don Juan II, tan admirador de su doctrina y tan penetrado
de la nobleza y excelencia del saber, que, tratando como
á príncipe al modesto humanista de Florencia, le enviaba
embajadores que le hablaban de rodillas. Si á este infantil y
candoroso entusiasmo por las letras humanas se añade la antigua
comunicación de la ciencia jurídica por medio de las escuelas
de Bolonia y Padua, siempre muy frecuentadas de españoles,
y más después de la fundación del Colegio Albornoziano, se
verá hasta qué punto comenzaban á ser estrechos los lazos del
espíritu entre España é Italia. Fueron ya no pocos los poetas
y prosistas castellanos del siglo XV que en Italia recibieron
su educación en todo ó en parte: Juan de Mena, Juan de Lucena y
Alonso de Palencia descuellan sobre todos, siendo más visible
y marcada en ellos que en otros escritores la tendencia al
latinismo de dicción y de pensamiento... El Renacimiento
español, rezagado en medio siglo respecto del italiano, pasó
por un período de vulgarización y de _dilettantismo_ más
aristocrático y cortesano que gramatical y erudito, período
de traducciones y adaptaciones, en que se procuraba _coger el
seso real según común estilo de intérpretes_. "Si se carece de
las formas, poseamos al menos las materias", decía el Marqués
de Santillana, que, no bastante noticioso de la lengua latina,
empleaba como traductor á su propio hijo, don Pero González de
Mendoza, el que fué después gran Cardenal de España. Crecía la
afición á los libros, que venían en su mayor parte de Italia,
y comenzaban á formarse suntuosas colecciones de códices,
descollando entre los más apasionados bibliófilos don Íñigo
López de Mendoza y el Maestre de Calatrava don Luis Núñez
de Guzmán. Rarísimo aún el conocimiento del griego, como lo
había sido en Italia en el siglo XIV, puesto que el Petrarca
no lo supo, y Boccaccio sólo pudo alcanzar alguna tintura de
él en sus postreros años; lo poco que de aquella literatura
pasó en el siglo XV á la nuestra venía por intermedio de
los traductores latinos, como es de ver en la _Ilíada_, de
Juan de Mena; en el _Fedón_, y el _Axioco_, de Pedro Díaz de
Toledo; en el _Plutarco_ y el _Josefo_, de Alonso de Palencia;
en las homilías de San Juan de Crisóstomo y otras obras de
padres y doctores eclesiásticos. Á los latinos se los traducía
directamente y, por lo común, con extrema fidelidad literal,
más que con discreción de sentido, en estilo sobremanera
revesado y pedantesco, con afectada imitación ó, más bien,
grosero calco del hipérbaton del original. Prototipo de tales
versiones es la _Eneida_, de don Enrique de Villena, con las
prolijas glosas que la acompañan, en que vierte el traductor
toda la copia de su saber enciclopédico é indigesto. El gusto
no estaba maduro aún para que entrasen en la literatura
moderna Horacio y los elegíacos, cuyas bellezas requieren más
hondo conocimiento de la lengua y civilización greco-romana y
más refinado gusto; pero se traducían las obras de carácter
narrativo, y así el futuro gran cardenal Mendoza ocupaba sus
ocios de estudiante en facilitar á su padre la lectura de
las _Metamorfosis_, de Ovidio, gran repertorio de fábulas
mitológicas, al cual llamaban entonces la _Biblia de los
Poetas_, porque de él principalmente se sacaban argumentos y
comparaciones y todo género de alardes de erudición profana.
Simultáneamente, y muy estimados en su calidad de españoles,
pasaban á nuestra lengua Lucano y Séneca el trágico. Era la
prosa forma única de estas versiones, sin que haya una sola
excepción en contrario, lo cual se explica bien, considerando
que en ellas se atendía únicamente á la materia y de ningún
modo á los caracteres del estilo poético, que ni el traductor
ni sus lectores entendían; y así á Lucano se le traducía, no
en concepto de épico, sino de historiador de la guerra civil
entre César y Pompeyo, y á Séneca, no como poeta dramático,
sino por las máximas y sentencias morales que en sus tragedias
se encuentran. La afición á la lectura de los moralistas era
carácter especialísimo de este período, como lo había sido de
nuestra primera Edad Media, salvo que entonces eran preferidos
aquellos libros orientales que suelen revestir la enseñanza
con las amenas formas del cuento y del apólogo, y ahora, por
el contrario, se daba mayor estimación á la forma directa
con que aparece la doctrina en los libros de los moralistas
clásicos; y aun entre éstos, más que la rotundidad de los
períodos ciceronianos (cuya plena imitación no se logró hasta
el siglo XVI), agradaba el vivo y ardiente decir de Séneca y su
manera cortada y vibrante. Intérprete lo mismo de Marco Tulio
que del filósofo de Córdoba, pero mostrando predilección por
el segundo, aparecía á la cabeza de estos moralistas el obispo
Cartagena, seguido á corta distancia por su grande amigo el
señor de Batres, que se decía el Lucilo de aquel Séneca, y por
el doctor Pedro Díaz de Toledo, que dilató sus estudios hasta
Platón, y conserva reminiscencias de sus diálogos en su propio
_Razonamiento sobre la muerte del Marqués de Santillana_. Ni
estaban olvidados los historiadores, cuya serie había abierto
el canciller Ayala trasladando á Tito Livio; Vasco de Guzmán
hacía la primera traducción de Salustio; otros vulgarizaban á
Julio César, á Orosio y á Quinto Curcio, ya de sus originales,
ya de versiones anteriores toscanas y catalanas. Y dándose la
mano la antigüedad sagrada con la gentílica, no sólo se traía
de la verdad hebraica toda la Biblia por obra de judíos y
cristianos, con alto honor de la munificencia y alto espíritu
del maestre Calatrava, sino que los libros más fundamentales
de San Agustín, San Gregorio _el Magno_ y San Bernardo, los
dos famosos tratados ascéticos de San Juan Clímaco y el monje
Casiano, la _Leyenda Aurea_, de Jacobo de Voragine, y otras
muchas producciones de la literatura eclesiástica de los
diversos siglos, transportadas al habla vulgar, alternaban en
las nacientes bibliotecas señoriales con las producciones del
mundo clásico, sirviendo como de lazo de concordia entre unas y
otras el saber enciclopédico de San Isidoro, perenne institutor
de las Españas, de cuyas _Etimologías_, nunca olvidadas, se
hacía por este tiempo curiosísima traducción, muy digna de la
estampa. De Italia nos había venido la luz del Renacimiento, y
no podían quedar olvidados en este movimiento de traducciones
los poetas y humanistas italianos, ora hubiesen escrito en
su lengua nativa, ora en la lengua clásica, ó bien en una y
otra, como más frecuentemente acontecía. Á todos precedió,
como era natural que sucediese, el Alighieri, el maestro de la
nueva poesía alegórica, cuya _Divina comedia_ era trasladada
en 1427 por don Enrique de Villena, "á preces de Íñigo López
de Mendoza", coincidiendo casi con la traducción catalana de
Andreu Febreu, terminada setenta días antes. No había llegado
en Castilla la época de la dominación poética del Petrarca;
pero en cambio el Petrarca humanista y moralista era uno de
los autores más leídos y más frecuentemente citados; estaba
representado por gran número de códices en la biblioteca del
Marqués de Santillana, y corrían ya, vertidos al castellano,
antes de terminar el siglo, los _Remedios contra próspera
y adversa fortuna_, las _Flores é sentencias de la vida
solitaria_, el libro _De viris illustribus_, parte de las
_Epístolas_ y las _Reprehensiones é Denuestos contra un médico
rudo é parlero_, obra en que entendió cuando joven el futuro
primer Arzobispo de Granada y entonces oscuro bachiller
Hernando de Talavera. Pero el más afortunado de los patriarcas
de la literatura italiana, en cuanto al número y calidad de
versiones que de sus obras se hicieron, fué Boccaccio, que
fué traducido casi por entero, ya en las novelas y obras de
recreación, como el _Decamerone_, la _Fiameta_, _El Corbacho_
y el _Ninfal de Admeto_, ya en los repertorios, para su tiempo
muy útiles, de mitología, historia y geografía, que llevan
los títulos de _Genealogía de los Dioses_, _Libro de montes,
ríos y selvas_, _Tratado de mujeres ilustres_ y _Libro de las
caídas de los Príncipes_. Cada una de las principales obras
de Boccaccio forma escuela dentro de nuestra literatura del
siglo XV, á excepción del _Decamerone_, cuya semilla no germina
hasta los grandes narradores de la Edad de Oro. Pero de la
_Fiameta_ nacen inmediatamente _El Siervo libre de amor_, de
Juan Rodríguez del Padrón, y la _Cárcel de Amor_, de Diego de
San Pedro, primeras muestras de la novela sentimental, y los
dos opuestos libros del escritor Certaldo en loor y vituperio
del sexo femenino, tienen larguísima progenie, que alcanza
desde el _Libro de las virtuosas et claras mujeres_, de don
Álvaro de Luna, hasta el deleitoso y regocijado _Corbacho_,
del Arcipreste de Talavera, que _fabla de los vicios de las
malas mujeres et de las complisiones de los omes_. Al mismo
tiempo se acrecentaba con nuevos materiales la antigua serie de
apólogos y ejemplos, y desde 1425 las picantísimas _facecias_,
de Poggio Bracciolini, lograron entrada en el _Libro de
Isopete ystoriado_, junto á las fábulas de la antigüedad y
á los cuentos de nuestro Pedro Alfonso. Al mismo tiempo que
crece el número de traducciones del latín y del italiano, van
haciéndose rarísimas las del francés, que tanto abundaron en
el siglo XIV. Todavía, sin embargo, el _Mar de Historias_,
de Fernán Pérez de Guzmán, y el _Árbol de Batallas_, nos dan
razón de esta antigua influencia, y no son las únicas, aunque
sí las más importantes que pueden citarse. ¿Qué más? Hasta de
la literatura inglesa, que debía suponerse tan peregrina y
apartada de nuestro conocimiento, vino primero al portugués
y luego al castellano un poema de tanta curiosidad como
la _Confesión del Amante_, de Gower, por diligencia de un
Roberto Payno (Robert Payne), canónigo de Lisboa, dándonos
indicio de que no había sido enteramente inútil para la
comunicación intelectual de ingleses y españoles el cruzamiento
de la casa de Lancaster con la sangre de nuestros reyes...
Apareció, informe aún y embrionario, un nuevo tipo de dicción
artificiosamente latinizada, en que, con raras dislocaciones
de frase, se pretendía remedar la construcción hiperbática,
y con retumbantes neologismos se aspiraba á enriquecer el
vocabulario, so pretexto "_de non fallar equivalentes vocablos
en la romancial texedura, en el rudo y desierto romance,
para exprimir los angélicos concebimientos virgilianos_". La
aspiración era generosa, pero evidentemente prematura y muy
expuesta, por ende, á descaminos pedantescos que en la prosa
de Juan de Mena y en la del último período de don Enrique de
Aragón llegaron á un extremo casi risible. Las poesías de
esta época están en el _Cancionero de Baena_, en el _general_
del Castillo algunas pocas; las más en otros manuscritos,
en el de _Gallardo_ ó Academia de la Historia, en dos de la
Biblioteca Real, en el de Stúñiga, en el de Ixar, en varios de
la Biblioteca de París y en el de _Resende_.
=279.= DON PABLO DE SANTAMARÍA ó EL BURGENSE (1350-1435), nació
en Burgos, judío sapientísimo que de su propia voluntad se
convirtió (1300); fué Obispo de Cartagena y Burgos y Patriarca
de Aquilea, ayo y consejero de Juan II; habíase antes llamado
Rabí Selemoh Halevi. _Additiones ad Postillam Nicolai de
Lyra super Biblias_, etc., obra hecha en 1429, impresa en
Maguncia, 1478; Nuremberg, 1493; Leyden, 1590. En 1434 escribió
_Scrutinium S. Scripturarum sive Dialogus Sauli et Pauli contra
Iudaeos_, imprimióse en Mantua, 1474; París, 1520; Burgos,
1591. Otras obras no se sabe si se imprimieron, como la _Cena
del Señor_ y la _Generación de Jesucristo_.
=280.= La Vida de Pablo de Santamaría escribió su paisano el
agustino Fray Cristóbal Santotis, y en Gallardo, Bibliot., t.
IV, col. 493, hay un escrito del siglo XVI acerca de él, de
donde copio párrafos: "Fué (Rabí Selemoh) hombre doctísimo en
su Ley, y con la continua lección della, ayudado principalmente
de la gracia del Espíritu Santo, se convirtió de su propia
voluntad el año 1390, que habrá agora 206 años... Después de su
conversión... los Sumos Pontífices le honraron con dignidades
eclesiásticas y obispados de Cartagena y Burgos y con título
de Patriarca de Aquileya; y con hacerle su Legado a-latere; y
encomendarle el negocio de la scisma que hubo en su tiempo, de
los tres Pontífices. Y el rey don Henrique el III le hizo su
Chanciller-mayor, y Consejero de Estado, tratando con él los
negocios más graves del Reyno: y en su muerte le encomendó la
educación y institución de su hijo (don Juan II), que quedaba
de veinte meses; y lo tocante al gobierno de su persona y
casa, hasta llegar á los catorce años; y le nombró por su
Testamentario... Todo lo cual hizo con tanta satisfacción de
la Reina y Reino, que fué elegido por uno de los Gobernadores
dél por el infante don Fernando, tío del rey don Juan el II: y
el mismo rey don Juan le honró también, y estimó grandemente,
conservándole en las mismas honras y oficios, y comunicándole
todas las cosas que ocurrían de importancia... Tuvo... cuatro
hijos, todos de legítimo matrimonio, llamados don Gonzalo,
don Alonso, Pedro de Cartagena y Álvar Sánchez de Cartagena,
que fueron varones insignes, imitadores de las virtudes,
excelencias y servicios de su padre...". Véase además Rodríguez
de Castro, _Biblioteca Rabínica_.
=281.= En 1402 el judío converso DON JACOB ÇADIQUE, de Uclés,
filósofo y médico, que nació en 1350, tradujo del catalán el
_Libro de dichos de sabios e philosophos e de otros enxemplos e
dotrinas muy buenas_ (Bibl. Escor.).
DON VICENTE ARIAS DE BALBOA, obispo de Plasencia desde 1404,
escribió _Glossa al Fuero Real_ y _Comentario al Ordenamiento
de Alcalá_.
=282.= PEDRO DE CORRAL escribió hacia 1403 la _Coronica Sarrazyna_ ó
_Crónica del rey don Rodrigo con la destruycion de España_, que Pérez
de Guzmán calificó de "trufa ó mentira paladina"; pero que con todo
se leyó mucho, por confundirse entonces la crónica con la novela,
gracias al espíritu novelesco y aventurero que reinaba. Tiene mucha
semejanza con esta _Crónica_ la _Chronica intitulada Atalaya de las
Corónicas_, obra hecha el mismo año de 1443 y todavía inédita, que se
atribuye á Alfonso Martínez de Toledo, y aunque no se parece en nada
al _Corbacho_, la firma del autor basta, y la diversidad de asuntos da
razón de la desemejanza de estilos.
=283.= Atribuye Pedro de Corral su libro á Eleastras y
Alanzuri, cronistas del rey don Rodrigo, y á un tal Carestas,
que dice vivió en el siglo VIII, en tiempo de Alfonso _el
Católico_; pero todo ello es tinglado fantástico, como el
que usaron después los autores de libros de caballerías,
atribuyéndolos á historiadores que nunca fueron, y bien se
burla de ellos Cervantes, atribuyendo su _Quijote_ á Cide
Hamete Benengeli. Debió valerse Corral de las Crónicas
generales y de la del moro Rasis; pero acudió no menos á la
fuente novelesca de la _Crónica Troyana_ y zurció de su caletre
otras aventuras caballerescas, haciendo pasar su novela por
crónica. Puede decirse que es una novela caballeresca, aunque
sus contemporáneos tomáronla comúnmente por historia, el mismo
Ausias March, por ejemplo. Antes de 1499 se cree que debió de
imprimirse. Hay las ediciones siguientes: _Crónica del rey don
Rodrigo con la destruycion de España_, Sevilla, 1511, 1522,
1527; Valladolid, 1527; Toledo, 1549; Alcalá, 1587; Sevilla,
1587. Consúltese J. Menéndez Pidal, _Leyendas del último rey
godo_, Madrid, 1906.
=284.= En 1404 compuso MOSÉ ÇARFATY y se apropió el Maestro
Jacobo de las Leyes, que se las había encomendado hacer, siendo
privado de dicho Maestro, las _Flores de Derecho copiladas por
el Maestro Jacobo de las Leyes_ (Ms. Escor.).
=285.= _Año 1407._ Sin duda la literatura caballeresca comenzó á dar
sus frutos en el siglo XIV, despertando en los españoles el espíritu
aventurero, que les hizo rodear y rodar por el mundo entero en el siglo
XVI. De aquí nació la literatura de viajes, aventuras y maravillas, en
la cual sobresalen en el siglo XV Clavijo, Díaz de Gómez y Pero Tafur,
grandes pintores de tierras, costumbres y hechos extraños, pero de
un juicio tan sano y de un realismo tan español, como extravagantes,
ultraideales y falsas eran las novelas caballerescas. Es muy de notar
cómo supieron sacar el jugo artístico que contenían á vueltas de sus
disparates, sobreponiéndose juiciosamente el realismo español á tan
fantásticos sueños.
RUY GONZÁLEZ DE CLAVIJO († 1412), escribió la _Historia del gran
Tamorlan, e Itinerario y enarración del viaje y relación de la
embaxada_, libro curioso, escrito en suelto y ameno estilo.
[Ilustración: (Del _Arte Cisoria_, edición Felipe Benicio Navarro).]
=286.= Había enviado Tamerlán á Enrique III dos doncellas,
celebrada una de ellas en el _Cancionero de Baena_ (núm. 240)
por un poeta anónimo, que, según Argote de Molina, debió de
ser Álvarez de Villasandino. Devolvióle el Rey de Castilla la
embajada, compuesta de González de Clavijo, Fray Alfonso Páez
de Santa María y Gómez de Salazar, los cuales salieron del
puerto de Santa María el 22 de marzo de 1403, y, muerto Salazar
en el camino, año de 1404, llegaron los demás á Samarcanda el 8
de septiembre del mismo año, y fueron presentados á Tamerlán,
el cual, de edad de setenta años, "tan viejo era, que los
párpados de los ojos tenía todos caídos", habiendo muerto
en febrero del año siguiente, 1405. Antes de esta fecha, en
noviembre del 1404, habían salido los embajadores, llegando
á Sanlúcar el 1.º de marzo de 1406. Clavijo fué camarero de
Enrique III. Mariana dice del _Itinerario_, "que relatan por
menudo los particulares de su embajada y muchas otras cosas
asaz maravillosas, si verdaderas". Probablemente el autor
dió demasiado criterio á cosas que oyó, pero en lo demás fué
verídico.
Ruy González de Clavijo, _Vida y hazañas del gran Tamorlan_,
en _Crónicas españolas_, Madrid, 1782, t. III; _Itinéraire
de l'ambassade espagnole à Samarcand en 1403-1406_ (texto,
trad. rusa y notas), ed. I. Sreznevski, _Academia Scientiarum
Imperialis_ (1881), San Petersburgo, t. XXVIII.
=287.= En 1409 FRAY JOFRE GILABERT fundó en Valencia el más
antiguo hospital de locos del mundo; Alfonso V de Aragón, en
1425, el de Zaragoza; Marcos Sánchez de Contreras, en 1436, el
de Sevilla; el protonotario Francisco Ortiz, en 1483, el de
Toledo. El primer lazareto fué el de Mallorca, en 1471; los
estudios anatómicos se abren en Zaragoza el 1488.
En 1410 FERNANDO ESTEBAN compuso _Reglas de canto plano é de
contrapunto é de canto de órgano_ (Gallardo).
=288.= _Año 1415._ DON ENRIQUE DE VILLENA (1384-1434), nieto de
Enrique II, amigo de toda erudición misteriosa y desusada, retraído
entre sus libros como verdadero apasionado del saber, y por el
consiguiente poco ducho en las arterías y embustes de la vida mundana,
pasó por un ente extravagante y medio nigromántico en vida y después de
muerto por un Fausto español, cuya curiosidad científica le entrega al
diablo y á las artes mágicas, llegando á ser en la tradición popular
un símbolo más legendario que histórico. Fué un sabio desgraciado como
todos los sabios, y más si, como él, pretenden luchar con los mundanos
y cortesanos que, no siéndolo, tienen por suyo todo el tiempo, que el
sabio gasta en su rincón, y se presentan avezados á las intrigas que
el sabio no acaba de entender ni menos acierta á manejar cuando se lo
propone. Empobrecido y desdeñado de la turbamulta de cortesanos, de no
tan ilustre sangre como él y ayunos de sabiduría, desposeído de sus
cargos, acabó en el retiro de Iniesta ó de Torralba, sin otro solaz que
los libros y la buena mesa, á que fué aficionado como buen epicúreo.
Era descendiente, por parte de padre, de la casa real de Aragón, y por
la de madre, de la de Castilla; pudo ser poderoso y rico y no llegó
á ser Marqués de Villena ni Condestable de Castilla como su abuelo,
ni siquiera á disfrutar del condado de Cangas de Tineo, con habérselo
otorgado Enrique III. Casó muy mozo con María de Castilla, amante que
fué después del mismo rey Enrique III, por lo que le nombró Maestre de
Calatrava, llegando para ello hasta á divorciarse, declarando su propia
impotencia; pero el Maestrazgo fué mariposa que por más vueltas que
dió casi puede decirse que no la llegó á atrapar. En 1414, marquesado,
condado y maestrazgo se le habían huído como el humo. Bien lo pintó
Fernán Pérez de Guzmán por aquellas palabras: "Este caballero, aunque
fué tan grand letrado, supo muy poco en lo que le complía". Murió
Enrique III en 1407, y halló desde entonces protector el de Villena en
el que había de ser Fernando I de Aragón, pero también se le murió el
protector en 1416, sin haber reinado más de cuatro años. Tan sólo la
gloria literaria oreó sus sienes, y esto en una sola ocasión y, por
cierto, fué bien poca cosa: cuando en 1412, llegado al reino de Aragón
en la comitiva del Infante de Antequera, pudo ser presidente de Juegos
florales y organizador de justas y mascaradas poéticas en Zaragoza
y Barcelona. ¡Y cómo se lo saborea él mismo en el _Arte de trovar_,
contándonos las ceremonias de aquella fiesta de la Gaya Ciencia, remedo
pedantesco del ya pedantesco y degenerado Consistorio de Tolosa!
Entonces parece que compuso en Zaragoza una farsa alegoría en que
dialogaban la Justicia, la Verdad, la Paz y la Misericordia. Murió el
Rey, enmudecieron músicos y juglares y el de Villena se retiró á su
pobre señorío de Iniesta ó de Torralba, donde escribió la mayor parte
de sus obras, hasta que la gota le acabó á los cincuenta años de edad,
hallándose casualmente en Madrid.
Hasta en muerte le persiguió el mal hado, pues por orden de don Juan
II hizo el Obispo de Segovia, fray Lope Barrientos, un espurgo en sus
obras, echando á las llamas las que le pareció. Escribió el _Libro
de los Trabajos de Hércules_, en catalán, el año 1417, traducido al
castellano el mismo año é impreso en 1482, novela alegórico-mitológica,
de sabor añejo y fondo didáctico, sentencioso, vestido novelescamente
como en los libros de Raimundo Lulio y don Juan Manuel, aunque con
atisbos dantescos y aun petrarquescos; el estilo más suelto que en
las obras posteriores, por menos latino. De 1422 á 1423 compuso un
tratado de la consolación, retórico, pedantesco y archilatinizado,
sobre todo por el hipérbaton y la manía de posponer el verbo; otro
acerca de la lepra, un comentario sobre unos versículos del salmo VIII;
las tres obras están sin imprimir. En 1423 compuso el _Tratado del
arte del cortar del cuchillo_, ó como suele llamarse _Arte cisoria_,
curiosísimo documento de los yantares reales de aquel tiempo, el primer
libro de cocina que tenemos, anterior más de medio siglo al famoso
_Libro de guisados_, de Ruperto de Nola, y brava mina de voces para
el lexicógrafo. Los latinismos son menos y bien se ve que al escribir
de tan sabroso menester se chupaba los dedos de gusto. El _Libro del
Aojamiento ó Fascinología_ tiene recetas curiosas. Perdiéronse la
traducción del tratado de Cornificio _Retórica_ á Herenio, y algunas
de sus oraciones y cartas; pero se conservan dos versiones en prosa,
la de Virgilio y la del Dante. La de la _Eneida_ es la más antigua que
se hizo en ninguna lengua vulgar, hecha de prisa, pues la comenzó el
28 de septiembre de 1427 y la acabó un año y doce días después, en 10
de octubre de 1428, como dice él mismo. El estilo es estupendamente
descoyuntado y traspuesto por querer remedar la pompa sonora del
original y más por las glosas y paréntesis que añade al texto, de
las cuales él estaba enamorado. Dirigióla á Santillana, así como la
traducción de la _Divina Comedia_, y el _Arte de trovar_, escrito hacia
el 1415 y 1417 y retocado hacia el 1430, cuya doctrina se funda en la
del Consistorio de Tolosa, esto es, sobre la Gaya Ciencia. Hay, con
todo, quien duda le pertenezca esta última obra. No quedan versos suyos.
=289.= Marqués de Villena se le ha llamado; pero habiendo
andado toda su vida en pleitos por el dichoso Marquesado, nunca
lo gozó. Debiera llamarse don Enrique de Aragón; mas tampoco
se le nombra así, por no confundirlo con su contemporáneo el
infante don Enrique de Aragón. M. Pelayo, hablando de la farsa
hecha en Zaragoza para solemnizar la coronación de don Fernando
_el Honesto_, dice (_Antolog._, t. V, pág. XXXI): "En el texto
de la _Crónica_ de Álvar García de Santa María, copiado por
Ustarroz en sus adiciones á las _Coronaciones_, de Blancas, no
se dice que fuese don Enrique el autor de esta representación,
como se viene repitiendo por todos sobre la fe de don Blas
Nasarre, que quizá encontraría la noticia en alguna otra copia
de la misma _Crónica_. Lo que allí se da á entender es que la
representación estaba en catalán y que el mismo cronista Álvar
García la tornó en palabras castellanas".