
la última, que en sus procedimientos, hallados por Lope de
Vega, y aun antes por los primitivos dramaturgos, nada debe á
los del teatro griego y son enteramente contrarios. La novela
española se espacía en manos de Cervantes sobre la italiana
del Boccaccio como el águila sobre los pájaros de la arboleda.
La novela cervantina no es, con todo, más que la condensación
de los demás géneros literarios que pintan y critican las
costumbres.